Capítulo final: Réquiem del amanecer

1

Mikasa venía a por él.

Tenía espadas en las manos, y una de esas hojas le iba a cortar el cuello dentro de solo unos momentos. Sin embargo, ella estaba sonriendo, como si se hubieran encontrado en buenas circunstancias por primera vez en tanto tiempo.

Como si estuviera viendo algo distinto a lo que él veía.

La expresión de resignación en su rostro contaba la otra mitad de la historia.

Por supuesto, Eren no podía ver su propio rostro. No tenía nada en lo que mirárselo. Pero lo había visto, como había visto tantas cosas, en el momento en que beso la mano de Historia y el futuro se abrió ante él.

Así que Eren tenía la sensación, aquí al final de todo, de estar soñando.

Había aceptado esto desde hace tiempo. Años.

Se había resignado ante todo esto desde hace años.

Y en unos segundos, una de esas hojas le quitaría la vida. Moriría como tantos Titanes lo habían hecho.

Un monstruo siendo asesinado por el bien de la humanidad.

Pero eso solo era lo que estaba pasando en el mundo real.

En el mundo fantasmal de los Caminos, también estaba pasando algo.

2

En la distancia, el árbol de los caminos ardía contra el negro horizonte, como una hoguera en medio de la oscuridad de la muerte. No, de eso se trataba precisamente.

Cada una de esas ramas ardía con la vida de alguien. En el árbol se reunían las almas perdidas de los Titanes Cambiantes que habían muerto bajo el odio de dos mil años de Ymir, incapaces de descansar, de encontrar la paz.

El antiguo odio de Ymir estaba llegando a su fin. Aquí y ahora.

Pero la manera en la que las cosas terminarían aún estaba por decirse. Bajo la luz del árbol del mundo se encontraban dos personas.

O una, quizá mejor dicho. Porque se trataba de la misma persona.

Eren Yeager.

El poseedor del Titan Fundador... y el ultimo portador del Titan de Ataque. Este es el verdadero final de la historia del chico que buscaba una sola cosa, la libertad.

3

Eren estaba sentado en el suelo, encadenado de pies y manos, como lo había estado su hermano Zeke hace no mucho. Racionalmente hace no mucho. Pero en su corazón, le parecía que había pasado hace una eternidad.

Esa era la naturaleza del fantasmal mundo de los Caminos.

Aquí, una eternidad era un instante y un instante era una eternidad. Por eso las cosas no habían acabado aquí, sino que no habían hecho más que empezar.

Por eso, mientras Mikasa se acercaba para poner fin a su vida, tendría todo el tiempo del mundo...

¿Para qué?

Para lamentarse de su destino y todos los sacrificios hechos por el camino. Y para esperar que sirviera de algo. Porque el tiempo se le había agotado.

Había tenido el tiempo suficiente para cambiar las cosas. Años.

Ahora, el destino había seguido su curso y no le quedaba otra cosa que aceptarlo.

Al fin y al cabo, sabía que la "voluntad" que había dado forma a su futuro no era la mano de algún dios ignorante de la condición humana, ni siquiera la de Ymir la Fundadora, sino el mismo.

El mismo se había llevado hasta aquí.

Así que, aunque no fuera realmente inevitable, podía aceptarlo. Podía resignarse. Y dejar la esperanza y el futuro en manos de Armin.

Pero...

—¿Por qué no estás haciendo nada? ¡Aplástala! Puedes hacerlo, ¿verdad?

Esas palabras confrontacionales venían de sí mismo. Eren se estaba mirando a si mismo cuando era niño, tan lleno de vida. De rabia.

—Estamos hablando de Mikasa...

—¿A mí que me importa eso? Viene para matarnos. ¿La salve y así es como me lo paga?

Con la expresión del niño retorcida por la rabia, Eren no podía encontrar ningún parecido consigo mismo. Le costaba pensar, la verdad, que fueran la misma persona, y que una vez hubiera sido así. Le parecía que había pasado hacia tanto, tanto tiempo...

—Maldita sea. Si lo hubiera sabido... ¡Haz algo! ¡A que esperas! —No había solo rabia en su voz, sin embargo. La voz del niño estaba teñida de desesperación. ¿Qué otra cosa podía sentir una persona normal al estar cara a cara con la muerte?

El niño se acercó a él. Hundió las rodillas en la arena interminable de los caminos.

Al desplazarse, las cadenas hicieron ruido. Sonaron... como un cuello partiéndose.

El niño le peso las manos en los hombros y le sacudió, gritándole continuamente, sin guardarse nada, sin contenerse, escupiendo su alma. Eren, sin embargo, ni siquiera le devolvió la mirada.

Solo tenía ojos para la arena y sus propias cadenas. Todo se iba a acabar, todo ya había acabado. Esas dos perspectivas de un momento entraban en conflicto dentro de él, aplastándole.

—¡Maldito seas! No me hagas esto. Por favor... Te lo suplico, no puedo morir así, como un animal enjaulado. No te atrevas a hacerme esto.

El niño que Eren una vez fue se puso a llorar de pura rabia.

Eren, finalmente, levantó la cabeza y se miró a los ojos. Allí había algo que creía haber olvidado hace tiempo...

No era un fantasma del pasado.

El poder del Fundador era prácticamente absoluto, pero no es que pudiera arrancar a alguien del pasado y lanzarlo hacia el futuro. El Eren que tenía delante no era real. Era una representación de su ira infantil al ver que el mundo más allá de los muros con el que había soñado desde que era niño no era lo que esperaba, y la representación de su desesperada resistencia a lo que tenía que pasar.

