—No es para que te ofendas, Seiya, solo soy realista—se justificó Seika con una sonrisa conforme.
—¡Te digo que así funciona el destino!, Cada pequeña acción que tomamos nos acerca más a él, si, pero ¡Agh!, Es más complicado que eso, también dependemos de las acciones de los demás, ¿Sabes?—intentó explicarse el pegaso, sin encontrar las palabras exactas—¡Todos estamos enredados como la pasta de un plato de espagueti!... No se como darme a entender.
—Yo te entiendo—Seika puso su mano en el rostro de su hermano y le sonrió con gentileza—pero no te creo, perdón, pero tan solo me pareces un gran soñador.
—¿Me llamas ingenuo?—cuestionó el chico quitando la mano de su hermana con indignación.
—Soñador, eres un gran soñador—repito Seika con tranquilidad.
—¡Es todo!, ¡Piensa lo que quieras!—gritó Seiya cruzando sus brazos, provocando las risas de su hermana.
—solo llevemos la comida al pueblo—pidió la chica levantando un par de cajas de madera llenas de alimentos.
Desde hace unos meses que Rodorio estaba en completa sequía, y la falta de agua ya se hacía notar en las escasas cosechas, por lo que el santuario, al ser notificado, no pudo más que ofrecer su ayuda hacia el pueblo que tanta fidelidad les mostraba, enviando cajas de comida fresca para el consumo de las familias.
Y como Seiya iba pasando por la entrada ese día, fue forzado a llevar las cajas por su cuenta, al menos Seika le ofreció su ayuda.
—Sabes que puedo llevar todas las cajas solo, ¿No?, Con que me acompañes en mi tormento es suficiente, hermana—se ofreció el santo de Pegaso.
—¿Acaso te parezco indefensa?, He pasado por los riscos de este lugar tantas veces que podría saltarlos con los ojos cerrados—le aseguró a su hermano.
—Mientras que no caigas y tenga que pasar la vida buscándote—murmuró Seiya cargando las cajas restantes en ambos brazos.
—¡Eres un tonto!—chilló Seika empezando a emprender el camino, no sin antes darle un empujón a su hermano y adelantarse, por supuesto.
—¡Seika, no hagas eso!, ¡¿No ves que voy haciendo malabares?!—se quejó intentando mantener la comida en equilibrio, dejando caer una manzana en el proceso—ups… ¡No te adelantes!—le gritó a su hermana mientras empezaba a correr para alcanzarla.
Lejos de ojos curiosos la manzana rodó por la entrada del santuario, hasta chocar con unas botas de metal dorado.
Milo estaba en plena huida, pero una manzana tan roja atravesandose en su camino, debía ser el destino.
La levantó con curiosidad y no la soltó ni siquiera cuando fue tacleado por Death Mask.
—Lo lamento, Death Mask, te doy una manzana como ofrenda de paz—le ofreció al caballero de cáncer con una sonrisa despreocupada.
Ángelo golpeó la manzana arrojándola lejos, y lo acercó a su rostro con una mirada enfadada.
—¿Dónde está mi chaqueta?—preguntó Cáncer con voz de ultratumba.
—La solté mientras huía, no estoy seguro de dónde quedó—soltó resuelto.
—¡Haz el esfuerzo por recordar!—le exigió dando un puñetazo al suelo junto al rostro de Escorpio.
—¿Por qué tan desesperado por esa chaqueta, Death Mask?—Milo cuestionó con la sonrisa inocente más falsa que Ángelo hubiera visto en su vida.
—¡No es tu asunto!—le gritó a la defensiva, asestandole un puñetazo, está vez bien posicionado en el rostro, iniciando una pelea de puñetazos.
—¡No seas cobarde y admite que cortejas a la chica del pueblo!—Milo lo zandareó y Death Mask abrió los ojos tan sorprendido como confundido.
¿Qué cortejaba a quién de dónde?
—¿Ah?—fue lo único que atino a responder, ya sin defenderse.
