Piloto

He cumplido dieciocho años.

No es una fecha muy relevante en realidad, en Hyrule la mayoría de edad se alcanza a los diecisiete. El año pasado, padre hizo venir a tanta gente a mi cumpleaños que tuvimos que celebrarlo en los jardines reales en lugar de hacerlo en alguno de los grandes salones como habíamos hecho siempre. Mandaron hacer un vestido para mí, de mangas largas, azul oscuro. El azul es mi color favorito y azul fue mi vestido de mayoría de edad, eso a pesar del empeño de Amy, la jefa de doncellas, en que fuese rosa o "como mucho morado". Amy es una mujer tradicional, cualquier cosa que rompa un poco la costumbre la hace temblar y arrodillarse ante las diosas por si una catástrofe cayese sobre nuestras cabezas. Me hace sonreír y sé que en realidad se preocupa tanto por mí como si yo fuera una de sus hijas. Tiene cinco, por cierto, dos de ellas también trabajan en mi cámara personal en el castillo: Lel y Mel. A pesar de las obsesiones de mi doncella, padre hizo traer unas telas de Gerudo, de un azul oscilante, que cambia según la luz del día. Cuando me lo puse al atardecer parecía del color de las aguas profundas de Onaona, conforme entró la noche se parecía más a una estrella fría y lejana. Dicen que el tinte de ese azul lo consiguen las artesanas gerudo del corazón de los zafiros que crecen ocultos en las profundidades de la cordillera. Sería tan interesante poder verlo por mí misma... esas cavernas oscuras y retorcidas que ocultan un mundo paralelo al nuestro...

El dieciocho cumpleaños es menos especial, y no hubo vestido a medida esta vez. Aunque Impa estuvo insistiendo todo el tiempo en que este es el cumpleaños que importa, porque es la reafirmación de que soy una mujer. Bien. Tenía muchos proyectos e ideas en mente, y si era una mujer, debía pedir permiso a padre para poder ponerlas en práctica. Del mismo modo que Kahen pudo organizar su propia guardia personal e ir de caza a los bosques más recónditos de Hyrule desde el mismo día en que cumplió diecisiete, yo, una mujer "reafirmada" como decía Impa, podría hacer realidad alguno de mis planes a los dieciocho.

Kahen es el mayor (tres años, no es para tanto en realidad), y es el heredero a la corona. Siempre digo que es como una fastidiosa bendición. Es una bendición, porque eso nos libra a Gae y a mí de heredar nada, no tenemos que llevar ese enorme peso sobre los hombros. Y lo de fastidiosa... Kahen es fastidioso. Es conflictivo, por así decirlo. El maestro Dum, el astrónomo real, dice que su ascendente es Din y su corazón vive gobernado por los mares del conflicto. Suele haber conflicto tratándose de Kahen. Se enfadó tanto conmigo cuando le vencí en aquella estúpida competición de arco que se las arregló para "perder" todos mis arcos. "Las mujeres no deben acercarse a las armas, podrían salir heridas". Ja. Tengo cien veces más puntería que él y también me manejo mejor con la daga y la lanza. Me teme, y desde que cumplió los diecisiete se negó a seguir combatiendo conmigo en los entrenamientos sheikah por si volvía a dejarle en mal lugar, aunque él se pavoneaba delante de sus hombres argumentando que no pretendía herir a una niña.

Oh, hablando de los entrenamientos, esa es una de las obligaciones de las que ningún hijo del rey de Hyrule puede librarse sea heredero o no. Todos debemos tener una formación militar completa, y de eso se encarga Impa, la líder de la tribu sheikah. Empezamos a entrenar en las artes del pueblo de las sombras a los catorce, y en el momento de alcanzar la mayoría de edad, hemos de ser tan letales como cualquier miembro de la tribu. Gae empezó su entrenamiento hace unos meses. Él no lo tolera, me lo confiesa cada noche, cuando lo veo aparecer como un perro apaleado, lleno de moratones y con el pelo rubio ceniza revuelto.

—Yo quiero estudiar para ser un Sabio, Zel.

—Lo sé.

—No sé de qué sirve tanta violencia para lo que yo pretendo en esta vida.

—Es nuestra obligación.

—Al infierno con las obligaciones.

—Brindo por eso.

