Muchas gracias a LadyGeorgii por su petición =) (Hay más donde ella lo hizo. De estar interesados, manden un mensaje en la página! :D)
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Pareja: Seshomaru x Kagome, Inuyasha x Kikyo, Sango x Miroku.
Género: Romance/ Friendshipp.
Estado: Completo.
Palabras: 9185
Dulce elección
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Si tenía que pensar quién de los dos hermanos era más atractivo, Kagome podía responder sin dudar. No necesitaba pensarlo dos veces. Era irrebatible: Sesshōmaru.
Al principio, no se había preguntado los motivos de que Sesshōmaru fuera tan atrayente. Lo primero que pensó fue que estaba pasando por la etapa típica de las adolescentes, en las que el tipo duro y malo te atraía más que el bonachón que da su vida por ti, al que no necesariamente debes corresponder.
Su relación con Inuyasha era un ascensor incoherente de incomodo sufrimiento, debía de reconocerlo. Había primeros amores que jamás se olvidaban, o, en estos casos, se quedaban muertos.
Kikyō era la primera mujer de Inuyasha, por la que no dudaba en saltar de un precipicio o en medio de una lluvia de flechas. Esa inmadurez, de alguna forma, provocaba que el corazón de Kagome buscara otras oportunidades.
Aunque nunca esperó que su búsqueda terminara dirigiéndose al hermano mayor.
Su encuentro con Sesshōmaru no fue de película. No había la escena típica de chico rudo que te salva el pellejo mientras te grita por idiota. No. Él había estado dispuesto a matarla. A abrirla en dos de ser necesario. Para él, los humanos eran despojos en aquel momento.
Por aquel entonces, Kagome no habría pensando que podría llegar a sentir algo por el demonio. Altivo, esquivo, de mirada helada y parco en palabras. Su relación no era un sendero de flores y descubrimientos emocionales. Además, debía de reconocer que durante un tiempo continuó intentado enlazar a Inuyasha con su corazón, el cual siempre era pisoteado por los sentimientos del medio demonio por Kikyō.
No era fácil tratar con su corazón en ese tiempo. Se sentía pesado e inquieto. Pasaba de vibrar por Inuyasha a avivarse por Sesshōmaru. Y cuando eso sucedía, no sólo su corazón se calentaba.
¿Cómo podía explicar que sus hormonas revolucionaban sus sueños, por ejemplo? Sesshōmaru se inmiscuía en ellos de una forma vergonzosa e hilarante que provocaba por completo el deseo de no abandonarlos y despertar. A veces, de sumergirse en ellos para siempre.
La idea que su mente adoptaba del demonio era algo que en la realidad la avergonzaría de cierta forma.
Sesshōmaru no iba a tomarla gentilmente entre sus brazos. No la besaría como si fuera algo delicado. No la acurrucaría en su pecho ni se aseguraría de que no se hiriera mientras tenían sexo. Más bien, parecía justo lo contrario. Y eso, de alguna forma, revolucionaba sus hormonas virginales y fomentaban su calenturienta imaginación.
Sus sueños solían despertarla en los momentos más candentes. O estaba a punto de alcanzar el orgasmo, él iba a penetrarla o le apretaba los senos con sus manos. Era frustrante y doloroso.
Se despertaba sofocada en medio de la noche, con su sexo palpitante y húmedo, los pechos tensos y la boca seca. Mirar a los demás era terrible, como si la hubieran pillado teniendo algo real y no fantasioso.
Una de esas veces se encontró con la astuta mirada de Inuyasha sobre ella. Kagome no pudo decirle nada. Tampoco pensaba que necesitase darle explicaciones, por supuesto. Aunque la inquietaba que un nombre hubiera escapado de sus labios.
No sabía durante cuanto tiempo sería capaz de controlar lo que sentía, lo que iba acumulándose en su pecho y en sus deseos. Suspiraba de más, a veces, ni ganas de comer sentía. Los encuentros con Sesshōmaru, aunque peligrosos, le creaban una emoción inesperada y le daban un valor que iba desarrollándose día a día, impulsado por el deseo de atesorar más tiempo, de inmiscuirse más en la vida del demonio.
Si lo sopesaba, había pasado de sentirse atraída por él por su aspecto físico a querer conocer más. Ver cómo iba bajando las barreras poco a poco y se mostraba el demonio que había dentro. ¿Peligroso? Podía ser. ¿Excitante? Sí.
Y, repentinamente, un día, algo cambió.
El cambio se llamaba Rin y era una niña.
Kagome y su grupo desconocían del todo cómo fue que terminó Sesshōmaru aceptando la presencia de la menor a su lado, pero para aquellos que llevasen el tiempo suficiente observando a Sesshōmaru sabían que eso implicaba una gran evolución en él.
El demonio frio y aislado de amor hacia los humanos, permitía a una niña dormir a su lado, cazaba su comida —aunque nunca aceptaría tal comportamiento—, y la protegía.
Kagome no pudo evitar pensar que eso era enternecedor de cierta forma. Y también, aunque no comprendía por qué, muy sexy e interesante. Fue como un detonante que levantara por completo el velo que disipaba la realidad y la ayudara a enfocar lo que realmente buscaba en su alma gemela.
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—Inuyasha ha vuelto a marcharse con Kikyō. ¿No vas a decir nada?
Sango dejó el Hiraikotsu en el suelo mientras la observaba con detenimiento. Kagome no sabía cómo ni de qué forma, pero Sango parecía haberse percatado de su disputa interna acerca de sus sentimientos.
O quizás, el hecho de que no estuviera tan pendiente de Inuyasha como antes era obvio.
—No. Estoy cansada de sus idas y venidas. Me agota mentalmente el hecho de tener que estar tras un hombre que no puede decidirse.
—Y eso que es un perro —bromeó Sango. Kagome esbozó una sonrisa comprensiva, pero no sonrió.
—Un perro mal entrenado —añadió, sin embargo.
Sango inclinó la cabeza, suspirando y disipando la broma a la realidad.
—Hay algo más. ¿Verdad?
Kagome tragó, inquieta. Para ella, Sango era la hermana que nunca tendría. Desde que todo comenzó y se conocieran, su amistad había crecido muchísimo. Entre lágrimas, risas, enfados y un sinvivir, rodeadas de hombres que no las comprendían, ambas eran los pilares que las sujetaban. Una a la otra.
Por eso, que Sango se percatara del cambio en su corazón no era un misterio en realidad. A veces, bastaba solo una mirada para que la otra comprendiera su situación. Y era en esos casos cuando recurrían a la confianza y el cariño.
—¿Tan obvio es? —cuestionó algo defraudada consigo misma.
—No y sí —respondió Sango sentándose a su lado, en un tocón junto al camino. Observaron a Miroku mientras encendía una pequeña hoguera no muy lejos—. El hecho de que no estés tan enfadada con Inuyasha como antes, me da una pista. Y también, la forma en que miras a su hermano las veces en las que nos lo encontramos.
—¡Oh, dios! —exclamó cubriéndose el rostro con ambas manos—. ¡Eso es ser obvio!
Sango sonrió, dándole palmaditas en el hombro.
—El corazón es indomable y da fuerza a los sentimientos, aunque no queramos —reflexionó mirando la espalda de Miroku—. Aunque no quieras, puede inclinarse hacia la persona que menos esperamos. Y no es tonto. No va a escoger el sendero de una guerra que no vas a ganar.
