Hola mis queridísimos lectores.

En esta nueva ocasión les invito a acompañarme en esta divertida colaboración junto a mi mentor y compañero de letras, Pepsipez. Se trata de un proyecto increíble que celebra el aniversario de las colaboraciones de la Bandita-kun, y en el que varias parejas de escritoras y escritor se unieron para crear cada uno una historia con ciertas características que ustedes mismos eligieron y al que teníamos el reto de apegarnos.

A nosotros nos tocó Canon-Humor y bueno... aquí está el resultado.

Mil gracias a WonderGrinch por organizar tan hermoso proyecto, a Pepsipez por pensar en mi para este trabajo y a todas las demás talentosísimas escritoras que le han echado ganas a este reto.

Sin más que decir, los dejó para que lean.

Crónica de un amor no tan perfecto.

¿Exáctamente qué era lo que había pasado?

Ahí estaba yo, con mi completa cara de estúpido ante un escenario tan irreal, como malo.

Recapitulemos: ramo de rosas, sí; sus chocolates favoritos, sí; vino para soltar el cuerpo, claro que sí; baladas en un móvil, las mejores de nuestra adolescencia; los preservativos de sabores con todo y lo avergonzado que me sentí al pedirlos, sí; y como cereza del pastel, la tanga de elefantito… porque Yamasaki dijo que aumentaban la líbido de las damas, aunque por la expresión de ella, creo que eso fue un poco excesivo. De verdad debo dejar de hacerle caso, ¿pero cómo hacerlo? Dice las cosas con tanta seguridad que no te queda de otra que tomarlas por verdaderas.

Me reclamé a mí mismo la concentración. ¡Había un problema más serio que resolver!

No era cualquier cosa… es decir, en el año de matrimonio hasta ese día, había existido un par de peleas, fuertes tal vez, aunque ninguna de verdadera trascendencia… pero esa parecía haberla afectado de verdad… ¿qué había hecho mal? Debió ser algo inmenso, porque en un parpadeo, el pijama tipo hanfu que llevaba fue cambiado por algo casual, y con la misma velocidad llegó el anuncio de que iría a pasar la noche con Daidoji, dejándome ahí, todo acelerado, con una erección que daba la impresión de que el elefante estaba en una barritada perpetua, mientras yo apretaba las nalgas para mantener la prenda en su lugar. Ni cuando éramos adolescentes las pijamadas habían nacido de forma tan espontánea. Me ofrecí a llevarla, pero declinó la invitación así nada más.

Traté de convencerla mientras la seguía afuera de la casa, después claro de volver a acomodar mi ropa lo mejor que pude, pero fue inútil. De sólo levantar la mano, un taxi se apareció mágicamente frente a ella, y no, no hablo de la magia que existía, sino de aquella que la gente gusta de llamar "coincidencia". Y no, no era el taxista barrigón y feo común, sino el taxista musculoso y atractivo, que incluso tuvo el descaro de sonreírme mientras ella abordaba el vehículo.

De vuelta en casa, después de ser abandonado, de verdad me sentía inquieto. Ahí, sentado sobre la cama, solo, sin saber que pata había metido y en donde, y considerando que me estaba preparando para no dormir en toda la noche… creí que las cosas no podrían ponerse peor.

Obviamente me equivoqué.

En esa confusión, me quedé viendo al televisor que nunca encendí, inmerso en mi propia miseria, reconstruyendo la escena una y otra vez.

Sin saber qué más hacer, fui a nuestra habitación, donde comenzaba a hacerme a la idea de dormir solo.

La lucidez, sin embargo, vino a mí súbitamente, en forma del inconfundible sonido de la vibración de mi móvil. Con la agilidad que correspondía más a mi niñez como cazador de cartas que al oficinista y estudiante de postgrado que era, me lancé a la captura del teléfono, pensando que quizás Sakura había cambiado de parecer, llegando a la conclusión de que nadie iba a quererla como yo a pesar de mi ya demostrada idiocia.

Y hablando de idiotas, luego de que la realidad me diera otro revés mostrándome lo equivocado que estaba, uno de los artífices de la hecatombe que amenazaba con devorarme, se mostraba con su sonrisa diabólica en la pantalla, evidenciando su identidad y reavivando las ganas que tenía de terminar con su miserable vida con mis propias manos.

Estúpido Yamasaki.

—¿Y tú qué quieres? —gruñí.

—¡Quieto, Lobo! —exclamó jovial—. Espero que ese humor no sea porque interrumpí algo.

—¡Lo único que interrumpiste fueron mis ganas de ir a buscarte y cortarte los…!

—¿Pero qué pasó? ¡Te di herramientas infalibles de seducción! ¿Pues qué hiciste mal o qué dejaste de hacer?

—¿Infalibles? ¡¿INFALIBLES?! ¡Sakura me rechazó, grandísimo estúpido!

—Vaya… eso suena muy mal.

—¿Y ahora qué diantres voy a hacer, bruto? ¿Cómo voy a hacer para volver a conquistarla?

—Ya, vamos a calmarnos un poco. Al menos sigue ahí, contigo. Lo malo hubiera sido que se hubiera marchado después del rechazo. —Pedí con todas mis fuerzas, aunque en silencio, que detuviera ese monólogo, algo me decía que su contenido no iba a gustarme ni un poco—. ¿Sabías que los indicadores inequívocos del término de una relación y el subsecuente abandono es el rechazo íntimo? Según los últimos números de la Oficina y Centro de Estadísticas de Japón, el patrón es el mismo en cada caso que termina en un divorcio irreconciliable: rechazo íntimo, la mujer recurre a su mejor amiga de la infancia para una supuesta pijamada, y en cada caso rechaza las intenciones del presuntamente abandonado esposo de llevarla a cualquier lugar a pesar de ser altas horas de la noche, evitan todo tipo de contacto, en especial el telefónico, y también dejan a la vista todos los artículos que en la historia de la pareja significaron algo, normalmente sobre el lecho. ¡Qué suerte que esa no es tu situación!, porque de ser así, deberías comenzar a hacer tus maletas y esperar la orden del juez para los trámites del divorcio.

Sólo la divinidad podría saber cuál sería el siguiente golpe a mis esperanzas, pero un ángel se materializó entonces, deteniendo todo el intrincado mamotreto de mi "amigo". Pude escuchar golpes, una sandalia, una sombrilla quizás, junto con las súplicas entre risas de mi amigo, y los sonoros reclamos de su furibunda esposa.

