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Anime: Jujutsu Kaisen
Pareja principal: Gojō Satoru (18 años) x Itadori Yūji (15 años)
Semi AU donde ambos son estudiantes en el Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio
DULCES Y MALDITOS CELOS
La primera vez que lo vio, Gojō Satoru sintió un extraño malestar justo a la mitad del pecho. Odiaba proteger a los débiles e Itadori Yūji no lucía fuerte en absoluto. Lejos de poseer un cuerpo trabajado y, quizá, con más músculo que el suyo propio, todo lo demás era patético. La energía maldita que emanaba no era de él, sino de Ryōmen Sukuna; algo obvio dado que se trataba de su recipiente. Sin embargo, justo eso lo mantuvo al margen de intentar retarlo; vil vasija capaz de retener al Rey de las Maldiciones no podía ser débil.
«¿Qué demonios eres, Itadori Yūji?» se preguntó, sin levantar la mirada asesina que ocultaban los anteojos oscuros.
—Deja de verlo así.
La voz de Getō Suguru, su mejor amigo y compañero de equipo, lo hizo más consciente de su entorno.
—Para la mayoría pasa desapercibido por esos lentes que usas, pero el aura de muerte que desprendes no es fácil de ocultar. Seguro que hasta él se ha dado cuenta.
El Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio comprendía amplias instalaciones. Los alumnos solían agruparse en lugares específicos, como el comedor, donde todo ser vivo, con excepción de Getō, evadía la mesa en la que se encontraban a causa de la energía maligna y corrupta cuyo origen era más que obvio.
—Con estas malas vibras, ¿quién necesita una sentencia de muerte emitida por los altos mandos? —comentó Ieiri Shōko, el tercer componente de esa peculiar triada que se conglomeraba en la mesa.
Buscó a Getō con la mirada.
—¿Qué le pasa? —susurró.
Getō negó con la cabeza. Cuando Gojō se enfrascaba en su mundo, era difícil sacarlo de ahí.
—Hey, mira. —Shōko puso un platito con pudín frente a Gojō—. Si te portas bien y me dejas comer tranquila, te lo regalo.
—¿Hm? —Gojō se giró a medias por curiosidad. El postre captó por completo su atención y sus propósitos perversos se esfumaron como por arte de magia.
Un tic nervioso apareció en uno de los párpados de Getō. Tal vez sí era fácil atraer el interés de Gojō. Tan sólo debías llamarte Itadori Yūji o ser un dulce. Quizás era momento de seguir la estrategia de Shōko y comenzar a llevar caramelos en los bolsillos para entretenerlo como a los niños. No tenía mucho tiempo en que Gojō decidió comer dulces para estimular su cerebro, aunque en poco tiempo se volvió goloso.
—Ya dejó de verte —dijo Nobara, quien se hallaba en una mesa alejada del centro, junto a Fushiguro e Itadori.
Ellos tres eran los únicos alumnos de primer año.
—Tengo el presentimiento de que no le agrado a Gojō-senpai —comentó Itadori, relajando sus hombros con resignación y amargura.
No obstante, no le dio mucha importancia. Tampoco es como si él fuese el único que le dirigiera esa mirada que le producía insólitos escalofríos. Eso sí, él era el único de quien la sensación era anormalmente intensa y persistente.
—No dejes que te afecte —habló Fushiguro—. Es un idiota.
Debido a problemas familiares, Fushiguro llevaba tiempo viviendo con los Gojō, por lo que la personalidad arrogante, descarada y problemática de su superior no era algo a lo que no estuviera acostumbrado. A su juicio, Gojō tenía interés en Yūji, pero era incapaz de acercarse a hablar con él porque el Señor Todos-Me-Idolatran no tenía por costumbre rebajarse al nivel de un ser humano normal e iniciar una plática con un simple «buenos días».
—No es eso —explicó Yūji con total serenidad—. Seguro que por todo lo que pasó, cree que es molesto tener que cuidar de un completo novato en esto de la hechicería.
En parte, aquello era cierto. Yūji fue sentenciado a muerte el día en que ingirió uno de los dedos malditos de Sukuna, pese a tenerlo bajo su control. Sin embargo, que la maldición saliera a flote y aniquilara todo a su paso cuando intentaron exorcizarlo fue un grave inconveniente. La única persona capaz de ponerlo a dormir fue Gojō y por eso mismo le encargaron mantener vigilado al chico las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, con autorización de ser su verdugo si así lo decidía. Por supuesto, Gojō se negó y mandó a los altos mandos al diablo, hasta que Getō le hizo recapacitar… más o menos.
La tensión que crecía entre ambos era visible, palpable y tan densa que se podía rebanar con un cuchillo para servirla en un plato y ser aderezada con estrés. Lo irónico era que Yūji cumplía con sus obligaciones de hechicero y, por voluntad propia, buscaba ser buen discípulo. Gojō, por otro lado, parecía estar inconforme con su progreso y con cualquier cosa que proviniera de él.
¿Por qué?
Era un misterio.
—Tú te llevas bien con él, ¿no? —Yūji se dirigió a Fushiguro.
—Algo así.
Le había enseñado a utilizar armas y a pelear; más que eso, lo usaba como saco de boxeo. Las sesiones que tenía con Gojō y con Maki eran distintas en absoluto. En lo personal, prefería a Maki.
—¿Y siempre fue tan gruñón?
Fushiguro hizo memoria.
—No.
