Disclaimer: ©Shingeki no Kyojin/進撃の巨人, sus personajes y trama son propiedad de su autor, Hajime Isayama. Yo tan solo realizo este FanFic por diversión, sin ánimos de lucro.
Advertencia: Universo Alterno| Uso super descarado delOoC | Mención de muerte canónica de personaje mayor| Crack |Mpreg| Ereri implicito| Algo como horror psicológico.
Notas iniciales: Me costó mucho hacer este FanFic. No en sí cómo desarrollarlo, sino de darle ese toque que imponía la temática. Porque este es un FanFic de Halloween y día de muertos.
Ustedes dictarán el veredicto final.
Espero les guste.
Por favor lean las notas finales.
The C(u)oming
—
(...)
¡Caw!
El eco del graznido desde las copas de los árboles lo saca de su ensimismamiento y lo hace apartar la mirada del océano que se mueve en una cadencia interminable, rompiéndose contra las murallas.
Las nuevas que hay allí.
Dividiéndolos del mundo nuevamente.
Un muro de colosales de arena y cristal, inmóviles y con los ojos fijos a un horizonte irreal, hacia aquella tierra donde aún el humo del retumbar continúa.
Proyectan una sombra asfixiante sobre el agua, volviéndola oscura. Como si fuera un gran abismo. Parece una boca abierta, hambrienta. Siempre tiene hambre.
A Levi le asustan. Pero también le recuerdan a él.
A Eren.
En sus últimos momentos.
Hace dos meses ya.
Los mismos que tienen las murallas allí.
Levi inhala profundamente, sacude la cabeza y aprieta las riendas de la carreta, apurando al caballo, aunque el pobre animal resopla pero no avanza más rápido al paso que lleva.
Nieva.
Una tormenta inusual de nieve húmeda y pesada.
¡Caw!
El graznido atraviesa la ventisca. Se escucha más cerca. Sobre el camino. Da una miradilla en rededor, y le alcanza a ver; una pequeña sombra reptante se desliza hacia adentro de los árboles descarnados.
Allí está, como lo ha hecho desde hace semanas.
Siguiéndolo. Vigilándolo. Acosándolo.
Esa jodida extraña ave que apareció una mañana después de que despertará de una pesadilla sofocante por los recuerdos dulces eviscerados en espanto; y que se había posado medio escondida entre las ramas del álamo frente a su ventana y se había hecho a conocer con su espantoso graznido; y desde entonces ha permanecido.
Su presencia le saca escalofríos, le genera la misma sensación de temor que esas malditas murallas, y a veces Levi cree que ambos están entrelazados, tanto como lo que lo es el motivo que lo ha llevado a hacer este viaje.
Si es sincero consigo mismo, y aunque sea algo retorcido, le gustaría que fuese así, pero entonces solo tiene que verse bajo la ropa y desea que no lo sea. Que todo sea solo una coincidencia. Porque entonces sí es verdad, existe la posibilidad de que lo que ocurre significaría que la incertidumbre no ha pasado, y que la esperanza es un horror.
Se muerde los labios y vuelve la mirada al sendero, dejando que tales pensamientos se deslicen hasta sus pies, donde imagina pisarlos con saña.
Un copo de nieve le cae en la nariz y Levi le da un resoplido para apartarlo. Una invisible ráfaga se desliza desde el suelo y sube en espiral, llevándose el copo y dejándole la piel de gallina, así que se acomoda mejor la bufanda, que desgastada como está no ayuda mucho. Es una cosa vieja, que ya no debería usarse, porque ya no sirve para guardar ni calor, ni tampoco evocar el recuerdo por el que se mantuvo a través de los años.
Ese estúpido pedazo de tela que ya había sido desechado, pero que Levi recogió en secreto.
La bufanda atesorada por Mikasa, y que una vez fue de Eren.
Hilos de memorias de lo que una vez fue y no volverá ser.
Que estúpido soy, se dice, deseando correr pero poniéndome las cadenas a mí mismo.
Suelta una risita vacía que se funde con otro graznido. Este viniendo del frente. Confrontándolo.
El sol está cayendo entre las líneas del bosque proyectando sombras retorcidas y del otro lado, encima de la cabeza de los colosales, oculta entre la desvencijada claridad y las nubes de la tormenta, la luna es una sonrisa afilada y siniestra.