—¡La nota en tu chaqueta, Ángelo!.
Y algo hizo clic en su cabeza.
—Si.—confesó asintiendo repetidas veces—Yo… no pensé que lo sabrías—murmuró con voz afectada.
—Amigo, no tiene nada de malo que te intereses por una mujer, es más, ¡Me alegra!, ¡Estaba empezando a pensar que te quedarías por siempre encerrado en tu templo!, obsesionado con tus rostros y todo eso, ¡Pero no!, ¡Es grandioso!—celebró Milo levantándose junto con Death Mask.
El caballero de escorpio observó con alegría a su amigo, le dio un corto abrazo incómodo y se fue tranquilamente.
—Buenos días, Ofiuco—saludó Milo a la mujer, quien tenía la roja manzana en la mano.
—Buenos… ¿Qué demonios acabo de ver?—cuestionó admirando la entrada completamente destruida.
—El primer paso para una mejor vida—concluyó el caballero de escorpio, despidiéndose con un asentimiento de cabeza.
La mujer y el caballero de cáncer se observaron por varios segundos, hasta que el hombre le arrebató la manzana de la mano y la miró intimidante.
—Ni una palabra de esto a nadie—exigió con voz fúnebre y camino de vuelta hasta el santuario, sin prestarle atención.
Tan solo meditando en como Milo se había vuelto el fanático número uno del amor.
Shaina gimió con cansancio y puso su mano sobre la máscara intentando mantenerse serena.
—¿Qué se supone que le diga al gran patriarca?—se preguntó a sí misma contemplando el desastre que ni cinco caballeros de plata juntos podrían despejar en una tarde.
Y aparte le robo esa manzana que se veía bastante bien.
—¡Lo siento, Shaina!—le grito Shun al empujarla accidentalmente mientras entraba al santuario mientras corría apresurado.
El santo de Andrómeda solo detuvo su carrera al llegar a las escalinatas del templo de Aries.
—gracias por ofrecerte a entregar estás cartas por mí, estoy lleno de trabajo y si me alejo demasiado las armaduras se pondrán complicadas, se lo pediría a algún sirviente pero es información en extremo confidencial y el patriarca tiende a ser algo paranoico últimamente—explicó Mu con una sonrisa agradecida, poniendo dos sobres blancos sobre las manos de Andrómeda.
—Oh—se le escapó a Shun con un tono preocupado.
—No es nada grave, Andrómeda, solo un par de recados importantes—lo tranquilizó el hombre, leyendo la preocupación en su rostro.
—Ya veo, entonces llevaré las cartas de inmediato—Shun se despidió con una sonrisa y empezó a saltar los escalones con velocidad.
Tardó casi media hora en llegar a la casa de Sagitario, sintiéndose ligeramente frustrado con la siempre molesta distancia se le hizo bastante difícil saludar con el mismo temple a cada guardián que se topaba.
—¡Señor Aioros!—llamó desde la entrada, esperando a que el guardián del templo apareciera.
—¡Andrómeda!, ¡Cuánto tiempo!—lo saludó un sonriente caballero de Sagitario—¿Tú eres quien me trae la carta?—cuestionó pacientemente.
—¡Si!—asintió al instante entregandole una de las cartas.
—Ya me doy cuenta, gracias—agradeció abriendo con toda confianza la carta frente al adolescente, quien volteo la mirada intentando no inmiscuirse.—¿Ya terminaste?, Puedo llevarte rápidamente abajo—se ofreció el santo dorado refiriéndose a su gran velocidad.
Por alguna razón que desconocía, esa carta despertó en él la necesidad de darle un aventón a alguien.
—Gracias por la oferta, pero aún debo ver al señor Afrodita—Shun respondió con una sonrisa triste, le hubiera gustado ahorrarse los treinta minutos de regreso a abajo.
—Será para la próxima, por cierto, no estoy seguro de que Afrodita esté en su templo, suerte con eso—Aioros subió sus hombros, y salió de su templo.
Por alguna razón aún sentía ganas de darle un aventón a alguien.