Gae, o Gaepora como suele llamarle Kahen cuando quiere fastidiarle, es un alma libre y sensible. Él y yo somos más parecidos, supongo. Siempre nos hemos llevado bien, hemos estado muy unidos. Gae sólo tenía dos años cuando mamá murió, y tal vez eso nos hizo acercarnos más el uno al otro. Por las noches consigo colarle en mis aposentos y bebemos un vino amargo que hacen en la región de Necluda. Nadie sabe que lo hacemos, por supuesto, ni que yo guardo el vino en uno de mis armarios, ni que lo birlé de una de las bodegas del castillo en las mismas narices de las cocineras y de Impa. Él no debería beber por ser aún demasiado joven y yo por ser una dama. Una dama jamás hace eso, robar comida como si fuese una vulgar ladrona, ni oculta vino en sus aposentos (robado o no), a menos que este pertenezca a su esposo, claro.

De eso quería hablar padre en este cumpleaños. De esposos.

—...Entonces he pensado que serían suficientes unos cuatro guardias y un par de sheikah del laboratorio de Rotver. He trazado varias rutas seguras, cuando tú quieras puedo enseñártelas, padre, he delineado un par de mapas. La excavación duraría unos dos meses, así que tendríamos que montar un puesto de campaña y una vía segura de suministros para el equipo que se quede allí. Yo me quedaría a dirigir el campamento la mayor parte del tiempo, claro, pero viajaría al castillo para todos los eventos importantes. Una vez establecida la vía no habrá problemas para estar aquí siempre que se me necesite.

Vomité toda mi idea ante las barbas de padre mientras él daba sorbos cortos a su cáliz de vino. Sólo vinieron los más cercanos a esta fiesta de cumpleaños y eso me permitía hablar con casi total intimidad con el rey de Hyrule, sin oídos de la corte a nuestro alrededor.

—¿Has pensado en tomar esposo? —dijo, sin despegar los ojos del borde de su cáliz.

—¿E-esposo?

Mi mente se puso en marcha a toda velocidad, ¿había oído padre una sola palabra de lo que le había dicho?

—Ya tienes edad, Zelda. Arreglar matrimonios es un proceso costoso, requiere tiempo. Ya eres mayor para ello, tal vez debimos empezar antes.

—Proceso... —murmuré. Estaba tan estupefacta que apenas podía repetir algunas de sus palabras como si fuera un bebé.

—¿Has pensado en algún joven en concreto?

—Yo...

Diosas, en los últimos meses en lo único que había estado pensando era en excavaciones sheikah, en las propiedades mágicas de las llamas azules del laboratorio de Rotver y como mucho en cómo suministrar mi armario con vino de Necluda de un modo más eficiente. Eso me llevó a la idea de tener mi propia casa, el más alocado de todos mis proyectos que por supuesto había archivado para poder presentarlo a padre en el momento oportuno, una vez que viese que nuestras investigaciones daban fruto. ¿Pero en jóvenes? Diosas, no. Kahen. Él tenía que casarse por obligación con alguien que estableciese fuertes relaciones políticas que dieran estabilidad al reino. Los herederos tienen esa desventaja, se casan con la corona, no con el ser amado. Gae iba a ser Sabio y casi ningún Sabio se emparejaba, no estaba prohibido, pero era algo poco común, los Sabios vivían largos retiros espirituales y la mayor parte de su existencia con la nariz metida en algún libro. ¿Y yo? Yo era la hija invisible, no tenía ningún cometido como mis hermanos varones, ni era especial en ningún sentido. Era bastante corriente, en realidad. Suponía que, dado el momento, si conocía a alguien de mi interés podría arreglar el matrimonio fuese ventajoso o no... Pero no. Es que ni se me había pasado por la cabeza ni formaba parte de ninguno de mis planes. Sí, muchos de los nobles que venían a manosearme la cintura en los bailes de palacio se me habían insinuado. Alguno incluso habló con padre para poder cortejarme, cosa que él cortó de raíz, espantado ante la idea. Casi todos me doblaban la edad y bailaba con ellos por obligación, o como padre lo llama: "diplomacia", pero me daban un enorme repelús y siempre que he podido he escapado de ellos.

Eso no quiere decir que no me haya enamorado. En una ocasión sentí una fuerte atracción por un joven guardia que estuvo un tiempo en el grupo de soldados que se encarga de mi seguridad. Yo era mucho más inmadura, de la edad de Gae, y suspiraba por verle entrenar en los campos de tiro, y no me perdía ni uno de los desfiles con su pelotón. Tardé más o menos un millón de años en atreverme a balbucear algo para llamar su atención, él era mayor e inalcanzable y yo era invisible para él. Fue muy amable conmigo, tuvo la cortesía de no hacer que mi declaración me hiciese sentir ridícula y avergonzada y... en fin, me contó que estaba comprometido con una doncella de su aldea y ahí acabó el cuento de hadas, las mariposas en el estómago y todo eso. Ningún otro joven me ha gustado desde entonces, pero no me preocupaba no tener intereses románticos, "ya habría tiempo para eso", me repetía, "ya encontrarás a alguien o puede que no, pero no importa". Al no ser heredera presuponía que no tendría que forzar una unión política ni romántica con alguien, no tenía la misma condena que Kahen, ser la mediana tenía esa ventaja, ¿no?

