Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi y Sunrise. Esta historia está escrita con el único fin de entretener.

Advertencias: violencia moderada, situaciones de naturaleza sexual.


"No tengo ningún alma para darte; pero si tuvieras un alma, algún día tendrías que morir, y si conocieras el significado de la música comprenderías el significado del dolor, y es mejor ser una criatura salvaje y no morir".

Los parientes del pueblo de los elfos — Lord Dunsany


Paroxismo Histérico

Más allá del solitario camino bordeado por bosques de bambú, Kagura encontró un refugio alejado de los techos del decadente castillo de Naraku y sus paredes que podían verlo y oírlo todo, esas entre las cuales él conspiraba y gobernaba sobre todos ellos como un tirano de motivos clarísimos y futuro incierto. Ahí, ya fuera en los tejados u oculta tras las puertas de papel de arroz, ella también conspiraba, dejando cocinar a fuego lento el rencor que sentía por su creador.

En las habitaciones de aquel lugar Kagura sentía que se asfixiaba, como si el veneno también la ahogara, pero no eran los pestilentes y tóxicos miasmas los que le robaban el aliento, ni los que le provocaban pesadillas y pensamientos espantosos que le llegaban a la mente como crueles intrusos, sino la constante presencia de Naraku y sus truculentos planes en los cuales la usaba como ficha a placer. Le irritaban sus órdenes y la asustaban sus amenazas, siempre siguiéndola a todas partes como una sombra.

Kagura no experimentó el alivio de ver amainadas todas las miserias de su frustración hasta encontrar ese refugio, aquel pequeño claro, uno muy diferente a los imponentes acantilados que se levantaban frente al mar y en los cuales, cuando podía, se recostaba bajo el nocturno manto celeste con su luna y sus estrellas, soñando con una vida en libertad, obligándose a arrancar trozos de hierba con sus manos para no cometer el error de divagar de más y errar sus siguientes pasos; no podía olvidar que ninguno de sus sueños era aún una realidad.

Pero a Kagura le gustaban los espacios abiertos, igual que a las aves que despliegan sus alas al viento, y como ellos, también ansiaba la plenitud del vasto cielo frente a ella.

—Imagina ser pájaro y tener el cielo entero frente a ti —solía decirle a Kanna, quien la miraba con sus ojos negrísimos y vacíos que hablaban a su rebelde hermana, diciéndole que entendía sus ansías de libertad, más no las comprendía. Como Kanna, Kagura se obligaba a tener los pies en la tierra, pues dejarse llevar por los aires significaba perderse, y aunque le dolía luchar contra su propia naturaleza, sabía que tenía que hacerlo si su meta era sobrevivir.

En su refugio no había campos abiertos ni vista al cielo, todo lo contrario: era un espacio reducido, estratégicamente escondido por la naturaleza entre un bosque de bambú y un extenso pantano. Kagura se sentía como en casa. No era tan diferente a la jaula que significaba vivir con Naraku y ser su esclava, pero se sentía segura.

—Si tengo que estar en una jaula, que al menos sea de mi elección —susurró adentrándose al lugar que había convertido en hogar y refugio, y una vez dentro, oculta del mundo, esperó… al final, el único que conocía ese lugar además de ella nunca llegó, y resoplando molesta, se percató de que Sesshōmaru la había dejado plantada. Era la primera vez.

Kagura no se preocupó por él y le importó muy poco lo que sea que le hubiera impedido ir, y al contrario, sintió que después de semanas al fin podía respirar, qué mejor si lo hacía sola.

Ese lugar le encantaba, como pocas cosas en el mundo, por la sombría e inusual belleza que poseía. Sesshōmaru le había dicho que se parecía ella, aunque no dijo por qué ni en qué, más allá de mencionar sus ojos, y en su momento tuvo que admitir que el halago, si es que así lo podía llamar, la sorprendió. Usualmente no cruzaban demasiadas palabras; él era callado, se atrevía a pensar que todo aquello le avergonzaba.

—Tienes los mismos ojos rojos de Naraku —le había dicho la última vez, no sin cierto desprecio al evocar el nombre de su creador. Kagura sintió ganas de echarse a reír al ver cuánto detestaba a Naraku. No podía evitar comparar su odio con el de él. ¡Era tan absurdo! A ella la tenía esclavizada, a Sesshōmaru sólo lo había estafado. ¡Los dramas de los hombres! Pero le venía dando lo mismo; con que lo matara, se daba por bien servida.

