Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi y Sunrise. Esta historia está escrita con el único fin de entretener.

Advertencias: situaciones de naturaleza sexual.

[1] Araña Jorō: especie de araña del género Nephila y Argiope. En Japón, la araña Jorō se refiere específicamente a la Trichonephila clavata, también conocida como araña de seda dorada o araña come pájaros. En el folklore japonés se dice que esta araña, al alcanzar cierta edad, se convierte en un ser demoniaco que se transforma en mujer para atraer hombres a quienes luego devora, volviéndose una Jorōgumo.


"Un día decidió que era mejor ser una criatura salvaje de las solitarias marismas que tener un alma que clamaba por cosas hermosas y no encontraba ninguna."

Los parientes del pueblo de los elfos —Lord Dunsany


Arthropoda Arachnida

Lo suyo eran las arañas. Eran los únicos seres, tan ignominiosos y vilipendiados, para los cuales no tenía el corazón de matar, mucho menos tratar con crueldad. Después de todo él también era una araña: ese era su origen, y mucho de su actuar, de su forma de pensar, de moverse y planear, era similar a las tácticas y estrategias de la especie arácnida.

En su camino, justamente, se atravesó con una telaraña que se amoldó a su rostro como un delicado velo de seda y rocío nocturno. La araña jorō [1], cuya compleja telaraña de seda dorada destruyó a su paso, intentó picarlo mientras la pobre caminaba, aturdida y enfurecida, por la manga de su kimono. Naraku la tomó entre sus dedos, con una suavidad impropia de él, y la dejó en la gruesa rama de uno de los tantos árboles de baniano que lo rodeaban. La observó un momento antes de irse: era hembra. Lo sabía porque entre las arañas, las hembras siempre eran mucho más grandes que los machos, y también mucho más hermosas; como ella, con su cuerpo negrísimo y las franjas doradas y rojas que coloreaban su lomo y abdomen.

Retomó su camino en medio de la espesura de la noche y los árboles de baniano, cuyas raíces colgantes rozaban su cabello y hombros, como si un monstruoso ser elemental intentase atraparlo. Al acercarse al pantano escuchó a los hijos de la noche reptar por el suelo, tratando de huir de su presencia ominosa e intrusa: todas las alimañas de la húmeda ciénaga podían sentir la maldad que toda su presencia emanaba.

Era cierto que las arañas eran lo suyo, pero no descartaba a los demás parias de la naturaleza: serpientes, escorpiones, ciempiés, murciélagos… no entendía del todo la aversión de los humanos hacia ellos.

Tal vez porque muchos son venenosos.

Tenía lógica. Él no les temía, no podía temerles: era un demonio —porque se negaba siempre a hacerse llamar híbrido, y pocas cosas le molestaban tanto como el que se lo recordaran—, y él mismo estaba hecho de veneno, así que, ¿qué temor le podían provocar? Todo lo contrario, los encontraba a todos ellos unas criaturas fascinantes, mucho más fascinantes que animales más amados y útiles, como los perros, los gatos o los caballos, e incluso mucho más fascinantes que los demonios que se paseaban por el mundo regodeándose en su frígida y heredara grandeza.

Una parte de él tampoco entendía cómo otros seres, tan demonios o poderosos como ellos, podían fascinarse con semejantes bestias. Su odiosa némesis, Kikyō, a quien en muchos sentidos consideraba su peor pesadilla y una enemiga tan espantosa como interesante, era la primera que se le venía a la mente, con ese amor y ese cariño que sentía por una bestia como InuYasha, incluso cuando cincuenta años atrás intentara torcer y corromper ese amor que nunca murió del todo.

Sintió un resquicio de ardor en la boca del estómago, y ese ardor subió por su garganta, atorándose en su pecho como un carbón caliente que lo carcomía y le quemaba ahí donde se había alojado, extendiendo su cansina corrupción, como una enfermedad, hasta su muy y aún humano corazón. No pudo evitar expresarlo, sintiendo cómo su piel ardía por la ira y su mirada se endurecía mientras caminaba, como una sombra más, entre toda aquella oscuridad. Sus labios se torcieron en una mueca desagradable que se obligó a ocultar, incluso si se sabía solo, e intentó no pensar en las descontroladas sensaciones que en ese momento y tan repentinamente lo invadían; no ganaba nada haciéndolo, y él era Naraku, todo lo que hacía debía venir con algún beneficio o una ganancia, si no, ¿para qué molestarse?

¿Y entonces qué haces aquí? —se preguntó deteniéndose en seco, golpeado por aquella epifanía y su propia arrogancia.

