#Terryctober

Palabra: Vibrador

Aporte: Viñeta

Autora: Ceshire

Título complementario: Reciprocidad

Tipo: Universo Alterno

Rating: M

Candy tenía todo lo que necesitaba para ser feliz.

Meses atrás pensó que todo estaba perdido porque no tuvo más que un cielo gris. Fue dejando su vida y sus tristezas atrás, preparada para empezar de nuevo. En una nueva ciudad que no la condenaba.

Era verdad que dudó mucho, pero en Chicago no había nada para ella. Solo dolor. Recuerdos de muertes y separaciones. Candy jamás tuvo tanto miedo, pero aun así le dio la espalda a todo lo que conocía.

La primera noche, Candy se sintió atraída por ese objeto y lo compró. Y en contra de toda su educación, lo usó.

El vibrador se convirtió poco a poco en su seductor y honesto enamorado, su talentoso y fiel compañero… pero él sabía que a Candy la acechaba otro romance, uno que ni ella ni él esperaban.

La primera vez que Terry Granchester apareció en el departamento, Candy levantó una ceja, moderadamente irritada. Ella ya había planeado su noche, cenaría, comería helado viendo una película y luego, usaría a "liebre" ―su vibrador―. Pero ahora todos sus planes estaban arruinados porque Granchester quería que le ayudara a repasar para el examen de Economía.

A Candy no le molestaba pasar tiempo con Terry, pudo bien estar toda la noche compartiendo con él, pero interrumpir sus planes porque él no podía entender sobre oferta y demanda era simplemente, demasiado, desquiciante.

Tres horas después, con la irritación a punto de explotarle. Candy decidió que era suficiente y corrió a Terry de su departamento, a él le cambio la cara, pero se marchó sin chistar.

Cuando se quedó sola, Candy prosiguió con su cita con liebre.

Y tuvo tres orgasmos.

Terry apareció varias noches más en su departamento. Y lo que ocurrió durante ese tiempo, fue algo que no podría explicar, porque aún seguía sin comprenderlo por completo. Especialmente esa noche, en que ella estaba absolutamente caliente. No se le podía culpar, sin embargo, porque Terry la había besado y rodeado con sus brazos su cintura, mientras buscaba más piel. Por suerte, ambos estaban medio desnudos y había un montón a la mano.

Cuando Terry quedó tendido sobre la alfombra ― él se había caído, ella de ninguna manera lo había empujado―, Candy ya se había despojado del resto de su ropa. Él rio, pero no se quejó. Y ella estuvo pronto gimiendo, preguntándose por qué no habían hecho eso antes, pero dejo de pensar cuando él le cogió de las caderas y la hizo bajar, con su cuerpo ardiente, forcejeando para acomodar aquella forma agradablemente ancha.

―¡Ah, sisisi! ―siseó Candy, empalada del todo; la erección del castaño se sentía grande y caliente, pero sobre todo, correcta dentro de ella.

Cuando el orgasmo los encontró, se separaron. No hubo besos de buenas noches. Simplemente se vistieron y él se fue, porque no-estaban-juntos.

Terry salió del departamento con las ganas de golpearse la cabeza contra la puerta por ser tan imbécil.

Por supuesto, el sexo había sido fabuloso, el mejor que podía recordar en toda su vida. Sentir a Candy contraerse alrededor de él en su orgasmo había sido lo más espectacular que había experimentado, sostenerla en sus brazos y absorber sus gemidos con sus besos. Pero Terry sabía que por haberse dejado llevar por su impulsividad, había arruinado las cosas a un posible futuro con Candy.

Pero ella lo buscó y siguió buscándolo, noche tras noche.

Terry era pasión y locura, calor y descubrimiento. Cada que la besaba, ella temblaba porque su piel respondía al obsceno contacto del castaño.

Todo en ella exclamaba que eso estaba mal, pero los labios de Terry la callaban a besos, haciéndole ver que las noches con él, sobre la alfombra de su departamento eran lo único que tenía sentido. Ya no había dolor. Y ya no se sentía solitaria como cuando se fue de Chicago.

Sin inhibición alguna, Candy se movió y jadeó sobre el cuerpo masculino. Cuando él intentó besarla, se alejó, jugando. Retadora. Y a Terry le gustaba, le encantaba eso y lo aceptaba. Candy lo miró y, con labios le dijo claramente lo que quería sin decir una sola palabra, lo besó en el cuello, mientras sus manos iban marcando el territorio. Terry tenía un brillo travieso, se creía con el control. Y a Candy le gustaba ese brillo.

Las manos del castaño eran dominantes, toqueteaban, atrapaban y no la liberaban.

―Eres tan sexy, Candy. Me gustaste desde la primera vez que te vi ―le susurró él, girándola para quedar sobre la rubia.