Luego de unos segundos de combate, y a sabiendas de que mi amigo de la niñez seguramente estaba noqueado y sangrante en el suelo, la llamada se restableció, siendo Yamasaki (antes Mihara) quien la continuó:

—Lo lamento tanto, Li. Apenas le quito los ojos de encima a este tonto y deja salir toda esa verborrea. Espero no te haya molestado mucho con sus tonterías. De niños me hubiera preocupado, sé que tanto tú como Sakura acostumbraban creerle a todo lo que decía, pero por fortuna, somos adultos, y ahora sabemos reconocer la realidad de los disparates de Takashi.

—¿Sí, verdad? Sino imagina los malos entendidos —dije, riendo con ironía. Porque obviamente había creído todo.

—¡Oye, tonto! ¡Ven a despedirte de tu amigo! —escuché a la mujer mientras alejaba un poco el auricular, y lo siguiente fue la apagada voz de mi amigo, dándome un breve "hasta pronto".

Eso me hizo reflexionar: ¿cómo era que ellos seguían juntos a pesar de esa evidente contraposición de carácteres? Si era cierto que ella no soportaba sus mentiras, ¿por qué seguir a su lado? Tal vez no era un completo despropósito el modo de pensar de Yamazaki y las tangas y los sabores en látex sí servían, aunque principalmente en mujeres violentas.

Volví a prestar atención a mi entorno, nuestra recámara, buscando el cajón con la ropa interior, pues la maldita tanga iba a costarme la fertilidad si no me deshacía de ella, y vi entonces todo el desastre. De acuerdo, eso fue dramático, no era un desastre en el sentido más estricto de la palabra, sino un pequeño desorden de artículos regados sobre la cama, fuera de una cajita ornamentada donde seguramente eran resguardados con normalidad.

Eso, alejándome un poco del contexto, me arrancó una sonrisa. Encontré entre el aroma a papel viejo y naturaleza muerta, un montón de documentos que yo creía perdidos, pero que inevitablemente me llevaron a épocas menos complicadas de nuestras vidas.

Conozco a Sakura desde nuestra alocada niñez, y aunque no podríamos calificarnos como "niños normales", mucho de lo que naturalmente debió pasar de cara a una relación de pareja, pasó, y me siento agradecido por ello.

¿Cuándo habrá sido que abandoné la niñez en su más pura forma gracias a ella? Creo que debía tener unos once. El ridículo de Hiiragizawa había encantado un barandal de metal que se puso a perseguirnos… mucha magia, muchas acrobacias y pensar que nuestros problemas eran los peores del mundo, pero que para mí, llevaron a una revelación.

Le pedí que tuviera cuidado mientras saltaba de allá para acá, ataviada en el grueso abrigo del uniforme. Muy abultado para protegerla del frío, pero consistente con el resto del uniforme: una falda tableada… y un niño inocente varios metros debajo.

Por mis ancestros que no fue mi intención mirar hacia arriba en un momento tan inoportuno, pero lo hice, y poco me faltó para sufrir una hemorragia nasal al momento. Fingí lo mejor que pude que el evento nunca se dio, hasta el sol de hoy ella no tiene idea que su siempre respetuoso y pudoroso esposo, miró accidentalmente debajo de su falda, accediendo a una parte de él que no sabía que existía, víctima finalmente de la testosterona que comenzaba a producir… dejando de ser el niño, para convertirme… en el adolescente…

Estaba inmerso en esos recuerdos cuando uno de tantos objetos almacenados ahí llamó mi atención: Guardados prólijamente, el par de listones rosas que le había obsequiado hacía más de una década se mostraban destellantes como en antaño. El rostro de Sakura siempre fue hermoso, pero de niña era un completo desafío no perderte en sus ojos y su sonrisa, y pensé entonces que esos listones eran el complemento perfecto. No fue algo que descubriera fácilmente, porque realmente llevé al máximo a mi cerebro en encontrarle el regalo ideal.

Ah, demonios, ¡cómo me gustaba entonces! ¡Y qué miedo me daba! Sonará contradictorio, pero a pesar de que no quería estar un momento lejos de ella, no sabía qué hacer cuando esa cercanía finalmente se daba. El anhelo se convertía en estrés, y terminaba haciendo o diciendo alguna tontería… que tampoco era diferente a todo aquello que normalmente decía en su presencia.

Y mientras paseaba los listones entre mis manos, descubrí que no era el único objeto en el estuche.

Un papel, arrancado de un cuaderno… de uno de mis cuadernos más específicamente… Incapaz de resistirme a la curiosidad, abrí el documento… y sentí un intenso deseo de ir hasta el baño y ahogarme en el inodoro…

Como el sol de la mañana que acaricia mi cara como la dulce brisa que trae la primavera haci son tus palabras que desbanecen mis penas.

Como logras que mi corazon lata tanto? Como consigues que piense en ti cada rato? Sera la calidez de tu mirada o la dulzura de tu sonrisa será la gentilesa de tus manos o el que por ti las dudas ya no existan.

Eres tantas cosas para mi que no alcanzo a describirlas y aunque intente en una carta no soy capaz de resumirlas Ojalá algún día tenga el valor para contarte que siento que mi corazón late únicamente para amarte.

Más allá de lo cursi, innecesariamente meloso e idealista que ese escrito resultaba, estaba la vergonzosa realidad de que era desastroso, al nivel de que no tanía claro a cuál de las disciplinas involucradas le faltaba más al respeto, ¿a la ortografía? ¿a la poesía? ¿al sentido común o la naturaleza?

Suprimiendo tanto como me era posible el impulso de destruir con fuego aquella afrenta contra los grandes poetas y el romanticismo, lo devolví a su lugar, y respiré profundo. Me reprendí a mí mismo, diciéndome que entonces era un niño, y si en la naturaleza primordial de la infancia, la estupidez es intrínseca, ahora imagina a un niño con el juicio nublado por el primer amor.

Y con todo y eso, desde siempre fui muy observador… lo que me llevó a pensar… ese poema nunca fue entregado a la receptora, como pasó con la gran mayoría de los poemas, canciones, sonetos, mini cuentos y hasta refranes que hice para mi recién descubierta musa, a pesar de mi idiotez, sabía de la vergüenza… eso sólo podía significar…

—Daidoji… —bufé, sintiendo una imperiosa necesidad de estrujar su cuello.

Por supuesto, ella me vio tirarlo, ella debió meter sus refinadas manos de niña mimada al cesto de la basura para recuperar las evidencias de mi mal lograda galantería, y desde luego, ella se la había dado a Sakura… ¿cómo demonios no me botó al momento? ¿Por qué siguió conmigo a pesar de semejante despliegue de pena ajena? ¿Cómo se las arregló para seguir enamorada de mí a pesar de todo?

—Basta de autocompasión —me reprendí luego de acomodar la bolsita de regreso a su lugar.

