—No soy un experto, pero creo que esta mímica se va a poner muy complicada de adivinar si no abres los ojos.
Anna se despertó sobresaltada por la voz de Olaf.
—¡Oh, Olaf, cuánto lo siento! ¡No era mi intención!
Anna despegó la cara del confortable hombro de Kristoff, se levantó, y abrazó al muñeco de nieve a modo de disculpa. Olaf aceptó el abrazo de buen grado y acarició con su pequeño brazo de madera la cabeza de su amiga mientras ella dejaba salir un abierto y sonoro bostezo.
—Creo que es hora de irse a la cama —dijo Kristoff levantándose también y recolocando los cojines del sillón.
—Sí, ha sido un día cansado para todos —añadió Elsa ofreciéndole una mano a Anna para ayudarla a ponerse en pie.
Sólo hubo un casi inapreciable cambio en la mirada de Kristoff, pero Elsa lo notó. Al igual que notó la mueca que apareció en su rostro cuando le contó a su hermana lo mucho que estaba disfrutando de la vida en el bosque, y al igual que notó cómo su abrazo de bienvenida fue más frío de lo normal y cómo estaba siendo más parco en palabras de lo normal. Algo iba mal.
—Olaf —dijo Elsa acariciando suavemente la cara del muñeco—, ¿por qué no acompañas a Anna a su habitación? Yo necesito hablar un momento con Kristoff.
Anna y Kristoff la miraron extrañados.
—Si a él le parece bien, claro —añadió Elsa entonces.
Kristoff se limitó a asentir y a posar un beso en la frente de su prometida. Anna habría preguntado el motivo de la charla íntima entre Kristoff y Elsa, pero tenía demasiado sueño para eso. Al día siguiente se enteraría. Refugió su cara durante unos segundos en el cuello de su prometido, aspiró profundamente, le dejó un suave beso y salió de la sala acompañada de Olaf dispuesta a dormir hasta que no le quedase más remedio que levantarse de nuevo.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Elsa sin rodeos según oyó cómo Anna cerraba la puerta.
—¿De qué me hablas?
—No te hagas el tonto. Lo he notado. Llevas todo el día actuando extraño conmigo. ¿Estás enfadado?
—No es nada, ¿de acuerdo? —contestó Kristoff algo molesto por ser tan fácil de leer—. No le des vueltas. Me voy a la cama.
—O sea, que estás enfadado. ¿Te he hecho algo?
—En serio, Elsa. Déjalo. No es nada importante. Todo está bien.
—No, no está bien. Si te he hecho enfadar, quiero saber por qué.
—No, no quieres saberlo. Buenas noches.
Kristoff se giró hacia la puerta, pero Elsa tiró de su bata dispuesta a enfrentar aquello, fuese lo que fuese. Kristoff nunca se enfadaba. Le habían forzado a hacer un viaje peligroso, habían quemado sus pertenencias, habían cambiado completamente su estilo de vida, le había congelado el corazón a la mujer que amaba, había mostrado cierto grado de desprecio ante sus tradiciones familiares, había acaparado a Anna todo lo posible, había puesto Arendelle patas arriba… y jamás se había enfadado. Siempre había sido comprensivo y siempre había estado dispuesto a tenderle una mano. ¿Qué había hecho capaz de enfadar a un hombre tan manso?
—Necesito saberlo.
Kristoff se giró despacio y su mirada reflejó una mezcla entre resignación y temor. ¿A qué le temía?
—Está bien. Puede que esté enfadado contigo. Pero no es por nada que se pueda cambiar y no tengo intención de estropear nuestra relación, eres muy importante para mí. Así que, por favor, simplemente dame tiempo para que se me pase.
Algo se encogió en el pecho de Elsa al oír esas palabras, pero no estaba dispuesta a rendirse. Si en algo se parecía a su hermana era en la buena dosis de cabezonería que la caracterizaba.
—Sea lo que sea, no lo puedo dejar así, Kristoff. Si te he hecho daño, quiero enmendarlo. Por favor.
—No me has hecho daño. A mí no me has hecho nada.
Mierda. Ya había hablado más de lo que quería.
—¿A ti? Entonces, ¿a quién?
Kristoff se sentó de golpe en el sillón y escondió su cara entre sus manos.
—Sólo…
—¿Sí?
—Sólo me gustaría que pensases más en ella.
—¿En Anna? —preguntó Elsa sorprendida. Ella siempre estaba pensando en Anna.
Kristoff asintió sin retirar las manos de su cara.
—¿A qué te refieres?
El muchacho retiró las manos arrastrándolas hasta su barbilla y resopló.
—No sé cómo explicártelo.
—Pues intentalo.
