Disclaimer: Los derechos del Potteverso pertenecen a J. K. Rowling.


Este fic participa del Reto #59: "Desempolvando retos 2.0" del foro "Hogwarts a través de los años".

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Reto escogido: Reto "Canciones que inspiran."


Canción escogida: And So It Goes, Billy Joel.

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"En cada corazón, hay una habitación, un santuario seguro y fuerte. Para curar las heridas de los amantes, hasta que aparezca una nueva. Te hablé en tonos cautelosos, me contestaste sin pretensión. Y aún así, siento que dije demasiado." And So It Goes, Billy Joel.

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El dragón robusto que aterrorizó a Europa.


En un avión a 36,000 pies de altura.

I


"El dragón robusto que aterrorizó a Europa" . Leía forzando la vista frente a su portátil a falta de adecuada iluminación en su vuelo, solamente la luz del alba se colaba por la pequeña ventana.

— Menudo título sensacionalista. — Dijo para sí misma haciendo un recorrido visual de los asientos a su alrededor, comprobando que a excepción de la tripulación, era la única que no había pegado un ojo. Reanudó su lectura dando doble clic en la página oficial de la BBC, cuyo link comprendía el único asunto en su bandeja de entrada.

"Científicos descubrieron en Rumanía, los fósiles de un nuevo tipo de dinosaurio que según parece, se trata de una versión robusta del Velociraptor. El llamado Balaur bondoc (que en rumano significa dragón robusto) vivió hace unos 70 millones de años en una región del este de Europa que entonces estaba formada por un archipiélago.

...

Además de sus fornidas extremidades, el animal se diferenciaba del Velociraptor porque contaba con dos garras grandes y afiladas en cada pata.

El hallazgo fue llevado a cabo por científicos de la Universidad de Bucarest, del Museo de la Sociedad de Transilvania, en Rumanía y del Museo Estadounidense de Historia Natural, hasta el momento continúan las investigaciones por parte de un grupo de expertos reunidos en una colaboración internacional. Son los primeros datos que hemos recibido al respecto" . Finalizó su lectura pensando en Archie Miller y la llamada que la había sacado de negociaciones en el museo de El Cairo, para enfrascarla en el condenado vuelo a Rumanía donde se encontraba.

Su jefe le había pedido que colaborara con algunos de sus colegas en Europa del Este, teniendo en mente todas las veces que la había sacado de apuros lo justo, muy a su pesar, era retribuir el favor.

Masajeó el puente de su nariz donde las gafas ya le habían dejado una marca.

— 4:30 am —. Leyó comprobando su reloj. — Son siete horas en este lugar, debo configurarlo.

Suspiró, removiéndose ansiosa en su asiento. Volar no era precisamente su pasatiempo predilecto, aunque su vértigo se burlase de ella, no conseguía conciliar el sueño.

De todas formas ¿Quién demonios puede dormir a 36,000 pies de altura?

— Gajes del oficio —. Se había dicho esa mañana al bajarse del taxi que la había dejado a las puertas del aeropuerto mientras clavaba las uñas en el mango de la maleta a la que se aferraba.


Campamento en las alturas.

II


Reprimió el impulso de besar el suelo bajo sus pies y se dirigió hacia el hombre cuyo atuendo consistía en una penosa imitación de Indiana Jones, quien sostenía una hoja de papel a cuadros en la cual habían garabateado Treamblay.

A pesar de todo, apreciaba el favor de que hubiesen enviado a alguien a recogerla. Su rumano se limitaba a frases como "saluté", "hola" y "fără usturoi", "Sin ajo por favor". Oh, sí, estaba a punto de ser un hitazo en Transilvania.

Mark Norell, el sujeto vestido cual Indie, resultó ser uno de los paleontólogos enfocados en el campo de la paleogenética, involucrados en la investigación. Qué a estas alturas, había sido bautizada como "Proyecto Spielberg" y su guía no oficial al ser el único otro norteamericano en el mismo campo que el suyo; detalle que una vez más, agradeció.

— "La universidad de Bucarest es uno de los más importantes centros de investigación científica en el país. Trabajamos en colaboración con centros similares de otros países." —. Le había dicho el decano y básicamente, cada funcionario rumano con quién había tratado desde que había arribado, esa era, en su propia opinión, la parte menos atractiva de su trabajo. La política le fastidiaba.

"Sí quieres escarbar en el jardín trasero de alguien, ten la bondad de presentarte ante ellos primero" —. Solía decirle Archie cada vez que protestaba en contra de los tediosos protocolos.

— "Olle Tremblay, para servirle a Dios y al fango en sus zapatos" . Solía responderle.

Una semana había transcurrido, antes de que él se hubiese dignado a llamarle, preguntando claro, sobre los avances en el "Proyecto Spielberg"; aunque un poco enfadada, lo puso al tanto de la excavación y recuperación de los fósiles, que en cuestión de un par de semanas más, estarían disponibles para hacer pruebas genéticas.

— Deberías estar agradecida Olle, ¿Sabes cuantas personas desearían estar en el fango de tus zapatos? —. Había sido lo último que Archie había dicho antes de colgar la llamada.

Ella sabía que el gremio de paleontólogos, si bien, no figuraban en las portadas de la revista Time o en las páginas de sociales, eran un grupo competente de adultos ansiosos por jugar con restos de dinosaurios fosilizados, como en los que ella había conseguido meter las manos. El propio Sam Neill sabría que estaba agradecida por la oportunidad en que Archie había logrado involucrarle. Es solo que había estado negociando —peleando— la expatriación de artículos ceremoniales de una de las últimas tribus Masai, antes de ser contactada y embarcada a un nuevo proyecto en los Alpes Transilvanos al Oeste del país. Un hombre entrado en años pero fornido a pesar de todo, con un marcado acento valaquio, les había ladrado un "Sunt Stoica Slab" al recibirlos. Una vez dejado de lado las presentaciones, les habló en su idioma, para dejar en claro que era el encargado de supervisar la excavación, desde el momento en que hubieron puesto un pie en territorio montañoso. Daba la impresión de haber sido criado por lobos o algo parecido. Una vez que Mark le había traducido la bienvenida de Stoica, Olle había pensado sin lugar a dudas que se trataba del tipo de sujeto que dormía con un ojo abierto y un cuchillo escondido en algún lugar inimaginable.