—Lo dices por Inuyasha y Kikyō.
—Exacto —confirmó Sango—. Y es inevitable que quieras ser feliz. Es más, deberías de serlo. No tienes por qué ser la que se queda atrás.
—Pero es de Sesshōmaru de quien estamos hablando —recalcó.
Decirlo en voz alta era más extraño que soñarlo. Reconocerlo; la aliviaba y asustaba a la vez. Como si fuera una niña pequeña atrapada haciendo una travesura o contando una mentira.
Sango la estudio con la mirada durante un instante, avergonzándola.
—No me juzgues —suplicó abrazándose a sí misma—. Ya he meditado mil veces lo malo de eso. He hecho listas interminables, comparaciones y finales infelices o felices de diversas formas.
—No, no te miraba por eso. No te estoy juzgando —aseguró Sango—. Te admiro. De cierta forma, lo hago. Porque has tenido que ver algo que yo soy incapaz de ver en Sesshōmaru. Y eso es increíble.
—¿No es atractivo?
—¡Demonios, lo es! —aseguró—. Pero te recuerdo que soy una exterminadora de demonios. Y sé que muchos usan eso a su favor.
—Sesshōmaru no —certificó. No le había visto ninguna vez usar su atractivo físico para ello.
Sango asintió, dando así la seguridad a sus palabras.
—Más bien, es un demonio que no cesa de sorprender. Especialmente, adoptando a una niña humana. ¿Quién lo diría?
Kagome no pudo evitar sonreír con cierto orgullo. Sango le presionó las mejillas, echándose a reír.
—Querida mía, creo que estas hasta los huesos por ese demonio.
Kagome sintió que enrojecía. Algo inesperado y misterioso, con el corazón latiéndole de impaciencia.
—¿Qué podría hacer? —cuestionó dudosa—. Claramente, es un amor que no va terminar en buen término.
—Si no haces nada, sí —corroboró Sango—. Así que tendremos que actuar. Te ayudaré.
—¿Me ayudarás? ¿A qué?
Sango se levantó, estirándose y dándose unos golpecitos en los hombros con el puño cerrado.
—A conseguir el amor de tu vida. ¿Qué si no?
Kagome se echó a reír.
Esa vez no le importó que Inuyasha regresara tarde, que claramente, se mostrara incómodo por lo que hubiera estado haciendo con Kikyō. Y aunque el medio demonio enarcó una ceja inquisitiva, Kagome lo ignoró.
Su cabeza estaba completamente llena por las ideas y la emocionante aventura de enamorar a su demonio.
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Sesshōmaru no estaba acostumbrado, ni quería, a la cercanía de una hembra humana. Su relación con Rin era algo diferente, algo paternal, lo reconocía interiormente —porque jamás lo expresaría frente a otros—, y había tomado un rol importante a la hora de protegerla. El tiempo había creado un vínculo fuerte entre ellos. Especial. De cierta forma, Rin había crecido al nivel de ser su debilidad.
La humana de su hermano era otra cosa muy diferente, capaz de dejarle completamente perplejo.
Desde su primer encuentro demostró que su carácter no encajaba con su forma de ver a los humanos. No tenía paciencia para descaros, órdenes o cualquier gesto de superioridad que una raza tan lamentable fuera capaz de hacer.
Tampoco era como su hermano, un perrito faldero al que ella pudiera doblegar como le diera la gana. El simple hecho de pensar que su hermano caía en las mismas tretas que su padre por una mujer humana, le repugnaba.
Sin embargo, por algún motivo en el que no deseaba pensar de más, la humana fue tomando mucha confianza con él. Le hablaba de frente, sin cortarse o temer. Soportaba sus miradas glaciales y hasta se sonrojaba cuando lograba sacar de él algún monosílabo. Incluso había llegado a ofrecerle comida, curarle las heridas y cuando, por algún motivo, existía una reunión necesaria entre sus grupos, buscaba la forma de colocarse a su lado. Al principio pensó que era pura casualidad, hasta que observó mejor sus parámetros de actuación.
Lo más extraño de todo eso, es que con el paso del tiempo empezó a no molestarle. Incluso encontraba interesante sus actos. Incluso confió lo suficiente en ella como para permitir que cuidara de Rin.
Kagome entendía lo importante que era para él esa niña. Quizás fuera miedo, respeto o cualquier otro motivo, pero aceptaba que la protegiera.
—Me pregunto, qué es lo que piensa de Kagome —murmuró un día Rin, mientras recogía flores y él miraba, sumido en sus pensamientos, la puesta de sol.
Por supuesto, la pregunta no estaba destinada a él, sino a Jaken. El pequeño demonio le miró nervioso y tras darle un tirón de oreja a Rin, la alejó lo que él consideraba suficiente para su oído.
—Deja de preguntar o exponer esas preguntas —regañaba Jaken severamente. Aunque nunca se atrevería a tocarla, por supuesto. Le tenía demasiado miedo como para hacerlo—. El amo Sesshōmaru no va a interesarse en esa humana. Es descarada, fea, flacucha y… ¡Ay, Rin!
Sesshōmaru pudo captar por el rabillo del ojo que Rin le había tirado tierra en la cabeza a Jaken para acallarlo. Al parecer, a su humana le gustaba mucho más de lo que pensaba Kagome.
—Tienes que entender que… —continuaba Jaken quitándose tierra a diestro y siniestro—, que por más que te guste estar con ella, no puedes forzar la situación hacia el amo. El amo ha de estar con quien desee estar y no necesariamente, con la que a ti te guste.
Sesshōmaru suspiró. Si habían llegado al punto de decidir por él en esos asuntos, iban mal.
Si se detenía a pensar mejor en Kagome: no era una mujer fea. No, para ser humana. Que él despreciase la belleza humana no significaba que no fuera capaz de reconocer cuando sí la había, por muy efímera que fuera. ¿Delgada? Bueno, no podían deducirlo sólo con la ropa.
Cerró los ojos, dejando que sus sentidos divagaran por el lugar que los rodeaba. Siempre escogía zonas seguras para Rin, pero era inevitable atraer demonios hacia él.
No muy lejos, percibía algo. Un aroma inesperado que no debía de estar ahí. Salado y dulce a la vez.
Antes de que tuviera tiempo de pensar en lo que hacía, se movió. Caminó entre los diversos árboles, se enfocó en lo que era de su interés, precavido por alguna trampa inesperada, hasta que escuchó las voces.
—Lo estoy diciendo en serio, Inuyasha. Suéltame.
El aroma de su hermano llenó el ambiente. Estaba… ¿frustrado? La hembra; furiosa.
—Deja que te explique lo que…
—No —negó ella firme—. No necesito tus excusas falsas o cualquier invento que tengas, que pueda servir para excusarte que vayas tras las faldas de Kikyō cada vez que ella aparece. No voy a arrastrarme más, Inuyasha. Has escogido a Kikyō por encima de mí.
Su hermano se quedó en silencio por un momento.
En realidad, a Sesshōmaru nunca le había gustado esa parte de su hermano de ir tras otra mujer, sin decidirse por cual de ellas iba a tomar. Quizás, es que él estaba influenciado más por la intolerancia al engaño entre una pareja. Comprendía que la humana no estuviera de acuerdo en aceptar esas idas y venidas o en esperar para siempre a que Inuyasha escogiera.