—Cuando… —Kristoff buscó en sus recuerdos la causa de sus sentimientos y se dio cuenta de que era un remolino cargado que no podía ser fácilmente explicado, pero intentaría exponerlo lo más claramente posible.— Cuando fuimos al bosque encantado… Anna tenía miedo.
Elsa tomó una silla y se sentó frente a Kristoff dispuesta a escuchar atentamente cada una de sus palabras.
—Nos estábamos metiendo en una aventura absurdamente peligrosa, pero ella sólo temía por ti. Parecía intuir lo que iba a pasar.
—Kristoff… lo siento. Sé que os metí en un lío. Pero fuisteis vosotros los que decidisteis venir. Yo no quería poneros en peligro.
—No va por ahí la cosa. De ningún modo te habríamos dejado sola. Por mucho que tengas el inmenso poder que tienes, uno nunca sabe cuándo le puede hacer falta una mano amiga.
—¿Entonces?
—Ella estaba pensando en ti. Y tú… Tú también estabas pensando en ti.
Elsa alzó las cejas sorprendida. No se esperaba esa declaración. ¡Si se aventuró en aquel viaje fue para proteger Arendelle! Vale, quizás aquello no habría pasado si ella no se hubiese dejado arrastrar, pero resultó ser para algo bueno. ¿Dónde estaba el problema? Sin embargo, algo le decía que tenía que seguir escuchando para entender.
—Tomaste su mano y le prometiste que lo haríais juntas. Pero estabas muy ocupada pensando en lo que sentías que tenías que hacer como para cumplir con tu palabra. Primero te entraron las prisas y me dejasteis atrás.
Así que era eso.
—Kristoff. Lo lamento. Sé que aquello no fue muy considerado contigo, pero debíamos irnos del campamento para no atraer a los gigantes.
—Eso lo entiendo perfectamente. Pero, quizás, dedicar medio minuto a preguntar dónde estaba yo, habría ayudado a que Anna no viviese en la más absoluta soledad el momento más difícil de su vida.
Ahora era ella la que se estaba enfadando.
—Quizás si no hubieses estado perdiendo el tiempo pensando en cómo pedirle matrimonio en una situación así, habrías estado cuando hacías falta.
Ups. Aquel no era el tono que quería usar con él. Sin embargo, él no pareció molesto. Todo lo contrario. Selló sus labios y asintió.
—Es cierto. Yo tampoco estuve a lo que debía estar. Necesitaba que ella supiese lo que sentía, que nunca estaría sola y que correría las aventuras que hiciesen falta a su lado, pero no me centré lo suficiente en la tarea que teníamos entre manos. Tienes toda la razón. Y me arrepiento por ello. Sin embargo, sigo pensando que no se habría perdido tanto por dedicar unos minutos a averiguar dónde estaba y buscarme. Habría sido más útil de lo que fui.
—¿Más útil? ¡Salvaste su vida!
—¡Por casualidad! ¿Y si yo no hubiese estado por esa zona en aquel momento? ¡Ella habría muerto bajo el pie de un gigante y Olaf y tú seguiríais muertos también!
Elsa tragó saliva. No le gustaba pensar en lo que podría haber sido.
—¡Pero no es mi culpa que ella se echase a los gigantes encima! ¡Había otras formas de destruir la presa!
—¡Por supuesto que las había! ¡Pero no para una persona en solitario!
—¡No tenía por qué hacerlo sola!
—¡Pero se sintió sola! ¡Tú no estabas! ¡Olaf se había ido entre sus brazos! ¡Y yo me había ido de su lado sin dar explicaciones! En ese momento de desesperación y dolor… ¿qué le hacía pensar que podía contar conmigo? ¿Qué le hacía pensar que podía contar con alguien?
Kristoff apretó los puños con fuerza. El dolor de imaginar lo que Anna debió vivir en aquellos días, era demasiado fuerte.
Elsa empezó a sentir cómo sus lágrimas se arremolinaban en sus ojos, pero apretó los labios y las contuvo. No era momento de llorar. Necesitaban hablar de aquello; ambos lo necesitaban.
—Es cierto. No debí presionar a Anna. No debimos salir sin ti. —Y no debiste alejarla de ti. No así.
—¿Qué?
—La barca.
—Kristoff, ¡debía atravesar el mar Oscuro! ¡¿Cómo esperabas que la llevase conmigo?!
—No esperaba que la hicieses cruzar el mar Oscuro, esperaba que no la lanzases ladera abajo a toda velocidad sin saber dónde o cómo iba a aterrizar. ¡Se podría haber matado!
