La primera vez que Asagiri Gen le ofreció a Kohaku enseñarle a hacer vudú para atraer a Ishigami Senkuu, ella se negó rotundamente.
-No me interesa hacer algo como eso, y no me interesa Senkuu de esa manera. -la cazadora había espetado de manera severa, mirando con algo de furia y también vergüenza al mentalista.
Después de todo, la había visto con las manos en la masa: mirando con desconsuelo a Senkuu mientras trabajaba día y noche en ese cohete que se lo llevaría de allí, quizás durante todo el tiempo en que ella estuviera viva.
Kohaku llegaba hasta a llorar de la frustración cuando pensaba al respecto.
Pero no, no le gustaba el científico de esa forma. También creía que era cruel intentar amarrarlo a alguien que realmente no quería.
Senkuu debía ser libre de hacer lo que quisiera. En eso era lo que creía Kohaku.
Sin embargo, la resolución de la joven guerrera se comenzó a quebrar en la medida que pasaba el tiempo y el arriesgado viaje a la luna se acercaba. La idea de que no vería más al jefe de la aldea se había comenzado a tornar insoportable para ella.
Sobre todo cuando lo notaba mirándola de manera discreta cuando su concentración parecía perderse. Kohaku tenía la idea de que Senkuu quería decirle algo constantemente, pero tan pronto como ella cruzaba miradas con él, lo descartaba súbitamente.
El científico se veía tan ocupado que el simple hecho de pensar en interrumpir su trabajo hablando sobre cómo no quería que se fuera, nunca, hacía a Kohaku sentirse profundamente culpable.
Senkuu no era una persona a la que podría amar, y aún menos amarrar a ella como si fuese un objeto.
Kohaku lo miró por el rabillo del ojo mientras todos se relajaban bebiendo un poco de sake un viernes por la noche, pensando en que debería anular todo lo que estaba sintiendo, cuando Gen volvió a preguntar.
-Ya te dije que no, Gen.
-Pero piénsalo al menos, Kohaku-chan. Una vez tengas el muñeco, podrás hacer lo que quieras después. Incluso dejar de manipularlo si te arrepientes.
-¿Por qué te interesa tanto, mentalista? -la rubia casi gruñó, tomando un largo sorbo de su bebida.
-Tan solo míralo. -Asagiri Gen señaló con sus ojos al científico, a unos metros sobre ellos, sentado entre Chrome y Xeno. -No puede quitarte los ojos de encima.
Kohaku intentó mirarlo discretamente para corroborar que sí, efectivamente, Ishigami Senkuu la estaba mirando.
-¿Y eso qué tiene que ver…?
-Oh, no puedes ser tan densa como él. -el mentalista negó con la cabeza, mostrándose cansado. -Esa es la cara de un chico que se siente conflictuado, y mi opinión es que le gustas y no está preparado para alejarse de ti.
Kohaku tragó saliva, y sintió cómo todo su rostro entraba en calor.
-¿Y si no es…?
-Si no es, al menos intentaste hacer que se acercarse a ti, si eso es lo que quieres.
La cazadora observó sus propios pies, algo desconcertada con lo que estaba por hacer.
-Está bien. Lo haré. -refunfuñó Kohaku, y miró con furia a Gen cuando este sonrió tan amplio, como si hubiese cumplido un macabro objetivo.
-Muy bien. El muñeco te saldría 30 dragos. -el mentalista le mostró el pequeño objeto: un muñeco de trapos con cabellos verdes, vestido con un traje similar al de Senkuu en miniatura, y relleno con quién sabía qué.
Ja. Claro que tenía que haber una ganancia para él.
De mala gana, Kohaku buscó entre el espacio entre sus pechos el dinero que le habían pagado por hacer unos trabajos de fuerza extra, ante la mirada algo descarada de Asagiri Gen.
-¿Qué me ves?
-Ah, nada, nada. -el rostro del mentalista se tornó colorado. -Senkuu-kun no sabe la suerte que tiene. -Asagiri le entregó el muñeco mientras ella le pasó los 30 dragos, y guardó su compra donde mismo guardaba los billetes.
-¿Feliz?