No era la primera vez que le pasaba algo así, le sucedía con pasmosa frecuencia. Quería pensar que esa vocecilla, que tal vez hacía las veces de su consciencia, era Onigumo, aún molesto al ser relegado a los confines de su alma, mente y corazón, después de dar su miserable vida y cuerpo para su nacimiento… pero sabía que no era él, aunque sin duda podía sentir su influencia y el placer que le provocaba el verlo así de contrariado. ¡Cuánto lo repudiaba! Celebraría el día en que al fin se deshiciera de él.

¿Qué haces aquí? —repitió la voz; sí, era su propia voz, dentro de su cabeza, molesta, contrariada y arrogante. Le gustaba tan poco como a él verse en semejante situación, en medio de aquellas tierras cenagosas, frente a aquel pantano que bajo el manto de la noche se extendía oscuro y negrísimo como la boca ominosa de un abismo. Tal vez hasta se podía sentir como en casa.

Naraku se detuvo en la orilla del pantano, resguardado entre ramas ancladas a la tierra, todas ellas conectadas a las gruesas ramas de los banianos. Una cortina de raíces colgantes lo rodeaba, y podía sentirlas rozar su cabeza, su cabello y ropa. Desde su refugio observó todo a su alrededor: más allá de él, del otro lado, nacía un claro cuya belleza y prosperidad contrastaba con la decadencia putrefacta de la ciénaga. Era un claro alimentado por la humedad y el frío, rodeado de viejísimas wisterias en flor que formaban un velo lavanda que apenas permitía ver en su interior. Del otro lado se extendía un viejo y desolado camino bordeado por campos de bambús. Era un lugar extenso, de estridente vegetación, hace mucho tiempo olvidado por los humanos, y que así, prosperaba sin ellos. Jamás lo habría encontrado de no ser por Kagura.

Cuando llegó, ella ya estaba ahí, en medio del claro. Estaba con Sesshōmaru, y por pura familiaridad, Naraku volvió a pensar en Kikyō. El nombre de la sacerdotisa lo llevó de vuelta, como un círculo vicioso, al de su insolente extensión; en su cabeza no había a dónde escapar de ese par de arpías. ¡Cómo la detestaba, a ambas!, aunque tal vez no tanto como Kagura lo detestaba a él. Al final de cuentas, era él quien tenía poder sobre ella, y la consideraba no su enemiga, ni siquiera su esclava, como ella tanto pregonaba. No, Kagura, para él, significaba y era su ficha favorita, su comodín y su dolor de cabeza preferido. Como los impetuosos vientos que dominaba, Kagura se dejaba también dominar con facilidad por esa ira que solía enceguecerla; él no podía hacer otra cosa más que disfrutarlo, incluso si le provocaba dolor de cabeza y un sordo rencor que sabía un día tendría que acallar con su muerte.

Lo que Kagura no sabe es que aún no sé hasta dónde le permitiré llegar… y hasta dónde le permitiré desafiarme —reflexionó, porque si algo él sabía y ella no, es que sus creaciones, y todo alrededor de él, sólo podía suceder si él lo permitía. Y no dudaba que Kagura intentase con frecuencia verle la cara de idiota, o que incluso ya lo hubiese hecho en más de una ocasión. Su desconfianza hacia ella no era gratuita, pero no le importaba, le resultaba un poco divertido; tarde o temprano se enteraría de todas y cada una de sus traiciones y se las haría pagar con creces—. Sé que un día tendré que matarla, lo que todavía no sé, es si ese día le daré su tan anhelado corazón… o si la dejaré morir vacía.

Naraku no tenía intención de matar a diestra y siniestra a sus creaciones, contrario a lo que ellas solían pensar. Todas le exigían algún esfuerzo para nacer, y con Kagura se había esmerado por ser su primera extensión adulta, diseñada para pelear, atacar y espiar, pero tampoco tenía ningún reparo en enviar a sus creaciones a su muerte si eso le daba alguna ventaja sobre sus enemigos. Si lograban sobrevivir, tal y como Kagura logró hacerlo la primera vez que peleó contra InuYasha, ya era cosa de ellos. Y por encima de todo, no tenía planeado perder aquella guerra que había empezado, y en ese caso, incluso podía considerar dejar a Kagura con vida, siempre que le jurara lealtad… pero sabía que eso no sucedería, por eso estaba seguro de que un día tendría que matarla.

Sí, era matarla, o simplemente someterla hasta que le diera la gana.

—Una mujerzuela con dueño —se dijo, más molesto de lo que quiso, o de lo que alguna vez llegó a estarlo respecto a las acciones de su extensión.

