CAPÍTULO 1
El cielo estaba tapizado con nubarrones color púrpura, además de un viento fresco y contundente que balanceaba la hierba anidada en los recovecos de aquel edificio. Un par de hombres miraban desde las alturas las aguas del río oscuro mecerse en silencio, agazapados cerca de la escalera para incendios. Eren Jaeger revisó que su pistola automática de nueve milímetros estuviera cargada.
—El viejo dijo que nada de escándalos—advirtió su compañero Floch al observarlo.
—Solo por si las cosas se complican—replicó Eren, antes de colocar el arma de nuevo en su cinturón.
A la distancia, notaron la presencia de una pequeña embarcación, que rompía el silencio de aquella noche.
—Son ellos— Eren se enfiló hacia las escaleras inmediatamente, sin hacer mucho ruido.
Esa parte de Stohess era completamente contrastante en comparación de su glamurosa zona central, llena de casinos de apuestas y hoteles cosmopolitas. Ahí no había nada de eso, más que una suerte de bodegas maltrechas, con pintura que se caía a pedazos y el olor a humedad colándose por las ventanas. Eren y Floch miraron a un marino de aspecto áspero bajar del barco, tenía una cicatriz cruzándole el ojo derecho y la cara enmarcada por una barba tupida.
—Nos envía el señor Leonhart— se presentaron—, ¿trajo el paquete?
El hombre no contestó, solo hizo una mueca a un compañero que estaba detrás de él, quien volvió a meterse al barco e inmediatamente regresó en compañía de una mujer.
A simple vista era una chica normal, con rasgos delicados y el cabello en finas hebras negras cayendo armoniosamente alrededor de su rostro. Eren comprobó con una fotografía que traía en su bolsillo, que se trataba de la misma persona. Suponía que era extranjera, pero no lograba escoger con exactitud entre la baraja de posibilidades que se le ocurrían en ese momento, lo cual le hizo concluir que debía ser producto de la mezcla de razas.
—¿La trataron bien? — Floch la guío hacia la única luminaria cercana que apenas y lograba emitir un brillo tenue, comprobando que no tuviera alguna herida visible.
La mujer asintió, después agradeció parcamente a los marineros que no le quitaban la vista de encima, hasta que Eren se interpuso en su campo de visión colocando un fajo de billetes en la mano de uno de ellos. Caminaron en silencio hacia un auto que esperaba a un par de cuadras de ahí. Él y la chica entraron en el asiento trasero, mientras que Floch se ponía de conductor.
—Bienvenida, señorita Ackerman— Eren posó sus ojos esmeralda sobre ella, cuyo rostro era iluminado de vez en cuando por las luces que provenían de la calle, dándole un atractivo inusual—, el Señor Leonhart nos ha pedido que la tratemos como una invitada, así que no se preocupe por su integridad. Aunque he de advertirle que debe de seguir nuestras instrucciones al pie de la letra.
— Haré lo que me pidan— contestó.
Eren asintió, para después concentrar toda su atención en los edificios del otro lado del cristal. Quería despejarse un poco, algo en esa noche le inquietaba; no sabía si era el clima, lo apresurado de esa misión, o el hermetismo total de Mikasa Ackerman quien apenas se movía a su lado, pero su instinto no dejaba de manifestarse presionándole el estómago a cada tanto.
Floch sintonizó una estación de jazz clásico, a volumen discreto. Conducía el auto a la velocidad suficiente para moverse rápido sin llamar demasiado la atención. Después de unos minutos, notaron edificios que indicaban se acercaban al centro, a la zona concurrida por ríos de turistas que discurrían por las avenidas llenas de luces coloridas, y el bullicio natural de bares atiborrados por personas celebrando.
Entraron a un edificio de varios niveles, un estacionamiento antiguo perteneciente a la familia Leonhart. Floch viró en dirección al sótano, donde había un auto de las mismas características del suyo, con algunos hombres esperando recargados en la pared. Eren ayudó a Mikasa salir, pidiéndole que se quedara atrás mientras tres de sus compañeros intercambiaban las placas rápidamente entre los vehículos y les entregaban las llaves de un taxi, parqueado justo al fondo.
Mikhail, un hombre escuálido, les dio un sobre.
— Son las siguientes instrucciones del señor Leonhart, ¿ están seguros que no los siguieron?
— Nada que pudiera notar— contestó Floch.
—Tienen que salir por allá— apuntó a un acceso que daba a un callejón—, esperen por lo menos diez minutos después de que nos hallamos ido.