-Sí. Ahora solo debes conseguir un cabello de tu objetivo, pegarlo al muñeco, y este se convertirá en él.
-¿Cómo así?
-Por ejemplo, si tiras de su brazo, Senkuu sentirá un tirón también. Si tiras de sus cabellos, lo mismo. Si le quitas la…
-Suficiente. -Kohaku calló al mentalista, sintiendo su rostro arder.
¿Qué acababa de hacer?
A Kohaku no le fue difícil encontrar un cabello de Senkuu sobre su escritorio. Es más, pudo ver varios repartidos por todas partes: quizás estaba tan estresado que había comenzado a tironeárselo o simplemente se le caía.
Daba igual ahora; la guerrera solamente pudo agradecer no haber tenido que acercarse a él para quitárselo, o sabría que sospecharía inmediatamente.
La misma noche en que recogió el cabello, lo amarró alrededor de su pequeña réplica del científico y lo miró dubitativamente.
¿Realmente iba a creer que algo como esto funcionaría? Kohaku inspeccionó al muñeco: primero, lo apretó ligeramente, luego lo acercó a su nariz para olerlo, y por último le dio una pequeña mordida en un brazo, solo porque sí.
¿Qué sucedía si realmente Senkuu sentía eso? Se preguntó la rubia, riéndose más de sí misma que de la situación. Probablemente el científico se reiría de ella en su cara por creer en algo así.
Kohaku apretó inconscientemente el muñeco entre sus pechos, jugueteando con los cabellos de hilo desinteresadamente y tironeando de sus ropas con aburrimiento antes de detenerse abruptamente al darse cuenta de lo que estaba haciendo.
-Bah, cómo puedo creer en estas cosas. Él va a creer que estoy loca. -se repitió en voz alta, y alzó el muñeco hasta que estuvo frente a su cara.
Era una chuchería bastante tierna. Hasta tenía unos ojos rojos y las líneas de su despetrificación. Kohaku las trazó con sus dedos antes de llevar el muñeco a sus labios, rozándolos contra el pequeño cuello, y luego metió sus dedos bajo la ropa, inspeccionando si se trataba del mismo material de los brazos.
-Mmm. Eres una cosa bastante interesante. -la guerrera habló, metiendo su dedo hasta que llegó a una pequeña protuberancia, y lo soltó inmediatamente.
¿Qué mier…? Kohaku se tapó los ojos con ambas manos, con el rostro ardiendo.
Realmente tenía que dejar de jugar con eso.
Senkuu se encontraba conversando sobre las fallas de su último cohete cuando sintió un extraño apretón en su cintura, que lo hizo callarse súbitamente.
-¿Senkuu? ¿Todo bien? -Xeno le preguntó, mirándolo con curiosidad mientras palpaba su mentón.
-S-sí… como te decía... -el científico continuó, extrañado.
Luego, sintió una bocanada de aire empujarlo hacia adelante, haciéndolo chocar con su escritorio. Nuevamente, se vio interrumpido.
-¿Quieres descansar? Es tarde, de todos modos. -el rubio ladeó la cabeza, mirándolo como si le hubiesen crecido dos cabezas.
-No… lo siento, no sé qué fue… ¡Ah! -Senkuu gritó cuando sintió un punzante dolor en su brazo.
-Está bien. Iré a mi choza. Que descanses. -Xeno se despidió agitando su mano y desapareció por la puerta de entrada, cerrándola tras él.
-¿Qué mier…?
Se calló, nuevamente, cuando sintió un intoxicante aroma invadirlo, como si estuviese frente a su nariz. Se sentía ahogado por el olor, y la confusión le impedía concentrarse en dónde había sentido antes ese aroma.
O de quién era.
Estuvo más tiempo que los episodios anteriores viviendo esas extrañas sensaciones, a la vez que sentía que algo tiraba de sus cabellos y su ropa ligeramente, lo que le dio algo más de tiempo para pensar en qué mierda le estaba pasando, hasta que su cabeza reconoció ese olor que lo estaba volviendo loco.
Así olía Kohaku. Lo había sentido la vez que lo abrazó en la Isla del Tesoro, en su cabello.