Como había predicho, dos semanas más tarde, las pruebas genéticas habían comenzado a realizarse. Lento pero seguro, solamente comparable con la velocidad a la que su trasero se congelaba con los -5 ºC que solían experimentarse a inicios de enero. Acostumbrada a climas mucho más cálidos, se preguntaba, por qué este fósil no había sido descubierto en la región de los montes Apuseni, que sí bien, eran un área mucho más estrecha e intransitada, se posicionaba al Noreste del país, ofreciendo unos agradables 18ºC. Mientras se enfocaba en la datación de la tierra en la sección en que los restos se habían encontrado; Mark se había acercado a ella esa tarde con la tez tan pálida, que de no ser tan mal chiste, hubiese bromeado con su parecido al conde Drácula. Cuando consiguió hacerlo hablar, ella misma no daba crédito a lo que escuchaba, así que él decidió mostrárselo.

— ¿Me estas jodiendo?—.

—Compruébalo por ti misma, entonces—. Se apartó y cedió el lugar en el microscopio, notablemente impresionado por el lenguaje que la doctora Tremblay había utilizado, aunque no era para menos y debía concedérselo. ¿Es que acaso todo se trataba de una farsa?

— Mierda.

Ambos, con la quijada desencajada no daban ningún crédito a lo que sus ojos habían comprobado.

—Pero todo parece en orden, el nivel de pH en la tierra, la huella de carbono… El desgaste mineral data del período cretácico...

— ¿Segura? ¿Es consistente con ese período?

Lo miró con sus enormes ojos castaños llenos de reproche.

— ¿Cómo demonios se logra falsificar la tierra?—. Debió reconocer que no lo sabía. Los saqueadores, coleccionistas o falsificadores a menudo se las arreglaban para encontrar nuevas formas de imitar el paso del tiempo en los objetos, pero aquello, aquello era sencillamente imposible.

— ¿Quién más sabe sobre esto?-. Exigió saber.

— Eres la primera a quién se lo he contado —. Respondió. —Iba a acudir con el decano y los miembros del consejo, aunque ellos están en la universidad. Bueno, supongo que tendría que reportarlo al señor Stoica primero…

Y Olle no tuvo necesidad de escuchar el resto. Podía comprenderlo por sí misma. Era una desfachatez. No solo era cuestionar al gobierno de Rumanía, sino también, acusarles de fraudulentos. Pero mira que fingir un descubrimiento de esas dimensiones. No, no tenía el menor sentido.

— Esta criatura, eh, el B. Bondoc —. Mark tuvo que consultar el nombre en la hoja de resultados que acababa de imprimir.

— Lleva poco más de seis años de haber fallecido y no habría superado la edad de doce años —. Dijo Olle interrumpiéndolo.

Mark asintió tan rápido que el Fedora le había caído sobre los ojos, que sí bien no tenía sentido que lo llevase puesto sobre el gorro de lana, se había negado a abandonarlo, siendo así la única pieza que conservaba de su atuendo original inspirado en el explorador Jones.

— Aunque la datación del suelo concuerda con el período cretácico. —. Había dicho él, como quién quiere dar a entender que los seres humanos viven en el planeta Tierra.

— No tengo ni idea de lo que sea B. Bondoc, pero un fósil de dinosaurio seguro que no es. —. Sentenció ella.

A mitad de las montañas transilvanas y en un ambiente tan feroz como aquel, cualquiera hubiese perdido el aliento y tanto Norell como Tremblay no habían sido la excepción. A ninguno parecía hacerle gracia tener que tachar de fraudulentos a los especialistas oriundos del pueblo de Stoica. Aún sí todo aquello se había tratado de una treta amarillista, para atraer la mirada de la comunidad científica al país europeo, no le hacía gracia haber perdido su tiempo, tiempo que pudo haber empleado en su disputa contra el museo de El Cairo. Se había hecho con la muestra original del B. Bondoc — Nada menos que fragmentos de uno de los huesos que conformaban las costillas — tomado uno de los microscopios ópticos y un par de portaobjetos, su propio juego de cuchillos en una mochila y se la había echado al hombro. Si tenía que plantarse ante el mismísimo Bram Stoker para pedir una explicación, lo haría.

Salió de la tienda en que se encontraba instalado su laboratorio, en conjunto al del Dr. Norell, quién la seguía un par de pasos atrás, mientras se dirigía con paso firme a la carpa de Stoica, con el pulso temblándole a causa de las bajas temperaturas.

Tomó una bocanada de aquel aire gélido y observó el sol esconderse. Quizás hubiese sido una mejor idea, acusar de fraudulento al gobierno que le hospedaba por la mañana. Antes de darse un momento para ser razonable, entró al mismo tiempo que escuchaba a Mark decir, que la esperaría fuera junto a la bota sucia en la entrada de la carpa.

Hombres, no eran de fiar aún a 2,544 m sobre el nivel del mar.

El interior estaba dividido por secciones y una estufa de leña calentaba el lugar.

— El bastardo incluso tiene la mejor carpa del campamento. —. Masculló.

Escuchó un par de voces discutir y agudizó el oído. ¿Alguien se le había adelantado? No. Mark y ella eran los únicos con acceso a aquellos datos, excepto claro Stoica. Apretó la mochila contra su cuerpo y se acercó a escuchar a través de una de las divisiones. Quizás se tratase de algún técnico inconforme.

— ¡No sé quién demonios son ustedes, no, no se llevaran un demonio y como no se larguen! —. El inconfundible acento del hombre, fue audible para ella, quién al procesar las palabras, se quedó de pie incapaz de moverse. ¿A quiénes se refería Stoica? ¿Pretendían llevarse a B. Bondoc?

