Título: Ese maldito momento.
Pareja: Sanzu x Mikey
Advertencias: Sanzu pasado.
Argumento: Sanzu nació sin suerte y a la vez tuvo suerte de nacer. Mikey está ahí para escuchar su historia, las veces que quiera.
Hablando de todo un poco con mi broh le comente que quería explorar el lado mental de Sanzu, porque lo suyo ya no son solo drogas y desde cuando las consume. Debe ser algo mental, que se agrava con drogas. Una adicción y la obsesión que siente por Mikey, no salen de un día para otro. Viendo que sus hermanos son bastante…normales (hasta que demuestren lo contrario), pensé que un entorno vulnerable podía ser la razón. Así que solo quería escribir a Sanzu hablando sobre su pasado (inventado hasta que Wakui diga lo contrario, y de todas formas me gusta mas mi historia), con la única persona que significa más para el, que su vida misma, su rey Mikey.
PD: Broh te amo, gracias por bancarme en todas.
PD2: Entre paréntesis son los comentarios de Sanzu y Mikey sobre la historia, que Sanzu le ha contado varias veces a Miley, por lo tanto se pisa o recuenta cosas abruptamente.
Siempre que pensaba en su pasado, la primera imagen que le llegaba era la de unos preciosos ojos verdes
De agua, de jade, casi azules.
Enmarcados por unas tristes ojeras que le contaban historias desgarradoras, que si hubiera tenido otro criterio, un poco más de experiencia, habría comprendido a tiempo que sólo eran una desgraciada excusa de sus malas decisiones.
Él (es curioso, puede recordar sus ojos, su rostro, incluso los lunares de su cuerpo, pero su nombre se niega a volver a salir de su boca) era una bala perdida, clavada en el corazón de un árbol seco.
Su destino era mejor que el que terminó tomando, es decir.
Sólo que un día decidió medir qué tan hondo era el río con los dos pies, y acabó perdido, atado por los cabellos de las sirenas, por el canto de las profundidades químicas.
No tenía una historia trágica que pudiera restarle peso a sus pecados. Sólo malas y peores decisiones.
Sólo egoísmo.
Y ella fue una aguja que oscilaba entre una y otra, y al final, terminó quedándose etiquetada como un error en su vida.
Pero tenía catorce años, diría llorando muchos años después, al recordarlo, y en su casa lo más parecido al amor eran los golpes que su padre les propinaba, y dejaban marcas en su cuerpo, calientes como besos.
Y él fue el único que le preguntó por qué lloraba, cuando la vio sentada en la parada del autobús con la misma ropa y el estómago vacío de hace dos días.
Le compartió de su cigarro, pero ella no fumaba, y él entonces fue a comprar, con sus últimas monedas, una golosina para hacerla sonreír.
¿No debía ser un gesto tierno?
Podía ser. Mas no fue gratuito.
Y el pago por esas migajas de ternura es algo que todavía no termina de pagar.
En retrospectiva, pasar noches encerrada en un hotel de mala muerte, soportando esas intrusiones a su cuerpo que desde la primera vez no rozaron ni siquiera lo placentero, aguantar los temblores, el pánico y el dolor general que aquellas sustancias le producían a su cuerpo, sólo por las ocasionales veces en que se mostraba tierno, dispuesto a escuchar sus penas, consolarla acariciando su cabello...Bueno.
Tenía catorce años y no sabía nada de la vida y él tampoco.
Pero él no tenía catorce años sino un poco, demasiado. Y a diferencia de ella, él sí sabía lo que era una familia porque él mismo había formado una.
Quizá había olvidado mencionarlo.
Quizá estaba muy drogado para recordarlo.
A ella no le importó, después de todo, juntos estaban comenzando de nuevo, lamiéndose las heridas y sanándose nuevamente.
¿No dirías que más bien estaban hundiéndose juntos en la mierda, en donde él la obligaba a hundir el rostro para quedar a ciegas?
Ella sólo sabía que un día su cuerpo cedió a los maltratos, al hambre y al exceso de drogas, y él, como acto de piedad, la llevó con un doctor con la cédula impresa en una hoja de periódico.
Los felicitó por el embarazo, y ellos lo celebraron con un gramo extra en la jeringuilla.
Después de todo ahora serían tres, tenía lógica.
O quizá tenía algo de verdad quien una vez le dijo que él en realidad estaba intentando matarla a ella y al bebé.