De su esperanza.

Era tan poco real como las cadenas.

Los Caminos eran un mundo metafísico, donde se mezclaba la realidad y la fantasía.

Así que esos pensamientos, esas emociones, venían de su yo actual y no de nadie más. Simplemente habían tomado esta forma.

Ese yo que creía haber enterrado...

—No hay otra manera —dijo Eren, explicándose a pesar de que sabía que era de lo más inútil. Bueno, ¿qué otra cosa podía hacer? Tenían toda una eternidad que compartir antes de que muriera como estaba previsto—. Pero tú no lo entiendes. Claro, ¿cómo lo vas a entender? Durante mucho tiempo he intentado encontrar otra manera. Al menos tengo el orgullo de poder decir que lo intente... Pero no hay otra manera, nunca lo hubo. Nunca hemos sido libres.

—Suena como si solo estuvieras soltando excusas incoherentes. Bastardo patético. ¡Me das asco! Te odio.

—Lo es —dijo, cansado de cargar el peso del mundo sobre sus hombros—. Lo sé.

Eso era algo que tenían en común, al fin y al cabo.

—¿De verdad vas a dejar que esto acabe aquí?

Esa pregunta no vino del niño.

Era una voz extraña, pero, por alguna razón, tenía la sensación de que no era desconocida. La voz de esa persona resonó por los Caminos como si fuera el dueño del espacio.

En lo primero que pensó fue, por supuesto, en Ymir la fundadora.

Pero esa voz...

Esa voz era la de un hombre, sin duda.

Eren miro alrededor, intentando encontrar la fuente de la voz. El niño Eren se había quedado congelado. De repente no respiraba, no se movía ni un milímetro, era como si se hubiera convertido en una estatua. Registró eso vagamente pero no le dio importancia.

—¿Quién eres?

—Oh, eso ya lo sabes.

Y entonces apareció. Delante de él y a un lado.

Los tres formaban una especie de circulo. Los tres Eren. Si, porque ahora Eren estaba mirando su propio reflejo. Esa era la persona que había hecho acto de presencia, él mismo.

Pero algo era distinto. No, no podía ser distinto.

—No eres real. Como ese niño, tu...

—Lo soy. —El otro Eren chasqueó los dedos, haciendo desaparecer a su versión niño sin dejar el menor rastro—. Soy tan real como tú. Porque soy tu, al fin y al cabo.

—No.

—Soy el ultimo portador del Titan de Ataque y la Fuente del Poder de los Titanes, Eren Jaeger.

¿La fuente?

¿Él, no Ymir, no esa criatura que se había pegado a Ymir? Eren sacudió la cabeza. No tenía sentido pensar en las palabras de la aparición. No era más que un fantasma de su mente.

Se decía que las personas veían la vida pasar delante de sus ojos cuando les llegaba la hora de morir.

Quizá esta era su propia versión de ese fenómeno. No exactamente, pero algo así.

O quizá no, pero ciertamente no era algo más que eso. No podía ser verdad que estuviera mirando a un yo más allá del futuro que había visto en la ceremonia de medallas.

—En el futuro —continuó la aparición—, Paradis se hundirá bajo un mar de sangre. Con la libertad que concediste al mundo, con la oportunidad de ser mejores, de forjar un futuro brillante, el mundo escogió repetir el ciclo de odio y venganza que nos llevó hasta aquí. Entre la espada y la pared, sin otra salida que el peor crimen de la historia de la humanidad.

—No. —Eren se llevó las manos a la cabeza, tapándose los oídos y sacudió la cabeza—. No. No, no, no.

—Ahora hasta te tapas los oídos. Como un niño negándose a enfrentarse a la realidad. ¿Es que no tienes pelotas? ¿Quién te las ha cortado?

—No tengo porque escucharte —Eren, el verdadero Eren, escupió con todas sus fuerzas. Quizá había un rastro de su antiguo yo en el calor de esas palabras—. No eres real. Y pronto estaré muerto, así que no me importa parecer patético. Déjame en paz. Me merezco al menos un último momento de paz.

—Soy real. Todo lo que te he contado es real.

Eren dejo caer las manos.

Miró a su imagen reflejada. No debería hacerle caso, pero... algo dentro de él le estaba empujando hacia delante. El viejo impulso de buscar la libertad, supuso.

—Si fuera cierto, yo lo habría visto. Pero lo que vi fue a Armin y los demás viajando en un barco, para hablar de paz. Vi...

—Esperanza. Pero resultó no ser más que otro infierno. No, esperanza no es la palabra apropiada. No es que quisieras dar a el mundo una oportunidad para ser mejor, no es que creyeras que se merecían al menos esa libertad. La verdad, la sé porque soy tu, es que sencillamente te rendiste, ¿no es cierto? No trates de negarlo. Tu corazón no tienes secretos para mí. Hasta hace poco, ibas a hacerlo. Terminar lo que has empezado. Por eso, actualmente Mikasa está viviendo en una ilusión. Querías que al menos experimentara una bella ilusión antes de matarla. ¿No es así? Te rendiste, sencillamente, porque no pudiste soportar la carga más. Llegaste muy lejos, pero no aguantaste. Te rompiste. En esta eternidad... sintiendo a los Titanes Colosales arrasando el mundo, matando a incontables inocentes, como si fueran extensiones de tu propio cuerpo... Eren Yeager murió. Hasta Eren Yeager encontró su límite.