—Yo podría decir de ti lo mismo —soltó repentinamente el medio demonio.
Sesshōmaru no pudo evitar sentirse desconcertado con sus palabras. Aunque fue Kagome quien expuso la sorpresa con un irritado suspiro de incredulidad.
—¿Es en serio, Inuyasha? ¿Estas teniendo otra de tus pataletas por Kōga? Ya te he dicho mil veces que no me…
—¡No es él! —exclamó Inuyasha sin control. Los celos se notaban en su voz.
Kagome retrocedió, sorprendida.
—¿De qué estás hablando entonces?
Inuyasha rechinó los dientes.
—Hablo de mi hermano.
El olor de la humana fue interesante. Picante de cierta forma, suave y dulce. Por un instante, la boca se le hizo agua. Como si fuera a comer algo delicioso hecho especialmente para él. Evitó hundirse en ese lugar más de lo necesario, en caer en la tentación.
—¿Qué ocurre con Sesshōmaru? —preguntó ella abrazándose a sí misma en un acto de protección—. ¿De nuevo vas a inmiscuirme en peleas entre vosotros? Inuyasha, ya te he dicho que a veces piensas incorrectamente de sus actos.
—¡Ahí está de nuevo! —exclamó el nombrado extendiendo sus manos hacia ella—. Puede que no te hayas dado cuenta, pero desde hace un tiempo, cada vez que sale mi hermano en la conversación o se duda de sus actos, sales a la defensiva. Y cuando intento explicarte qué ocurre con Kikyō…
Kagome dio una patada al suelo, irritada. Inuyasha había tensado demasiado las cuerdas. Lo señaló, como si su dedo tuviera algún tipo de poder especial.
—Mira, para empezar, deberías de haberte dado ya cuenta de que las excusas o cualquier cosa que te ataña a ti y Kikyō, me dan igual. No me interesan. Puedes irte con ella, comer el polvo del que está hecha o lo que quieras. ¡Me da igual! —aseveró. Inuyasha palideció—. Y en cuanto a tu hermano, no debes de inmiscuirte, porque es algo que no va contigo.
—¿Cómo que no va conmigo? —exclamó él incrédulo—. ¡Claro que lo hace! Porque…
—No continúes esa frase —ordenó—. No, cuando desde el principio has tomado una decisión. Te confunde lo que ves en mí de ella y eso sí es horrible. Me dan nauseas. Puedo escoger libremente quién puede gustarme y quién no. Igual que tú.
El bosque se llenó de un silencio estremecedor. Incluso a él le puso el bello de punta. Fue como si cada hoja, cada rama y cada árbol esperasen el terrible desenlace hacia esas palabras.
Inuyasha, por supuesto, fue el que rompió el silencio.
—¿Estás interesada en mi hermano? —cuestionó asqueado—. ¿Te gusta? ¿Te atrae físicamente?
Kagome dio un paso atrás, dándole la espalda.
—No es algo que deba de responderte a ti, Inuyasha.
Sesshōmaru se quedó petrificado. Las palabras de una humana en referencia a sentimientos hacia él no deberían de afectarle tanto. Sin embargo, lo estaban haciendo.
—¡Kagome, respóndeme! —ordenó Inuyasha. La había tomado del hombro para volverla hacia él. Su rostro, enrojecido en un bucle de sentimientos—. ¿Estás enamorándote del mismo ser que no dudaría en matarte?
—¡Tu mismo lo intentaste al conocernos! —le recordó soltándose—. Y he estado muchas veces con él desde que adoptó a Rin. Si hubiera querido hacerme daño, podría haberlo hecho en cualquier momento.
—No lo hizo porque estábamos contigo.
Kagome soltó una risita sarcástica.
—¿En serio? ¿Realmente crees que tu hermano se cortaría en matarme porque tú estés ahí?
Eso, era claramente, una mentira. Se miró la palma de la mano. Podría abrirla en canal aún si estuviera Inuyasha de por medio.
—Te protegería —aseguró Inuyasha lleno de irritación, celos y una seguridad que casi le dieron ganas de echarse a reír.
Kagome suspiró, agotada.
—Mira, Inuyasha, dejemos esto antes de que sea más tarde. Esto no va a ser más que una pelota que gira y gira sin llegar a ningún destino. Tú amas a Kikyō. Deja que siga mi curso.
—Estás sola en ese… destino.
—No, no lo estoy —negó ella concienzuda—. Sango lo sabe y me apoya desde el principio. Ella se percató incluso antes que tú. Vives tan enfocado en tus propios sentimientos, creyendo egoístamente que tengo que esperarte, que no te has dado cuenta de esto hasta que has visto que no reacciono por ti.
Inuyasha apretó los puños, irritado.
—Déjame sola, Inuyasha —demandó—. No tengo ganas de seguir discutiendo contigo de esto.
Su hermano pareció dudar, pero retrocedió y se alejó. Su aroma dejó de percibirse y su nariz se llenó por completo de ella. No lloraba. No había lágrimas saladas a las que reaccionar.
Kagome se quedó de pie un rato, abrazándose a sí misma, tomándose su tiempo para calmarse y repentinamente, se volvió hacia él. Por supuesto, todavía no le había visto. Caminó mirándose los pies, pese a ello, tropezaba de vez en cuando. Se detuvo a su lado, tomando aire.
—Nunca lo entenderías, Inuyasha —susurró—. Nunca.
Dio un paso al frente y, esa vez, la rama logró ganar la partida. La mujer humana comenzó a caer y, si bien creía que fue por auto reflejo, la atrapó del brazo antes de que su rostro diera contra el suelo.
Su cabeza giró hacia él y su rostro pasó del pánico al reconocimiento y un leve rubor cubrió sus mejillas. Cuando se puso en pie, arregló su ropa en palmadas enérgicas.
—¿Cómo es que estás aquí? —cuestionó sorprendida—. No esperaba verte en este lado de la montaña. Ah… gracias —murmuró.
Él la estudió con la mirada. Realmente era de una naturaleza diferente a las mujeres humanas que alguna vez había conocido. Tal y como había pensado antes, no estaba delgada del todo, pero su brazo marcaba la juventud en su firmeza. Su carne era suave. Se miró los dedos con cierta curiosidad.
—Sesshōmaru —nombró ella sin temor o respeto—. ¿Has escuchado la conversación?
La estudió una vez más. ¿Qué debería de responder? ¿Con mentiras o la verdad?
—Sí. Todo.
De nuevo, el rubor llegó a sus mejillas.
—Inuyasha bromeando que iba a protegerme de ti y ni siquiera se ha percatado de que nos estabas escuchando —protestó.
—El viento —aclaró.
Kagome miró a su alrededor, comprendiendo.
—Claro. Has usado el viento para ocultar tu presencia —dedujo—. Es increíble.
En realidad, era una habilidad que aprendías casi al principio. Si querías sobrevivir, sabías cómo ocultarte a demonios que utilizaban su olfato como prioridad en la caza.
—No voy a darle vueltas al asunto —dijo tras un momento de silencio—. Si has escuchado la conversación has comprendido lo que siento por ti.
Le miraba fijamente, sin temor, con el corazón en la mano. Sesshōmaru, por primera vez en su vida, se quedó completamente en blanco. Esa clase de sensación no era la que habría esperado. En otra situación podría haber actuado despectivo, irónico incluso de sus sentimientos. No habría tenido ningún pormenor en avergonzarla sin consideración.