Las fosas nasales de Eren notaron algo, un olor desagradable que emanaba del auto que iba a hacerse pasar por ellos, Mikhail advirtió su expresión y soltó una risa cargada de ironía.
—Créeme —aseveró—, no quieres saberlo.
Justo diez minutos después, Floch, quien ahora traía una gorra oscura en su enmarañado cabello, los condujo por la ruta marcada en el sobre.
Una vez más el auto se llenó de silencio, no es que fueran especialmente habladores, pero la tensión latente hacía que la atmósfera se volviera esencialmente densa. Eren agradeció para sus adentros divisar a la distancia la casa de seguridad, que más bien era un restaurante modesto de servicio las veinticuatro horas, nada del otro mundo.
Los guardaespaldas del señor Leonhart los hicieron esperar en una mesa llevándose a Mikasa a la oficina del fondo, mientras que ellos ordenaron café para mitigar un poco la ansiedad.
—¿No crees que esto es algo raro? — Floch encendió un cigarrillo, y le ofreció otro a Eren— Digo, no es que seamos tipos de actividades muy comunes, pero todo esto es…
—Inusual — completó Eren la frase, antes de echar humo por la boca—, esa mujer es muy extraña.
—Sí ya lo veo, pero no está nada mal, ¿o sí? —la sonrisa socarrona de Floch vino acompañada de un guiño— ¿Crees que el viejo quiera divertirse un poco?
—Leonhart es muchas cosas, pero no esa clase de tipos. Ya sabes, tiene ese código de honor de criminal a la antigua, y aunque ella es atractiva no parece estar aquí por eso…
—Bueno, tal vez después pueda presentármela, aunque no habla mucho al parecer. Pero no importa, no quiero que hable.
—Eres tan desagradable como siempre Floch—una voz los tomó por sorpresa.
Annie Leonhart se acercó a ellos, con su característica expresión de pocos amigos. La primogénita y única hija de su jefe caminó con aire de suficiencia hacia su mesa.
— ¡Muévete Jaeger! — exigió, Eren rodó los ojos pero se recorrió para dejarla sentarse. Después, la mujer rubia le arrebató el cigarrillo sin decirle nada — No entiendo como siempre hablan de esas cosas.
— Es Floch el degenerado —se quejó—, oye ¿tú qué sabes de todo esto?
Ella encogió los hombros.
—Solo que mi padre ha estado estresado todo el maldito día, a puerta cerrada y de reunión en reunión con un puñado de gente. Se fumó dos cajetillas enteras él solo, sinceramente, tenía mucho que no lo veía así.
— ¿Y la mujer?
— No lo sé, una tipa importante al parecer, sino ese hombre no estaría ahí.
— ¿Qué hombre?
Antes de que Annie lograra contestarle, llamaron a Eren desde el fondo del restaurante.
— Creo que ahora lo averiguaras— musitó Annie antes de que él dejara la mesa.
Caminó directo hacia la puerta de servicio, pasó por la cocina que olía a algo frito cocinándose y entro por una puerta de doble hoja abatible, antes de encontrarse en la antesala de la oficina del señor Leonhart. Justo cuando llegó, alguien salió de aquel sitio e hizo que él arqueara la ceja, incrédulo.
Erwin Smith era el tipo que pondrías en el poster de una campaña de reclutamiento, o en algún comercial de televisión dando un discurso grandilocuente, que convencería un centenar de jóvenes de entregar su vida en aras de defender los supuestos intereses de su país. Pulcro, perfectamente alineado, con ojos grandes de color azul claro y estatura imponente, tenía ese aire de confianza en su caminar recto, con una posición casi perfecta producto de años de entrenamiento militar. El comandante de la policía militar del interior hizo su aparición en el umbral de la puerta, y le dedicó a Eren una sonrisa casi de manual.
— Buenas noches —dijo, antes de salir.
Aquella aparición inusual hizo que su punzada en el estómago se hiciera más aguda, ¿qué hacía un hombre de ese rango con un jefe de la mafia local? La situación no mejoró al ver el rostro serio del Señor Leonhart, parado atrás de su escritorio, en compañía de Mikasa Ackerman.
—¿Me llamó señor?
—Sí, cierra la puerta Eren por favor, y toma asiento.
Lo hizo tal cuál él se lo pidió, observando de reojo a Mikasa Ackerman, quien tenía la mirada perdida en la pared.
—Tengo una misión para ti Eren, y dudo mucho que no te hayas percatado de que este asunto es importante.
Siempre contundente, el Señor Leonhart lo observó fijamente.
— Y, siendo sinceros —continuó, desabotonándose el primer botón de su camisa—, no puedo pensar en alguien mejor que tú para esto.