Eran se miró de nuevo las manos, avergonzado. Tenía razón. Claro que tenía razón. Pero, aun así... aunque su motivo fuera egoísta... ¿De verdad era equivocado querer dar al mundo una oportunidad? ¿Tener esperanza en el futuro?

¿De verdad las cosas acabarían de una manera tan terrible?

Estaba tan, tan cansado.

Una eternidad era un instante y un instante era una eternidad.

—¿Por qué pones esa cara? No tengo derecho a decirte esto, porque yo tome la misma decisión que quieres tomar, yo también me rendi... Pero nunca deberías haber esperado algo distinto en primer lugar. Mira lo que estamos haciendo, al fin y al cabo.

—Eso es distinto. No tenía elección.

—No hace falta que me lo expliques. Soy tu, ¿recuerdas? Pero los "demonios" que bombardearon Paradis , borrándolo de la faz de este mundo, las aves carroñeras que devoraron su cadáver y lamieron los huesos... También creyeron que no tenían otra elección. También creyeron estar justificados. Y por supuesto que lo estaban. No podían arriesgarse a que los demonios de Paradis terminaran el trabajo en tu lugar.

—¿Que estás diciendo? Ahora suenas como si estuvieras de acuerdo con ellos.

—En absoluto. Solo estoy intentando dejarte claro que no tienes elección. —Su otro yo se agacho, tomo sus cadenas en las manos y las rompió, haciendo que volvieran a la arena de la que estaban hechas—. Ponte en pie, Eren Yeager. No eres quien comenzó esta historia. Pero tienes la responsabilidad de ponerle fin.

Eren obedeció sus propias palabras, incorporándose.

—Aunque lo digas sea cierto, Armin, Mikasa y los demás... ellos no tienen por qué morir.

—Antes no. Pero ahora que estas separado de la criatura, puede que te maten de verdad incluso aunque te resistas, aunque luches hasta el final. Es demasiado arriesgado luchar con ellos conteniéndote. Así que tienen que morir, como los guerreros de Marley. Ahora ya no hay otro camino.

Eren pasó caminado al lado de su otro yo, de su yo del futuro, y miró fijamente al árbol de los Caminos. Seguía ardiendo con fuerza, y parecía posible que su propia llama lo consumiera.

Como le había pasado a él. Lo único que tenía en su interior era cenizas.

Pero ¿podía poner llamas sobre esas cenizas? ¿De verdad podía llegar tan lejos? ¿No solo el mundo, si no sus preciados amigos, con sus propias manos?

—¿Aun no te has decido? ¿Es que acaso has olvidado quien es Eren Yeager, y porque tuviste la fuerza de llegar hasta aquí? Vale, deja que te lo demuestre.

Su yo del futuro le puso una mano en el hombro.

Y, una vez más, el mundo a su alrededor cambió por completo.

4

Al otro lado de la oscuridad, lo primero que llegó a sus oídos fueron los llantos de un bebe, desnudo y ensangrentado, recién salido del vientre de su madre, expuesto al duro mundo.

Eren se lo quedó mirando como hipnotizado. El espectro miraba por encima de su hombro.

—Es unan niña —dijo una de las mujeres que había estado ayudando con el parto. Y, con una gran sonrisa en el rostro, extendió los brazos, acercando la niña a su madre.

A...

Eren sintió como si una mano invisible le hubiera apretado el corazón.

A Historia, por supuesto. ¿A quién si no le iba a mostrar? Era tan hermosa. Despeinada, roja, cubierta de sudor y con un sencillo vestido blanco, estaba tan hermosa o más que cuando la había visto en sus vestimentas reales.

O aquella tarde. Cuando se encontraron... Cuando ellos...

Los ojos de Eren se mojaron con lágrimas.

—En el futuro que he dejado atrás, debido a nuestra decisión, esta niña nació en un mundo que la odiaba y deseaba borrar su existencia. Así fue como vivio y como murio. Sin por un solo segundo experimentar la verdadera libertad. Atrapada en una jaula, temerosa del inevitable contrataque. Y todo por nuestra culpa.

Eren sintió que el corazón se le iba a romper.

Pero un corazón que se podía romper era un corazón que seguía ahí. No había dejado atrás todo lo que una vez le había importado como una serpiente mudando la piel.

No había enterrado nada. No había olvidado nada.

Eren Yeager todavía estaba vivo. A pesar de todo, seguía luchando, como siempre lo había hecho.

—Hemos visto tantos malos padres, pasando su carga a los hijos sin pensárselo, una y otra vez. Sus pecados. Sus deseos. Es por eso precisamente que tenemos este problema entre manos. Es por eso que la cadena de odio cuyos primeros eslabones fueron forjados en los tiempos de Ymir seguía ahí, y haciéndose más fuerte con cada día que pasa. ¿Vas a convertirte en uno de esos padres? ¿Vas a arruinarlo todo? Escoge, Eren Yeager. ¡Escoge!

La mirada de Eren se posó sobre Historia, que sujetaba a su hija en brazos. La niña se había calmado como si hubiera notado instintivamente que esa era su madre.

Y todo esto... iba a arruinarse. El mundo exterior le había arrebatado la libertad.

Y, no contentos con eso, no mucho después en el futuro, iban a destruir lo segundo mejor. La única cosa que había encontrado en su lugar camino.

El amor.

Eren no pudo soportarlo más.

Temblaba de los pies a la cabeza. Eren levantó las manos y hundió las uñas en las mejillas, arrancándose la piel. Espesos ríos de sangre flojearon por su cara, transformándola en el rostro de un demonio de pura rabia.