Con todo y lo insolente, en más de un sentido Kagura se parecía a él mucho más de lo que a ella le gustaba; tenía la perfidia incrustada en su alma y jamás se desharía de ella, tuviera corazón y libertad o no, y todo lo que sabía era gracias a él. Aunque no le gustara, se lo había heredado, pero Kagura jamás lo reconocería: por eso era la única de sus extensiones que se atrevió a traicionarlo tan cínica y abiertamente y aún vivía para contarlo.

La palabra «mujerzuela» resonó en su mente como un animal putrefacto o un pretexto barato, y se percató que hablaba desde el más puro y simple enojo. No podía llamarla mujerzuela si jamás había intercambiado sus favores íntimos por algo, aunque viéndola en ese momento con Sesshōmaru, gritando a la luna en medio de dentelladas, tal vez podía dudar de ello.

—Pero yo sigo siendo su dueño. Yo la creé. Es mía —murmuró, esbozando una media sonrisa, mezcla de soberbia y fatua indulgencia. Casi le parecía risible verla intentar no pensar ni sentir nada de todo lo que hacía su vida miserable, yaciendo con aquel demonio perro, y de nuevo sintió ese cansino rencor sordo que sólo podía nacer de la envidia, y a veces, de los celos.

Al igual que con Kikyō, tampoco entendía cómo Kagura podía fascinarse con aquel demonio, ¡encima hermano de InuYasha! Se preguntó, con una naturalidad pasmosa, si lo amaba. No lo sabía ni le interesaba saberlo, probablemente tampoco lo comprendería; él jamás había sentido amor por nadie, si acaso, tal vez por los parias de la naturaleza. Lo más cercano que conocía al amor era la torcida obsesión que Onigumo sentía por Kikyō y que aún palpitaba en su interior, pero hasta él sabía que eso no era realmente amor, y aunque nunca lo había sentido, sí lo entendía… pero entender algo no significa comprenderlo. ¿Kagura sí sería capaz de sentirlo, así como Kikyō aún sentía amor por InuYasha?

Probablemente sí, pensó. Un resquicio de odio refulgió en los orbes borgoñas que tenía por pupilas, porque Kagura, aunque se le parecía, tampoco era como él, por eso se deslumbraba con aquel monstruo sobre el cual reptaba semidesnuda, como una serpiente.

Kagura se fascinaba también con espíritus enigmáticos y extraños, como su hermana Kanna. Naraku no podía evitar ver en ella un trato ligeramente fraternal que a él le era por completo desconocido, y aunque la niña apenas hablaba, veía a Kagura llevarse de manera bastante decente con ella, aún contra la actitud pasiva de su primera creación, tan diferente a la de su hermana adulta. Se atrevía a pensar que la demonio de los vientos incluso sentía algo de empatía por Kohaku, pero era Sesshōmaru quien se robaba su atención, podía verlo, y él, para su sorpresa, se lo permitía: el demonio estaba ahí, sobre la hierba y la alfombra de flores, dejándose tomar por ella.

¿Qué haces aquí? —preguntó la voz por tercera vez. Naraku entendió que si no se daba una respuesta no lo dejaría en paz, y por un instante no supo, ni siquiera remotamente, qué responder; estaba concentrado en cómo las garras de Sesshōmaru se encajaban en la piel de Kagura.

—No me importa —espetó molesto. Era una respuesta pobre y estúpida—. No, no me importa, pero debo vigilar a Kagura. Es una mujer traicionera, no sé cuándo pueda clavarme un puñal por la espalda.

No están hablando. ¿Para qué tendrías que estar aquí? —se contestó con los ojos todavía fijos en la escena.

Estaban muy lejos, pero hasta sus oídos llegaban los suspiros que salían de sus bocas; no, no eran palabras, pero él seguía ahí, mirándolos, observando todo sin perder detalle de cómo los delgados brazos de Kagura aprisionaban a Sesshōmaru, y cómo sus finas manos se enterraban en el cabello platinado, jalándolo, dirigiendo su cabeza y boca a los lugares de su cuerpo que ella quería mientras él luchaba por no perder la cabeza. Sesshōmaru, ahí en el suelo, con la ropa arrugada y el cabello lleno de pétalos, había perdido toda grandeza y fría arrogancia para entregarse y someterse a la lujuria de una mujer perversa creada por el ser que tanto perseguía y proclamaba odiar.