Shun dio un suspiro y continuó subiendo la escalera hasta el templo de Piscis, llamando con duda a su dueño.
—¿Afrodita?—llamó con duda desde la entrada, si desperdició el ahorrarse los eternos escalones por nada, iba a sentirse muy mal.
—¡Bu!—le susurró Death Mask en su oído.
—¿Bu?—preguntó confundido.
¿Intento asustarlo y no lo noto?
—la próxima no seré tan suave contigo—refunfuñó el caballero de Cáncer.
—solo perdiste el toque, Death Mask, es parte de redimirse—Se burló Afrodita llegando junto a ellos en su armadura dorada, apunto de darle una mordida a una roja manzana.—¿Traes mi carta, Andromeda?—cuestionó con una sonrisa tranquila.
—Así es, aquí tiene—se la entregó el santo de bronce sintiéndose realizado al acabar su misión.
—Gracias—murmuró tomándola con torpeza y dejándola caer al instante al estar más concentrado en su manzana—¿Shun?—llamó con duda el caballero dorado al recogerla.
—¿Si?.
—Esta carta es para Aioros—Piscis le mostró el reverso del sobre.
—¡¿Qué?!, ¡No!—Andrómeda le arrancó el sobre de las manos antes de poder pensar, leyendo claramente el nombre de Aioros en la letra del patriarca—¡¿Porque tuvo que pasarme esto hoy!?—chilló extremadamente frustrado.
Había confundido las cartas, justo en el día que más detestaba las escaleras de las doce casas en toda su vida.
—Y además estás en la doceava casa, que mala suerte tienes—Death Mask comentó al aire.
—Cállate—lo silenció Afrodita—Ten, Shun, una manzana.
Él definitivamente la necesitaba más que él.
—Gracias—Murmuró recibiendo la fruta aún desanimado—Me gusta tu chaqueta, Death Mask—fue lo último que el santo de bronce dijo antes de retirarse escaleras abajo.
—¿Ves?, A él le gusta mi chaqueta—Ángelo presumió una vez que Andrómeda estuvo lo suficientemente lejos.
—A mi también, pero dejas todo ahí, tienes suerte de que Milo creyó que la nota que te deje era de esa chica, Patricia, si supiera que ella solo te trae el contrabando de Alcohol—soltó divertido el caballero de Piscis, antes de meditar la situación—¿Tengo letra de mujer?.
—Cursiva perfecta, inmaculada gramática y ortografía, no sabría decirte, belleza.—guardó silencio unos segundos hasta notar que Afrodita regalo la manzana que amablemente le dejo.—¡Yo te di esa manzana!.
—Y ahora está en un lugar mejor.
Si es que podía considerarse el bolsillo delantero del santo de bronce como un lugar mejor.
Casi se arrodilla a besar el piso cuando dejó de ver escalones en el panorama, pero tanto Mu, como Milo y Camus conversaban ahí, así que debía ser maduro.
Ya mucho había hecho con confundir los sobre.
—Buenos días—saludó Shun intentando no sonar sospechoso.
—confundiste los sobres, ¿Cierto?—Mu le dijo directamente.
—¿Có...Cómo?—preguntó Shun muy sorprendido.
—Kiki los confunde todo el tiempo porque son exactamente iguales, excepto por el casi ilegible nombre en la parte trasera, cosas del patriarca, he de suponer, generalmente los marco para diferenciarlos pero hoy lo olvidé, lo lamento—se disculpó el lemuriano.
—No hay problema—susurró el chico sintiéndose más tranquilo.
—Deberías apresurarse y arreglarlo, Aioros está en la entrada del santuario—camus lo corrió sutilmente.
—¡De inmediato!—se apresuró el caballero de bronce, corriendo a buscar a Sagitario.
—como les decía—continuó Milo cuando el chico se alejó lo suficiente—Death Mask Sale con la chica del restaurante, se los juro—explicaba Milo emocionado.