Gojō solía ser molesto, sí, pero bromista y rara vez se tomaba las cosas con la seriedad que requerían. Podía llegar a caer pesado dado su orgullo y arrogancia, aunque no solía odiar a nadie en general. Sin embargo, desde que llegó Yūji, algo se sentía muy diferente en ese hombre albino de ojos penetrantes. Parecía estar a la defensiva.
—Es más como... si tuviera un problema personal contigo —aclaró.
—¡¿Hah?! —La mandíbula casi se le desencaja al escuchar tal declaración.
—¿Acaso le hiciste algo?
—¡No, no, no, no! Apenas me he presentado con él y poco más. Pero no le hecho ni dicho nada. ¡Lo juro!
Fushiguro se llevó una mano al mentón. Eso era extraño. Que Gojō estuviera tan ensañado con Yūji era demasiado incongruente. De por sí, Gojō no solía prestar atención a nada ni nadie que no cumpliera sus expectativas. Lo único que se le ocurría era que Gojō estuviera celoso de que Yūji lo desplazara como centro de atención. Eso podría parecer bobo e infantil, pero tenía muchísima lógica. Más de la que debería.
—¿Quieres caerle bien a Gojō-senpai? —preguntó Fushiguro.
—¡Sí! —No dudó ni un solo segundo en responder.
Si su amigo tenía un plan para lograr su cometido, sería capaz hasta de besarle los pies si se lo pedía como forma de pago.
—¿Por qué? —cuestionó Nobara, fastidiada con todo ese asunto—. Es decir, es irritante y soso, incluso los profesores se quejan de ello. No es un secreto que nadie le dice nada por lo poderoso que es. Parece un pésimo protagonista Gary Stu. ¿Qué tiene de especial alguien así?
—Bueno, verás… —Yūji hizo una pausa.
Sus ojos marrones adquirieron un brillo inusual, que los hizo parecer más claros de lo que en realidad eran, cuando los dirigió hacia Gojō, quien se reía junto a Getō mientras Shōko, divertida, les platicaba algo
—Me han dicho que su carácter no es muy bueno —prosiguió—, pero si en verdad no tuviera nada que ofrecer, no podría sonreír como lo hace, ¿no creen?
Una suave curvatura de ternura le cambió el semblante. Para Nobara, Yūji lucía como una patata, pero en esos momentos, al igual que Fushiguro, quedaron impactados por ese gesto dulce y amable que se percibía más cariñoso y noble de lo que debería.
—Además —agregó—, creo que pasar tiempo con él debe ser asombroso. Después de todo, es el mejor en cada una de las cosas que se propone. Sé que no tengo oportunidad, pero si pudiera, me gustaría que me entrenara alguien como él. —Se emocionó sólo de imaginarlo, mas suspiró resignado y recargó la barbilla en la mesa al recordar que Gojō sí tutelaba a alguien más—. Justo ahora como que te tengo envidia, Fushiguro.
«¡Llévatelo, por favor! ¡Haría tus tareas todo el año si me lo quitaras de encima!» pensó el nombrado. No lo puso en palabras porque Yūji era capaz de hacer hasta lo inenarrable para lograr sus objetivos y no le haría todos los deberes si en verdad le retiraba de los hombros el peso que representaba ser el objetivo de la buena voluntad de Gojō.
Aparte, Fushiguro, que tenía un radar integrado para las relaciones amorosas ajenas, se mantuvo alerta de lo que ocurriría a continuación. Con lo poco que acababa de ver, podría ser que Yūji sintiera atracción por su senpai. Sólo era cuestión de tiempo para que lo descubriera. Lo seguiría de cerca por curioso, no metiche. Una vez más, deseaba comprobar que tenía razón con su reciente deducción. Al paso que iba podría ser coronado como el Sherlock Holmes de la generación.
Pasaron las semanas y el más afectado por la situación de tener que recurrir a Gojō para todo lo respectivo a misiones y hechicería no era Yūji (en parte sí), sino Fushiguro, Nobara, Shōko y Getō.
El problema avanzó hasta tal punto, que el primero en explotar fue Fushiguro durante una sesión de entrenamiento.
—¿Qué pasa, Megumi? No estás practicando lo suficiente —dijo Gojō, luego de esquivar una patada y hacerlo retroceder con otra—. Incluso Yūji puede atacar con la rapidez necesaria para esquivar un golpe de respuesta.
Aunque, en su momento, a Yūji le dijo algo como «¡No entrenas como deberías! ¡Con tu nivel actual no podrías ni protegerte a ti mismo!»
Fushiguro invocó a un par de canes con su técnica de sombras. A Gojō no le tomó más que un chasqueo de dedos el deshacerse de ellos.
—¿Y eso qué diablos fue? Ni Yūji con su pésimo control de energía maldita da tanta pena.
Pese a que Yūji le soltó un «¡Tu control es un asco! ¡¿Para esto me llamaste?! ¡¿Crees que puedes disponer de mi tiempo como te plazca?! ¡¿Heh?!»
Los escasos segundos que Fushiguro ganó sacrificando a sus bestias y escuchando la verborrea ajena, los ocupó para recuperar un arma larga dispuesta en el suelo. No obstante, no sólo fue incapaz de utilizarla de forma correcta a causa del cansancio y los golpes, sino que Gojō, con un hábil movimiento se la arrebató y le golpeó la boca del estómago con el mango de la herramienta.
Fushiguro fue arrojado hacia el otro extremo de la habitación, donde Shōko usó su propio cuerpo para frenar el impacto y evitar que destrozara la pared de madera.
