Suspiró, y el eco resonó por toda su biblioteca privada.
Dee se restregó los ojos, intentando apartar el sueño y el cansancio de ellos, pero no sirvió de nada. Ni siquiera su sangre élfica podía hacerle ése favor. 72 horas sin dormir hacían lo suyo, quisiera o no.
Volvió a suspirar, apartándose un poco del escritorio y del contenido del libro que intentaba memorizar.

"Maldición, las letras empiezan a bailarme." Se dijo, para sus adentros. Había comido un poco del pavo frío que las sirvientas le habían traído, y bebido varias botellas del exquisito vino que su padre le había regalado años atrás. Podía comer poco, pero ése líquido empezaba a resultarle extremadamente necesario. Para una mente tan activa como la suya, estaba bien tener algo que le suponía un poco de estupor, aunque conforme más se acostumbraba a lo potente de la bebida alcohólica, menor era el efecto. A largo plazo, necesitaría algo más fuerte para calmar esa parte de su cerebro que le pedía estímulos.

Se dejó caer más en la mullida silla, cuya madera era negra, robusta y fuerte, adornada con almohadones de terciopelo púrpura. El relleno era de plumas de ganso. Lo mejor de lo mejor para el rey. Aún recordaba cuando su padre era el que se sentaba ahí, bonachón, sonriente, familiar. Heavy y él eran unos críos, en esa época a Dee aún no le habían puesto el título de príncipe heredero. Todo era más sencillo, más tranquilo. Su padre estudiaba encima de esos almohadones, como él en la actualidad, pero donde más usaba la silla era cuando tocaba el piano.

El piano... El piano que el antiguo rey Glam tanto veneraba. El piano que no se había llevado a su nueva residencia, hace décadas, cuando Dee heredó la corona. Cuando preguntó por qué el instrumento se quedaba en la casa principal, su padre se limitó a guiñarle el ojo de manera misteriosa y a sonreír como sólo él lo hacía.

"Quién sabe. Quizá mi futura nuera toque el piano." La respuesta aún resonaba en la cabeza del rubio, tan frescas como cuando las escuchó.

Claro que sabía que tenía que tener una reina, una compañera. No le interesaba perder el tiempo en asuntos del corazón; estaba más intrigado acerca de aprovechar el tiempo estudiando cualquier libro que cayese en sus manos y controlar la magia que poseía como elfo mestizo.

Sin embargo, no podía evitar sentir que tenía el deber de buscarse a alguien digno de continuar su preciado linaje. Aunque tuviera que recurrir a un matrimonio concertado, puesto que Dee dudaba en poder enamorarse de la misma forma en la que su padre lo había hecho de su madre.

La falta de amor no significaba que se contentase con cualquier cosa, no. No se conformaría con alguien que no fuera una muchacha noble, duquesa cuánto menos. Una elfa, una preciosa elfa que podía presentar en sociedad, una que quizá dejaría de verlo tan extraño, lejano y distante, cuando se diesen cuenta de que realmente podía ser similar a su hermano y a su padre, y no tan parecido a su abuelo. El matrimonio lo volvería más cercano al reino que, silenciosamente, rechazaba verlo como un "rey".

El pueblo seguía con heridas abiertas por culpa de la larga tiranía que el antiguo tirano Gustav había aplicado en él, y Dee maldecía su estúpida suerte. Porque era parecido a la rama élfica de la familia, con

La diferencia de que no tenía ni la mitad de la magia innata que Heavy poseía desde pequeño, cuya similitud iba más con su madre humana. ¿Qué tan irónico podía ser eso? La gente se reiría de él si no fuera el actual rey. De hecho, estaba seguro de que los parias lo hacían, mientras la parte humana de sus súbditos se mostraban reacios a aceptarlo por completo y la parte élfica se peleaba por ver quien lo manipulaba antes...

Quizá lo estaba sobre pensando todo otra vez. Quizá debería estudiar de nuevo, o echarse a dormir un rato. Un baño y dormir después sonaba bien.

—¿Señor? —La amortiguada voz de uno de sus guardias reales llegó a sus puntiagudas orejas, justo antes de que los golpes en la puerta resonasen por las paredes de piedra.— Mi señor, es urgente.