—¿Y cómo son? —preguntó con una maliciosa sonrisa. Sabía que no se refería sólo al color.

Sesshōmaru se tomó un momento para pensarlo, y como para responder a todo, la miró directamente a esos orbes intensos y rojizos que siempre lo retaban.

—Crueles y perversos.

Kagura sabía que en muchos sentidos se parecía a Naraku, mucho más de lo que a ella o a su creador les gustaba, ¿pero qué se le iba a hacer?: lo había heredado todo de él, pero ahí, en ese lugar lleno de flores que se ocultaban entre la oscuridad, se sentía muy lejana a Naraku y su infecta influencia.

La primera vez que entró al pequeño claro lo encontró florecido y embellecido por la primavera, perfumado por una fragancia tan empalagosa que embotaba los sentidos. Estaba rodeado de árboles de wisteria tan densos y grandes que parecían tener eones plantados ahí, y sus pesados racimos de florecillas lilas caían sobre ella, tan largos que parecían llover flores, tanto que algunos le rozaban la cabeza y las mejillas. Era de noche, y en su lugar secreto, entre las retorcidas ramas y el denso follaje, apenas se filtraba la luz de la luna llena, y a través del cielo de flores lila su luz adoptaba una tonalidad azulada que se le hacía familiar, no sabía muy bien de dónde, pero la confusa remembranza logró helarle la sangre.

Ligeramente perturbada por el súbito pensamiento, Kagura sacó su abanico y se refrescó el rostro con él, sentándose en un tronco caído. No muy lejos del claro se extendía un pantano rodeado de árboles de baniano que se levantaban, extraños y enormes, con sus raíces colgantes. Algunas tocaban las aguas cenagosas y se hundían en ellas, buscando el suelo para plantarse ahí y engrosarse. Había algo de ominoso y majestuoso en aquellos árboles de múltiples troncos; era como un fondo, o tal vez un escenario… una obra de teatro donde las flores de la wisteria trataban de mantener el protagonismo entre sus propias ramas y troncos retorcidos, formando a su alrededor sombras funestas que se presentaban inoportunas, como una conspiración tras bambalinas, como el actor envidioso que cambia la daga de utilería por una de acero; mientras, la azulada luz de luna reflejada contra las oscuras aguas del pantano, cuya superficie se mantenía quieta y serena, podía fácilmente confundirse con un siniestro abismo.

Kagura contuvo la respiración, sintiéndose traicionada por su propia mente e imaginación; de pronto el lugar le recordó a Naraku, y la luna sobre ella, esa misma luna que adornaba la frente de Sesshōmaru y cuya luz era lo único que podía ver, parecía llegar débil y pobre a través de ese bosque de ramas torcidas y liliáceas flores.

Qué espanto, pensó, porque se preguntaba en cómo carajos la vida se había presentado ante ella con opciones tan pobres, orillándola irremediable a pensar en otros; en otros humanos, en otros demonios, o en otros hombres, mientras intentaba desligarse de todos ellos para no tener que depender ni temer a ninguno. Era absurdo y la hacían sentirse estúpida, y tal vez era tan absurdo como la idea de libertad a la que aspiraba y que Naraku, cínico, tachaba de estúpida por considerarla imposible al ser él su creador y amo. Jamás le daría su corazón, así ganase la guerra.

Tal vez tuviera algo de razón, se dijo Kagura, mientras la visión de la luna se escondía en lo alto del cielo, entre las sombras del follaje; su luz azulada la hacían sentirse abrumada por miasmas infectos.

—No es justo… —susurró, sintiendo una llamarada de ira entre un súbito pozo de miedo—. Ni en mis momentos de soledad puedo quitarme de encima la presencia de ese bastardo.

Sintió un vacío en la boca del estómago, y de pronto se encontró tragando saliva. La noche se oscureció, y un viento que ululaba como un espectro meció los racimos de flores, agitando levemente la negra superficie del pantano, ofreciendo a sus oídos un susurro escalofriante: era una voz que siseaba como un fantasma.

