Tan pronto como salí de mi cabaña, una ráfaga helada me golpeó con fuerza. Era bien entrado el invierno y yo vivía en un pueblo del norte de Noruega que se encontraba dentro del círculo polar ártico, lo que significaba que la nieve me llegaba casi hasta las rodillas. Comprobé el tiempo en mi móvil una vez más. Menos veintisiete grados. Lamenté no haber comprado papel higiénico cuando, más pronto aquel día, había salido del trabajo. Yendo a pie había unos quince minutos entre mi cabaña y el pueblo, algo más teniendo en cuenta lo mucho que la nieve dificultaba el caminar. Mi moto de nieve llevaba algo más de una semana en el taller, de modo que lo único que podía hacer era apechugar y seguir caminando.
Recorrí el camino hacia el pueblo dándome toda la prisa posible pero sin cansarme demasiado; el viaje de vuelta sería cuesta arriba, por lo que me convenía reservar algo de energía. De tanto en tanto algún ruido del bosque me ponía en alerta. Era más difícil escuchar por culpa del viento, que aullaba al pasar entre los árboles, pero aun así debía estar alerta, no sería la primera vez que un oso se me acercaba demasiado. Por lo general no eran agresivos y evitaban a los humanos, pero no pensaba tentar a la suerte.
Una vez en el pueblo, fui directamente a la tienda. Eran las ocho menos cuarto, pero en aquel lugar y momento del año, la luz diurna nunca duraba más allá de las tres de la tarde. A las ocho cerraría la tienda, así que me apresuré en entrar y pillar lo que necesitaba.
—Takk, —dije a la dependienta tras pasar el papel higiénico y un pack de latas de cerveza por la caja.
Ella era guapa y siempre había sido agradable conmigo. Svein, uno de mis pocos amigos en el pueblo, me aseguraba que yo le gustaba, pero nunca me atreví a hacer nada al respecto. Estas cosas no se me daban bien y de todos modos no creía que aquello pudiera salir bien. Había ido a ese pueblo porque necesitaba empezar de cero y estar tranquilo. Algo tan tonto como buscar una relación amenazaba con romper esa paz que tanto me había costado encontrar.
—Vær så god, —contestó ella con una sonrisa.
Yo le devolví la sonrisa y metí todo en mi mochila.
Al salir noté algo extraño en el ambiente. El cielo parecía estar más iluminado de lo habitual, pero no se trataba de la aurora boreal. Los truenos llenaron el vacío sonoro en lo que normalmente era un pueblo bastante silencioso. Si además de la ventisca íbamos a tener una tormenta eléctrica, mejor sería llegar a casa pronto. Sujeté firmemente las correas de mi mochila y emprendí mi camino de vuelta.
Mientras subía la montaña, noté que los cada vez más frecuentes relámpagos que prendían el cielo estallaban en colores que nunca antes había visto. Rosado, violeta, cian… Pensé en las posibilidades de estar presenciando algún tipo de fenómeno meteorológico tan poco habitual que nunca había oído hablar de él.
Cuando ya pude vislumbrar la luz en las ventanas de mi casa, aligeré el paso, pero un gruñido me sorprendió. Supe al instante que un oso estaba demasiado cerca. Desenfundé rápidamente el cuchillo de supervivencia que llevaba siempre enganchado en la pierna. Mis probabilidades de salir ileso de una pelea con un oso eran mínimas, pero tampoco tenía mucha más opción. Me concentré y localicé el origen del gruñido. A pocos metros de mí, a mi izquierda, se encontraba un oso con dos crías. Por eso estaba tan molesto. No solían atacar a humanos, pero si había crías de por medio, la historia cambiaba completamente.
Retrocedí unos cuantos pasos con la esperanza de demostrarle al animal que yo no suponía ninguna amenaza, pero era tarde. Antes de que pudiera darme cuenta, se abalanzó sobre mí. Conseguí esquivar su primer zarpazo y contraataqué con el cuchillo, consiguiendo hacerle un corte de arriba abajo en el ojo izquierdo. El animal se alzó sobre dos patas y un relámpago convirtió su figura en una silueta amenazante. Pensé que moriría aquella noche. Se lanzó una vez más hacia mí e intenté esquivarlo saltando hacia atrás, pero consiguió cogerme la pierna con su boca, haciéndome caer.
De pronto, el tiempo pareció detenerse a mi alrededor. El aire se cargó de electricidad y por un momento pude ver copos de nieve y pequeñas ramas levitando, como si cayeran hacia el cielo. Un rayo de mil colores cayó sobre el oso, desintegrándolo por completo. La onda de choque me empujó varios metros hacia atrás mientras una corriente recorrió mi cuerpo. Luché contra mí mismo para no quedar inconsciente sobre la nieve, pero no hubo manera.