Justo cuando la imagen de la leona vino a su mente, sintió un extraño tacto invisible en su rostro que luego bajó a sus labios, provocando que Senkuu los abriera parcialmente, aún rodeado por el intoxicante aroma que le impedía pensar en otra cosa que no fuese Kohaku.
Rápidamente, el tacto que sentía bajó por su pecho y abdomen hasta detenerse en su entrepierna, provocando que el científico tragara saliva, consternado. Pero tan pronto como llegó hasta allí, este se esfumó, así como el embriagador aroma de la cazadora.
En ese momento, el miembro del peliverde estaba lo suficientemente duro como para permitirse pensar en qué mierda acababa de pasar, exigiéndole recordar a Kohaku en su rústica ropa interior, con sus pezones trasluciéndose por la tela mojada luego de recoger piedra magnética del río.
Mierda. Finalmente había llegado a este nivel.
Estaba levemente consciente de que algo había cambiado en él en un punto de su vida: antes, mirar a la leona no le causaba lo mismo que ahora. Antes, no se veía tan fácilmente distraído por ella.
Quizás la idea de que no volvería a verla lo tenía así, pero eso era lo mismo para muchos de sus otros amigos. Quizás había bajado sus barreras lo suficiente como para dejarse conquistar por Kohaku.
Y si pensaba que eso podía ser un flechazo fortuito y completamente superable en el peor de los casos, ahora Senkuu se había dado cuenta de que el insistente pensamiento de ella semidesnuda, besándolo y tocándolo, no era algo que podría desvanecerse fácilmente en el tiempo.
Senkuu caminó rápidamente a su habitación en la parte trasera del laboratorio y se sentó en su cama, intentando en vano no pensar al respecto, porque fallaba cada vez que se negaba a hacerlo.
Y cuando ya aceptó que sería imposible calmarse con sus propios pensamientos, el científico se palpó por encima de la ropa antes de liberar su miembro constreñido por la tela y rodearlo con su mano derecha, moviendo su mano hacia arriba y abajo experimentalmente.
Mierda. Hacía mucho tiempo no hacía nada como esto. Sus manos se sentían ásperas y probablemente no se compararían ni con las manos, ni con la boca, ni con el interior de Kohaku, pero algo era algo.
Parte de él le decía que era absolutamente normal masturbarse, y parte de él se sentía culpable por pensar en su mejor amiga cuando lo hacía. Senkuu reforzó el agarre de su miembro y comenzó su mano a un ritmo constante, imaginando la obscena imagen de su verga entrando en ella, estrechándola hasta hacerla gritar.
¿Cómo no se había dado cuenta de lo mal que lo ponía Kohaku? Debió pensarlo durante ese memorable abrazo que revolucionó todos sus sentidos, o cuando colocaba su mano en ella por alguna razón y mandaba pequeños choques eléctricos por su espina dorsal. Sobre todo, cuando sentía la necesidad de verla a cada segundo y de saber que estaba por ahí para sentirse seguro y acompañado.
Oh, cuánto le gustaría que gimiera su nombre. Su miembro palpitaba de solo pensarlo, y lo acercaba más al orgasmo.
Cuánto le gustaría probar todo su cuerpo, dibujarlo con sus dedos y detallarlo con su lengua.
¿Cómo se vería el rostro de la leona cuando lo hiciera?
Senkuu llegó al clímax cuando sus pensamientos se hicieron lo suficientemente explícitos y comenzó a imaginar a Kohaku saltando sobre él, y se corrió en su mano.
Un profundo sentimiento de culpa invadió al científico cuando bajó de su éxtasis, y se limpió inmediatamente antes de acostarse a dormir sobre las cubiertas de la cama.
Senkuu no pudo mirar a Kohaku a la cara al día siguiente, y ella se había mantenido en silencio durante toda la jornada, solamente hablando lo justo y necesario en los momentos en que trabajaban juntos.
