Las enfermeras de urgencia del hospital central de Shiganshina corrían hacia el pabellón para atender al paciente recién ingresado, un adolescente flaco, de cabellera castaña que venía grave y en estado inconsciente. Lo había encontrado su padre tendido sobre su cama, hacía menos de media hora con una nota suicida en la mano. Apenas llegó al hospital, lo ingresaron rápidamente para intentar estabilizarlo e introducirle una sonda endotraqueal hacia el estómago, para realizar un lavado estomacal e intentar salvarle la vida.
-¿Qué antecedentes tenemos del paciente?- preguntó ingresando con prisa el médico residente al personal de turno.
-Es un joven de quince años que sólo ha presentado enfermedades comunes. Su padre indica que habría ingerido una fuerte dosis de antipsicóticos y ansiolíticos. Hemos logrado estabilizarlo y aunque presenta bradicardia está respirando con normalidad.
-¿De qué cantidades hablamos exactamente?
-Su padre dice que le falta una caja de 10 comprimidos de un cuarto de Triazolam y otra de Quetiapina de 50 mg, los 20 comprimidos. Además, presenta diversas laceraciones en piernas y brazos, algunas que lucen cicatrizadas y otras que parecen más profundas de aspecto reciente.
-¡Diablos! Otro intento de suicidio – dijo el médico que cada vez se topaba con chicos más jóvenes en el pabellón que recurrían a esta salida desesperada - ¿Qué pudo haberle ocurrido? - pregunta retórica que acostumbraba a hacerse en estos caos – recuerde agendarle cita con psiquiatría.
-Sí, doctor. Sus padres lo esperan en la sala. Tal vez conoce al doctor Jaeger – ese dato no le pasó por alto pues efectivamente conocía al sujeto, el doctor Jaeger gozaba de gran reputación profesional en el área médica y tenía fama de ser una excelente persona en el plano personal- Que lástima que ocurra esto con su hijo, ¿no cree?
-Sí, hablaré ahora mismo con ellos.
Seis años más tarde.
El cielo sombrío parecía presagiar la inminente llegada de la lluvia, lo que llamó la atención de la esbelta joven una vez hubo bajado del automóvil, se levantó la solaba de su delgado abrigo de media estación para protegerse de la brisa que desordenó su oscura cabellera y continuó caminando con paso firme y decidido, la barbilla erguida y la vista fija al frente con la espalda recta. A pocos metros se encontraba la torre de 30 pisos donde se desempeñaba como asistente personal del Director de la Compañía, el mayor productor siderúrgico de Paradis. Se podría decir que ella se encontraba en la cúspide de su carrera profesional, a sus 20 años, Mikasa Ackerman había conseguido el puesto y el salario que todo profesional espera alcanzar algún día. Y cómo es que una chica tan joven lo había conseguido, no era ningún misterio, ella se había destacado siempre en sus estudios obteniendo las becas necesarias para costear la mensualidad y había realizado una pasantía exitosa en la misma empresa, ganándose la confianza del Ceo corporativo.
Antes de ingresar por la amplia e iluminada mampara del edificio corporativo, sin detenerse en su trayecto retiró con rapidez de su dedo anular una argolla de oro guardándola en el bolsillo del abrigo. Llevó enseguida su mano a la cara para retirar ese mechón rebelde que caída sobre su frente y que siempre obstinadamente regresaba a posicionarse entre sus hermosos ojos grises. Se miró en las paredes brillantes que le devolvían el reflejo y se encaminó hacia el mesón donde la recepcionista la esperaba con una sonrisa.
-Buenos dìas, Mikasa – saludó la joven morena ataviada en un traje sastre azul cobalto - el jefe ya llegó, se ve que están con mucho trabajo.
-Así es, se viene pronto la convención de productores de acero.
-Tengo algunos sobres para usted – le extendió un abultado paquete envuelto en un bolso plástico – por cierto, le queda muy bien ese conjunto – Mikasa también era tema de conversación en la oficina, podía ser admirada u odiada de igual manera, era reservada y de pocos amigos, pero tenía un estilo impecable al combinar su vestuario, solía usar faldas o vestidos sobre la rodilla que le quedaban perfectos por sus bonitas piernas que mostraba con orgullo.
-Gracias Lisa, debe estar necesitándome- tomó la correspondencia y con la seriedad propia de ella, se despidió para dirigirse a los ascensores.
Mientras esperaba entre la tercera y cuarta columna, entre el gentío que buscaba llegar a su lugar de trabajo y respondía a los saludos del personal de la compañía comprobó con angustia que ya tenía tres llamadas perdidas de su exigente jefe.
Esta mañana de mediados de Abril no era distinta a las muchas otras mañanas en que la responsable asistente iniciara su jornada laboral, llegando a encender su ordenador para encontrase con los muchos correos acumulados en la bandeja de entrada. Ella sabía que los primeros en revisar debían ser los de su jefe ya que indicaban el estado de Urgente, como todo lo que solicitaba el respetado y temido Erwin Smith.
