Disclamer: Ya sabéis que estos personajes, parte de la trama y demás no me pertenecen a mí, sino al señor Astruc y al señor Zag (si fueran míos, esta temporada estaría siendo muy distinta ¬¬), yo solo los tomo prestados para escribir y divertirme un poco.
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Nota de la Autora: Este Oneshot de miraculous está basado en el especial de Nueva York: Los Héroes Unidos. Así que si aún queda alguien que no lo haya visto, le recomiendo que lo haga antes de leer este shot porque hay algún que otro spoiler. Al resto… ¡Disfrutar de la lectura!
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—Flotar Contigo—
(Oneshot)
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Había una vez una mariquita muy nerviosa que acabó flotando sobre el cielo de Nueva York.
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1.
Entre giro y giro, Marinette se llevó una mano al pecho. El corazón le latía muy deprisa, podía sentirlo incluso a través de la ropa. Se detuvo, y dejó que sus parpados descansaran de la luz de las bombillas que colgaban de un cable que bordeaba aquella azotea. Ofrecían un resplandor amarillo anaranjado tan intenso que iluminaba la débil negrura del cielo neoyorkino. El impulso de su último movimiento hizo que su cuerpo se deslizara un poco más sobre el suelo. Desorientada, abrió los ojos para descubrir que… Adrien ya no estaba delante de ella.
¿Adrien?
Perpleja, parpadeó y giró sobre sí misma con un par de leves resuellos escapando de sus labios algo secos, su pecho se movía arriba y abajo cuando volvió a verle. A unos pocos pasos de distancia, captó su sonrisa acelerada mientras el chico bailaba, semi oculto tras una pareja que bailaba de forma estrambótica, aunque sin dejar de reír.
¡Todo el mundo estaba feliz esa noche! La fiesta en la azotea había sido una sorpresa maravillosa, a pesar de que se estaban saltando las reglas de la estricta profesora Mendeliev.
Tan rápido que apenas se dio cuenta, el escaso camino que la separaba de Adrien se fue cerrando por la llegada de más bailarines, por lo que tuvo que estirarse sobre sus pies para buscarle. Creyó ver el perfil de su rostro y sonriendo, fue a dar un paso. Pero entonces, otra figura se interpuso en su campo visual y la visión de su amigo se esfumó casi por completo. Se trataba de una de las chicas del grupo de estudiantes americanos. Compartirían con ellos el albergue y también las visitas por la ciudad; si bien Marinette los había observado con curiosidad a todos en su llegada, no recordaba a esa chica en cuestión.
Era alta, esbelta y tenía una larguísima cabellera rubio platino con ondas a la altura de la cintura. Al principio solo vio la parte posterior de su cabeza, pero cuando esta se giró alcanzó a ver como su mirada azul celeste parecía estar clavada en Adrien. Estaban el uno frente a la otra y resultaba fascinante la manera en que esa joven movía las caderas, danzando alegre y despreocupada, agitando también sus brazos y su cuello de un modo tan coordinado que causaba impresión.
¡¿De dónde ha salido?!
Debía haber aparecido mientras ella giraba como una niña pequeña jugando al corro de la patata. Adrien seguía bailando sin, por lo visto, haberse dado cuenta de que ella ya no estaba a su lado. La fabulosa chica rubia bailaba frente a él, muy cerca de él…
¿Con… él?
Por un instante, Marinette se quedó parada, respirando el aire nocturno de aquella exótica y nueva ciudad que los había acogido. Llenó bien sus pulmones y despacio, retrocedió sin llamar la atención de nadie. Salió del grupo de adolescentes que bailaban y gritaban como si esa fuera la última noche de sus vidas.
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2.
No importa se dijo, dándose la vuelta. Porque Adrien solo es mi amigo… Se explicó, sonriendo con la misma suficiencia que le mostraba a Alya cada vez que hablaban de ese mismo tema. Si fuera algo más que eso, estaría celosa. O triste. O enfadada. O…
¡Pero no lo estoy!
Porque solo somos amigos.
Siguió alejándose del tumulto y sintiendo que por fin comenzaba a relajarse. Para cuando estuvo cerca del borde de la azotea, se tocó otra vez el pecho y el ritmo de su corazón había disminuido.
Encontró a Alya y a Nino haciéndose fotos con algunos de los estudiantes americanos al otro lado de la azotea. Se dijo que ella también debía intentar conocerlos, ser amistosa, porque conocer a gente nueva siempre es algo interesante y beneficioso, sobre todo cuando viajas a un país tan diferente al tuyo.
Como Adrien y la chica rubia… se recordó, apretando los labios.
Su mirada pasó de largo por la improvisada pista de baile y se concentró en buscar al resto de sus compañeros de clase. Todos parecían estar pasándolo muy bien con sus anfitriones. Cerca de uno de los tragaluces acristalados que emergían del suelo como rocas de colores Juleka y Rose hablaban con gran entusiasmo con un grupo de chicas que vestían y se habían maquillado de un modo muy estiloso. Kim seguía haciendo flexiones en el suelo, compitiendo contra todo aquel que se le acercaba y Max parecía estar presentando a Marco a un grupo de curiosos.
Sus amigos estaban creando nuevos lazos y bebiendo de la experiencia. Marinette sabía que no era, en absoluto, propio de ella hacerse a un lado de las conversaciones y la diversión, pero…
Necesito un minuto.
Se giró hacia la calle y observó los coches que transitaban por la calzada de un extremo a otro, formando columnas de luz parpadeante, varios pisos por debajo de ella. Aquel edificio debía ser antiguo, comparado con los enormes rascacielos ultramodernos y luminosos que lo rodeaban, el pequeño albergue parecía una choza diminuta que hubiese crecido en medio de un bosque de árboles milenarios. No podía ver, por supuesto, el aspecto de las azoteas que rodeaban aquella en la que estaba, pero Marinette se las imaginaba como espacios exclusivos decorados con inmobiliario elegante a juego con todos esos focos y carteles de neón que rompían la oscuridad de la noche con silenciosa agresividad. Le llamó la atención el modo en que las escaleras ascendían por el exterior de los casas, como enredaderas de metal negro recubriendo la piedra.
Todo era diferente a Paris. Más llamativo, más espectacular y ruidoso.
La ciudad que nunca duerme… ¡No me extraña!
Y ella estaba allí, rodeada de sus mejores amigos. Después de despedirse de Chat Noir y dejarle al mando de todo en Francia, se dijo que aquel debía ser un viaje alegre. Habían sido unas semanas duras para ella desde la marcha del Maestro Fu pero durante esa excursión no cabrían las constantes preocupaciones de Ladybug. No. Eso se quedaba en casa, junto a la caja de los prodigios.
Y sin embargo… ¿por qué se sentía tan melancólica?
¿Echaba de menos París? ¿A sus padres? ¿A Chat Noir?
¡No, claro que no! Se respondió, moviendo la cabeza. Y se sonrió como si hubiera dicho una tontería.
No, no era esa clase de nostalgia la que le azuzaba, pero había algo. Se sentía inquieta, como a la espera de problemas. Y si lo pensaba bien, en realidad sabía que no tenía que ver con cuestiones súper heroicas, sino con algo más sencillo y mundano.
Adrien se dijo, soltando un suspiro.
Era por él que se sentía así. Y no era porque estuviera bailando con otra chica, no.
Marinette había tomado la decisión (triste y desgarradora) de convertir a Adrien en solo un amigo.
Solo un amigo.
Incluso aunque nunca le hubiese confesado su sentir, el simple hecho de que ella se resignara, provocaría un cambio en su relación y bien mirado, aquel viaje era como una especie de despedida. Se estaba despidiendo de la Marinette enamorada, de la chica obsesionada y torpe; se estaba despidiendo de Adrien.
Quería que todo eso se quedara allí, en Nueva York. Y que cuando volviera a casa, lo hiciera con la mente clara y el corazón tranquilo, para así poder centrar todos sus esfuerzos en cumplir con sus tareas de heroína y de guardiana.
La nueva Marinette que resurgiría de las cenizas de su amor no correspondido sería más libre, más segura y más fuerte.
¡Estaba decidida!
Decidida, a pesar de que a veces vacilaba porque no le estaba resultando tan fácil como habría creído mantenerse lejos de Adrien o… si quiera mantenerle lejos de su mente.
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3.
Cuando la música cambió a sus espaldas volviéndose más lenta y aterciopelada, Marinette sintió que algo le punzaba la nuca. Se tensó de los pies a la cabeza y aunque trató de resistirse, acabó mirando por encima de su hombro y buscando, con clara ansiedad, al chico entre las personas que seguían bailando.
No le encontró.
Frunció el ceño y repasó los rostros más despacio. La nueva canción había hecho que más parejas se unieran al baile, por lo que era muy complicado encontrar a nadie en ese barullo de cuerpos que se abrazaban balanceándose unos contra otros. No obstante, una vez que hubo repasado hasta dos veces al grupo entero, su corazón se oprimió con dolor; tampoco había visto por ningún lado a la chica de pelo rubio platino.
No me importa, no me importa se repitió tensando los hombros. Solo es un amigo…
La respiración se le atascó en la garganta y tuvo que volverse hacia la calle de nuevo. Respiro hondo. Hondo y despacio. Todas las veces que fueron necesarias hasta que su mente se apaciguó.
Su cerebro había estado disparado desde que se subió al avión para ir a Nueva York. Su miedo a marcharse de París dejándolo todo en manos de Chat Noir, la angustia hasta que logró convencer a Gabriel Agreste para cumplir la promesa que tan impulsivamente había realizado, y el hecho curioso (y extraño) de que, desde su llegada a Norteamérica, hiciese lo que hiciese, Adrien aparecía a su lado, o detrás de ella, o frente a ella…
Ahora que intento mantenerme alejada, él aparece todo el tiempo.
