A WONG FOO, GRACIAS POR TODO. JULIE NEWMAR

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Este fic participa en el Reto #54: "I want to break free" del foro "Hogwarts a través de los años"


Tú me hiciste sentir que no valía

Y mis lágrimas cayeron a tus pies

Me miraba en el espejo y no me hallaba

Yo era sólo lo que tú querías ver

Y me solté el cabello, me vestí de reina

Me puse tacones, me pinté y era bella

Y caminé hacia la puerta, te escuché gritarme

Pero tus cadenas ya no pueden pararme

Y miré la noche y ya no era oscura, era de lentejuelas

Todos me miran – Gloria Trevi


—Tenemos una vecina nueva.

Wayne está junto a la ventana. Con la mano derecha sostiene una taza de café y con la izquierda la varita. Ya se ha puesto su uniforme de auror y pronto se marchará al trabajo. Me acerco a él para echar un vistazo al exterior. Efectivamente, hay alguien junto a la casa de enfrente. Es una mujer alta, de pelo oscuro y piel morena. Me resulta levemente familiar, aunque no estoy segura de dónde la he visto antes.

—Tiene un buen culo.

El comentario de Wayne es jocoso y viene acompañado por una palmada en mi propio trasero. Yo me aparto, sorprendida, y carraspeo para disimular mi repentina turbación.

—¿Sabes cómo se llama?

—Ni idea. —Wayne se aleja de la ventana y deja la taza sobre la mesa de la cocina—. Smith me dijo que había alquilado la casa de su abuela, pero no entró en detalles. Ya sabes lo capullo que es.

—Claro.

—Hazme un favor, Lisa. —Wayne me agarra de la cintura y me atrae hacia su cuerpo. Después, me da un golpecito en la punta de la nariz—. Prepara una tarta para la recién llegada y sé amable con ella. Queremos saber quién es.

Me guiña un ojo y me da un beso de despedida. Cuando se desaparece, vacío los pulmones de aire y la pregunta de siempre aparece en mi cabeza.

"¿Qué estás haciendo, Lisa Hopkins?"

Para empezar, debería conservar mi apellido de soltera. Me lo prometí a mí misma cuando cumplí dieciséis años y decidí que me convertiría en la mejor sanadora del mundo mágico. Hoy, diez años después, no he hecho ni lo uno ni lo otro. Cuando me casé con Wayne, él señaló que lo correcto era que tomara su apellido.

—Por algo eres mi mujer, ¿verdad?

No debí transigir, pero a todo el mundo le pareció una tontería.

—Sólo es un apellido, Lisa.

—Es la tradición, Lisa.

Y dejé a un lado el Turpin para adquirir mi nueva identidad. Lisa Hopkins. Tampoco parecía tan malo. Debió ser sólo un nombre, pero cuando perdí el apellido dejé atrás muchas otras cosas. Por Wayne, por el bien de nuestro matrimonio. Porque todo el mundo parecía saber mejor que yo lo que era bueno para mí.

Sucedió después de un turno de cuarenta y ocho horas en San Mungo. Llegué a casa tan agotada que me desmayé. Recuerdo la cara de horror absoluto que puso Wayne justo antes de que todo se volviera blanco. Cuando desperté, expresó su opinión a las claras.

—No puedes seguir así. Te estás matando.

Comencé trabajando menos horas, pero entonces llegó un nuevo compañero a la planta. Theodore Nott.

—¿Un Slytherin? ¿Bromeas? Todos deberían estar pudriéndose en Azkaban.

Pero Nott era un buen profesional que se desvivía por sus pacientes, fuera cual fuera su estatus de sangre.

—No me gusta cómo te mira. Le pones cachondo.

—No quiero que sigas trabajando con él. Y punto.

Aquella fue una época de muchas discusiones. El tono subía cada día más y más y el rostro de Wayne adquirió un sempiterno color púrpura. Siempre estaba enfadado y yo no sabía qué hacer para convencerle de que todo eran imaginaciones suyas.

—Nott se ha comprometido con Daphne Greengrass. ¿Te acuerdas de ella? Es una chica guapísima.

—O pides el traslado a otra planta o no respondo de mí mismo.

Lo hice. Estaba harta de sus escenas de celos y pensé que sería suficiente. Nott se casó y su primer hijo llegó apenas diez meses después. Dejó de ser un problema, hasta que apareció Dean Thomas en escena.

—A ti siempre te han gustado los negros, ¿verdad?

No supe qué responder.

—Puto cretino. Voy a partirle la cara como siga mirándote así.

—¡Pero si Dean es gay!

—¡Y una mierda!

Ese día su puño quedó a escasos centímetros de mi cara. No tuvo que pedírmelo. Volví a solicitar un cambio de planta, aunque eso no solucionó el problema. Si no eran Nott ni Thomas eran Quirkle, Harris o Newman, que tenía como cien años y usaba gafas de culo de vaso.