Decidí que lo mejor era volver a poner todo ese montón de cosas en su sitio y retomar la intención de dormir, aún cuando no pudiera buscar refugio en mi Sakura toda la noche. Llevaba cerca de un año durmiendo a su lado, y según lo dicho por los que se nos habían adelantado en el camino de la vida marital, la necesidad de contacto iría amainando con el tiempo… ¿por qué entonces yo no encontraba esa paz? ¿por qué no podía sentir el inexorable andar del hastío en mi mente cuando llegábamos al lecho? Porque hablaré con toda sinceridad, si bien no hacíamos el amor todas las noches, sí buscaba poder acariciar, aunque fuera fugazmente, su pequeño cuerpecito, que sin importar cuantas veces lo recorriera, le terminaba encontrando algo nuevo y fascinante cada vez, ¿por qué cada que aspiraba el aroma de su cabello, la sangre en mi cabeza se iba, llevándose el correcto uso de sus funciones, y llegando hasta mi entrepierna, poniéndola a trabajar a máxima potencia?

Y sería una mentira redonda decir que yo era el único que se sentía así. Oh, sí, yo sabía interpretar a esta pequeña traviesa, en la forma en que se acercaba a mí, aparentemente dormida, la forma como sus ignominiosas caderas se friccionaban contra las mías, buscando afecto… y si eso no funcionaba, comenzaba a ronronear, e intencionadamente acomodaba su cuerpo para que mis manos la reconocieran… ¡Se necesitaba ser realmente tonto para no darse cuenta de que ella me ayudaba a quitarle la ropa interior!

Y después de semejante recorrido en los recuerdos que no quería tener, volví a la faena que intentaba realizar desde el principio. Eché todo de vuelta a la caja y un nuevo objeto llamó poderosamente mi atención.

Un "Oh" prolongado y profundo abandonó mi garganta cuando leí "diario" en la portada de aquella libreta estilizada. Era la personalidad de Sakura en un libro: de cubierta esponjada y cálida, rosa con blanco, repleta de corazones y flores, y seguramente topada de memorias y confesiones… y yo debía leerlas.

No, no debía hacerlo. Devolvería todo a la caja y luego intentaría dormir. Todo se resolvería, aún cuando el escenario ante mí era justa e inequívocamente el que Yamasaki había descrito. Ella regresaría, y en ese mismo lecho volveríamos a amarnos como solíamos hacer.

Pero… ¿y si no…?

¿Y si realmente se marchaba después de eso…? Pensando en materia, todos los eventos descritos en ese volumen, seguramente desaparecerían de la faz de la tierra, sin dejar rastro sobre su mismísima existencia, y nadie jamás, empezando conmigo, descubriría la verdad sobre lo que ella había sentido… al menos hasta ese momento, por mí.

Mi mente tardó más en armar esa ridícula justificación que mis manos en volver a buscar el diario.

Dicotomías: ¿la integridad de mi alma y el irrestricto secreto de mi amada, o mi condena y su vergüenza, de la mano de las ansias por el conocimiento secreto?

El secreto, desde luego. La vida es una perra si se lo propone.

El diario, por la naturaleza secreta de su contenido, desde luego tenía las medidas de prevención básicas para evitar que un mirón eventual (yo) tuviera acceso a él y lo que dentro de él se ocultaba: una correa de cuero y un sencillo candado. Eché un vistazo fugaz al resto de los artículos de la caja, imaginando que la llave podía estar ahí, lo que por supuesto, no fue así.

El mecanismo hizo un click discreto luego de un rapidísimo encantamiento de apertura. Uno de los primeros trucos que un mago que se respete debe dominar, pan comido para un Li, aún en el exilio como lo era yo.

Sólo un vistazo, en aras de entender a mayor profundidad a la mujer que amaba.

Las idioteces que uno se inventa para justificar su triste decadencia moral.

Diciembre 31, 2001.

Querido Diario:

Hoy fui al festival de año nuevo con papá, mi hermano y mis amigos, hacía mucho que no estábamos todos juntos en un mismo lugar y eso me hizo muy feliz, aunque lo hizo aún más genial que Shaoran me tomara de la mano mientras veíamos los fuegos artificiales y durante el resto de la madrugada. Sentí que flotaba en las nubes. Estar con él es maravilloso.

De acuerdo, eso había sido enternecedor. Recuerdo que me preparé para ese festival por semanas, porque daría el paso… era algo enorme, porque mi suegro y el energúmeno de mi cuñado estarían ahí. Si lograba hacerlo con la suficiente discreción como para que Touya no me matara en el acto, habría ganado… sí, sé que tomar la mano de tu novia no es el acto máximo de osadía, pero tenía apenas trece, a esa edad todo da miedo, en especial los hermanos mayores homicidas.

Supuse que esa parte del cuaderno tendría experiencias semejantes, así que di un salto importante hasta caer aleatoriamente en el siguiente recuerdo:

Mayo 26, 2002.

Querido Diario:

Hoy salí de paseo con Shaoran. Nos divertimos mucho: fuimos al cine, comimos helado y de regreso nos quedamos mirando las estrellas. Sentí sus dedos rozando los míos. A pesar de que tomarnos la mano ya era algo usual, siempre tiene ese cuidado de ser discreto… de hecho, era como si me pidiera permiso, y eso me hace sentir especial. Pero en esta ocasión, cuando me volví para mirarlo… ¡Él me besó! ¡En los labios! ¡Casi me dio un infarto de la emoción! Fue como una descarga eléctrica… fue mágico.

Noté, conmovido, como la letra garabateó un poco, como si estuviera conteniendo una gran emoción… a quién engaño, yo mismo no dormí esa noche. Seguí mi lectura:

Fue muy sorpresivo. A decir verdad no entendí lo que pasaba hasta que se alejó de mí sonrojado, y aun entonces no pude decir nada. Fue como si una energía me recorriera entera y a la vez como si no fuera capaz de sentir mi cuerpo. Siempre recordaré este día.

Igual que yo, amada mía, igual que yo. Pensar que eso fue lo que abrió las puertas a un mundo nuevo para mí…

Hice un nuevo salto en el tiempo:

Julio 15, 2002.

Querido Diario:

Hoy, Shaoran y yo nos quedamos en mi casa viendo una película, al parecer, quería seguir celebrando su cumpleaños. Mi padre estaba de viaje y mi hermano tenía trabajo. Se suponía que Tomoyo también vendría, pero a última hora me dijo que él y yo necesitábamos tiempo a solas y que por ello se ausentaría. A él no pareció importarle y nos sentamos juntos en el sofá.

Ah, a pesar de lo mucho que me importunaba Daidoji, debía admitir que sabía comprarnos tiempo en compensación.