Elsa se mordió el labio y agachó la cabeza ligeramente. Tenía razón. Toda su vida escondiéndose para no dañar a Anna para luego arriesgar su vida de esa forma tan miserable.
—Lo admito. No estaba pensando con mucha claridad. Debo disculparme con ella.
—No estabas pensando en absoluto. ¿Te paraste a pensar si ella quería ver morir a sus padres?
—¿Qué?
—En el barco. ¿Le preguntaste si quiera antes de decidir que ambas ibais a ver cómo vuestros padres se ahogaban?
—Yo… —Aquello también le había pillado con la guardia baja.— Ni siquiera lo pensé. Necesitaba saber.
—Tú lo necesitabas. Estabas pensando sólo en ti. Y, ¿recuerdas lo que pasó después? Ella se volcó en animarte a ti sin importarle lo doloroso que había sido para ella.
—¿Puedo saber por qué conoces todos esos detalles?
—Porque las pesadillas que tuvo noche tras noche no le dejaron más remedio que sacarlo todo de su pecho.
—¿Tiene pesadillas? —preguntó Elsa con la culpa en la mirada.
—Ya no. Hablarlo le hizo bien.
Elsa suspiró aliviada. Luego, se levantó despacio y se sentó junto a Kristoff.
—Kristoff… sé que no hice las cosas de la mejor manera posible. De hecho, probablemente las hice bastante mal. Empezando por el hecho de haber bajado al fondo del Ahtohallan. Recuerdo que Anna no quería dejarme ir sola por miedo a que lo hiciese. Es increíble lo bien que me conoce. Lo siento. No tengo excusa. Sólo… sentía que me llamaba, sentía que debía ir y que debía hacerlo sola. No podía esperar, no podía dejarlo marchar. Era algo que tiraba desde dentro de mí. Ahora entiendo lo que sentía, pero, en aquel momento, sencillamente era demasiado intenso como para contenerlo. Por primera vez en mi vida, era yo.
—Por primera vez y para siempre.
—¿Qué?
—No alcanzo a entender cómo te sentiste, no creo que nadie pueda excepto tú, pero admito que me siento menos enfadado que antes.
Elsa sonrió levemente aliviada.
—¿Pero?
—Pero… ahora tú vives la vida. Eres libre, disfrutas de la vida para la que estabas hecha. Una vida relajada y hecha a tu medida.
—Pero Anna no.
—Anna… Anna ya no tiene vida.
—¿No quiere ser reina?
—No me malinterpretes. Le gusta lo que hace. Le gusta cuidar de su pueblo. Pero, cuando tú lo hacías, la tenías a ella ayudándote. Día tras día quitando peso de tus hombros.
—Y aún así era agotador.
—Ella está sola.
—Eso no es cierto. Ella te tiene a ti.
—Me gustaría poder decir que tienes razón, pero no es así.
—¿Disculpa? ¿No están las cosas bien entre vosotros?
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Nada de eso! ¡La quiero con locura y estamos muy bien juntos! Pero yo no estoy preparado para ayudarla. Estoy aprendiendo a la carrera y hago lo que puedo, pero, de momento, soy una carga más que una ayuda.
—Es sólo una cuestión de tiempo.
—Sí, pero, mientras tanto, ella se duerme por las esquinas. Cada día parece más débil y menos alegre. Temo por ella y, por ahora, no hay nada que pueda hacer para ayudarla.
Kristoff arrugó el morro y una lágrima recorrió su mejilla. El sentimiento de impotencia era lo peor de todo. Elsa le abrazó delicadamente y lloró también.
—Encontraremos la solución. Me hace muy feliz que tenga a su lado a alguien que la ame hasta tal punto. Gracias, Kristoff.
—No hay nada que agradecer. Es ella la que me lo da todo a mí.
—Te quiero, grandullón. Estoy deseando poder llamarte hermano.
—Yo también te quiero, —Kristoff deshizo levemente el abrazo y miró con una pequeña sonrisa a su futura cuñada.— hermana.
La puerta se abrió de golpe y Anna entró casi a galope y se lanzó contra los dos llorando a lágrima viva y uniéndose al abrazo.
—¡Anna! ¡Deberías estar durmiendo! —exclamó Kristoff sonrojándose y algo acongojado pensando en lo que podría haber escuchado.
—Soy la mujer más afortunada del mundo. Gracias a los dos por quererme tanto.
—¿Estabas escuchando? —preguntó Elsa algo acobardada.
—¡Por supuesto que sí! Kristoff llevaba todo el día raro y quería saber por qué.
—Así que soy un libro abierto, ¿no?
—¿No te habías dado cuenta? —preguntó Anna riendo y deshaciendo el abrazo—. Gracias.