Como sea, ella volvió al hospital esa misma noche, y él…
Él se asustó tanto que salió corriendo, tan deprisa que colisionó con su pasado.
Su esposa lo recibió sólo después de hacerlo ir a un retiro espiritual, donde entró en contacto con esa parte religiosa, esa guía mística que lo trajo de vuelta a tierra, lejos de las sirenas, cerca de su hijo, quien aprendió a amarlo otra vez.
Ella se quedó temblando de frío, de fiebre, manchando las sábanas de vómito tantas veces que los dientes se le dañaron.
Abrazando en su interior el único rayo de luz que le quedó en la vida.
A los cuatro años, Sanzu pensaba que su nombre era "carita de ángel" porque así lo llamaban su madre y los amigos de ella, que eran todo el mundo que conocía.
(Supongo que no salíamos mucho porque temía que algún servicio social nos viera.)
Era pequeño todavía, así que se llenaba con la poca comida que su madre conseguía.
Amaba la hora de la comida, porque ella lo sentaba en sus piernas y le cubría el rostro y cabello de besos, susurrándole que lo amaba tanto que dolía, que era lo más bonito que había visto jamás, no podía creer que ella solita lo hubiera traído al mundo.
(Era un mocoso idiota, en esos días pensaba que los bebés se hacían como muñecas armables, no que se refería a que me había parido sola en un hotel de paso, incluso ella misma me cortó el cordón umbilical, o que casi muere de una infección después de darme a luz.)
Hombres iban y venían en casa, nunca se quedaban lo suficiente para que recordara siquiera sus rostros.
Igual a la conciencia de su madre, que era un foco flojo y casi nunca encendía.
Pero era apenas un niño y sólo pensaba que ella amaba las siestas tanto como él, así que se limitaba a acomodarse en su pecho, con cuidado de no pisar el vómito o los condones que siempre la rodeaban, para escuchar su corazón cantarle bajito "mi carita de ángel, eres la estrella de mamá."
(Supongo que podrías decir que estaba acostumbrado a recibir mucho cariño, y por eso nunca vi las señales de que algo andaba mal con ese tipo.)
Porque uno de ellos también lo sentaba en sus piernas aunque no fuera la hora de la comida, pero en lugar de susurrarle cosas dulces, le llenaba el oído y el cuello de un vaho pegajoso, cayendo en hilos que eran frases que no comprendía aunque a veces le daban una sensación agria, como la leche cuando ya lleva demasiado tiempo en el refrigerador pero igual te la debes tomar porque no hay otra cosa.
Un día comenzaron los besos, y Sanzu supo que los secretos son algo que huele mal, que le deja la boca húmeda e hinchada.
(Mamá se dio cuenta mucho tiempo después pero no puedes culparla. Casi nunca estaba sobria.)
Una noche el hombre se quedó más tiempo del que acostumbraba jugando con Sanzu, y él pensó que era porque mami estaba en otra de sus largas siestas que a veces duraban días.
Recuerda el olor acre de aquella cosa monstruosa rozando su mejilla, exigiendo que abriera la boca.
Sanzu se negó, apretando los labios hasta que se le pusieron blancos.
Entonces el hombre le dijo que abriera las piernas, aventándolo al suelo.
Sanzu gritó, claro que lo hizo, buscando a su madre hasta que su manita encontró la de su madre y se aferró a ella, mientras ese hombre le rompía la ropa.
Ella, demasiado drogada para darse cuenta de un carajo, sujetó su manita, besando sus dedos, susurrándole que sólo era un mal sueño.
(Si sólo era un mal sueño ¿Por qué estaba sangrando? ¿Por qué me dolió días y días en los que no pude ni ir al baño?)
(Bueno, aunque si quieres que sea justo, debo agradecerle a ese bastardo lo bueno que me hizo chupándosela a otros, porque más adelante, así me salvé de varias golpizas, cuando las cuentas no cuadraban.)
Cuando Sanzu cumplió siete años, pasaron dos cosas que lo marcaron por el resto de su vida.
(Una más literal que la otra, pero me estoy adelantando.)
Los hombres iban y venían, todavía, y se volvió una constante que también a él se lo hicieran, cuando su madre estaba demasiado drogada para satisfacerlos.
Lo sorprendente para él, de hecho, era que no lo tocaran.
Uno de ellos fue el que más recuerda, porque fue el peor.
El más sucio, el más depravado y el más violento.