Eren Yeager aulló como si estuviera vomitando su alma.

5

Eren abrió los ojos dentro del Titan Colosal. La cansada resignación había desaparecido de su rostro.

Si Mikasa Ackerman hubiera podido ver eso, se habría dado cuenta de que todo había cambiado. De que el monstruo imparable conocido como Eren Yeager había mandado a la mierda una vez más al destino y a todo lo que intentara controlarle, robar su libertad.

Pero no había sido consciente de las cosas desde el principio.

Desde el comienzo había vivido en una ilusión.

Por lo tanto, era apropiado que su final llegara con ella inmersa en la ilusión que era todo lo que había querido de la vida.

6

Eren liberó grandes cantidades de vapor. Tenía un Titan Colosal ahora y podía emplearlo como tal. El vapor descargado primero desvió el ataque de Mikasa y luego la hizo volar hacia atrás.

Fuera de la boca de su Titan, entre los dientes abiertos.

Los dientes que había abierto con un pensamiento, para que pudiera simplemente caer y no tuviera que sufrir. Los Titanes de las Murallas estaban parados a su alrededor, pero eso carecía de importancia. No tenían que aplastarla. La caída la mataría, Ackerman o no.

Mikasa estaba muerta.

Ya estaba hecho, la había matado.

Eren se transformó una vez más. La forma de Titan Colosal era conveniente, pero ahora que estaba desconectado del origen de los Poderes de Titan, lo máximo que podía hacer era mantener la forma que ya había usado. Su transformación en Titan Colosal había sido algo de último minuto, antes de que la criatura se desconectara por completo de él.

El Fundador y sus poderes estaban fuera de su alcance, por ahora.

Pero Eren era el Titan de Ataque. No necesitaba nada más.

Aullando como si así pudiera expulsar el dolor que sentía en su corazón, y el que sentiría dentro de poco, Eren, transformado de nuevo, salió de la boca del Titan que se estaba derrumbando por el agujero que había hecho al transformarse.

Eren saltó, aterrizando de manera que la fuerza del impacto se redujera y pudiera recuperarse rápidamente. Eso fue lo que hizo, pero no habría importado, aunque hubiera tardado.

Reiner estaba ocupado manteniendo a raya a Jean, Connie y Gabi.

Levi no había estado en condiciones de hacer nada incluso antes. Solo gracias a Eren había conseguido "sacar fuerzas" para ayudar a Mikasa a entrar en la boca de su Titan. De lo contrario, ese hombre medio muerto no había logrado semejante hazaña.

Pero ahora sí que no haría nada de verdad. Porque estaba muerto.

Había disparado la última Lanza de Trueno y su vida, como una breve llama, se había consumido.

Al igual que Mikasa, allí tirada en el suelo. Rota, ensangrentada, cubierta de quemaduras. Ella también estaba muerta. Sin lugar a dudas. Al menos había sido rápido. Al menos no había sufrido.

Eren había estado observando el progreso del Retumbar desde la lejana perspectiva de un dios. Volver a su perspectiva humana era desorientador y contribuía a la sensación de que esto no estaba pasando, no podía estar pasando, era solo un mal sueño.

Eso y que era lo que quería creer. Pero estaba pasando.

Él había hecho esto.

Él terminaría con esto.

Aullando de pena y rabia, Eren se volvió hacia Armin. Rápidamente fue escalado su Titan Colosal, hacia la nuca.

Para aplastar la vida de su mejor amigo con sus propias manos.

El Titan de Armin estaba inmóvil, pero eso no significaba inutilizado. No, nada de eso. Como Bertolt, liberó grandes cantidades de vapor en un intento de defenderse.

Eren aulló de nuevo. En la monstruosa voz de su Titan ahora solo había una determinación que rozaba la locura.

Porque ella nació en este mundo...

Llamas envolvieron el cuerpo de su Titan, que contrarrestó el vapor enviado por Armin, tan caliente como para arrancarle la carne de los huesos a cualquier ser humano e incluso dañar gravemente a cualquier Titan.

Pero al suyo no. A él no. Como siempre, no había fuego más ardiente que el del interior del alma de Eren.

Esa era su bendición... y su maldición.

¡Lucha! ¡Lucha!

Eren llegó a lo alto y arranco la carne de la nuca, obligando a Armin a mostrarse y a despejar el vapor super caliente que les rodeaba para no dañarse a si mismo.

Extendió la mano para extinguir la vida de su mejor amigo. Extendio las manos para acabar con la vida de su mejor amigo. Quien aquí, al final, lo miró no con odio y miedo en sus ojos. Sólo había tristeza en esos ojos brillantes que le habían mostrado los barrotes de su prisión, hace tanto, tanto tiempo.

—Eren… —empezó Armin a decir, pero no pudo decir más.

Porque Ymir también extendió la mano con Eren, tocando al chico que había estado a su lado desde el principio.

No necesitaba la ayuda de Ymir para ganar la pelea. Pero para esto sí.

7

Eren y Armin estaban como deberían estar, en este momento. Juntos, sentados en la orilla de playa, con los pies desnudos y las botas descartadas en algún lugar. La marea subía y bajaba, lamiéndoles las plantas de los pies.

El cielo estaba limpio de nubes y era de un azul perfecto. Parecía como un cristal que reflejaba el mar que se extendía hasta el horizonte.

En la distancia, cantaban las gaviotas, y el mundo estaba en paz.

Al menos en este momento, el mundo estaba en paz.