Cuando desperté, la tormenta y la ventisca habían parado. Miré en dirección hacia donde el rayo había impactado. La nieve en aquel punto se había derretido y un pequeño bulto amarillo y rojo había aparecido. Me levante aún conmocionado por el impacto del rayo y sentí dolor en la pierna. Recordé enseguida que el oso había conseguido herirme. La curiosidad pudo más que el dolor y me acerqué al bulto con cuidado. Lo que vi me hizo cuestionarme si lo que acababa de suceder no me había dejado secuelas de algún tipo. Era un animal pequeño y extraño, similar a un caballo. Su pelaje era amarillo y su melena roja. El detalle más curioso era un lazo rosado en su cabeza, algo que delataba que no se trataba de un animal salvaje, si no probablemente de una mascota, pero… ¿Cómo había llegado allí?
Viendo cómo la criatura estaba inconsciente, decidí llevármela a casa. Tirada en la nieve quizás no duraría mucho. La levanté en mis brazos y la cargué a duras penas hasta mi cabaña. La puse con cuidado sobre el sofá y la cubrí con mantas. Luego puse algo más de leña en la estufa. Tras algunos minutos, dejó de temblar. Lo siguiente que hice fue correr al baño y desinfectar la zona en la que el oso me había herido. Dolía bastante y había comenzado a hincharse. Limpié la herida lo mejor que pude y me puse unas vendas. Luego regresé al salón. Me senté en mi sillón y observé al animal por algunos minutos hasta que finalmente el cansancio me pudo y caí dormido.
Recuerdo despertar a la mañana siguiente con una gran cantidad de energía en el cuerpo, como si en aquel mismo momento estuviera listo para correr una maratón. Lo primero que hice fue mirar hacia el sofá, donde vi cómo el montón de mantas estaba vacío ¿Había sido todo una alucinación? Dudándolo, me levanté e intenté buscar indicios de que la criatura a la que metí en casa la noche anterior hubiera estado allí realmente, pero no hubo suerte.
Decepcionado, fui al baño y me lavé la cara y los dientes, aún sin poder quitarme de la cabeza todo lo que había pasado. Me dirigí a la cocina y encendí la cafetera. Miré por la ventana mientras esperaba a que el agua hirviera. Era un día demasiado soleado y la nieve parecía estar derritiéndose. Lo normal en aquel pueblo era un cielo gris o incluso niebla, más aún en aquella época del año.
De todos modos, no pude pensar mucho en el tiempo, porque por el rabillo del ojo noté algo observándome desde el marco de la puerta. Me giré muy rápido y pude verla, era la criatura. Estaba asomada ligeramente, pero en cuanto la vi se escondió. Caminé rápidamente hacia el salón y la escuché gritar con una voz extrañamente humana, como si perteneciera a una niña pequeña. Salió disparada y comencé a perseguirla por toda la casa hasta que la perdí de vista cerca de mi habitación.
Entré y miré en todas direcciones, pero a simple vista no había rastro del animal. Busqué bajo la cama, pero no encontré nada. El armario parecía el segundo sitio más obvio, así que me acerqué lentamente y noté que la puerta estaba entreabierta.
— ¡Ajá! —exclamé abriendo de golpe la puerta.
Otro grito más humano que animal respondió y la criatura salió disparada una vez más, escabulléndose entre mis piernas y haciéndome perder el equilibrio. Caí hacia delante, dentro del armario. Era un mueble viejo y en mal estado, por lo que el impacto hizo que el perchero se cayera sobre mi cabeza junto con algunas prendas de ropa.
—Ay… —me quejé sobándome la cabeza y haciendo lo posible por levantarme y salir de allí sin romper aún más el armario.
— ¡Déjame! —dijo aquella voz de niña.
— ¿Qué cojones? —dije en alto.
Miré en la dirección en la que el pequeño animal había salido corriendo y allí lo vi. Estaba tenso y me miraba con enfado, pero también pude notar algo de miedo en sus ojos. Me quedé completamente quieto y la miré fijamente.
— ¿Puedes hablar? —pregunté.
—Pues claro que puedo hablar ¿No me has oído?
—Vale, no hace falta ser tan borde. —Respondí, aún anonadado por lo surrealista de aquella situación. Después de todo, estaba teniendo una conversación con un animal que ya de por sí tenía un aspecto bastante extraño.
Quise acercarme a ella, pero en cuanto hice un mínimo movimiento, se puso a la defensiva.
— ¡No te acerques! —gritó. Su voz temblaba, delatando que estaba más asustada que enfadada.
—Tranquila, no voy a hacerte daño. —dije intentando tranquilizarla.
—No te creo, —respondió—, No sé cómo me has traído aquí, pero mis hermanos me encontrarán y van a estar muy enfadados contigo.
