Capítulo 1
Amelia tiritó en su silla. La noche oscura se colaba por la ventana y arrastraba consigo el helor del invierno. Junto al frío, se colaba también la niebla y sus jirones blancos flotaban como espectros frente a ella. La princesa se arrebujó en su manta turquesa y volvió a su libro. Sus ojos volvieron a fijarse en el texto aunque, de vez en cuando, su mirada saltaba de las líneas de tinta y volvía a escaparse hacia el cristal abierto. Y es que esa ventana era una invitación, un secreto.
La noche no arrastraba ruido. Ella seguía esperando. Esperaba oír el rumor de la grava o el de la hierba del jardín crujir bajo una pisada. Sin embargo, no había nada. Ni silbidos del viento, ni doncellas chismosas por el pasillo. Nada.
Ya iba a volver a su lectura cuando se oyó el primer sonido: un frufrú de una capa, un murmullo al recitar un hechizo. La muchacha saltó de su silla y, de pronto, ahí estaba. Una figura se recortaba en la noche, y una voz grave dijo:
—Siento llegar tarde.
—¡Zelgadis! ¡Has venido!
—Pues claro.
Amelia corrió a su encuentro y ambos se fundieron en un abrazo. Él olía a cesped, ella a ese chocolate tostado. Los segundos pasaron mientras se apretaban, mientras él aspiraba ese olor oscuro y amargo.
—¿Y bien? ¿Qué quieres hacer hoy? —dijo con ella aún en sus brazos.
Ella se despegó por fin de la quimera y señaló a la mesa redonda. Sobre la madera, descansaba un tablero y unas piezas, un ajedrez.
—¿Otra vez? ¿No te cansas de ganarme?
—Nunca —contestó ella.
Zel gruñó y se dejó arrastrar por la habitación hacia la mesa. De camino, le robó un pequeño beso a la princesa.
Ya va uno, pensó la muchacha. Quedan cuatro.
Amelia corrió a cerrar la ventana y, después, fue con calma a su encuentro. Jugaron entre sonrisas, mientras los caballos hacían piruetas y las torres desfilaban. Acabaron una partida en tablas.
—Otra —gruñó la quimera.
—¿Seguro?
—Seguro —contestó él y, selló su afirmación con un beso.
Dos. Contó ella, y cerró los ojos.
Cinco era el número mágico que se había propuesto. El número de besos que quería disfrutar antes de lidiar con todo.
En la siguiente partida, Amelia perdió su reina y dos alfiles. Una sonrisa pérfida subía ya por la boca de la quimera pero, antes de que llegara siquiera a curvarse, se oyó la voz de Amelia:
—Jaque mate.
—Mierda.
—¿Otra? —preguntó ella con picardía.
—Otra.
Ésta vez fue ella la que dió el beso y, Zel, él, quien cerró los ojos al recibirlo. El gesto fue de regalo con pequeñas caricias y, por un momento, fue casi como si volvieran a estar juntos. Sus dedos azules jugaron con el contorno de los brazos de la chica. Él sonrió y siguió su avance por el cuerpo. Sus yemas tocaron primero la palma y luego los dedos. Ahí, los apretó con cariño y los alzó, llevándolos hasta sus labios.
—Bien jugado —dijo entre beso y beso.
Esos, por algún motivo, decidió no contarlos.
—¿Otra? —preguntó por tercera vez la princesa.
—No, Gracias. Me conformo con mis tres derrotas.
—¿Y qué quieres hacer ahora?
Aquí la sonrisa de Zelgadis se estiró. Se acercó más a la muchacha y le dijo en susurros:
—Se me ocurre otra idea.
La sonrisa murió tras el susurro, dando pie a un pequeño silencio. La habitación estaba oscura y ella temblaba presa de la excitación, o quizás, del frío.
Zel tomó su rostro entre las manos azules. Fue como si la quimera bebiera de sus facciones. Centró la mirada en sus ojos castaños y, después, fue bajando, hasta llegar a sus labios.
Tres, siguió contando.
—¿Quieres continuar? —preguntó tras el beso.
Ella asintió con fuerza. Él la rodeó con los brazos, la levantó en peso. La llevó en volandas y, tras unos pocos pasos, la dejó caer en la cama de al lado. El pelo de la muchacha hacía contraste de sábanas blancas, con el edredón rosado.
La dejó caer sin delicadeza alguna, cual fardo. Amelia dejó salir un grito de sorpresa. Su ceño se frunció al tiempo que las sábanas se arrugaban y ella abrió la boca en protesta:
—¡Zelg..!
Un beso cortó sus quejas.
Ese hacía cuatro.
—Pienso vengarme —soltó ella.
Y la quimera contestó:
—Ya veremos.
A continuación deslizó la mano por su estómago. Su piel azulada siempre estaba fría al principio y ella saltó al contacto. El edredón se arrugó con ellos y respondió a los gestos. Sus dedos rozaron ahora su cadera y ella notó su tacto tibio. Su sonrisa torcida.
Los juegos y caricias iban subiendo el ritmo mientras sus temperaturas se igualaban y sus cuerpos desparramaban por las almohadas. El edredón quedó relegado al suelo y la cama, en protesta, crujió un poquito. Después, una mano rozó una espalda desnuda y alguno de los dos dejó escapar un gemido.
Quimera y princesa sonrieron. Y, mientras se contemplaban, vino un beso.
Ese último hacía cinco así que, cuando sus labios se despegaron, dejó salir un gran suspiro.
—¿Zelgadis? Creo que tenemos que hablar.