—Esto es lo que hemos estado buscando todo este tiempo. ¿Verdad, Eren? —Armin empezó a girar la cabeza para mirarle.

Podía imaginárselo.

Su sonrisa seguramente sería más brillante que la luz del sol sobre al agua del mar, y le sonreiría como un niño pequeño emocionado, la misma sonrisa que le había animado desde siempre en sus peores momentos. Con esos ojos, esos ojos que le habían hecho despertarse. Si, así seria. Así.

—Esto es la libertad —continuó Armin, terminado de girar la cabeza para mirarle.

Pero no había ojos brillantes.

No había una dulce sonrisa.

Su cara estaba destrozada, cubierta de sangre, como si hubiera sido golpeada una y otra vez con un martillo.

La ilusión se rompió.

Para él.

8

Cuando volvió a sumergirse en el infierno, Eren estaba solo.

Armin seguía ahí, por supuesto. En una de las manos de su Titan. Pero en realidad ese ya no era Armin. Solo era una gran cantidad de sangre anónima y un cacho de carne aplastado, completamente irreconocible.

Eren se volvió completamente loco.

Jamás había experimentado semejante dolor. Levantó la cabeza hacia los cielos y aulló como si le estuvieran destripando, maldiciendo al mundo, maldiciendo la cadena de destino y maldiciones que le había llevado a este terrible resultado.

Pero no había acabado de hacer lo que tenía que hacer. Ni de lejos.

Y no había vuelta atrás. No había vuelta atrás.

El Titan de Ataque, siendo devorado por sus propias llamas, se lanzó hacia Reiner que había sido superado por la fuerza combinada de Jean, Connie y Gabi, ya que no estaba dispuestos a matarlos.

Al menos eso creía, pero entonces Reiner le sorprendió. Registro vagamente que hacía mucho que no era sorprendido. Esta era la segunda vez en mucho, mucho tiempo.

Ahora que estaba de nuevo en territorio inexplorado, todo era nuevo, todo era una sorpresa.

Lo que hizo Reiner...

Lo que hizo fue sacar a Jean y Connie de su miseria, rápidamente. Eren sintió una punzada de dolor, pensando que esos dos habían vivido sus últimos momentos en la larga pesadilla que era ser un Titan Puro. Pensando que no había podido ni siquiera concederles una dulce ilusión antes de que murieran.

Reiner le había sorprendido, pero en esto no: que no pudo hacer lo mismo con su hermana pequeña.

Simplemente le arrancó los brazos y las piernas, para luego tirarla a un lado. Haciéndola relativamente inofensiva. De momento.

Quizá lo suficiente para terminar con la pelea.

Reiner se acercó a él, lentamente, cuidadosamente. La criatura, parecida a un gusano gigante, seguía retorciéndose en la distancia como pez fuera del agua.

Ahora, el único que estaba en su camino era Reiner.

El Titan de la Armadura y el Titan de Ataque volverían a encontrarse por tercera y última vez.

Si. Como dije, tú y yo somos iguales.

El también cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros. Se podría decir lo mismo, en cierto modo, de todos los miembros de la Alianza que se había formado contra él. Pero Reiner era distinto.

Reiner había roto la Muralla María, poniendo fin una paz de cien años.

El evento que había ocasionado la muerte de su madre y había hecho que Eren empezara a recorrer el camino que le había llevado hasta aquí. Sin duda Reiner se sentía culpable.

Lo que iba por Annie también, o al menos eso era lo que quería creer.

Que se sentía culpable, en el fondo. Que se preocupaba por algo más que su padre. Pero, una vez más, Reiner era distinto.

Porque Reiner...

Le costaba expresarlo con palabras...

Si las cosas hubieran sido distintas, quizá habría estado en su lugar hoy. Eso era lo que pensaba. Algo así.

No, las cosas habían sido distintas.

Hace mucho tiempo, Eren había sido el héroe y Reiner el monstruo que debía ser detenido.

Eren se rio como burlándose de sí mismo.

A través de la boca de su Titan, la voz se volvió grotesca y profunda, y sonó más cercano a un gruñido amenazador que una risa.

Vamos, Reiner. Acabemos con esto.

9

Reiner toco a la puerta y esperó con el corazón en un puño. Podía manipular su mente, pero no manipularía sus emociones, aunque fuera para que todo fuera perfecto. Así que esta era la reacción natural de Reiner ante el escenario que había construido para él.

Al otro lado de esa puerta yacía su familia, Gabi incluida.

Pero, aunque sin duda los quería, la familia no había sido con frecuencia una fuente de confort para Reiner. Más bien todo lo contrario. Había sido un lugar que le traía vergüenza y sensación de insuficiencia consta mente.

Desde que era niño, había sentido la necesidad de probarse a sí mismo y arreglarlo todo con sus propias manos.

Como si fuera su responsabilidad.

Pero no. Eso no era más que una maldición que su madre le había pasado. Si de por él fuera, Reiner rechazaría a su madre en vez de buscar su aprobación como siempre lo había hecho. Pero no se trataba de él.

Este pequeño y frágil mundo existía por y para Reiner.

Aquí, Eren era un mero espectador.

La puerta se abrió. Las miradas de madre e hijo se encontraron.

—Mama, yo... yo... —No le salían las palabras. Reiner tragó saliva.

Karina le sonrió dulcemente. Eren, al construir esa expresión, esa reacción, y al presenciar su obra, pensó en todo momento en su propia madre. El dolor casi hizo que la ilusión se rompiera prematuramente.