—El problema es que te encanta que te miren, ¿verdad? Siempre te ha gustado ser el centro de atención, ¿tan puta eres?

Me he repetido miles de veces que debí dejarlo justo ahí, en ese momento. Me habían educado para mostrarme firme ante la adversidad, para exigir que me trataran con respeto, pero Wayne me desarmaba. Lo quería muchísimo. Aún lo hago. Era un chico guapo y agradable, todo un Hufflepuff. Se había hecho auror porque deseaba ayudar a la gente y luchar contra la injusticia. En Hogwarts, durante el año de los Carrow, peleó con valor. Y se puso de rodillas para declararme su amor. Todo el mundo piensa que somos la pareja perfecta, que si dejé mi trabajo en San Mungo fue porque deseaba convertirme en madre y dedicarme a la crianza de nuestros hijos, pero ya han pasado dos años y no hay ningún niño en casa. Sólo estamos Wayne y yo, jugando al matrimonio perfecto.

—¡Qué envidia me das, cabrona!

Mandy me repite esa frase cada vez que nos vemos. Según su opinión, Wayne es el chico más atractivo que ha conocido nunca y da por hecho que es un as en la cama. A veces quiero contarle la verdad. Necesito explicarle que todo lo que tiene de atrayente lo tiene de miserable, que a su lado me asfixio y que me da tanto miedo que no me atrevo a alejarme de su lado.

—No me dejarás nunca. Soy un auror. Sé lo que tengo que hacer para conservarte.

Creo que es mejor vivir sin pensar demasiado. Dejo que la rutina domine mi existencia y que todo gire alrededor de mi marido. Me visto para Wayne, cocino para Wayne, limpio para Wayne. Ni siquiera le planteo cosas tan insignificantes como que me apetece probar con otro corte de pelo.

—¿Por qué? A mí me gustas así.

Lo peor de todo es que Wayne resulta ser un hombre absolutamente desconcertante. Nunca sabes de qué humor se levantará por la mañana o cómo se encontrará al regresar del trabajo. A veces es cariñoso y complaciente. Puedo ver en sus ojos al chico que un día fue, el que me enamoró con sus frases siempre optimistas, el que era detallista y me hacía reír. En otras ocasiones está agotado y ni siquiera me mira. La mayor parte de los días se asemeja a un felino con el lomo erizado y siempre encuentra un motivo para estar cabreado. Yo he aprendido que seguir sus instrucciones es lo mejor, una forma de no darle motivos para estallar. Y por eso hago la tarta y me presento en casa de nuestra nueva vecina cuando faltan diez minutos para las once de la mañana.

Es más alta de lo que pensé en un principio. Y es una estupidez, pero lo primero que pienso cuando la tengo delante es que es una Diosa de Ébano. Con mayúsculas. Tiene el pelo negro y ondulado y se nota que lo cuida con esmero. Sus ojos marrones están repletos de viveza y la elegante túnica de color verde se le ciñe al cuerpo de forma impresionante. Es una mujer arrebatadora y a su lado me siento muy pequeña e insignificante, lo cual no deja de ser una tontería porque destila calidez por cada poro de su ser. Siento cómo pretende ser amable conmigo y eso me enmudece durante un segundo. Por suerte reacciono a tiempo y extiendo los brazos hacia delante.

—Soy Lisa Hopkins. Vivo justo enfrente. Te he preparado una tarta. Bienvenida al vecindario.

Me siento como una tonta. Miro mi vestido de flores estampadas y tengo la sensación de estar dentro de una absurda película muggle. Soy el ama de casa perfecta y esa mujer deslumbrante debería sentir lástima de mí. No sé quién es ni qué hace con su vida, pero sé que acaricia el éxito con sus manos.

—Encantada de conocerte. —Me sonríe y coge la tarta—. Charlie Harper. ¿Quieres entrar? Prepararé café y probaremos esta delicia. Huele muy bien.

Tanta amabilidad me ocasiona cierta confusión. Hace mucho tiempo que nadie me trata de esta manera tan cordial y me digo que debo empezar a salir de casa más a menudo. Charlie se hace a un lado y yo acepto la invitación con una sonrisa tímida mientras una idea comienza a rondar por mis pensamientos.

"Harper. ¿Dónde he escuchado ese apellido?"

Un vistazo a mi alrededor basta para que sea consciente de que la mujer se acaba de mudar. Hay unas cuantas cajas apiladas junto a la escalera y un viejo baúl de Hogwarts entorpece el paso a la planta superior.

—Perdona todo este desorden. Acabo de llegar y no he tenido tiempo de hacer nada.

Entonces soy consciente de una cosa y estoy convencida de que Wayne se enfadará conmigo.