—Por favor, a Yūji le di un triste cuchillo y es capaz de hacer más que…
—¡Cierre la maldita boca de una vez! —bramó Fushiguro, con la voz ahogada en cólera—. Yūji esto, Yūji lo otro, Yūji aquello… Si tanto le gusta Itadori, ¡vaya a joder a Itadori!
Acto seguido, se limpió la nariz con el dorso de la mano, buscando retirar los restos de sangre. Soltó un quejido lastimero al advertir un dolor de los mil demonios en la cara. Shōko le ayudó a levantarse. Era más que obvio que tenía la nariz rota.
—Vamos, Megumi. Puedo tratarte en la enfermería.
Nadie dijo nada hasta que esos dos salieron de la sala de entrenamiento. Entonces, Gojō lanzó el arma al suelo y rebotó con violencia.
—Oye, oye, tranquilo. —Getō se acercó a él—. No me vayas a morder, que no sé si te pusieron todas tus vacunas —bromeó para aligerar el ambiente.
En vez de lograr su objetivo, recibió una puñalada de unos ojos azules, fieros y penetrantes que apenas lograban verse por encima de los anteojos oscuros, los cuales, se habían resbalado unos milímetros, ya fuese por el movimiento o el sudor.
—Es… Es ese chico que… ¡Ah!
Gojō reprimió un grito frustrado y se mantuvo cual perro Pitbull albino durante varios instantes. Poco a poco comenzó a relajar los hombros, los puños y la mandíbula. Se sentó en el suelo. Más temprano que tarde terminó acostado con las manos entrelazadas a la altura del abdomen.
—Toda esta situación apesta. —Levantó un pie y dejó caer el talón contra el piso.
Getō se recostó a su lado, en dirección contraria, de modo que sólo sus cabezas quedaron algo cerca.
—¿Ya te diste cuenta? —preguntó con la quietud de quien acostumbra lidiar con Gojō Satoru.
Como espectador y al haber pasado muchos años con él, no le fue complicado saber lo que estaba pasando.
—¿De que le rompí la nariz a Megumi o...?
—Yūji —esclareció.
—Oh. —No dijo nada más por temor a condenarse.
—Te gusta.
Un vuelco en el estómago no tardó en revolver las tripas de Gojō.
—¿Es muy obvio?
—No para quienes no te conocen a profundidad. Pero sí es muy estresante. —En especial porque Gojō era nuevo en eso de experimentar sentimientos, así que era de esperarse que no supiera lidiar con ellos como una persona normal—. Te exaltas demasiado cuando está cerca. Y respecto a la gente que le habla con regularidad y se lleva bien con él…
Gojō chasqueó la lengua, molesto. Se giró para darle la espalda y no quedar expuesto a una posible lectura facial. Si existía más de una razón por la que esos dos se llevaban tan bien, tal vez era por la habilidad de Getō para saber qué demonios cruzaba por los lugares más recónditos de la cabeza de Gojō. A veces no le gustaba tener ese inútil poder sobrenatural.
—¿No crees que te estás excediendo con Megumi?
—Alguien tiene que ponerlo en su lugar.
Escuchar eso sí fue algo nuevo, por lo que Getō guardó silencio, a la espera de que el otro diera alguna clase de explicación.
—Alguien tiene que hacerle ver que no es lo que Yūji necesita. Y si no soy yo, nadie lo será. ¿Entiendes?
«¿Quién más puede protegerlo si no yo?» dijo para sus adentros. Yūji no dudaba en saltar para salvar a cuantos se le pusieran enfrente, aún si no era capaz de hacer nada por ellos. En comparación a eso, Getō no era muy diferente, pero él tenía la fuerza y la destreza necesarias para darse esos lujos si quería.
No había nada que Gojō odiara más que la gente débil y quienes se metían en su camino. Luego estaba Yūji, que hacía todo lo contrario y pese a los golpes y caídas seguía levantándose.
¿No era absurdo? ¿Que ese chico fuera lo que Gojō más amaba y odiaba a la vez?
Getō abrió los ojos de par en par. No podía creer que ese ser arrogante y de moralidad dudosa estuviera diciendo tales aseveraciones. Tendría que preguntar para corroborar que sus sospechas estaban bien encaminadas.
—Oye, Satoru, ¿acaso estás…?
Vio como las orejas de su compañero adquirían un leve tono rojizo.
—¿Estás celoso de Megumi?
Al no escuchar respuesta durante varios segundos, Getō se incorporó sobre uno de sus codos, esperando analizar mejor la cara ajena, pero su amigo no hizo más que esconderse.
—¡¿Por eso casi lo matas?!
No podía creerlo. El poderosísimo Gojō Satoru experimentaba celos irracionales por un niño que a leguas se notaba era sólo un buen amigo de Yūji.
Gojō no se molestó en justificar sus acciones. Para él, Fushiguro lo traicionó de la forma más vil y rastrera posible. Básicamente, él lo mantenía. Que le pagara con esa clase de moneda era imperdonable, mas no lo echaría a la calle como a un perro. Tenía talento y potencial, de lo contrario ni siquiera se molestaría en gastar su tiempo libre para prepararlo mejor mediante sesiones particulares.
—Cielos, hermano, tienes que aprender a controlarte. —Getō hizo uso de la palabra—. De por sí, los hechiceros no somos muchos, y te quieres cargar a los pocos que hay sólo porque tú no tienes las agallas para hablarle al chico que te gusta.
—Cállate.
—Si no te agrada que te diga tus verdades, haz algo para remediarlo.