La luna brilló con más fuerza, pero el brillo que se colaba en el claro era velado, azul y púrpura, y se encontró pensando en los miasmas venenosos de Naraku, en su silenciosa obsesión por las telas y las lujosas ropas de costosas tinturas azuladas y purpúreas reservadas para nobles y aristócratas… pero la luz de la luna no llegaba, su brillo no era limpio ni diáfano, sino torcido y corrupto: se reflejaba contra las aguas putrefactas del pantano, y mirando aquel espectáculo de luces y sombras fue que lo supo… él estaba ahí. ¡También estaba ahí y en todos lados! Él era su sombra, esa que se camuflaba entre toda la oscuridad de la noche y el abismo que pesaba sobre ella por haber nacido de su sangre y de su carne.

Kagura se puso de pie e intentó alejarse con cautela, caminando hacia atrás y mirando, con todos sus sentidos alerta, aquel pantano negrísimo. Se alejaba de manera instintiva, como quien mira a una serpiente a los ojos e intenta huir, porque eso era Naraku para ella: una víbora que susurraba amenazas, promesas y órdenes al oído, una araña que los movía a todos y todo con su seda diáfana y viscosa. Era una alimaña, pero una muy astuta que poseía colmillos, aguijón y veneno; una alimaña que sólo necesitaba mudar de piel cada vez que le arrancaban una pata. Se enrollaba alrededor de sus presas, o las atrapaba en su telaraña, daba igual lo que hiciera: al final siempre las devoraba.

Fue muy tarde cuando sintió el roce de la madera enroscándose en su tobillo. La rama la jaló con fuerza y ella cayó de espaldas con un golpe seco que le arrancó un quejido. Lo primero que miró fue el cielo, que parecía caerse sobre ella en forma de racimos en flor, y por un instante quiso creer que todo había sido producto de su torpeza, pero como si lo supiera, como si pudiera meterse en su cabeza, todo a su alrededor respondió con la fuerza de un grito silencioso que caló en sus huesos en la forma de un terror helado que la hizo palidecer.

Vio las retorcidas ramas, como serpientes, viniendo hacia ella, y recordó las cadenas con las que Naraku la aprisionó en su espantoso sótano. Pensó en cuánto esas ramas se parecían a ellas, y también a sus horrendos tentáculos, esos que como castigo la sujetaron de las muñecas y los tobillos, enroscándose en su pecho, en su cintura y su cuello, amenazando con asfixiarla mientras él amenazaba con matarla. A sus ojos, aquellas ramas dejaron de ser cafés, adoptando el color gris del hierro de las cadenas, o la tonalidad verduzca de la carne monstruosa que formaba parte del cuerpo de su creador, y pensó, finalmente, en las escamas suaves de las serpientes apretándose alrededor y contra su cuerpo, igual que lo hicieran alguna vez las cadenas y los tentáculos de Naraku.

Kagura se defendió blandiendo su abanico e invocando su Danza de las Cuchillas. Las ramas se hicieron añicos ante el filo del viento, pero antes de que las astillas cayeran al suelo, un nuevo enjambre de ramas se desenroscó de los troncos de wisteria y fueron tras ella, arrebatándole el abanico de las manos justo antes de cualquier nuevo intento de defensa.

Las ramas la sujetaron de las muñecas y los brazos, de los tobillos y las pantorrillas, dejándole apenas espacio para pelear.

—¡No, no! ¡Déjame! —grito, más que a las ramas, a la fuente que las manipulaba—. ¡Suéltame! ¡Maldita sea! ¡Ya basta!

Agitó sus codos al sentir una rama enroscarse alrededor de su cintura, pasando a través de sus pechos hasta encerrarse alrededor de su cuello, igual a esa noche en la que, ingenuamente, se asomó a ese sótano del cual no volvió a salir hasta mucho tiempo después. En ese momento su horror fue tan grande y caló con tanta fuerza en su cabeza que ni siquiera podía recordar cuántos días pasó encerrada y encadenada ahí.

Cuando las ramas la tuvieron bien sujeta la jalaron una vez por sobre la tierra, luego una segunda vez, y una tercera. Parecía costarles trabajo moverse, y Kagura vio con inmensa angustia cómo la alejaban aún más de su abanico. Su fuerza, aunque demoniaca, no podían luchar contra la madera inusualmente dura de aquel monstruo, ¿y acaso era siquiera madera?

La jalaron una vez más, con lentitud, como si lo disfrutaran. La llevaban por encima de la tierra y la hierba, y Kagura sintió caer sobre su cabeza pequeños pétalos de wisteria; era la única caricia que sentía entre toda aquella consternación y toda esa lucha frenética e inútil.

La jalaron de nuevo, y se dio cuenta de que intentaban arrastrarla al pantano para ahogarla.