—No quiero entretenerte —aseguro con la voz ligeramente temblorosa—. Sólo he venido a traer la tarta. Será mejor que me marche para que puedas instalarte.

—Ni hablar. Estoy hambrienta. Vamos.

Me guía hasta la cocina. Es una habitación preciosa, con los muebles de madera y una mesa enorme justo en el centro. En el Valle de Godric siempre se han mezclado a la perfección el mundo mágico y el muggle. Después de la guerra se convirtió en un lugar muy popular y fuimos muchos los jóvenes que nos mudamos aquí. Charlie deja la tarta sobre la mesa y agita la varita. Observo cómo la cafetera flota por el aire hasta colocarse en los fogones y tomo asiento cuando me lo indica.

—Hopkins es tu apellido de casada, ¿verdad? Recuerdo que te llamabas Turpin.

El comentario me provoca cierta sorpresa. Es obvio que Charlie me conoce, aunque yo no consigo ubicarla en un lugar del tiempo y el espacio. El apellido Harper sigue resultándome muy familiar y me siento frustrada cuando mi cerebro no consigue dar con el recuerdo adecuado.

—¿Nos conocemos?

—Obviamente. —Su sonrisa es amplia y deja a la vista un montón de dientes blancos y perfectamente alineados—. Coincidimos en Hogwarts. Tú estabas en Ravenclaw y yo en Slytherin.

Entorno los ojos y dejo que mis neuronas comiencen a trabajar. Puedo sentir cómo crean conexiones entre ellas mientras enumero a todos los Slytherin que algún día conocí.

"Harper, Harper. Vamos, Lisa. No puede ser tan difícil"

—Jugaba al quidditch. —Charlie se apiada de mi—. En aquel entonces me llamaban Charles. Ahora soy Charlotte.

—¡Oh!

No se me ocurre qué más puedo decir. Permanezco inmóvil durante un buen rato, contemplando a esa mujer con los ojos abiertos como platos e intentando asimilar la realidad. Nunca conocí demasiado bien a Harper. Solía jugar al quidditch de forma agresiva y presumir de pureza de sangre. Alguna vez se había metido con los alumnos de origen muggle, pero apenas hablamos. Sí que coincidimos en el Club de Lectura que organizó Hannah Abbott cuando estábamos en sexto curso y sé que me pareció chocante que le gustaran tanto los autores muggles.

Parpadeo cuando coloca una taza de café humeante frente a mí. Ha cogido un cuchillo para cortar la tarta y parece un poco más tensa que antes. Juraría que se ha puesto a la defensiva, lo que me parece muy lamentable porque, joder, es la única persona que ha sido amable conmigo en las últimas semanas. Le doy un trago a mi café, carraspeo y busco algo que decir. Sólo quiero que el ambiente vuelva a ser tan agradable como unos minutos atrás.

—¿A qué te dedicas?

Me siento tonta nada más preguntarlo. Charlie se sienta frente a mí y me entrega un plato con tarta. Ciertamente huele bien. No es por presumir, pero hago la mejor tarta de arándanos del país. Antes de responder, se lleva un trozo de comida a la boca y cierra los ojos con placer. Sonrío. Me encanta que mi esfuerzo se vea recompensado de esa manera.

—Está tan deliciosa como había imaginado. —Señala, comiendo un poco más—. Soy escritora.

Frunzo el ceño y ella sigue hablando.

—Hasta ahora no he vendido demasiado en el mundo mágico, pero soy famosa entre los muggles.

—¿En serio?

—Mi último libro ha sido un éxito de ventas. De hecho, estoy negociando su adaptación al cine.

—¡Vaya!

Aunque nunca he frecuentado el mundo muggle con asiduidad, no soy una absoluta ignorante de los elementos que lo componen. De hecho, una vez estuve a punto de ver una película. Wayne y yo acabábamos de casarnos y le sugerí que podría ser una buena ocasión para vivir una aventura. Él me prometió que lo haríamos, pero al final desechó la idea porque, como siempre, teníamos mejores cosas que hacer.

—¿Sobre qué trata?

Charlie mastica otro trocito de tarta. Adquiere cierta pose reflexiva justo antes de agitar la varita. Un libro aparece sobre la mesa. Su libro.

—¿Por qué no lo lees?

Me parece una idea maravillosa. En la portada puede distinguirse la silueta de una mujer tan despampanante como la propia Charlie. Las letras están escritas en letras doradas y, debajo, su nombre. Charlotte Harper. Suena poderoso.

—Lo haré encantada.

—Cuando termines, espero una crítica tan sagaz como las que acostumbrabas a hacer en nuestro Club de Lectura.

Me río. Hace mucho tiempo que no escucho ese sonido y reverbera en mis oídos placenteramente.

—¿Te acuerdas de eso?

—¡Cómo olvidarlo!

