CRIATURAS CELESTIALES
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
Este fic participa en el Reto #54: "I want to break free" del foro "Hogwarts a través de los años"
Una opina que aquello no está bien
La otra opina que qué se le va a hacer
Y lo que opinen los demás está de más
Quien detiene palomas al vuelo
Volando a ras del suelo
Mujer contra mujer
No estoy yo por la labor
De tirarles la primera piedra
Si equivoco la ocasión
Y las hallo labio a labio en el salón
Ni siquiera me atrevería a toser
Si no gusto ya sé lo que hay que hacer
Mujer contra mujer – Mecano
Sólo había estado en la sala de profesores en una ocasión, durante su quinto curso escolar. La profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras de aquel año, Nina Bryce, le pidió que fuera en busca de la profesora McGonagall. Se sintió bastante fastidiado aquel día. Había estado muy ocupado espiando a esos bastardos de Gryffindor y creía estar a punto de averiguar algo de suma importancia. De hecho, se pasó mucho tiempo convencido de que la profesora de Transformaciones interrumpió su investigación a propósito, para proteger a sus queridos alumnos. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces. Para empezar, no irrumpía en la estancia como alumno, si no como profesor de Pociones, aunque se sentía igualmente disgustado. Sabía que no contaba con el aprecio de sus compañeros, pero el director Dumbledore le aconsejó que socializara con ellos.
—Sólo necesitáis conoceros un poco mejor, Severus. Estoy convencido de que llegaréis a apreciaros sinceramente.
No le cabía la menor duda de que aquel hombre era excepcionalmente optimista. Severus Snape nunca fue un alumno al que sus profesores apreciaran. Era solitario, antipático, sabiondo y le gustaban las Artes Oscuras. Estaba convencido de que algunos de sus nuevos compañeros conocían su pasado como mortífago o, al menos, lo sospechaban. Por otro lado, a él no se le daba particularmente bien tratar con las personas, así que esa mañana se detuvo frente a las dos gárgolas de piedra que custodiaban la entrada a la estancia.
Era el primer día de septiembre. Los alumnos llegarían a Hogwarts esa misma noche y Severus asistiría a su primera Ceremonia de Selección como docente. Hubiera preferido pasar todo el día en las habitaciones que el director le había reservado, pero decidió seguir su consejo. Era bastante posible que fuera a pasar muchos años de su vida en ese castillo, así que tenía que empezar a conocer a sus nuevos compañeros de trabajo.
Carraspeó antes de echar mano de la manija de la puerta. Dio dos pasos al frente y entró con decisión. Lo primero que vio fue la chimenea. El fuego crepitaba alegremente y la habitación estaba caldeada. El profesor Flitwick tenía las manos extendidas hacia las llamas y su cabello se había encanecido durante el verano. Sentada en un butacón a dos pasos de distancia, Minerva McGonagall leía un ejemplar de El Profeta. En una de las mesas ubicadas junto a la ventana, la nueva profesora de Transformaciones parecía preparar sus futuras clases, y en el rincón opuesto, Rolanda Hooch y Pomona Sprout jugaban una partida de ajedrez. Severus frunció el ceño. Ignoraba que ninguna de las dos supiera hacer tal cosa. De la primera siempre había pensado que lo único que podía hacer era volar en escoba y a la segunda la encontraba tan estúpida como al resto de Hufflepuffs que habitaban el planeta Tierra. Quizá debiera concederles el beneficio de la duda y considerar la opción de que ambas supieran lo que estaban haciendo.
Dispuesto a no perderse ripio de la partida de ajedrez, Severus saludó a los presentes y se sentó en uno de los sillones disponibles, lo suficientemente lejos de las mujeres para no resultar indiscreto pero lo bastante cerca como para vigilarlas adecuadamente. Le pareció que McGonagall no le quitaba ojo y en un par de ocasiones pretendió pillarla con las manos en la masa, pero la bruja era extraordinariamente intuitiva y no se dejaba cazar. Severus decidió ignorarla y observó a Hooch y Sprout.
La profesora de Vuelo era muchísimo más ducha en esos menesteres. Movía sus piezas con gran acierto y ponía en aprietos a Sprout constantemente. Ganó la primera partida sin demasiada dificultad, aunque durante la segunda su rival pareció espabilarse bastante. A Severus le fascinó descubrir ciertos detalles que jamás había observado cuando era alumno. Hooch tenía el labio inferior despellejado porque se lo mordía constantemente. A Sprout se le escurrían los rizos por la cara y luchaba contra ellos todo el rato. Hooch tenía unas manos feísimas, de dedos pequeños y regordetes. Sprout movía los suyos con gracilidad y elegancia. Hooch hacía comentarios sobre la partida a cada movimiento. Sprout la miraba con ojos brillantes y se reía. Hooch pestañeaba y le sonreía ampliamente. Sprout parecía encandilada por ese gesto.