—¡No hice nada! —gritó cuando logró romper una de las ramas, liberando su mano derecha. Luchó contra la rama que se apretaba alrededor de su cuello—. ¡No intentaba escapar! ¡Déjame! ¡Suéltame!

No era el trozo de madera el que la ahogaba, sino el terror anidando en su garganta. La rama que se enroscaba alrededor de su tobillo izquierdo subió por debajo de su ropa, reptando en espiral sobre su cuerpo y a lo largo de toda su pierna hasta alcanzar su muslo, en donde se apretó hasta hacerle daño. Sintió su cuerpo tensarse bajo los muchos agarres que la aprisionaban, y finalmente gritó, presa del pánico. La angustia y el miedo eran tan extenuantes e intensos que su cuerpo apenas podía soportarlo. Su vista se nubló, un zumbido en sus oídos embotó el resto de sus sentidos, y luego, la rama en su cuello se apretó un poco más. Finalmente, se desmayó.


Despertó con el rostro contra el suelo. Podía oler la tierra húmeda por el rocío nocturno y el aroma de la alfombra de flores. Aún era de noche y la luz de la luna había perdido intensidad, así como su enorme tamaño: eso significaba que pasaba de la medianoche. A su alrededor todo era más negro que azul o purpúreo.

Le dolía el cuerpo, sentía un escozor molesto en el cuello, en los brazos y las piernas, pero nada más allá de eso.

Aún sobre el suelo miró de reojo el pantano: las ramas que la habían atacado estaban ahí, quietas, tal y como las encontrara desde la primera vez que entró a ese lugar, y se preguntó si tal vez se había quedado dormida. Después de todo, la idea de ramas aprisionándola e intentando ultrajarla sólo podían provenir de un mal sueño.

—No sería la primera vez que tengo pesadillas —dijo aturdida, cerrando los ojos.

¿Y qué te hace creer que sólo fue una pesadilla? —Una voz grave y perversa susurró contra su oído, una voz que la hizo temblar y ahogar un grito.

Se irguió sobre el suelo, de golpe, pero a su alrededor no encontró nada ni nadie. Estaba sola. Naraku se había ido. ¿Realmente había estado ahí? Habría podido jurar que escuchó también sus pasos sobre la tierra y las flores, incluso persistía en ella la sensación de unos dedos acariciando su cabello. Oía el eco de su pérfida risa dando vueltas a su alrededor, incrustado en el viento que ella controlaba, como una burla al sello que marcaba su origen y creación. Eran sus palabras y su risa acompañándola siempre, como su sombra. No estaba ahí, pero era como si viviera dentro de ella.

Sintió un cosquilleo en su pierna izquierda, la que en su delirio vio aprisionada por las monstruosas ramas. Kagura se levantó el kimono de golpe, encontrándose con una araña negra descansando en su muslo. Un escalofrío desagradable le recorrió la columna al pensar en la absurda idea de esa araña penetrado entre sus piernas.

Le dio un manotazo mientras su rostro se descomponía en un gesto de asco, arrojándola a la hierba.

—Sí fue una pesadilla —afirmó, alcanzando su abanico y apretándolo contra su pecho, mirando el sitio donde la araña aterrizó—. Tuvo que serlo…

No era la primera vez que tenía pesadillas que involucraran a Naraku y sus espantosos métodos de control y tortura, sin embargo, pensó angustiada, jamás despertaba de ellos lastimada, ni con marcas enrojecidas alrededor de sus muslos, no como las que en ese momento se miraba ahí, sobre una cama de flores de wisteria, sola y apenas iluminada por un débil brillo de luna. Estaba sola.

Entonces se dio cuenta de que jamás escaparía de Naraku, hiciera lo que hiciera, fuera a donde fuera, así se escondiera dentro de un refugio, de una jaula o de un castillo lleno de miasma y muerte, oculta entre paneles de papel de arroz y con una vela iluminando el pozo de oscuridad que la vio nacer; lo llevaba sobre ella, en el interior de ese corazón tan anhelante como pérfido que él mantenía cautivo y que aun así clamaba por el viento porque le pertenecía, sí, únicamente a ella, incluso si estaba dentro de él, o ahí mismo, siempre a su alrededor, como si fuera ella; Kagura era su reflejo y su campo de juegos, y era por eso que una parte de él la odiaba como no odiaba a ninguna otra de sus creaciones, porque Naraku sabía, que en sus pesadillas, ella podía sentir los resquicios del fuego ardiendo en la cicatriz de araña que ambos compartían y les deformaba la piel de la espalda.