Durante unos cuantos minutos recordamos viejas anécdotas de nuestros años en Hogwarts. Me siento liviana y feliz, más viva de lo que nunca he estado en mucho tiempo. Escuchar a Charlie hablar es un placer. Si escribe la mitad de bien de lo que se expresa, sé que disfrutaré muchísimo con la lectura de su libro. Por desgracia, el ambiente se oscurece cuando nos hemos comido la mitad de la tarta y ella muestra interés por mí.

—¿Qué hay de ti, Lisa?

Está siendo amable. No tiene forma de saber que acaba de clavarme un puñal en el corazón. De repente, todo el dolor y la vergüenza que se han apoderado de mi vida vuelven y agacho la mirada antes de encogerme de hombros.

—Estoy casada con Wayne. Estaba en Hufflepuff, ¿te acuerdas de él?

—Un poco, sí.

—Ahora es auror. Todavía es buen amigo de Zacharias Smith. Creo que le has alquilado la casa.

—Sí. Es de su abuela. Me ha dado permiso para cambiar un poco la decoración. Cando termine con ella, quedará preciosa.

Eso es obvio. Se nota que Charlie tiene buen gusto.

—Pero no me has contestado, Lisa. Recuerdo que siempre quisiste ser sanadora, ¿lo has logrado?

Siento como la cara se me pone roja. La pregunta es fácil. Responderla no debería ser problemático, pero el aire me falta y tengo que ponerme de pie.

—Se me ha hecho tardísimo. —Me excuso de forma atropellada—. Ha sido un placer charlar contigo, Charlie.

Me marcho sin que ella pueda decir nada. Cuando llego a casa, apoyo la espalda en la puerta y cierro los ojos.


"Rowan se dio la vuelta con la firme determinación de escapar de allí. No soportaría ni una sola humillación más. No dejaría que el peso de su apellido le aplastara contra el sueño. A partir de ese día y para siempre sería libre.

¿Dónde te crees que vas, maldito monstruo?

Los gritos de su padre retumbaron en la estancia. Estaba furioso. Respiraba como un toro salvaje a punto de embestir. Tenía los puños apretados y las piernas entreabiertas. Rowan sabía lo fuerte que podían golpear esos puños. Durante años habían sido su peor pesadilla, pero ese día fue distinto. Siguió caminando hacia la salida. Estiró la mano para agarrar el picaporte. Abrió la puerta.

Si te vas, habrás muerto para mí."

—¿Qué estás leyendo?

Doy un respingo. He estado tan absorta en la lectura que he perdido la noción del tiempo. Cuando levanto la vista del libro ya es de noche y Wayne ha vuelto a casa. Está despeinado y hay algo oscuro en sus ojos. Obviamente no ha tenido un buen día. Yo sonrío y me pongo en pie para mostrarle mi nueva adquisición.

—Es una novela de Charlotte Harper, nuestra nueva vecina.

Wayne frunce el ceño. Camina hacia mí muy despacio mientras se retira la túnica del trabajo y agarra el libro con un movimiento rápido.

—No me suena de nada.

—Porque vende sobre todo en el mundo muggle, aunque es una bruja.

—Ya. —Wayne examina el volumen con curiosidad, aunque no se para a leer la sinopsis ni se sumerge en sus páginas. Cuando me formula la pregunta, lo hace con absoluto desinterés—. ¿Y de qué va?

"La protagonista es la mujer más valiente del mundo"

—De enfrentar los miedos y salir adelante.

Wayne resopla y tira el libro sobre la mesa. No me sorprende nada su siguiente comentario.

—Vaya gilipollez.

Dicho eso, se acomoda en su sillón favorito y procede a retirarse la ropa.

—¿Qué me has hecho para cenar?

Mierda. Mierda, mierda, mierda. He estado tan entretenida que se me ha pasado por completo. Noto como me arden las mejillas y mis manos tiemblan ligeramente durante un instante, aunque logro reaccionar a tiempo.

—Tenemos restos de la verdura del otro día y he pensado en hacer una tortilla. ¿Te parece bien?

Wayne entorna los ojos y me fulmina con la mirada. A veces tengo la sensación de que puede ver a través de mí, de que me lee el pensamiento. Veo como su mandíbula se tensa, pero no se produce el tan temido estallido. Da una palmada en el aire y agita las manos.

—¿A qué esperas, mujer? Me muero de hambre.

Prácticamente corro hasta llegar a la cocina. Respiro profundamente varias veces y miro por la ventana. Charlie tiene la luz de la sala de estar encendida. Debe estar organizando todas sus cosas después de la mudanza. O tal vez se haya puesto a escribir un rato. Me pregunto si estará preparando una novela nueva y me prometo a mí misma que buscaré su obra en alguna librería del mundo muggle. Tal vez el próximo sábado, cuando vaya con Mandy a dar una vuelta por Londres. Es una de las pocas cosas que aún puedo hacer sin la supervisión de Wayne.