Quienes fuesen las personas al otro lado de la carpa, hacían caso omiso a las amenazas del hombre. En su lugar, una voz profunda y tremendamente enfadada gruñó

— ¿Cómo que te has dejado el traslador afuera? ¡Esto es un campamento muggle, idiota!

— ¿Qué coño es un muggle? —. Había preguntado Stoica, mucho más furioso de lo que había estado antes.

— ¿Quién va a tomar una bota vieja en el culo del mundo, después de todo Velkain? Ellos no lo quieren, es basura.

— Apresúrate a borrar su memoria Razvan. — Dijo la voz que parecía pertenecer a Velkain. —O mátalo de una buena vez.

Stoica se quedó de piedra al oír aquello.

— Obliv…

Olle, que hasta entonces había mantenido una mano sobre su boca, procurando no ser descubierta, no necesitaba escuchar más, había girado sobre sí y se había propuesto correr montaña abajo de ser necesario. Si querían llevarse lo que sea que fuese Bondoc, bien. No valía la pena morir a manos de aquellos hombres extraños. No sabía lo que era un muggle o un traslador y no iba quedarse a averiguarlo. Después de todo, no había sido ella quién había ideado aquel complot. Sin embargo, la idea de dejar al tosco hombre abandonado a su suerte le revolvía las entrañas. Iba a morir. Iba a morir por un hombre que la había llamado "slab" en los primeros treinta segundos de conocerle.

Analizó sus opciones. Bien. Querían a Bondoc y querían ¿Una bota vieja? Algo en su mente hizo clic. La había visto al entrar. Mark se había quedado junto a ella.

Oh, no. Se había olvidado por completo de Mark y corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron.

— ¿Quién eres? Oye no me apuntes con eso ¡No te me acerques! —. Escuchó a Mark gritar, seguido de un ruido sordo al mismo tiempo que salía de la carpa y vislumbraba a un hombre moreno y bajito, vestido con lo que parecía ser, una túnica de terciopelo morada, apuntar con una ramita en dirección a su colega que salió disparado contra la carpa aparentemente por arte de magia. En ese momento las voces de Velkrain y Razvan emergían desde dentro, mientras que la de Stoica — para su consternación — había dejado de escucharse.

El hombre se giró hacia ella, repitiendo el proceso. Sin pensar en otra cosa, se arrojó contra la bota vieja y sucia, que apestaba a rayos. Aferrándose a ella como náufrago a un salvavidas. Un segundo después, el mundo se desvaneció o quizás había sido ella. Las entrañas se le removieron y se repetía que nunca había bajado del avión, había entrado en shock, mientras que la cabina se desplomaba a tierra y eso explicaba aquella horrible sensación de vacío y vértigo. Giraba a una velocidad impresionante, que no se creía capaz de poder vomitar sin atragantarse, el microscopio en la mochila, sujeta a su espalda, se le había clavado en la columna y ahogó un grito en el momento en que sus pies se detuvieron y estuvo de pie, de pie, en algún lugar que no pudo reconocer y ni siquiera alcanzaba a comprender. Vislumbró un cielo estrellado y un aire mucho más cálido le revolvió el cabello, un par de antorchas iluminaban lo que parecía ser un zoológico de grandes dimensiones.

Su reflejo faríngeo no pudo soportarlo más y dio las arcadas más violentas de su vida, salpicando sus pantalones, dejó caer la bota y retrocedió horrorizada. Se palpó el cuerpo repetidamente asegurándose que no le faltaba un pedazo. Justo cuando sus manos habían dejado de temblar y tuvo dominio de sí misma quiso romper a llorar. Respiraba entrecortadamente y se daba de tiros del corto cabello.

¿Qué demonios estaba pasando?

No tuvo mucho tiempo para experimentar su crisis de nervios cuando una voz advirtió, ¡Cuidado!

Y entonces supo que estaba muerta. ¿Aquello era lo que se experimentaba al entrar en rigor mortis?

Dos grandes ojos amarillos, cubiertos de escamas del tamaño de su cabeza, la veían de frente. Y los ojos volaban. No. La criatura estaba volando. Llevaba un bozal que parecía ceder, ante los violentos movimientos descontrolados de aquel ser. De cuatro patas, larga y puntiaguda cola, con picos y un par de enormes alas que le sobresalían de una cresta afilada, una cadena que arrastraba los grilletes que seguramente aseguraban la misma, colgaba de su cuello.

Mierda.

— ¿Eso es un dra…dragón? —. Preguntó a la nada misma.

Y el dragón logró deshacerse del bozal. Un sonido gutural emergió dentro de él. Dio una vuelta al verse libre, destrozando todo lo que se ponía a su paso con su cola.

Fue consciente que alguien gritó algo que no pudo entender. Hipnotizada por el efecto reflejante de aquellas escamas, una llamarada fue disparada directamente hacia ella. Pudo sentir parte del fuego lamer su piel y el dolor que experimentó la sacó de su trance. No puedes experimentar dolor si estás muerto, no tienes alucinaciones si estás muerto y definitivamente no eres apartada de las llamas por quién sea, que fuera quién estaba sobre ella. No estaba muerta. No estaba muerta y aquello sí era un dragón, uno que volaba y arrojaba fuego por sus fauces. Daba igual. Eso estaba pasando.

El hombre se había abalanzado sobre ella un minuto antes de quedar carbonizada y fueron a dar de bruces contra el suelo, contra todo buen juicio se incorporó y antes que retorcerse de dolor por las quemaduras en su piel, se acomodó el pasamontañas que llevaba puesto y se arrojó en compañía de otras tres personas que habían salido de la nada o que habían estado ahí todo el tiempo y ella no lo había notado.

No supo decir que fin había tenido todo aquello. Con la mochila tan sujeta como pudo, se abrazó las partes que le escocían y se desmayó.


Muggle a la vista.

III


Charlie Weasley había despertado aquella mañana, tan conforme consigo mismo como cualquier otro día.