-Oye Mikasa, ¿cómo vas con los informes? – su mejor amiga solía enviarle mensajes llegado el horario de almuerzo.
-Olvídalo, no podré salir.
- ¿Qué ha ocurrido?, ¿prefieres que te traiga algo? – la muchacha ya sabía que cuando su atareada amiga tomaba una decisión nada la haría desistir, sobre todo en temas de trabajo.
-Si puedes. Uno de los emparedados ave palta, por favor. Y un juego natural.
-En veinte minutos.
-Gracias, Sasha.
Tenía migraña y empezaba a dudar acerca de sus muchas competencias, cosa que rara vez le ocurría, pero es que ya llevaba tres resultados diferentes para el mismo cálculo de la planilla de finanzas y al revisar los datos indexados todos cuadraban. Entonces había un problema que no estaba viendo y no ayudaba en nada que el jefe Smith se asomara con sus agudos ojos azules a preguntarle por el informe cada treinta minutos.
-Maldición, es el maldito programa que está fallando – la respuesta le había llegado por inspiración al observar como reparaban la máquina de asistencia del personal. No le gustaba hablar a los de sistemas, no eran su personal favorito, pero en vista de las circunstancias, marcó el anexo – Hola, necesito a alguien de soporte, ¡por favor… ah! Hola Jean. Si, bien.
En media hora el informe estaba listo y lo había enviado por mail, había sacado copias con gráficos circulares y de barra, hizo informes impresos y hasta le calculó la desviación estándar, la volatilidad, la media y un completo análisis de riesgo. El señor Smith la llamó a su despacho dos horas después del horario de salida para darle las gracias y desearle un buen fin de semana, con una sonrisa remarcada en sus ojos azules.
-De recursos humanos me entregaron los resultados para cubrir el puesto de asistente dejado por Marco. Los entrevistaré hoy y si tomo una decisión, desde el lunes dejarás de realizar doble función – dijo Smith cuando ella se acercó para despedirse - Lo has hecho muy bien, has tenido un mes agotador. Gracias, Mikasa.
-Está bien. Espero pueda seleccionar a uno de los candidatos que cumpla con los requisitos.
-Lo dejaré en tus manos, lo quiero alineado contigo y las metas de la compañía.
Así era él, extremadamente exigente, muy agresivo en los negocios, pero a la vez se preocupaba mucho por su gente. Y Mikasa lo adoraba y le era absolutamente leal profesionalmente hablando.
En el cuartel general de la policía militar del distrito de Trost el capitán Ackerman recibía los informes practicados mediante autopsia a los últimos cadáveres encontrados de personas asesinadas en el distrito Karanese. El capitán Levi no sólo era célebre por su carácter serio y su fortaleza física, sino que además, era uno de los mejores investigadores de casos difíciles que enfrentara la policía en Paradis. Por esta razón, la policía militar comandada por la Capitana Rico Brzenska había pedido su apoyo para esclarecer los últimos hechos macabros registrados en su jurisdicción y para los que todavía no había pistas. Sólo se sabía que los asesinatos de las víctimas eran posteriores a la obtención de pruebas biológicas extraídas de zonas blandas como masa craneal o médula espinal.
-Ese maldito ha vuelto a diseccionar gente, salgo ahora para el distrito Karanese – se ponía los guantes mientras impartía instrucciones a sus hombres – vienen conmigo Auruo, Gunther y Petra. Prepárense, partiremos enseguida.
La escuadra de Levi era conocida como Escuadrón de Fuerzas Especiales, ya que se decía, eran los mejores preparados y los había escogido el capitán personalmente. Confiaba en ellos plenamente y ellos a su vez confiaban en su capitán, en ese hombre de baja estatura y sonrisa inexistente, mirada desconfiada y argolla de casado, de quien no sabían prácticamente nada, fuera del ámbito estrictamente militar. Se decían muchas cosas de Ackerman, que él jamás se preocupaba de afirmar o de desmentir, comentarios que le eran tan indiferentes como quienes los propagaban y esa la primera regla tácita para servir en su escuadrón, no dejarse llevar por comentario alguno. Al capitán había que obedecerlo y confiar en él, porque los soldados no eran sólo peones puestos a cumplir tareas, eran parte importantes de un equipo y se necesitaban unos a otros, porque para Levi ellos eran como su familia.
-El informe dice que ahora además de extraer piel y tejido blando, parecen presentar golpes de corriente eléctrica. Y sus órganos internos fueron extraídos… ese maldito enfermo – se ajustó la capa y montó en el caballo más veloz de las caballerizas - si no fuera por esos perros asilvestrados que andan hambrientos , jamás los habrían encontrado - estaba listo para partir y a Petra le pareció que se veía guapísimo desde donde ella lo observaba, preparando también la montura de su brillante animal.