Sucedió un martes, después del desayuno, cuando mamá había salido a comprar un pastel para Sanzu, porque mañana era su cumpleaños.
Fue la primera vez que dijo no, cuando el hombre se bajó la bragueta.
(Tenía siete años, y pesaba menos que una hoja ¿Crees que pude haber luchado mucho?)
Al menos lo intentó.
Ahora se arrepiente, claro.
Porque al hombre no le hizo ninguna gracia que su pequeña zorra se negara, así que comenzó a golpearlo.
Sanzu pensó que no quería seguir sintiendo dolor, que necesitaba hacer algo así que intentó golpear de vuelta. Lo siguiente quedó borroso en su mente, como si alguien hubiera vertido solvente en una pintura.
Pero recuerda al hombre tomar un cuchillo y clavarlo en su rostro, porque él no era ningún ángel sino una maldita zorra y debía verse menos dulce, menos inocente.
Recuerda que su madre entró y trató de defenderlo.
Y recuerda que la violó primero a ella y después a él antes de marcharse.
(Pero no todo fue malo con ellos, algunos me enseñaron cosas realmente útiles, como a leer, escribir, hacer cuentas, ser una buena puta, pelear con armas y sobre todo cómo distribuir. Me estoy saliendo de tema, te contaba de cuando tenía siete años y mamá se estaba muriendo del susto porque yo no dejaba de sangrar y lloraba como un maniático, bueno, me acababan de rasgar el rostro y luego me violaron, supongo que era normal que estuviera adolorido. Ella no sabía qué hacer, aunque llevarme a un hospital no era opción. Me habrían llevado a un orfanato y a mamá a prisión, yo no podía permitir eso. No puedes decir que no fue amor lo que hizo, con lo mucho que adoraba mamá sus drogas, que las compartiera conmigo para aliviarme el dolor es de las cosas más dulces que recuerdo. Es una lástima que me haya enganchado tan pronto con ellas, mas no fue su culpa.)
El segundo evento importante fue que el padre (el donante de esperma, mejor dicho) de Sanzu decidió que no quería tener un hijo ilegítimo perdido en el mundo y le exigió a su madre que los dejara convivir.
Aunque afuera y muy muy lejos de su casa, porque su esposa nunca iba a permitir que un niño como Sanzu, criado por una adicta, se pensara con derecho de llamar hermanos a sus hijos y peor, comenzara a relacionarse con ellos.
(Lo que pasa es que le daba envidia que yo fuera mucho más lindo que Senju, incluso con mis cicatrices. Mamá sólo aceptó porque el bastardo le ofreció darme dinero, y vaya que nos hacía falta.)
Nunca tuvieron una plática de más de cuatro líneas, y Sanzu sólo recuerda los silencios incómodos antes de que le palmeara la espalda y le diera el dinero mensual. Ni siquiera le preguntó qué le había pasado a su boca, sólo pagaba los helados que le invitaba, intercambiaban dos o tres diálogos que siempre eran los mismos, le daba el dinero en el sobre amarillo de los gastos y lo llevaba de vuelta a la esquina de su hogar, en un barrio mucho más pobre que el suyo.
Al menos no volvieron a pasar hambre, porque su madre se encargó de usar la manutención en puras cosas para su hijo.
(Yo pensaba que si esos sobres amarillos podían aliviar un poco la tensión de mi mamá, bien podía soportar aquellos incómodos silencios, y llamar papá a un sujeto que nunca había visto en mi vida.)
Sanzu empezó a consumir casi al mismo tiempo que empezó a distribuir, porque alguno de los " amigos" de su madre decidió que si podía hacer operaciones básicas y caminar por su propio pie, podía contribuir económicamente a la casa.
Así que le enseñó el negocio.
Es algo que agradece, porque gracias a eso, su madre pudo dejar de buscar la seguridad económica en hombres mucho mayores y más adictos que ella, más enfermos e inhumanos.
Porque gracias a eso, Sanzu siempre estuvo bien abastecido de cualquier porquería que se le antojara.
(No es como si hubiera tenido otro destino posible, yo venía adicto desde el vientre y de hecho, mamá ponía cocaína en la leche para que no me diera síndrome de abstinencia. Mamá es un ángel ¿Sabes?)
(Mikey ¿Me estás escuchando? Llevo hablando horas y tú no has dicho una palabra…¿Todavía sigues allí?)
(—Siempre, Sanzu. Yo siempre te estoy escuchando.)