— ¿Tus hermanos también son...? ¿Qué demonios eres? —pregunté.
— ¿Es que nunca has visto a una poni?
—Nunca uno como tú, eso desde luego ¿Conque un poni, eh? Supongo que hay cierto parecido.
— ¿Y tú? ¿Qué se supone que eres tú? ¿Alguna clase de….mono pelado?
Su descripción resultó ser tan dolorosa como acertada.
—Soy un humano. Y a mí también me sorprende que no hayas visto uno aún. Estamos por todas partes. De todos modos, no sé a qué te refieres con "haberte traído aquí". Te encontré inconsciente en la nieve, así que es más bien como que viniste tú solita.
—No lo entiendo, lo último que recuerdo era estar con mis amigas en la finca de mi familia y entonces esa tormenta….
Todo lo que aquel poni decía me sonó estúpido. Amigos, finca familiar, tormenta. Son conceptos que sólo podía concebir en boca de humanos, pero allí estaba yo, en mi casa, en mi día libre, hablando con un poni de colores cuya cabeza apenas me llegaba a las rodillas. Como estaba claro que cuestionarme si el impacto del rayo me había vuelto loco del todo no iba a servir de mucho, decidí dejarme llevar por la situación. Cuando era pequeño había tenido amigos imaginarios, así que simplemente podía tratar a este poni como uno de ellos mientras encontraba una mejor explicación para todo lo que estaba sucediendo.
—Vale, empecemos de cero. Me llamo Talker ¿Tú eres…?
—Applebloom.
—De acuerdo, Applebloom…No tengo ni idea de dónde has salido. Si lo que vi ayer no era una alucinación, literalmente caíste del cielo…en un rayo.
Ella arqueó una ceja. Estaba claro que no terminaba de creerme.
—Si no me crees, puedo mostrarte el lugar en el que te encontré, aunque dudo que sirva de mucho para convencerte.
Ella asintió y la guie hacia el exterior de mi cabaña. La nieve estaba desapareciendo poco a poco y el sol seguía brillando. Ella mantuvo la distancia en todo momento, no queriendo acercarse demasiado a mí. Aún no se fiaba.
Enseguida llegamos al punto donde el rayo había impactado.
Señalé con el dedo la marca de tierra chamuscada.
—Justo aquí es donde te encontré. Como dije antes, caíste en un rayo. Te cargaste a un oso.
— ¿Qué hice qué? —preguntó con una mezcla de incredulidad y arrepentimiento.
—Oh, no te sientas mal. Si no hubieras aparecido en el momento exacto yo estaría muerto, así que gracias.
Hubo varios segundos de un silencio tremendamente incómodo en dos niveles: primero porque entendí que aquella situación debía de ser para ella incluso más confusa que para mí; y segundo, porque igual darle las gracias a una niña por matar a un oso no había sido muy sensible por mi parte. Siendo incapaz de aguantar más de aquella incomodidad, decidí entablar conversación con ella.
—Bueno ¿Te fías de mí ahora? —pregunté echando una mirada en su dirección, sólo para darme cuenta de que ella ya no estaba. Pude ver como su pequeña figura desaparecía entre los árboles.
—Eso….eso es un no. —pensé en voz alta.
Entré de nuevo en casa sintiéndome más bien indiferente por lo sucedido. Decidí que sería buena idea ir al médico para asegurarme de que el mordisco en mi pierna no fuera algo serio. Estaba seguro de que había hecho un buen trabajo la noche anterior, pero era mejor no tomar riesgos.
Fue a mitad de camino entre mi cabaña y el centro de salud cuando la hinchazón y el dolor se hicieron más intensos. Cuando inevitablemente me preguntaron cómo había sobrevivido al ataque de un oso, me vi incapaz de decirles la verdad. Tras un par de tratamientos sobre la herida, el médico me dejó ir.
Gracias a la anestesia local, caminar ya no resultaba tan doloroso. Quise darme prise en llegar a casa, pero mi camino de regreso se vio interrumpido por un obstáculo. Uno bastante grande.
En lo alto de aquella torre humana de dos metros había dibujada una sonrisa de oreja a oreja. Él puso su puño frente a mí a modo de saludo amistoso. Choqué mi puño contra el suyo, que casi doblaba al mío en tamaño. Era mi compañero de trabajo, Armandas, un lituano bastante amigable pero con historias más bien turbias que contar. Más de una vez nos habíamos quedado hablando varias horas, siempre con una o dos botellas de su vodka casero. En nuestras conversaciones de borrachos me había hablado, en su limitado inglés, de su tiempo en el ejército y de todos los trapos sucios de su pasado. El hombre tenía prohibida la entrada en al menos tres países de Europa. Todo un personaje, pero sus historias eran de las pocas cosas entretenidas que podía encontrar en aquel pueblo, y era bueno para mí tener a alguien con quien quedar de vez en cuando, en lugar de pasar todo mi tiempo libre en la cabaña, apartado de todos.