El recuerdo de lo que había hecho la noche anterior estaba fresco en su memoria, tanto que llegó a olvidar lo que le había sucedido antes, y que lo llevó a tal punto de desesperación por ella. Solo lo recordó cuando, en un momento en que quedaron solos en el laboratorio, a eso de las nueve de la noche, una brisa de aire entró por la puerta y llevó el olor de la leona a la nariz del científico.
Si no fuese un hombre de ciencia, Senkuu habría pensado que alguien lo estaba manipulando a la distancia.
-¿Estás bien, Senkuu? -Kohaku interrumpió sus pensamientos, ladeando la cabeza cuando sus miradas se encontraron. -Has estado extraño todo el día.
-No es nada. -el científico descartó. -Tú también has estado extraña, leona. -agregó.
-¡No soy una leona! -exclamó ella, dando un paso adelante. -Pero no es nada, solo dormí mal.
Senkuu asintió pensativamente antes de volver su vista al mesón, donde se encontraba la canasta con pequeñas piedras de selenio. Jamás se había sentido tan confundido ni nublado por la presencia de alguien. Sentía el calor de Kohaku emanar a su lado, mientras su brazo rozaba ligeramente con el de él para tomar una de las piedras y observarla de cerca.
-¿Senkuu? ¿Me escuchaste? -la rubia le llamó la atención, volviendo a mirarlo con curiosidad.
El científico simplemente negó con la cabeza.
-Te preguntaba si debería ir a buscar más de estas piedras, ya que dijiste ayer que podían no ser suficientes.
-Sí. Está bien.
Pero Kohaku no pareció convencida con su respuesta.
-¿Seguro que te encuentras bien? -la leona soltó la piedra y alzó su mano para colocársela sobre la frente.
Senkuu sintió una profunda ansiedad cuando sintió un reconocible tirón en su entrepierna, al momento en que observó los labios semiabiertos de Kohaku y sus generosos pechos. Sobre todo porque no podía distraer a sus ojos con otra cosa.
Incluso cuando la rubia le quitó la mano de la frente, él se mantuvo así, sin darse cuenta en qué momento empezó a invadir el espacio personal de su amiga.
Sin ninguna advertencia, Senkuu guio su nariz cerca el cuello de Kohaku, inhalando su aroma descaradamente.
-¿S-Senkuu…? -la temerosa voz de la leona lo hizo alejarse súbitamente de ella.
Ambos se miraron con evidente sorpresa antes de que Kohaku dijera que debía irse, y desapareció corriendo sin decir adiós.
Kohaku se recostó en su cama, respirando agitadamente mientras repasaba en su mente la reciente escena.
La actitud de Senkuu había sido demasiado fuera de lo común, y temía que se debiera al muñeco vudú. Parecía perdido en su propio mundo, y Kohaku pensó por un momento que se encontraba enfermo hasta que lo escuchó aspirar cerca de su cuello.
Por cómo la miró después de eso, ni siquiera él se convencía de lo que acababa de hacer. Sus ojos tenían un brillo que jamás había visto antes, y Kohaku sintió tanta culpa como terror.
¿Qué le había hecho a Senkuu?
La joven guerrera sacó el muñeco guardado en su velador y lo miró fijamente por unos segundos.
Estaba decidida a quitarle el cabello que lo rodeaba cuando sintió una inexplicable angustia, anudándose en su garganta.
¿Y si era esa la única forma en que podría llamar la atención de él?
Kohaku llevó el muñeco a su pecho, respirando profundamente, imaginando al científico repartiendo cálidos y mojados besos por su cuello, tomándola de la cintura y sentándola encima de su escritorio.
-Senkuu. -Kohaku suspiró. Decir su nombre así, de alguna manera, lo hacía mucho más real.
Sintió una molestia entre sus piernas. En la aldea no hablaban mucho al respecto, y era más bien algo tabú, pero Kohaku se había visto determinadas veces rozando sus piernas una contra la otra para calmarla, y el único punto en común era Senkuu.
Sin pensarlo mucho, Kohaku comenzó a bajar lentamente el muñeco por su cuerpo, hasta atraparlo entre sus muslos. De esa manera, la fricción se sentía mucho mejor.
Volvió a pronunciar el nombre del científico, como un predicamento, y segundos después sintió un fuerte golpeteo en su puerta, que la hizo saltar abruptamente y esconder el muñeco en su mesa de noche.