Agito la cabeza para no pensar en ello. Saco las judías verdes que cocí hace dos días y unos huevos. Me pongo el mandil, preparada para representar mi papel de perfecta ama de casa. Espero que como cada noche Wayne permanezca en el salón. Lo prefiero. Creo que lo quiero más cuando no estamos en la misma habitación. Sin embargo, al cabo de unos segundos entra en la cocina. Parece relajado y bebe un trago de leche directamente de la botella. Me parece una guarrada, pero no se lo reprocho.

—Dices que la vecina nueva se llama Charlie Harper.

—Sí, es escritora.

—Y bruja.

—Eso es.

—Entonces no estudió en Hogwarts. —Wayne adquiere una pose reflexiva—. No recuerdo a ninguna Charlotte Harper. De hecho, tan solo había un Harper en el colegio, ese negro de Slytherin. ¿Te acuerdas? Era un racista de mierda.

Alzo las cejas. Mira quién fue a hablar.

Supongo que es el momento adecuado para decirle a Wayne que, de hecho, se trata de la misma persona, pero mi instinto de supervivencia me obliga a estar callada. Sé que no va a tomarse bien la noticia. Sé que va a proferir un montón de insultos. Sé que se sentirá indignado y que, de alguna manera, yo tendré la culpa de todo. Así pues, dejo las judías verdes en una sartén para calentarlas y comienzo a batir los huevos con brío mientras rezo porque se olvide del tema.

Wayne se aproxima a la ventana para mirar la casa del vecino y, entonces, su cerebro se ilumina. No me extraña. Siempre ha sido un buen profesional.

—¡No me jodas!

Suena entre irónico y cabreado. Yo intento que la cosa no pase a mayores.

—¿Pasa algo, Wayne?

—Harper, Lisa. Ese puto Slytherin de mierda es… —Resopla y suelta una risita—. Ni siquiera sé cómo decirlo. ¿Qué clase de perturbado repugnante se disfraza de mujer?

Dejo de batir los huevos. Me doy la vuelta. Wayne me está mirando fijamente y se abalanza sobre mí. Evito su mirada, pero él me coloca una mano debajo de la barbilla y me obliga a mirarle.

—¿Tú lo sabías?

—Yo… Parece una mujer, Wayne.

Es una mujer, joder. Mi marido se ríe nuevamente y me da un empujón que hace que me tope con la encimera.

—¡Por Merlín, Lisa? ¿Cómo puedes ser tan tonta? Tienes a un travelo frente a tus ojos y no te das ni cuenta.

Quiero decirle que está equivocado. Quiero exigirle que hable de Charlie con más respeto. Quiero hacerle ver que el mundo es mucho más grande y diverso de lo que él piensa, pero aprieto los dientes y guardo silencio. Quiero muchas cosas, pero soy demasiado cobarde para luchar con ellas. Wayne mira de nuevo por la ventana y chasquea la lengua con desagrado.

—No vuelvas a hablar con ese maricón. No quiero que se te pegue su locura y te dé por hacerte crecer una polla. —Se ríe como si acabara de tener una gran ocurrencia—. Y prepara la cena de una puta vez, joder.

Wayne abandona la cocina. Yo obedezco sus órdenes, aunque las manos me tiemblen y mis ojos busquen constantemente a Charlie Harper. Cuando aviso a mi marido de que la comida ya está en la mesa, descubro que se ha deshecho de mi libro y siento que me muero de pena.


Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que me permití tener un gesto de rebeldía. Compartir mi vida con Wayne se ha convertido en una rutina en la que nunca me planteo qué quiero hacer, por eso fui la primera sorprendida cuando, varios días después de que mi marido me lo prohibiera explícitamente, llamé a la puerta de Charlie Harper para hacerle entrega de una empanada de carne. En esa ocasión, vestía ropa cómoda, pero estaba tan guapa como siempre. Y pensar que Wayne no la considera una mujer de verdad.

Charlie me recibió sin hostilidad. Nuevamente me invitó a entrar y, cuando me preguntó qué me parecía su libro, experimenté un momento muy vergonzoso. Ni siquiera recuerdo qué excusa me inventé, aunque hubo algo en su mirada que me llevó a pensar que Charlie no me creyó.

Después, nuestras charlas se han convertido en una constante. A veces coincidimos en el jardín. Yo disfruto cuidando de mis rosales y Charlie tiene un pequeño huerto del que se ocupa con esmero. Esta tarde hace un día precioso, Wayne tiene que hacer una guardia nocturna y yo me siento relajada. Casi contenta. Precisamente estamos en el exterior, cada una a un lado de la valla que compartimos. Charlie me ha explicado que en realidad tiene el cabello rizadísimo y que todos los días debe aplicarse una serie de hechizos para estirarlo primero y ondularlo después.

—Podría enseñártelo. Recuerdo que en Hogwarts tenías una melena preciosa.