Movió la cabeza hacia la puerta, extrañado. Observó el reloj de la pared y se sorprendió a sí mismo al darse cuenta de que era mediodía. ¡Mediodía! La idea de dormir quedaba descartada. Podía aguantar unas horas más antes de colapsar en la cama.

—Pasa, Alexander —El guardia obedeció a la voz quebrada del monarca, que sonaba justamente como alguien que llevaba tiempo sin hablar en voz alta.— , ¿qué ocurre?

Después de abrir la puerta y entrar en la habitación, el guardia real, Alexander, hincó rodilla ante la presencia de su rey. Continuó hablando con la cara gacha, en dirección al suelo.

—Hay un asunto importante en los calabozos, majestad.

—¿En los calabozos? —El rubio alzó una ceja, tomando la túnica que estaba en una de las sillas cercanas y poniéndosela.— ¿Mi hermano no puede encargarse de esto?

El guardia negó, sin alzar la cabeza. —Lo lamento, pero el príncipe Heavy no se encuentra aquí. Él y su guardia personal fueron a los bosques cercanos por todo el día. No regresarán hasta la cena.

Dee gruñó, rodando los ojos. Eso era típico de él. Desaparecer dejando atrás todas las responsabilidades en los hombros de su hermano mayor, sin ningún atisbo de vergüenza. Ya tendría una charla seria con el pelirrojo y su insoportable mejor amiga.

—Como sea. —Terminó por acomodarse la bata, haciéndole un gesto al guardia para que le dejase pasar y le siguiera.— Cuéntame lo que ocurre por el camino. —Así es como empezó ése extraño día, con un guardia relatándole los extraños sucesos de una extraña chica...

La oscuridad y la humedad de los calabozos no le disgustaban. De hecho, de pequeño le pedía al rey padre que le llevase de pasear ahí, sin tener conocimiento de lo que acontecía en sus muros ni de los gritos de agonía que a veces se escuchaban. Aunque estaba seguro que, de haberlos escuchado, le habría gustado igual.

Tenía tendencias hacia lo macabro, hacia lo escabroso. Nunca lo había ocultado.
—Aquí es, Su alteza. —El guardia parecía más tenso que antes. La lanza defensiva que empuñaba estaba siendo apretada, además de que había mandado a llamar a dos o tres compañeros más. Por si acaso.

Dee miró hacia el interior de esa celda húmeda, incómoda y oscura. Sus ojos tuvieron que adaptarse a la penumbra antes de vislumbrar el pequeño cuerpo maniatado, que temblaba. Suponía que la temperatura baja de las mazmorras le afectaba más que a nadie.

—¿Es ella? —Preguntó, no sin asombro. Lo que sus ojos azules veían a través de los barrotes era una silueta menuda, no muy corpulenta. Su madre se reiría a carcajadas si se llegase a enterar de lo que había ocurrido.

—Sí. Ella es. —Otro guardia tenso, que no llegaba a identificar, le contestó. Tenía la mandíbula apretada y en su voz se destilaba la rabia contenida que no podía explotar frente al rey.— Ella ha sido la que ha provocado el ataque a mi escuadrón.

Sí, esa figura que ahora estaba acurrucada contra la pared y hecha un ovillo había atacado a un escuadrón completo de hombres entrenados y ejercitados. Lo peor no había sido eso, lo peor es que les había atacado... Y había provocado bajas. No bajas por muerte, pero sí por heridas de gravedad.
Increíble.

Definitivamente su madre reiría hasta las lágrimas y vendría a arrastrar a toda la milicia a uno de sus entrenamientos infernales. Si lo pensaba bien, quizás era justamente lo que necesitaban, viendo que una criatura de ése tamaño había podido con ellos.

—Quizá si dicho escuadrón no hubiese empezado a molestar a una madre y a sus hijos, esto no habría pasado. —Una voz aniñada rompió el silencio de la celda. Una voz que, sin esfuerzo, fue escuchada con claridad. La figura menuda se movió, como si se hubiera cansado de dar la espalda a sus captores.