—No tienes que decir nada, hijo mío. Ahora estas en casa.

—¡Hermano, has vuelto! —y llegó la voz de Gabi, de más allá del pasillo.

Con una pequeña sonrisa de satisfacción, Reiner atravesó el umbral. Su madre estuvo al lado de él en todo momento, sonriéndole con una mano en su hombro.

Fue como el acto de pasar al otro lado.

Eren sintió un escalofrió.

La luz lo inundó todo.

10

Falco volvió con los otros sobre su espalda, pero no a tiempo para ayudar a Reiner. Para cuando volvieron, Reiner ya se había ido para siempre de esta tierra sangrienta.

Ya que no podía darles la vida, les dio la paz. A todos ellos, sin excepción.

Deseo haberles conocido mejor para darles una mejor visión en sus últimos momentos, pero no había hablado con Falco y Peck en absoluto. En cuanto a Annie... Había hablado mucho con ella, pero nunca la había intentado.

Aun así, se esforzó al máximo para darles una dulce ilusión en sus últimos momentos.

A Falco le dio el amor de su corta vida.

A Gabi le dio lo mismo que a Reiner, lo que recibían los soldados con suerte. Es decir, el regreso a casa, estar a salvo y poder dejar la guerra atrás. O al menos intentarlo. Esos niños perdidos en el oscuro bosque que sus ancestros habían plantado jamás encontrarían la salida, sino que se hundirían en la oscuridad por siempre, aquí y ahora.

A Annie le dio lo único que se le ocurrió. Lo que casi, casi había tenido de verdad. Una reunión con su padre.

Para Eren no había ninguna ilusión que pudiera salvarle de la realidad, sin embargo. Hasta el último momento, permaneció con los ojos bien abierto, muy consciente de la realidad física y emocional de sus actos.

Mató y mato, sintiendo que el mismo se estaba muriendo, hasta que se quedó solo.

De rodillas en medio de un mar de sangre de su propia creación. Pero esto no había acabado. Todavía no.

Eren se puso en pie y camino para reunirse con la criatura.

11

Desde el momento en que nacemos…

Los Titanes de las Murallas comenzaron a andar de nuevo. Y el mundo tembló.

Todos nosotros somos libres.

Sus Titanes arrasaron el Fuerte Salta, arrasando con todas las vidas que habían reunido ahí. Eldianos y Marleyanos por igual. Los Marleyanos del fuerte se habían dado cuenta de sus pecados, pero demasiado tarde para cambiar nada, y fueron reducidos a polvo junto con otro símbolo de su civilización.

Aquel que lo niegue, por muy fuerte que sea, no me interesa.

Las fuerzas de lo que quedaba del mundo vinieron para parar al Demonio de Toda La Tierra. Incluso las fuerzas de Marley, el ejército más poderos del mundo, había fracasado. Así que no tenían ninguna oportunidad.

Pero no podían quedarse sentados esperando a la muerte.

Nadie podía.

Así que volaron para encontrarse con su muerte, y fueron a por él con barcos, y con todo lo que tenían.

Agua de fuego...

Los cadáveres de los barcos ardían en el agua. Los gritos de horror y de los moribundos se alzaron todavía más alto que las llamas.

..tierras heladas, cualquier cosa me vale. Quien vea esas cosas habrá conseguido más libertad que cualquiera persona en este mundo.

El mundo estaba siendo pisoteado. Enviado de vuelta a la nada. ¿Esto era la libertad? ¿Una tierra destruida y vacía?

Si.

Odiaba vivir en un mundo en que las cosas tuvieran que terminar de esta manera, pero sí.

¡Lucha! ¡Lucha!

Pero esta vez, Eren no apartaría la mirada ni se rendiría. Desde el mundo espectral llamado Caminos, Eren Yeager sufriría otra eternidad en el infierno, hasta que todo estuviera logrado.

No dejaría la suerte de Paradis en manos del destino.

Si es por la libertad...

A Eren se le podía ver en el centro de toda aquella destrucción. Reunido con el Origen del Poder de los Titanes, era otra vez una colosal bestia esquelética que avanzaba lentamente. En ese cuerpo no se adivinaba un rastro de su humanidad.

Ni siquiera en su rostro, la parte más humana.

Sus ojos eran los de un demonio y su rostro parecía más bien una grotesca mascara.

Yo daría mi vida.

Si, Eren Yeager estaba muerto.

O quizá simplemente nunca había estado vivo, porque ni una sola vez había sido libre. Las cosas siempre habían estado destinadas a acabar de la peor manera posible.

Sin embargo…

Por muy espantoso que sea el mundo, no me importa.

La destrucción continuó.

Mientras la naturaleza empezaba a reclamar lo que era suyo, las aves pintaban sombras en la tierra que tenían debajo.

Y sus voces se alzaban como cantando el réquiem.

Por muy cruel que sea el mundo, no me importa.

Sin embargo, era demasiado débil. El poder de la naturaleza no era nada en comparación con el poder del demonio al que la humanidad había dado a luz.

No tenía ni punto de comparación con el sonido de las pisadas que estaban haciendo temblar el mundo.

12

La eternidad llegó a su fin, y Eren volvió a la orilla de Paradis.

Eren cayó entre los huesos y el humo generado por su Titan al disiparse. Entre el humo, aunque no debería ser posible, vio a su yo de un futuro que no debería haber pasado y ahora nunca pasaría. Estaba mirando al cielo, o quizás a Paradis que se alzaba delante de él, y viendo la destrucción que sucedió en su futuro más que el lugar que tenía delante.