Kohaku arregló su vestido y se encaminó a la puerta, sorprendiéndose cuando al abrirla se encontró cara a cara con Ishigami Senkuu.
Tenía la misma mirada en sus ojos que la había llevado a lo que estaba en esos momentos.
-¿Qué me has hecho…? -gruñó el científico, dando un paso adelante hasta quedar en el umbral de la puerta de entrada de la habitación de la chica.
-¿Qué…? ¿A qué te refieres? -Kohaku replicó, aterrada.
Pero Senkuu no le respondió. En lugar de eso, se hizo camino dentro de su habitación y cerró la puerta tras él, mientras la rubia caminaba en reversa.
Mierda. Estaba en problemas. Aunque ella lo superase en fuerza, Senkuu sería capaz de destruirla solo con sus palabras.
Sin embargo, el científico no parecía querer hablar. En lugar de eso, solamente la siguió hasta que la espalda de Kohaku tocó la pared y nuevamente se acercó a su cuello para inhalar de este.
-No es propio de mí. -Senkuu casi gruñó. -Pero necesito… Necesito esto…
A sus palabras le siguieron una lenta pasada de su lengua por el cuello de la aldeana, que la hizo ahogar un gemido.
-Lo siento. No sé lo que me pasa. -el peliverde murmuró sobre su cuello, antes de clavarle sutilmente los dientes. -¿Está bien? ¿No estoy forzándote a nada?
-Está bien, Senkuu… -Kohaku dio un profundo respiro, colgándose de sus hombros, y Senkuu lo tomó como permiso para juntar sus labios con los de ella, mientras con sus manos la rodeaba por la cintura y la atraía a su cuerpo.
El beso fue intenso: el científico prontamente interpuso su lengua entre ambos para profundizarlo, buscando la suya con movimientos torpes que, con el paso del tiempo, se convirtieron en algo sorprendentemente excitante.
-Debo decirte algo… -Kohaku murmuró sobre la boca de Senkuu, una vez que él se separó de ella para mirarla de esa manera que la traía loca.
-Yo también. -el hombre la miró fijamente. -Me gustas, Kohaku.
La rubia lo miró, sonrojada y sorprendida, antes de lanzarse nuevamente a sus labios, haciéndolo tambalearse antes de recobrar su postura y volver a apoyarla contra la pared.
¿Por qué tenía que hacérselo tan difícil? Senkuu no la dejaba ni siquiera pensar con la manera en que la estaba besando y sosteniéndola como si quisiera poseerla.
No. Tenía que hacerlo. Kohaku tenía que decirle la verdad.
Por eso mismo se separó abruptamente de él, e intentó recobrar su respiración mientras él la miraba algo molesto, pero también divertido.
-Le compré a Gen un muñeco vudú y le coloqué un cabello tuyo. Lo usé anoche y ahora.
Senkuu la observó, medio burlándose, medio sorprendido.
-Ese mentalista… ¿en serio crees en algo así?
-¿No sentiste nada anoche?
Senkuu pareció meditarlo por un corto período de tiempo antes de que sus ojos se abrieran con realización.
-¿Qué hiciste con el muñeco anoche?
-Umm… solo lo apreté y lo toqué un poco. No pensaba que podría funcionar. -Kohaku miró a sus propios pies en ese momento, avergonzada. -¿Qué sentiste anoche?
-Pues… -Senkuu llevó una mano a su nuca para rascarla. Cuando Kohaku volvió a mirarlo sus ojos estaban fijos en la pared. -Tu olor, y tu tacto.
-¿Cómo sabías que era mi…? -la rubia se detuvo a sí misma cuando vio la incomodidad de Senkuu. -Bueno. Solo quería decirte eso.
-¿Por qué… lo hiciste? -preguntó ahora el científico, cambiando el tema de interés que sonaba completamente ilógico.
-Quería… que pensaras en mí.
Senkuu sonrió con su clásico gesto, finalmente mirándola a los ojos.
-¿En serio crees que necesitabas hacer eso para gustarme?
