INTRODUCCIÓN
Sentía miedo, abrazaba su cuerpo con sus fuertemente intentando darse calor y al mismo tiempo protegerse, había peleado con infinidad de enemigos, unos más fuertes que otros, y siempre había ganado, pero en esta ocasión, estaba aterrada, se sentía indefensa y sola.
- Ladybug yo... - las palabras murieron en su garganta, quería darle una explicación, pero ¿cuál? No la tenía, no existía, cualquier cosa que dijera sería una excusa barata. Su boca se abría y cerraba sin producir sonido alguno, y se quedaban ambos ahí, en silencio.
De pronto, el característico sonido de los aretes de la chica sonó.
- Chat Noir… - su voz era poco más que un susurro - déjalo así – pidió, aunque su voz lo hizo sonar más como una súplica.
- ¿Cómo puedes pedirme eso? - exclamó alterado y su voz sonó una octava más alta de lo normal, el sonido de los aretes se hizo más insistente.
- Por favor… - suplicó – vete… - imploró con voz temblorosa. El repiqueteo fue más apurado y fuerte para, de pronto, empezar a perder su transformación al tiempo que caminaba a paso lento para esconderse tras un muro - Por favor… - volvió a pedir casi sin fuerza.
- Al menos déjame llevarte a casa, prometo que cerraré los ojos, no veré tu verdadera identidad... – dijo como tantas veces había prometido cada que sus identidades iban a ser descubiertas - No puedo dejarte aquí... - trato de negociar, pero no hubo respuesta – Ladybug… - su voz era una súplica lastimera – Por favor…
El ojiverde veía fijo a donde la heroína de París se había escondido, miró sus manos, carentes de poder en aquellos momentos, todo su ser gritaba que fuera por ella, que poco importaba ahora saber quién era en realidad, pero al verla en aquél estado, entendía que nada de lo que dijera le haría cambiar de opinión. quería decirle que, si la dejaba ahí sola, alguien le podría hacer daño, sólo para ver si la hacía entrar en razón, pero eso era una gran tontería, puesto que quien más la había lastimado hasta ese momento, era él. Cerró sus manos hasta formar un puño y libero su coraje golpeando un muro, chasqueo la lengua frustrado, dolido, y, sin más, se alejó de ahí.
La peliazul, al escucharlo irse, salió de su escondite para recoger sus pertenencias que habían quedado en el piso y que, por la conmoción, el otro no había notado cuando cambió al perder su transformación. Arrastrando los pies, lentamente recogió cada una mientras las lágrimas comenzaban a aflorar de sus ojos, sus manos temblaban, todo su cuerpo temblaba al tiempo que iba perdiendo la fuerza y el auto control
- Marinette... - se escuchó la tierna voz de su kwami impregnada de preocupación. Quería aliviar su dolor, pero sabía que nada de lo que dijera lo haría, además, era parte de su destino, lo único que podía hacer era abrazarla y su pequeño tamaño no le permitía acunarla hasta que su dolor se fuera.
De pronto, vio como la ojiazul se dejó caer en sus rodillas presa de la desesperación y abatimiento, intentando contener con sus manos las lágrimas incontrolables que salían de sus ojos sin ningún éxito y, al final, un grito lastimero salió de su garganta rompiendo el silencio que les rodeaba, era tan desgarrador que calaba hasta los huesos a quien lo pudiera escuchar, y la kwami estaba segura que había sido escuchada. Su corazón se rompió, deseaba que todo fuera diferente, siempre lo deseaba, pero al parecer, ese cruel destino si estaba tallado en piedra…