Cálidas lagrimas se estaban derramando por sus mejillas. Él, sorprendentemente, pudo ver eso con claridad. Porque por alguna razón no estaba llorando.

Había gritado y aullado hasta más no poder, incluso se había reído, y sentía una sensación en su pecho como si estuviera siendo desgarrado. Pero todavía, al menos, no había derramado ni una sola lagrima.

—Soy libre —declaró a nadie en particular, y desapareció como la niebla matutina.

Pero no era la única aparición que le esperaba entre el uno. Poniéndose de pie, diviso a la fundadora Ymir entre el humo.

Intentó encontrar palabras, pero no tenia nada. Eren, aguatándose las ganas de vomitar, siguió mirando a Ymir, a la cual parecía no importarle su silencio. Ella ha esperado dos mil años a alguien.

A mí.

Yo...

La fundadora sacudió la cabeza y sonrió con suavidad, como la niña que nunca había podido ser.

—Hasta luego, Eren. —Y con esas palabras desapareció.

Solo que desapareció no era la palabra correcta. El otro Eren había sido un fantasma del futuro, y el futuro de hecho podía desaparecer si lo perdías de vista o el futuro cambiaba.

Pero el pasado nunca desaparecía realmente. Siempre estaba ahí, latente, como el poder de un Titan en las manos de un Cambiante.

Los que desaparecieron, uno por uno, evaporándose, fueron los Titanes de las Murallas que le habían acompañado hasta la orilla.

El cielo se llenó con su humo, y fue como una premonición ominosa, como el incendio que daba comienzo a un ataque sorpresa. A una invasión.

Pero no habría ataques, ni ninguna clase de guerra.

Eren había puesto a fin a eso.

Paradise estaba a salvo.

Como para remplazar a los Titanes que habían sido su única compañía durante una eternidad, aparecieron guerreros Paradisianos acercándose a él. Guerreros de la facción que había sido denominada como los Yaegeristas.

Portando esas armas, sus rostros distorsionados por el humo que todavía no había desaparecido, parecían fantasmas vengativos.

Parecían como un pelotón de fusilamiento.

Hacedlo, pensó. Venga, ¡disparad!

Ese momento de locura pasó, sin embargo. Eren caminó entre los suyos, adentrándose en Paradise. Tenía un lugar adonde volver.

En el tenso silencio, la pregunta obvia quedo sin pronunciar. Pero Eren la respondió de todas formas.

—Se acabó. Todo. Ya no tenéis que luchar.

Muchos hombros se hundieron en alivio ante eso, posturas relajándose. Pero, aun así, había una extraña tensión en el aire.

—Señor Yeager.

Una voz que desconocía. A pesar de eso, y a pesar de que tenía ese algo que hacer, Eren se dio la vuelta para mirar al chico que había hablado. Porque no era más que un chico, dos o tres años más joven que él incluso.

—Gracias. Muchas gracias.

Eren no supo que responder, así que simplemente asintió. Y siguió adelante.

Su destino era, por supuesto, la cabaña de Historia.

Había caminado mucho desde la última vez que estuvo aquí. Antes de que todo este desastre comenzara, antes de marcharse para ir a Marley...

13

—¿Qué piensas sobre que tenga un hijo?

—Ya te lo he dicho. No pienso permitir que te utilicen y ofrezcan a tu hijo como sacrificio para esta isla. Ese ciclo debe de terminar.

—No, quiero decir... ¿Qué te parecería que tuviera un hijo no por esta isla, no por los planes de la policía militar, sino por mí misma?

—Bueno, yo... No necesitas pedirme permiso, pero claro que me parecería bien. Si es tu decisión…

Y ella se rio.

—Últimamente siempre eres tan serio, pero a veces eres honesto como un niño. —Historia se acercó. Sintió el peso de su cuerpo y su calor contra él—. No quieres que tenga un hijo con nadie, por ninguna razón, ¿verdad? Se te ve en la cara.

—Yo... —Atontado y rojo como un tomate, Eren no pudo hacer otra cosa que balbucear esa palabra.

—A no ser que sea contigo.

Que directa. Sus palabras fueron como un choque eléctrico.

—Veo que tenía razón —Historia mostró una sonrisa traviesa más apropiada para la identidad de Christina. Aunque Historia no solía sonreír así ni mucho menos, le quedaba perfectamente. Era una sonrisa bella y sin un rastro de deshonestidad.

—Me salvaste aquel día, en esa caverna. De Reiss y lo que es más importante, de mí mismo. Antes de darme cuenta, yo ya tenía... sentimientos especiales hacia ti. Pero, Historia... Me queda cuatro años de vida... Y, de todas formas, no creo... No creo que vuelva con vida.

Historia se puso delante de él, obligándole a mirarla.

Le puso las manos en las mejillas. Eren sintió ese choque eléctrico otra vez.

—Lo sé. Se todo eso, pero... No puedo evitar lo que siento, y no lo haría aunque pudiera. Creo que un futuro contigo es posible. Lo deseo. Pero, aunque no podamos completarnos, al menos podemos lamernos las heridas. ¿Qué quieres, Eren?

—Todo. Todo —dijo Eren roncamente, y empujo sus labios contra los de ella, rodeándole la cintura con los brazos.

Se fundieron en un beso.

14

Podía ver ya la cabaña.

Como si le hubiera sentido venir, la puerta se abrió y por ella emergió Historia con "algo" en las manos. Y se algo era, sin lugar a dudas... No terminó el pensamiento. El corazón de Eren se aceleró dolorosamente.