Lanzó la mano en un vago intento por darle un coscorrón a ese cabeza hueca. No había violencia implícita y en caso de lo contrario, no le mataría muchas neuronas como para dañarlo más de lo que ya estaba.
—¿Crees que lo estoy haciendo bien? —Era la primera vez que su corazón latía por alguien más.
No sólo estaba inquieto, sino que le agobiaba en exceso el ser incapaz de controlar sus órganos internos con la misma facilidad que hacía con su energía maldita.
No preguntaría si tenía oportunidad. Eso era ambiguo y extraño, como caminar sobre la cuerda floja. Yūji era buena gente con todo el mundo, salvo que te ensañaras lo suficiente con él como para hacer que te odiara, porque ni a Sukuna le dirigía esa clase de sentimiento y eso que era una maldición atávica asesina que aprovechaba la mínima oportunidad para hacerle la vida imposible.
—¿Lo dices porque nunca le has hecho un cumplido, golpeas a sus amigos y siempre le respondes con mala cara? —preguntó Getō con ironía—. No lo sé. Tú dime.
Ahí murió la conversación.
Con el transcurso de los días, los comentarios de «aliento» de Gojō hacia Yūji dejaron de sonar tan hoscos y malintencionados gracias a los sabios consejos y recomendaciones de Getō. Todo lo demás siguió igual. Es más, algunas cosas empeoraron, como los celos.
Las personas que no solían juntarse muy a menudo con Yūji preferían eludirlo, a no ser que fuera inevitable y necesario. Era eso o sufrir visitas de infarto y amenazas de muerte por parte de Gojō Satoru. Cosa que nadie más que él y sus víctimas sabían.
Yūji no se tomó las evasivas a pecho y, por la razón más obvia, supuso que era porque se trataba del recipiente de Sukuna. Él no deseaba el mal a nadie, ni los juzgaba por sus actos. Se limitaba a convivir con sus amigos de siempre y no negarle una conversación o una mano a quien sea que lo buscara.
El lado positivo era que su relación con Gojō parecía estar mejorando. A veces le llevaba comida después de las prácticas. Fushiguro y Nobara los veían de lejitos, y a su juicio lucía como si Gojō hubiera conseguido una nueva mascota a la que debía alimentar.
En cualquier caso, lo dejarían ser, en especial porque gracias a Fushiguro, sus premoniciones raras y sus oídos de tísico, estaban al tanto de lo que sentía Gojō por su ingenuo y optimista amigo. De hecho, sabían más de lo que deberían, porque Yūji también correspondía a los sentimientos del otro lunático. El problema era que aún no lo sabía, no porque fuera un descerebrado en toda la extensión de la palabra, sino porque la escuela no le había dado ni un mísero descanso desde que se inició en ese mundo de maldiciones y pesadillas. Yūji era un gran observador y uno muy detallista, sin mencionar que aprendía bastante rápido, pero justo ese era su punto débil. Prestaba más atención a otros y a su entorno, antes que a sí mismo.
—¡Oh, Fushiguro! —saludó Yūji a la distancia, agitando una mano. Lo hizo con suavidad porque en ambas cargaba algunas compras que realizó junto a Nobara.
«Oh, no. Ya lo esclavizaron» pensó el nombrado.
—¡Ah! ¡Ahí está el esclavo número dos! —habló Nobara, acercándose—. Ven con nosotros.
—Paso.
—Nada de paso. —Lo tomó por el brazo para llevarlo con ellos—. Vamos, vamos. Será divertido.
Yūji asintió. Después de todo, sería la primera vez en su vida que haría chocolate de San Valentín. En realidad, debía ayudar a Nobara, quien requería de sus conocimientos ancestrales como chef empírico. Además, le prometió que podía quedarse con algo de lo que hicieran a modo de pago.
Se metieron a la cocina. Por la hora era de esperarse que no hubiera nadie más allí. Por si las dudas, Nobara clavó un letrero (amenaza) de no pasar (si querías continuar vivo) en la puerta de la entrada. Se recogió el cabello y ató a su cintura un delantal, mismo que consiguió por triplicado para cada uno de sus acompañantes.
Nobara tenía la idea de comprar toneladas de materia prima para hacerlo todo desde cero; cacao en polvo, leche, azúcar, aceite, entre otras cosas. Gracias a los consejos ahorradores de Yūji fue que, al final, optó por conseguir tabletas de chocolate sin chiste ni gracia, para derretir, y muchos moldes de silicón, que le permitirían armar bolsitas con figuras diferentes.
Fushiguro terminó por sentarse en un banquito al medio de ambos para acercarles las cosas que necesitaran, porque Nobara fundía chocolate mientras Yūji lo vertía en los moldes. Asimismo, debía cuidar que este último no se pusiera a comer antes de finalizar.
—¿Esta cosa enorme también? —Yūji señaló una figura de corazón con la cara de un gato al centro.
—¡Por supuesto!
—¿A quién se lo vas a dar? —cuestionó Fushiguro.
—A Maki-senpai. ¿No es obvio?
—¿También puedo hacer uno de estos? —preguntó Yūji.
Eso despertó la curiosidad de los otros dos.
—¿Vas a regalar chocolate? —Fushiguro fue el primero en abordar el tema sin parecer tan obvio.
Nobara le compartió una mirada de «bien hecho», que lució como si un mafioso felicitara a otro por un trabajo limpio y sin testigos.
—Sí, parece divertido —respondió, limpiando una parte de la mesa. Sacar las chispas de colores que derretirían para decorar, pues el chocolate normal ya casi se terminaba.