Dee dio un pequeño salto. Abrió sus ojos como platos, mientras que los guardias se ponían en posición defensiva y con las alzas en posición.

Se sentía peligro en el aire.

Una amenaza, algo que provocaba que el rubio sintiese un escalofrío por su columna. Algo que definitivamente estaba en esa celda.

La capa que la cubría se había movido para mostrar descuidadamente sus orejas puntiagudas, que dejaba parcialmente a la vista su vestimenta; pantalones apretados, corsé de cuero negro, una blusa ligeramente holgada con correas a la altura del escote...
La correa no sólo era un accesorio, sino una herramienta en la que colgar sus dagas, ausentes ahora gracias a los guardias.

El joven monarca dio dos pasos hacia atrás. Algo dentro de él, su instintivo, le dijo que no se fiase de esa criatura vestida de ladrona. Porque lo más letal no era su ropa, si no lo que la capa había ocultado hasta ahora.

Unos cuernos sobresalían del cráneo de la fémina, entre mechones pelirrojos totalmente desordenados. Unos colmillos se hicieron notorios cuando bostezó, colmillos afilados y blancos, a los que no costaba nada imaginar despedazando carne. Por último, una traviesa cola terminada en flecha redondeada se movía, llamativa.

Una tiefling. Una tiefling apresada en sus calabozos. Qué día más extraño, definitivamente.
Los guardias se cuadraron y cubrieron su vista. Obviamente, proteger al rey era lo primero que les habían enseñado en la academia. Y tenían que protegerlo de eso.

—¡Mientes! —El guardia que habló antes se dirigió a la tiefling, ahora sí, gritándole con odio.— Mientes, ser deleznable.

—¿Mentir? Oh, probablemente esté mintiendo, sí. —Concedió la tiefling, sonriendo de oreja a oreja en una mueca que provocó aún más a los guardias.— Si estoy mintiendo, entonces no eras tú el que quería levantarle las faldas a la hija mayor... ¡Ah, no! Ése fue al que le arranqué el ojo. —La sonrisa se hizo más ancha, más maquiavélica y salvaje. Había rabia en el rostro, una ira latente y casi palpable. Los ojos de la criatura miraba a los guardias como un depredador que esperaba el momento justo para arrancarles la yugular.

Aquella frase fue como una bomba. Detrás de los guardias, Dee pudo ver que éstos se tensaban y levantaban, a la vez, las lanzas. En menos de un segundo las armas estarían lejos de sus manos y asaetarían a la salvaje. ¿Qué podría hacer él? ¡Nadie le había comentado absolutamente nada de lo que ella decía! Según Alexander, el guardia, aquél escuadrón hacía su ronda matutina y entonces, la tiefling los atacó.

Su mente iba a mil por hora y él estaba tremendamente bloqueado, en blanco. ¿Qué haría su padre en

su lugar? ¿Qué haría su madre? ¿Que podría hacer él?

La risa provocadora de la tiefling y los gruñidos amenazantes de los soldados se mezclaron para dar paso a una especie de melodía siniestra, que no auguraba nada bueno.

Y el rey permanecía congelado, como si nada de eso fuese con él.

—¡Alto! ¡Bajad las armas! ¡Bajadlas! —Una voz femenina, decidida, rompió todo el momento. Los guardias miraron hacia las escaleras de piedra por la que habían llegado, Dee hizo lo mismo.

La tiefling se movió, casi desesperada, hasta pegar el rostro a los barrotes. Su expresión se había suavizado, ya no parecía un animal enjaulado, ahora casi podía verse contenta por la interrupción. —
¡Sun!

Múltiples pasos resonaban por la entrada del lugar, dos figuras jadeantes se les acercaban con rapidez; el príncipe Heavy, con ropas holgadas y cómodas para la caza, iba detrás de la joven Sun, su guardia personal.

—¡Bajad las armas! ¡Es una orden! —La voz de Heavy resonó por las mazmorras, clara y profunda. La luz de las escaleras lo iluminaba, formando un cuadro donde el príncipe parecía bendecido por el destino para llegar justo a tiempo a evitar la masacre que había estado por ocurrir. Su cabello pelirrojo, recogido en una coleta, enmarcaba sus rasgos viriles pero suaves gracias a los distintos mechones que se le escapaban del recogido. Los ojos verdes centelleaban de furia al ver a los guardias, esos patanes que según el muchacho deberían haber sido desustituidos hace ya bastante tiempo.