—¿Te fijabas en mi pelo?

—En el de todas las chicas, cariño. —Me guiña un ojo y me río con ganas—. Aún siento escalofríos cuando pienso en Granger. ¡Qué calamidad!

—Pues creo que ha mejorado bastante.

Granger sale continuamente en la prensa. Amenaza con convertirse en la Ministra de Magia más joven de la historia y acapara más portadas que cualquier otro personaje público.

—Se limita a recogérselo, Lisa. Eso no supone ningún esfuerzo. —Charlie me observa fijamente y frunce el ceño—. Y no miro a nadie.

Me llevo una mano a la cabeza. Siempre llevo el pelo sujeto. Me he convertido en una experta haciendo moños, coletas y trenzas. Tan solo lo dejo suelto para Wayne, porque a él le encanta y desea ser el único hombre en la faz de la tierra que pueda admirarlo, olerlo, acariciarlo. Aunque esté en mi cabeza, mi cabello es suyo.

—Reconozco que sólo busco comodidad. —Procuro sonreír, aunque mi gesto resulta vacilante—. Además, soy un desastre peinándome. En Hogwarts siempre me ayudaba Mandy.

—Entiendo.

Estoy convencida de que va a guardar silencio. Ya lo ha hecho en otras ocasiones. A veces, cuando tenemos una charla insustancial y yo comento algo sobre mi vida diaria, algo que en realidad no tiene la más mínima importancia, Charlie me observa con los ojos entornados y niega levemente con la cabeza. Sé que quiere decirme algo, no hay que ser muy lista para darse cuenta, pero siempre calla. Hasta ese día.

—Lisa. ¿Es por Wayne?

Doy un respingo. Abro la boca. No soy capaz de decir ni una sola palabra.

Charlie se retira los guantes que utiliza durante las labores de jardinería y pone los brazos en jarra.

—No quiero entrometerme en tu vida, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que quieras. Sólo tienes que pronunciar mi nombre y vendré a ayudarte.

No sé cómo lo sabe, pero está claro que soy un libro abierto para ella. Tal vez se deba al hecho de que Wayne no es el hombre más discreto del mundo. Acostumbra a gritar muchísimo y en la vida ha conjurado un hechizo para silenciar los ruidos procedentes de nuestra casa. Charlie sigue mirándome fijamente, aunque no hay lástima en sus ojos. Y debería haberla, porque está claro que soy una criatura desdichada. La mayoría de mis vecinos me miran así, como si les apeteciera darme un abrazo reconfortarte. ¡Joder! Deben saberlo todo. Siento cómo se me hace un nudo en la garganta y me siento vulnerable y enfadada. Vulnerable porque todos conocen un secreto que me esmero por guardar. Enfadada porque Charlie es la primera persona que me ha ofrecido su apoyo. ¿Cuántos años llevamos Wayne y yo viviendo en el Valle de Godric? ¿Cuántas veces habrán chismorreado sobre nuestro matrimonio? ¿En cuántas ocasiones me habrán compadecido?

Aprieto los puños y me doy media vuelta. Necesito salir de aquí. Respiro profundamente y doy dos pasos hacia la casa. La voz de Charlie interrumpe mi escapada.

—Sé lo que es vivir bajo el yugo de un hombre cruel, Lisa. —Hay tanta honestidad en su voz que me veo impelida a darme la vuelta. Charlie está sujeta a la valla y parece ansiosa por hacerla desaparecer—. Tenía cinco años cuando mi padre me descubrió probándome unos zapatos de tacón de mi madre. Me soltó tal puñetazo que me partió la nariz y se me quedó torcida. ¿Lo ves? —Se señala la cara y yo sólo puedo pensar que ese defecto la hace más guapa, más cercana, más humana—. Siempre estaba sobre mí, diciendo cómo debía comportarse un caballero. Cuando entré en Hogwarts, me obligó a cumplir con aquello que se esperaba de un perfecto mago sangrepura. No sé cómo se enteraba, pero lo hacía. Y cuando regresaba a casa… —Se interrumpe y se encoge de hombros—. Nunca quiso comprenderme, Lisa. Nunca me escuchó. Llegó un momento en el que sólo tenía dos caminos: morir o huir hacia delante. Decidí que quería seguir viva. La noche que liberé a Charlotte, él me dijo que estaba muerto para él, que jamás recibiría un galeón de la fortuna familiar, que era su vergüenza y que no quería volver a verme jamás. Y me importó una mierda, Lisa. —Extiende una mano en mi dirección y yo me aferro a ella. Tengo las mejillas empapadas de lágrimas—. Yo quise muchísimo a mi padre, cariño. Era mi ejemplo a seguir. Mi Dios. Pero nadie tiene derecho a hacerte sentir que no vales, nadie tiene derecho a obligarte a vivir una existencia gris. Wayne no tiene derecho a encerrarte en esta puta casa. Eres muy valiosa, Lisa Turpin. No lo olvides jamás.

