Remus despertó con un pequeño sobresalto, acababa de soñar que había alguien en su habitación, observándolo; pero eso no podía ser posible, estaba en Hogwarts, un lugar en el que ni él, el hombre con el que soñó, entraría si le quedase algo de sentido común.

Recorrió el dormitorio contiguo a su despacho con la mirada, no había nada... Remus se puso en pié de un salto, empuñando su varita. En una silla de un rincón apartado de la habitación estaba él; tenía mal aspecto: Más delgado, ropa raída y sucia, el pelo hasta los codos en lugar de por los hombros como siempre lo tuvo, parecía como si no se lo hubiese cortado en más de doce años, cosa que probablemente fuese así, pero independientemente de todo eso y aunque dicho hombre no despegó la mirada del suelo en ningún momento, le seguía resultando inconfundible.

Era el hombre al que había amado, al que aún amaba, el que Remus había creído que lo amaba de vuelta. Pero nada de eso había sido cierto.

-- ¿Qué haces aquí, Black?

Trató de ser frío, mucho más de lo que realmente se sentía, y debió funcionar, porque vió a Sirius estremecerse.

-- Supongo que me lo merezco --susurró el animago con ese tono de voz claro, aterciopelado e intenso que Remus hubiese podido reconocer entre millones de voces.

El profesor no entendía a qué venía eso.

-- ¿Qué? --preguntó esta vez con menor dureza, aunque había tratado de mantener el tono.

Por primera vez en el tiempo que llevaba allí, Sirius levantó la vista, y Remus tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no le fallasen las piernas.

Sus ojos... Él había esperado ver cualquier cosa: ansias homicidas, crueldad, ese sadismo sin cordura con el que Bellatrix Lestrange miraba al mundo, odio hacia él o hacia la vida en general, la mirada de locura y abstracción que solía estar presente en todo aquél que pasase más tiempo del conveniente en compañía de los dementores, pero no lo vió. Quien lo miraba era Sirius, su Sirius; tenía esa mirada que siempre lo había caracterizado fiera y suspicaz, con cierta amabilidad de fondo y un brillo que nunca lo abandonaba. No había rastro de locura o maldad, tal vez cierta tristeza, pero era él.

-- Que merezco tu odio tras todo lo que ha pasado --dijo el animago con peasar, respondiendo a una pregunta que Remus ya no recordaba--. Disculpa si yo no te llamo por tu apellido, me parece demasiado... Simplemente no puedo. No es necesario que me apuntes, Remus, no voy armado.

El licántropo bajó su varita, aunque no la guardó.

-- ¿Qué haces aquí, Sirius? --volvió a preguntar sin poder evitar que su voz sonase más suave que la de la primera vez que habló.

-- Si te refieres a qué hago en tu habitación, realmente no lo sé --admitió--. Sobre estar en Hogwarts, estoy aquí para cometer el asesinato por el que me encerraron.

A Remus le dolió oírlo hablar de matar a Harry con tal calma y naturalidad; Sirius siempre había adorado al chico cuando era pequeño, ¿acaso había estado fingiendo?

-- ¿Cómo puedes decir eso? --preguntó atormentado--. James y tú érais como hermanos; querías a Lily, a Harry, a Peter,... a mí. Esto va en contra de todo lo que creías, ¿acaso fue todo mentira?

El aristócrata se levantó, pero Remus no se molestó en volver a apuntarle con su varita; en ese momento le traía sin cuidado si lo atacaba.

-- Me conoces, Remus, me conoces mejor de lo que me conocía James, mucho mejor de lo que jamás hubiese podido conocerme Peter, me conoces mejor que nadie en el mundo. Sabes como fue mi infancia en Grimmauld Place, la mierda de familia que tengo, conoces el motivo por el que me escapé a los dieciséis, por no poder salvar a mi hermano de lanzarse a los brazos de Voldemort, sabes que hubiese dado la vida por cualquiera de vosotros; ahora dime, Remus ¿de verdad me crees capaz de haber hecho las cosas por las que me encerraron?

El castaño suspiró.

-- Nunca le he visto sentido a que tú hubieses hecho eso, Sirius, pero ¿qué otra cosa puedo creer? Todas las pruebas apuntan a tí, y tú mismo acabas de decir que estás aquí para asesinar a Harry.

El animago sonrió sin alegría.

-- No es a Harry a quien voy a matar, sino a Peter.

Remus volvió la vista hacia él bruscamente.

-- No soy culpable de nada de lo que se me acusa --explicó el otro, cansado--. Convencí a James y Lily de que pusiesen a Pete como su guardián para hacer yo de cebo.

-- Entonces Peter les entregó a Voldemort --continuó Remus intuyendo el resto de la historia. Realmente tenía sentido lo que había dicho Sirius, eso sonaba a algo que hubiese hecho el chico al que él conoció--. Lo descubriste y fuiste tras él, pero te tendió una trampa. Solo hay algo que no entiendo ¿por qué iba a estar él en Hogwarts? No es tan estúpido como para venir aquí cuando se supone que está muerto.