El viento mecía la hierba. A él le empujaba hacia atrás, como diciéndole que no se merecía esto. Que no se merecía nada, no después de...

Llego hasta Historia, en ese silencio de ultratumba.

Se arrodilló delante de ella y se inclinó hacia delante hasta que su frente toco el suelo.

—Lo siento.

El silencio se prolongó lo bastante para que Eren se convenciera de que todo había acabado.

—Eren. Por favor, levanta la cabeza. —Historia movió a la niña en sus brazos para acomodarla mejor. La niña. Su... Parecía como un pecado referirse a ella como su hija, pero lo era—. ¿Por qué te disculpas? El Retumbar... Yo no lo he llevado a cabo, pero ¿olvidaste lo que te dije? Aunque seamos enemigos de la humanidad, yo siempre estaré de tu lado. Tus pecados también son los míos. Así que comparte el peso conmigo.

Eren se puso en pie.

No me merezco esto. Soy indigno de todo esto. Pero...

Historia le acercó a la niña.

—Cógela en brazos. Te ha estado esperando. Esperando a su padre.

Eren dudó, pero cogió a la niña en brazos. A su hija.

Había aplastado a tantas vidas durante una eternidad mientras llevaba a cabo el Retumbar, atrapado en un mundo no había pasado, ni presente, ni futuro, sino tiempo: un mundo donde todo se mezclaba.

Ella era tan pequeña, tan frágil, que casi le daba miedo aplastarla por accidente.

Eren acaricio el rostro de su hija.

La pequeña todavía no podía abrir los ojos, pero reacción al toque de la mano de su padre con una gran sonrisa.

Por unos instantes, Eren olvidó sus ganas de vomitar hasta el alma y el dolor que amenazaba con partirle en dos, y respondía a la sonrisa con una sonrisa.

Por el rabillo del ojo, vio "algo" que no debería estar ahí.

Eren jadeó.

Más apariciones. De repente estaban rodeados por Armin, Mikasa, Jean, Connie, por todos los preciosos amigos que había matado con sus propias manos. Su hermano Zeke... E incluso extraños, fantasmas sin rostro. Sin embargo, él sabía quiénes eran. Los Yeageristas que lo habían seguido y muerto, todo por este momento.

Estaban observando silenciosamente. Juzgándole.

—Si tu estas aquí... —comenzó Historia dubitativamente—, entonces, ¿todos los demás...?

—Si —respondió sencillamente a algo que no tenía nada de sencillo.

—Ya veo. Soy yo quien debería disculparse. Pero no puedo decir lo siento. No quiero ser la clase de madre que se arrepiente del nacimiento de su hija.

—¿Por qué dices eso?

—Tu no planeabas salir de esta con vida. Volviste por mí. No te contengas. Dime la verdad, puedo soportarlo.

—Por ti y por esta niña. Pero decir que esa es la razón seria una simple excusa. Lo hice porque queria... necesitaba esto.

Historia le abrazó por detrás. Ella era tan pequeña, también, su salvadora. Pero también tan fuerte. Fuerte de maneras en las que él había deseado ser. Ahora lo era... lo había demostrado, pero eso no cambiaba su admiración por ella.

—Eren. Vivamos estos cuatro años, cada día de estos cuatro años, al máximo. ¿De acuerdo?

—¿Cuatro años?

—Me dijiste que querías poner fin al Poder de los Titanes, pero, por las marcas en tu cara, asumí que... ¿Me he equivocado? —Había esperanza en su voz.

Eren se llevó una mano a la cara, palpó y comprobó que Historia tenía razón. Las marcas de la transformación seguían ahí. Bajó la mano y de nuevo la utilizó para sujetar a su hija.

Sacudió la cabeza.

—La Era de los Titanes se acabó, Historia —declaró Eren Yeager.

Los fantasmas, con sus ojos negros, seguían observándoles. No mostraban signos de desaparecer, como si estuvieran esperando a algo.

Querían saber que había pasado con los corazones que habían dedicado a la causa, por propia voluntad o no.

Querían conocer el significado de sus sacrificios.

Esto, pensó Eren. Todo esto ha sido por este momento.

Eren Yeager nunca había sido libre. Desde el momento que despertó bajo aquel árbol, en el mismo día de la muerte de su madre, no había sido libre. No, desde incluso antes de que un poder superior le empujara por este camino de desesperación, destrucción y muerte.

Siempre había vivido con murallas a su alrededor.

Pero ahora ya no había murallas.

El sol se alzaba, bañando a un mundo sin murallas con su luz.

Eren Yeager nunca había sido libre y jamás lo seria, incluso en esta nueva era que no experimentaría la maldición de los Titanes. Durante el resto de su vida, que probablemente sería muy larga, sufriría por lo que había hecho y moriría lleno de arrepentimientos. Pero...

Acomodó a su hija en los brazos. Incluso recién nacida, creyó notar el parecido.

Ymir, el primer eslabón de esta larga cadena de odio, sería el primer niño en nacer en un mundo sin murallas.

Por supuesto, nadie podía devolver la vida que Fritz le había arrebatado.

Esto no era más que una segunda oportunidad.

Con la muerte del Poder de los Titanes y el mundo de Caminos, una nueva vida nacería. Y tendría la oportunidad de vivir su vida por sí misma, no por nadie más. La oportunidad de escoger su propio camino, y vivir y morir como deseara. Porque...

—Tu eres libre.