Sin embargo, ahora no podía. Sentía que debía de respetarlos de alguna forma, dejar que esa curiosidad que la humana despertaba en él se abriera paso hasta concretar en algo más profundo.
¿Acaso, él, el gran Sesshōmaru, estaba aceptando ser encadenado por amor?
Cierto cosquilleo en la nuca le recordó sus palabras, frías y despectivas hacia el amor de su hermano y padre a los humanos. Y ahora…
Se enderezó.
—Regresa con tu grupo —ordenó escuetamente.
Kagome se quedó en silencio por un momento, hasta que sintió que le aferraba de la manga. Sesshōmaru se detuvo para mirarla con cierta curiosidad.
—¿Me odias por mis sentimientos? —cuestionó.
Él lo meditó.
—Cada quien es libre de expresar lo que siente, sin necesidad que nadie gobierne su corazón.
Se soltó con más suavidad de la esperada.
—Pero —continuó ella—, ¿lo haces? ¿Me odias?
Detuvo sus pasos antes de continuar.
—No.
Después, se alejó.
Su nariz todavía cosquilleaba con su aroma cuando se mezcló con el de Rin y Jaken. El corazón, sin embargo, era otra cantinela.
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—¿Segura que estás bien?
Kagome observó a Sango con detenimiento mientras bajaba de Kirara para acercarse a ella y sujetarla del brazo. Revisó los cortes con ojo experto y ceño fruncido.
—Estoy bien —aseguró.
Igualmente, la exterminadora sacó su tarro con medicina. Una mirada críptica le indicó que no iba a aceptar ninguna negativa de su parte. Abrió el bote y Kagome tuvo que hacer su mejor esfuerzo por no respirar y poder bajarse la manga del jersey cuanto antes.
—Desde hace unos días estás muy extraña. Ausente. ¿Ha pasado algo? —cuestionó sin tapujos Sango.
Kagome no le había contado lo ocurrido en el bosque. Ni la disputa con Inuyasha ni el encuentro con Sesshōmaru. Menos, la obviedad de sus sentimientos por el demonio. No es que no confiase en Sango, es que ni ella misma estaba segura de cómo afrontarlo en su mente.
Llevaba semanas pensando detenidamente en cómo se habían dado los eventos. Jamás pensó que se fuera a declarar como era típico en su mundo, pero tampoco esperaba que sus sentimientos salieran a la luz de esa forma. Ni siquiera era a él a quien se dirigían. Y después, cuando intentó indagar en qué punto estaban, Sesshōmaru se marchó, dejándola atrás.
No esperaba que la tomara en brazos y se la llevara con él para esclarecer lo que sentía por ella, claro que no. Pero un poco más de obertura, le habría gustado. Percibir algo que le diera esperanzas y no que la mantuviera completamente en la duda frecuente.
Al menos, no odiaba sus sentimientos y tampoco había mostrado el desprecio que auguró Inuyasha. Al que, por cierto, no había por donde cogerlo.
Estaba irritado, le molestaba todo y pese a lo que esperaba, sus idas y venidas con Kikyō no hacían más que molestarle el doble. Kagome no se había interesado más en cómo estaría yéndoles, pero se imaginaba que debía de ser difícil.
Inuyasha parecía continuar esperando algo de interés por su parte y siempre que sus miradas se encontraban, pasaban de la esperanza al reclamo. Parecía no perdonarle que estuviera más interesada en su hermano.
Ninguno de los dos se había disculpado. Kagome no pensaba que debiera de hacerlo y quizás, Inuyasha se sintiera igual.
Simplemente, sus sentimientos se habían desviado, pero continuaba sintiendo cariño por él.
—¡Mirad! —anunció Miroku señalando en lo alto de los arbustos. Inuyasha no tardó en chasquear los dientes—. ¿No es tu hermano, Inuyasha?
—Me da igual —espetó el semi demonio ofuscado—. Larguémonos.
Kagome intentó ignorar el sentimiento que le creaban esos celos y suspiró, ansiosa, mirando hacia los árboles.
Si lo pensaba, algo dentro de ella continuaba ansiando un reencuentro que no sabría cómo terminaría. La expectativa cosquilleaba su cuerpo y alentaba su corazón.
—¿Qué hacemos? —preguntó Sango. Más interesada en su respuesta que en la de los chicos.
—Irnos —siseó Inuyasha.
—Necesitamos descansar, Inuyasha —aseveró Miroku—. La próxima aldea está demasiado lejos como para llegar antes de que anochezca y Kagome está herida.
—Estoy bien —aseguró.
Miroku le dirigió una extraña mirada, pero volvió a concentrarse en Inuyasha.
—Además, estamos en terreno de lobos. Movernos hará que en la noche nos encontremos sin protección. Necesitamos descansar.
—Justamente porque estamos en tierra de lobos quiero largarme —protestó Inuyasha—. Apesta. Pero…
Le dedicó una mirada cautelosa, centrándose en el lugar donde la medicina de Sango ya debería de empezar a actuar. Pese a que sentía ese lugar tirante, se negó a remangarse para él.
—Haced lo que queráis —zanjó sentándose de espaldas a ellos. Sacó a tetsu sai ga y su piedra de afilar, declarando así que no quería más interrupciones.
Sango, entonces, la rodeó de los hombros y la apartó.
—Sango… ¿Miroku lo sabe? —cuestionó en voz baja para observar al monje, quien ya estaba encargándose de colocar maderas y piedras para preparar una fogata.
Sango sonrió algo nerviosa.
—Se lo has dicho —dedujo.
—No realmente —reconoció la mujer—. Más bien, lo supuso por sí mismo y no pude negarme. Sabía que se daría cuenta. Pero, Kagome, es cierto que estamos en una ruta de lobos. Si no es Kōga, serán otros —recordó.
Kagome se detuvo al percatarse entonces de la dirección que estaban tomando.
—Espera, espera —ordenó—. ¿Estás diciéndome que vaya en busca de Sesshōmaru?
—Sí —confirmó Sango concienzuda—. Mira, estos días eres un fantasma y creo que necesitas, aunque sea, verle y aliviarte esa mala energía que cargas. Puede afectar a tus poderes y a la perla. Lo sabes.
—Sí, pero…
Había muchas cosas de por medio.
¿Con qué cara debía de mirarle? ¿Cómo podía enfrentar una conversación con él?
"Ey. ¿Qué tal? ¿Te has pensado lo nuestro? ¿Damos un paseo? ¿Nos besamos?".
De solo pensarlo se le aceleraba el corazón a la par que su mente le recordaba que esos cuentos de hadas no existían.
Además, Sesshōmaru no era ese tipo de hombre. Al menos, la idea que ella tenía de él y lo que lo hacía tan atractivo.
Sango le puso la mano en la espalda y con una sonrisa, la empujó suavemente en la misma dirección que vieran descender al grupo de Sesshōmaru. Inquieta, la miró de reojo, pero continuó.
Tomo aire. Ella no era de las que se echaban atrás. Cuando tomaba una decisión, no se detenía y ese, era el momento. Además, realmente se moría de ganas de ver a Sesshōmaru. Aunque fuera un poco.
Caminó por los diferentes árboles, paseó por los senderos llenos de ramas rotas y pisadas confusas. Se alejó de los ruidos desconocidos y se aseguró de tener el arco cerca. Puede que no fuera tan buena como Kikyō, pero sabía defenderse.