—¿Hablas de Patricia?—Camus le arqueó una ceja.
—Si, esa, la castaña—Milo la reconoció.
—ella está felizmente casada, tiene un hijo—le explicó el acuariano confundido.
—¡¿Y tú cómo sabes eso?!.
—Ella me vende el contrabando, bastante multifacética.
—Ángelo te tomo el pelo, Milo—Concluyo Mu con un bostezo, preguntándose qué tal le iría a Shun.
Quien por cierto, acababa de tropezar con Aioria.
—Lo siento, Aioria, Parece ser que tropiezo con todo hoy—se disculpó con vergüenza.
—No hay problema, Shun, chocarme contigo es lo mejor que me pasó hoy.—el caballero de Leo tomó aliento—Una chica loca del pueblo no para de ingresar alcohol de contrabando al santuario y tiene al patriarca con los pelos de punta, cada vez que intentaba tocarla, ¡Gritaba como si fuera a asesinarla!, Yo solo quería hablar.—se desahogó tan repentinamente que Shun tuvo que tomarse varios segundos para procesarlo.
—¿Ya no le venderá más alcohol a los santos?—preguntó más por compromiso que por otra cosa.
—Espero, tuve que destruir un montacargas para alcanzarla—soltó al aire con irritación.
—¿Alcanzar a quien?—cuestionó Marín apareciendo de la nada.
—La contrabandista que mete alcohol al Santuario—Explicó el santo de Leo rápidamente.
—¿Patricia?—murmuró pensativa la mujer, recibiendo un asentimiento por parte de Aioria—Vende un buen vino.
—¡¿Qué soy el único santo decente aquí?!—Gritó Aioria frustrado.
Empezaba a sentir que solo lo enviaron a él porque era el único que no le compraba.
Shun sintió lástima por él y sacó la manzana de su bolsillo.
—¿Quieres una manzana?—le ofreció, agradecido con la vida por no hacerlo perseguir a ninguna contrabandista.
—Si… si por favor—al hombre se le iluminaron los ojos al recibirla—¿Donde esta Seiya?, Tengo un asunto con él—preguntó a Marín, mientras pulía su manzana.
Realmente se veía muy bien.
—Con Seika, fueron a llevar las cajas de comida al pueblo hace unas horas—explicó el caballero femenino.
—¿Por qué no me avisó?, Nos hubiéramos ido juntos y entregábamos todo eso en cinco minutos máximo—se quejó el santo de Leo.—da igual, debe de estar por venir, lo esperaré en la entrada del santuario.
Los ojos de Shun brillaron—¿Puedes hacerme un favor?, ¿Y entregarle a tu hermano Aioros una carta por mi...? ¿Y luego llevarle una a Afrodita?, ¡Siento mucho pedirtelo pero siento que si veo esas escaleras de nuevo hoy, vomitaré!—suplicó con una mirada desesperada.
—Claro, tú me diste una manzana.—Aceptó Aioria sin mucho inconveniente.
—¡Muchas gracias!—se alegró el menor, corriendo lejos, a Zeus sabrá donde.
—Se ve feliz—Aioria sonrió tranquilo—¿Sigues en tus rondas, Marín?.
La mujer asintió.
—Entonces yo me iré a entregar las cartas y buscaré a Seiya, suerte con lo tuyo—se despidió.
Un par de minutos después, las cartas fueron entregadas, y se mantuvo de pie en la entrada del santuario, acompañado por su hermano, intentando ignorar la conversación del patriarca y el caballero femenino que habitualmente cuidaba la entrada.
—¿Entonces todo este desastre sucedió porque Milo y Death Mask no se llevan bien?—cuestionó Shion.
—No, creo que ellos… jugaban o algo así, se abrazaron al final—explicó Shaina.
—¿Se abrazaron al final?, ¿Se reconciliaron?—volvió a preguntar el hombre.
—Si… espere, no… ¡No sé qué tal está su relación, patriarca!, ¡El asunto es que no pueden venir aquí y causar destrozos esperando a que otros los limpien!—explicó el caballero femenino tragándose gran parte de lo que quería decir, por respeto al patriarca.