Fungía como sub director del Santuario de Dragones Rumano, acababa de lograr integrar a un par de especímenes de Colacuernos Húngaros en un hábitat temporal y Mungo, la lechuza de su sobrino Hugo, acababa de picotear su mano en un gesto cariñoso, no sin antes depositar una carta en su mesa de café y emprender el retorno a Hogwarts, parecía que no le hacía mucha gracia, verse rodeada de semejante cantidad de depredadores, aun cuando él mismo le había asegurado que estaría completamente segura en su cabaña. Había emitido un graznido que podría haberse interpretado como un "Sí, claro" de sólo ver la planta que el domador ostentaba. Charlie, que para entonces rondaba la respetable edad de treinta y nueve años, que se negaba rotundamente a ser llamado Charles, había adquirido un par de nuevas cicatrices a lo largo y ancho de su bien trabajado cuerpo. Su piel, aún más curtida y la explosión de pecas que adornaban su rostro seguían presentes, mantenía su cabello sujeto en una trenza, luego de haberle tomado el gusto a llevarlo largo, quizás por influencia de su hermano Bill. Y si bien, podía considerarse de muy buen ver, no disimulaba un par de arrugas en su frente y alrededor de la cuenca de sus ojos, sin embargo aquello le traía sin cuidado. Casi tanto como los comentarios que su bien intencionada madre, Molly Weasley, solía hacerle en respecto a su más que extenuante soltería.

¿Es que no tiene suficiente con una docena de nietos? —. Se había preguntado a sí mismo, cuidadoso de no transmitir sus ideas frente a su madre. Decidido a no darle importancia a las especulaciones de su familia y miembros ajenos a ésta, sobre su estado civil. Apartó los pensamientos y se concentró en la operación de extracción, que ya debía de estarse dando por finalizada con la caída de la noche. Si bien, le hubiese gustado formar parte de aquella misión, en la que recuperarían los restos de un joven Longhorn rumano, que había sido transportado ilegalmente y en un intento de hacerse con sus cuernos, tristemente, habían conseguido asesinarlo. Abandonando sus restos, cerca de los Alpes del Oeste, antes de poder capturar a los responsables, el director, en aquel entonces, había ordenado extraer la materia prima que pudiese ser aprovechada y camuflar el lugar, para que no pudiese ser encontrado. Y así había sido, hasta que un par de excavadores y científicos muggles, habían dado con la ubicación de los restos y estaban efectuando sus investigaciones. Y de eso no hacía menos de un par de semanas atrás. Incluso había salido una nota, comentando el suceso en los noticieros muggles. Charlie, que había cuestionado aquella decisión entonces, debía coordinar una operación para reparar aquel error.

Y era muy simple, se harían con los restos fosilizados del dragón y provocarían algún desastre climático anormal que limpiase el terreno en caso de que siguieran inmiscuyendo las narices en donde nadie los llamaba. Probablemente, habría que modificar un par de memorias y pronto, todo aquello quedaría en el olvido. Un trabajo relativamente delicado, pero no lo suficientemente complejo para que él, en su calidad de sub director tuviese que estar presente, aunque ganas no le había faltado. Sin embargo, los Colacuernos Húngaros no eran ningún trabajo despreciable y dada la inexperiencia de los nuevos reclutas, él mismo se había dado a la tarea de enseñarles y supervisarles. Sin más remedio, había asignado la misión a sus colegas, Velkain con quién había transportado a los ejemplares utilizados en el Torneo de los Tres Magos — Bueno, cuatro en aquella ocasión. —. Tivadar, un húngaro que llegó un día y jamás se fue y Razvan, un colega aficionado que había demostrado talento como domador en una excursión por el Este de Asia. Pocas veces habían tenido la oportunidad de mostrar su valía en un proyecto semejante y después de todo, ¿Qué era lo peor que podía pasar?

Una de las nuevas reclutas, acababa de darle aviso a grandes voces de la liberación accidental de uno de los Colacuernos; se atravesó el pasamontañas a prueba de fuego que había llevado encima, desde que tenía memoria y había echado a correr hacia los hábitats. No iba a perder otro dragón, previendo el seguro tumulto con la comunidad no mágica.

Entonces la vio.

Una mujer que a juzgar por los restos en los dobladillos de sus pantalones, acababa de dejar el estómago desperdigado por el suelo. Llevaba el cabello castaño tan corto, que daba la impresión de ser un peinado de varón como el que su madre, gustosa hubiese querido que él llevara. A través de los cristales de los anteojos que usaba, pudo ver reflejado, el haz de luz provocado por el inequívoco aliento de dragón, que hubiese estado a punto de cocinarlos a ambos, si no se hubiese arrojado sobre ella en el momento en que lo hizo. Él había advertido que tuviese cuidado, pero ella no se había apartado. En su opinión, eso pudo ser lo más valiente o lo más estúpido que había visto hacer a una mujer que no empuñaba una varita en mucho tiempo.

Naturalmente, la comprensión de que aquella mujer no era ninguna otra, más que una de las investigadoras muggles que se suponía, debían estar desmemorizadas a esas alturas de la noche, llegó a él media hora más tarde, cuando montado en una escoba y empuñando su varita, junto con otros tres magos y brujas sumados Razvan y Velkain, conseguían regresar al Colacuerno al hábitat. Una vez terminada la faena, sus colegas no tuvieron de otra, más que explicar el incidente ocurrido en el campamento muggle e inherentemente, la fuga de uno de los mentados muggles con su traslador asignado.

Y sencillamente, no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Es que acaso así sonaban sus desatinos de joven cuando trataba de excusarse ante su madre? Con justa razón había sido reñido en el pasado. Era la cagada más estrepitosa que podía haberse mandado, en ese preciso momento y vaya que él había visto unas grandes.

Y para colmo de males, la mujer estaba siendo atendida por sanadores, debido a las quemaduras producidas por el aliento de dragón, sin mencionar el efecto que el traslador pudo tener en su fisiología y claro, la inminente violación al Estatuto Internacional del Secreto Mágico. Preocupado por el estado en que se encontraba la mujer muggle, avanzó a zancadas hacia la cabaña en que se instalaba la enfermería y fue interceptado por el propio personal médico, que insistieron en tratar sus propias heridas, antes de permitirle ver a algún otro paciente.


