ACLARACIÓN:
Esta historia esta basada en los últimos capítulos del anime del 2001. Tras años y años de debatirme entre publicarla o no, aquí la traigo.
Un agradecimiento especial para las chicas del grupo Shaman Queens, por animarme a publicarla. Cabe destacar que las puertas están abiertas para todas las que deseen unirse.
— Yoh... Adiós —
Una intensa luz cubrió el territorio sagrado dónde se encontraban. Durante varios segundos, no hubo más que silencio.
Cuando su entorno empezó a despejarse, notaron que ya no se hallaban en la aldea apache. Todo lo que les rodeaba eran kilómetros y kilómetros de desierto.
Anna levantó el rostro y observó con atención el avión de los Oyamada. A poca distancia, podía escuchar las voces de los amigos de Yoh, despidiéndose con desgano.
Aunque se encontraba de espaldas, podía percibir las miradas que de vez en cuando le lanzaban, intentando determinar el momento indicado para acercarse.
Mas, cuando escuchó los pasos certeros de Ren dirigiéndose hacia ella, decidió hacerlo sencillo para todos.
— Él no está muerto— Tan solo esas palabras bastaron para detener cualquier movimiento.
Detrás de ella, ni uno más se atrevió a dar otro paso, permaneciendo en total silencio.
Tras un prolongado momento, oyó la voz de Horo, carente de sentimientos.
— Lo sabemos— Otro silencio y luego, un casparreo.
— Hao es demasiado fuerte como para morir de un solo ataque, incluso si pusimos toda nuestra energía en él— Continuó Lyserg— Es evidente que no salió ileso, pero tarde o temprano volverá a aparecer—
— Cuando eso ocurra, debemos estar listos, por él— Concluyó Ren.
Una punzada se clavó en su corazón al oír la última palabra. Con lentitud, y un semblante severo, Anna volteó y respondió.
— Cuando eso ocurra... Estaremos aquí— Todo lo que recibió como contestación fue un asentimiento unánime de cabezas y miradas llenas de determinación.
Sin decir una palabra más, empezó a ascender por las escaleras del avión, con Manta y Tamao siguiéndola de cerca.
Era más de medio día cuando cruzaron el umbral de la pensión. Con la cabeza baja y una inclinación de respeto, Tamao desapareció hacia su habitación.
Anna dejó las maletas en el lobby, retiró sus sandalias y ascendió por las escaleras hacia su propia alcoba. La luz apenas se filtraba por el pasillo.
Poco antes de alcanzar su meta, una puerta abierta captó su atención. Totalmente indiferente asomó la cabeza por el lugar, recorriendo con la mirada cada espacio que había en ella.
Un viejo futón desarreglado sobre el suelo, un antiguo reproductor de discos, varios pósters a medio pegar sobre las paredes y un escritorio vacío; eso fue todo lo que encontró.
Mientras se adentraba en el sitio, el sonido de sus pasos era acompañado por sollozos, que se colaban desde la distancia.
Con un suspiro, se agachó a la altura de los CD 's apilados, para luego tomar uno entre sus dedos. Era el álbum favorito de Yoh.
Podía sentir el picor en sus ojos, mientras sus manos acariciaban la textura del cartón, mas ninguna lágrima brotó. Tampoco fue necesario que lo hicieran, cuándo los lamentos de Tamao parecían hablar por las dos.
— Regresarás a Izumo mañana, Manta te acompañará— Mencionó con firmeza, dejando su taza de té sobre la mesa.
Tamao volteó rápidamente a verla, con dolor y sorpresa.
—Pero señorita Anna... Pen... Pensé que nos quedaríamos un poco más. Por lo menos... Por los menos hasta acabar el due...—Anna se puso de pie, interrumpiéndola.
— No queda nada por hacer aquí. Regresarás a Izumo y continuarás con tu entrenamiento. Los abuelos Asakura y el señor Mikihisa ya te esperan—
Tamao frunció el ceño al oír sus palabras.
—¿Me esperan? Usted... ¿No vendrá con nosotros?— La voz de la menor la detuvo antes de cruzar la puerta.
—No. Tengo un asunto que resolver en otro lugar, lejos de Japón—
—Pero entonces, ¿cuándo volverá?— Cuestionó con preocupación.
—No tengo idea— Sin decir más, desapareció del lugar.
Unos golpes en la puerta de su habitación captaron su atención. Suponiendo quien era, ordenó que pasará, mientras continuaba empacando sus pertenencias.
— Señorita Anna, lamento molestarla— Casi susurró Tamao en cuánto estuvo frente a ella— Yo... realmente no sé por dónde empezar...— Tragando con nerviosismo, continuó— Siempre la he admirado y estimado. Su fuerza e inteligencia son mucho más de lo que alguna vez me gustaría tener—
— Tamao— Trató de interrumpirla.
— Usted conoce mis sentimientos por el joven Yoh. Siempre los supo...— Su voz empezó a quebrarse— Aún así, me permitió permanecer a su lado, apoyándolo, y eso nunca lo olvidaré—
— Nunca hubo algo respecto a tus sentimientos que me correspondiera permitirte o no. La única dueña de tu corazón eres tú— Corrigió Anna.
— Yo... lo entiendo, por eso me conformaba con estar a su lado, viéndolo ser feliz. Pero ahora que se ha ido...— Una ola de llanto la invadió— Señorita Anna, no tengo nada. Era el joven Yoh quien hacía de Izumo mi hogar, y fueron ustedes quienes convirtieron a Funbari en mi casa— Apretó una mano sobre su pecho, mientras las lágrimas seguían surgiendo— Estar junto a usted es único que me hace sentirlo cerca, por favor, déjeme acompañarla— Suplicó mirándola.
Anna dejó escapar un suspiro y dirigió su mirada hacia el techo. Frente a ella, Tamao no paraba de gimotear. Transcurridos unos segundos, en los que finalmente Tamao se calmó, decidió hablar.
— Cuándo te dije que no sabía en qué tiempo regresaría, no lo decía porque no quisiera volver— Anna clavó sus ojos en ella, asegurándose que entendiera el significado de sus palabras— Si vienes conmigo, tampoco puedo asegurarte que logres regresar—
Tamao tragó de nuevo, entre confundida y temerosa. Aún sentía su rostro hinchado por las lágrimas, pero se las arregló para mostrar determinación.
— Aceptaré el riesgo de lo que pueda pasar—
Desde el lobby, Anna echó un último vistazo al interior de la pensión. Casi podía ver imágenes pasando a velocidad frente a sus ojos, cómo un espejismo de todos los momentos que había compartido en ese lugar.
Con delicadeza, colocó las cartas que llevaba en su mano desde hace un rato. Una era de su parte para los Asakura, otra era de Tamao informando su decisión y la última era para Manta, prometiéndole que volvería saber de ella, lo quisiera o no.
Aceptando en silencio que aquella sería la última vez que pisaría ese lugar, susurró algunas palabras al viento, para luego abandonar el sitio.