Se detuvo para asegurarse de que no caminaba en círculos e intentó ver a través de las copas de los árboles el sol, intentando orientarse y saber cuantas horas del día quedaban. El lugar era fresco y podía captar el sonido del agua cerca.
Gracias a eso, se percató de que había otro ruido de más en el bosque, uno que conocía y que Inuyasha odiaba.
Que fuera la misma persona, no lo garantizaba.
Aferró el arco entre sus manos con fuerza y continuó su camino. Tal y como temía, las pisadas iban en su dirección. Sacó una flecha del carcaj y la aseguró entre la madera y la cuerda, preparada para tensarlo.
Justo entonces, vio la figura del lobo detenerse a unos cuantos pasos.
Kōga llevó las manos a las caderas, oteando, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras que ella volvía a guardar la flecha y respiraba más aliviada.
—¿Kagome? —preguntó dando unos pasos hacia ella.
—Sí —confirmó saliendo de detrás del árbol que había usado como escudo—. Estoy aquí.
El Ōkami Yōkai se acercó más a ella, tomándola de las manos como de costumbre. Estaba por abrir la boca, cuando la cerró, revisando a su alrededor.
—¿No está contigo…?
—No, Inuyasha está con los demás en el campamento. Estoy sola —reconoció. Sabía que Kōga no osaría hacerle daño, según él, a causa de los sentimientos que albergaba hacia ella—. ¿Qué haces aquí?
—Regresaba de cazar cuando me llegó tu olor —respondió sin recato alguno. Luego, levantó sus brazos por encima de su cabeza y comenzó a olfatearla.
—¡Oye! —aseveró soltándose y retrocediendo, algo avergonzada—. Ya te he dicho muchas veces que no esta bien oler a las chicas.
Kōga continuó con el ceño fruncido a medida que la miraba de arriba abajo.
—Hueles a sangre. ¿Estás herida?
La tomó del mentón, obligándola a mirarle directamente a los ojos. Se inclinó una vez más, cerca, lo suficiente como para que su aliento le golpease las mejillas.
—No estoy herida —negó—. Sólo fue un corte de nada.
Retrocedió, cubriéndose la zona del dolor. Kōga, finalmente, dio con el lugar adecuado. La tomó de la muñeca una vez más y empezó a bajar la tela, maldiciendo al ver su piel. Kagome no le dio importancia.
—Estoy bien —aseguró.
—No, no lo está —descartó él—. No permitiré que te mueras.
Estaba a punto de negarse una vez más, cuando él la levantó en brazos con la misma facilidad que uno levantara una pluma. De ver los troncos de los árboles pasó a ver sus copas y por un instante, la cabeza le dio vueltas.
—¡Espera, suéltame! —ordenó intentando recuperarse—. Ya te he dicho que estoy bien y que…
—La herida está infectada, Kagome —interrumpió él con el ceño fruncido—. Si no la tratamos, irá a peor.
—Eso es…
—Suéltala.
Ambos se quedaron en silencio. El corazón le dio un brinco, entre la sorpresa y la emoción. Reconocía esa voz. Kōga, sin embargo, no sentía lo mismo.
Se volvió lentamente, aún con ella en brazos, para encarar a la figura que salía de entre los árboles.
Sesshōmaru caminó lentamente hasta quedar a unos pasos de ellos. Su rostro se mantenía impertérrito y aunque su voz fue neutral, había algo latente y peligroso en ella.
—Sesshōmaru —masculló, anhelante. Se cubrió los labios, sorprendida.
Kōga bajó la mirada hacia ella.
—¿Le conoces?
—Es el hermano de Inuyasha, sí —confirmó. Le habría gustado añadir algo más, pero no podía. No, cuando era sólo ella la que sentía y padecía ese amor.
Empezaba a sentirse mareada. Se percató de que el brazo no le respondía y el arco resbaló por su hombro hasta caer al suelo. Ambos hombres se percataron de ello. Kōga la sacudió.
—¡Kagome!
—No la sacudas —ordenó Sesshōmaru una vez más—, y suéltala.
—¡Oye, sé lo que hay que hacer! —protestó Kōga irritado—. Si dejaras de meterte en medio igual que tu hermano, podría llevarla a que la curasen. En vez de perder el tiempo, deja que…
—No. —La orden fue clara y escalofriante. Kōga retrocedió, sorprendido—. No lo diré más veces. Suéltala.
—¡Ni hablar! Es mía.
Kagome le pellizcó la mejilla.
—¡Eso es men…!
No pudo terminar la frase.
En un instante, Kōga se alejaba de ella con una rapidez impresionante, llevándose consigo algunos árboles, ramas, y tierra. Pasó de estar en sus brazos a los de Sesshōmaru, quien la mantenía firmemente contra él, sin apartar la mirada del otro demonio. Actuó tan rápido, que jamás sería capaz de describir sus movimientos y, estaba segura, de que a su corazón ni siquiera le importaban.
Después, la aferró de la cintura con una firmeza y fuerza increíble, para, en un momento, lanzarlos a ambos hacia el cielo. Atravesaron las copas de los árboles saliendo a la parte superior del bosque.
Ocultó su rostro en su pelaje, se inundó de su aroma y permitió que su corazón delatara la felicidad, la inquietud y lo excitante que era todo aquello.
Cuando aterrizaron, Rin y Jaken se acercaron a ellos, sorprendidos. En seguida, la pequeña extendió su boca en una amplia sonrisa de felicidad, mientras que Jaken se mostró confuso y sorprendido.
Sesshōmaru le sostuvo el brazo frente al pequeño demonio.
—Rápido —le ordenó.
Jaken casi voló. Lo que hiciera, Kagome nunca lo vio.
No podía dejar de centrarse en él. Se sentía cada vez más aturdida y no sólo su brazo empezaba a dormirse.
Sesshōmaru la depositó suavemente sobre algo de ropa que reconoció como las colchas que ella le entregara para Rin tiempo atrás. Se sintió feliz de que las hubieran conservado y de que la pequeña no pasara las noches a la intemperie sin protección.
—Cuidas bien de ella —dijo, sin pensar. Sesshōmaru le dedicó una mirada que decía más de lo que esperaba—. Sí, lo sé. No hace falta que lo digas: "mejor de lo que cuidas de ti misma".
—No lo he dicho.
—Pero creo que lo has pensado —bromeó. Luego, se miró el brazo—. Pensé que no era nada y que el ungüento de Sango bastaría.
—Habría bastado si te hubieras quedado quieta, en vez de moverte. Este veneno se extiende si caminas —explicó.
Kagome le observó maravillada. Su voz era tan sexy como imaginaba, incluso llena de preocupación y enfado. Sabía que estaba regañándola, pero era algo tan tierno que no pudo evitar pensar que era un alivio. Nadie se molestaba en tirarle de las orejas a otras personas si no les importaba al menos algo.
—¿Fue para encontrarte con el lobo?
Despertó de la ensoñación. Parpadeó diversas veces hasta comprender.
—¿Con Kōga? No. Él vino cuando olió mi sangre —explicó—. Luego, él quería llevarme para curarme.
Sesshōmaru se encogió de hombros.
—De esa forma habrías muerto antes —indicó.
—¿Conoces este tipo de veneno? —preguntó intrigada.
—Sí.