— ¿De qué trata?
Una vez más esa noche, Eren sintió el silencio presionando sus oídos. Los ojos del señor Leonhart no se movían ni un ápice, como si estuviera evaluando detalladamente las palabras que iba a decir a continuación, al mismo tiempo que unas gotas de sudor rodaban por el contorno de su rostro.
— Necesito que escoltes a la señorita Ackerman a Shiganshina.
Dejó caer aquella petición y Eren se paralizó. Fue igual a presionar un botón y que miles de recuerdos se vinieran en cascada, la sensación en su estómago pasó a colocarse en el pecho, donde una opresión contrajo todos sus músculos. Sintió su corazón latir con fuerza, retumbando, casi como si presionara las costillas. Los ojos se le abrieron, y le tomó unos minutos articular una frase medianamente coherente. Casi no nota, que la mirada grisácea de Mikasa Ackerman estaba puesta sobre él por primera vez en toda la noche.
— Señor, usted sabe mi "situación" —se inclinó hacia adelante, como un reflejo para ver si había escuchado bien—, no puedo regresar a Shiganshina.
— En tus condiciones actuales no, pero el pago por el servicio a la señorita Ackerman bastará para librarte de tus contratiempos —pronunció esta última palabra con énfasis—, no hay otro mejor.
Leonhart les dio la espalda, mirando por las ventanas que daban a un pequeño jardín cuidadosamente arreglado.
— Nos conocemos hace mucho Eren, cuando llegaste te ayudé y supiste devolver ese favor con creces, por eso me siento en la obligación de hablarte con la verdad. La señorita Ackerman es codiciada por varios, gente importante y al mismo tiempo peligrosa; la misión que te pido no es ni remotamente sencilla, pero el pago es algo que anhelas desde hace mucho.
— ¿A qué se refiere?
Un silencio previo, corto, la antesala de una frase contundente.
—Tu libertad.
Otra vez, su corazón dio un vuelco, pero en esta ocasión, lo sintió retumbar de una manera distinta; acelerado, expectante, como si lo pronunciado por Leonhart le hubiese removido cada terminal nerviosa. Ese hombre sabía lo que aquella simple palabra le provocaba, la evocación de uno de sus deseos más profundos.
—No pienso obligarte, esto es supremamente arriesgado, pero, si lo logras, el pago vale la pena, ¿o acaso piensas recluirte en Stohess toda tu vida? Quisiera que fuera más fácil, pero no lo es.
—Me aseguraré —la voz de Mikasa Ackerman de pronto entró a la conversación—, de que obtengas todo aquello que te prometen. No me importa lo que sea, tienes mi palabra.
Ni siquiera se dio cuenta de cómo lo había atrapado aquella voz determinada, le hablaba con una sinceridad tan fuerte, que era imposible no perderse en los intensos ojos grises de Mikasa, quien por primera vez mostraban una expresión genuina en ellos. Eren se estremeció, sabía que aquello no podía ser solo bueno, que su vida correría peligro pero, esa verdad incómoda dominaba más sus pensamientos que todos los contras que podía listar, ¿acaso viviría huyendo toda su vida?
—Cuente conmigo —dijo al fin, sabiendo que de esas palabras no había marcha atrás.
Su jefe intentó sonreír, parecía aliviado pero no por completo.
— Ve a este lugar —le dio unas llaves y un papel garabateado con una dirección—, descansen y vuelvan en unas horas, antes del amanecer.
—¿Descansen?
— Ella estará contigo, siempre, no puedes quitarle la vista ni por un segundo. Tómalo como entrenamiento para lo que se viene. A nadie debes de compartir esta dirección, busca un auto y váyanse de aquí de inmediato.
Asintieron, justo antes de salir, él lo llamó.
— Gracias, Eren.
Sus palabras le quedaron resonando en su mente, se despidió de Floch y Annie con la cabeza, ignorando como pudo la mirada comprometedora de su compañero, al advertir que abandonaban los dos aquel sitio.
En medio de la noche, un auto se perdió en la enmarañada urbe, mientras que a kilómetros de ahí, en una habitación oscura un teléfono insistente interrumpió el sueño de alguien.
Jean Kirstein dio un par de manotazos desafortunados, antes de si quiera poder levantar el auricular.
— Detective Kirstein —habló, luchando contra el sueño endemoniado—, ¿un auto en llamas? Maldición Marco, soy de homicidios esto…
Lo interrumpieron, al otro lado de la línea la explicación de su compañero le hizo suspirar, entendiendo que debía abandonar su cama de inmediato.
— Voy para allá —anunció antes de colgar.
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