Limón
Faye retiene la idea en su cabeza, persistente, insoportable, casi llega a un punto en que le irrita. Spike tiene ese poder sobre ella, aunque admitir eso le espante a niveles insospechados.
No está sorprendida, al menos, no lo que cabría esperarse de alguien que descubre que siente algo por la persona que hasta hace poco tiempo no lograba producirle nada más que una flamante animadversión.
Sus dedos finos se posan en sus muslos, moviéndose nerviosos, inquietos. A veces le resultaba realmente dificultoso contenerse, el no lanzarse hacia Spike y simplemente besarlo, tocarlo hasta saciarse, hasta que sus manos estuvieran ardiendo por frotar tanto esa ancha espalda. Y aunque antes el pensamiento le llenase de vergüenza, era cuando menos doloroso en su situación actual.
Se acomodó en el sofá, tratando de que su cuerpo no la dejase en evidencia, cubriendo la piel expuesta (que antes jamás habría deseado ocultar con tantas ganas), tomando una revista para distraer su atención del cuerpo de Spike, de su torso desnudo, del movimiento tan estremecedor de sus músculos dorsales. Deseaba probarlo, pasar sus manos despreocupadamente por su pecho, acariciar sus hombros, cincelar cada parte de ese cuerpo que la estaba volviendo loca. Lo anhelaba de una manera hambrienta, que la haría sentirse sucia en cualquier otra situación, pero no en ese momento, no cuando Spike posó sus oscuros ojos en ella, sonriendo de una manera que la hacía pensar que él lo sabía.
Ella apartó su mirada, lejos del escrutinio ajeno, intentando desesperada que él realmente no supiera cuánto lo deseaba. Sus propias manos sudadas soltaron la revista, volviendo a su viejo lugar sobre sus muslos, apretando su carne, con toda la intención de distraerse. No debía pensar en él, en su apetitoso cuerpo y en lo mucho que lo quería sobre ella. No tenía que dejar a su cabeza volar, especular sobre el sabor de su cuello o el aroma marcado de su sexo.
—¿Necesitas ayuda?
Es lo último que Faye escucha antes de sentir unos labios ardientes sobre los de ella, una respiración agitada, un cuerpo sudoroso y pesado que la cubre por encima de la ropa que parece estorbar, incluso siendo tan escasa. Sus manos abandonan sus piernas, suplantadas por manos más grandes, ásperas, y ella aprovecha el permiso implícito y toca todo cuanto puede, como si no tuviera demasiado tiempo para volcarse en la tarea de cumplir sus más íntimas y perversas fantasías, como si Spike fuese a irse en cuanto se diera cuenta de lo que estaban haciendo.
No se oyen más que jadeos, gemidos y respiraciones entrecortadas, el aire caldeándose y aprisionándolos en el sofá que luego tendrían que limpiar si no querían que Jet los terminara matando. Faye no tiene tiempo para pensar en todo lo que ella quería hacerle, porque sus manos se mueven solas, de prisa, ansiosas. Y en verdad no le importa la sonrisa burlona que aparece en el rostro de Spike, no mientras pueda hacer lo que ella desea.
El chasquido de sus labios, el calor infernal y adictivo del tacto de Spike sobre su piel, todo contribuye a derretirla, como si fuese nieve entre las manos de él. Recuerda, por un momento, lo que deseaba hacerle, alguna de las tantas cosas en su larga lista.
—Parece que tienes prisa —se burla él, pero ella está centrada en su tarea, en su creciente deseo de probarlo. Se hunde en su cuello y aspira, el aroma masculino de su colonia, el ligero sudor agrío. Lo besa y lame con desesperación, sin importarle las marcas que dejará luego, solo quiere centrarse en el momento, en el acto que había anhelado desde hace tiempo.
Pasa sus manos por la entrepierna de él, con un movimiento lento y provocador, que incita a Spike a moverse contra su tacto. Ella le mira, sintiendo el poder en sus manos, casi literalmente. Hunde sus dedos en su pantalón, enredándose en su miembro, duro y caliente.
—Tú también tienes prisa —retruca ella, cuando lo siente empujar contra su mano. Comienza un lento vaivén, subiendo y bajando, apretando suave de vez en cuando. Él no resiste el no poder dominarla, así que se acerca a sus labios como una bestia, mordiendo y chupando como si quisiera secarla, tan o más hambriento que ella misma.
Faye escapa dolorosamente de sus besos, porque hay otra cosa que desea todavía más. Lo tumba a él en el sofá y se acomoda entre sus piernas, sus rodillas lastimadas por el duro suelo, le baja el pantalón con prisas y siente su miembro ardiente frente a su rostro, bajo su aliento caliente. Sus deseos solo aumentan cuando por fin cumple con otra de sus fantasías, cuando aspira el aroma tan particular de su sexo y puede, realmente, tenerlo bajo su control.
Ella comienza con lamidas leves, repartiendo besos y ocupando sus manos, porque no quiere que el momento se le escurra tan rápido. Pronto siente las ansias de él, que gruñe cuando la siente tan cerca de su hombría y Faye solo se aleja, divertida por tenerlo así.
—¿Vas... a dejar de jugar de una vez? —suspira, con sus ojos apretados y sus largos dedos hundidos en los cabellos de Faye.
Justo cuando piensa volver a quejarse, ella se lleva su miembro a la boca, mucho más desesperada de lo que se encuentra él. Lo saborea, ahora sí, más tranquila, porque lo último que espera es que todo eso acabe pronto. De ser por ella, piensa —no sin algo de vergüenza—, extendería ese momento por el resto de su vida.
Spike, contra sus propios deseos, no tarda mucho en correrse estrepitosamente en su boca, salpicando ligeramente su rostro. Y ella está realmente decepcionada, quizás como nunca antes. Aunque el pensamiento de que ella es quien lo ha logrado, llega a esfumar un poco su desilusión.
—¿Piensas quedarte así? —Spike pregunta, en cuanto recompone su acelerada respiración.
Ella le mira, sin entenderlo, pero cuando sus grandes manos la toman de las mejillas y le besa con fuerzas, por fin lo comprende. Tienen todo el tiempo del mundo para seguir cumpliendo sus deseos.
