Geralt asió las riendas con mano firme.

—Tranquila, Sardinilla —le dijo a la yegua para que frenase, a pesar de que esta ya aminoraba el paso al reconocer el camino.

A su lado, Jaskier rio para sí, pero no se mantuvo en silencio, a pesar de los silenciosos ruegos del brujo.

—Siempre me sorprende el nombre de tus caballos —le dijo el bardo—. ¿No se te hace extraño ver a tu sardinilla tan lejos del mar?

Era cierto: Kaer Morhen estaba situada en las Montañas Azules y, aunque estas daban vida a muchos ríos, el mar estaba a cientos de kilómetros en cualquier dirección. La respuesta de Geralt no fue entrar al trapo, sino ignorarlo y ayudar a Ciri a descender de la yegua.

—Vamos, Leoncilla —le dijo a la niña, que estaba adormilada a pesar de la incomodidad. El brujo se preguntó cuánto hacía que Ciri no dormía una noche entera y, para sus adentros, cuánto pasaría antes de que volviera a hacerlo.

La cogió en brazos —ella solo medio despierta— y ató a Sardinilla al poste de la entrada tras asegurarse de que había forraje y agua suficientes para pasar la noche. Hubiera avisado a Vesemir de no ser tan tarde; los demás brujos sabían que Geralt llegaría esa misma noche, y habrían preparado un lecho en el que descansar, algo que los tres recién llegados necesitaban con urgencia. No solo Ciri, Jaskier también parpadeaba más de lo habitual y se encogía mientras subía los escalones de piedra de la fortaleza. El brujo le puso una mano en la espalda.

—Venga, que queda poco —le dijo, en un intento torpe de animar al poeta.

—¿Dónde dormiré yo? —preguntó este—. Es la primera vez que vengo a tu... ¿hogar?

Geralt se rio para sí. Kaer Morhen había sido donde le habían torturado con las pruebas de las hierbas, donde había mutado y sufrido, y era el lugar en el que le habían enseñado a ganarse la vida matando. Y, sí, era su hogar.

—Creo que habrán puesto dos lechos en el cuarto que suelo usar —le respondió—. Si no, nos las apañaremos en otro.

Jaskier asintió con una mirada extraña, y no dijo nada más hasta que llegaron a una puerta de roble en la que Geralt apremió el paso. El poeta se fijó en ello, pero conocía a su amigo y sabía que era mejor no sacar el tema, con el que acabarían discutiendo.

La puerta de al lado de la primera daba a una habitación sobria, sin decoración y pragmática: cama, hoguera encendida, ventana, un mueble para la ropa. Gritaba "Geralt de Rivia" en cada pulgada de la estancia, y solo había una cama.

Geralt se mostró algo incómodo, pero dejó a Ciri —ya completamente dormida— en el que había sido su lecho y le hizo una señal a Jaskier para que saliera.

—En la habitación de al lado debería de haber espacio para los dos —le dijo el brujo—. Si no, nos tocará dormir en el suelo, con las mantas que dejamos en la entrada.

—No, Geralt, por favor —gimió el bardo—, bastantes noches al raso hemos pasado, necesito un colchón, o será mi espalda la que cante a partir de ahora, y no dirá beldades.

Otra sonrisa apareció en el rostro de Geralt, y Jaskier lo achacó a las horas que llevaba despierto, y a la resaca producida por las pociones que tomaba —fuertes como absenta reconcentrada—, dado que el brujo no era de sonrisa fácil.

Salieron y el bardo se preguntó si irían a la habitación que Geralt había esquivado torpe e inconscientemente, pero se dirigieron al otro lado, continuando por el pasillo, y entraron en la habitación, que era un calco de la anterior, solo que esta contaba con dos lechos y la chimenea estaba apagada.

—Mierda —dijeron a la vez.

A ninguno le apetecía pasar una noche congelado, por lo que reunieron leña —por suerte había en la propia habitación— y Geralt usó la señal de Igni para avivar el nacimiento de la hoguera.

El fuego comenzó a arder con fuerza, pero la habitación tardaría en caldearse. Ambos se metieron en la cama, tiritando, y se taparon con tantas mantas como disponían, pero el calor no llegaba.

—Geralt —dijo el bardo cuando había pasado un rato.

—¿Qué? —respondió el brujo, girándose para mirar a su amigo. Las velas estaban apagadas, pero la tenue luz que entraba por la ventana junto con sus pupilas mutadas le permitía ver a Jaskier con claridad.

—Tengo frío.

Geralt asintió para sí.

—Jaskier.

—¿Qué?

—El agua moja.

Del lecho del bardo salió una risa contenida, que se transformó en una carcajada.

—¿Cuánto crees que tardaremos en entrar en calor? —preguntó al brujo, que se encogió de hombros.

Un segundo después se dio cuenta de que Jaskier no podía verlo, y le contestó:

—No tengo ni idea, pero a este ritmo tardaremos más de una hora en poder dormir.

Jaskier se revolvió en su lecho, demasiado grande como para contener su calor, tiritando.

—Ahora es cuando echo de menos a Henrietta.

Esta vez fue el brujo el que rio.