Padre parecía impaciente mientras me veía cavilar. Apretó los labios. Casi nunca aprieta los labios conmigo, todos sus enfados suelen ir dirigidos a Kahen.

—¿Richard? —pregunté.

Richard era un príncipe raro y excéntrico, de las tierras de Lumbar, en la frontera Este con Hyrule. No era muy popular porque era un poco antisocial y no se dejaba guiar por las normas típicas de la corte. Llegaba tarde a eventos, a veces con la capa manchada de lodo por culpa de sus expediciones, es muy viajero... También podía pasarse toda la cena mirando al infinito sin cruzar palabra con los invitados a la mesa, siempre perdido en sus pensamientos. Pero a mí me caía muy bien. Sus rarezas me resultaban divertidas y parecía de buen corazón. Siempre que venía a castillo traía regalos extravagantes de uno de sus viajes para mí y mis hermanos, la última vez fue una roca luminiscente, brillaba al caer la noche. Además, tenía unos veintiuno como Kahen, era el único noble joven que se me venía a la cabeza. Si padre quería iniciar un "proceso" con Richard yo lo vería con buenos ojos, me casaría con él por conveniencia y podría dedicarme a las excavaciones. Richard me dejaría hacer todo eso, estaba segura.

—No es mala opción. Tenemos una buena relación con Lumbar desde hace años, pero no estaría de más afianzarla a través del matrimonio —padre dijo eso mientras se amasaba la barba. Yo estaba feliz de que mi idea no le disgustase.

—Respecto a lo de mi proyecto...

—Mandaré un par de emisarios a Lumbar mañana mismo.

—Oh, bien.

De todas maneras no tenía pensado casarme con Richard ni ese año ni el próximo, pensé, que padre mandase tantos emisarios como quisiera.

—Eres mi hija —dijo entonces, levantando mi barbilla con su dedo índice —y eres una princesa. No hay muchos príncipes casaderos, pero la familia de Richard es noble y de gran tradición. Creo que podrías honrarla.

—Claro, padre.

Podría honrarla dentro de cinco o seis años... a saber. Tenía que hacerme con un mapa de Lumbar, si íbamos a proseguir con las excavaciones de Hyrule, tendría que convencer a Richard de que nuestro hogar estuviese lo más próximo posible a la frontera.

Esa misma noche, tirada sobre una alfombra en mis aposentos, celebré mis dieciocho en la intimidad con Gae. Él había bebido dos copas de más, estaba enfadado con Impa porque le había obligado a correr durante más de una hora antes de que despuntase el alba y había decidido aplacar su ira contra los entrenamientos sheikah con el vino de Necluda. Tenía las mejillas rojas y... bueno, reconozco que yo también, además, yo había tomado ya vino en la cena. Nada de eso nos importó y ambos disfrutamos de nuestra fiesta particular a solas y sin ningún protocolo de por medio.

—Por lady Zelda Bosphoramus de Lumbar —brindó Gae, para caer de espaldas, envuelto en carcajadas.

—Deja de llamarme así o te diré lo de Gaepora caramora —le amenacé, contagiada por su risa.

—En serio, Zel. ¿En qué está pensando padre? A mí me obliga a entrenar con los sheikah y a ti... Tú... no eres una de esas princesas que se casan.

—¿Qué diablos quieres decir con eso? —fruncí el ceño adrede, para amedrentarle un poco.

—Pues... ya sabes. No pareces una de esas princesas. Bueno, puede que por fuera sí lo parezcas —risas otra vez —pero por dentro no eres así, no eres... No te imagino casada, siendo señora de un castillo y todo eso, como si fueras una de esas damas viejas de la corte. Te morirías en menos de un año. Muerta por aburrimiento. ¿No podrías negociarlo con padre?

—Nah, no lo creo —me bebí la copa de un trago y llené otra. No tenía nada que ver con el fino caldo que habían servido en mi cumpleaños, pero seguía prefiriendo mi vino robado cien veces más —Padre cree que tiene que casarme o me pasará algo malo, me caerán rayos de maldición del cielo o algo así.

Esta vez fui yo la que me hundí en carcajadas, un poco alimentadas por el alcohol.

—¿Y por qué le sugeriste a Richard? Tiene cuello de lombriz —esta vez el comentario de Gae hizo que expulsara el vino por culpa de una carcajada.

—¿Y por qué no? No es viejo.

—Ya, pero... se parece más a una lombriz que a un príncipe.

—Me gustan las lombrices.