Casi como si la siguiera. Aunque eso era absurdo… En cualquier caso, había estado sumergida en un estado de agitación tan intenso que apenas le quedaban fuerzas para aparentar normalidad.
Se envolvió a sí misma con sus propios brazos y apretó, estirándose sobre sus bailarinas rosas hasta que el cuerpo le crujió y sintió que sus músculos se distendían.
Quizás necesito un abrazo de verdad reflexionó, al dejar caer las extremidades.
—Dicen por ahí que abrazar al ser amado es una de las mejores sensaciones que puedes experimentar —mencionó una voz repentina. Marinette dio un respingo. Había una chica cerca de ella que le guiñó un ojo cuando sus miradas se encontraron—. Te hace sentir más alegre y reconfortada; y además relaja tu organismo.
. ¿Lo sabías?
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4.
La chica llevaba un vestido corto de color crema algo desvaído que, de algún modo, combinaba con su sonrisa dormilona y el peinado corto a lo pixie de su cabeza. Debía ser varios años mayor que ella y la piel de sus brazos, de un tono bronceado, estaba salpicada de lunares de distintos tamaños y un vello dorado casi invisible. Una ristra de pulseras de madera chocaron entre sí en sus delgadas muñecas haciendo que la otra reaccionara.
—No… —murmuró, sobrecogida.
—Deberías intentarlo —la animó con picardía. Sus ojos verdes y rasgados se estrecharon un poco cuando inclinó el rostro hacia ella—. Ese chico rubio… —Marinette se tensó al instante.
—¡Solo es un amigo!
—No es verdad —dijo la desconocida con gracia y en absoluto, afectada. Lo dijo con firmeza, como si pudiera estar segura—. Os he visto llegar… te ha estado siguiendo todo el tiempo, ¿no te has dado cuenta?
. No se aparta de ti ni un instante.
—¡No, no es…! —replicó ella, con el rostro encendido y un triste temblor en la voz.
—Has sido tú la que te has alejado de él, ¿no?
Separó los labios para después vacilar. Apartó la mirada apretando con las manos las cuerdas de su bolsito que le cruzaban el pecho.
—Es que… me pone muy nerviosa estar con él…
—¿Y qué tiene eso de malo?
—¡Ah, pues…! —Hizo una mueca, sorprendida—. Lo paso mal —confesó con pena—. Me duele el corazón. Me mareo. Tartamudeo y… —Resopló, mirándose ahora las palmas como si ahí estuviera el resto de sus síntomas—. Es difícil disfrutar de los momentos que pasamos juntos en semejante estado de nervios.
La chica la miró, entonces, curvando los labios solo un poco. Era una expresión curiosa que parecía decir no te entiendo, pero me gustaría.
¿Quién podía entenderla?
Alya se esforzaba, claro, pero sabía que su mejor amiga era incapaz de ponerse del todo en su piel. Ella y Nino siempre estaban juntos, envueltos en un agradable ambiente distendido de confianza y afecto. Ivan y Mylene igual, Juleka y Rose… Y tal vez fuera verdad lo que esa chica decía; abrazar al amor de tu vida te reconforta, te genera felicidad, alegría… pero, ¿relajarte?
Sacudió la cabeza con debilidad.
Cuando Adrien la abrazó en el avión se sintió de todo menos relajada. ¡Justo lo contrario! El corazón se le disparó, su cuerpo se volvió loco y la cabeza le dio más vueltas que las hélices de un barco. Ni siquiera recordaba lo que le había dicho a él, aunque sospechaba que habría sido alguna de sus tonterías habituales. ¡Sí, había sido bonito y especial! Pero había estado tan pendiente de sus emociones descontroladas y de registrar todos los detalles posibles para recordarlos después que… ¿había disfrutado el momento?
—No obstante… —empezó a decir la chica, consiguiendo que Marinette la mirara de soslayo—. Tú aún quieres estar con él, ¿no es cierto?
¡Y ese era el sinsentido mayor de todos!
Aunque lo pasara tan mal, seguía esforzándose por estar el mayor tiempo posible junto a Adrien. Aunque los nervios la desquiciaran, aunque hiciera el ridículo más absoluto, aunque tal trastrocamiento en su interior la dejara después horas y horas agotada… A pesar de todo, para ella eran mucho más importantes los escasos instantes que pasaban juntos.
—Sí… —respondió. Después asintió con la cabeza como si quisiera dejarlo más claro—. Mientras pueda…
Porque ya había decidido que todo iba a cambiar. Y eso significaba que se acabarían todos esos momentos especiales entre ellos. No quedaba otro remedio.
—Mientras puedas —repitió la joven con ligereza—; intenta estar presente.
—¿Cómo?
—Estar junto a una persona, no es lo mismo que estar con esa persona —le explicó—. No te centres tanto en ti misma y tus nervios. No te pierdas contando los segundos que faltan para que ese instante se agote.
. Mantente presente con él.
Marinette se quedó patidifusa. Tanto así que una pesadez rara y calmosa se adueñó de ella y fue incapaz de responder. Miró, con los ojos abiertos de par en par y los labios separados, a esa jovencita que parecía haber adivinado todo lo que estaba sintiendo, a pesar de no haberle confiado mucho.
Lo curioso era que no sentía interés por saber cómo había sabido leer de un modo tan acertado las dudas y temores que llevaban ahogándola desde que el viaje había comenzado, sino desde mucho antes, cuando tomó la temida decisión. Era como si llevaran horas hablando, rodeadas de una atmosfera de entendimiento que no podía ser real, pero que lo era.
La jovencita la miró y la sonrió. Hizo un suave gesto de asentimiento y se retiró, caminando despacio. Marinette se quedó prendada del ondulante movimiento de la falda del vestido en el aire, de los reflejos que creaba la luz de las bombillas en las arrugas de la tela y la candencia casi felina de sus pasos. Parpadeó cuando los ojos le ardieron y al mirar de nuevo, la chica ya no estaba.
Se había perdido entre la marabunta de personas que aún bailaban en su inconsciencia, como si nada importante hubiese ocurrido.
¿Qué ha ocurrido, en realidad? Se preguntó. Pero no tenía ni idea, así que desvió su mirada al cielo, hacia la enorme luna amarilla que le ofreció algo de sosiego, ya que su imagen tan serena le recordó a su casa, en concreto a su balcón, que era lo más parecido a un refugio que tenía. Aspiró despacio, con un nuevo ritmo más agradable y captó, con sorpresa, nuevos matices en el aire. ¿Olía a comida? Era un olor increíblemente delicioso.
Mantente presente había dicho ella. ¿Se referiría a eso? A prestar atención, quizás, a esos detalles insignificantes que te hacen sentir que estas en un lugar y no flotando entre emociones desquiciantes. Olores, colores, la temperatura que rozaba su rostro o la textura de su propia ropa.
Pero la chica le había dicho algo más.
Mantente con él.
¿Acaso se perdía tanto en sus nervios que aun estando con Adrien, no lo estaba del todo? Y si no era capaz de estar, ¿cómo iba a ser capaz de controlarse? ¿De ser ella misma?
Súbitamente, percibió una nueva presencia tras ella. Antes de que pudiera moverse, una nueva voz habló rompiendo el silencio contemplativo que la acunaba.
—Esta también es una vista preciosa.
Y toda la serenidad que la luna y las palabras de la desconocida habían logrado transmitirle, saltó en pedazos. Un familiar tirón en su estómago la obligó a cuadrar sus hombros, a estirarse, alerta, cual estatua vigilante.
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5.
Miró de reojo al chico apostado a su lado, clavando sus codos a los costados de su cuerpo para evitar moverlos sin querer.
—¡¿Eh?!
—La luna, las luces… —explicó Adrien extendiendo su mano hacia la inmensidad que tenían frente a sí—. Es igual de bonito que la puesta de sol que vimos en el avión, ¿no crees?
—Ah… ¡Ah! ¡Sí, sí que lo es! —Forzó una risita y uno de sus brazos casi escapa resuelto a que su mano golpeara su frente en un gesto que habría sido más ridículo, que cómico. Por suerte pudo detenerlo—. E-es muy bonito…
El chico volvió el rostro hacia ella, sereno y amigable, como siempre. La miró directamente, atrapándola en su mirada resplandeciente, mientras su sonrisa se hacía cada vez más amplia y más dulce. Pero ella se tensó, apretó los labios y quiso sonreír de igual modo, pero temiendo hacer una mueca extraña, se volvió hacia el satélite, reprendiéndose en voz baja.
¿Por qué? ¡¿Por qué tenía que ponerse así?!
Adrien se mostraba tan encantador y paciente con ella… Al mirarle una vez más lo encontró contemplando el firmamento con una expresión entre sorprendida y adorable. La luna incidía en sus pupilas verdes creando todo un universo de luces y prodigios en ellas, arrancando reflejos aún más dorados a su cabello. Y un rubor mágico le nació en la línea que iba de un pómulo a otro.
Marinette apartó los ojos.
Se sentía tan sobrecogida por su presencia que estaba fuera de sí. Le temblaron las piernas y quiso huir lejos de tanta emotividad, pero también quería quedarse con él y memorizar su aspecto.
Mantente presente.
¿De qué le servía memorizar ese instante para fantasear con él en el futuro? Ahora era cuando lo estaba viviendo, ¿no es cierto? Sus fantasías aparecían y después se iban dejándole un vacío en lo más hondo de su corazón… No quería esperar a estar de vuelta en su casa para tratar de imaginar lo que se sentiría al rozar la mano de Adrien mientras observaban la luna, sino hacerlo de verdad.
¡Pero no puedo hacer eso! Se dijo, aturullada. Pero debo hacer algo para estar presente, ¿no?