Ella había aceptado a Terry como amante porque quería un cambio, algo distinto de liebre. Pero Terry no era diferente al vibrador. El vibrador la aprisionaba contra los límites de su cordura y la animaba a perder el pudor. Terry en cambio, la aprisionaba contra la alfombra, lamiéndole el lóbulo izquierdo. A ella le encantaba que la besaran allí, así que, de una u otra forma, el vibrador y Terry querían lo mismo: que se rindiera ante ellos.

No quería, ella no era sumisa. Sin embargo, era exactamente lo que deseaba. Terry aprisionaba y se aferraba a sus caderas, penetrándola. Era una sensación que ella conocía muy bien, una que la inundaba cuando se encerraba en su cuarto y usaba su vibrador. Ella lo movía, no era sumisa, pero sí deseosa.

Terry, dentro suyo, se creía al mando. Se equivocaba. Candy quería que estuviera ahí, de la misma manera que quería al vibrador.

Las estocadas se volvieron cada vez más frenéticas, ella gozaba del sonido de los cuerpos chocando entre sí; las manos de Terry comenzaron a acariciarle los senos, cada vez con más desespero. El castaño era una total vergüenza en Economía, pero en Anatomía era un erudito, sobre todo en lo que respectaba a ella.

Candy podía ver las similitudes entre el vibrador y Terry, ambos creían que la dominaban, pero no era verdad. Terry y el vibrador. El vibrador y Terry. Iguales. Enemigos. Lo que ninguno de los dos imaginaba era que, aunque no sabía decir no y se dejaba llevar por las sensaciones, era ella quien estaba al mando, porque sin ella, los otros dos no podían existir.

―Espera ―pidió Candy de forma sutil, Terry, enterrado dentro suyo, al instante se detuvo.

―¿Todo bien? ―preguntó, un poco inquieto. Y es que él ya no era Terry Granchester, su compañero de clase. No, era un hombre interesado en ella, que se la follaba hasta la saciedad, pero a la vez le dirigía miradas cómplices, tiernas. A él le gustaba Candy. Terry la quería. Pero estaba bien, pensó Candy, porque quizá ella estaba un poco enamoradilla de él.

―Sí… continúa ―y un poco cuidadoso, volvió a imponer el ritmo, menos efusivo que antes, por temor a lastimarla. Candy sonrió, definitivamente ella tenía el control.

Su cuerpo sentía todo y se contraía ante las estocadas y besos húmedos en el hueco de su cuello. Candy sabía que había perdido la capacidad de hacer otra cosa que sentir. Sus gemidos eran incongruentes gruñidos salidos desde el fondo de su garganta. Pedía e imploraba, aunque no sabía exactamente qué estaba pidiendo. Terry tomó un ritmo constante, siempre con la misma fuerza en sus entradas, pero ralentizando sus movimientos al máximo al salir.

Hasta que nada más importo. Solo ellos y el placer, ese grito necesitado con su nombre latiendo entre sus labios.

―… justo ahí, Terry.

Entonces, él supo que debía aferrarse a ese "ahí" porque cualquier cosa que hiciera sentir a Candy así de bien, él debía explorarla al máximo y fue cuando ese "ahí" pasó a ser todo lo que le importó en el mundo, fue todo lo que supo encontrar y golpeó constantemente el mismo lugar, y de nuevo, una y otra vez y otra vez, hasta que su propio placer se volvió insostenible y lo golpeó como las olas que se rompen contra un acantilado.

Y se hizo paso a través de su cuerpo, volviendo blanca su visión, haciéndole gritar su propio placer sobre piel ajena, marcándola con sus dientes, saliva y labios, mordiendo, tomando, besando.

Muriendo y reviviendo.

Candy respiró con dificultad, sintiendo cómo el aire luchaba por entrar a sus pulmones. El final la había golpeado demasiado pronto, demasiado inesperado. Su cuerpo entero tembló y su corazón era una válvula, latiendo desbocado dentro de su pecho.

El vibrador, sobre su cama, se desgarró al sentirse engañado. Candy quería decirle que lo de Terry era temporal, pero él no le creería. Sobre todo, porque él descubrió y entendió todo lo que sucedía mucho antes, desde la primera vez que había visto a Terry interrumpir una cita con Candy.

Se sintió abandonado, celoso… reemplazado.

Sin embargo, sabía que debía aceptar a Terry en su territorio y unirse a sus juegos de vez en cuando, compartiéndola, porque de lo contrario, terminaría guardado en el cajón de la mesa de noche, escuchando los ahogados gemidos de su dueña; porque sabía que, Terry era mucho mejor que él y por eso, no podía reprochárselo a Candy.

FIN.