Lo habían golpeado muchas veces en su vida, desde que tenía memoria. No se suponía que entrara en conflicto, pero debió esperarlo porque aquella no era su zona de siempre.
Lo habían mandado al centro, entonces un chico rubio vino y lo golpeó, acusándolo de acosar a las chicas de un burdel.
Luego otro chico lo llamó y le dijo que estaba equivocado, se disculpó y lo llevó de las orejas.
Ese fue su primer encuentro con Mikey.
Resolvió sus dudas con su proveedor, era una zona difícil ya que ese burdel tenía gente que lo 'protegía' rondando, y siempre se los confundía con clientes molestos.
Un día como cualquier otro, algún imbécil se atrevió a ofrecerle dinero por un trabajo. No preguntaron su edad, y no lo haría después de que alguien le pusiera un pie encima.
Era el chico rubio de la otra vez, no precisaba presentaciones, él ya sabía todo sobre él. Su nombre era Mikey, y su apodo 'El invencible' sonaba refrescante.
—¡Yo! —dijo Mikey terminado de hundir a él hombre molestó bajo su pie.
—¿Vas a comprar? —preguntó Sanzu. De todas formas, estaba trabajando. Tal vez sería un cliente nuevo.
Mikey no pareció entender su pregunta, porque no llevaba dinero para nada especial. Sin saberlo, monopolizaria su vida desde ese momento.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Mikey.
Encantador, irresistible, entonces de su boca salieron oraciones cordiales de presentación. Mikey no dijo nada especial, solo quería saber su nombre y por qué siendo tan 'genial' trabajaba para escoria. Quería que fueran amigos y conocerse mejor.
Sanzu sé había quedado con lo último.
—¿Quieres conocerme? —preguntó incrédulo.
Eso era nuevo, nadie había querido conocerlo antes.
No supo qué responder, había altas posibilidades de que fuera una mentira. Pero quería creerle, al final no le respondió.
—Entonces Haruchiyo ¿Verdad? Seamos amigos. —dijo Mikey tan sonriente.
Había hecho un amigo.
Esa noche no podía dormir, no había tenido algo como un amigó alguna vez. Sabía lo que era por las películas, y los demás en el negoció lo llamaban de esa forma de vez en cuándo, porque no recordaban su nombre.
No sé lo tomaba personal, pero Mikey quería conocerlo, y se escondió debajo de sus sábanas, le pareció que conocerlo era un tanto desagradable.
Aún así salió con él y su otro amigo Draken un par de veces, ellos tenían una pandilla a la cuál querían que se uniera. Que sería útil o algo así, no pensó que tuviera tiempo pero lo dejó pasar.
Sin embargo, no dejaba de mirar a su nuevo amigo. A veces iba en la espalda de Draken dormido después de comer y en otras, podía lanzar patadas que causaban verdadero daño.
Descubrió que no lo había golpeado tan fuerte aquella vez, porque no estaba seguro de sí era el correcto. Draken lo hizo disculparse otra vez cuando le dijo eso.
Lo estaban acompañando a su casa cuando Draken se desvío por unos asuntos pendientes. Mikey y él quedaron solos.
(Me sentía nervioso estando a solas contigo.)
No podía recordar con claridad, solo el movimiento en que Mikey se inclinó para tomar algo del suelo que había arrojado cerca suyo. Demasiado cerca, lo había estado observando todo el día para no notar el movimiento de su cabello meterse a un lado.
Era hermoso, salvaje y tenía una erección.
No lo entendía, no le había pasado antes. Porque de todos los escenarios, debía ser ahí con él.
Mikey lo notó casi de inmediato, no le dió tiempo a Sanzu de intentar explicar que no lo entendía.
Mikey tenía sus propias conclusiones, le dió una sonrisa y lo ayudo, le dijo que esas cosas eran 'normales' y agregó que 'Kenchin dice que es normal, a mi también me pasa a veces' agradecía no tener que explicar nada, luego salieron del foco público para que pudiera atender su asunto.
Mikey no le dijo a Draken lo que ocurrió, y solo se despidió de él normalmente. Sanzu repasaba ese momento una y otra vez en su memoria. El momento en que Mikey se inclinó y su visión de tenerlo tan cerca, no era ningún novato, su mente lo asoció inmediatamente con una escena sexual. Y luego, volvió a repasar esa acción, pero no lograba hacer que su cuerpo obedeciera, y seguía tan o más firme que antes.