Se percató de que su mano se movía por brazo, apartando el ungüento con el pulgar y limpiándolo en su pantalón. No había sentido nada y empezaba a odiar no ser capaz de sentirle. Las pocas oportunidades a veces, ni siquiera daban frutos.
Cuando lo hubo limpiado, levantó el brazo hasta su cara. Kagome dudaba que Sesshōmaru tuviera mala visión, así que se mantuvo expectante y curiosa, hasta que vio algo que provocó que todas las alarmas de su cuerpo despertaran a la vez.
.
Sesshōmaru abrió lentamente sus labios. El aroma de la sangre de Kagome inundaba sus sentidos, afianzaba sus instintos y, de alguna forma, le calentaba el cuerpo y removía la sangre de sus venas.
La había percibido desde hacía un buen rato. La vio junto a su grupo al pasar por encima, pero su aroma iba acercándose a ellos a medida que avanzaba la tarde. Finalmente, el aroma a veneno llegó mezclado con el de la sangre y tuvo que acercarse.
No había esperado encontrarla en los brazos de otro hombre o que eso le molestase tanto. Se había mantenido alejado de ella y de su grupo todo lo posible, pero extrañamente, pese a no desearlo, la conversación de la última vez no se marchaba de su cabeza y los deseos se multiplicaban en su cabeza.
Entonces, le irritó de sobremanera su esencia a sangre y no fue capaz de controlarse al verla con él. Entendía que su hermano estuviera presente, pero otro hombre… No.
La irritación fue consumiéndole a medida que se acercaba y que el demonio la proclamase como suya, fue el final de su paciencia.
Pese a ello, sabía que salvarla estaba antes que cualquier discrepancia en su conversación. Kagome no había reaccionado a su pulgar presionando la herida para sacar todo el ungüento, gracias al que había resistido hasta ahora. Había extraído gran parte junto a su sangre y ahora, cuando Jaken terminara de preparar la cataplasma, se encargaría de que se mantuviera quieta.
Sin darse cuenta, se había enfocado demasiado en curarla y aunque la suciedad de su sangre y de la pomada estaba impregnada en sus pantalones, un instinto primitivo de su raza despertó en él.
Por eso, cuando se acercó el brazo a su boca y abrió los labios sabía qué iba a pasar. Kagome se quedó en ascuas, observándole, incluso tembló. El olor a excitación de su cuerpo aumentó sus intenciones. Cuando su lengua se mostró, ella ahogó un gemido de sorpresa entre sus labios.
No le detuvo. Tampoco iba a permitir que lo hiciera.
Acarició las tres heridas lentamente, rozando con la punta, llevándose restos de sangre y veneno.
—Espera… ¿No vas a envenenarte también? —cuestionó jadeante.
—No —descartó. Sin detenerse, lamió hasta quedar satisfecho con su trabajo—. Soy inmune.
Después, se alejó para observar su obra. Los dedos de la mano femenina se movieron. Asintió, satisfecho y levantó la mirada hacia Jaken, quien corría con la cataplasma hacia ellos. La tomó con cuidado para no tirarla y la presionó contra la herida, vendándola con firmeza con los hierbajos trenzados. Después, la miró.
—Recuéstate —ordenó.
—¿Se pondrá bien? —preguntó Rin con los ojos muy abiertos, a su lado—. ¿Puedo hacer algo?
—Trae agua —indicó.
Rin se apresuró a obedecerle. Jaken la siguió tras mirarle.
—No voy a morirme.
—No —aseguró—. Esto ayudará. Irás recuperando poco a poco tu sensibilidad. El veneno ha sido expulsado de tu cuerpo. No corres peligro.
—Sin embargo… no te muevas —interrumpió.
Él enarcó una ceja. ¿Estaba burlándose de él?
—Gracias. De verdad.
Luego, cerró los parpados, relajándose.
Se quedó dormida poco después. Su rostro más relajado y su brazo más firme, junto al color en sus mejillas y el olor natural de ella le indicaron que la cataplasma y sus acciones estaban surgiendo efecto.
Sesshōmaru no se movió. Se mantuvo en la misma posición de piernas cruzadas y brazos sobre sus rodillas. Le gustaba escuchar su respiración pausada y la forma en que sus labios empezaron a abrirse lentamente fue algo tentador.
Cuando se percató, estaba inclinado sobre ella y su boca, presionaba la más joven. Aturdido, pestañeó, separándose y tocándose sus propios labios.
No era suficiente. Lo sabía por la forma en que su sangre bullía en sus venas. Por la necesidad que ya había sentido tiempo atrás en aquel encuentro donde la mujer confesó sus sentimientos y tiraba de sus ingles.
Era algo que no se había podido quitar de la cabeza y ahora, repercutía en sus actos. Una humana.
Sí.
Su deseo crecía con un ser menor que él, con un ser más débil, de los que juró no enamorarse jamás.
—He traído el agua.
Rin deposito una jarra a su lado y le miró en expectativas. Sesshōmaru meditó seriamente lo que estaba a punto de pedir. Algo dentro de él gritaba porque lo afirmara y otra parte, la que hasta ahora se había negado a sentir nada por una humana, batalla en una disputa que, claramente, no estaba ganando.
—Jaken.
El pequeño demonio se acercó a él con curiosidad.
—Tú y Rin id a donde esta el grupo de la humana. Informarles de que está conmigo y la situación. Quedaros allí.
Jaken dudó por un momento.
—Pero señor…
Posó la mirada sobre él. Percibió que temblaba y tomaba rápidamente la mano de Rin.
—¡Volveremos mañana sin falta, señor! —anunció—. Vamos, Rin. Tenemos trabajo.
Esperó a que se marcharan y suspiró.
No estaba seguro de cuánto tiempo estuvo ahí sentado, esperando, impaciente, por su despertar.
.
Kagome despertó con la sensación fresca de la noche que ya conocía. No se sentía febril y ya podía mover su brazo y los dedos de la mano a la perfección. Le habían quitado en algún momento la cataplasma y aunque quedaba algo del olor a medicina, no le importó. Incluso la herida parecía estar cicatrizando de una forma más rápida de lo normal.
Se preguntó, por un momento, si sería a causa del acto tan desvergonzado que había hecho Sesshōmaru. De alguna forma, no había podido evitar pensar que eso era algo sumamente erótico y aunque no se sentía en sus cabales, sabía que bien podía haber explotado de placer ahí mismo.
Podría considerarlo como un sueño, sino fuera porque no estaba con los demás. Había una hoguera cerca de ella, algo de comida y un jarro con agua fresca de la que bebió, sorprendiéndose más sedienta de lo normal. Cuando se limpió, buscó a su alrededor. No había rastro de Rin ni de Jaken.
Tampoco de Sesshōmaru.
Empujó las ropas que la cubrían a un lado y se sentó. No parecía mareada. El mundo no giraba de forma anormal y su sangre no representaba ya una amenaza para su estabilidad.
Tras ponerse en pie y echar algunas ramas cercanas en la hoguera, miró a su alrededor. Había oscurecido ya y el bosque le parecía más peligroso, menos hermoso, más… aterrador. Buscó su arco sin encontrarlo. Tampoco el carcaj.
No podía ser que la hubieran abandonado. ¿Verdad?
Dio un respingo al escuchar algo moverse a su izquierda. Atrapó uno de los leños por inercia. No iba a servirle de mucho, pero algo de tiempo conseguiría.