¡Si tan solo su hermano se interesase de verdad por los asuntos del reino!

—Es una orden.—La silueta menuda de Sun dió dos pasos hacia delante, repitiendo las palabras de su protegido. Su piel blanca constrastaba perfectamente con sus ropajes negros como ala de cuervo, pantalones de tela, una camisa reforzada a modo de armadura ligera y pesadas botas. Todo en ella gritaba la palabra "guerrera", excepto su rostro. El cabello largo rubio platino, las facciones suaves y sus ojos de un tono caramelizado daban la impresión de que se trataba de un ser seráfico.
Un ser seráfico con la fuerza suficiente como para romperle el cuello a una amenaza.

Los guardias se miraron entre sí, sorprendidos. Conocían el carácter impulsivo del príncipe y la eficiencia de su guardia real, así que su último recurso era el rey para que éste les diese la razón y pudiesen eliminar a la tiefling bocazas de una vez por todas.

Dee parecía alguien que había sufrido una violenta sacudida, y que una docena de ojos lo mirasen esperando una respuesta, un sí o un no, empeoraba su situación. Sin saber muy bien de donde, sacó las fuerzas suficientes como para aclarar su mente y hablar;

—El príncipe ha ordenado algo.—Sus fríos ojos azules se dirigieron a los guardias, y con un gesto les hizo bajar las lanzas. Contrariados, obedecieron, pero se notaba que muchos querían morderse la lengua y hablar.

—Que se vayan.—El príncipe tenía los puños apretados y la mandíbula tensa. Su hermano lo conocía lo sufiicente como para saber que era mejor no estirar demasiado su paciencia.

Otro gesto fue suficiente para que los guardias obedecieran, aunque se notaba que tampoco estaban contentos con la última orden; en general, su plan de vengarse de quien les había puesto en ridículo se había desvanecido en cuanto Heavy puso un pie en esas mazmorras oscuras.

Una vez los cuatro solos, los ojos verdes del príncipe dieron con los azules cansados del rey. Dee sabía lo que vendría a continuación, una larga perorata del por qué se había quedado cruzado de brazos cuando sus guardias habían estado a punto de matar a una don nadie venida de sólo la madre Gea sabe dónde.

—Por favor, sé rápido y acaba con la regañina cuanto antes.—Interrumpió el rubio rodando los ojos cuando el pelirrojo abrió la boca.

Éste volvió a cerrarla, pero su mirada se dirigió a Sun, ambos con el mismo semblante de incredulidad.

—No puede ser.—El tono de la guerrera era de puro regocijo. Un tono que no le gustaba nada al monarca, porque siempre era el usado para reírse a su costa.— No me creo que de verdad no se haya dado cuenta.—Se volvió hacia su protegido, haciendo que la conversación fuese sólo con él.

—¿Darme cuenta de qué?—Contestó Dee, cada vez más irritado. La falta de sueño le impulsaba a actuar con cierto mal humor, y el trato que llevaba recibiendo todo éste tiempo era indigno a sus ojos.—
¿Se puede saber de qué estáis hablando vosotros dos?

Heavy miró a su hermano mayor, observó sus ojeras, su palidez. Intuyó que, de haber estado un poco más fresco, probablemente no tendría nada que aclarar porque él ya lo hubiese sabido.

—Yo lo recordaba un poco más inteligente, a decir verdad.—La tiefling habló, captando la atención de los otros tres. Estaba acomodada contra el muro de su prisión, de forma perezosa y recordaba vagamente a un felino aburrido. Incluso su puntiaguda cola se movía vagamente.

¿Recordaba? ¿Acaso la tiefling lo conocía? Ahora quien miraba a Heavy era Dee, con los ojos abiertos como platos y miles de preguntas sacudiéndole su mente.

El príncipe respiró hondo y continuó.—Dee... La tiefling es...