Todo estuvo bien, aunque al final no vimos la película… y vaya que yo sí quería verla. Como pasa a menudo, Shaoran comenzó a besarme y luego de ello no quiso parar. Eso me incomoda un poco. Es decir, me agrada que sea tan cariñoso, pero a veces me siento rara con la forma en que me acaricia. Me hace sentir culpable. Pero por supuesto no voy a decirle eso. No quiero que se decepcione o se enoje. Tomoyo me dice que no debo sentirme culpable, pero no sé si debería hacerle mucho caso… bueno, es que no tiene novio, ¿cómo sabría aconsejarme sobre esos temas? Pero volviendo a Shaoran… sólo desearía que por un solo día pudiéramos pasar tiempo juntos como antes, cuando hablar no se convertía en una excusa para besarnos.

Y yo que pensaba que no podía sentirme más miserable… ¿cómo demonios no noté eso? ¡Cerdo egoísta! ¡Puberto ególatra! ¡Mandril estúpido! ¡Estaba tan concentrado en mi propio placer y búsqueda de la satisfacción que pasé completamente por alto lo que ella sentía!

Aunque… por un lado, ella admitió que no la pasaba mal… Además, ni en esa remota niñez ni en el momento de leer el diario fui adivino, ¿cómo saber lo que pasaba por su mente si nunca me lo mencionó? Con todo, fuimos afortunados. No sólo en ese lejano pasado, Sakura era el objeto de mis fantasías más alocadas, y de no haber sido por la constante intervención de nuestros cercanos, seguro la habría orillado a hacer alguna estupidez antes de casarnos.

Esas reflexiones venían únicamente para rescatarme de la vergüenza que crecía cada vez más dentro de mí, ante el panorama de no ser la versión de mí mismo que ella merecía.

Para ese punto, comencé a considerar seriamente el detenerme, pero… ¿qué ganaría con eso? Principalmente porque muchas de las cosas que estaba leyendo ahí, si bien no me gustaban, eran de mucha importancia para mi relación con ella… sí, el método no era el más legítimo o ético, pero podía arrojar un poco de luz sobre la verdadera complejidad del vínculo con la mujer que amaba.

Comenzaba un nuevo viaje en el tiempo, pero mi visión… mi perspectiva sobre lo que realmente sostenía mi matrimonio, estaba comenzando a cambiar drásticamente.

Agosto 5, 2003.

Querido Diario:

Hoy Shaoran despertó muy enfermo. Según me dijo, parecía haber pescado un resfriado. Se oía muy mal así que llegué corriendo de la preparatoria y le hice algo de comer. Me hacía mucha ilusión lo contento que se pondría de verme llevarle la cena, como aquella vez en que también se enfermó y le hice té. Pero algo no salió como había planeado.

Cerré el diario, apenado… recordaba perfectamente ese día, aunque conservaba la esperanza, aún entonces, de que hubiera sido únicamente un sueño, de que mi mente confundida por la enfermedad hubiera colocado algo donde no existía, porque si el resto del texto confirmaba mis conjeturas, estaría ante algo que superaba, pero por mucho, todo el asunto del poema.

Sin darme cuenta, estaba tarareando una canción salida de no sé donde, era el mecanismo de defensa de mi débil psique para enfrentarse a una vergüenza que podría superar cada estándar, que podría hacerme sentir tan diminuto y estúpido por mis actos, y que provocaría que no pudiera siquiera volver a ver a los ojos a Sakura.

Pero debía ser valeroso, debía enfrentar a mis demonios, y salir de la incertidumbre de una vez por todas.

Llegué y entré sin tocar, porque ya no era necesario, menos aún cuando él estaba enfermo y muy probablemente, dormido. Dejé el bento en la cocina y me fui directo a saludarlo para avisarle que estaba ahí, con él… y por la puerta entreabierta… pues lo vi…

Segunda interrupción. No cerré el diario esa vez, sino mis ojos. La descripción era consistente… se ponía peor cada vez.

Oí que me llamaba por mi nombre, probablemente me había escuchado llegar, su voz sonaba entrecortada y jadeante, y pensé que su fiebre era peor de lo que pude imaginar en primer lugar, pero no era eso. Al ver con más atención, noté que tenía los ojos cerrados… estaba muy agitado, y seguía repitiendo mi nombre una y otra vez. Descubrí de qué se trataba todo sólo un momento después, poniendo atención a todo el cuadro… él estaba… bueno…

Era evidente que había detenido su escritura, al parecer, igual de conflictuada que su único lector. Era difícil continuar, por decir lo menos… pero se volvía más desconcertante cada vez.

…él estaba… bueno… agarrando su… ¡ay, por todos los cielos!, ¡era la primera vez que veía uno…!, suerte que fue el de él… era… lindo…

¡Lo sabía! ¡Sería un repugnante pervertido para ella desde ese momento! ¡¿Cómo soportó vivir con el asco desde ese…?!

Espera, ¿qué?

¿Dijo… lindo?

De la vergüenza y la incertidumbre, pasé a una hambrienta curiosidad.

Tenía sentimientos encontrados. Una parte de mí sentía mucha vergüenza. Una segunda sentía un poco de culpa por estar viendo algo de lo cual no tenía el permiso, y estaba aprovechándome de su vulnerabilidad… y una tercera… no sé cómo decirlo… pero incluso consideré por un momento… ir hasta ahí y… No lo interrumpí. Simplemente tomé mis cosas y me marché en silencio, creo que ni siquiera notó que esa tarde estuve ahí.

Vaya que lo había notado. Pero lo cierto es que estaba lo suficientemente confundido y débil como para buscar una explicación a la sombra que vi por la puerta entreabierta, y la cena en la cocina. Ahora que lo pienso, fue bastante estúpido pensar que ella no estuvo ahí, lo cierto, no obstante, era que había tratado por todos los medios de pretender que su presencia durante un momento tan sensible no hubiera sido real.

Por todo lo sagrado, ¡me vio masturbándome! ¡Y yo lo hacía mientras pensaba en ella! ¡escuchó su nombre de mis labios mientras hacía semejante barbaridad!

Azorado, traté de hacer un nuevo salto a una memoria menos violenta para mí, pero la providencia quiso que mis dedos sólo fueran una página más adelante, y encontré que en realidad era parte del mismo día, su relato continuaba… y yo como el depravado masoquista amante del dolor autoinfligido que era, seguí leyendo:

Llegué a casa sin notarlo. No podía sacar la imagen de Shaoran de mi mente… se veía tan tierno, todo rojito y hecho bolita, y en absoluto contraste con esa imagen tan natural e inocente… su desnudez parcial… En otras circunstancias, me habría dado algo de asquito… pero era Shaoran… es la persona que más quiero, y siempre me pareció lindo… bueno, últimamente más bien… apuesto.