Pasaron unos minutos en los que ninguno de los dos habló, hasta que Geralt rompió el silencio:

—Gírate, mirando hacia la puerta —le ordenó a Jaskier.

Este, acostumbrado ya a las órdenes del brujo, que solían venir con giros de espada y monstruos partidos por la mitad, hizo lo que le decía inmediatamente. Sin saber bien a qué atenerse, esperó en silencio, intentando captar algún sonido que no llegó. Entonces notó que su cama se abría —dejándole expuesto en sus calzones a la fría habitación— y se volvía a cerrar. Llegó el calor, no el que había acumulado él, sino uno nuevo.

—Así entraremos antes en calor —le dijo la ronca pero suave voz del brujo.

Jaskier se encontraba de espaldas a él, con los ojos muy abiertos y, por primera vez en su vida, mudo.

Las gracias que se le hubieran ocurrido en otra ocasión se perdían ahora en su mente confusa, y luchaba por no acercarse al brujo, que desprendía un agradable calor que se estaba volviendo irresistible frente a la tiritona del poeta.

Geralt se movió, y el poeta notó aún más calor. No sabía exactamente hasta qué punto los genes de su amigo le hacían diferente a él, pero en esta ocasión parecía que podía leer su mente. Se dio cuenta de lo que pasaba por ella y rezó para que el brujo realmente no pudiera hacerlo.

—¿Mejor? —susurró de nuevo.

Jaskier asintió, pero un nuevo escalofrío recorrió su cuerpo.

La respuesta a ello fue un aumento del calor al rodearle el brujo con su brazo.

Geralt no le dijo nada, y el bardo pensó que sería mejor así, dado que no estaba seguro de cómo reaccionaría a sus palabras. Ahora notaba rodeándole el brazo de su amigo, que lo envolvía en calor y amenazaba con provocarle nuevos escalofríos, aunque estos fueran por otras razones. El brazo del brujo, lleno de cicatrices, pesaba mucho más que las ligeramente fibrosas extremidades del bardo, curtidas por las cuerdas de un laúd y no por la espada de plata y monstruos de varias veces su peso. El tacto, sin embargo, era agradable; el peso era reconfortante. El calor los arropaba ahora a ambos, y Jaskier se encontraba en una ensoñación que le había sacado de la duermevela.

De forma inconsciente, se acercó aún más al brujo, entrando en contacto su espalda con el pecho de él. Hubiera esperado que este fuera duro e incluso, por alguna razón, frío. En su lugar se encontró con una sensación mullida y reconfortante. Geralt respondió apretando más su abrazo, y el bardo se preguntó cómo era posible que hubiera sentido frío cuando ahora todo su cuerpo ardía alegremente. Notaba la respiración del brujo poniendo el pelo de punta en su cuello, y se movió ligeramente.

Hubiera jurado que, aunque no oyó o notó nada, Geralt sonreía detrás de él.

No supo si pasaron solo unos segundos o más de media hora, el tiempo le era ajeno, cuando el brazo del brujo se movió. Su temor fue que le dijera que ya habían entrado en calor, que se volvía a su propio lecho, pero seguía sintiendo al hombre detrás de él, presionando su cuerpo, y fue solo su brazo, que recorrió el pecho de Jaskier con sutileza, luego bajó por su estómago y llegó hasta su vientre.

—Geralt... —comenzó a decir, susurrando.

El brujo le chistó, suavemente, y continuó dejando que su mano bajara, hasta llegar al bulto que Jaskier deseaba y temía que notase. Su amigo comenzó a acariciarle, lentamente al principio, pero variando la velocidad, y cada cambio obligaba al bardo a reprimir un gemido. Notaba ahora que el brujo no solo lo atraía hacia él, sino también que él estaba excitado.

Las manos del bardo se movieron: una a la pierna de Geralt, que notó muy robusta, y otra al brazo que ahora le hacía gemir sin poder evitarlo. No para frenarlo, sino para acompañarlo. Geralt se movió detrás de él, suavemente al principio, usando el cuerpo del bardo para darse placer como se lo proporcionaba a él, y metió, finalmente, su mano en los calzones de Jaskier.

—Geralt —volvió a repetir, de nuevo, sin saber cómo continuar, y el brujo supo que esa noche sería suyo.


—Yennefer —susurraba Triss a dos habitaciones de distancia.

Entre las piernas de la hechicera la cabellera azabache dio paso a unos ojos púrpura.

—Pensaba que no abrirías esa preciosa boca —le dijo con una sonrisa la otra hechicera.

El rostro de la castaña enrojeció al instante.

—No sé por qué empezaste esto cuando vino Geralt —le recriminó—. ¡Está en la habitación de al lado!

—No, está dos más allá —le corrigió Yennefer—. Te prometo que no nos oirá por mucho que grites.

Una vez dijo eso, volvió a hacer trabajar su lengua, y esta vez Triss no pudo evitar gemir, cada vez más alto.


Mientras Jaskier y Triss daban rienda suelta a sus gritos, sin poder oírse mutuamente, en la habitación de en medio Ciri se encontraba con los ojos abiertos y una expresión de horror en el rostro.