Disclaimer: Los personajes de Bleach no me pertenecen, son propiedad intelectual de Tite Kubo. Fic sin fines de lucro.
NdA: Algo de hurt/comfort para calmar la ansieda'. Situado al final de la guerra contra Aizen.
Las ruinas de las que nadie habla.
La guerra ha terminado pero sus sinsabores confunden las ruinas de la ciudad con los destrozos que se han quedado arrumbados en el alma. Karakura es una ciudad falsa, pero sus muros derrumbándose hacen eco en la cabeza de los sobrevivientes. Entre paredes deshaciéndose, resuena un grito que se lamenta y se desgarra pero nadie lo escucha, excepto Rangiku. Es un lamento solitario, fugitivo, vagabundo, que será el único que derrame lágrimas por la muerte de Gin.
Ganar la guerra no es lo mismo que una victoria para la memoria.
El mundo continuará girando, escapando sus insomnios, palpitando al centro de todo aquello que lo habita. Pero para aquellos que pelearon, los recuerdos se han vuelto jirones, el cansancio vence la voz pero no al pensamiento. Dentro de su pecho, el corazón de Rangiku se estremece y se agita, como un ave salvaje atrapada en una jaula, que se estrella entre barrotes oxidados y ruega por que le corten las alas; así la posibilidad de volar ya no será un tormento.
Sus piernas apenas la sostienen cuando regresa al lado de su capitán. Lo encuentra desbaratado en el suelo, tendido como un muñeco de trapo al que le han cocido el brazo y la pierna y quizás le hayan puesto un corazón menos agrietado, porque sus ojos brillan cuando se cruzan con ella. Está vestido con un alma nueva al igual que Rangiku, una con la que se abrigaron después de los fríos vientos de la batalla.
Roto en mil pedazos, un espejo no vuelve a ser igual: al alma acribillada no le queda más que coserse los hoyos hasta tornarse un harapo que apenas sirve para calentar.
Y el ave-corazón de Rangiku continúa gritando y llorando y retorciéndose. Ha olvidado lo que era cantar.
—Me alegra ver que sobreviviste — dice Toshiro y su voz aterciopelada está rota y deshilachada.
—Digo lo mismo —Rangiku intenta mover los labios, reemplazar el labial con una de las tantas caras de la alegría pero los sentimientos ahogados al fondo de su garganta la traicionan.
Cae de rodillas a lado de su capitán. Él la mira y Rangiku se ve así misma incierta y confusa en el reflejo de los lagos jade que habitan los ojos de Toshiro.
—Hiciste lo que pudiste… —susurra al tenerla a su lado, apenas tomándole la mano. Sus dedos están fríos, como si pertenecieran a un cadáver.
Su capitán siempre supo, ella sabe. Él lo sabía desde el momento en que antes de la batalla, le preguntara si había dudas en su corazón, él siempre supo que si la oportunidad surgía, ella iría tras Ichimaru en busca de respuestas. Y al verla entiende que las respuestas que consiguió la han destrozado.
Rangiku siente el ardor de las lágrimas en sus ojos. Mira a Toshiro como intentando obligarse a no parpadear, a no permitir que ninguna lágrima se agite en sus pestañas.
Toshiro y Rangiku se han mirado tantas veces y por tanto tiempo que ambos se han vuelto una parte del corazón del otro. Son como un espejo en donde el otro puede encarar su verdadero rostro normalmente fundido con las mil fantasías de la pretensión. Ella sabe que por más que lo intente, no puede mentir.
—No quiero llorar… —susurra débilmente y aprieta con fuerza la mano de su capitán.
—No lo harás… — dice él para calmarla. Levanta su otra mano y la deja reposar sobre la mejilla de Rangiku—, si lo que quieres es no llorar, no dejaré que lo hagas.
Y sus dedos de nieve se pasean por la piel de su vicecapitana, su reiatsu helado que es capaz de absorber el agua de la atmósfera, acaricia amablemente las gotitas de sal en el rostro de ella. Las atrae hacia sí y de aquellas gotas se forma un copo de nieve que flota ante la mirada cristalina de Rangiku.
El copo de lágrimas termina por estacionarse dulcemente en la mejilla de Rangiku, como un beso que sabe a té en un día de invierno.
Y pese a sus ojos rojizos, ella sonríe y se abandona a la oscuridad de sus párpados. Más lágrimas fluyen como estrellas fugaces deslizándose sobre sus mejillas llenas de polvo y sangre, pero su tristeza ya no la avergüenza más.
Acostándose al lado de su capitán, esperando ser trasladados a la Sociedad de Almas para recibir una mejor atención médica, Rangiku esconde el rostro en su cuello y susurra unas cuantas palabras que sólo Toshiro es capaz de oír. Él asiente y le acaricia el cabello con tranquilidad.
Porque siempre ha sido el trabajo de ambos transformar la tristeza del otro en algo que pueda ser soportable. Porque las ciudades caen y se destruyen, pero los destrozos en el corazón de la gente son las ruinas de las que nadie habla. Pero para Toshiro no hace falta que Rangiku las explique, él ya lo sabe.
Y el ave angustiada en el pecho de Rangiku decide descansar.