Se preguntó porque no había culpa, pero sí una sensación de ansiedad y una respiración entrecortada que le recordaba a otras escenas que no eran agradables.
El no podía manejarlo, él solo se tiró en su cama y sin mirar deslizó una mano dentro de su ropa interior. No debía ser difícil, no debía no debía y aún así lo hizo.
Se sentía extraño con Mikey cerca, quería su atención y cuidados. Quería servirle fielmente y nunca separarse de su lado, sabía bien que Mikey no lo necesitaba, Draken era una mano derecha sin fallas, incluso compensando las faltas del propio Mikey.
Estaba celoso, y todavía seguía deslizando su mano ahí abajo por él, pensaba en él en la mañana temprano, en sus ratos libres, entre clases y cuando tuviera la oportunidad. Saber de Mikey era su pasatiempo y unirse a ToMan solo era otro escalón más.
Sin embargo, las cosas no iban tan bien como Sanzu hubiera querido. El era por naturaleza difícil, desde que había podido defenderse de los amigos de su madre, estaba torcido, y no entendía porque debía someterse a las órdenes de otro que no fuera Mikey, o en su defecto Draken.
Adoptó otro nombre, uno con el cuál haría un nuevo camino. Estaba decidido a borrar el pasado, hasta que terminará por alcanzarlo y entonces él le enseñaría lo que le había enseñado el amigo de su mamá sobre lo bien que cortan las Katanas.
'Sanzu' era su nuevo nombre, y estaba bien con eso. Al final, seguía siendo un hueso duro de roer, y todos los jefes de la ToMan se quejaban con Mikey por su falta de disciplina.
(—Aún así no te rendiste conmigo. —dijo Sanzu.
—Así que por eso no funcionabas en ningún otro escuadrón. —dijo Mikey.)
Hasta que un día, después de que Sanzu atacará a otra pandilla por su cuenta. Fue llevado por Mikey ante Mucho, capitán de la quinta división.
Era una última oportunidad antes de que demostrará lo poco domesticado que estaba, para su suerte acabó aprendiendo más de Mucho de lo que hubiera esperado.
Lo golpeó varias veces, desde su primer día juntos. No era rival para un peso pesado como él, entonces decidió aprender a base de observación.
—Tu y yo nos parecemos. —dijo Mucho. Sanzu no lo entendió entonces, y no lo haría hasta un tiempo después.
Aprendió una lección dura, habían jugado una partida de Shogi. No tenías que ser un genio para ver, que los que no entregaban su vida Mikey podían ser un problema. Sanzu se maldijo a sí mismo por pensar que Mucho era diferente, y como el perro fiel que era debía proteger a su amo incluso sí la ropa que usaba no tenía el logo de ToMan.
De los meses que pasaron juntos hasta el fin de su relación, Sanzu destacaba dos momentos en los que Mucho lo había ayudado.
(—¿Es en serio? Nunca habías contado esta parte. —dijo Mikey.
Sanzu lo sabía pero en su defensa acababa de recordarlo.)
Fue en uno de sus entrenamientos con la quinta división, que estaban peleando "amistosamente" en un uno vs uno, más bien Mucho lo había levantado por el cuello, sentía que se iba.
—Los pequeños como tú deberían evitar este tipo de agarres, sí dejas que el oponente te agarré estás perdido. —dijo Mucho. Sanzu captó esa lección junto al poco oxígeno que le llegaba. Entonces Mucho lo arrojó a un lado.
Sanzu tosió y se levantó cuando se recompuso. Mucho era temible, pero seguía siendo un traidor a sus ojos, no debía fiarse.
—Mikey habría podido con eso. —dijo Sanzu, recibió una mirada de inspección de su capitán. Pensó que estaba en problemas, cuando lo vio relajarse, tal vez solo era cauteloso.
—Mikey es una excepción, tú por otro lado, es la tercera vez que te mató el día de hoy. —dijo Mucho. No era un tono recriminatorio, había algo de broma en él.
Se habían acercado mucho ese tiempo, debía usar todo eso a su favor.
Lección del día, sí el rival es un peso pesado no dejar que te agarré, atacar antes de darle esa oportunidad.
No fue fácil, pero para Sanzu quien había sido golpeado por hombres grandes desde que era pequeño. Le había dado un par de trucos, esta vez como en una de las tantas veces que tenían un 'Una vs Uno' Mucho agarró a Sanzu por el cuello y lo levantó, y eso habría sido todo. Pero ahora Sanzu logró enredar sus piernas a su alrededor y hacer peso para que ambos cayeran.