—Pero es para chicas. Se supone que nuestro turno es hasta Marzo.
—Fushiguro, seamos honestos. —Se colocó una mano en la cintura y recargó todo su peso en un sólo pie—. El chocolate blanco es muy soso y a nadie le gusta. Además, ahorita no tengo nada mejor que hacer y quién sabe si nos ocupen para alguna misión por esas fechas. —Suspiró—. Ay, Fushiguro, ¿por qué no eres un niño normal?
Nobara se cubrió la boca y dejó escapar un sonido parecido a un: pu, pu, pu.
«¡El único anormal aquí eres tú!» Y la otra que no ayudaba, ni por él se estaba sacrificando.
—Muy bien, muy bien. ¿Y a quién le van a regalar?
—Yo —inició Nobara—, a Maki-senpai, Inumaki-senpai, Panda y… Ustedes dos.
Voltearon a ver al tercero en discordia.
—Pienso darle unos cuantos a Nanami-senpai, Getō-senpai, Inumaki-senpai, Panda-senpai, Yūta-senpai…
Fushiguro y Nobara se mantuvieron a la expectativa del nombre de Gojō, pero el condenado de Yūji nombró a media escuela, menos a él.
—¿Y qué hay de Gojō? —habló Nobara, controlando no caer al abismo de la desesperación porque no les soltaba el chisme que buscaban.
En ese momento, Yūji, que levantaba y dejaba caer el molde un par de milímetros para sacarle aire, detuvo sus acciones.
—A-Ah, eso… —tartamudeó—. Pensaba en darle este.
—El más grande —comentó Fushiguro.
—B-Bueno —carraspeó—, me ha ayudado mucho últimamente. Pensé que sería una buena forma de agradecérselo.
«¡Maldita sea!» gritó Nobara para sus adentros. ¿En qué momento pensó que regalar chocolates era una buena decisión? Seguir a Yūji y ver cómo se ponía el asunto era la mejor opción de todas, se mirara por donde se mirase.
Siempre podía ingeniar un plan de respaldo. Encomendaría a Fushiguro la importante labor de grabar todo durante el tiempo que se hallaran separados. Entregaría los chocolates rápido y volvería con alguna botana para apreciar mejor el espectáculo.
El preciso 14 de Febrero, Gojō y Getō recibieron sus respectivos dulces por parte de Shōko y, como cada año, Getō era a quien más presentes le obsequiaron. Dado su carácter tranquilo y mucho más amable que el de cualquiera de sus compañeros de equipo, solía caer muy bien a la gente. Eso sí, las golosinas no eran lo suyo, así que aprovecharía para usarlas como cartas de cambio cuando Gojō se pusiera difícil.
Respecto al rey de Roma, llevaba un buen rato comiendo furiosamente sus chocolates mientras observaba a Yūji a la distancia.
—¿Cuál de todas las endemoniadas arpías le habrá dado esa bolsa? —siseó cual víbora venenosa mientras se mordía la uña del dedo pulgar.
Yūji cargaba con una bolsa de regalo color verde limón, que era donde llevaba lo que preparó junto a Nobara y Fushiguro.
—Oye —dijo Shōko—, tranquilo, viejo.
—Apuesto a que fue Maki.
—No te escucha —respondió Getō—. Lleva así toda la mañana.
—Tengo un terrible presentimiento —mencionó ella, muy resignada con la vida y con Gojō.
Al tiempo, Yūji se acercó a Nanami y extrajo de entre sus pertenencias una bolsita de celofán transparente que contenía pequeños chocolates con forma de gatos, conejos y osos.
En ese momento, Gojō señaló en su dirección y giró la cabeza casi imitando a la niña de El Exorcista.
—¡Es de Yūji! ¡Yūji le dio chocolates a Nanamín!
Los otros dos cansados mosqueteros que lo acompañaban a todas partes se limitaron a rodar los ojos. Estaba claro que ese hombre no tenía remedio.
—¡¿Y ese gesto qué es?! ¡¿No ven que tenemos un problema?!
—Tienes —corrigió Getō, siendo ignorado de manera olímpica.
—¡Este es el inicio de una tragedia! Seguro que Nanamín pensará «oh, Itadori tiene sentimientos por mí, así que esta es mi oportunidad para declararle lo que siento y llevármelo lejos de aquí, así Gojō nunca volverá a verlo en la vida». ¡Entonces se pondrán a trabajar como aburridos oficinistas y adoptarán tres niños llamados Tatsuya, Mei y Himiko, quienes los cuidarán cuando estén viejos y cansados en su lecho de muerte! —soltó el guion teatral sin detenerse a inhalar el oxígeno que requería para vivir.
Su respiración se volvió pesada y acelerada, similar a la de quien corre un maratón. De no ser por sus característicos lentes oscuros, la desesperación en su rostro sería tanto cómica como preocupante.
—Wow —dijo Shōko—. ¿Si conseguimos que te dé unos chocolates también desaparecerás de nuestras vidas? Porque si es así, suena muy tentador.
—¿Puedo ser padrino de uno de tus niños? —preguntó Getō, levantando la mano en el proceso.
—¡Sean serios por una vez en sus vidas! ¡¿Quieren?!
Getō y Shōko intercambiaron miradas. El único ridículo y melodramático era Gojō, a quien abandonaron a su cruel y trágica suerte. Entonces, decidió ponerse manos a la obra. De él dependía solucionar el horrible y soporífero futuro de Yūji.