Cuando me acosté para dormir, agradecí que Kero no estuviera ahí haciéndome preguntas indiscretas, porque necesitaba pensar mucho sobre lo que había pasado. Di vueltas en la cama por un largo rato, no podía conciliar el sueño, y la voz de él seguía martillando mi mente… llamaba mi nombre… ¿qué estaría imaginando? Por algún motivo que no entendí, eso me puso de buen humor… él estaba imaginando algo que parecía muy lindo y placentero… y yo estaba incluida en esa fantasía… esto es algo súper secreto, querido diario, así que aquí va: te confieso que mi ropa interior comenzó a hacerme sentir incómoda, aunque no de mala manera. Se sentía extraño… cálido, húmedo… si lo que Shaoran estaba imaginando lo hacía sentir tan bien, ¿qué pasaría si al igual que él intentaba… tocar…? He leído sobre esto en la escuela; papá, de forma muy… técnica, trató de contarme sobre lo que en algún punto pasaría con Shaoran… y por supuesto, no crecí en una caverna… pero te confieso que hasta hoy, nunca sentí una inquietud tan fuerte por… averiguar. Y creo que no debí hacerlo… porque realmente se sintió muy bien… y por algún motivo, eso me hace sentir un poco culpable.

¿Culpable? Dímelo a mí… aunque hablando con absoluta sinceridad, el pensar en mi bella esposa buscando placer en mi nombre, pero por su propia mano, suena como una tentación a la que definitivamente sucumbiría, aunque fuera únicamente como espectador.

Pero yendo más allá aún, contundente como un martillazo, cayó en mí un hecho ineludible: ese día había sido muy especial entonces… porque de forma simbólica… casi romántica a nivel idealista, estuvimos juntos por primera vez.

Con esa idea, di un vistazo a la página siguiente, que completaba el "episodio" que estaba leyendo.

Agosto 6, 2003.

Querido diario:

Llegué a casa de Tomoyo con montones de preguntas. Su cara era un poema mientras le contaba lo que había visto… creo que incluso se asustó un poco, y está bien, siempre es ella la que termina haciendo que me ponga de colores con sus ocurrencias. Pero después de contada mi aventura, volvió a sorprenderme con una muestra increíble de sabiduría que yo no me esperaba. Me dijo que era natural, y más que eso, que él y yo éramos novios, que merecíamos conocer ese aspecto de la vida, y que si tomábamos ese o cualquier camino, sería mucho más disfrutable si lo hacíamos juntos. "Si no pueden ser honestos el uno con el otro para esos temas, ¿con quien entonces? Piensa que tarde o temprano habrán de verse desnudos… aunque tú ya te adelantaste un poquito".

Obvio, el color se me fue hasta las orejas después de escucharla, pero el mensaje era muy lindo… sé que puedo confiar en Shaoran, pero… no sé si algún día podré superar el miedo y la vergüenza que le tengo a estas cosas. Tal vez un día cuando estemos casados, le pregunte qué era exactamente lo que soñaba. Tal vez nos riamos de cosas como esta.

La narración de mi esposa había sido más profunda e introspectiva de lo que pensé originalmente que sería. Coloqué el diario en mi regazo y me quedé pensativo. En realidad, si bien habíamos tenido nuestras altas y bajas, Sakura y yo siempre habíamos conseguido comprendernos y tolerarnos mutuamente. Sí, habíamos tenido peleas, diferencias, pero nada que nos hiciera siquiera considerar seriamente terminar nuestra larguísima relación. ¿Qué era lo que había cambiado? ¿Qué se suponía había hecho mal para terminar en esa penosa situación?

Luego del golpe a la nostalgia, noté que a medida que avanzaba en el tiempo, las notas comenzaban a fluctuar. Hubo temporadas donde no había notas por días, que luego devinieron meses, y finalmente años. Llegué finalmente a la última nota, que era, de hecho, bastante reciente, del día mismo de nuestra boda.

Abril 2, 2010.

Querido diario.

Tiempo de no vernos. Aquí voy yo de nuevo con mis rarezas, pensando que las cosas me van a responder de alguna manera, pero la verdad es que… necesitaba contarle a alguien mi día, en especial uno tan importante como lo fue ayer, y creo que eres el único con quien no sentiría la tensión en la mirada, esa molesta sensación de ser juzgada… y a pesar de eso, te he tenido tantísimo tiempo abandonado. Pero ya estoy divagando.

Finalmente cumplí uno de los sueños más importantes de mi vida, una de las grandes metas que siempre perseguí, y que me darían parte de la realización que he buscado en mi vida: finalmente me casé con el hombre que amo, el amor mismo de mi vida. Un sueño hecho realidad… que poco a poco se fue convirtiendo en pesadilla. Pero no nos adelantemos a los hechos, vayamos por partes.

La recepción, ejecutada por Tomoyo, fue un verdadero sueño, no reparó en gastos ni en planeación, y todo, en verdad, todo fue perfecto. Los invitados, la comida, el jardín, la música… simplemente maravilloso. Ingenuamente pensé que el resto del día —y su noche— serían así, pero como el mismo Shaoran dice: por supuesto, me equivoque. Ese sería el inicio del desastre.

Mi risa nerviosa volvió, irremediablemente.

—No sé si voy a valer uno o dos kilos de ve… —Me di una palmada en la frente para callarme a mí mismo.

Recordaba ese día, ¿cómo demonios no iba a recordarlo? ¡Fue el día de mi boda! Y dando fe de las palabras de mi amada, fue perfecto… al menos hasta que llegamos a aquel lugar de tortura, y la más flagrante de mis vergüenzas fuera expuesta.

El problema, desde luego, fue la imagen que quedó de mí mismo, que para entonces ya fluctuaba entre el niño cursi sin talento, y el adolescente depravado y sin un ápice de autocontrol, lo que trajo como resultado, desde luego… el encuentro más breve de la historia del sexo, lo que fue, por mucho, uno de los mayores fracasos de mi vida, y que aún en la actualidad, me perseguía como un fantasma.

Ese evento me llevó, después de todo, a informarme y estudiar con diligencia, hice de todo no sólo para extender mi tiempo de acción, sino para conocer a detalle las formas de llevar al máximo estado de clímax en cada ocasión a mi musa, y de volverme el ardiente semental que mi esposa necesitaba, y del que estaba orgulloso.

Sin embargo, el que ella hablara del evento como "el inicio del desastre" fue descorazonador y triste, y una herida profunda para mi autoestima, en un tema que yo creía completamente superado. Y es que no era cualquier cosa: hablábamos de un hombre que amaba profundamente, y que desde luego estaba loco de ilusión por finalmente llegar con el objeto mismo de su afecto al final del camino, a la concreción última de la demostración del amor físico, una en la que debía ser no sólo efectivo, sino un mentor y un ente iluminador que combinara de manera sublime la pasión y la compasión…

En su lugar, en la noche más importante de su vida marital, ella obtuvo a un hombrecillo inexperto, virgen, y precoz.