Sirius sacó un papel algo maltratado de su bolsillo, parecía un recorte de periódico; en él aparecía la familia Weasley en Egipto, Remus reconoció a varios de los integrantes de la familia como alumnos suyos.

-- Fijate en el chico --le indicó el animago--, el amigo de Harry.

Remus ya lo había hecho; sobre el hombro de Ron había una rata, probablemente su mascota, pero Remus había visto demasiadas veces a ese animal cuando era joven como para no saber al instante quién era realmente.

-- Durante la última visita de Fudge a Azkaban le pedí su periódico para hacer los crucigramas en un pobre intento de matar el aburrimiento. Esta foto fue el motivo de que escapase, creo que no es necesario que te explique cómo lo hice.

-- Supongo que me creíste el traidor --dijo el profesor, aunque sin resentimiento--, por eso no me hablaste del cambio de guardián secreto.

-- Y eso lleva atormentándome doce años --reconoció Sirius--. Por eso sigo cuerdo, los dementores se alimentan de la felicidad, no de la amargura, por lo que no me podían hacer nada; los otros presos en cambio trataban de recrearse en sus recuerdos felices para no enloquecer por la soledad del encierro, y eso los dejaba a merced de esos malditos seres. La única ventaja de haberme criado con los Black es que puedo sobrevivir sin necesidad de alegría. Pero ya ves de qué me ha servido, ahora estoy charlando con alguien que me odia y a quien soy incapaz de dejar de amar.

Eso lo dijo de modo casual, aunque con cierta amargura. Remus lo conocía lo suficiente como para saber que estaba siendo sincero, por lo que decidió serlo también.

-- Nunca te he odiado, ni siquiera cuando quise hacerlo mientras te creía culpable, y menos aún ahora.

Sirius lo miró con intensidad y dió una zancada hacia él, aunque luego retrocedió un paso; como si hubiese querido acortar la distancia entre ellos pero no hubiese tenido suficiente coraje. Remus sonrió suavemente y extendió los abrazos levemente a modo de invitación. El animago se acercó rápidamente y lo abrazó casi con desesperación.

Se aferraba a él como si fuese un salvavidas y Sirius un náufrago. Enterró la cara en su cuello mientras Remus lo estrechaba contra sí como había anhelado por años.

-- Te he echado de menos --susurró el pelinegro sin apartar la cara de su cuello--, no puedes imaginar cuanto te he extrañado, cariño.

El corazón de Remus dió un salto en su pecho y su respiración se detuvo apenas un segundo al oírlo llamarle así; trató de disimular, pero el animago lo notó y se apartó de él con rapidez.

-- Lo siento, Rem. Ha pasado tanto tiempo... han ocurrido tantas cosas... No podría esperar que tú aún sintieses lo mismo por mí. Yo... de verdad lo siento, no podría soportar que tú...

El profesor lo interrumpió.

-- Basta, Sirius; te amo, deja de disculparte y ven aquí.

Esta vez el aristócrata se tomó unos minutos observándolo antes de acceder a su petición. Se acercó a él con calma y se detuvo en frente suyo, más cerca de lo que podría estar un simple amigo; acarició su mejilla con suavidad y fue acortando la distancia entre sus rostros poco a poco, sin dejar de mirarle un solo segundo.

Finalmente sus labios se juntaron y Sirius lo estrechó hacia sí con cariño sin dejar de besarlo. Hacía demasiado tiempo desde la última vez que sus labios se habían encontrado y Remus, que creía recordar a la perfección los besos de quien había sido durante años su pareja, se deleitó en lo equivocado que había estado mientras redescubría y grababa en su memoria cada mínimo detalle de ese beso.

Sus manos enredándose en el pelo del animago, más largo de lo habitual, las de éste abrazándolo por la parte baja de la espalda, la suavidad y dulzura de los labios de Sirius contra los suyos, ese inconfundible modo de besar, con ternura y una chispa de picardía al que tanto había llegado a acostumbrarse en su momento.

Sintió la sonrisa de Sirius contra sus labios antes de que las manos del pelinegro se aventurasen bajo la camiseta de su pijama y el beso ganase en intensiadad y pasión. La ropa iba abandonando sus cuerpos y la temperatura subía. Ahora las manos de su pareja se dirigían a...

Con un jadeo volvió a despertar en su cama. Se sintió decepcionado de que todo hubiese sido un estúpido sueño, miró a su alrededor abatido, seguro de que esta vez no estaría; pero allí estaba, en la misma silla que en su sueño, y tan sólo viendo el brillo en su mirada, Remus supo que, de algún modo, lo que acababa de pasar había sido real.

El aristócrata dejó a un lado la varita que había estado usando para colarse en los sueños del castaño, y sonrió con picardía.

-- No irías a acostarte conmigo en sueños ¿cierto, amor? Si quieres hacerlo, al menos que sea en la realidad.