Respiró hondo y, con gran vacilación, se movió despacio para acercarse un poco más a él. Sus cuerpos quedaron a unos cuantos centímetros de distancia pero no se atrevió a más. Sentía la piel del rostro acalorada, tirante incluso cuando la movió hacia él. De pronto, el chico la miró y aunque sus cejas se arquearon un poco, recuperó la misma sonrisa de hacía unos instantes y también se acercó a ella.
Resuelto y natural, se balanceó hasta que sus hombros se rozaron en un gesto de camaradería simple, aunque enternecedor. Marinette temió que su corazón estallara de un momento a otro.
No te centres en ti misma.
En cambio, dejó ir una risita más limpia y fresca que le nació en el pecho y devolvió el toque de hombros con complicidad. Las sonrisas se acercaron y a ella se le ocurrió que sí, podía intentar tomarle de la mano; tuvo la inusual seguridad de que Adrien se lo tomaría igual de bien que todo y con un poco de suerte, él también acariciaría sus dedos.
No quiso cuestionarse por qué estaba arriesgando tanto ahora que había decidido renunciar a ese tipo de acercamientos, sentía que debía hacerlo, al menos intentarlo.
Pero justo en ese momento, dos figuras se acercaron a ellos llamándolos y ambos se giraron a la vez haciendo que sus cuerpos se distanciaran. Alya y Nino caminaban hacia ellos, cuchicheando entre sí y trayendo algo en las manos.
—¡Hola! —Les saludó Alya—. Llevamos un rato buscándoos… ¿Qué hacéis aquí tan solitos?
Esas inocentes palabras provocaron que volviera a formarse un nudo en el estómago de Marinette. No le estaba gustando nada la actitud de Alya en ese viaje… No solo no se tomaba en serio su férreo propósito de convertir a Adrien en un amigo más, sino que no se reprimía lo más mínimo a la hora de burlarse de ella, incluso habiendo más gente delante.
—Mirábamos la luna —respondió el susodicho.
—¡Tío, por poco y os quedáis sin probar los perritos calientes mágicos de Hot Dog Dan! —exclamó Nino.
—¿Los qué?
—Hot Dog Dan es un súper héroe americano —explicó la morena—. Va por ahí volando en su carrito ambulante y repartiendo perritos mágicos para divertir a la gente.
En medio de la azotea, donde antes habían bailado los adolescentes, había ahora un puesto ambulante de comida rápida. La superficie que rodeaba la improvisada parrilla estaba repleta de botes con salsas y el techo de este remataba con dos enormes y vistosas sombrillas que brillaban en rojo y amarillo.
¿Kétchup y mostaza?
El atuendo del héroe era de los mismos colores. Una peculiar mezcla entre cocinero y soldado, pues llevaba los condimentos y los utensilios de cocina en un chaleco cruzado sobre el pecho como los que usaban los miembros del ejército para llevar la munición de su arma.
Manejaba con gran destreza un par de planchas que cambiaba de una mano a la otra mientras saludaba y prodigaba sonrisas satisfechas a los que se acercaban a su puesto.
—¡Vaya…! —musito Marinette—. Perritos mágicos… ¿y qué poder tienen?
—¡De todo! En cuanto los comes puede pasar cualquier cosa; que te cambie el color del pelo o de la piel, puede darte súper fuerza, o la capacidad de volverte invisible…
. ¡Es alucinante porque no lo sabes hasta que los pruebas!
—¿Y cuánto dura el efecto?
—¡No mucho! Unos minutos por lo que he visto…
Aún tenía más preguntas en su cabeza pero entonces Adrien se adelantó un paso y le puso una mano en el hombro.
—¡Vamos a comprar para nosotros, Marinette!
Pero Nino negó con la cabeza.
—Me temo que solo le quedan estos dos —comentó, mostrando lo que traía en sus manos. Dos irresistibles perritos humeantes—. Pero no pasa nada. ¡Compartimos! —Se acercó a los chicos y puso el perrito en manos de Marinette—. Uno para vosotros y este para nosotros.
—Típico entre amigos —apuntó Alya, partiendo el suyo por la mitad para compartirlo con su novio. Ahí estaban otra vez; esa sonrisa ladina y esa ceja arqueada, dirigidas a ella y que parecían hablar por sí solas—. ¿No crees, Marinette?
Se tragó un bufido, molesta.
El perrito olía de maravilla y tenía un aspecto de lo más apetitoso, pero no quería seguirle el juego a su amiga. ¡Tenía que demostrarle que iba en serio! Así que se colocó ante Adrien y lo empujó hacia él.
—Quédatelo tú, Adrien, te lo digo como amiga —Pero el chico frunció los labios y se lo devolvió.
—No, quédatelo tú, Marinette.
Estaba a punto de insistir cuando Nino resopló a su lado y se lo quitó de las manos.
—¡Mira que sois…! —refunfuñó. Lo partió en dos mitades exactas y puso una en cada par de manos—. ¡Ya está!
. ¡Perrito para dos, marchando!
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6.
Marinette miró, con cierta prudencia, la mitad del perrito. No sabía qué pensar de esos héroes americanos que iban por ahí desvelando su identidad a todo el mundo y usando sus poderes de un modo tan despreocupado, pero enseguida se dio cuenta de que, en todo caso, debía ser Ladybug quien juzgara eso desde su estatus de heroína.
Y allí en Nueva York no era Ladybug. Era Marinette. Estaba de viaje escolar y probar un hot dog que podía concederle poderes mágicos que usaría solo para divertirse sonaba bastante bien.
¿Qué puede salir mal?
¡Ella también quería disfrutar!
Miró a Adrien y este a ella, casi a la vez ambos mordieron el bocadillo con expectación ilusionada pintada en sus rostros.
¡Estaba realmente delicioso!
Aunque, por más que lo saboreó, no encontró nada fuera de la común; percibía el dulce y aun así ácido sabor del tomate, la textura de la carne, el crujiente de la cebolla… Masticó paladeando el sabor con calma que era tan exquisito que incluso su mente se vació para degustarlo. Era más bien una aguda ligereza. Una sensación de levedad en su cabeza bajó por su cuerpo, relajando todos sus músculos y órganos. Finalizó como un cosquilleo en la planta de sus pies.
¡Qué curioso! Atinó a pensar antes de perder el equilibrio.
Un fuerte vértigo la azotó en el pecho y la comida se le cayó de las manos, cuando algo tiró de ella hacia arriba. Soltó un chillido y su mitad superior se inclinó hacia atrás. ¡Flotaba! ¡Y no podía mantenerse erguida! Movió manos y pies en busca de algo que la ayudara y entonces, una mano atrapó la suya y de un tirón, le devolvió la verticalidad.
Adrien flotaba a su lado, también sorprendido aunque con un brillo despierto en sus pupilas. Marinette se aferró a su mano y clavó sus ojos en el suelo de la azotea que, poco a poco, se alejaba. Llegó a enfocar a Alya y esta le guiñó un ojo al tiempo que la saludaba con la mano. Después de eso, ascendieron tan rápido que la temperatura cayó en picado a su alrededor y el frío se le pegó a la piel del rostro. La oscuridad creció en torno a ella salvo porque la luna se hizo más redonda y gigante.
Y del mismo imprevisto, el ascenso se detuvo suavemente y ambos se soltaron.
Marinette luchó contra su propio peso para enderezar su cuerpo en el aire. Echó el torso hacia atrás y las piernas hacia delante, agitando un poco los brazos. La luna, los edificios, los carteles y sus ráfagas de luz; y por encima de su cabeza la inmensidad del espacio con sus estrellas parpadeantes. Quedó embobada por la indescriptible vista de la ciudad a sus pies hasta que un aullido de júbilo la distrajo.
Adrien rio, feliz, mientras daba una voltereta tras otra sobre sí mismo.
—¡Genial! —exclamó, emocionado. La chica le observó sorprendida por esa actitud juguetona, pero sonrió—. ¿Alya y Nino no suben?
—Supongo que su perrito tenía otro poder —opinó ella. Trató de distinguir, pese a la distancia, si algo había cambiado en el aspecto de sus amigos pero estos charlaban ahora con Jess y Aeon sin mostrar alteración alguna. Adrien siguió dando vueltas sobre sí mismo un poco más hasta que, satisfecho, movió brazos y piernas para acercarse a la chica—. Veo que no tienes vértigo, ¿eh?
—¡No! Estoy acostumbrado a… —Adrien se calló de golpe y sacudió la cabeza—. ¿A ti tampoco te dan miedo las alturas?
—No, tampoco —respondió ella.
Esa fue una respuesta demasiado contundente, pues la siguió un silencio absoluto que hizo más evidente lo lejos que estaban del resto del mundo. Encogió las piernas, inquieta, y desvió la mirada hacia abajo; veía las figuras moverse pero no sus voces, ni los pitidos del tráfico; de hecho, lo único que oía era la respiración acelerada de su amigo y la suya propia.
Antes de que Alya y Nino se acercaran a ellos, durante esos minutos que habían pasado a solas en el borde de la azotea, Marinette se había sentido tranquila y a gusto en presencia de Adrien. A gusto de un modo que… no solo era tolerable estar en silencio, sino que toda la presión que notaba siempre al estar con él, se había desvanecido.
Se había sentido ella misma por una vez. ¡Había sido tan agradable y liberador!
Pero muy breve. Las insinuaciones chistosas de su amiga habían acabado con su paz y ahora, allá arriba, atrapada con Adrien y sin poder mantener el equilibrio con normalidad, volvía a estar inquieta y sin saber qué decirle.
