[...]
El sentimiento se le escapa de las manos en el leve movimiento que realiza al despedirse de Hinata. Pasa inadvertido para el resto del mundo, pero ahí, justo en ese instante, sus dedos se sienten repletos de emociones. Y él quisiera poder plasmarlas en las manos ajenas, dejarlas grabadas en la piel.
Es usual la sensación, algo que ocurre todos los días sin razón aparente, más que el indudable hecho de que sucede porque es Hinata quien está ahí y no otra persona. Si fuera alguien más, él realmente duda de que funcionaría de la misma manera.
Sucede así porque es Hinata. No sabe bien desde cuándo, pero él, de alguna forma, solo se siente así. Como si fuera a perderle de vista si no lo mira todo el tiempo, como si sus colocaciones no pudieran ser alcanzadas por nadie más si no está allí.
Es metafórico, por supuesto. No es que él vaya a decirle a Hinata como se siente, al menos, no por ahora. No mientras esté en juego su confianza. Pero es la mejor manera de expresarlo, de ponerle un orden aparentemente adecuado a las palabras que brotan en cada palpitar de su corazón cuando ve a Hinata.
Es lo que pasa, cada tarde al despedirse cuando terminan las prácticas. Extiende su mano en señal de despedida, con los dedos y el corazón pesados, y sus manos se deslizan como serpientes reptando, tratando de alcanzar la pequeña espalda que se aleja. Se detiene porque sabe que no es conveniente, porque sabe que no es bueno con las palabras y, si lo fuera, tendría que mentirle, inventar alguna excusa ingeniosa de porqué sus manos se aferran a sus hombros si solo se despiden por ese día.
No podría decirle que no es capaz de verlo marcharse porque el peso de sus emociones se multiplica cuando la idea perversa y consistente de que algún día lo perderá se le clava en los párpados. La imagen difusa de un Hinata más fuerte, más capaz, más increíble y menos dependiente de él, menos necesitado de sus colocaciones, de su compañía, de lo que fuera que tienen y no tienen a la vez.
Sus manos se caen, no resistiendo la carga que implican sus sentimientos confusos, se quedan colgando como un péndulo. La sombra de sus brazos se une a la oscuridad de la noche que se avecina, y piensa, por un instante, que quizás es mejor rendirse. O contenerse. Tal vez, no está seguro de qué, pero algo, algo que le ayude a no perder a Hinata y a no quererlo de ninguna otra forma que lo vuelva ambicioso.
Si puede tenerlo como compañero, como una opción sólida y segura cada vez que hace una colocación, eso le basta. Así debería ser, al menos.
Cuando se despide el día siguiente, Hinata estira sus dedos, los enrosca con los suyos y los sostiene solo así. En ese momento. Sin decir nada.
La imagen de Hinata alejándose, curiosamente, se vuelve más nítida. Aun así, la pesadez se esfuma como las burbujas que haces en verano. Tan fácil.
Hinata se despide también al otro día, con las manos juntas, unidas como si pertenecieran allí. Y la fuerza de sus saques es mayor cada vez, y sus colocaciones más precisas, y sus despedidas son más ligeras. La certeza crece en su pecho, Hinata está allí. Y, si se aleja, volverá. Se encontrarán siempre, sin razones o con ellas, por amor o por destino, porque así debe ser o porque no debe serlo. Aun si es enfrentados, o si están juntos una vez más. Incluso fuera de la cancha, como amigos, como lo que sea que sean y a la vez no.