Charlie Weasley.

IV


Para cuando los sanadores, según se habían presentado, le habían informado de muy mala gana, donde se encontraba y le pedían que no se moviese mientras aplicaban sospechosos ungüentos sobre ella, le daba la impresión de que no era precisamente bienvenida en aquel lugar; Olle habría querido tener la fuerza para negarse, pero a duras penas podía moverse, la cabeza le dolía y debía tener serias quemaduras a juzgar por el ardor en su hombro y brazo derecho. ¿Qué podía hacer de todas formas? ¿Echarse a correr y darse de cara contra un vampiro?

— No seas ridícula —. Se dijo. — Los vampiros no se pasean durante el día.

Maravilloso, ahora los devoradores de energía vital no sonaban tan desencajados a diferencia de todo lo demás. Los rayos matutinos se colaban por las rústicas ventanas. La camilla era cómoda y le hubiese gustado dormir un poco más, pero su cerebro no tenía tiempo para algo tan trivial como echar la siesta cuando un tren de información la arrollaba. Magos, brujas, criaturas míticas y sabría Dios que otra cosa. ¿Los magos objetaban la existencia de un dios? ¿Qué tan diferente era la comunidad mágica? ¿Se extendía por todo el mundo o era algo propio de Rumania?

Respiró profundamente.

¿Había magos en Nueva York? ¿Qué te aseguraba que no iban por ahí echando conjuros a las personas comunes como ella? ¿Qué le aseguraba que no iban a echarle un conjuro ni bien le quitasen los vendajes?

Exhaló.

Las dudas seguían atormentando sus nervios ¿Había un componente genético? ¿Podía ella hacer magia y nadie había tenido la bondad de explicárselo?

Soltó un gruñido frustrado. La situación la estaba sobrepasando. Además del inequívoco hecho, de que la habían dejado encerrada en aquella habitación.

Mientras se cuestionaba las intenciones de aquellas personas para confinarla, un hombre robusto y pelirrojo atravesó la puerta, y se posó en la silla frente a ella. No hacía más que observarla, como si ella fuese una especie de fenómeno, como sí, bueno, como ella lo había estado viendo a él y a todos cuantos se había topado desde que llegó. Tenía un puñado de pecas esparcidas por el rostro, que apenas dejaban lugar para su piel y penetrantes ojos azules como el mar Atlántico; llevaba una camisa con cortas mangas rasgadas y vaqueros gastados. Al igual que ella, llevaba una venda a lo largo de su fornido brazo y una quemadura bastante desagradable en su barbilla. Una suerte que no usara barba, o tendría el vello chamuscado.

Finalmente carraspeó y la sacó del trance. Se sonrojó al darse cuenta de que aquel hombre había sido quién la había apartado del fuego y probablemente, salvado la vida. En su defensa, no estaba llevando el pasamontañas, pero pudo reconocer sus ojos, aquellos ojos que no habían dudado en el momento en que se incorporó y se lanzó hacia el dragón.

Señor, ella en serio había dicho dragón. Aún era difícil de procesar. Cuando pudo regresar al presente, notó que él extendía una mano hacía ella y decía algo que tuvo que repetir al ver que ella no daba luces de haberlo oído.

— Soy Charlie Weasley —. Dijo mientras agitaba el flequillo de su largo cabello apartándolo de su vista.

Cuando sus neuronas terminaron de intercambiar información, alargó un brazo y devolvió el apretón de manos. — Olle Tremblay.

— Con que Francia ¿Eh? —. Soltó Charlie sin una idea mejor de como proseguir.

Olle parpadeó observándolo como si fuese estúpido. Frunció el entrecejo y notó que la estúpida era ella, él se estaba refiriendo a su apellido,

— Eh, sí. —. Carraspeó sin saber bien que responder. Resultaba obvio que aquel hombre, intentaba entablar una conversación, ojalá ella no estuviese teniendo problemas para oxigenar su cerebro, parecía que iban a obviar por el momento el asunto de que no debería estar ahí, no debería saber lo que sabe y para su tranquilidad, que no iban a hacerle daño. Aunque eso último, aún lo ponía a discusión, aunque dudaba que se estuviesen tomando tantas molestias en ayudarla a recuperarse, si después iban a hacerla desaparecer con un palito mágico.

Varita —. Le corrigió la voz en su interior.

— Mi abuela es francesa y su esposo fue un soldado alemán, así que es de donde proviene mí apellido, mi padre fue un historiador americano y su padre un escritor, así que pasaron un tiempo discutiendo el asunto. —. Dijo sin estar consciente de lo que estaba diciendo o el porqué. — Por la segunda guerra mundial y eso, ya sabes.

Pero podía ser que Charlie Weasley no lo supiera. ¿Habían estado involucrados en las grandes guerras? ¿O habían tenido las propias?

Observó al pelirrojo asentir en respuesta.

— ¿A qué te dedicas?

La pregunta le tomó por sorpresa. Pensó en responder algo parecido a ¿No deberías saber eso ya? o ¿Es que el ataque a mí campamento fue un error?

Juzgó conveniente, ser amable con la única persona que le había dirigido palabras cordiales, sin mencionar que había salvado su vida.

— Soy paleontóloga —. Y antes de darle tiempo a preguntar, añadió. — Es algo así como una persona que se dedica a estudiar e interpretar el pasado de la vida sobre la Tierra a través de los fósiles. Aunque ahora no estoy tan segura. ¿B. Bondoc es una criatura mágica, señor Weasley?

Charlie abrió desmesuradamente sus ojos, tanto cuanto pudo, casi quiso echarse a reír.

— ¿El qué? —. Preguntó con una sonrisa divertida.

Olle comenzaba a impacientarse.

— B. Bondoc. ¡La criatura por la que atacaron mi campamento!

La sonrisa de Charlie se transformó en una mueca.