—Entiendo tu descontento, Ofiuco, si alguna vez algún caballero dorado vuelve a causar estos destrozos, siéntete libre de decirme de inmediato y encontraremos un castigo digno del desastre, por ahora, deja que me encargue yo—sentenció el patriarca con un tono de voz aunque calmo, ligeramente amenazante.
—Por supuesto, gran patriarca—aceptó el santo de Ofiuco—¿Desea que me encargue de los escombros?—cuestionó un tanto a regañadientes.
—No, dije que yo me encargaba, para mañana esto estará como nuevo.
—doy fe de ello.
Una vez que la situación llegó a una conclusión—no es como si Aioria y Aioros hubieran estado espiando—, se escuchó la voz de Seiya gritar desde el pie de los riscos.
—¡Hey, chicos!, ¡¿Nos ayudan a saltarnos esto?!—gritó Seiya, refiriéndose a la ardua subida.
—¡Yo te ayudo, pegaso!—le devolvió el grito Aioros.
Llevaba todo el día con ganas de darle un aventón a alguien.
El caballero de Sagitario subió primero a Seika, quien se aferró a su cintura con escepticismo y miedo, por alguna razón las alas del caballero dorado no le daban confianza.
Luego, con mucha facilidad sujeto a Seiya de un brazo como si de un muñeco se tratase, y lo colocó en el santuario en una pieza.
—No es que no agradezca tu ayuda, pero, ¿qué haces aquí, Aioros?—cuestionó el pegaso con genuino interés.
—Confundieron las órdenes del patriarca y erróneamente pensé que tenía una misión que cumplir hoy, así que decidí no perder el viaje y quedarme a acompañar a mi hermano.—explicó el santo de Sagitario.
—Que amable de tu parte—halagó Seika, su hermano asintió dándole la razón.
—¿Qué tal las cajas?—preguntó Aioria, recordando el encargo que tenía el pegaso en primer lugar.
—Agh, no me lo recuerdes—Pidió Seiya frunciendo sus cejas, y su hermana puso una expresión irritada también—algún loco rompió el montacargas y tuve que entregar yo mismo en cada casa toda la comida, que dolor de cabeza—se lamentó el chico.
—¿Alguien rompió un montacargas?—volvió a preguntar Aioria para asegurarse.
—Si, un imbécil, pero no quiero pensar más en eso, ¿Qué tal todo con la contrabandista?—le preguntó divertido.
—Bien.—se limitó a responder, lo mejor era no contar su anécdota.
—Esa manzana—Seika señaló la mano del santo de Leo—siento que la he visto antes—meditó para si misma.
—Si, ahora que lo mencionas, yo también, ¡déjame verla, Aioria!—exigió el pegaso, recibiendo una negación.
—¡No toques mi manzana!
—¡Solo quiero verla!—Seiya empezó a forcejear con él por la fruta.
Resultando en que accidentalmente, está cayera por el precipicio.
—¡Mi manzana!—gritó el caballero dorado arrodillándose.
—superalo, hermano.—murmuró Aioros con un suspiro.
Ambos hermanos se adelantaron mientras discutían, dejando solos a Seiya y Seika un poco más atrás.
—¿Ves, hermana?, estamos aquí y ahora, todos enredados, como un plato de espagueti, así es el destino—meditó Seiya con tranquilidad.
—¿De qué estás hablando?, No me has probado nada, solo has llevado cajas todo el día.
Fin.
Bonus:
Shura regresaba al santuario luego de una larga misión en la ciudad de Atenas, cuando de la nada fue golpeado por una manzana en la cabeza.
—¿Qué demonios…?—murmuró confundido al recogerla.
La observó con cuidado y cortó un trozo con su mano para meterlo en su boca, esperaba que no estuviera envenenada o algo por el estilo.
Pero solo estaba muy bue… vale, era la manzana más malditamente increíble que comió en su vida.