—¡Eh, escucha! —exclamó el chico, de pronto. Marinette dio un respingo y salió de sus pensamientos para captar una tenue melodía que ascendía por la misma orbita que ellos habían seguido; le resultó familiar. Muy familiar, de hecho. Un temblor la sacudió cuando reconoció lo que era—. ¡Es la canción que bailamos en la fiesta de Chloe!
. ¿Te acuerdas?
Otra vez rígida y tensa, apenas atinó a asentir con la cabeza y mostrar una sonrisa torcida.
—Sí… ¡E-es verdad!
—Oye… ¿Y si bailamos? —Le propuso él con un dulce susurro y tendiéndole la mano con entusiasmo.
¿Bailar? Pensó ella. ¡¿Ahora?!
Las alarmas de Marinette se dispararon. El natural impulso de huida se activó, haciéndola dar un respingo que propulso su cuerpo en dirección contraria con tanta fuerza que se le escapó un nuevo chillido. En el último segundo, lanzó su mano sin esperanzas de agarrarse a algo y asustada, cerró los ojos, imaginándose a sí misma perdida en el espacio.
Pero él la cogió. Cerró su mano en torno a la de ella y evitó que se perdiera.
Abrió los ojos, sorprendida y se encontró con el rostro confiado de Adrien. Suave, tiró de ella y la rodeó colocando la otra mano en su espalda. Marinette se estabilizó con un gran suspiro, pero quedó paralizada ante la repentina cercanía entre los dos.
Su mano libre se posó en el hombro masculino adoptando la postura de baile…
¡Alto! ¿Quiero hacer esto?
Había dos fuerzas contrarias peleando en su alma por esa decisión. Su plan de convertir a Adrien en solo su amigo seguía teniendo sentido para ella y rendirse con tanta facilidad a un romántico baile sobre la luna iba totalmente en contra de este. Por otro lado, su deseo natural de luchar por ese amor que, cada vez consideraba más imposible, todavía palpitaba en su pecho, quería presentar batalla para seguir existiendo.
¿Qué debo hacer? Se preguntó, dividida. Una cosa era el inofensivo toque de hombros de antes (muy de amigos) y otra muy distinta era…
Fue una decisión difícil hasta que Marinette miró el semblante de Adrien. El chico, paciente y sereno, la sonreía cargado de afecto. Hizo un movimiento de cabeza que casi fue imperceptible, pero que combinado con la clara y confiada forma en que la miraba, parecía susurrar:
Confía en mí, por favor.
No dejaré que salgas volando.
Se preguntó si Adrien habría notado los intentos que ella estaba haciendo por alejarse de él. Seguro que no, o no se estaría mostrando tan encantador. Pero, ¿y si sí lo había notado y aun así él seguía acercándose?
A causa de sus nervios había estado a punto de salir volando hacia el espacio exterior, mas él la había atrapado sin dudar. Las mejillas se le encendieron. No se le había ocurrido la posibilidad de que su plan de distanciamiento pudiera fracasar porque Adrien no la dejara marchar de su lado.
Las notas de la canción arrullaron sus oídos, trayéndola de vuelta de sus cansinas cavilaciones y no pudo contenerse más. Sabía lo que su corazón deseaba más que nada en el mundo. Esbozó una sonrisa de cariño y estiró sus brazos hacia el cuello del chico. Él la recibió con la misma delicadeza y ternura con que hacía todo, rodeándola y ciñéndola con firmeza.
Un cosquilleo la recorrió de arriba abajo al notar que Adrien bajaba la cabeza junto a la suya y exhalaba un suspiro.
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7.
Giraron lentos, suspendidos en aquel aire fresco cargado de matices y que se iba volviendo sólido, como agua templada que los balanceaba entre olas calmosas de plata.
Marinette cerró los ojos y disfrutó de la dicha que llenó su corazón. Aunque sabía que esta no duraría… Se conocía demasiado a sí misma y ya entonces podía anticipar el despertar en ella de esas odiosas sensaciones de alarma e histerismo que la torturarían de un momento a otro. Los temblores, los pensamientos intrusivos, el descontrol en sus movimientos… No podría disfrutar de ese hermoso y mágico baile en la luna con el chico que amaba, ¿verdad? Y por ello, su mente frenética se puso atesorar todos los detalles que conformaban aquel instante, obligándola a abrir los ojos.
Los circuitos de su cerebro chirriaron por tener que ponerse en funcionamiento y, aún con mayor rapidez, la calma comenzó a evaporarse. Frunció el ceño, molesta.
¡No, basta! Se dijo. Quería acallar todos esos pensamientos, quería silencio, solo quería estar allí con Adrien…
Mantente presente Escuchó la voz de la jovencita en medio del jaleo de su cabeza. Mantente con él.
Quiero mantenerme con Adrien.
Decidió intentarlo, aunque fuera solo porque tal vez ese sería el último baile que compartirían.
Se obligó a cerrar los ojos de nuevo, a no pensar, a centrar su atención en lo que podían captar sus sentidos.
Estar presente.
Apretó un poco más los brazos haciéndose consciente de que estos se sostenían en los hombros del chico, se concentró en la suavidad de su camisa ahí donde su barbilla estaba posada. Ladeó un poco, solo unos milímetros, la cabeza hacia él y entonces le llegó su olor fresco e irresistible con mucha más claridad, aspiró poco a poco para que él no se diera cuenta experimentando el cosquilleo en su nariz y como el aire viajaba por ella hasta insuflar su pecho. Sonrió. Sus mejillas se colorearon, podía incluso sentir la calidez que manaba del cuello del chico tan cerca de su piel.
Adrien pensó. Solo eso. Un único y tranquilizador pensamiento que brotó en su mente, cada vez más sosegada. Estoy contigo.
Un desbordante cosquilleo creció en su estómago a causa de la verdad de esas palabras.
Solo contigo.
Y sonrió aún más porque ¡funcionada! Estaba empezando a sentirse relajada y en paz. Estaban solos allá arriba y eso significaba que nadie iba a molestarlos; ni rubias platino, ni Alya con sus bromas, ni siquiera Lepidóctero y sus inoportunos akumas.
Nada podía estropear aquello y Marinette descubrió que, en realidad, estar a solas con el chico no era lo que la ponía tan nerviosa, sino que esa presión anterior la atenazaba cuando había más gente delante. Gente que conocía su secreto y parecían vigilarla a la espera de que hiciera algo. ¡Toda esa presión no era suya, sino que una buena parte venía del exterior!
Ahora no existía. Todo era tranquilidad. Los minutos se deslizaban y ella se dejó contagiar de esa aura tan pacífica y sosegada que Adrien transmitía siempre.
¡Qué raro! Se dijo, divertida, nadie, salvo Chat Noir, lograba hacerla sentir tan relajada con esa facilidad. Debía ser eso lo único en lo que ambos chicos se parecían…
Estaba logrando lo que esa jovencita le había dicho. Estar presente, disfrutando de la experiencia sin adelantarse, sin pensar en lo que vendría después. Solo escuchando la melodía, sintiendo los regulares latidos del corazón de su amigo que parecían retumbar en sus oídos y acogerla hasta que su propio latido se acompasó a ese ritmo armonioso.
No quería huir de Adrien, ni renunciar a sus sentimientos. Quería abrazarlos con todas sus fuerzas porque eran reales. Porque él era el chico al que amaba y abrazarle la hacía feliz. La estaba reconfortando y calmando de un modo único, no se podía comparar a ninguna otra cosa que hubiese sentido antes.
Se preguntó cómo algo tan verdadero y que contenía unas emociones tan poderosas podía estar solo en ella. ¿Él no notaba nada? ¿No notaba que ellos dos estaban hechos el uno para el otro? ¿Qué ese instante era especial y perfecto porque estaban juntos?
¿Cómo era posible que no notara su amor por él? Si ella sentía que se le escapaba en cada mirada, en cada respiración…
En realidad, una loca parte de ella creía que él también lo sentía. O al menos lo creyó cuando, de repente, Adrien cerró aún más el abrazo en torno a su cintura, atrayéndola más cerca. Y realizó un movimiento fugaz que hizo que sus mejillas se rozaran y un escalofrío eléctrico pareció detener el tiempo para ella.
Ojala se hubiera parado de verdad.
Pero siguió avanzando hasta que la canción se agotó. Marinette frunció las cejas aferrándose a los últimos jirones del baile, y aunque no fue de manera inmediata, Adrien se separó y la miró. Entre los haces de luz pálida y las sombras huidizas, ella creyó ver un leve rubor en su rostro y una especie de perplejidad brillante en sus ojos.
Quiso decir algo, aunque no sabía el qué, cuando un nuevo tirón en su vientre la hizo saber que el efecto de los perritos también se estaba agotando. Los dos empezaron a descender rumbo al suelo. El chico, unos centímetros por debajo de ella, sostuvo su mano y ella la apretó con fuerza cuando la velocidad del descenso aumentó de golpe.
La azotea se acercaba demasiado deprisa y supo que aún no estaba lista. Marinette tragó saliva entendiendo que el resto del mundo se precipitaba sobre ellos y anticipó, con horror, las preguntas de aquellos que los habían visto bailando y, lo que era peor, las bromas de Alya.
Se lamentó cuando los nervios regresaron como un huracán furioso a su estómago. No quería volver al suelo. Quería flotar un poco más con Adrien, en ese espacio maravilloso donde se había sentido a gusto con él y casi había podido expresar sus sentimientos… a su manera.
En cuanto los pies del chico tocaron tierra, Alya, Nino y los demás se acercaron a ellos para rodearles. Resopló bajito, sin remedio, y se estiró para plantar también los suyos.
Se acabó pensó.
Cuando estuvo estable de nuevo, Adrien la soltó.
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8.
El frío le lamió los dedos cuando el chico apartó su mano. Su corazón se descolgó, pesaroso, en el momento en que Adrien se giró hacia Nino y dejó de mirarla. Aquel baile había sido tan bonito, tan especial que ahora tenía un vacío en el pecho que la obligó a bajar los ojos.