— Oh. Bueno, reconozco que el asunto se salió de proporciones. —. Charlie volvía a pasar una mano sobre su cuello, al mismo tiempo que le enviaba una mirada de disculpa. — Pero vamos ¿Qué clase de nombre es "B. Bondoc"?

— Baluer Bondoc —. Explicó Olle, un poco contrariada por la sonrisa divertida del hombre. — Se supone que significa "Dragón robusto" en rumano o algo por el estilo. —. Le respondió, al mismo tiempo que se maldecía, por tener como única referencia el nombre con que había sido bautizado el descubrimiento por un noticiero. ¿Qué clase de científica era ella? En su defensa, no solían bautizar los restos, hasta tener una idea de lo que se trataba y vaya que ella no había esperado todo aquello.

Charlie Weasley parecía meditarlo un poco.

— ¿Quieres decir Baluer Bondóc? Eso tiene sentido, aunque no es muy creativo, aunque claro, sois... —. Charlie que pareció pensárselo mejor, optó por guardar silencio.

Por segunda vez, en lo que llevaba intercambiando palabras con aquel hombre, sintió su rostro arder. Condenado Internet, condenado artículo mal informado y condenada ella.

—¿Por qué tengo la sensación de que no se espera demasiado de las personas no mágicas?

Fue el turno de Charlie de sentirse avergonzado, al mismo tiempo que la punta de sus orejas se ponían rojas, después de todo no había conseguido burlarla.

—Les decimos muggles.

La comprensión atravesó rápidamente a Olle. Así que aquello era un muggle. Y no sabía decir, si eso representaba algo bueno o malo.

Antes de darle tiempo a maquinar otra pregunta, que lo obligase a responder sobre los prejuicios muggles o el avance en contra de estos, preguntó. — ¿Qué es B. Bondóc según la paleontología, señorita Tremblay?

— Un nuevo tipo de dinosaurio, que bien podría ser el primo fornido del Velociraptor. —. Dijo con un hilo de voz, en verdad comenzaba a exasperarle que él se estuviese divirtiendo con ella.

— Vaya, los nombres no se les dan bien ¿Eh?

Ella lo fulminó con la mirada.

— ¿Y qué es Bondoc, para su ilustre comunidad, señor Weasley? Mejor aún ¿Qué clase de dragón tuve el placer de conocer? —. Casi quiso echarse a reír, por lo absurdo que el asunto sin duda sonaría, ante la opinión de Stoica o alguno de los excelentísimos funcionarios que esperaban que se les besara el trasero, empezaba a disfrutar estar allí. Sostuvo su mirada aguardando a que él respondiese.

Si Charlie estaba sorprendido por la actitud con la que parecía estar llevando el asunto, ella no pareció enterarse. ¿Pretendía recibir una cátedra de dragones impartida por él? ¿En su calidad de sub director?

Casi vuelve a echarse a reír al conceder que ese era un pensamiento del estilo de su hermano Percy, por mucho que hubiese cambiado. Qué infiernos, sí eso era lo que quería, él no iba a negarse.

— Puedes llamarme Charlie.

Olle sonrió, antes de hacerle el mismo ofrecimiento e irremediablemente enfrascarse en una animada charla que escaló hasta convertirse en un debate.

Su abuelo Frank solía decirle que la vida a menudo era mucho más que aquello que se podía comprobar. Aunque claro, él había sido un escritor de literatura fantástica y una de las personas que Olle había amado más profundamente en su vida, y hoy en esa cabaña a mitad del Santuario de Dragones Rumano, sus palabras retumbaban contra su cráneo, mientras se esforzaba en prestar atención a lo que el pelirrojo le estaba explicando.

— ¿Y este es tu trabajo? —. Había preguntado, justo antes de que uno de los hombres que había visto en su campamento, irrumpiera en la habitación pateando la puerta en un gesto que, a diferencia del de Charlie, era claramente amenazador. Debía medir casi dos metros y nuevamente en comparación a Charlie tenía el cabello azabache y llevaba una enredada barba, parecía ser de mal genio y a decir verdad, sus ojos no le resultaban ni una pizca de refrescantes.

— Algo así —. Respondió Charlie, rascando la base de su nuca con nerviosismo, una vez que vio la mirada en el rostro de Velkain. No es como que charlaba sobre su profesión con muggles a diario. Sin embargo parecía disfrutarlo.

— ¿Escribes un maldito libro? —. Ladró Velkain, que estaba recostado contra el marco de la puerta, lanzando sus peores deseos hacía la mujer que se incorporaba en la camilla. Ella le mantuvo la mirada, desafiándolo. Después de todo, Charlie le había asegurado que desde un principio no habían pretendido hacerles daño de ninguna forma y que solamente, el mago tenía mal genio. Olle tenía sus dudas.

— Veo que te encuentras mejor. —. Añadió una segunda voz, tras de él, se trataba de Razvan, que a diferencia del anterior era un delgado y bajito rubio vivaracho que ya no estaba usando una túnica, sino que había adoptado un estilo mucho más relajado y ya que no podía describirlo de otra forma, muggle.

— Señorita Olle Tremblay —. Dijo Charlie incorporándose. — Estos son Velkain y Razvan. Muchachos, les presento a la señorita Olle.

Razvan le dirigió una sonrisa bonachona, mientras ignoraba olímpicamente la mirada de reproche de Velkain, misma que ahora arrojaba sobre Weasley.

— ¿Cuándo se larga? — Espetó.

— Un placer —. Respondió Olle.

Charlie, que ya había tenido oportunidad de escuchar los acontecimientos ocurridos en la fallida misión de extracción, narrados por parte de su compañero Velkain y aceptando la responsabilidad, no sin antes dejar en claro, que el asunto del traslador había sido culpa del idiota de Razvan, no le apetecía respirar aquel ambiente pesado.

— ¿Qué tal un poco de aire fresco? —. Se escuchó sugerir a Razvan, que había atravesado la habitación e inspeccionaba las pertenencias de Olle, que se encontraban alineadas en un escritorio empotrado, justo al lado de su mochila vacía.