-¡Oye! No te rías de mí -Kohaku replicó, indignada. -Pronto te vas a ir y yo…
Senkuu la interrumpió juntando nuevamente sus labios con los de ella, esta vez con más delicadeza.
Lo sabía bien. Kohaku sabía que lo más probable era que no podría volver a verlo. Por eso mismo había hecho todo esto, aunque después pudiese resultar peor.
Senkuu llevó una mano al mentón de ella para sostenerla mientras interponía su lengua en el beso, gruñendo apreciativamente cuando Kohaku tomó una posición activa en este, llevando ambas manos hacia la nuca del científico para tirar ligeramente de su cabello.
El beso se tornó desesperado pronto. Kohaku no sabía qué había pasado la noche anterior cuando jugó con el muñeco vudú de Senkuu, pero al parecer había dado fructíferos resultados, que aunque él descartase, eran probablemente causa de la ferviente manera en que el científico la devoraba.
La chica emitió un ahogado gemido contra la boca del peliverde cuando este movió sus manos desde su mentón a sus caderas e interpuso su pierna en medio de ella, rozando su intimidad.
Senkuu se separó de Kohaku para mirarla fijamente con una sonrisa, que contrastaba con la intensidad de su mirada, posándose indiscretamente en el escote del vestido de la aldeana.
-No me rio de ti, leona. -el científico se inclinó hacia su oído, y mordió el lóbulo de la rubia sin previo aviso. -Solo me llama la atención que, para lo perceptiva que eres, no te hayas dado cuenta de que me gustas hace bastante tiempo.
-Yo… yo siempre he… ¡ghhha! -Kohaku gimió cuando el bastardo de Senkuu mordió su cuello, de manera que sabía que dejaría marcas.
Pero aunque su cabeza le dijera que debía sentirse furiosa y decirle que no él no habría hecho ni dicho nada si ella no usaba el muñeco, su entrepierna le pedía fricción, y la hizo mover sus caderas lentamente para aliviar esa desesperación con la pierna del científico.
La misma desesperación la hizo tirar de las ropas de Senkuu hasta rasgarlas, para atraer su boca hacia la de ella y besarlo sedientamente.
Kohaku sintió una extraña satisfacción al escucharlo gruñir sobre su boca cuando ella delineó con su dedo el bulto que se formaba en su entrepierna, sin entender del todo cómo funcionaba pero imaginando que, así como a ella le ardía en deseo, a él debía estar ocurriéndole algo similar.
-¿Puedo…? -la rubia escuchó a Senkuu murmurar contra su boca antes de sentir sus ásperos dedos a la altura de sus caderas, rozando el final de su vestido.
Kohaku asintió enérgicamente, y soltó un poco al peliverde para que este deshiciera la cuerda amarrada a su cintura antes de comenzar a subirle el vestido, exponiendo lentamente su piel a la luz artificial de la habitación. Una vez a la altura de sus pechos, la rubia levantó sus brazos para que Senkuu terminara de quitárselo.
La aldeana jamás pensó que sentiría un escalofrío cuando Senkuu la miró detenidamente de pies a cabeza, aún con su pierna entre las de ella, pero ahí estaba: incapaz de hacer nada más que temblar ante el escrutinio del científico.
Senkuu volvió a besar los labios de Kohaku, ahora con más lentitud, mientras la rubia sentía las manos ajenas explorar su abdomen delicadamente. Pronto, cuando el beso se volvió más intenso, con dientes de por medio, sus manos viajaron hacia sus pechos, palpándolos suavemente antes de desamarrar su sostén y dejar que cayera al piso junto con su vestido.
La guerrera mordió los labios del científico cuando sintió sus pulgares sobre sus irritados pezones. El contraste de la piel áspera de las manos de Senkuu lograba estimularla más que cuando lo hacía ella con sus propias manos, provocando que Kohaku moviera sus caderas para rozarse contra la pierna del peliverde.
Senkuu se separó de Kohaku para mirarla una vez más antes de hundir el rostro entre sus pechos y comenzar a besarla suavemente, lamiendo cada pedazo de piel en su camino hasta llegar a sus pezones, que succionó con algo más de fuerza, provocándole un gemido.