¡Caw!
El graznido se pierde en un aullido del viento.
...
Es hasta casi al anochecer que alcanza el desvío despejado de nieve que lo lleva a lo profundo del bosque. Una escarpada cerca del acantilado donde el océano invernal impregna el aire con su olor salitre.
Entre la arboleda y la niebla es difícil ver, pero una vez llegada a la cima, se da cuenta que hay un claro. Coronándolo hay una cabaña desde donde emerge una fumarola de vapor a través de la chimenea.
Mikasa está allí. Arrodillada sobre la nieve, terminando de armar una banca a la orilla de la puerta de entrada.
Ella ha trabajado arduamente día y noche seguramente, se dice Levi, contemplando la construcción.
Levi hace un pequeño carraspeo para llamar la atención de la mujer, que de espaldas a él permanece concentrada en su labor. No hay reacción, y él baja de la carreta y camina hasta ella. El sonido amortiguado de sus pasos tampoco causa efecto, y no es hasta que coloca una mano sobre su hombro que ella, dando un respingo, gira en dirección suya.
Luce aturdida y sorprendida. Sus ojos llenos de estupor, y Levi comprende en ese instante.
No es que ella haya estado ensimismada en su labor, es más bien que su mente no estaba en su cuerpo, sino en su refugio interior para escapar de su dolor. Perdida en su mundo donde nada de esto ha ocurrido. Él lo sabe, porque él también lo ha hecho, o al menos intentado, pero le ha resultado imposible.
Y es la razón por la que ha venido a ella.
Ella lo entenderá.
Al menos en eso.
Porque claro, Mikasa sigue siendo Mikasa, y su tirria por él jamás se irá. Ella aparta la mirada y la mano de su hombro, levantándose para dirigirse al interior. En la puerta le hace un gesto para que la siga.
—¿Dos cuartos? —es lo primero que le pregunta después de entrar. La cabaña está cálida, pero no se siente acogedora. Está vacía, a pesar de estar amueblada para una familia —. ¿Para ti y Armin? —continúa, porque es su única suposición. Aunque, luego reflexiona, Mikasa y Armin ya no funcionan igual, porque lo que los unió una vez, los fragmentó al final.
Mikasa le da una larga mirada, después niega en silencio.
—En mi sueño, está cabaña era así. Un cuarto es para dos, el otro para...—ella se detiene casi abrupto, se muerde el labio y retuerce el borde de su camisa.
—¿Los mocositos que les naciera? Ya —largea Levi, y le regresa la dura mirada que Mikasa le está dando —. Te vi besarlo. Y sé que él tenía sentimientos por ti —añade él con cierta cizaña.
—Tomé las migajas para consolar mi decisión. Sí, él tenía sentimientos por mí, pero no en la medida que yo quería. Porque después de todo, era con usted con quien se jodía.
Levi no puede ocultar la sorpresa que se le dibuja en el rostro y se queda inmóvil con los labios apretados.
Un silencio prologando cae entre los dos, espeso y tenso, que dura demasiados minutos. Pero es la misma Mikasa quien lo rompe con un suspiro cansado.
—Nunca nos llevamos bien, Capitán, y dudo mucho que haya venido a que nos demos apoyo en el duelo. Así que le pido que se marche.
Levi tarda un minuto en responder, pero cuando lo hace, su voz es más un susurro que otra cosa.
—Te equivocas —dice—. Si vine por tu ayuda —sus ojos se encuentran con los de Mikasa y un nuevo silencio se sostiene. Dura unos segundos, y Levi baja los ojos al volver a hablar —. Mikasa...—una nueva pausa, duda, pero dando un suspiro continua—... En estos meses, después de todo lo que ocurrió ¿has estado bien? ¿No has sentido nada extraño en ti?
Mikasa le escudriña con la mirada, casi como si quisiera que él fuera de vidrio y ella pueda verle
el interior.
—No —le responde finalmente —. Pero usted sí ¿no es así?
Allí estaba el golpe. Levi cambia de un pie a otro, sigue dudando, pero soltando un resoplido va y se sienta en una de las sillas del comedor, luego se abre el pesado abrigo que lleva, pero no la bufanda. Una vez que la cubierta se ha ido, la blanca camisa que lleva no puede ocultar ni el bulto redondeado de su estómago bajo él, ni los otros pequeños montículos casi imperceptibles en su pecho.