Hasta que su mejor amiga apareció y reclamó la totalidad de su campo de visión. Tuvo que recomponerse antes de que viera el pesar en su mirada
—Bueno… ¿qué tal? —le preguntó con una vocecilla vibrante, como si hubiera aspirado el helio de una docena de globos.
—¿Y esa voz?
—¡El perrito caliente! —Respondió, encogiéndose de hombros—. ¿Cómo ha estado el baile?
No tuvo ocasión de responder pues Aeon con su aspecto humanoide se abrió paso hasta ellas y le mostró una expresión soñadora coronada con una mirada de lo más empalagosa. Nadie que no lo supiera habría dicho que era un androide.
—¡Ha sido tan romántico! —Suspiró. Y para acentuar su ensoñación, entrelazó sus manos a la altura de su rostro—. ¡Bailar en la luna!
—¿Romántico? ¡No! —Marinette alzó un dedo y lo agitó, con decisión—. ¡Amistoso!
—¡Venga ya! Se os veía tan acaramelados…
—Alya…
—¡Sí, sí! —Aeon asintió con brío—. ¡Y es que estáis hechos el uno para el…!
Marinette se puso histérica. ¡Adrien seguía justo a su lado! Debía estar oyendo todas esas tonterías. Se le congeló la sangre en el cuerpo y trató de coger fuerzas para gritar a esas dos que se detuvieran, aunque lo que cogió fue una buena cantidad de aire que le hinchó el pecho. Cuando abrió la boca para dejarles claras las cosas…
—¡Ah! —aulló, sorprendida. Su cuerpo se alzó en el aire otra vez pero de un modo mucho más violento que la anterior. Aterrada, experimentó un nuevo tirón desde lo más hondo de su cuerpo que la hizo subir más deprisa—. ¡Adrien! —le llamó, asustada.
El chico reaccionó casi igual de rápido que cuando estaban en el cielo, dando un potente salto y atrapándola con sus brazos. Aún con todo, ese algo invisible que tiraba de ella se resistía a dejarla ir, y el chico tuvo que afianzar su agarre en torno a la cintura para lograr devolverla al suelo.
—¡¿Qué me pasa?! —exclamó ella. En cuanto Adrien la soltó, sus pies volvieron a alzarse—. ¡Ay, no! —gritó ella. El chico atrapó su mano y tiró para hacerla bajar.
De pronto, él también parecía preocupado.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Por qué no para de flotar?
. Creí que el efecto ya había pasado.
—Debería —comentó Alya, rozándose la barbilla—. ¡Qué extraño! Estos perritos tienen una magia de duración muy corta por lo que me han contado y mucha gente que lo comió después de ti, ya ha vuelto a la normalidad.
—¿Y por qué yo no? —inquirió la chica de las coletas, muy angustiada. Aunque Adrien seguía sujetándola por el brazo sentía la levedad ardiéndole en la piel y el vértigo en su estómago intentando llevársela—. ¡¿Qué hacemos?!
—Deberíamos preguntarle a Hot dog Dan —propuso el chico.
—¡Mala suerte! Se fue en cuanto se quedó sin mostaza… —dijo Nino, rascándose bajo la gorra.
—¡¿Qué?! ¡Y entonces… ¿qué será de mí?! ¡No puedo quedarme así para siempre!
—No te quedarás así para siempre, Marinette…
—¡¿Estás segura?!
—A ver… —Jess se echó a la espalda su guitarra y se colocó ante ella. La heroína la observó fijamente unos instantes e indicó al rubio que la soltara. Marinette le miró aterrorizada.
—¡No! No me sueltes…
Adrien vaciló ante su súplica y miró a Jess, pero esta parecía muy segura cuando le repitió el gesto. Así que muy despacio, retiró la mano. Al instante, la chica volvió a elevarse, de modo que tuvo que agarrarla por los hombros.
Jess chasqueó la lengua, como si hubiera dado con la respuesta.
—Es a causa de tu constitución.
—¿Mi… qué?
—Eres pequeñita y delgada, así que el efecto del perrito tardará más en irse de tu cuerpo —Le explicó con sencillez y contundencia—. No te preocupes, al final se irá —Y entonces sonrió al mirar a Adrien—. Mientras tanto, procura no soltarla… para que no acabe perdida por el cielo de Nuevo York.
El chico asintió sin vacilar.
—¡Claro! —afirmó. Le pasó un brazo por los hombros a su amiga y agarró también una de sus manos—. No te preocupes, Marinette. No dejaré que te vayas a ningún lado.
. Confía en mí.
El rostro de la susodicha se encendió como una tetera puesta al fuego. El brazo de Adrien sobre sus hombros, sus dedos apretando con suavidad su brazo, y su cuerpo la cubría toda la espalda, tan pegados, que volvía a notar sus latidos ahora algo más acelerados. Él apretó su mano, moviendo el pulgar distraído sobre su piel…
¡Es demasiado!
—¡Ah… ah… G-gracias! —Le soltó entre nerviosos hipos, al tiempo que intentaba alejarse un poco—. P-pero… yo creo que no… ¡No hace falta! ¿Verdad? ¡O sea…! —Temblorosa, le tendió la mano libre a su amiga que seguía toda la conversación muy divertida—. Alya, también tú podrías…
La morena se lo pensó frunciendo los labios.
—No sé… Adrien tiene más fuerza que yo —comentó con obviedad—. Estás más segura en sus brazos, ¿no crees?
¡Alya! Gritó internamente. La mirada que le lanzó era como un infierno de llamaradas y fuego.
—¡Por supuesto! —convino él, ajeno a lo demás. Para dar énfasis a su disposición, la apretó más fuerte contra él eliminando el pequeño espacio que Marinette había ganado entre sus cuerpos—. A mí no me importa.
—¿Lo ves? ¡Pues, perfecto! Estás en las mejores manos…
—¿Qué tal si vamos a sentarnos por ahí y descansamos un poco? —propuso Nino. Su mirada se movía de una a otra chica y empezó a preocuparle que su novia cayera fulminada por la furia que refulgía en las pupilas azules. Señaló un rincón de la azotea donde había unas cuantas sillas de plástico y unas tumbonas, justo debajo de una ristra de bombillas de colores—. Esperaremos sentados a qué Marinette se ponga bien, ¿eh?
—¡Buena idea! —exclamó Adrien—Vamos, Marinette.
Con pasos cortos la condujo, sin apartarse un milímetro de ella. El cuerpo de la joven volvía a estar del revés y supo que no tenía escapatoria posible.
¿Por qué a mí? Se lamentó, haciendo todo tipo de muecas al universo que, una vez más, parecía disfrutar riéndose de ella.
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9.
Alya Césaire, que tenía el instinto periodístico más afilado de todo París, también poseía un poderoso olfato para las mentiras. Así mismo, sabía distinguir cuando una mentira era dicha con la intención de perjudicar a otro y cuando era algo sin importancia; pero bajo ningún concepto eran capaces de engañarla (que ella supiera).
Por eso, en cuanto sus amigos y su novio echaron a andar hacia los asientos, la morena se cruzó de brazos colocándose ante Aeon y Jess, y miró a una y a otra de un modo no muy grave, pero firme. Aguardó callada hasta que estuvo segura de que tanto Adrien como Marinette se habían alejado lo bastante como para no oírlas.
Tanto la joven americana como la androide le habían caído simpáticas desde el primer momento. No sabía por qué motivo ambas parecían tan interesadas por juntar a sus dos amigos, pero como era lo mismo que ella ansiaba, experimentaba hacia ambas una natural camaradería. Con el asunto de la canción, sentía que habían pactado algún tipo de alianza entre las tres y en un asunto como aquel no venía mal un poco de ayuda.
Pero nada de eso significaba que se fiara de ellas por completo.
—¿Qué pasa con Marinette? —preguntó. Obviamente no se había creído eso de la constitución. Rose era mucho más pequeña que Marinette y hacía ya un rato que había perdido la súper fuerza que la magia del perrito le había proporcionado—. ¿Está bien?
. ¿Por qué no para de flotar?
Jess y Aeon compartieron una mirada divertida.
—Pues claro que está bien —respondió Jess sin un atisbo de duda—. La magia de Hot Dog Dan es de lo más segura.
—Parece que tu amiga está en un constante estado de agitación nerviosa —explicó Aeon. Se adelantó un paso y movió sus ojos hacia la chica de las coletas que se sentaba rígida, en el borde de la tumbona y con la cara congelada, mientras Adrien la rodeaba con un brazo. Los ojos del androide resplandecieron blancos al analizarla—. Tanta ansiedad hace de propulsor a la magia del perrito, provocando que sus efectos se alarguen o sean un poco más intensos.
Alya frunció el ceño, pensativa.
—O sea… ¿Qué hasta que no se calme, no dejará de flotar? —Las otras dos asintieron—. ¡Ja! Pues entonces seguirá así toda la noche.
Marinette en brazos de su querido Adrien era como una bomba de nervios a punto de estallar y no, no le sorprendía nada imaginar que tales nervios pudieran elevarla hasta el cielo y hacer que se perdiera en la galaxia más lejana.
Pobre… pensó, en cualquier caso. Se había estado burlando de ella, sí; pero solo en un intento de que su amiga se diera cuenta de que estaba cometiendo un gran error. No le gustaba verla pasándolo tan mal.
Sin embargo, Jess soltó una risita entusiasta.
—Ya nos hemos fijado en que ese chico la pone muy nerviosa…
¡Era tan evidente!
—Y entonces, ¿por qué le has pedido justamente a Adrien que la sujetara?
—Me pareció que así sería más divertido.