Me acaricia la mejilla. Hace muchísimo tiempo que nadie me hace sentir así. Respiro por la nariz y cierro los ojos, dejando que su contacto me acune. La mano de Charlie es cálida. Recuerdo mi infancia, cuando mi madre acudía a mi habitación y me consolaba después de una pesadilla. Charlie Harper despierta en mi ese amor de la niñez. Hace que me sienta querida, protegida, a salvo. Y sonrío porque, joder, es justo lo que necesito.

—¿Qué cojones está pasando aquí?

La voz áspera de Wayne rompe un momento repleto de magia. Doy un salto y allí está él, imponente con su uniforme de auror, con la cara de color púrpura y la varita en la mano izquierda. Puedo sentir su ira desde aquí. Abro la boca y no puedo decir nada. Escuchó a Charlie pronunciar unas palabras, pero no la entiendo.

—¿Estás tocando a mi mujer, puto monstruo?

Wayne alza la varita y apunta a Charlie con ella.

—Que te jodan, Hopkins.

—Entra en casa, Lisa.

—No tienes que escucharle, Lisa.

—¡Que entres en casa, me cago en la puta!

Obedezco. Sé que es lo mejor.

—¡Lisa!

No escucho a Charlie. Arrastro los pies y me meto en el interior de mi hogar. ¡Ja! Y una mierda. Puedo oír los gritos de Wayne, las respuestas desaforadas de Charlie y quiero que el mundo se detenga. Tengo miedo. No he hecho nada malo. Wayne pensará que sí. ¿Qué será capaz de hacer?

Pienso en mi varita. En los últimos dos años apenas la he utilizado. Tan solo me sirvo de ella para ayudarme con las tareas de la casa, pero hace meses que no hago magia de verdad. Recuerdo mis tiempos en San Mungo. Sanar a la gente me hacía sentir poderosa, única. ¿Por qué lo abandoné? ¿Por qué me dejé encerrar en una jaula, joder?

Charlie tiene razón. Da igual lo enfadado que esté Wayne. No puedo seguir así. Soy algo más que Lisa Hopkins. Soy Lisa Turpin, maldita sea. Fui la segunda mejor de mi curso en Ravenclaw. Me gradué con honores en la Escuela de Medimagia. Fui la aprendiz más prometedora en años. Mis compañeros de trabajo confiaban ciegamente en mí. Mis pacientes me querían. Wayne fue el único que nunca vio lo valiosa que era mi presencia en el hospital. Él me cortó las alas y me metió aquí, en esta puta casa.

—Te lo advertí, Lisa. Te dije que no volvieras a hablar con ese engendro.

No sé de dónde ha salido Wayne, pero está aquí, a un metro de distancia. Sigue muy enfadado, pero yo no lo estoy menos. Por primera vez en años, le grito.

—¡Es una mujer! ¡Una chica maravillosa! ¡Deja de insultarla de una vez!

Wayne pestañea. Está pasmado. Aprieta los dientes. Su nuez sube y baja varias veces. Me devuelve los gritos.

—¡Es un puto maricón! ¡Un enfermo mental! Deberían encerrarlo en una mazmorra y tirar la llave.

Resoplo, contrariada y envalentonada.

—Me pregunto cómo conseguiste hacerte auror. No conozco a un hombre más ignorante y miserable que tú.

¡PLAF!

La bofetada me vuelve la cara del revés. Siento el ardor en la mejilla izquierda y contengo la respiración. Cuando giro la cara, Wayne aún tiene la mano alzada y parece muy sorprendido. Nunca antes me había pegado. Ha traspasado un límite intolerable. Yo lo sé, él lo sabe. Su rostro se vuelve blanco de repente y hace un vano intento por acariciarme.

—Lisa, perdóname. He perdido los nervios. Lo siento mucho. Te juro que no volverá a pasar.

Cada frase es como un hechizo que se estampa contra mi coraza de acero. No. He soportado muchas cosas, pero esto no. Alzó el mentón y rechazo su contacto.

—No vas a volver a tocarme en tu puñetera vida, Wayne.

—Lisa, por favor.

—No te denuncio ahora mismo porque sé que puedes ser razonable.

—¿Qué quieres decir?

—Que me voy de aquí. Que voy a divorciarme de ti. Y como se te ocurra hacer algo en mi contra, me aseguraré de que todos se enteren de la clase de hombre que eres. Perderás tu trabajo, a tus amigos.

—Lisa.

No hay más que hablar. Mi primer impulso es subir a mi dormitorio para recoger mis cosas, pero me acuerdo de Charlie. Como le haya hecho algo, no le perdonaré jamás. Salgo de nuevo al jardín y no me sorprende que ella haya saltado la valla y corra hacia la puerta, jadeante y preocupada. Se frena en seco cuando me ve y parece indemne. Está claro que Wayne jamás se metería con alguien capaz de plantarle cara.