Los ojos de Mikasa se llenan de sorpresa. Su expresión se mantiene durante largos segundos, pero después se acerca y posa su mano sobre la de él que, acuna su vientre.
—¿Esto es real?—dice ella, y suena más a afirmación que pregunta. Levi asiente y deja que ella presione un poquito aquí y allá.
—Tengo miedo —admite Levi, una vez que el silencio ha sido demasiado para él. Abre la boca y deja que las palabras resbalen y fluyan como un río. Porque está tan cansado de llevar este peso solo.
Le cuenta entonces todo.
De cómo se había sentido enfermó en los días posteriores a que regresaran a Paradise. Dolores de cabeza, cansancio, náuseas y mareos. Al principio lo atribuyo al estrés que su cuerpo se había sometido, al agotamiento de una lucha que no le había traído más que dolor y arrepentimientos.
—Eso era el Ackerbond deshilachándole el interior— le dice Mikasa, y ella baja los ojos, como avergonzada—. Lo sentí también. Pero ahora ya solo hay silencio. Es abrumador. Este vacío— termina, y Levi le da una ceja.
—Y aun así me mentiste—le recrimina él.
—Lo hice—acepta ella y no hay arrepentimientos en sus ojos.
Levi resopla, sacude los hombros y continúa su relato.
Sí, él también había creído que era eso.
Entonces se había despertado al tercer día con la pierna intacta, todas las heridas de su cuerpo sanadas y la sensación de un algo más (extraño) en su cuerpo. Un suave e incesante aleteo en su barriga que le subió por la garganta y le hizo vomitar toda la mañana, hasta que la tuvo tierna y ardorosa.
Pensó en hacerse examinar. Pero al final no lo hizo, pues al acabar la primera semana, la curva en su vientre se había hecho evidente y la incertidumbre le había atenazado las entrañas y se calló lo que le sucedía. El miedo que le había confesado a Mikasa le impidió hacer cualquier cosa y solo pudo ver como el estómago le crecía casi por horas, y los movimientos desde su interior pasaban de ser esos molestos aleteos que le sacan todo alimento que se llevaba a la boca a ser golpecitos que se repintaban bajo su piel. A casi dos meses de la batalla del Fuerte Salta, la panza de Levi es como la de una embarazada de ocho meses.
—¿A qué le teme?—le preguntó Mikasa viendo su incomodidad ante su tacto.
—No sé qué es.
—¿No lo sabe?—preguntó ella, enarcando una ceja—. ¿No es más que obvio?
—¡No!—le respondió liberándose de su tacto que ya lo tenía de nervios. Él no se tocaba la panza, menos acariciársela como ella lo había estado haciendo. Con la seguridad de que lo había dentro de él.
—Es un bebé—dijo ella, como si le leyera la mente—. Un bebé de Eren.
De espaldas a ella y frente la ventana, los ojos de Levi captaron a la pequeña sombra medio oculta contra la rama de un árbol de la primera fila que rodeaba el claro. Sus ojos de animal nocturno lo estaban observando. Apretando las orillas de su camisa, Levi respondió:
—¿Y si no lo es? ¿Y si es de esa cosa?
—¿De qué está hablando?
—De eso. Tú lo viste. El que causó toda esta mierda.
—Su presencia no nos alcanzó, Capitán. No es probable que...
—En los caminos. La última vez que estuvimos juntos, Eren y yo. Fue en los caminos. Pero no fuimos exactamente él y yo.
—¿Qué?
Levi escapando de los ojos que lo veían desde atrás de la ventana se giró a los interrogantes de Mikasa.
—Había más de uno de él. Y...entre ellos había uno. Uno que podía no ser él, sino esa cosa.
Mikasa se tambaleó sobre sus pies y dejó que su cuerpo se moviera hacia atrás, cayendo sobre la silla.
—Tiene que ser de Eren...—susurró ella, y Levi negó, las lágrimas estaban picando en las esquinas de sus ojos.
—Mikasa...por donde lo veas, lo más probable es que no. Mírame, soy un jodido hombre. Esto es antinatural.