Alya procuro no reírse de tal afirmación, aunque un pensamiento traicionero apareció en su mente y le arrancó una fugaz sonrisa.
Sí, yo también lo creo.
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10.
Aquel rincón era mucho más tranquilo.
El suelo, recubierto de viejo cemento gris sucio, daba la sensación de separarlo del resto de la azotea. Además el enorme tanque de agua que se elevaba pegado al borde proyectaba una quejumbrosa sombra en la luz de los faroles que quedaban al otro lado, además de una desapacible atmosfera de fría humedad.
Alguien había lanzado un cable desde uno de los salientes de la torre hasta un poste metálico colocado a unos cuantos metros y había enrollado en torno a él una ristra de bombillas de colores que espantaban, lo suficiente, a las sombras que se arremolinaban en esa zona. Justo debajo habían colocado las sillas de plástico blanco y una tumbona con la tela algo rasgada y los muelles un poco oxidados.
Había sido ocupado por pequeños grupos cambiantes durante toda la noche para descansar y charlar con algo más intimidad, puesto que ese lugar estaba separado del resto. Ahora se encontraba vacío porque la noche comenzaba a hacerse más oscura y la gente había empezado a retirarse.
Una vez que los seis estuvieron sentados, Adrien lanzó una mirada circular y descubrió que Alya, Nino, Marinette y él mismo eran los únicos de su clase que seguían en la fiesta. No. Había alguien más; Sabrina.
Una vez liberada de la constante vigilancia de Chloe, la pelirroja parecía estar pasando una velada maravillosa junto a ese chico americano que le había echado el ojo desde el primer momento. Habían pasado toda la noche juntos charlando, riendo y aún ahora, seguían bailando una canción lenta en idílica soledad.
Alya, Nino, Aeon y Jess habían ocupado las cuatro sillas y formaban una especie de círculo cerrado mientras conversaban, animados, sobre las similitudes y diferencias entre los héroes americanos y los franceses. Adrien y Marinette habían tenido que ocupar la tumbona pues era la única que les ofrecía el espacio suficiente para sentarse juntos.
Marinette.
A pesar de no haberse separado de ella ni un instante, aún percibía la rigidez de su amiga y adivinó que estaba más asustada de lo que había dicho. Él trataba de hablarle de otras cosas para distraerla, al tiempo que aseguraba su agarre, tanto como podía sin lastimarla, en torno a su pequeña cintura. Incluso le cogió la mano con la que tenía libre y entrelazó sus dedos para darle mayor seguridad.
Quería transmitirle que estaba a salvo con él.
Bajo la máscara del héroe, Adrien disfrutaba ayudando a los demás, pero sobre todo salvando y tranquilizando a las personas que peor lo pasaban durante los ataques de un akuma. No sabía si era algo vanidoso por su parte, pero le encantaba que la gente confiara en él. Sentirse necesario para otros era maravilloso y no le pasaba muy a menudo siendo él mismo.
Pero esa noche estaba teniendo la misma sensación que cuando se transformaba en Chat Noir. Y era aún mejor porque la persona que lo necesitaba era Marinette, una de sus amigas más queridas, alguien especial a quien estaba deseando ayudar. Ella había hecho posible el milagro de que estuviera en Nueva York y ahora tenía una manera de agradecérselo.
Por supuesto, no le gustaba nada verla tan asustada. Pero sí que había disfrutado un poco cuando sintió que Marinette se aferraba a su mano mientras ascendían al cielo, y el corazón le dio un vuelco cuando fue su nombre el que ella chilló al echar a volar de manera repentina.
Había sentido miedo y le había llamado a él en busca de ayuda. Y eso le gustaba.
Por eso había aceptado, más que encantado, el encargo de Jess. Cualquier cosa que le sirviera para demostrarle a Marinette lo importante que era para él, se lo tomaba como una oportunidad irresistible. Por desgracia, no daba la impresión de estar haciéndolo muy bien…
Pensando en todo esto, la conversación a su alrededor se fue desdibujando y su mirada viajó una vez más por las luces de la azotea, los reflejos que brillaban en los cristales; aún había cierta energía en ese lugar a pesar de que el ambiente se estaba volviendo más tranquilo. Entonces fue cuando atisbó a Sabrina bailando con ese chico y Adrien sonrió, feliz. Evocó la placidez y la alegría que había sentido durante su propio baile en la luna y sintió el deseo de pedirle a Marinette que bailaran de nuevo.
¿Por qué no? Pensó, de repente, animado. Podía ser una buena idea. Eso podría ayudar a que se relajara un poco.
—¡Hola! —Una voz surgió ante él, acompañada de la sombra de un cuerpo salido de la nada. Adrien levantó la vista, sorprendido—. ¡Menos mal! ¡No te encontraba por más que te buscaba!
Era una chica alta, rubia y que sonreía con tantas ganas que sus mejillas se llenaron de arrugas de excitación.
¡La chica con la que había bailado un rato antes en la pista!
Había aparecido de la nada (como ahora) mientras él se estiraba sobre las cabezas de la gente buscando a Marinette cuando esta desapareció. Le saludó con amabilidad y empezó a bailar en torno a él tan deprisa que Adrien pensó que debía responder, pues habría sido muy desconsiderado alejarse sin más.
En especial cuando ella comenzó a hablar con él y hacerle preguntas que se vio obligado a responder para no parecer grosero. Después había aparecido un chico buscándola y se fueron juntos a otro lugar, aunque antes ella le había guiñado un ojo diciendo: Luego nos vemos.
Pensó que solo había sido una forma de hablar, pero al parecer le había estado buscando.
—¡Hola! —respondió él.
—¿Dónde te has metido? —Le preguntó y sin darle a tiempo a contestar, añadió—. ¿Seguimos nuestro baile? —Entonces, la mirada de la joven se desvió hasta Marinette que seguía pegada a él aunque miraba en la dirección opuesta, como abstraída de la conversación—. ¡Oh! —Exclamó, entonces ella con una mueca—. Lo siento, no quiero molestar si estás con tu novia…
—¿Eh? —Adrien se estiró sobre el asiento—. No, no es mi novia —explicó con rapidez—. Solo somos amigos, pero…
De repente, se dio cuenta de que el resto del grupo estaba en silencio. La conversación se había detenido y todos ellos le miraban muy interesados. Tanto así que al chico se le cortó la voz, intimidado.
—Entonces, ¿vienes a bailar? —insistió la rubia.
—Ah…
Marinette se adelantó soltando su mano y les mostró una sonrisa, nerviosa.
—¡No pasa nada! —Anunció con rapidez—. ¡V-ve con ella, Adrien! —Llevó sus manos al filo de la tumbona y se agarró a él con fuerza, hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Puedo sostenerme sola…
—¿Sostenerte? —repitió la otra chica, confusa.
—Pero… —Adrien hizo una mueca cuando su amiga, de un saltito, se alejó lo bastante como para escapar de su brazo. La calidez que él había sentido se extinguió de golpe, no supo por qué le pareció que huía de él (aunque era absurdo) pero no le gustó dejar de sentirla—. Marinette, yo no… —En cuanto hubo unos centímetros de separación entre sí, la chica empezó a elevarse de nuevo, a pesar de lo fuerte que se sujetó al asiento sus dedos resbalaron y a punto estuvo de salir disparada al cielo—. ¡Marinette! —Adrien se puso en pie de un salto y la atrapó por la cintura en el último segundo.
El corazón se le encogió en el pecho, aterrado. Cada vez salía volando más deprisa… ¿y si no lograra cogerla a tiempo? No podría ir a salvarla sin transformarse en Chat Noir y eso sería horrible.
La apretó contra sí cuando consiguió que se sentara de nuevo a su lado y Marinette tembló.
—¡Qué desastre! —se lamentó ella, avergonzada—. Creí que ya podría…
—Tranquila —murmuró él—. Te pondrás bien.
La rubia los observó perpleja antes de estirar un dedo hacia la chica.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, claro —respondió Alya, bastante más tranquila y sin molestarse en levantar la cabeza del hombro de Nino—. Tiene problemas de altura, y también de comprensión.
. Al parecer no entiende que debe quedarse donde está; con su buen amigo Adrien, y dejar que él la ayude.
El interpelado parpadeó, extrañado.
No podía estar seguro pero había veces que la voz de Alya le sonaba diferente, casi siempre cuando hablaba de él utilizaba un tono más sibilino que sugería mucho más de lo que decía y provocaba silencios que todos obedecían y estaban cargados de significados que él no captaba. Había intentado fijarse mejor en esos detalles para entender la razón por la que se daban, pero hasta ahora no había llegado a ninguna conclusión satisfactoria.
Y ahora, tan preocupado como estaba por Marinette, mucho menos podía detenerse a pensar en ello.
Rodeó con el brazo a su amiga, cobijando su delicado cuerpo encorvado. Ella se dejó hacer al tiempo que se tapaba la cara con las manos. Parecía tan angustiada por lo que le estaba ocurriendo que el chico se vio invadido por una desazón hueca que lo torturaba. Quería ayudar con todas sus fuerzas. Probó a pasarle una mano por la espalda, queriendo reconfortarla de algún modo.
—No te preocupes, pronto habrá pasado —Le dijo, sin lograr animarla demasiado. Se lo pensó mejor y lo intentó una vez más—. Me quedaré contigo todo el tiempo que haga falta hasta que estés bien —Entonces notó que el cuerpo de la chica temblaba con mayor fuerza y, confuso y sin más ideas, decidió guardar silencio.
Nunca sabía qué decir para ayudar a los demás.
Lanzó una mirada de desasosiego a Nino y este se encogió de hombros, pero Alya le hizo un gesto despreocupado sin más.