Cuando Mucho levantó el rostro, Sanzu lo miró con superioridad. Iba a decirle que incluso los pequeños como él podían ganarle, o que lo había matado en ese encuentro.
Pero no estaba preparado para la reacción de Mucho.
—Desde aquí, pareces una mujer. —dijo Mucho. Su cara había caído sobre su pecho, era suave y olía bien. Más que cualquier otro chico en el escuadrón.
Sanzu lo sabía, su aspecto siempre había sido así. No le importaba la mayoría del tiempo, solo lo usaba cuando debía usarlo como moneda de cambio por algún error cometido. Se preguntó sí podría usar eso a su favor para derrocar a Mucho.
—¿Soy una chica linda? —preguntó Sanzu. Límites, quería ver hasta donde llegaban.
—Imbécil, justo ahora serías una chica muerta. —dijo Mucho.
Mucho se levantó sin problemas, Sanzu se quedó en el suelo.
—Esta "chica" te ha tumbado, admite que perdiste e invítame a comer. —dijo Sanzu.
—No eres el tipo de chica que llevaría a comer a la tienda de conveniencia. Me gustan con el cabello más largo, es bonito. —dijo Mucho bromeando.
Sanzu aprendió que debería guardar esa información, tal vez le sería útil. Podría aprender más de mucho sí alguien más le sacará información.
Pero Mucho lo descolocó un poco.
—¿Y qué hay de ti? ¿Cuál es tu tipo de chica? —preguntó Mucho.
Sanzu no sabía qué responder, no sabía sí alguna vez le había gustado una. Solo podía pensar en las veces que se había atendido pensando en Mikey, o en la gente que lo había lastimado. Su madre era la única en su vida. Se había dado cuenta en ese preciso momento que sus pensamientos sobre Mikey no eran amistosos, ni siquiera le gustaba cómo le gustaría a los demás.
Sabía que no debía mentir tan descaradamente, algo que dejará a Mucho tranquilo.
—Da igual, mientras sea rubia y pequeña. —dijo Sanzu desde su lugar.
Mucho no lo cuestionó.
No volvieron a tener un 'Uno vs Uno' después de ese incidente, y Sanzu creía que él que lo viera como una chica linda tenía algo que ver.
Un día le pidió de favor que lo esperara en el auto mientras hablaba con su padre, se planteó la posibilidad de mentirle. Decirle que era un comprador o tipo cualquiera, pero Mucho era más agudo que eso y no quería que dijera lo parecidos que eran.
Entró al local de comida rápida, habló con su padre de algo que no podía recordar. Luego hubo silencio, no recuerda lo que le preguntó luego, pero hubo otro silencio.
Los silencios era lo que más recordaba, sí sabía que no le dijo que abandonaría la escuela luego de finalizar el año.
Le dió su dinero y se despidieron, cuando era más pequeño se sentía avergonzado de no saber qué decirle y planeaba una historia por si preguntaba por sus cicatrices.
Su padre nunca preguntó, y ahora ya no se sentía avergonzado.
Compro un par de hamburguesas y bebidas, y regresó al auto con Mucho. Le dió lo que había comprado para él.
—¿Qué diablos fue eso? —preguntó Mucho señalando hacía donde estuvo con su padre.
—Es mi maldito viejo. —dijo Sanzu como si nada. Iba a pedirle que lo deje en su casa, debía darle el sobre a su mamá.
Está era la segunda vez que Mucho le sorprendería.
—Ustedes dos no se parecen en nada. —dijo Mucho como si fuera evidente.
Sanzu lo miró, lo inspeccionó con la mirada. No se refería a un parecido físico, Mucho no era de los que desperdiciaban palabras. Ahora mismo, él había visto a su padre y no le agrado, pero en cambio él tenía su respeto.
Estaba siendo sincero, escuchar eso había sido un halago por el que estaría agradecido.
No sé lo dijo.
Segunda lección, no eres parecido a alguien solo por compartir lazos de sangre.
Se fueron del lugar luego.
Sanzu decidió comprobarlo un día, no temía la respuesta. Pero quería comprobar sí solo funcionaba con Mikey.
Así que al final del día fue a la parte trasera de la escuela, una chica de otras tantas que le habían escrito una carta lo estaba esperando.