— ¡Talker! ¿Qué haces tú? —dijo nada más verme.
—Labas, Armandas, —respondí. —Vengo del médico.
— ¿Tú enfermo?
—Un oso me atacó anoche.
Los ojos del lituano se abrieron como platos al oír esto.
— ¿Donde esta oso?
—Oso está kaput. —dije, no queriendo entrar en demasiados detalles.
Armandas se rio a carcajadas mientras asentía en señal de aprobación. Después me puso la mano en el hombro y apretó ligeramente.
—Hombre fuerte, —dijo— ¿Herido?
—Mi pierna está mal. —dije dándome golpecitos en el muslo.
—Meh, tú bebes vodka y pones bueno. —dijo jocosamente. Era la misma broma que hacia siempre que alguien en la fábrica se hacía daño o se quejaba de algún dolor.
—Has visto que internet, teléfono… nada funciona—
Lo cierto es que no lo había notado, con todo lo que había pasado ni había tenido la oportunidad de comprobar esas cosas.
—Tormenta ayer rompió antena del pueblo. —explicó.
Esto iba a ser un gran problema. Teníamos un técnico en el pueblo, pero reparar la antena probablemente requeriría de recursos que no teníamos, y conseguirlos del pueblo más cercano era un problema, ya que estábamos a dos horas de este y en invierno el ayuntamiento cerraba las carreteras para evitar accidente.
— ¿Vas casa ahora? —preguntó
—Taip, tengo el día libre. —afirmé
Él me dio palmaditas en la espalda y se despidió.
Atravesé una vez más el pequeño tramo de bosque que llegaba hasta mi casa. Había un pequeño camino despejado que usaba para la moto de nieve, pero yendo a pie era más rápido atravesar la arboleda.
Sabiendo que no había internet, mi plan para el fin de semana estaba arruinado. Adiós, maratón de "Como conocí a vuestra madre".
Llegué finalmente a mi puerta, más bien amargado por aquello. Nada más entrar fui directo a la cocina y cogí una lata de atún y un tenedor. Abrí la lata y ni me molesté en poner el contenido en un plato, simplemente me senté en el sofá y comencé a devorar su contenido. No era una comida particularmente sabrosa, pero era sano y requería de cero preparaciones.
Tras acabar mi almuerzo, me tumbé en el sofá y cerré los ojos.
Desperté algún tiempo después debido a unos golpes en la puerta de mi casa y a los gritos de una niña a la que reconocí al instante. Fuera nevaba con fuerza y ya era de noche, ya que en aquel pueblo teníamos suerte si en invierno veíamos el sol por más de tres o cuatro horas al día.
Me levanté de golpe y abrí rápidamente la puerta para encontrarme con Applebloom, que estaba llena de suciedad y tiritando por el frío.
—Pasa —le dije.
Ella obedeció, pero no supo muy bien qué hacer una vez dentro.
—Lo de esta mañana estuvo bastante feo. —le reproché.
—Lo siento —respondió.
—Seguro que sí ¿Tienes hambre?
Ella asintió.
Me dirigí a la nevera y rebusqué entre los cajones con la esperanza de encontrar algún alimento apropiado para mi invitada.
—Decidí no arriesgarme a averiguar qué pensaba ella sobre el consumo de carne. Cogí un par de vegetales del cajón de las verduras y las puse en un plato que luego dejé cerca de ella.
Observé en silencio mientras ella comía y cada tanto eché miradas a otros sitios para no hacerla sentir observada. Al rato tuve que comenzar a hacerle preguntas otra vez. No quería atosigarla, pero había tantas dudas en mi cabeza que no pude evitarlo.
—Entonces… ¿Ni idea de cómo volver a casa?
La pregunta obviamente no le sentó muy bien. Enseguida su cara cambió a una de tristeza y me miró directamente a los ojos para luego negar con la cabeza.
—Bueno, no sé hasta qué punto puedo ayudarte, pero puedes quedarte aquí mientras averiguamos como devolverte a casa. Estoy seguro de que la clave de todo es la tormenta de ayer, pero hasta que las comunicaciones no funcionen de nuevo no creo poder ser de mucha más ayuda.
—Gra…gracias, —dijo
—No hay problema. Por hoy deberías descansar. Puedes dormir aquí en el sofá si quieres. Te traeré unas mantas.
A decir verdad, seguía sin estar seguro de lo que estaba sucediendo, pero ya que dejarme llevar había funcionado hasta ese momento, determiné que esa sería la mejor manera de afrontar toda aquella situación.
Por supuesto, no tenía ni idea de lo que estaba a punto de venírsenos encima.