Un momento. Severus apartó la mirada y se revolvió en su asiento. Todo se había vuelto muy raro e incómodo de forma repentina. Él jamás había considerado que un profesor de Hogwarts fuese un ser humano con emociones y ahora descubría que esas dos mujeres se mostraban afecto mutuo. Y no un afecto amistoso, no. Un afecto que iba un poco más allá y que se parecía mucho a lo que él llegó a sentir alguna vez por Lily. Anonadado ante semejante descubrimiento, se puso en pie y abandonó la sala sin despedirse de nadie. No se dio cuenta de que McGonagall seguía vigilándolo y, aunque hizo ademán de ir tras él, Flitwick la despistó iniciando una conversación sobre el escaso número de nuevos alumnos que recibirían aquel año.
Severus avanzó por el pasillo sin saber hacia dónde dirigirse. Podría haber salido al exterior para tomar el aire, pero hacía un viento espantoso y el cielo amenazaba lluvia. La mejor opción era su despacho. Debía imitar a su compañera de Defensa Contra las Artes Oscuras y asegurarse de que todo estaba listo para comenzar sus clases al día siguiente. Agitó su túnica oscura con brío cuando se dio media vuelta, aunque tuvo que frenarse en seco cuando casi se da de bruces con el mismísimo Albus Dumbledore.
—Severus, ¿has estado en la sala de profesores? —La voz sonó cantarina y despreocupada.
—Sí, señor.
—¿Por casualidad se encontraba allí Rubeus?
Severus necesitó un segundo para comprender que se refería a Hagrid, el guardabosques. Nunca había sido de su agrado. Demasiado grande, tosco y Gryffindor.
—No, señor.
—¡Vaya! ¿Dónde se habrá metido? Debemos ultimar algunos detalles sobre el viaje en barca de esta noche. ¿Recuerdas el tuyo, Severus?
¡Cómo olvidarlo! Sirius Black había estado a punto de tirarlo al agua. Severus apretó los dientes.
—Sí, señor.
—Es una experiencia única en la vida. Yo también recuerdo la primera vez que vi el castillo abriéndose paso entre la bruma, con todas sus ventanas iluminadas y la luna llena brillando en el cielo.
—Disculpe, director. —Severus decidió interrumpir su perorata—. Tengo asuntos que atender.
—¿Tan pronto? ¿Acaso ha ocurrido algo?
—¿Por qué dice eso?
—Se lo mucho que te preocupa enfrentarte al resto del profesorado.
—Puedo asegurarle que todos han sido perfectamente corteses conmigo. No hay ningún problema.
—Entiendo. —Dumbledore se mesó la barba un instante. Le miraba con los ojos entornados y Severus se preparó para utilizar la oclumancia. Estaba convencido de que ese hombre podía leerle la mente—. Pareces desconcertado por algo.
—Se equivoca, señor.
Severus se preparó para reanudar la marcha, pero el anciano brujo sonrió, alzó una mano y la depositó lentamente sobre su hombro.
—Debe ser extraño observar a tus antiguos profesores en una faceta bien distinta a la que estás acostumbrado. No ha pasado mucho tiempo desde que te graduaste y mírate ahora.
Carraspeó, incómodo. El director sólo había captado su turbación a medias. Quizá pudiera haber aprovechado la ocasión para obtener más información acerca de la relación entre Sprout y Hooch, pero no estaba preparado para mantener esa conversación.
—Nos veremos más tarde, director Dumbledore.
No esperó a obtener respuesta. Se alejó dando grandes zancadas, preparado para olvidar lo que había visto unos minutos antes. No era asunto suyo.
—Es una cosecha fabulosa, Rolanda.
Pomona depositó las hierbas sobre la mesa y observó a su acompañante mientras las liaba con papel de fumar. Se encontraban en su despacho. La Ceremonia de Selección había terminado un buen rato antes y, como cada noche, se preparaban para compartir un pitillo y un rato de cháchara. Esa noche procurarían acostarse temprano, puesto que a Pomona le gustaba estar despejada durante su primer día de clases.
Rolanda fue la primera en darle una larga calada al cigarro. El efecto relajante de las hierbas fue inmediato y se recostó en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo. No debería estar allí. Como profesora de Hogwarts disponía de sus propias habitaciones, ubicadas en la planta baja. La cuestión era que quería estar allí, junto a Pomona. Habían empezado a compartir el lecho varios años atrás, después de que su relación fuera demasiado evidente entre el profesorado y Minerva hiciera un comentario sobre lo inadecuado que era andar a hurtadillas por el castillo durante la noche. No existía ningún epígrafe en el reglamento interno de Hogwarts que impidiera las relaciones románticas entre los miembros del personal docente, aunque el director Dumbledore consideraba conveniente que fueran discretas. Ellas procuraban serlo, pero no era fácil disimular el amor que se profesaban. A Rolanda se le notaba en la sonrisa. A Pomona en la mirada.
—No seas abusona y pásamelo. —Pomona le quitó el cigarro de las manos—. Este año hemos tenido una ceremonia interesante.
—¿Lo dices por ese mocoso que se ha puesto a llorar como un tonto?
—Son niños, Rolanda. Estaba disgustado.
—Por ir a Hufflepuff.
—No todo el mundo está preparado para comprender la grandeza de nuestra casa.