No tenía un objetivo claro sobre qué debía sentir, había concertado verse específicamente con una chica rubia. Ni bien la vio, él la besó. Un beso simple, luego otro y así hasta subir en actividad.
Había besado a otras personas antes, era algo mecánico, pero ella parecía disfrutarlo. Cansado de hacer algo tan simple, sólo abrió la camisa de la chica. Tenía ropa interior blanca y bonita, perfecta para la ocasión.
Entonces tocó sus senos, eran suaves y estaba aburrido. No entendía porque todos hacían un escándalo por ello. Lo dejó a los pocos segundos, no sentía nada.
Aunque la chica en cuestión está sonrojada y podría decir que acalorada.
Pero Sanzu pensó que quería estar con alguien más en ese momento.
—Lárgate. —dijo Sanzu de mal humor.
Ella se quedó confundida, esperando algo más. Pero la cara de Sanzu no era amigable, y acabó acomodándose la ropa y yéndose de prisa.
Él lo aceptaba, no había nada de malo en tener sentimientos por Mikey. Se rió todo el camino a casa pensando que no había nadie que estuviera a su altura.
Lo tenía agarrado de una correa imaginaria, de la que tiraba cuando le era conveniente y el estaba feliz con la poca atención que le dedicaba.
Su vocación de súbdito no era suficiente, tenía que ser su amigo, su perro leal, lo que sea que necesitará.
Lo amaba, tenía que ir a decírselo mañana.
Fue a su casa al día siguientes, y en cuanto estuvieron solos se acurrucó en su regazo. Como un niño en su lugar especial, le contó su historia, lo que le hicieron y sobre ese momento dónde su vida dió un mal giro antes de que naciera y después de ello.
Dijo tantas cosas, que no sabía que él pudiera armar tantas oraciones.
—No odio estar contigo, de hecho me gusta. Creo que estaría mejor sin haber nacido, pero no pienso eso cuando estamos juntos, porque entonces no te conocería. —dijo Sanzu con timidez.
Mikey no dijo nada, pero Sanzu jugaba con sus dedos temeroso de haberlo aburrido. Tal vez tenía que hacer una broma y alivianar el ambiente, pero Mikey no estaba incómodo en lo absoluto.
—Estoy feliz de que estés aquí Haruchiyo. —dijo Mikey, con una sonrisa, una hermosa.
Sanzu agradeció internamente usar su cubrebocas, porque sentía como su cara se calentaba y estaba ese sentimiento de nuevo, ese dónde flotaba sin necesidad de incentivos.
Los tiempos eran confusos, todo lo que no involucraba a Mikey se volvía algo diminuto en su memoria, como si no consintiera una vida antes de conocerlo.
El día que le dijo a su mamá que se mudaría no pelearon, ella había conseguido un trabajo como cajera en un supermercado hace unos meses y su vida se estaba recomponiendo de alguna forma.
Ella no se molestó con él por solo ser un poco más grande que ella cuando se fue de casa, ni saber sus condiciones actuales. Ella no estaba haciendo preguntas, o eso pensó.
—¿Te iras con ese chico verdad? El que te hace sonreír. —preguntó ella.
Sanzu sabía exactamente de quien hablaba, definitivamente era un ángel.
—Si, me iré con él. —dijo Sanzu. No sabía cuándo volverían a verse de nuevo, esperaba poder contactarla cuando se mudara.
Ella sonrió compasiva, habían pasado por mucho, él lo sabía muy bien, se iba en mejores condiciones que ella en su tiempo y tenía alguien en quien confiar su vida. Este era el camino que había elegido.
—Espero que seas muy felíz, mi niño. —dijo ella abrazandolo.
Siempre pensaba en ese abrazó, cálido y gentil. Ya no visitaba a su mamá con regularidad, los tiempos eran complicados. Se estaban instaurando con la Kanto Manji Gang, pero había dos problemas, Brahman y Rokuhara Tandai, el primero liderado por la hermana menor de Haruchiyo y su hermano mayor, Takeomi.
(Sabía que ocurriría, el maldito pasado acabó por alcanzarme, como iba saberlo. Como sea, no tiene importancia, solo debía eliminar cualquier obstáculo en tu camino Mikey.)
Senju murió de alguna forma heroica, o eso le habían dicho, no estaba prestando atención porque libraba su propia batalla con Ran Haitani, Mikey le había dejado a cargo y se tomaba sus ordenes con la seriedad que correspondía.