— ¿Un recorrido? —. Se aventuró Olle.

Razvan le dirigió una mirada pícara.

El rostro de Velkain se contorsionó de tal manera, que dejaba claro que aquello no le apetecía de ninguna manera.

— Vamos —. Dijo Charlie Sin detenerse a pensar demasiado.

Olle y Razvan ya se habían encaminado hacia la salida. Charlie pretendía hacer lo mismo, cuándo fue detenido por una voz ronca y acentuada que le preguntó. —¿Cuándo lo harás?

El pelirrojo profirió un pesado suspiro. Se giró para encarar al hombre, que le sacaba un par de cabezas.

— Deja que se recupere. No podríamos explicar esas quemaduras con un evento climático y no. Recuerda que no hay volcanes en las montañas del Oeste —. Concluyó siguiendo el hilo de pensamientos de su compañero.

Los ojos de Velkain, chispeantes no se apartaron de los de Charlie que se mostraban serenos.

— Mientras más tiempo tardemos, más deberemos desmemorizar.

— Es una suerte que no debas hacerlo tú entonces.

Aquello más que un comentario al azar fue una orden implícita. Velkain se limitó a gruñir y fue suficiente para él.


Al anochecer en el santuario.

V


— Ineffabilis.

— ¿Huh? —. Dijo Charlie, mientras tomaba asiento al pie de la escalera frente a su cabaña. El sol estaba cayendo nuevamente. Pronto oscurecería y el cielo rumano se engalanaría con astros remotos.

— Estaba tratando de encontrar una manera de describir, bueno, todo. —. Olle observaba en dirección a un grupo de jóvenes, que bajo las órdenes de Razvan, atendían a un par de crías de Hocicorto sueco. — Y no me creo capaz de describir algo tan indescriptible, solamente porque sí.

— ¿Así que lo intentas en latín?

— Tú mismo dijiste que no somos buenos con las palabras.

Charlie sonrió viendo a la nada en particular.

— Con los nombres —Corrigió.

El ocaso finalmente los alcanzó. Las antorchas que se hallaban desplazadas por todo el santuario, se encendieron voluntariamente. Aquello no dejaba de sorprenderla.

Charlie Weasley no había tenido necesidad, de escuchar la historia del niño-que-vivió enfrentándose al temible Colacuerno Húngaro, que su hermano Ronald contaba a menudo en las reuniones familiares a los sobrinos más pequeños o a quién desearé escucharle, porque él había estado ahí. Su madre lo había reñido y prorrumpido a llorar, en cuanto se enteró del peligro al que Harry Potter, una vez más se encontraba expuesto. Demonios, su cuñado era material resistente. Sin embargo, siempre encontraba divertida, la parte de la historia en que Harry aseguraba que se enfrentaría ante el dragón nuevamente, antes que tener que encarar a una chica. Él empezaba a comprenderlo. La diferencia radicaba en que, él no era un adolescente atemorizado por invitar a bailar a una chica. Se trataba de un adulto en sus cuarentas por el amor de Merlín. Por estúpido que resultara, le había tomado aprecio a la mujer sentada junto a él.

¿Acaso todos los muggles eran tan excepcionales?

Él conocía a un par desde luego. Hermione Granger, que si bien no era muggle sí era nacida y criada.Y figuraba entre los héroes de guerra, se había casado con su hermano Ronald y formaba una sólida carrera en el Ministerio. No le pillaría por sorpresa que un día Mungo, le llevase la noticia que había ascendido a ministra. Audrey Temeraria Weasley. Lo vieras por dónde lo vieras, había que tener unos cojones para haberse comprometido a pasar su vida junto a Percy voluntariamente. Si bien era cierto, su idiota hermano había madurado y prácticamente redimido con la familia, después de la guerra y aun así resultaba muy Percy. Y estaba bien, pero tuvo dos hermosas hijas con él. Bendita sea.

— Entonces…

La voz perteneciente a Olle lo sacó de sus cavilaciones.

— ¿Entonces? —. Continuó Charlie, mientras agitaba una mano en saludo a su amigo Razvan, que se despedía en dirección a ellos.

— ¿Cuándo vas a desmemorizarme?

Charlie sintió un vació en su estómago. Tragó saliva mientras meditaba su respuesta.

— Tu campamento ha sido liberado hoy. —. Dijo evitando mirarla. — Ese hombre, huh. ¿Stoica? Ha sido desmemorizado ya. También tu colega y bueno, el resto. Solamente…

— Solamente falto yo. —. Dijo sin permitirle terminar. — He redactado el artículo para la conferencia. Dare a entender que no se ha tratado de una especie desconocida. Habría sido tentativamente un raptor, pero no lo sabríamos. Las tormentas habrían arrasado con todo, pesé a nuestros esfuerzos.

Charlie finalmente tuvo el valor para mirarla. El reflejo de las antorchas iluminaba sus ojos.

— ¿Quién te lo ha dicho?

Olle le dirigió una mirada sorprendida. — Razvan.

Fue el turno del pelirrojo de sorprenderse.

— Hubiese creído que Valkain habría saltado sobre ti para informarte, antes que nadie.

Ella rio. —Sí, seguro que estuvo tentado. Pero parece que le incomodo más de lo que le desagrado.

El gesto del hombre se torció. —Todo esto es tan…

— Primitivo. Señor, está tan arraigado en la conducta humana.

Olle reacomodó su corto flequillo. Se le rizaba en las puntas, casi era un hábito regresarlo a su lugar.

— ¿Esto es por esa ley?-. Pareció dudar antes de proseguir. — ¿O porque me he colado en su santuario y bueno…?

— ¿Haberte enterado de la comunidad mágica mundial, haberte expuesto una y otra vez a incontables peligros y criaturas mágicas, violando así el Estatuto Internacional del Secreto Mágico?

Olle asintió sintiéndose culpable a medias. —Y por poner en juego tú trabajo Charlie. Aunque, montar en el Gales Verde fue sencillamente lo más asombroso que he hecho en la vida, aunque eso no ayuda en tu causa. —. Dijo sonriendo al recordar el pánico que le había abordado entonces. Y lo increíble que se había sentido al ser salvada por él. Se le estaba haciendo costumbre.