Cualquier persona cuerda y en pleno uso racional de sus cinco sentidos (tal vez uno extra) se acercaría a hacer plática. Gojō estaba a medio camino entre eso y lo absurdo. Con algunos, como Nanami, llegaba como si se tratase de un niño pidiendo permiso a una mamá para que dejara a su amigo salir a jugar. Dependía mucho de su estado de ánimo y la persona a quien se dirigiese. En el caso de Yūji…
—Oi, oi, oi. —Gojō cortó el paso de su objetivo estampando un pie contra la pared y que fungiera como barrera—. ¿A dónde crees que vas?
—¡Gojō-senpai! —enunció Yūji, ignorando que su superior tenía el ceño fruncido y, por experiencia, deducía que se cargaba un humor de perros—. Qué bueno que lo encuentro. Quería darle algo.
Gojō no fue capaz de reclamar. De hecho, relajó la zona en la que sus cejas amenazaban con juntarse por la presión de la ira. Estiró el cuello cuando el chico metió la mano en la bolsa, pero éste giró el cuerpo para no dejarlo ver.
—Cierre los ojos y extienda las manos.
Gojō soltó un leve gruñido, pero hizo lo que el otro pedía.
Yūji levantó los anteojos y en ese momento su senpai abrió los ojos.
—¿Qué estás…?
—Me aseguraba de que tuviera los ojos cerrados, así que hágalo de nuevo y esta vez sin trampas.
Aunque invadir el espacio personal de todo ser vivo no era algo raro para Gojō, su corazón se desbocaba cada que Yūji se acercaba más de lo debido. Por eso no le gustaba encontrarse a pocos centímetros de él; sin embargo, gracias a las sesiones de entrenamiento comenzó a disfrutar de ese extraño y violento mariposeo que le revolvía las entrañas.
Yūji soltó los lentes. Se preguntó cómo reaccionaría el otro. No había tenido el privilegio emocionado o feliz por algo que hiciera, así que tenía grandes esperanzas puestas en ese regalo, en especial porque sabía que le gustaban mucho los dulces y por eso preparó el más grande.
—Aquí.
Junto a esa palabra, Gojō sintió algo más o menos pesado.
«¿Una caja?»
—Ya puede abrir los ojos.
A diferencia de las bolsitas plásticas y transparentes, Gojō tenía en las manos una caja roja del tamaño de una libreta, con un moño blanco. Por una de las esquinas sobresalía una caligrafía ni fina ni descuidada que enunciaba:
«Para Gojō-senpai»
Una sonrisa entre asombrada y simplona se dibujó en sus facciones. Yūji se emocionó, porque ese tipo de expresiones juguetonas sólo las había visto de lejos, cuando su senpai se hallaba con sus compañeros de equipo.
Casi de inmediato Gojō adquirió un rostro serio y se aclaró la garganta.
—Más te vale que esto no sea alguna clase de broma.
—¡Claro que no!
Sin importarle demasiado si era de mala educación o no, Gojō abrió el obsequio y se topó con un enorme corazón de chocolate. El centro mostraba un hueco con forma de gato, el cual, Yūji rellenó de blanco y le puso lentes de sol.
«¡Un gato blanco con lentes de sol!» Gojō captó el mensaje de inmediato. Se supone que ese animalito era él, ¿no?
—¿Qué tal? ¿Qué piensa?
—Já. ¿En enserio? —sus palabras adquirieron una tonalidad soberbia y maliciosa por culpa de los nervios—. ¿Acaso crees que podría comerme una cosa así?
Tragó saliva con dificultad. Lucía sabroso, pero sólo de pensar en la persona que lo había hecho le daban ganas de exhibirlo en una vitrina y babear por el resto de la eternidad.
Yūji dirigió la mirada al suelo, intentando que no fuera tan obvia la decepción que lo apuñaló justo en el pecho tras escuchar que a su senpai no le había gustado el detalle.
No es como si no estuviera acostumbrado a los comentarios claridosos y crueles del otro, pero le estaba siendo difícil asimilar el porqué, ese en específico, dolió tanto. Quizá porque no disponía de mucho dinero y tuvo que pagar a Nobara una parte del chocolate.
—Bueno, puede tirarlo o lo que sea. Es suyo ahora. —Se encogió de hombros.
«¡¿Cómo que tu corazón es mío ahora?!» Los ojos de Gojō se abrieron en sorpresa. Justo eso era lo que quería escuchar.
—Con permiso.
—Yūji. —Frenó su andar al tomarlo por el hombro y, con violencia, aunque sin demasiada fuerza, lo estampó en la pared, acortando la distancia con su cuerpo tanto como le fuera posible—. Dame esa bolsa. —Se agachó hasta quedar frente a frente.
—¿Hah? —Apretó lo que le pedía con la mano que la sostenía—. ¿Qué? ¿Por qué? —La más pura y genuina confusión adornó su semblante.
Gojō inclinó la cabeza, lo suficiente para que los anteojos se resbalaran unos centímetros y revelaran esos ojos azules, claros como el agua, y tan perturbadores como cualquier amenaza dicha con el cañón de un arma en la sien.
—Sabes que no soy muy paciente, ¿verdad? —continuó con el ultimátum, sin la intención de que sonara como tal—. Seré bueno contigo y lo repetiré una vez más: Dame esa maldita bolsa.
Yūji notó cómo la temperatura del cuerpo descendió con cada palabra que el otro dijo. Se rumoreaba por los pasillos lo tétrico que podía ser su senpai, pero hasta ese momento, nunca había visto esa faceta suya.