—¿Estás bien, cariño?

Se percata de que tengo la mejilla enrojecida y aprieta los dientes, pero mi respuesta la tranquiliza de inmediato.

—Mejor que nunca.


—Pero mírate. Estás guapísima.

Resoplo. Charlie exagera. Ella sí que está preciosa. Se ha puesto un espectacular vestido azul que la hace parecer muchísimo más alta de lo que es. Y ha dejado que su cabello se rice de una forma absolutamente arrebatadora. Yo me miro al espejo y sólo veo a esta chica flacucha y normalita que soy. Aunque al menos la chica sonríe, se ha dejado el pelo suelto y lleva puesto un diminuto vestido negro que deja al descubierto unas piernas que, sí, son bastante largas.

—Esta noche va a ser un éxito. Ya lo verás.

Me guiña un ojo. Va a llevarme a una discoteca muggle y estoy nerviosa. No suelo moverme demasiado por ese mundo y es la primera vez que salgo desde que dejé a Wayne. Por desgracia no puedo decir que mis advertencias surtieran el más mínimo efecto. Intentó evitar que me fuera de casa, amenazó con hacerme daño.

—Te encadenaré a la pared si hace falta.

Me asusté, pero si algo he aprendido en las últimas semanas es que guardar silencio no sirve para nada salvo para acrecentar el miedo. Así pues, se lo conté a Charlie y ella apretó los labios con determinación.

—No te preocupes, cariño. Yo me encargo de ese bastardo. No en vano soy una Slytherin.

No entró en muchos detalles. Sólo sé que Zacharias Smith dejó de hablar con Wayne de un día para otro y que la gente comenzó a mirarle con el ceño fruncido. Al final firmó los papeles del divorcio y abandonó la casa del Valle de Godric.

—Métetela por el culo. Yo me voy a Londres.

Pero ya no podía seguir viviendo allí. En esa casa sólo había creado recuerdos horribles y decidí que necesitaba un cambio de aires. Aún no he encontrado mi lugar en el mundo, pero al menos he podido recuperar mi empleo en San Mungo y otra vez soy libre. Ya no dependo de Wayne Hopkins en ningún sentido. Ni económica ni física ni emocionalmente. Vuelvo a ser Lisa Turpin. Aún tengo que descubrir muchas cosas sobre mí misma, pero ya no tengo miedo. Sé que recorrer este nuevo camino no será fácil, pero no estaré sola. Tengo a Mandy, quien se sorprendió enormemente al descubrir la clase de persona que era Wayne. Tengo a mi familia, quienes no dudaron en arroparme en cuanto supieron la verdad. He recuperado a algunos viejos amigos, aquellos a los que alejé porque Wayne no toleraba su presencia. Y tengo a Charlie Harper, quien me ha hecho una promesa.

—Algún día escribiré tu historia, Lisa. No dejaremos que a nadie vuelva a pasarle lo mismo que a ti.

Sé que lo hará bien. Después de todo, ya narró su propia vida en una novela y fue un éxito. Al menos entre los muggles.

—¿Nos vamos, señorita Turpin?

Es un placer recuperar tu identidad, tus ilusiones. Tu vida.

—Nos vamos, señorita Harper.

Y juntas nos sumergimos en la vorágine nocturna de Londres.


Hola, holita.

Un par de detalles relacionados con este fic.

"Todos de miran" de Gloria Trevi es una canción que tiene mucha fuerza y su videoclip resulta de lo más inspirador. Si os apetece verlo, lo encontraréis con facilidad den YouTube.

"A Wong Foo, gracias por todo. Julie Newmar" es una película del año 1995 protagonizada por Patrick Swayze, Wesley Snipes y John Leguizamo. Se trata de una comedia sobre un viaje de tres drag queens desde Nueva York hasta Hollywood. El personaje de Lisa Turpin está inspirado en una de las mujeres que aparecen en esta película. Sé que es vieja, pero os la recomiendo.

Siento haber convertido a Wayne Hopkins en este gran hijo de puta. No tengo nada en contra del personaje. Ni siquiera forma parte de mi canon mental que sea así de cabrón, pero a alguien le tenía que tocar la china y le ha tocado a él. Me he centrado en el drama que vive Lisa porque no quería convertir la vida de Charlie Harper en uno. Es obvio que no lo pasó bien durante su adolescencia, pero sacó fuerzas para salir adelante y ahora tiene la vida que siempre ha deseado. Quería dejar ese mensaje de optimismo porque, jopetas, esto es ficción y para ver tragedias ya tenemos la vida real.

Espero que os haya gustado. Mucha suerte a todo el mundo. Besetes y hasta la próxima.