Summary: Arthur se deleita viendo dormir a Antonio. Atrapado como siempre.
AVISOS: Historia corta. Ninguno de los personajes me pertenece (Por desgracia).
Soy nueva en este fandom, y como siempre me pasa caigo en una pareja poco convencional (no sé por qué porque madre mía, su historia da para largo). He visto que hubo un momento en el que el fandom en español de esta pareja era potente y ahora apenas queda nada... llegué tarde al parecer. ¡ESCRITORAS/ES ENGSPA SPUK COMO QUERÁIS LLAMARLO VOLVED! No me dejéis la tarea de avivar la llama a mi sola por Dios... Bueno sin más, es una historia cortita y un poco meh, pero nunca antes había escrito así que si os gusta, y aún queda en ff algún amante de esta pareja no dudéis en dejarme un review siempre se agradecen. Por supuesto que también se aceptan criticas, quiero mejorar.
¡DISFRUTAR!
Inerme
Cuando sus ojos se abren por primera vez parpadea un par de veces, intentando habituarse a la luz del sol que se desliza por la estancia otorgándole un aspecto completamente diferente a la que recordaba anoche; cuando solo la luna llena de Sevilla se posaba en lo alto de un cielo sin nubes, plagado de astros que se reflejaban como pequeños peces plateados sobre las aguas calmas del Guadalquivir.
Siente el sudor pegado a su frente deslizarse por la sien, y el calor se hace más intenso cuando sus yemas acarician sin previo aviso el abdomen de su acompañante. Su corazón se desboca unos segundos, aún no está preparado para tener una conversación con él. No siente la confianza suficiente en sí mismo para encarar a Antonio, por eso cuando este sigue durmiendo su pulso se estabiliza y sus músculos se relajan, pero sus ojos no se despegan de él. La tentación es demasiado fuerte y se deja rodar por la cama, hasta que su piel impacta contra la ajena, y vuelve a observarle.
Allí, inerme sobre el desastre que eran las blancas sabanas de lino, se deleita con lo que ve. Observa la línea de su mandíbula y la incipiente barba que comienza a brotar por sus mejillas y mentón; se asombra del hecho de que Antonio aún conserve retazos de su niñez en sus facciones. Su cara sigue siendo almendrada y tiene las mejillas de un niño de diez años. Sonríe como algo inevitable y se muerde los labios cuando las imágenes de anoche salpican su mente.
Se abstiene a regañadientes de trazar su nariz, siempre le sorprendió el hecho de que esta fuera ligeramente corta, con un puente pequeño y la punta respingona, cultivando ese aspecto casi dulce en todas sus facciones. Sus labios son pequeños, como dos pequeños botones rosados, sin embargo, el superior es más voluptuoso. Adora mordisquearlo y ver como se vuelve casi tan rojo como el vino.
Su pelo alborotado se extiende sobre la almohada, y se fija en el tono casi cobrizo que adquiere cuando los rayos del sol lo acarician. Le recuerda al chocolate derretido. Es imposible para él no apartar los mechones mojados que se adhieren indistintamente por el rostro, formando espirales. Entonces siente como el olor inconfundible de su cabello se despliega por la habitación como el humo de una vela. Cierra los ojos, incapaz de no entrar en una ensoñación, dejándose guiar por el olor a agua de azahar, canela y violetas.
No sabe cuándo, pero en algún momento Antonio ha despertado, y sus ojos le observan. Bajo esas tupidas pestañas negras el verde adquiere un matiz completamente diferente al suyo y no puede más que perderse por esas aguas, porque adora descubrir como alrededor de sus pupilas hay un pequeño aro ámbar más brillante que el oro que le recuerda que él es su mayor tesoro.
Antonio de repente sonríe y sabe que todo se ha ido al traste, porque le ha pillado observándole como un completo idiota, como un niño que observa las olas por primera vez. Y no puede más que sentir vergüenza por si mismo. Pero es inevitable, aquel hombre le había atrapado todo el tiempo.