—Pero ¿y sí fue Eren quien lo hizo posible?—insistió ella.
—Mikasa...si lo hubiera sido. Si esto fuera un bebé, algo humano, la velocidad con la que se hubiera desarrollado no sería esta. Estoy casi a reventar, he intentado sacármelo de adentro...—vio como los ojos de Mikasa se agrandaban primero de horror y luego se teñían de rabia—...la carne se me cierra al segundo, y no he podido comer nada desde hace semanas, pero siempre tengo hambre. Hambre de carne...carne como la tuya.
Sabía que sus pupilas estaban dilatadas, oscuras por su necesidad, y la reacción defensiva de Mikasa de sus hombros cuadrados y sus puños cerrados estaba más justificada.
Él retrocedió, un paso, dos pasos y luego otros dos más hasta que su espalda golpeó el marco de la ventana; y se cubrió el rostro con las manos.
—¿Capitán, acaso usted...?
—No—sollozó él.
Escuchó las tablas del piso crujir bajo los pies de Mikasa. Acercándose a él.
—Tienes que ayudarme—suplicó él, esta vez a lágrima viva—. Ayúdame a sacarlo de mí.
Antes de me mate, fue lo que no dijo.
Ella cerró la distancia entre los dos y lo acunó en sus brazos.
—Sino es humano, lo mataré. Se lo prometo.
—¿No estarás insinuando que me tengo que esperar hasta que quiera salir de mi?
—Existe la posibilidad...
—¡No! ¡No lo es!
—¿Por qué se niega a que lo sea?
—¡Porque entonces habrá sido su culpa de convertirme en un mounstro de mierda!—solo porque era Mikasa quien lo sostenía fue que no cayó al suelo, pero todo su cuerpo estaba temblando del llanto desesperado—. Que me hizo creer que me amaba y luego me abandonó en esta pesadilla—su voz era un lamento agudo y quebradizo—. Mikasa, por favor...se me cae la maldita piel y...esos pedazos...—las palabras se quedaron flotando entre ellos. La desgarradora verdad develada sin necesidad de expresarla.
—Eren fue cruel con todos los que amó, Capitán. Era su forma de amar. No le pido mucho, a lo más puede que sea una semana, quizás solo un par de días. Si lo sacó de usted, y resulta que mi intuición es la verdad, estoy segura que usted no sobrevivirá a la culpa.
Los labios de Levi permanecieron cerrados. Porque está había sido la razón por la que había cayado al principio. La razón por la que había huido en busca de refugio; de quien le diera seguridad a su duda.
¡Caw!
El graznido es fuerte, repta sobre las paredes y le hace chirriar los tímpanos. Mikasa no reacciona a él, y Levi se da cuenta que solo él puede escucharlo.
En su espalda, pequeñas tiras de carne se desprenden, y él puede oler el hierro de la sangre.
Se le hace agua la boca.
...
Mikasa le cedió la habitación vacía, la más grande y que estaba acomodada para una pareja. A la mañana siguiente ella le despertó, ya estaba lista, con la carreta afuera enganchada.
—Iré a buscar sus cosas, y le diré a los demás que se quedará conmigo. Que lo he buscado para que me ayude a terminar esta casa. Así nadie se preguntará por su desaparición y lo buscará. Evitamos problemas —dijo, y Levi aún con telarañas en los ojos la vio marcharse.
Mikasa regresó al atardecer, y traía bultos con ella. Uno de ellos eran piezas para armar una cuna. Levi le dio una mirada desdeñosa y se encerró en su cuarto por el resto de la tarde, hasta que ella fue a buscarlo para entregarle sus pertenecías que había traído consigo.
Los siguientes días fueron apenas un borrón para Levi y entre fatigas, pies hinchados, silencios, los graznidos y picoteos sobre las tejas de la casa, pasaron.
Cuando sucedió la llegada, les tomó de sorpresa. Fue en la madrugada cuando el dolor estrepitoso despertó a Levi, quien profirió un grito ahogado. Los pasos de Mikasa resonaron por el corto pasillo, y para la segunda contracción, ella ya se estaba moviendo buscando todo lo necesario.