Era un hecho: iba a botarme.

Incapaz de saber si era más fuerte mi vergüenza o mi curiosidad, continué leyendo:

Llegamos al hotel, y al verme sola con Shaoran en aquella habitación llena de espejos entré en pánico. Tomoyo me había prometido que elegiría el lugar más romántico y lujoso de la zona para que tuviera mi gran noche, pero lo que jamás me esperé era que multiplicaría por diez las probabilidades de que Shaoran viera mis defectos.

Sin saber cómo actuar, me encerré en el baño con la excusa de no sentirme bien del estómago y terminé quedándome allí por más tiempo del debido, y Shaoran seguro pensó que tenía diarrea. Un complemento perfecto para una noche inesperadamente mala. Estaba aterrorizada hasta la parálisis, no era capaz de salir. Seguro que cuando Shaoran supiera que el escote de mi vestido no era más que aumento esponjosito se iba a sentir muy decepcionado.

—¿Decepcionado? Para nada, eso ya lo sabía… además, a mí me encantan sus limoncitos. Son como bolitas de algodón que se ajustan perfectamente a mis manos —dije, recordando todas las veces que ella se quejó de esa parte de su cuerpo.

Aunque pensándolo mejor, creo que realmente no importaba con qué frecuencia le dijera o qué tan convencido estuviera de su perfección, quizás la vara la había elevando demasiado Daidoji… y es que pasó en menos de una semana: de ser una flacucha que usaba un corpiño, a usar talla… ah, a quien engaño, no sé de medidas de busto, sólo sé que en un momento eran del tamaño de su cabeza, y eso definitivamente debió provocar un complejo en mi Sakura, cuyas modestas dimensiones no variaron mucho, aún cuando se convirtió en una adulta.

Creo que comienzo a entender el origen del problema: el carácter siempre dulce, compasivo y empático de Sakura aún hoy le juega malas pasadas… es decir, la mente tiende a crearnos escenarios lúgubres, en los cuales, pensamos que esa persona que nos ama podría considerar dejarnos porque alguien puede ofrecerles algo mejor. Admito que Daidoji tiene atributos llamativos, lo que —hablando entre hombres— ha hecho pensar a más de uno de mis amigos que es un desperdicio que batee con la zurda… sin embargo, eso no sería en absoluto suficiente para considerar un cambio si la comparas con el carácter, candor, inocencia y belleza interior de mi Sakura… y eso que no he mencionado su belleza exterior… a lo que debo adicionar ese tremendo…

Refrendando el odio que sentía por mí, mi mente se puso a jugar con otros escenario, nacidos del reconocimiento de la homosexualidad de Daidoji, misma que Sakura aún hoy no terminaba de descubrir, ¿eso debía preocuparme más que el taxista musculoso…? Me abofeteé sólo un momento después ante lo horrible que era esa sospecha: Daidoji podía ser excéntrica y querer mucho a Sakura, pero de ninguna manera aprovecharía para involucrarse con ella… y además, eran primas… ¡que soberana estupidez!

Antes de que pudiera desviarme nuevamente, retomé la lectura.

Al final tuve que salir para no preocupar más a Shaoran, y después de asegurarse de que estaba bien y hablar un poco de trivialidades, se acercó a mí, me besó y me llevó hasta la cama. Pero ni siquiera pedirle que apagara la luz fue suficiente para calmarme.

Fue bastante incómodo. Doloroso sin duda. Shaoran trató de ser lo más delicado posible pero… las cosas no funcionaron y tuvimos que desistir de ello. Me sentía tan culpable. Tanto tiempo planificándolo y el día en que en serio necesito dejar salir mis sentimientos… termino arruinándolo todo.

"No tenemos que hacer esto si no te sientes cómoda. Tampoco es como si fuera tan importante". Yo le había respondido que por supuesto que era importante. ¡Yo quería hacerlo! Pero el punto era… ¿qué pasaría si yo no era… pues buena para complacer a mi esposo? En las películas y libros de romance, las cosas no pasan así, son tan naturales ahí… Sus palabras, sin embargo, fueron maravillosas después de eso: me dijo que no era sano pensar que la ficción podía darnos aspiraciones realistas de las cosas, y que eso estaba bien, que una parte indispensable para mejorar era fallar, y que por fortuna, teníamos una vida completa para aprender juntos.

Sus palabras me hicieron reflexionar. Siempre he sido una persona torpe, mi hermano no se cansa de hacérmelo saber, y por eso me esmero tanto en hacer las cosas bien y a la primera, pero había veces, como en esa ocasión, que la situación estaba fuera de mi control, y yo tenía que dejar de lado mi propia frustración, y hacer caso a sus palabras: aprenderíamos juntos, y quizás sólo a través de esos errores es que podríamos ser las versiones de nosotros mismos que buscábamos ser sin abandonar nuestra propia esencia en el camino.

Acepté sus palabras. Él, contento, besó mi frente con cariño. Adoraba cuando sonreía, porque no lo hacía a menudo, y de hecho, creo que soy de las pocas personas que lograba verlo hacer ese gesto. Su rostro cambiaba por completo cuando sus pómulos se redondeaban de esa manera, se volvía más cálido y dulce, como si fuera otra persona, era un espectáculo hermoso. Si a eso sumaba sus hombros anchos y sus manos fuertes, y esos brazos protectores rodeándome, simplemente ya me tenía de nuevo, con ganas de intentarlo una vez más.

Volvió a besarme, con más ímpetu, pero de forma más concienzuda esa vez. Al parecer, iríamos por el segundo intento, y lo dejé hacer. Dejó mis labios para bajar por mi cuello. Sí, los roces y tocamientos eran algo ya común para nosotros, aún cuando llegamos castos a ese momento tan especial de nuestra vida, pero no podía evitar el cosquilleo en mi estómago conforme iba atreviéndose a más, y la reflexión de que estábamos completamente desnudos por primera vez, sumaba ansiedad. La sensación conjunta me embriagaba, eran muchos estímulos al mismo tiempo, y realmente comenzaba a pasarla bien… y antes de darme cuenta, él ya estaba dentro de mí, mientras yo le suplicaba que no se detuviera.

Volví a bajar los ojos de la lectura. Y es que recordaba exactamente lo que seguiría a eso… ¿es que este libro no tiene más objetivo que el evidenciarme? Me ahorré los siguientes renglones, porque al parecer, nuestras memorias sobre ese evento eran iguales, y la reconstruí yo en mi mente:

"¿Shaoran?" Me preguntó ella, extrañada, deteniendo la faena y llevando una mano al lugar de nuestra unión, reconociendo lo que quedó entre sus dedos. La siguiente fue la pregunta más dura de responder para un hombre: "¿Ya te viniste?"