Pomona se encogió de hombros. Rolanda chasqueó la lengua. En su opinión, hubiera sido muy adecuado lanzarle un pequeño hechizo al crío llorón. Se había pasado todo el banquete sollozando y suplicando ir a Slytherin porque, en opinión de sus progenitores, era la mejor casa del colegio.
—Además, temo que a la pobre criatura le echen la bronca. Mañana tendré que estar muy atenta para asegurarme de que todo vaya bien. Hay gente que le da demasiada importancia a la selección y pasa toda su vida repitiendo un montón de frases absurdas sobre el significado de haber pertenecido a una de las cuatro casas.
—Yo estoy muy orgullosa de ser una Gryffindor. Y devuélveme el cigarro. Para que luego digas que la abusona soy yo.
Mientras fumaban, charlaron sobre la impresión que les habían causado los nuevos alumnos. Rolanda, que poseía un don excepcional para reconocer a los más rebeldes y traviesos, puso nombre y apellidos a aquellos chicos que tenían más opciones de darles dolores de cabeza. Al terminar, se encontraban relajadas y somnolientas. Rolanda apoyó la cabeza en las piernas de su compañera y ronroneó de placer cuando comenzó a acariciarle el cabello. A Pomona le encantaba que tuviera el pelo tan corto y suave. Cerró los ojos mientras se centraba en el tacto y estuvo a punto de quedarse dormida. Rolanda también.
—Hay una cosa de la que no hemos hablado —comentó para evitar que el sueño la venciera. Rolanda la miró, expectante—. Severus Snape.
—¡Oh, ése! Me da escalofríos. Ya lo hacía cuando era alumno y ahora es peor.
—A Minerva no le inspira ninguna confianza, pero Albus parece estar de su parte. Lo ha contratado, después de todo.
—¿Crees que los rumores sobre él son ciertos?
Pomona dejó de tocar su cabello y pensó largamente en la respuesta.
—Mortífago o no, es el nuevo profesor de Pociones.
Rolanda torció el gesto.
—Apuesto a que será un maestro terrible.
—Horace siempre dijo que era un alumno excepcional.
—Una cosa es que sea un experto pocionista y otra muy distinta que sepa enseñar. Y Severus Snape tendrá muchas cualidades, no lo niego, pero la paciencia no es una de ellas. ¿Qué crees que hará cuando la señorita Willis haga explotar su primer caldero?
Pomona empezó a reírse. Laura Willis estaba en tercer año y ya había organizado una docena de desastres mágicos en las mazmorras. El año anterior intoxicó a la mitad de la clase y le provocó unas quemaduras terribles a Slughorn, quien se había apresurado a plantearse su jubilación.
—Será el primer profesor de Pociones que termine en Azkaban acusado de asesinato.
—¡Ay, Merlín! —Rolanda se incorporó, llevándose las manos a la columna vertebral. De un tiempo a esta parte padecía unos intensos dolores de espalda, herencia directa de sus años como jugadora de quidditch profesional. Las lesiones nunca la trataron bien—. Vámonos a la cama. Estoy agotada.
Pomona cedió enseguida. Aceptó la mano que su pareja le tendía y se agarró a su cintura mientras caminaban rumbo al dormitorio. Sus habitaciones en Hogwarts eran su pequeño hogar. Aunque disponían de una casa de campo en Cornualles, pasaban casi todo su tiempo en el castillo. Con los años, las habían decorado a su gusto y resultaban cálidas y acogedoras.
—¿Crees que Snape ya se ha dado cuenta de lo nuestro? —inquirió Rolanda mientras retiraba los cojines que descansaban sobre la cama.
—Apuesto a que sí. Es un joven muy observador.
—Por eso se ha marchado así de la sala de profesores esta mañana.
—Casi me ha dado pena la cara que ha puesto.
—Ni que fuera la primera pareja que ve en su vida.
Pomona se encogió de hombros. Rolanda ya se estaba poniendo el pijama y ella se sentía cada vez más adormilada. Cuando apoyó la cabeza en la almohada, cerró los ojos y no sintió el brazo que se depositaba sobre su cintura. Rolanda le besó la mejilla y no tardó en acompañarla. Esa noche durmieron bien, como casi siempre. Mientras estuvieran juntas, no podía ser de otra manera.
Hola, holita.
Algunos comentarios sobre este fic.
La canción "Mujer contra mujer" de Mecano entra en la lista de canciones de Mecano que no me gustan, aunque debo decir que es un himno y que marcó una época. Se puede recomendar que la escuchéis, centrándoos en la letra.
La película "Criaturas celestiales" es un film de 1994 protagonizada por Melanie Lynskey y Kate Winslet. Cuenta una historia que no tiene nada que ver con lo que relato aquí, pero me ha venido bien quedarme con su título.
Respecto a la historia, he querido centrar la primera parte en un espectador externo para aprovecharme de la parte de la letra que he citado al principio. A Pomona y Rolanda las shipeo mucho, aunque nunca antes las había escrito. He querido describir una escena cotidiana, propia de una pareja que lleva muchos años de convivencia.
Espero que os haya gustado.
Besetes y hasta la próxima.