Fue en ese entonces que Kohaku pudo comenzar a actuar, y movió sus manos hacia las caderas de Senkuu para acercarlo más a ella, pegando su espalda desnuda en la pared antes de alzar una pierna y separarse de la de él, solamente para volver a atraparlo; esta vez rozándose contra el bulto en su entrepierna, y retenerlo con su pierna rodeándole las caderas.
El movimiento de Senkuu pareció casi automático: sus manos viajaron al trasero de la rubia para acercarla más a él y apoyó su mentón en los hombros de Kohaku, respirando agitadamente.
-¿Quieres… ir a la cama? -el científico murmuró sobre su oído.
La rubia jadeó ante la propuesta, avergonzada y sumamente excitada a la vez por la rasposa voz de Senkuu y la manera en que la sostenía, como si no pudiera contener su deseo por ella.
Kohaku solamente asintió enérgicamente antes de moverse y empujar a Senkuu hacia su cama, trepando sobre él para comenzar a quitarle la ropa ante la mirada atónita del científico.
-Senkuu, ¿estás bien? -preguntó la guerrera cuando cruzó miradas con él.
-Estoy perfecto, leona. Solo que mi procesamiento de información está definitivamente más lento. -Senkuu rio.
-No entiendo lo que dices, ¿tiene que ver con tu cerebro? -Kohaku aventuró, repentinamente interesada en el curso de biología que había estado teniendo hacía unos meses.
El científico sonrió ampliamente.
-Aunque me sienta increíblemente atraído a esta conversación, prefiero dejarla para después. -Senkuu guio una mano hacia la cintura de la aldeana para atraerla a él y besarle los labios, distrayéndola de su tarea de quitarle la ropa.
Senkuu parecía realmente obstinado en hacerla someterse a sus besos, que en la medida que obtenía más experiencia, más irresistibles se hacían para Kohaku, que pronto olvidó que estaba por desnudarlo, y simplemente se sentí en el regazo del peliverde, disfrutando lo que tenía para darle.
La rubia respiró hondo cuando sintió los dedos del científico colarse por sus bragas y quedarse ahí, como si estuviese esperando la aprobación de ella. Cuando Kohaku le murmuró que continuara, sintió un leve cosquilleo antes de que Senkuu la tocara directamente donde lo necesitaba, provocando que la guerrera brincara sobre él.
Solamente entonces se percató de lo húmeda que estaba, y de que probablemente ya había manchado la ropa de Senkuu.
-Dime cómo te gusta, Kohaku. -el científico prácticamente gruñó sobre los labios de la guerrera, moviendo sus dedos por la extensión de su sexo.
La rubia le respondió guiando una mano a su entrepierna para tomar la de Senkuu y dejarla de manera que sus dedos tocaran el punto en que sentía el mayor placer.
Sin más indicaciones, el científico comenzó a frotar el punto suavemente, para luego ejercer más presión cuando Kohaku comenzó a mover sus caderas, intercalando entre movimientos circulares y rectos. La aldeana jamás se había tocado de esa forma, por lo que las nuevas sensaciones le parecieron más intensas, y Senkuu, además, parecía estar fijando toda su concentración en hacerla sentir bien.
Algo dentro de Kohaku se liberó tras la repetida estimulación, y sus piernas comenzaron a temblar incontrolablemente a la vez que su interior se contraía alrededor de nada, sintiendo que ahora necesitaba a Senkuu dentro de ella, de la manera que fuera.
Ese pensamiento fue el que la guio, una vez que bajó de su clímax, a quitarle la ropa al científico de un tirón, rasgar sus propias bragas y sentarse directamente sobre él, rozándose piel con piel.
La mirada de Senkuu era depredadora: sus ojos se veían casi negros y la miraba como hipnotizado, alternando entre su rostro, sus pechos, y su sexo desnudo deslizándose sobre el de él.
Kohaku se inclinó hacia él para darle un tierno beso en la mejilla.
-Quiero que estés dentro de mí. -murmuró, sin esperar que su voz sonara tan necesitada.