—Bueno… no he entendido bien lo que pasa —comentó la joven rubia que seguía parada frente a él. Se pasó la mano por su larga melena y recompuso una expresión amistosa—; pero entiendo que te quedas con tu amiga.
. Ya nos veremos.
Se despidió con la mano y se alejó.
Pasados unos minutos, Alya y los demás retomaron la conversación pero él no prestó atención. Siguió moviendo la mano sobre la espalda de Marinette hasta que la chica empezó a relajarse. Al final, acurrucada contra él, asomó los ojos entre sus dedos y una pequeña porción de piel suave apareció también coloreada de rojo.
Le miró un momento y acercó su cara a él para hablarle en voz baja.
—Siento que hayas tenido que quedarte conmigo —Le dijo con voz trémula.
—No, no digas eso —replicó él, también bajando la voz sin saber por qué lo hacían—. No me apetecía bailar más —explicó y al instante adoptó un semblante crédulo por sus propias palabras.
¿Acaso no había pensado en pedirle a Marinette un nuevo baile justo antes de que esa chica se presentara?
—Me parece que le gustabas a esa chica —comentó ella y Adrien tuvo que inclinar un poco su cabeza para oírla bien.
—No, no lo creo —respondió él como si se tratara de una broma.
Marinette parpadeó y sus pupilas resbalaron hasta el suelo.
—A mí me ha parecido que sí.
—Al menos tendrá dos o tres años más que yo —replicó—. ¿Cómo iba a gustarle?
Su amiga alzó la mirada, abriendo del todo sus ojos. Y Adrien se sorprendió de su cercanía que apenas había notado hasta ahora. Se veían tan inmensos y azules que fue como asomarse por una ventana y ver otros mundos, maravillosos y bellos y sin embargo, también percibió una incomprensible tristeza en ellos.
—No se te da bien darte cuenta de… cuando le gustas a una chica —Y lo dijo como si ella misma acabara de descubrirlo.
—¿Ah… no?
Lo cierto era que Adrien nunca había pensado en ello. Si acaso, ese era un tema que solo le había rondado la cabeza al pensar en su lady y estaba seguro de que se daría cuenta si algún día ella le correspondía. Pero, tampoco podía olvidar que de lograrlo, sería un amor que solo le pertenecería a Chat Noir.
Entonces… ¿Qué pasaba con Adrien?
Sabía que él no era tan genial y extraordinario como el héroe, pero eso no significaba que no mereciera amor o que alguna chica le eligiera por su otra parte. Aunque se sintiera más libre como Chat, Adrien también formaba parte de la persona que era; no es como si mintiera o actuara cuando no llevaba la máscara. Era más tranquilo, menos impulsivo, un poco más introvertido pero esas también eran cualidades de su personalidad y, por supuesto, aspiraba a que alguien las amara.
Pero parecía algo complicado… ¿quién podría llegar a conocerle tanto como para amar las dos mitades que lo formaban?
Estuvo un rato reflexionando sobre estas cuestiones que, nunca jamás antes le habían preocupado, perdido en su mundo de ideas. Su mano se deslizó de vuelta a la cintura de Marinette con gran naturalidad, casi sin que él fuera consciente y acogió el peso de su cuerpo que poco a poco, se fue acoplando al de él. El olor de su amiga, tan familiar, flotó hasta su nariz y le hizo sentir más cómodo a pesar de que sus pensamientos le estaban causando una leve inquietud.
Pasado un rato, sintió un peso que se deslizaba por su hombro. Sorprendido, movió los ojos, y vio que Marinette se había quedado dormida sobre él y sonrió.
—Supongo que eso lo arregla todo, ¿no? —preguntó Alya mirando a las chicas americanas. Aeon asintió con la cabeza.
—Es curioso, pero en los últimos minutos la tendencia a favor de la ansiedad se ha doblegado, produciéndose el efecto contrario en ella —comentó, con sus ojillos robóticos activados de nuevo. Sonrió de manera amplia y miró al chico—. Parece que tu presencia ha incrementado sus niveles de relajación de manera satisfactoria.
—¿Yo? —murmuró, primero confuso y después, contento.
—¡Bien hecho, colega! —Nino le hizo un gesto de victoria.
—Es genial —convino Alya—. Pero deberíamos aprovechar que está tan tranquila para irnos todos a dormir —señaló, poniéndose en pie. Adrien hizo una mueca aunque pensó que era mejor no decir nada. Le daba pena tener que despertar a su amiga ahora que por fin estaba descansando… y quizás, también un poco tener que separarse de ella.
Pero la morena se estiró bien y después se inclinó sobre la durmiente. Murmuró su nombre unas cuantas veces hasta que Marinette movió la cabeza y abrió los ojos. Un poco somnolienta miró a su alrededor y de golpe, pegó un salto y se puso en pie.
Su cara se contrajo en un rictus de pánico, tensa, pero al ver que no flotaba logró serenarse. Al final soltó un suspiro enorme.
—Menos mal —murmuró, mirándose los pies, firmemente anclados al suelo—. Creí que me pasaría el resto de mi vida flotando…
—¡Qué mal! Adrien habría tenido que pasarse la vida abrazándote… —Adrien se rio ante ese comentario y se sorprendió de que Marinette no hiciera lo mismo.
Se mantuvo callada y apenas le miró.
Finalmente, el grupo se dirigió hacia las escaleras y en fila fueron bajando, procurando no hacer ruido y se colaron por la ventana del cuarto de Aeon y Jess. Se despidieron de las chicas y salieron, en completo silencio, al pasillo donde estaban las puertas del resto de dormitorios.
Caminaron despacio, atentos a cualquier sonido y cuando estuvieron delante de sus puertas se despidieron. Para sorpresa de Adrien, que en ese momento cayó en la cuenta de que jamás lo había presenciado antes, Nino rodeó la cintura de Alya y depositó un suave aunque afectuoso beso en sus labios antes de susurrar unas palabras cerca de su oído. La radiante sonrisa de la chica fue su respuesta.
Se separaron y ambos se giraron para abrir las puertas de sendos dormitorios.
Adrien permaneció en el umbral con una desconcertante sensación dentro de él. Notaba nervios y que el frío de la noche se le había metido dentro. Marinette captó su mirada al otro lado del pasillo, tenía medio cuerpo dentro de su cuarto pero sus ojos clavados en él y al mirarla, el chico echó de menos la cálida sensación de que sus cuerpos estuvieran en contacto, de poder rodearla con sus brazos y estrecharla.
Ella movió los labios, dibujando una palabra: gracias. Y él asintió con la cabeza con un cosquilleo en la punta de sus dedos al rememorar la suavidad de su piel. Se sonrieron sin más gesto que ese, y la chica desapareció en el cuarto, cerrando la puerta tras de sí.
Adrien se quedó quieto un poco más, pretendiendo conservar esa sensación y los recuerdos. Temía que todo desapareciera si entraba a su habitación pero un ruido al otro lado del pasillo le obligó a hacerlo a toda prisa.
Cerró la puerta y se volvió para encontrarse con la sonrisa de Nino.
—Bueno…
.
.
.
11.
A pesar de que el cuarto estaba casi inundado por las sombras, la luz de dos lamparitas prendidas en las mesillas, fue suficiente como para que Adrien viera algo inusual en la expresión de su mejor amigo, que al mismo tiempo le resultaba familiar porque lo había visto en otro rostro.
Le mostraba una sonrisa expectante, un poco torcida y una mirada astuta y afilada en sus ojos bonachones. ¿Dónde había visto antes esa combinación de gestos? ¡Ah! Alya solía adoptar esa expresión en esas pausas tan peculiares que hacía en medio de la conversación.
Adrien parpadeó, sorprendido.
—¿Eh?
Nino estrechó los ojos, pero resistió con los brazos separados del cuerpo y este un poco encorvado. Era la postura de quien espera algo para dar el siguiente paso en una dirección u otra.
—¡Vaya noche, ¿verdad?! —Le dijo, entonces y el rubio asintió—. Ha sido alucinante —añadió con entusiasmo. Se quitó la gorra y los auriculares, dejándolo todo sobre la cama y agarró el pijama—. Nueva York… ¡La fiesta en la azotea ha sido increíble!
—Sí —convino Adrien imitándole. El ambiente se normalizó, así que buscó su pijama bajo la almohada y comenzó a desvestirse.
—¡Todo en esta ciudad es flipante! —continuó su amigo—. Las vistas, la música, los héroes… ¡Hot dog Dan!
. Lo de esos perritos ha sido…
Lanzó un silbido que se estrelló en el techo de la habitación y después rio.
—Ha sido muy divertido.
—Sí… ¡Y tu baile con Marinette…!
La voz se agotó con un sonido aspirado y el silencio siguiente fue más intenso. Adrien sacó la cabeza por la parte superior del pijama, a la espera de que su amigo continuara y al no hacerlo, se volvió sobre su hombro y lo encontró mirándole fijamente. Confuso, se preguntó si es que se había perdido algo de la conversación.
—¿Qué? —musito.
—Ya sabes… —dijo Nino. Había terminado de cambiarse y apartaba las sabanas de la cama con una mano, mientras meneaba la otra en círculos. Adrien no comprendió y el otro, exhaló con fuerza—. Bailar con una chica en la luna… debe ser muy…
—¿Muy…?
—Ya sabes… —insistió, pero el desconcierto del otro debió crisparle pues un ligero tic le atacó el ojo izquierdo—. ¡Muy romántico, tío!
—¿Romántico? —repitió. Dio un respingo y alzó una mano—. No… es decir, supongo que sí, lo sería, pero en este caso no porque Marinette y yo solo somos amigos —explicó sin problema alguno. Pero Nino torció el rostro, con sus cejas caídas y un destello de frustración en sus pupilas—. ¿Qué?