—Kahen me dijo una vez que... bueno.

—Suéltalo —dije, mirando a Gae con seriedad.

—Dijo que Richard... no se ve con damas.

—Uf, menudo alivio.

Gae se cayó de espaldas en medio de un nuevo ataque de risa que yo acompañé.

—¿Y si no puede ser Richard? —Gae se apoyó sobre un codo para no estar totalmente boca arriba. Yo me dejé caer, para tumbarme sobre la alfombra y una montaña de cojines que apilaba frente a las brasas medio apagadas de mi chimenea. La cabeza me empezaba a dar vueltas, estaba mucho mejor así.

—No hay más opciones, será Richard o nadie.

—No tienes elección, Zel. Padre querrá casarte con un príncipe.

—Richard es un príncipe. Y necesita un matrimonio de conveniencia tanto como yo. Esa unión nos favorecerá a ambos: yo podré investigar libremente y él podrá enamorarse y ser feliz con quien quiera.

—¿Y si padre quiere nietos?

—Por Din, Gae... ¡eres muy pesado! Si sigues por ese camino empezaré a emparejarte con princesitas.

—Yo no tendré ese problema, cuando cumpla diecisiete me iré a la Meseta de los Albores, con el maestro Rauru. Pasaré el día investigando y viviendo en el campo. Cazaré en los bosques y estudiaré todas las plantas medicinales.

—Eres un príncipe de Hyrule y padre querrá casarte.

—Al infierno —Gae se bebió su copa de trago y yo se la quité de la mano para que no siguiera emborrachándose. Bastante mal me sentía al dejarle beber tanto a pesar de su edad. Le prometí cuatro copas por ser mi cumpleaños y llevaba casi cinco, pero ni una más.

—¿Ves? No es tan divertido el juego del matrimonio cuando se trata de ti.

—Podrías casarte con el príncipe gerudo.

—No.

Me daba escalofríos sólo de pensarlo. Era un hombre apuesto y fornido, muchas de mis doncellas suspiraban por él. Era fuerte y tenía una piel dorada que brillaba bajo el sol, era complicado apartar la vista cuando estaba presente. Y había facilitado la adhesión de Gerudo a Hyrule y... No. Siempre reía como si supiera algo que todos los demás ignorábamos y eso me hacía desconfiar de él de un modo irracional. Guardé todo esto para mí, Gae aún es inmaduro para procesar ciertas cosas y también es deslenguado. No dudo que iría diciéndole a sus amigos escuderos lo de la piel dorada del príncipe y todo eso para que pudieran reírse un rato.

—¿Y con el hijo del patriarca Tyto?

—Si me casase con un orni anularía todas mis opciones de dar nietos a padre —bromeé —eso excluye a los goron y a los zora también. Además, ellos están bajo el mando de Hyrule y padre me quiere con un extranjero.

—¿Y la frontera Oeste? La frontera Oeste no pertenece a Hyrule... no todavía.

—Padre se sacaría los ojos antes de verme con uno de esos bárbaros de las montañas.

—Richard entonces.

—Exacto.

—¿Brindamos por Lord Richard, príncipe de Lumbar?

—Gae... —le reprendí, revolviéndole un poco el pelo con la mano.

—Cuando cumpla diecisiete pediré que sirvan vino de Necluda en mi cumpleaños.

—Pero hasta entonces basta de brindis, no quiero que llegues haciendo eses a tus aposentos —reí, y sentí que me dolía el estómago por haber reído tanto a lo largo de la noche.

Ambos nos quedamos en silencio, mirando el techo de madera labrada que había sobre nuestras cabezas aturdidas por el vino.

—Zel...

—Mmmm —estaba empezando a quedarme dormida cuando él rompió el silencio.

—Si pudieras elegir a un esposo, ¿cómo sería?

—No lo sé. ¿Cómo sería tu esposa si pudieras elegirla?

—Le gustaría el vino de Necluda —me hizo reír de nuevo —y no le importaría que yo viviese fuera del castillo, en la Meseta de los Albores, por ejemplo.

—Yo nunca he pensado en casarme —reconocí —así que me bastará con que él permita que pueda dirigir mi vida sin interferir demasiado en ella.

—Eso es lo mismo que no estar casada...

—Puede que no sirva para eso, no lo sé.

—Pero Zel, no-

—Duérmete —interrumpí. Yo misma sentía los párpados pesados —duerme aquí. Podrás escaparte a tus aposentos al alba, Amy tardará en venir a arreglar la chimenea. Y basta de hablar de matrimonios por hoy.


Nota: ¿Tendrá futuro esta historia? Sólo las diosas lo saben xD Spoiler: El próximo capítulo (si lo hay) es Link POV