Y lo invadía un miedo que para muchos podría no tener importancia, ver la foto de Senju le había amargado el día, la semana y algún que otro momento cuando recordaba esos ojos, color jade, casi azules. Sus mismos ojos, los que lo arruinaron todo en ese maldito momento incluso antes de su concepción.
Ni siquiera Takeomi cuando se pasó a su lado lo dijo, no hizo ningún comentario sobre el parecido con ella, no sabía cómo reaccionaría si alguien lo hiciera. Pero recordaba lo que le había dicho Mucho, y luego pensaba que no tenía importancia.
Recuerda el silencio incómodo, no tenía nada que decirle, pero se supone que los hermanos se dicen cosas, hablan, Takeomi tampoco le preguntó por sus cicatrices.
Draken también murió en esa pelea, en algún tiempo lo habría lamentado. Ahora podía decir que sus celos se habían calmado un poco, porque la mano derecha de Mikey estaba libre. Y él estaba muy cerca.
Fue alguna noche cuando Haruchiyo tomó la virginidad de Mikey, porque ambos estaban solos y necesitaban cariño. Sanzu lo quería todo de Mikey, y sí este solo pedía que no lo abandonará, él podía dárselo, le daría su vida en ese preciso momento sí lo pudiera.
—Está bien, está bien porque es usted jefe. —dijo Sanzu, volviendo a incentivar a Mikey.
Mikey dudaba, él ya sabía que podía obtener, los sentimientos de Haruchiyo hacia él eran evidentes y él mismo le prometió no abandonarlo nunca.
—¿Eso crees? —preguntó Mikey. Otra vez esa mirada, apagada, si alguna vez había escuchado que "Los ojos son las ventanas al alma" Mikey no tenía una, todo estaba muy oscuro.
—Es diferente, contigo sí quiero hacerlo, Mikey. —dijo Sanzu.
No le correspondía a él decirle a su rey qué hacer, pero sí pudiera pedirle un deseo. Sería que lo dejara ayudarle con esa soledad que lo invadía, que lo atormentaba. Incluso sí solo era eso lo que podía compartir con él, no, esas solo eran excusas. La verdad era más que evidente.
Lo deseaba, como jamás se había permitido con otra persona. Quería compartirse con él.
Mikey apartó la mano de Sanzu de su pecho, Sanzu se apartó, pero no lo suficiente cuando su rey le indicó que lo mirara.
—Dime ¿Qué te gusta? —preguntó Mikey.
Sanzu no entendió al principio, no se suponía que debía ser así. Nadie le había preguntado 'que le gustaba' solo se lo hacían. Y estaba más que dispuesto a dar lo mejor por el placer de su rey, pero cuando Mikey tiene algo en la mente no es posible detenerlo.
—Los besos, quiero que me beses. —dijo Sanzu.
Mikey inexperto le dió un casto beso en los labios, presionando fuerte y con los ojos cerrados. Sanzu estaba impresionados, porque él había pasado por mucha mierda y creyó burdamente que tenía algo de experiencia que ofrecer. Nada se comparaba a cómo se sentía en ese momento, su corazón no había latido así de rápido ni en la peor de las peleas, sentía que se desarmaba en los brazos de Mikey. Quién se separó sonrojado y tal vez apenado por su falta de conocimiento en el tema.
Ahora entendía que significaba el sentir mariposas. Y ya que estaba diciéndole todos sus deseos, no podía parar.
—Te quiero Mikey. —dijo Sanzu. Mirándolo a los ojos, oscuros, imposibles de descifrar.
Mikey incapaz de poder formular una oración, solo contuvo el aliento. Y volvió a besarlo, está vez con menos brusquedad.
No importaba, cada beso hacía sentir a Sanzu sobre el cielo.
Ya no había dudas sobre ellos, porque Sanzu sabía lo que le gustaba y eso era todo Manjiro Sano. Solo esperaba que esta felicidad durará mucho tiempo, más de lo que tardaron en ir del sofá a la habitación esa noche.
(—Quiero estar contigo, siempre. —dijo Sanzu. Y Mikey sonrió, pudo ver en sus ojos algo parecido a un brillo que llegó a completarse, porque también estaba algo roto. Pero para eso estaba él, para servirle.
—Juntos Sanzu, es una promesa. —dijo Mikey. Entonces de su mano en puño, levantó un meñique, una promesa.
Sanzu estaba muy feliz.
Haruchiyo y Mikey hicieron una promesa con el meñique.)