—No —respondió con una mirada decisiva y llena de coraje.
Acto seguido, se escapó por debajo de uno de los brazos de su superior; no obstante, antes de reunir en las piernas la fuerza requerida para darse a la fuga, Gojō estiró un brazo y lo atrapó por el cuello de la ropa, soltando su caja de chocolate en el proceso.
Yūji sintió el verdadero terror. Intentó girar el rostro para darse el lujo de ver por última vez los ojos de la muerte, mas, en su lugar, lo que obtuvo fue un firme abrazo por la espalda.
Por un lado, observó como los lentes de Gojō caían al suelo mientras éste enterraba el rostro en el hueco que se formaba entre su hombro y su cuello. Ese cabello blanquecino y que le hacía cosquillas en la mejilla, estaba tan cerca que pudo oler la mezcla entre las sales marinas del shampoo que usaba y el humo del tabaco que había visto a su compañera, Shōko, consumir cerca de él en los espacios para fumadores.
Percibió como el brazo que se cruzaba por su abdomen se afianzaba casi con tanta fuerza como el que pasaba en diagonal por su pecho y finalizaba en su hombro, donde unos largos dedos se ceñían con vehemencia.
—¿Por qué no lo entiendes? —susurró Gojō con una voz ahogada que, de no ser por la cercanía, el otro no habría sido capaz de escuchar.
Como si la situación no fuera lo suficientemente extraña, Yūji centró sus ojos en la bolsa que sostenía.
—¿Por qué quiere la bolsa?
Gojō soltó un gruñido incómodo desde el interior de su garganta.
—Tiene más chocolates, ¿verdad?
—Sí.
—No quiero que se los regales a nadie.
Sabía que Yūji podía hacer lo que quisiera con lo que adquiría, pero, por alguna razón, una horrible ira se apoderaba de sí cuando imaginaba que no era el único con el honor de gozar de las cosas hechas a mano de Yūji.
—¡¿Y qué voy a hacer con tantos si me los quedo?! —se sobresaltó, de una manera un tanto más dramática y humorística.
—¡Me los comeré yo!
—¡Terminará con un terrible dolor de barriga!
—¡Lo que pase o no con mi barriga no es asunto tuyo!
—¡Sí que lo es! No quiero enfermar a Gojō-senpai.
—¿Y tú qué sabes? Tal vez Gojō-senpai sí quiere terminar enfermo de tanto comer dulces.
—Eso no… —«No tiene ningún sentido.» Fue imposible terminar la oración porque sus palabras fueron interrumpidas con una carcajada.
Gojō se impacientó. Nada que él recuerde haber dicho fue divertido en absoluto. Es más, aún seguía frustrado porque Yūji no le daba el resto de chocolates y no planeaba dejarlo ir hasta que lo hiciera.
Yūji llevaba poco tiempo consciente de lo que su corazón experimentaba por su senpai. Un par de semana atrás escuchó a Nobara y Fushiguro hablar al respecto. No le dijeron nada, mas alcanzó a escuchar lo suficiente antes de adentrarse al cuarto donde se hallaban, pues tenían una tarde pendiente de películas. Desde ese momento en adelante, se desconcentró más de lo que debería dado que la manera en que Gojō lo trataba, lo alteraba y lo confundía. Aunque, justo en ese momento, comenzó a entenderlo. Él jamás había tenido una pareja, ni nadie con quien contar de forma romántica. La idea de entablar una relación era, de cierta manera, peligrosa. Y, quizá, sólo quizá, Gojō padecía de los mismos miedos que él.
Quería pensar otro poco más antes de hacer algún movimiento, cuando sintió los labios de su senpai rozar la piel de su cuello. No era un beso como tal. Sólo estaban ahí, haciendo contacto.
Tragó saliva para darse valor. Soltó la bolsa y exhaló el aire que retuvo de forma inconsciente.
Aclararía las cosas de una vez por todas.
—Sabe, yo tengo un senpai que es muy famoso por su fuerza y su apariencia. Es terco, grosero y arrogante.
A Gojō le cayó cada palabra como una flecha que le atravesaba por la espalda.
—También es molesto, impaciente y le cuesta ser honesto con sus sentimientos.
Gojō separó el rostro de esa piel que acariciaba con la propia y poco a poco comenzó a aflojar su agarre.
Eso significaba que… ¿Para Yūji él no era nada más que una piedra en el zapato? ¿Eso era lo que quería decir?
Negó en silencio.
El chico aprovechó para girarse y elevar sus grandes ojos marrones hasta encontrar los de su superior.
—Aún con todo eso, a mí… —Llevó el índice a rascar con suavidad su mejilla, ignorando el leve rubor que le dio vida a sus facciones—, me gusta mucho esa persona.
A sus cortos dieciséis años, Gojō había sido director de una orquesta llena de cadáveres y desmembramientos dada la naturaleza de su profesión (en la que se encontraba en formación), y ninguna escena le causó tanto impacto como la que acababa de vivir en ese momento.
Luego de varios segundos sin respuesta. Yūji pasó una mano frente a los ojos de Gojō; ya comenzaba a darle miedo eso.
—¿Senp…?
—¡Yūji! —interrumpió de golpe, causando un microinfarto en el muchacho que tenía al frente—. Yūji.
Le tomó del rostro con sus grandes manos y no dudó en hacer lo que hasta ahora sólo se lo podía permitir entre delirios: robarse los labios de su querido Yūji. Del Yūji que le alborotaba las hormonas. Del Yūji que le privaba del sueño. Del Yūji que le producía taquicardia. Del Yūji que era la razón de sus dulces y malditos celos.