— Superar tu vértigo servirá de algo.

Ella lo miró perpleja.

— Empujarme de un risco al grito de ¡Sálvese quien pueda! No me parece muy terapéutico Charlie Weasley.

— ¡No fui yo quien te empujo!

Olle tuvo que concederle eso. El mero hecho de que Valkian fuese la única persona cerca de ella, al momento de la caída no había tenido nada que ver.

— Pero sí quien me rescató —. Acto seguido estaba clavando sus ojos en la interesantísima tierra en el suelo.

Charlie quiso reírse nuevamente. Quiso reír como lo había estado haciendo las últimas cuarenta y ocho horas, como un tonto adolescente despreocupado. Y el sentimiento de vacío lo embargo una vez más.

— ¿Sabes? Me gustaría decir "Hey, siempre podremos escribir" pero honestamente, me inquieta un poco el correo mágico. Aunque el teléfono es una gran invención, ya he experimentado de primera mano lo que la magia provoca en los objetos muggles. —. Recordando a Razvan, aullar un grito estrepitoso al mismo tiempo que saltaba alejándose de su microscopio. Aún tenía un ojo irritado por el accidente.

— Y claro que no está permitido siquiera ser amigos por correspondencia. —. Sentenció. Fue su turno de hundirse en silencio.

El murmullo de las conversaciones provenientes de la gran cabaña en que se instalaba el comedor, apenas llegaba hasta donde estaban. En una noche normal, él mismo encontraría su voz participando de la animada charla.

— El Cairo siempre es un lugar interesante para trabajar. —. Comentó Charlie, estirando las piernas mientras se disponía a ponerse de pie.

— ¿Lo dices por experiencia?

Él no respondió. Y ella no tuvo problemas en imaginar a Charlie domando esfinges y catalogando momias. Todo en él, daba la sensación de ser un explorador del mundo.

— Cuida donde pisas cuando estés en Egipto. —. Aconsejó.

Quiso reír, tanto como quiso colgarse de él y darle sus riñones. Si tan solo eso no la hiciese sentir como una colegiala caprichosa, si tan solo él compartiera el sentimiento, si tan solo no fuese prohibido y no le sumara todo ese atractivo al asunto. Ya resultaba muy difícil de por si.

Su mente trabajaba en encontrar una respuesta irónica, graciosa o lo que fuese que pudiera arrancarle otra sonrisa. Y entonces, Valkian apareció con el traslador.

Charlie se colocó frente a ella. Mientras cuchicheaban entre ellos, la dura mirada del hombre no se apartó de ella.

— He dicho que lo haré, sí es que mi palabra vale algo para ti.

Solo entonces, Valkian retiró la mirada para dirigirla hacia Charlie.

Una vez más estaba obligándose a no repartir su cena por los alrededores. No es como que le molestaría depositarla sobre Valkian. Habían aparecido en el claro a un par de metros de su campamento. Podía escuchar la voz de Stoica interpretando alguna balada rumana que no entendía.

Quizás se les ha ido un poco de las manos.

Sintió una mano posarse sobre su hombro. Se giró para encararlo y se encontró envuelta en un cálido abrazo, con mechones pelirrojos cubriéndole el rostro y haciendo cosquillas en el cuello.


Cuida donde pisas cuando estés en Egipto.

VI


— ¿Hablas en serio? Vaya, pero sí acabas de llegar y ya te estas yendo. ¡En hora buena! ¿Aló? —. La voz de Archie se entrecortaba una y otra vez. —Escucha linda, la señal es una porquería, felicidades por llegar a buenos términos en El Cairo, siento haberte hecho perder el tiempo en Transilvania. Seguro has quedado calada hasta los huesos—. Su voz volvía a irse. —Ah. Maldita sea ¿A qué viene tanta interferencia? Eh. ¡Te veré en el museo!

Para cuando la voz de Archie Miller se desvaneció, las aeromozas solicitaban apagar los celulares. Olle extrañamente, no recordaba haberse sentido tan cómoda volando antes. Y pronto se encomendó a los brazos de Morfeo.

Para cuando llegó a su piso debía pasar de media noche. Estaba muerta de cansancio y dejó sus maletas hechas un lío junto a la puerta. No es que reunirse con Archie no le hubiese hecho feliz. Desde que su padre había muerto, él había interpretado un rol de figura paterna para ella. Y Olle no pretendía quejarse, pero, demonios alguien pudo haberle informado que se celebraba una gala de beneficencia en el museo esa noche. Y ella había aparecido con el cabello sin lavar quién sabría hace cuánto. Ocultó su cabello bajo el Fedora que Mark había resuelto obsequiarle, el viejo abrigo de su padre y los vaqueros más sueltos que tenía.

Después de ser interrogada brevemente, por el fiasco en Rumanía, sus compañeros habían saltado con montones de preguntas sobre el tratado con Egipto y la envidia latente de todo lo que había podido observar y aprender. Rápidamente se había visto envuelta en preguntas del tipo:

¿Qué fue lo más sorprendente de Egipto?

Las personas, sin duda.

¿Cómo te las arreglaste para convencerlos?

Fue como por arte de magia.

Uno de los internos más jóvenes, se acercó a ella, temblando de emoción a preguntarle si tenía alguna recomendación sobre el país, ya que acababa de ganar una beca para continuar su licenciatura. El muchacho no cabía en sí de felicidad.

Cuida donde pisas cuando estés en Egipto. — Le había contestado sonriendo para sí misma dejándolo muy confundido.


Charlie resulta ser, mi Weasley favorito. Y al no tener demasiada información al respecto de él, me permitó entonces este fic.

Olle es claramente, un personaje OC y me hace gracia, imaginar el pensamiento de una paleontóloga, enfrentado al de un domador de dragones.

Qué lo hayan encontrado entretenido.

Saludos, y suerte en el reto a todos los participantes. ~