—Ya sé que siempre dices lo mismo, pero… —apretó los puños y se metió en la cama. Sentado en la oscuridad, habló—. ¿De verdad que no hay nada más que eso?
. Es que… ¡Vaya! La manera en que habéis bailado allá arriba, y después no le has quitado las manos de encima en toda la noche.
Algo de esas palabras consiguieron alterar un poco a Adrien, que notó un repentino calor recorriéndole el cuello y la cara. Nervioso, se descalzó y dio la espalda a su amigo para meterse en la cama mientras respondía.
—¡Eso era para ayudarla! —respondió alzando la voz—. Marinette parecía muy asustada por lo que le ocurría y yo solo quería tranquilizarla, porque ella es mi…
—Tu amiga, sí, lo sé.
—Exacto.
—¡Oye, que yo solo lo decía por hablar de algo! Pero si tú dices que no hay nada, te creo —replicó Nino a gran velocidad y soltó una risita para aligerar el ambiente—. Es que a mí me parece que, no sé, qué haríais muy buena pareja.
—¿Ah, sí?
—Porque los dos sois tan… tan… —Pero Nino no dio con la palabra y suspiró—. Pareces tan cómodo y feliz cuando estás con ella y Marinette es tan dulce y cariñosa que pienso que es lo que necesitas —Un nuevo suspiro, más parecido a un bufido salió de su pecho, después se dejó caer sobre la almohada—. ¡Qué sé yo!
Adrien le imitó en silencio, con una mueca en el rostro. Clavó los ojos en el techo y todas esas cuestiones se precipitaron sobre él. Más lejos de lo que estaba en realidad, oyó que su amigo giraba entre las sabanas buscando una postura para dormir.
—No me hagas caso —le dijo unos minutos después—. Ahora que lo pienso, Alya me contó que Marinette y Luka…
—¡¿Qué?!
El vocablo se le escapó, abrupto y ruidoso, cuando separó los labios con la única intención de respirar. Ahora tenía el corazón encogido y sus manos se apretaban al borde de la sabana. Esperó callado, contando sus firmes latidos, pero la respuesta se hizo de rogar y no fue satisfactoria.
—Nada, no es nada —Se sucedió un bostezo perezoso—. Buenas noches, tío.
—Buenas noches.
Adrien permaneció boca arriba, parpadeando despacio. Con el lento transcurrir de los minutos sus oídos se afinaron y un torrente de sonidos empezó a llegar hasta él. La respiración de Nino al otro lado del cuarto se fue volviendo más regular, más lenta y también más sonora. Desde un lado de su cabeza, oía los leves ronroneos de Plagg que dormía entre sus ropas y por encima, el zumbido de la música se manifestaba como una vibración queda.
Por alguna razón, se encontró haciéndose preguntas extrañas con escaso interés. ¿Habría encontrado la chica rubia alguien más con quien bailar? ¿Estaría aún Sabrina en brazos de su nuevo amigo americano? ¿Habría descubierto Hot dog Dan que uno de los perritos que había repartido esa noche había tenido efectos secundarios?
Adrien giró sobre las sabanas y tumbado de lado, miró hacia la puerta del cuarto. Evocó el oscuro pasillo, la puerta que había en frente y se preguntó si Marinette estaría ya dormida.
Suspiró, agobiado.
Todas las insinuaciones que Nino había hecho… no era la primera vez que oía algo así. Por lo general, no le costaba sonreír ante ellas y hacerlas a un lado. También se le daba bien hacerse el tonto cuando salía el tema. Solo esperaba paciente a que la conversación se consumiera y después, dejaba que lo que había oído se desvaneciera de su mente.
Pero esta vez las palabras retumbaban dentro de él, aferrándose a su frágil espíritu.
Romántico…
¿De verdad que no hay nada más que eso?
No le has quitado las manos de encima…
Es que a mí me parece que, no sé, qué haríais muy buena pareja.
Pareces muy cómodo y feliz cuando estás con ella.
Adrien entrecerró los ojos mientras la retahíla de frases se repetía, esperando a que desbordara su consciencia y se perdieran en el vacío del sueño. Solo tenía que dejarlas ir. Es lo que hacía con todas esas cosas que, alguna vez, surgían en su mente y le herían. Esta vez, por desgracia, no se iban. Aparecían ante sus ojos como en una rueda sin final.
No estaba bien y un pequeño gruñido de frustración se le escapó.
Adrien sabía que no debía permitir que sus pensamientos siguieran ese camino. Por más que los demás se empeñaran y él a veces se confundiera, Marinette ya le había dejado claro hasta en dos ocasiones distintas que lo único que sentía por él era amistad.
Amistad.
Y él se sentía muy afortunado y agradecido por eso. Esa amistad era muy importante para él y la protegería con todas sus fuerzas. Además…
Ahora que lo pienso, Alya me contó que Marinette y Luka…
Sí, eso también.
Se giró otra vez, quedando boca arriba, apretando su cuerpo contra el colchón. Presintió que la melancolía reptaba sinuosa hacia él y trató de espantarla. No, no estaba triste. Estaba feliz porque estaba en Nueva York; haciendo, por fin, las cosas que hacía un adolescente normal y corriente.
Con sus amigos. Con Marinette, que era una buena amiga y solo eso.
Puede que… su mejor amiga (junto a Ladybug) y por eso sentía un poco más especial todo lo que tenía que ver con ella. Porque, sí, ¡pues claro que el baile había sido especial!
Tan especial que sintió un arranque de optimismo y consuelo al pensar en él. Y no pudo evitar cerrar los ojos, acomodándose y dejando que su cuerpo descansara después de tan largo día para rememorarlo con emoción.
Había sido agradable, dulce y tranquilizador… Como Chat Noir siempre iba saltando por ahí y no tenía problema alguno con las alturas, pero flotar no tenía nada que ver. La sensación de libertad no era la misma, pero a cambio había disfrutado de una placidez tal que aún le recorrían escalofríos.
Paz.
Aunque no estaba seguro de si había sido todo por el hecho de flotar o por hacerlo con Marinette. Pues Nino tenía razón en una cosa; sí se sentía cómodo y feliz cuando estaban juntos. Más que eso, la chica le inspiraba un tipo de calma muy característica. Una calma que actuaba como una fuerza protectora que lograba colocarlo todo en su lugar.
Cuando las ideas más oscuras y confusas invadían la mente de Adrien y todo se volvía del revés con su padre, el recuerdo de su madre o los malabarismos que hacía entre sus dos existencias, le bastaba con pensar en Marinette un instante. Recreaba su sonrisa, su voz luminosa y alegre o su mirada limpia y todo regresaba a su sitio. El caos se asentaba y él recuperaba la calma.
Y esa noche mientras bailaban en la luna, Adrien se había sentido más en paz con el mundo y con sus problemas que nunca. Todo había estado bien por espacio de unos minutos, y esa era una sensación tan maravillosa que no quiso que terminara nunca.
Abrazar a Marinette era tan agradable. Le hacía sentir tan acogido, tan alegre y reconfortado como pocas cosas lo conseguían. Cuando había sentido sus brazos apretarse alrededor de sus hombros, su respiración tranquila chocando sobre la piel de su cuello y su cálida voz flotar hasta sus oídos al susurrarle…
Adrien… Estoy contigo… Solo contigo.
De repente, un cosquilleo intenso invadió su estómago, seguido de un tirón. La levedad apareció de improviso y se adueñó de su cabeza. Su cuerpo se levantó sobre el colchón unos centímetros y al darse cuenta de esto, Adrien abrió los ojos soltando una exclamación de sorpresa.
Nino se incorporó, asustado.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué pasa?!
El grito de su amigo rompió la magia y el cuerpo del rubio se precipitó al colchón con un sonoro golpe. Su cabeza rebotó sobre la almohada un par de veces.
—Tiiiiiio, ¡qué susto! —Soltó el moreno—. Pero, ¿qué hacías?
Adrien le miró haciendo una mueca de dolor, con el rostro encendido. Palpó el colchón con sus manos y suspiró.
—Nada… u-una pesadilla —respondió. Nino asintió y se dejó caer de nuevo.
Adrien se acurrucó a su vez, tapándose con la sabana hasta la garganta. ¿Había flotado otra vez? Pero, ¿por qué? El corazón le martilleaba en el pecho… ¿O ya lo hacía antes de flotar?
Debía intentar dormirse. Sería otro de los efectos secundarios de esos perritos mágicos… Mejor sería no pensar más en ellos, ni en el baile, ni… en Marinette.
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Existió un gatito curioso que flotó dormido, soñando con una mariquita, bajo el cielo de Nueva York.
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Fin
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¡Hola, miraculers!
¡Feliz fin de semana a todos y a todas! ¿Qué tal habéis estado?
Bueno pues aquí os comparto un Oneshot que escribí hace un tiempo, pero que había dejado en "reposo" en el ordenador, jaja. La verdad es que aunque me encanta el marichat, siento una debilidad especial por el adrianette y por eso, a pesar de todo, el especial de Nueva York me encanta y me parece de lo más precioso *_* Y me inspira mucho para escribir oneshots sobre él.
La escena del baile en la luna, creo yo, es de lo más bonito que nos ha dado el adrianette en todas las temporadas y especiales, así que no pude resistirme a escribir sobre ello. ¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?
Esta es mi forma de paliar lo decepcionante que me está resultando la nueva temporada en estos últimos capítulos que están saliendo ¬¬ Me refiero a este largo y aburrido arco de "Las aventuras de Rena Rouge y su novio Nino", así que sigo negando la realidad escribiendo shots adrianette o marichat, jajaja.
En fin, espero que todos y todas os encontréis bien y si os animáis a leer, que os guste, que paséis un rato agradable y olvidéis vuestros problemas disfrutando del adrianette, jajaja.
Besotes y nos vemos ^^