Ah, pero la respuesta fue aún peor:

"Desde que nos estábamos besando"

Hubo un extraño silencio, y nos quedamos muy serios los dos.

Y recuerdo que fue la primera vez que pensé que el remedio a mis defectos y carencias… era su compañía.

De la nada, comenzó a reír, a carcajadas, sin pudor, diciendo entre risas que éramos unos fracasados. Mi desconcierto en breve devino en hilaridad, y ambos estábamos riendo como idiotas.

"¡Ah! ¡Qué asco!" Le reproché aún riendo, pues la muy sinvergüenza me embarró la cara con mi propio… en fin… creo que fue el juego de adultos más infantil en el que participé jamás.

Forcejeamos no tan inocentemente unos minutos más, y sin darnos cuenta, había recuperado el vigor y el deseo. Cuando lo recuerdo, me dan escalofríos… perdonarán los términos, pero hacerla feliz sobre la cama se volvió un reto personal. Le di con todo lo que pude, y cuando sentía que estaba por fastidiarlo todo, me mordía un brazo o por dentro del labio. Santo remedio. Ella estaba demasiado concentrada en las nuevas sensaciones que estaba descubriendo como para notar mis deshonestas técnicas de rendimiento, y cerca estuve de detenerme cuando vi sus ojos desorbitados y un gesto que daba la impresión de que rompería en llanto en cualquier momento. Sin embargo, llegó a mí la lucidez… ella estaba…

Decidí ver si nuestro recuerdo conjunto era el mismo, y busqué ese punto dentro de la lectura:

Fue increíble. La espera definitivamente había valido la pena… fue hermoso y liberador, creo que nunca había gritado así.

Cuando él se dio cuenta de lo que pasaba, lo escuché gruñir mientras temblaba y mi interior se llenaba de calidez y luego se desplomó junto a mi, con la sonrisa del que ha cumplido su misión. Creo que esa fue la primera vez que lo vi tan satisfecho por algo, y qué dicha que convirtió esa actividad en una rutina. Después de eso, el cansancio nos reclamó. Justo ahora estoy mirándolo mientras duerme. No puedo esperar a que llegue mañana y podamos repetirlo.

—Supongo que mi forma de ver las cosas es muy diferente a la suya —murmuré mientras me perdía en mis pensamientos y sonreía con tristeza.

Sakura nunca se había decepcionado de mis debilidades y flaquezas a pesar de ser la persona que mejor las conocía, y de muchas maneras era eso lo que me hacía amarla tanto. Ella me había convertido en lo que era en ese instante, y si ya había llegado el momento de tomar caminos separados, lo menos que podía hacer, era agradecer el maravilloso tiempo que me había permitido vivir a su lado.

No tenía caso seguir allí tirado llorando como magdalena. Era hora de seguir adelante.

—¿Por qué estás hurgando en mis cosas? —Escuché de pronto—. ¿Qué está pasando aquí?

Me levanté de la cama, azorado al escuchar la voz de mi esposa que acababa de entrar a la habitación. Aún tenía su diario en mis manos y obviamente parecía un delincuente atrapado en plena fechoría. Pensé en mentir, fingir demencia o lo que sea que me salvara de mi inminente castigo, pero cuando recuperé la lucidez entendí que no tenía caso mentirle a aquellas alturas… ¿y cómo hacerlo? Más allá de ser la hechicera más poderosa de nuestra generación, me conocía como nadie, podía leerme como un libro abierto sin siquiera hacer uso de magia, aunque hablando de magia, si así lo deseaba, podía borrarme de la existencia en un parpadeo… realmente no importaba, después de todo, mi vida le pertenecía.

—Lo siento, Sakura. Sólo encontré esta caja sobre la cama y… recordaba cosas de nuestra vida hasta aquí, antes de despedirnos —reconocí finalmente, sabiendo que nada me salvaría de lo que era obvio.

—¿Despedirnos? ¿Te vas de viaje de nuevo? —Sus dudas parecían auténticas.

—No. Pero ya se que me pedirás que nos separemos.

—¿Pedirte qué cosa? —su desconcierto iba en aumento—. ¿Por qué habría de hacer eso?

—Bueno… has estado rechazándome, y sin un ápice de remordimiento te fuiste a casa de Daidoji con el taxista modelo de repente. Según Yamazaki, eso es lo que hace una esposa cuando está a punto de dejarte.

La cara de mi esposa era un confuso poema. Pensé que se debía a lo abrumada que estaba por la idea de que hubiera descubierto su ardid. Aunque pensando en retrospectiva, su verdadera contrariedad era que yo hubiera llegado a creer plausible semejante escenario… a decir verdad, era un disparate viéndolo sobriamente.

Sakura respiró profundo y caminó hasta la caja que había estado husmeando unos segundos atrás, y para mi sorpresa, sacó del fondo de esta una delgada y alargada envoltura. Era lo siguiente que pensaba revisar cuando terminara con el diario. Aunque era tan diminuta que sospechaba que lo que estaba allí no era importante.

Oh, cuán equivocado estaba.

—To… Tomoyo… me hizo esto —explicó avergonzada mientras me mostraba el contenido—. Pensaba usarlo esta noche pero… me dio mucha pena y huí. Por eso te dije que iba a casa de ella, quería caminar un rato para calmar mis nervios y de paso matarla por hacerme parecer una prostituta.

Me quedé en silencio, mirando la extraña revelación de la que era partícipe. Era un atuendo traslúcido que ni en mis sueños más salvajes me imaginé sobre la piel de mi esposa. Era tan provocativo, tan sugerente, tan atrevido…

—Lo sé, es demasiado —continuó ella—. No tengo idea de qué clase de películas ve para que tenga ese tipo de inspiración. ¡Si escucharás todas las ideas que me dio! Esto era lo menos escandaloso. Tengo que dejar de hacerle caso.

—No creo que eso sea necesario.- Dije casi sin voz.- Daidoji está un poco loca, pero pocas personas te quieren y procuran tanto como ella, y todos los disparates que te propone tienen la mejor de las intenciones y su sello único. Además, debo reconocer que siempre sabe como hacerte ver hermosa— saqué el "vestido" por completo y lo observé. Una elaborada pieza de lencería, digna de una pasarela, como todo lo que la extravagante prima de mi mujer hacía.

Era, sin ningún lugar a dudas, una pieza sin igual.

