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El sol se abre paso entre las cortinas, espolvoreando, poco a poco, de luz su habitación. Hinata se remueve en su cama, hacia la izquierda, hacia la derecha. Frunce el ceño, aprieta sus labios en una fina línea de disgusto, extiende sus dedos fuera de las sábanas. Se incorpora pesadamente y un lánguido suspiro se desliza por sus dientes.
Un nuevo día, nuevas emociones, nuevos miedos. La sangre fluyendo en sus venas, sus huesos pesados, la carne tensa, la expectación y los nervios consumiéndolo entero. Tienen un partido, uno importante —siempre es importante, se dice, pero no puede negar que ese día hay más en juego que otras veces—, que le revuelve las tripas y sacude su corazón como una ventisca.
Internamente lo ha estado esperando, no el juego, no la adrenalina de los ataques rápidos —no tan ataques y no tan rápidos como serían con él, se recuerda siempre—, ni siquiera las recepciones, las salvadas a último momento, los saques espectaculares, el sonido del balón golpeando el suelo como una fuerza absoluta. Nada de eso es lo que más desea en ese momento, porque su cabeza no deja de traer ese nombre, de arrastrarlo desde las bases más nostálgicas de su memoria, recordándole —en vano, porque él nunca ha dejado de estar entre sus dedos— que existe alguien a quien tiene que vencer. Y esta vez, Hinata no piensa dejar el marcador empatado.
La sonrisa brota como las flores en la primavera, como el viento veraniego que sacude las sábanas tendidas en las terrazas más altas, como el mar tratando de alcanzar la arena escurridiza. Espontáneo. Natural. Esa sonrisa que aparece en su rostro cada vez que el chico de ojos azules se le escapa de las manos hasta hacerlo tangible frente a sus ojos, como si pudiera sacarlo de su mente luego de pensarlo tanto.
Porque no ha deseado nunca antes verlo con tantas ganas, ahora que está a pasos de encontrarlo otra vez, frente a él. Su nombre se le escapa entre suspiros, entre risas de recuerdos divertidos, entre lágrimas breves de extrañarlo tanto.
El tiempo corre más rápido, aliado fiel de sus deseos cada vez más crecientes de verlo, tanto como corre él hasta llegar allí. El aroma en el aire, ese por el que siempre volvía en sí cuando los nervios le apretaban el estómago, ahora ni siquiera era perceptible para sus sentidos alterados. Sus ojos buscando, sus oídos escuchando los nombres que se escapaban de la multitud, sus manos rebosando de calidez que pretende marcar en las manos de él, hasta dejarlo tan lleno de sí mismo como él lo ha estado hasta entonces.
Y entonces solo son pasos, escasos, tangibles si se los observa bien. Una distancia tan reducida que su corazón parece haber salido de su lugar usual, como si el mismo tuviera muchas más ganas de verlo que él. Respira, sintiendo su perfume, sus anhelos esparcidos en el aire. Las ganas de verlo, también, mutuo como sabía que sería —aunque, en el fondo, las dudas lo carcomían a veces. Estaba frente a él, después de tanto tiempo que lo creyó imposible, el desborde de sentimientos mayor al que hubiera imaginado. Saturando, doliendo. Lo tenía tan cerca y sus piernas no eran capaces de moverse hasta alcanzarlo, hasta enroscarse en sus brazos, hasta asfixiarse con su aroma, con sus deseos.
Un paso, luego dos. Temblorosos, dolorosamente lentos. El brillo de los ojos azules, como antes, como los recordaba, como los que soñó tantas veces con ver de nuevo. Un paso más, y aspiró la calidez que desprendían esas manos, el movimiento nervioso de los dedos largos, los cabellos oscuros crispados de desesperación.
—Kageyama —el nombre se deslizó por su garganta, ansioso, tenue, lloroso.
El último paso los tumbó a los dos, enroscados, entre risas y llantos, entre el público sorprendido, emocionado. Las voces lejanas de sus antiguos compañeros, el grito de brío de los actuales. Los insultos de Tobio contrastando con la suavidad con la que le tomaba las manos entre las suyas, dejando caricias marcadas como tinta imborrable. Un te extrañé muriendo en los labios encontrados.