Sin embargo, la figura que apareció después la dejó sin aliento y con el corazón galopando.
Sesshōmaru se detuvo para observarla, enarcando una ceja en referencia a su improvisada arma. Kagome la soltó al notar sus dedos demasiado calientes, o quizás fuera todo su cuerpo, y carraspeó.
El demonio caminó hasta su altura, sin importarle no llevar nada puesto. Y cuando quería decir nada, era nada. Bendita su madre que lo hizo tan perfecto y Bendita la naturaleza que lo mantuvo de esa forma.
Con el aliento atorado en la garganta, apenas fue capaz de gesticular una disculpa.
—No te habría servido de nada —le dijo mirándola de arriba abajo—. Estás curada.
—Sí —articuló, cubriéndose los labios al notar que apenas era consciente de que su voz pudiera sonar de esa forma—. ¿Por qué…?
Él no se inmutó por su escrutinio, aunque intentó no ser descarada. ¿Qué alma cándida era capaz de controlarse de una mirada al tener al ser que amabas delante? Bien, ella no.
Sesshōmaru caminó en su dirección y se detuvo justo delante. Parecía gustarle que le mirasen y no importarle exhibirse. La aferró del brazo y levantó el jersey hasta su hombro, escrutando su herida.
—Bien —aceptó con un asentimiento de ceño fruncido—. No te quedará cicatriz tampoco.
—Gracias a tus lametones —recordó algo avergonzada.
Él la miró y de nuevo, levantó inquisitivamente una ceja. Ella suspiró.
—De donde yo vengo, la idea de un perro lamiendo las heridas no es muy… atractiva.
Tampoco lo sería si él estuviera transformado, desde luego. Ella podría caberle perfectamente en la boca.
—Y, sin embargo, lo tuyo ha sido… Increíble.
Se lamió los labios, preguntándose si estaba siendo demasiado descarada con sus explicaciones. Sesshōmaru no era de los que se interesaban por cosas banales. Y menos, por los sentimientos de una mujer.
Sin embargo, él continuó sujetándola del brazo, acariciando con la yema de su pulgar la zona, bajando y subiendo. La presionaba en lugares que extrañamente le creaban pequeños escalofríos y endurecían o humedecían parte de su cuerpo que no despertaban con tanta rapidez.
—No soy un demonio amable —le dijo repentinamente—. Tomo lo que quiero y desprecio otras cosas. ¿Lo sabes?
—Sí —confirmó a media voz—. Lo sé. Eres un demonio y está en tu naturaleza.
Sesshōmaru asintió de nuevo. Su cabello resbalando por uno de sus hombros hasta cubrir parte de su pecho.
—Si te hago mía, serás mía para siempre.
Ahogó un siseo entre los dientes, anhelante.
—¿Lo entiendes? —Presionó él al notar que su mente divagaba más en distracciones amorosas que otra cosa—. Seré el único con derecho a matarte y puede que un día lo haga.
En lugar de miedo, sintió tranquilidad. Pese a sus palabras, la mirada que le entregaba no era para nada aterradora, aunque sí, posesiva. De cierta forma, sabía que esa parte suya estaría vigente. Como bien había dicho al principio, el chico malo que no comprendías por qué amabas, pero lo hacías.
Levantó su mano libre hasta tocarle la mejilla. Sesshōmaru no se apartó, pero su rostro mostró la sorpresa. Le permitió tocarle, suavemente, deslizándose por su mejilla hasta sus labios.
—Lo entiendo —dijo al fin—. ¿Es esto un pacto? —cuestionó—. ¿Dónde tengo que firmar?
Era una broma, por supuesto, pero él pareció captarla de otra forma muy diferente. Le tomó el mentón entre sus dedos y se inclinó para robar el primer beso de sus labios. Con la sorpresa, las piernas le temblaron y tuvo que asirse de su brazo para no desfallecer.
Sesshōmaru presionó sus labios, los lamió y mordisqueó y hasta podría haber creado el mejor beso de esa época, estaba segura.
Sus manos se movieron hasta su espalda y cintura y la presionó contra su desnudez. Tembló, sorprendida por lo que eso creaba en su propio cuerpo. Jamás pensó ser capaz de despertar de esa forma, de desearle con tanta fuerza.
Tal y como prometió, Sesshōmaru no se entretuvo en cuidados innecesarios, así que, de un rápido y firme tirón, la despojó de su jersey, aunque fue adorable verle fruncir el ceño ante el desconocimiento del sujetador. Aunque no duró demasiado y en sus manos se convirtió en simples trozos de tela desgarrándose por diversos focos de su cuerpo y liberando sus pequeños senos.
El roce de estos contra su torso fue tan dulce, que ella misma se apretó más, arqueando su cuerpo en busca de aquel maravilloso roce, mientras su boca continuaba batallando asaltos de succión, lamidas indecorosas y tragándose suspiros que ya no eran sólo suyos.
Sesshōmaru la levantó en brazos repentinamente, separando el contacto, observando su boca tomar aire, sus senos levantándose, enrojecidos y tensos. La depositó sobre la ropa donde se había despertado.
Después, se arrodilló a su lado, tomando sus rodillas con sus manos, con cuidado de sus uñas. La falda resbaló, cayendo por encima de su estómago. Observó detalladamente la forma triangular de su ropa interior y luego, sus ojos.
Se mordió el labio inferior y con un tentador gesto de sus labios, lo invitó.
.
Una humana nunca había sido tan excitante hasta ese momento. Una humana jamás le había puesto de rodillas de esa forma. Una humana nunca en su vida le había hecho ansiar otra cosa que no fuera su sangre.
Kagome, la que había considerado hasta ahora la humana de su hermano, lo estaba consiguiendo.
Pensó que al besarla se terminaría cualquier tipo de curiosidad que estuviera creando en él. Se equivocó. Ansiaba más y más. Marcarla profundamente como suya.
Le había prometido no ser tierno, porque sabía que era así. Le había advertido de lo que significaba yacer en sus brazos y ella había aceptado. Casi ronroneaba en sus brazos.
Podía oler su excitación y eso, aumentaba su deseo. La erección entre sus piernas clamaba palpitante por ejercer ese tipo de posesión. Por hundirse en ella y descubrir si sería capaz de soportar todo el peso de su parte demoniaca.
No estaba acostumbrado a rogar y no lo haría esa vez.
Romper sus ropas era casi una tortura. Quería ver más, descubrir ese secreto oculto. No entendía por qué tenía más ropa de lo normal, ni por qué llevaba prendas que no conseguía comprender, pero simplemente, las retiró sin el menor de los cuidados. Igual que había hecho con su ropa momentos antes cuando se fue a bañar. No esperaba encontrarse a Kagome despierta, pero el resultado de eso era excelente.
El olor de su excitación, cada vez más clara, la pureza de su existencia; el demonio en él deseó romperla, rasgar lo más hondo y profundo. Por eso, esa prenda no fue más querida que las otras y terminó rompiéndose bajo sus uñas.
Entonces, quedó completamente expuesta. Con las manos a cada lado de su cabeza, sus piernas abiertas, su pecho alzándose y temblando. Pasó su mano por su cintura, bajó hasta su espalda y la levantó.
Quería besarla, pero en otro lado.
