"Las discusiones de los amantes son renovaciones del amor."

—Terencio.

[...]

Sukuna llevaba algunos días sin regresar a su trabajo por un problema técnico y eso implicaba que Megumi lo viera prácticamente todo el día dando vueltas por la casa.

Fushiguro era tranquilo y muy ordenado, mas su pareja era completamente lo opuesto a él: su ropa sucia lo dejaba en cualquier sitio de la habitación, ignorando el cesto que su pareja había comprado específicamente para eso; su armario siempre estaba desordenado y cuando necesitaba alguna prenda específica, llamaba a Megumi para que lo ayudara a encontrarla... Y esas eran apenas algunas cuestiones que molestaban a Fushiguro.

En ese momento, Sukuna se encontraba acostado en el sofá y debajo de sus pies estaban tiradas las medias que acababa de sacarse.

Megumi las levantó, lo miró y espetó, con un claro deje de aversión: —¡Oye! ¿No te he dicho que dejaras tu ropa sucia en la cesta? —reclamó y le lanzó las medias.

—¡Ey! ¡Déjalas allí! —las sostuvo con sus dedos —¿Tanto te enojas por esta tontería?

—¡¡Por supuesto!! —se acercó hasta Sukuna y frunció el ceño—¡¡Estoy cansado de que nunca intentes ayudarme con la casa!! ¿Acaso piensas que soy sirviente tuyo? —el tono de voz de Megumi se alzaba cada vez más.

—¡¡No digas eso!!

—¡¡Por supuesto que lo seguiré sosteniendo!! No te importa nada más que tú mismo, ¡¡estoy harto!! —se quitó el delantal de cocina, lo hizo un bollo y lo arrojó con furia contra el suelo— ¡¡Por hoy, hasta aquí llegó mi amor!!

Sukuna se levantó lo más rápido que pudo y antes que Megumi se retirara, gritó: —¡¡Esas cosas no las discutamos frente a los niños!!

El aludido volteó y frunció su rostro. Estaba desconcertado, enfurecido y a punto de destruir todo a su paso.

Un volcán a punto de estallar y arrasar con todo lo que encontrase.

¿Niños? ¿De qué hablaba?

—¿Qué dices? —inquirió mientras masajeaba su sien—No tenemos niños, Sukuna.

—¿¡Cómo que no!? —espetó con desesperación y regresó en dirección al sofá. Se agachó apenas y corrió hacia Megumi—¿¡Cómo osas decir que no tenemos niños!? —en sus manos cargaba a dos pequeños gatitos que habían adoptado unos días atrás.

Asombrado por su respuesta y abrumado por la ternura de los felinos, Megumi soltó un pesado suspiro. Estiró sus brazos y su pareja le dio uno de ellos.

Fushiguro miraba aquellos radiantes ojos amarillos que lo hipnotizaban. Su pelaje blanco era tan puro y brillante como el mismo amor que sentía por Sukuna. Siendo franco, no podía tirar su relación por una simple tontería doméstica.

—Perdónenme, bebés... —musitó Megumi y abrazó al felino— Cuando me enojo, olvido que ustedes también son parte de nuestra familia. Son nuestros hijos, nuestros bebés y aunque no podamos concebir, ustedes estarán junto a nosotros—como una respuesta a sus palabras, Megumi escuchó el agudo maullido del gatito y sonrió al notar que comenzó a ronronear.

—Y bien... —Sukuna cargaba con un pequeño gatito negro. Él era un poco más arisco con los demás, mas no con él—¿Te quedarás?

—Tú sabes que ellos lo son todo para mí. Lamentablemente sabes cómo hacerme cambiar de opinión—sostuvo y resopló—. Por ellos lucharé y te regañaré cada vez que pueda.

—Y también podemos buscar nuestro propio bebé, ¿no lo crees? —inquirió en un tono seductor, mordiéndose el labio inferior y llevando su mano libre hasta la cintura de Megumi.

—Somos hombres, ¿lo olvidas? —respondió con un deje de molestia claramente fingida—Pero podemos practicar a ver si logramos romper la barrera científica...—siguiéndole el juego, Megumi dejó al gato en el suelo y caminó en dirección a la habitación.

—No sé si la barrera científica, pero de que quiero romper algo, eso es seguro... —Sukuna dejó al felino junto con el otro y corrió tras Megumi.

Porque por más que ambos tuvieran diferencias, el amor era mucho más fuerte. En toda pareja es normal discutir por asuntos domésticos y por más que Megumi se enojara con las actitudes de Sukuna, también debía asumir que ningún otro hombre podría brindarle el amor que siempre esperó.

Y aunque ambos supieran que era imposible concebir un hijo, era un incentivo para colmar la habitación de gemidos, caricias y gruñidos de pasión.

Definitivamente, su amor era una bendición.

Fin.