Anna acarició con delicadeza la mejilla de Kristoff mientras se aseguraba de que sus ojos le dejasen claro que aquella no había sido una palabra vacía. Luego se irguió y dejó caer su mirada en la de su hermana. Elsa se puso seria. Era el momento de la verdad. Debía disculparse con Anna por todo.
—Anna, yo…
Pero Anna no le permitió hacerlo. Puso un dedo sobre sus labios y sonrió dulcemente como una madre lo haría con su hija.
—Todos lo hicimos mal. Y todos lo hicimos bien. Todos lo hicimos lo mejor que supimos hacerlo en aquel momento y todos hemos aprendido de lo ocurrido. No necesito disculpas. Necesito saber que todos estamos juntos y nos queremos, y ya me habéis demostrado que es así.
Kristoff y Elsa sonrieron abiertamente. Sin duda, Anna era una mujer digna de admiración.
—Bueno, y también necesito un baño caliente y como veinte horas de sueño seguidas.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Yo tengo la solución! ¡Yo sé qué hacer! —exclamó Olaf con un entusiasmo digno de otras horas del día.
—Olaf, ¿tú también estabas escuchando? —preguntó Elsa.
—¡Claro! ¡No podía dejar sola a Anna! ¡Las travesuras son mejores si se hacen en compañía!
—Y, ¿cuál es tu solución, Olaf? —preguntó Kristoff intrigado. Las ideas de Olaf solían ser más lógicas de lo que cabría esperar de alguien tan despreocupado.
—¡Me voy a ir una temporada al bosque encantado!
—Eso es estupendo, Olaf —opinó Anna—, pero, ¿cómo va a solucionar eso el problema?
—¡Porque me voy a quedar sustituyendo a Elsa!
—No creo que sea tan fácil, Olaf… —comentó Kristoff sonriédole al muñeco.
—¡Claro que lo es! En el bosque encantado, le llamé la atención a los espíritus en seguida. Seguro que fue porque sentían la magia de Elsa en mí. Estoy seguro de que podemos entendernos bien.
—No es ninguna tontería… —dijo Elsa mirando hacia el suelo reflexivamente—. Si Olaf me ayudase con el bosque durante una temporada, yo podría ayudar aquí mientras Kristoff recibe su formación y se prepara para ayudar a Anna con sus obligaciones.
—¿De verdad podríamos hacer eso? ¿Lo haríais? —preguntó Anna claramente esperanzada.
—¡Por supuesto! —dijo Olaf disfrutando del repentino abrazo de Anna.
—Claro que sí. Prometimos que lo haríamos juntas, y aquí aún hay mucho que hacer —contestó Elsa apretando la mano de Kristoff afirmándole así que está vez se aseguraría de cumplir su promesa.
—¡Eso es fantástico! ¡Gracias! —exclamó Anna entusiasmada—. ¿Sabéis? —añadió entonces al reparar en el cariñoso gesto de Elsa hacia Kristoff—. En el fondo formáis un buen equipo.
—No podría ser de otra forma —dijo Elsa besando tiernamente la mejilla de Kristoff—, somos la reina de las nieves y el rey de los renos.
—¡Ey! —protestó Kristoff entre risas.
—¡Oye! ¿Voy a tener que ponerme celosa? —bromeó Anna poniendo los brazos en jarra.
—¡Ni hablar! —rió Elsa— ¡No soportaría sus quejas ni un minuto más!
—¡Oye! —protestó él de nuevo.
—¿Sus quejas? —interrumpió Anna—. ¡Prueba a soportar el peso de su cuerpo sobre el tuyo! ¡Eso es peso y no el de un reino!
—¡Anna! —exclamó él completamente avergonzado.
—Vale, Anna, no des más detalles —rogó Elsa algo incómoda—. ¿Qué os parece si nos acostamos y mañana nos dedicamos a organizar tareas? Quizás podría sustituirte en tus obligaciones mientras tú te organizas con Kai para estructurar las clases de Kristoff.
—Me parece una idea excelente.
Anna besó la mejilla de su hermana y se asió al brazo de su prometido.
—De hecho, vamos a empezar ahora mismo.
—¡¿Qué?! —preguntó Kristoff alarmado—. Anna, ahora necesitas descansar.
—Y lo haré, no te preocupes, pero no sin antes enseñarte unas cuantas cosas sobre el francés.
Anna tiró del brazo de Kristoff que la seguía obedientemente sin entender nada de lo que estaba pasando y desapareció por la puerta con una maliciosa sonrisa mientras Elsa, con las mejillas más encendidas que nunca, les veía marchar.
—¡Oh!, así que, ¿Anna sabe francés? —preguntó Olaf inocentemente.
—Me temo que no.