Sesenta y nueve días después de la muerte de Eren, Levi entró en un estado de parto. Porqué lo que estaba sucediendo no se parecía uno. Fuese lo que fuese, no tenía un canal por donde salir, y se estaba empujando a través de su piel, al casi punto del desgarro.
Mikasa lo amarró de pies y manos a la cama, porqué él se había estado arañando el vientre hinchado en su desesperación, dispuesto a arrancárselo por sí mismo. Pero ella lo había impedido, y después de someterlo y sujetarlo, se había dispuesto a prepararse para este parto.
Levi la vio moverse de un lado para otro, trayendo mantas, agua caliente, un par de cuchillos que brillaban a la luz de la luna creciente que se filtraba desde la ventana; todo mientras él se retorcía y sollozaba como un niño.
Mikasa le dio un té a cucharadas, para el dolor, dijo ella, y Levi había tomado solo dos sorbos, porque no le importaba soportarlo, solo quería que terminará. Ella no insistió en esto esta vez, y así se dispuso a tomar los cuchillos y sentarse a horcajadas sobre él, acomodándose para abrirlo y sacar lo que se estaba en su interior.
Desde la ventana abierta el sonido de aleteos le llegó. Y Levi supo que lo que lo había estado acosando finalmente se mostraría, pues el momento que había esperado estaba sucediendo.
Mikasa atravesó su piel con la punta afilada del cuchillo cuando lo vio.
A su acosador.
Levi había asociado su graznido con un ave. Un cuervo de los infiernos, penándolo con los restos del alma de Eren, que se negaba a dejarlo. El vestigio de sus tercos sentimientos.
Pero lo que estaba allí no era un ave. Aunque si era Eren.
Su jodida cabeza.
La que se sostenía por los filamentos de su desgarrada columna, haciendo de patas; lucían como garras.
¡Caw!
Graznó; y su boca se abrió, dejándole ver su interior. Una cueva oscura, tan oscura como las aguas del océano teñidas por las sombras de los colosales.
Levi gritó.
Su carne se cerró, y Mikasa volvió a abrirle. Esta vez usando el otro cuchillo para sostener el extremo contrario.
¡Caw!
Volvió a graznar la cabeza, y sus filamentos dejaron de hacer de patas y se elevaron y encorvaron para hacerla volar.
Mikasa abrió su carne como si el fuera un cerdo, y metió las manos en su interior.
Revoloteando sobre ellos, la cabeza graznó incesantemente.
¡Caw! ¡Caw! ¡Caw!
Levi siguió gritando mientras Mikasa extraía el bulto sanguinolento de su interior. Unido a él por un cordón umbilical.
Lo último que Levi registró antes de sucumbir a la oscuridad fue el potente llanto de un infante. Y el arrullo de paloma desde arriba de su cabeza.
...
Aún no había amanecido cuando despertó.
Él era una cosa cruda de bordes rojos. Un cuerpo desinflado y completamente agotado, que se había roto y jamás volvería ser quien fue.
El chirrido de una mecedora lo hizo girar en dirección a tal sonido, y Mikasa le regresó la mirada desde el lugar. En sus brazos sostenía un bulto, envuelto en mantas y la desgasta bufanda teñida de azul.
Ella le sonrió a la vez que se levantaba y se acercaba a él. Sentándose en el borde de la cama, ella colocó el bulto en sus brazos.
—Le dije. Usted estaba equivocado.
Levi no respondió, pero ya las lágrimas estaban corriendo cuando sus ojos se encontraron con la criatura en sus brazos.
Profundos ojos verdes oceánicos le devolvieron la mirada; y la boquita bajo ellos se abrió en un bostezo. Una pequeña cueva oscura en perfecta O se dibujó mientras diminutos puñitos se agitaron antes de ser llevados a la pequeña cueva. Empezando a chupar el espacio de su dedo pulgar.
Levi observó con fascinación a la criatura, ese pequeño niño que había llegado al mundo a través de él. Su hijo.
Sus lágrimas se mezclaron con la sonrisa que se posó en sus labios.
Extraña y retorcida.
Mescla de pavor e ilusión.
Afuera las murallas permanecen de arena y cristal; pero sus ojos son una cosa viva y vigilante.
…
Notas finales:
Por favor déjense su comentario si les gustó y quieren la segunda parte.
¡Muchas gracias por leer!