—Tardaste —le reprochó Naraku al verla regresar.

—No tanto… —respondió, sorprendiéndose a sí misma por la respuesta tan directa y despreocupada. La realidad es que Kagura era de las pocas personas que podían permitirse hablarle con tanta familiaridad. Sólo los dioses sabían por qué él lo permitía, pero a Kagura poco le importaba, estaba demasiado distraída mirando la luz que se filtraba en la ventana tras Naraku: era la luz de la luna, pero a través del campo de protección y las nubes venenosas que lo inundaban todo. La luz se teñía púrpura, e incluso notó en ella algunos matices azules; era una luz corrupta.

Miró desconcertada a Naraku, pero por la mirada de malicioso placer que él le dedicó, supo que su estado de turbación era más obvio y expresivo de lo que hubiese querido… y para su desgracia, las diversiones y placeres de Naraku siempre habían sido siniestros, pues él, más que pesadillas, era más asiduo a las fantasías perversas y mezquinas.

—¿Cómo has dormido, Kagura? Te ves algo… agotada. Aturdida.

Más que una pregunta, aquello fue un siseo que se escurrió por sus labios en la forma de una sonrisa malévola. Tuvo que morderse la lengua para no insultarlo.

—He tenido pesadillas —admitió como si fuera cualquier cosa. Ciertamente la podía asustar, pero también la había enseñado a jugar el juego que a él le gustaba y que, al final, era lo que siempre buscaba.

—Qué mal —Aún sonreía, divirtiéndose, mirándola a los ojos y estudiando con malicioso descaro cada uno de sus movimientos. Kagura lo notó y no dispuesta a dejarse intimidar más, le devolvió la mirada. Lo que encontró fueron los ojos de una serpiente de la cual esta vez no estaba dispuesta a huir—. Debe ser porque tienes una imaginación muy oscura.

Cuando Naraku la mandó retirarse, Kagura pensó en algo, una mezcla de idea, reto y afirmación, que se incrustó en ella como una astilla en el corazón que no poseía, mientras sentía desaparecer los moretones y rasguños de sus piernas y brazos bajo su ropa: no, Naraku no estaría con ella por siempre, se desharía de su presencia algún día, aunque se dejase la piel y la vida en ello.

Sí, un día caminaría por una alfombra de flores a campo abierto, sin esconderse, sin su constante presencia acosándola, así fuera el último día de su vida. Y lo haría pagar: un día el viento, en venganza, destruiría todos aquellos lugares que piso y corrompió, y más pronto que tarde le restregaría que su corazón, su cuerpo y su alma no le pertenecían a nadie más que a ella, aunque las cadenas la sujetaran o las arañas pasearan por sus muslos y le quemaran la piel de la espalda.

Esa noche volvería al claro rodeado de wisterias en flor custodiado por el pantano y sus retorcidas ramas que, celosas, escondían del mundo los frutos de la primavera, naciendo desde hace eones más allá del viejo y solitario camino bordeado de bambú.


¿Alguien por ahí después de tantos años?

Han pasado unos cuatro o cinco años desde la última vez que escribí y publiqué un fanfic. Decidí centrarme en escribir mis propias ideas e historias, y la verdad no me está yendo tan mal, pero extrañaba mucho esto, así que decidí regresar a los fics. No creo volver a ser tan prolífica como años atrás, actualmente tengo otras prioridades, pero me gustaría publicar por aquí de vez en cuando explorando parejas y géneros nuevos, como el terror.

En fin, decidí regresar con un triángulo amoroso, tal vez un poco raro, entre Sesshōmaru, Kagura y Naraku; ya saben, no importa cuánto tiempo pase, siempre me gustará el crack. La historia se me ocurrió por las fotografías de un cosplay de Kagura rodeada de flores de wisteria (la que acompaña la portada), y tengo que aclarar que aunque este fanfic está marcado como oneshot, básicamente es parte de una trilogía: este primer oneshot trata sobre Kagura, el segundo, que publicaré en una semana, sobre Sesshōmaru y Kagura, y el último será sobre Naraku. Los escribí de manera que se puedan leer individualmente y aún así entenderlos, pero la historia se aprecia mejor si se leen los tres.

Si llegaron hasta aquí, ¡muchísimas gracias por leer!

Me despido,

Agatha Romaniev