Naraku sonrió de medio lado, de pronto sintiéndose orgulloso. ¡Qué ironía! Algo de toda aquella situación le gustaba, y un cosquilleo cálido en su vientre lo recorrió hasta la ingle, encontrándose con la sorpresa de que le gustaba verlos. La cálida sensación se entremezcló y contaminó con ese sordo rencor que seguía atorado en su garganta, cuando pensó en Kagura ahí, en ese preciso momento, porque la realidad es que no tenía ninguna necesidad de verlos, él ya sabía muy bien lo que estaba pasando, le había advertido sobre ello. Aun así lo había desobedecido, y sintió, entre el gusto malsano de la ironía y el placer viciado, el fuego de la rabia quemar su pecho.

Kagura tiene encuentros con alguien —le dijo la voz en su cabeza, sintiendo el aguijón de alguna alimaña enterrarse entre sus clavículas—. Y no es contigo.

—¡Silencio!

Contuvo el aliento, igual que un niño al que atrapan haciendo una travesura, al notar que su voz, mucho más grave y sombría de lo que solía ser, retumbó entre las ramas, entre las hojas, y viajó por sobre las aguas en la forma de un susurro fantasmal.

El ardor que sintió en el pecho fue obra del aguijón de un escorpión negro, que tomándolo desprevenido y concentrado como estaba en la escena protagonizada por Sesshōmaru y Kagura, trepó sobre él y sus ropas hasta llegar a su hombro, desde donde caminó para atacarlo en el primer lugar que encontró con piel expuesta.

Del otro lado del pantano, en el claro, vio a Kagura mirar al sitio donde él estaba. Sus ojos rojos, los mismos que él tenía y que de todas sus extensiones fue la única que los heredó, refulgieron fijamente sobre él a través de la cortina de retorcidas ramas de wisteria y las sombras de la noche. Oculto tras el velo de raíces colgantes, los ojos de Kagura se fijaron en los de él mientras, inmóvil, sentía al escorpión subir por su cuello y alcanzar su rostro. Estaba tan desconcertado que no se tomó la molestia de quitárselo de encima.

¡Lo sabía! Ella lo estaba mirando. ¿Desde cuándo sabría que él estaba ahí? Ambos orbes rojizos chocaron y se negaron a separarse a través de ese camino torcido de noches y sombras, de susurros sobre el pantano y jadeos a la luna.

La vio susurrar algo a Sesshōmaru. De pronto se sentía conmocionado, casi nervioso, y no prestó atención a lo que ella le dijo. Después, los dorados ojos del demonio, que brillaban espectrales en la oscuridad —aunque jamás con el brillo iracundo de sus ojos o los de Kagura—, lo miraron a él, pero no logró centrarse en sus ojos. Tal vez podía olerlo, pero aquel lugar tenía un magnetismo inusual; no podía captar su esencia como lo podían hacer sus propias extensiones, por eso Kagura sí había logrado verlo sin mayor esfuerzo.

Sesshōmaru intentó detenerse, ir hasta él aunque se tratase de una falsa alarma, y Naraku, hastiado, respondió cerrando los ojos. Siempre había sido así: no importaba qué forma, cuerpo o identidad tomara, tampoco en dónde se escondiera, si entre el miasma, en el bosque o entre las sombras de un pantano… no podía esconder nunca sus ojos: se mantenían así, de mirada fija, cruel y perversa, siempre rojos, como alimentados por toda la sangre que había derramado. Era así como se le podía descubrir, y para su sorpresa, Kagura retuvo al demonio: le susurró algo sobre luciérnagas.

Quieres hacerme creer que jamás me traicionarías —pensó, esperando que de alguna manera aquellas palabras, una mezcla insegura entre pregunta y afirmación, llegaran hasta los oídos de Kagura—. O tal vez te gusta que vea cómo me desafías.

Toda sensación quedó acallada cuando una vez pasada la descarga de adrenalina, se adentró aún más entre las raíces de los árboles y se atrevió al fin a abrir los ojos, sintiendo el dolor agudo entre sus clavículas subir por su cuello y extenderse por todo su pecho.

El escorpión se había posado sobre uno de sus ojos cerrados, como una suerte de parche, y Naraku se lo quitó de encima con la misma delicadeza con la que tratara a la araña jorō al inicio de aquel inusual viaje.

Lo suyo eran las arañas, pero se sentía extrañamente identificado con aquel enorme animalejo negro que brillaba lustroso, de tenazas gruesas y temible aguijón. No iba a decir que no la odiaba un poco por el dolor de su picadura, aunque su veneno, siendo él un demonio que también lo dominaba, no le preocupaba ni un poco.

—Si no le hice nada… —murmuró, mirando con resentimiento al escorpión que agitaba sus patas mientras Naraku lo examinaba de cerca—. Pero no es necesario hacerles nada. Los escorpiones atacan por puro gusto. Después de todo, son primas de las arañas.