Kagome siseó entre dientes cuando posó su boca sobre ella. Sabía a mujer, a virgen y a medida que su lengua la exploró, maravillándose del dulzor que creaba en su boca, se percató de que alcanzaba el primer orgasmo, sacudiéndose, bajando sus manos hasta su cabeza y enredando sus dedos en su cabeza.
Si pensaba que eso iba a detenerle, se equivocó. Continuó, saboreándola y torturándola, abriéndola para él. Volvió a elevarla al cielo del placer otra vez.
Cuando se separó, ella estaba colorada, con la boca muy abierta, el rostro bañado en lágrimas y los ojos temblorosos.
—Voy a morir de este modo —masculló, jadeante.
El se arrodilló de nuevo entre ella. Su pene completamente erecto.
—No —le ordenó—. Aún no.
Entonces, adecuó su postura, asiéndola correctamente con una mano y guio su miembro con la otra. La humedad cubrió su piel como una invitación suave, aunque no fue así su embestida.
La escuchó gritar, arquearse a la par que el aliento se escapaba de su boca para regresar en pequeños suspiros. Los ojos cerrados y las manos apretando las ropas bajo ella. Le llegó el aroma de la sangre. Sabía lo que había hecho.
Y supo que era lo que quería.
Lo que volvería a hacer sin dudar.
Ahora, era suya.
Kagome levantó los brazos con cautela hacia él, como si dudase de que fuera a permitirle abrazarle o tocarle. Casi gruñó porque lo hiciera. Se lo permitió, lo ansió y fue el detonante para moverse. En ella, hundiéndose hasta lo más profundo y primitivo.
Quería llenarla de su esencia por completo.
Se detuvo por un momento, observándola.
—No voy a decirlo —le dijo.
Ella parpadeó, sonriendo con comprensión. No era un demonio acompañado de la palabra amor.
—Entonces, lo diré yo mil veces por ti.
Cerró los ojos, sintiendo felicidad. No la demostró con una sonrisa, la demostró moviéndose con más ímpetu. Hasta vaciarse en ella.
De tantos años en su vida, aquel orgasmo fue desbastador. Sin poder detenerse, con Kagome apretándolo de aquella manera, succionándolo mientras su propio orgasmo lo exprimía hasta el final. Incluso cuando salió de su interior, aún continuaba.
Jadeante, Kagome se quedó completamente laxa a su lado, tan vulnerable. Se acomodó a su lado y pasó su mano por su vientre, bajando hasta su muslo. Ella tembló y su boca se abrió con un agotador suspiro.
Entonces, hizo algo que no había hecho nunca con nadie: la atrajo contra sí protectoramente. Extendió su mano para tomar su espada también. Ella suspiró, relajándose y en cuestión de segundos, se durmió. Demasiado confiada.
Podría devorarla. Podría destruirla.
Y, sin embargo, no quería.
No entendía ni cómo ni por qué, pero esa mujer debería de tener algo de brujería.
Porque atarlo a él, al gran Sesshōmaru, era algo impensable, inimaginable.
—Puede que te ame, humana —susurró.
Ella no se movió. Su respiración no cambió. Se dio por satisfecho. No era algo que necesitara decir aún.
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—Continuarás viajando con tu grupo.
Kagome sabía que no era una orden, tampoco una pregunta en sí, sino una afirmación. Sesshōmaru no necesitaba que hablara de más y, extrañamente, ella no necesitaba que lo hiciera tampoco.
Pero apenas podía despegarse de la sensación que la hacía estar en las nubes después de lo que había pasado entre ellos. Y no sólo una vez. Durante la noche se había despertado varias veces y en todas ellas, Sesshōmaru la tomó. Y exceptuando la primera vez, en ninguna la lastimó. Era justo, al contrario, su cuerpo reaccionaba a su deseo y se fundía en el placer más inmenso que pudiera sentir.
Ahora, llegaba la despedida.
—¿Puedo llamar a Inuyasha cuñado? —preguntó mientras se cerraba algo de ropa que pudo crear con algunas pertenencias que Rin había dejado atrás.
Sesshōmaru enarcó una ceja, algo indiferente.
—¿Qué significaría eso?
—Que estoy contigo —respondió—. O si quieres, siempre puedo ir con otro y…
El gruñido que escapó de su pecho fue suficiente respuesta. Kagome no logró ocultar la sonrisa de triunfo en su rostro.
—Entonces, le llamaré así.
Como si se percatara de su descubrimiento, carraspeó y enderezó la espalda.
—Volveré a buscarte —le indicó como toda despedida.
Kagome levantó una mano, aferrándolo del pelo, lo obligó a inclinarse. Rápidamente, lo besó, atrevida.
—Quizás sea yo la que vuelva a buscarte.
Y, después, se alejó.
Todavía quedaba mucho tiempo para que ambos pudieran estar a solas. Para que pudiera pasar las horas que quisiera en sus brazos.
Pero cuando ese fin llegara, estaría más que dispuesta a estar a su lado.
Fin
Extra por donativos
—¿Te encuentras bien?
Kagome asintió a las diversas preguntas efectuadas por sus amigos. Sango, claramente preocupada, ya que fue quien la animó a su encuentro con Sesshōmaru sin tener en cuenta la evolución de su herida. Aunque también era culpa suya por haberle mentido en cuanto al dolor.
—Estoy bien —aseguró.
Luego, buscó con la mirada a Inuyasha, que se mantenía apartado, con el ceño fruncido y los ojos brillantes. Cuando le dio la espalda para alejarse, Kagome supo que no debía de dejarlo pasar. Se separó de los demás para seguirle, deteniéndose al llegar a su altura.
—No necesitas decírmelo —le dijo antes de que ella hablara—. Puedo olerlo perfectamente. Él te ha marcado. Eres suya ahora.
—Lo siento —se disculpó.
Inuyasha suspiró, rascándose la nuca.
—No necesitas hacerlo realmente. Yo… he sido un idiota sin remedio y por eso he terminado perdiendo a la misma mujer dos veces. En la muerte y en vida.
—Todavía puedes estar con Kikyō, de alguna forma —indicó—. Inuyasha, lo que sentí por ti fue hermoso, pero lo que siento por tu hermano es… mil veces mejor. Además, soy correspondida.
Inuyasha se encogió de hombros.
—Lo sé. Ya te he dicho que dicho que puedo olerlo. Pero no puedo decirle a la mujer que amo que me alegro por ella, lo siento.
Kagome asintió.
—Necesitas tiempo —aclaró con suma tranquilidad—. Y necesitas ser feliz, Inuyasha. Por favor, haz que sea.
Luego, le dio la espalda.
Sabía que eso quedaría para siempre ahí, el recuerdo de un primer amor agridulce que nunca resultó.
Pero, ¿qué era eso comparado al hecho de que un ser como Sesshōmaru realmente te correspondiera? Había puesto a ese demonio de rodillas, le había dicho con la mirada que la amaba, con sus actos. Era sensual y muy masculino en la cama.
Y lo amaba.
Se sentía feliz, en paz consigo misma. Y eso no pensaba cambiarlo para nada.
Puede que en el futuro dejara atrás su vida en el futuro para vivir en el pasado. No obstante, sabía que esa, sería la mejor y más firme decisión de toda su vida.
Y algún día, Inuyasha y ella se mirarían y, entonces, sonreirían.
n/a
Muchas gracias de nuevo, mil, a poder ser. ¡Gracias por sacarme de mi zona de confort!