Volví a sentarme sobre la cama, observando el atuendo. Sakura se acercó, quedándose de pie frente a mí. Levanté la mirada sólo un poco, y reflexioné sobre la imagen que mis ojos alcanzaban a ver: los jeans, sin ser ajustados luchaban con toda su voluntad contra los fuertes muslos de aquella profesora de educación física que corría al menos un centenar de kilómetros a la semana, y eso me llevó a explorar la esencia misma de esa mujer: mi Sakura era bajita, atlética, y en todo sentido, hermosa. Más de uno seguramente había fantaseado en verla en un atuendo tan provocativo como el que descansaba en mis manos, o en otros tanto más comprometedores o sugerentes, porque alcanzaba para eso y más pensando sólo en su apariencia.

Pero en todos nuestros años juntos, después de consolidar incluso nuestro crecimiento lado a lado desde la niñez, había logrado desentrañar algo mucho más grande, importante y profundo. La había visto sólo con aquella inmensa camiseta que yo dejé de ponerme por lo grande que se hizo, y que fracasaba terriblemente en ocultar las curvas de ella por las mañanas, la vi despeinada, perezosa, consentida; tanto que incluso sin proponérselo, era sensual, excitante, y con la inocencia de un hada del bosque lograba llevarme a los terrenos del deseo y el placer. Porque si bien no me perdía ni una oportunidad que terminara en un apasionado encuentro sexual, mi corazón, antes que cualquier otra parte de mi cuerpo, era estimulado con su sonrisa.

Regresé a la realidad unos momentos después y volví a mirarla. Estaba sonrojada y nerviosa. A pesar de lo amargo del trago que acabábamos de pasar, quedó clarísimo en mi mente que lo que teníamos era algo más grande que una discusión por incompatibilidad en la cama, porque si bien yo tuve mis problemas en el lecho, ella tuvo los suyos… mira que eso de que se le adelante el periodo sin aviso me provocó un susto de muerte en su momento, pero para esa noche no podía más que reír ante dicha memoria.

—Quieres verme con eso puesto ¿verdad? —preguntó ella en medio de un hondo suspiro.

—Sí y no.

Me dedicó una mirada entre la sospecha y la incredulidad.

—No entiendo…

—Me mata la curiosidad por verte vistiendo algo como esto, pero el cielo sabe que podría morir después de la visión de ti usando esto para mí, lo cual sería claramente un desperdicio.

Cruzó mis labios con su índice. Vi esa chispa que sólo encendía sus ojos cuando era presa de una epifanía. Ella había entendido todo. No se trataba de mí, babeando como un caracol… se trataba de ella… siendo hermosa y sabiéndolo.

Sin mayor ceremonia, tomó la prenda y se fue al tocador, susurrándome un "prepárate", y desde luego, yo iba a prepararme.

Lo que presencié al verla volver era algo que las palabras no me alcanzarían para describir… demonios, era perfecta, tanto que el adolescente precoz cerca estuvo de volver a aparecer, pero me controlé… yo también tenía un papel que interpretar.

—Shaoran… —susurró luego de tragar pesado al verme. Yo sólo asentí.

En los minutos que le tomó "vestirse", yo había rasgado mi camiseta, un poco mis pantalones y había alborotado mi cabello. En alguna época, poco antes de casarnos, era increíblemente celoso, al grado que llegué a los golpes con más de un sujeto que trató de faltarle al respeto. Sujetos mucho más grandes que yo, que pudieron haber acabado conmigo, pero que no lo lograron a pesar de lo maltrecho que pudieran dejarme…

Ella nunca lo dijo, pero yo podía sentir su debilidad al verme en esas condiciones, en el temblor de sus manos, en el quiebre de su voz mientras me recriminaba por ser tan temerario, en la forma tan entregada que me besaba después de eso.

Fue una reconciliación increíble. No sé cuántas veces ni de qué tantas formas lo hicimos, pero valga decir que el "vestido" no pudo volver a ser utilizado entre los estiramientos, rasgaduras y recepción de fluidos. Era como si estuviéramos embriagados, nos atrevimos a muchas cosas que jamás nos creímos capaces de hacer, las inhibiciones se fueron para siempre, fuimos como todas las parejas que se aman deben ser: libres.

La mañana siguiente tuvimos una resaca brutal. Apagamos los teléfonos y no salimos de la cama más que para tomar una ducha, y dicho sea de paso, ni siquiera nos vestimos. Eso último, desde luego me provocaba una dolorosa erección, pero no tenía energías para concretar una nueva ronda, además de que seguramente para ese punto, debía estar seco como la arena de los desiertos de Mongolia.

—Creo que nos excedimos un poco —dije pasado del mediodía.

—¿Qué querías que hiciera? —me preguntó ella con la voz más perezosa del mundo, sin quitar la cara de la almohada—. Esa "cosa" simplemente no se quedaba quieta, alguien tenía que darle una lección. —¿Pero era necesaria tanta violencia?, ¡casi me rompes la cadera! —reí, recordando su forma tan impetuosa (y escandalosa) de montarme.

—No tienes autoridad para reprocharme nada —se descubrió un poco—. ¡Mis pompis están llenas de mordidas! Y mi cabeza debe tener chichones de los encontronazos que me di con la cabecera a cada empujón que me dabas.

Reí mientras ordenaba algo de comida.

No éramos perfectos, ciertamente. Ella era tímida e inocente hasta la bobería, y yo un crédulo y un pervertido. Pero ella era mi boba y yo su pervertido y eso, aunque no era perfecto, era simplemente ideal.

Fin.

Y ahí está. ¿Qué les pareció?

Les confieso que a pesar de la tensión inicial pues ninguno de los dos somos dados a la comedia en nuestros trabajos, me divertí muchísimo con Pepsipez buscando la manera de mortificar a nuestro castaño mientras intentábamos cumplir este reto en el que me siento honrada me permitieran participar y que me emociona darles a conocer solo tres días antes de celebrar el cuarto aniversario de mi matrimonio con la persona excepcional y maravillosa que es mi esposo y quien es mi inspiración en la mayoría de mis proyectos.

¿Qué puedo decir? Esto es lo que pasa cuando le pides a una amante de los dramas y a un narrador de gestas y erotismo que hagan comedia XD.

Al final (y despues de rompernos la cabeza pensando en que hacer), conseguimos encontrar un punto en común, lo adecuamos a las situaciones y escenarios que podían adaptarse a nuestros castaños teniendo cuidado de no caer en el cliché. Un poco de humor blanco, verde, rojo y negro aquí y allá, y listo. Nuestra primera obra juntos de la que me siento inmensamente orgullosa.

Como siempre es un honor aprender de mi mentor y obviamente de todas las escritoras maravillosas con las que compartimos está experiencia.

No olviden dejar sus reseñas aquí al final y darle su apoyo a los demás oneshot que publicarán las otras parejas en los próximos dias.

Les envío un abrazo enorme y nos leemos en la próxima.