Dejó caer al animal, que huyó lejos de él, perdiéndose entre la hojarasca y el mar de raíces entre los cuales Naraku también se escondía.

Un rato después vio a Sesshōmaru, todavía ligeramente aturdido por el encuentro, acomodarse la ropa y la armadura con una seriedad poco creíble. Kagura, la muy desvergonzada, se quedó ahí sobre el suelo, demasiado perezosa como para vestirse, esperando que él se fuera. Naraku ya lo sabía, era fácil entrar a ese lugar, pero jamás salían juntos.

Cuando Sesshōmaru se despidió —aunque a Naraku le dio la impresión de que demoró demasiado—, pensó que se besarían como despedida, pero no pasó nada de eso.

—Imbécil —susurró, más por impulso que por una razón concreta. Sólo tenía deseos de insultarlo, no supo muy bien por qué, y como si lo hubiese escuchado, el demonio blanco miró una vez más hacia el pantano; no vio nada: Naraku se había asegurado de que no lo atraparan otra vez.

El insulto se repitió en su mente, ahora con un altanero tono de burla.

Un momento más y Kagura se quedó sola, descansando sobre la alfombra de flores lilas, con el torso desnudo, el cabello suelto y las piernas flexionadas. El kimono apenas le cubría los muslos, y al verla así, sintió una envidia recalcitrante y un rencor apenas tolerable. No quiso averiguar por qué, sólo sentía que ella no tenía derecho a hacer nada que él no le ordenase, no le interesaba si le afectaba o no.

Pero está… estaba con uno de tus enemigos. Y es una traidora —pensó, y aun así, ella no le había dicho nada… apenas y hablaron—. Si quiere traicionarte, lo hará, no necesita seducir a Sesshōmaru, quien te odia tanto o más que ella.

Y eso, pensó entonces, implicaba que Sesshōmaru hacía todo eso no por información ni por un beneficio propio, sino por puro gusto.

Naraku sumergió un pie en el pantano, luego el otro, y se adentró en esas aguas profundas, putrefactas y estancadas, tan similares a los fondos y formas que habitaban también su corrupto corazón.

Se sintió como en casa porque lo observaba todo desde su propio engranaje y lenguaje, desde la telaraña que era su mente y que tejía con sus manos, pero rara vez lo hacía desde el fondo de su propio abismo, pensó, justo antes de sumergir la cabeza en el agua, que le resultó tan acogedora y tan cálida como aquel día de otoño, medio siglo atrás, que lo vio nacer lleno de iracunda energía en aquella cueva infecta e impregnada por la envidia, los celos y la maldad.

Una vez dentro del agua nadó, con la agilidad de una serpiente, hacia el claro donde Kagura se hallaba recostada.


Ultima parte de esta breve trilogía sobre Naraku/Kagura/Sesshōmaru que decidí llamar "La Trilogía de la Wisteria". Sí, sé que no es muy original jaja pero lo llamé así porque es la presencia de las wisterias y de Kagura las que principalmente se repiten en las tres partes, más allá de la de Naraku. Obviamente, aquí las wisterias representan a Kagura, la luna a Sesshōmaru, y los "parias de la naturaleza" a Naraku (escorpiones, arañas, alimañas varias).

Yo sé que Naraku es un demonio araña, pero también se relacionaba con toda clase de alimañas a nivel demonios, como ciempiés, por ejemplo, por eso las menciono tanto en esta última parte dedicada a él. Al final de cuentas, las arañas y escorpiones son primas, y en mi cabeza definitivamente Naraku es del signo escorpio; es tan intenso emocionalmente como suelen ser las personas nacidas bajo ese signo, y como es un signo de agua, me pareció excelente ubicarlo en la zona del pantano, que sería también una representación de él.

En fin, no tengo más que aclarar, sólo recordarles que esto, aunque está marcado como un oneshot terminado, se conecta mucho con mis últimos dos fics publicados, "Paroxismo Histérico" y "Frío Cadavérico", el primero dedicado a Kagura, y el segundo a Sesshōmaru y Kagura. Cada una de las tres partes, incluyendo esta, están escritas de manera que pueden leerse individualmente sin necesidad de leer los demás oneshots, pero se aprecian mucho más si se leen todos los oneshots ya que están conectados entre sí, ¡así que los invito a leerlos!

Si llegaron hasta aquí, ¡muchísimas gracias! Espero pasen un bonito Halloween. Yo hoy seré Lydia Deetz de Beetlejuice, en la versión de la caricatura noventera, así que estoy emocionada.

Me despido,

Agatha Romaniev