«Yūji.» Era la única palabra que podía pronunciar entre beso y beso.
El tan nombrado y repetido Yūji, que fue asaltado por un súbito pánico, hizo uso de su autocontrol para calmarse. Incluso dejó que Gojō se abriera paso hacia su boca con algo que no sabría si describir como desesperación o maestría. Era tan intensa y tan húmeda la forma en que robaba su aliento, que de no gustarle ni estar de acuerdo podría acusarlo con facilidad de cometer un delito.
Era su primer beso. Su primer, apasionante, mojado y fogoso beso. Se distrajo tanto con el sabor de la saliva ajena, que lo único que atinó a hacer fue enredar sus dedos en esos sedosos cabellos color nieve. Ignoró que Gojō, en pleno furor, le colocó una mano en la nuca y otra en la espalda baja, donde algunos de sus finos dedos ya rozaban su trasero.
Se separaron agitados, ansiosos y calientes, más como si hubieran aguantado la respiración bajo el agua, que como una pareja que se da su primer beso candente.
—Podrían vernos —comentó Yūji, siendo el más consciente de su entorno.
—Deja que vean y se les antoje —respondió con una sonrisa coqueta, previo a lamer la comisura por donde escurrió un poco de saliva. La gota resultante se podía ver con claridad ya absorbida por la tela de la playera.
Le besó la mejilla, la línea de la mandíbula, el cuello y de regreso. No podía parar.
—Go-Gojō-senpai —tartamudeó a causa del cosquilleo que producían los labios y la respiración ajena sobre su piel—. ¿Quiere ser mi pareja?
Era una cuestión importante que debía aclarar en ese preciso instante mientras aún tuvieran uso de razón.
—¿Qué dices? —agregó Gojō, divertido—. Si yo ya salía contigo antes de que me lo pidieras.
—¡Ah, caray!
—Sólo que no te lo había dicho...
—A ver, ¿cómo está eso? —Le dio unos golpecitos en el hombro para llamar su atención.
—Y tampoco te habías dado cuenta —ronroneó contra su oído, mordiendo el lóbulo con delicadeza al finalizar.
—Me está ignorando, ¿verdad? —No puso los ojos en blanco porque la situación no ameritaba tanto, aunque sí adquirió una cara plana.
—¡Yūji! —Más emocionado que antes, lo tomó del rostro y juntó su frente con la opuesta—. ¡Vamos a un hotel! (Yo pago)
Muchos podrían pensar que Yūji era un ser de luz, puro e inocente, pero tenía tanta malicia como cualquier adolescente con un celular, internet y cuarto solo a su completa disposición. Podía ser algo lento, sí, mas no estúpido.
—¡Está yendo demasiado rápido, senpai!
—Y espérate a que lleguemos a la cama.
Con un par de palabras, una situación ardiente e irresistible, pasó a ser obscena y ridícula. Yūji intentó sacarse de encima a Gojō, quien, en algún punto, se puso de rodillas por comodidad; lo sostenía por el torso, con una risa bobalicona que dejaba a Yūji en duda sobre si había bromeado con lo anterior o no.
Era físicamente más fuerte que su senpai, lo constató en múltiples ocasiones, aunque la terquedad le daba puntos de bonificación a su resistencia, o algo similar, porque parecía tener ventosas en lugar de manos el muy condenado.
Terminó por resignarse y dar algunas palmaditas sobre la cabeza ajena. Entonces, una brillante idea brotó de sus entumecidas neuronas. Tomó el rostro de Gojō, como había hecho con él unos momentos antes, y le plantó un beso en los labios. No fue profundo ni pasional como el primero, pero tuvo efecto inmediato. Gojō se relajó con el chico entre sus brazos y en ese instante fue que tomó ventaja para escaparse.
Gojō alcanzó a agarrarlo de un tobillo. Por fortuna, Yūji no cayó gracias a su magnífico equilibrio y no supo si eso fue bueno o malo, porque su senpai aprovechó para abrazar su pierna.
—Oh, por favor. —Puso los ojos en blanco—. Le juro que podemos pasar todo el día juntos, sólo déjeme ir a entregar el resto de los chocolates y…
—¡No quiero!
En alguna ocasión a Yūji le llegó el rumor de que Gojō, de vez en cuando, hacía unos berrinches muy raros. Más que confirmarlo, no supo por qué lo dudó en su momento.
—¡Iré corriendo!
—¡Olvídalo! ¿Qué tal si algún chico maleado lo malinterpreta e intenta llevarte a una habitación sospechosa?
—Seamos honestos, la única persona que encaja en esa descripción es usted.
—Me ofendes profundamente. —Se colocó una mano en el pecho, imitando un gesto melodramático muy exagerado.
—¡¿No quería llevarme a un hotel antes?! —Era increíble la manera en que su senpai lograba hacerle cambiar el humor en cuestión de segundos.
—La propuesta sigue en pie. —Guiñó un ojo, levantando el pulgar en el acto a juego con una sonrisa coqueta.
Yūji jaló su pierna para ver si lo soltaba, mas no llegó a nada. De hecho, aunque su tono de voz adquiría altibajos peculiares entre cada contestación, no sentía que estuvieran peleando o discutiendo. Era divertido.
Para el final del día tuvo muchas carcajadas y se la pasó increíble con el hombre que, un 14 de Febrero, descubrió que se trataba de su otra mitad.