Senkuu solamente asintió, antes de tomar su para guiarlo dentro de la cavidad de Kohaku, entrando solo su punta en ella, y estrechándola.
-Tómalo con cal… uh. -la voz del científico se apagó cuando la guerrera bajó rápidamente alrededor de él, hasta hundirlo por completo en ella.
Ya entendía por qué Senkuu le estaba advirtiendo que lo tomara con calma. Dolía. Era como si estuviesen partiéndola en dos. El científico la miró con preocupación, llevando una mano a la cabeza de Kohaku para acariciarla.
-Leona… -murmuró él. -Te dije que…
-Lo sé, lo sé. -Kohaku jadeó. -Espérame unos segundos.
La rubia intentó normalizar su respiración, con la mirada fija en los ojos de Senkuu. Luego, comenzó a notar cómo sus pechos reposaban sobre el suyo, y también el extrañamente marcado cuerpo del científico, que no recordaba así. Tenía aún esa mirada profunda con la que había soñado tantas veces, solo que ahora estaba dirigida exclusivamente a ella.
Senkuu era el hombre que amaba. Estaba segura con él. Que le pareciera particularmente atractivo solo añadía a eso.
El dolor comenzó a desvanecerse tras mirarlo por un tiempo, y Kohaku decidió mover sus caderas para acomodarse, tocando un punto en su interior que la hizo suspirar. Entonces se dio por lista, y comenzó a levantar sus caderas ligeramente para volver a bajar, esta vez con más lentitud.
Si el corazón de la rubia ya estaba lo suficientemente acelerado desde que Senkuu apareció en su habitación, el leve gruñido que escapó de su boca la revolucionó aún más, y llevó sus manos, anteriormente sobre el colchón, al pecho del científico, para dejarlas descansar ahí mientras ella volvía a sentarse sobre él.
Kohaku comenzó a moverse a un ritmo constante, intentando acomodarse a la situación y, cuando lo logró, aceleró su paso. Senkuu la miraba como si quisiera devorarla, aunque estuviese limitado por su mano sobre su pecho, que parecía no importarle.
El corazón de él estaba latiendo profusamente y, en el momento que la guerrera se cansó de su constante movimiento, el científico quitó las manos de Kohaku de su pecho para atraerla a él por la cintura, y besar su cuello, marcándola en donde no lo había hecho antes.
Pronto, las manos de Senkuu estuvieron sobre su trasero, y comenzó a moverla circularmente sobre él, estimulando de esta manera el punto que antes la había llevado al éxtasis. De esta manera, construyó su orgasmo nuevamente, diligentemente, y Kohaku volvió a correrse, esta vez alrededor de él.
La guerrera balbuceó el nombre de Senkuu como una plegaria, enterrando sus uñas en los brazos del peliverde cuando sus piernas comenzaron nuevamente a temblar.
Una fuerte contracción del interior de Kohaku provocó que Senkuu se retirara de ella abruptamente, y sintió cómo un líquido caliente empapaba su estómago. La imagen del científico mordiéndose los labios mientras la miraba a ella fue suficiente para hacerla sentir completamente satisfecha.
Sin embargo, ese sentimiento de completitud desapareció prontamente cuando recordó que pronto Senkuu ya no estaría con ella.
Mierda.
Realmente lo extrañaría.
Pero ¿cómo podría detenerlo? Su sueño siempre había sido viajar al espacio, y Kohaku estaría loca si se interponía.
¿Había sido esto una buena idea? La guerrera se sentó sobre su cama, mirando fijamente hacia su velador, donde había guardado el muñeco vudú.
-¿Kohaku?
La chica miró al peliverde, recostado a su lado. Su voz sonaba aún más grave de lo normal, pero su mirada se había suavizado.
-Xeno y yo creemos que eres la más apta para viajar a la luna. Le dije que te preguntaría si estabas interesada en unirte al equipo. -Senkuu soltó, antes de sentarse para quedar a la altura de ella.
Si algo no esperaba Kohaku, era recibir una propuesta como esa. Por eso mismo tardó en asimilar la pregunta y contestarle.
-Claro que sí.
Una amplia sonrisa se formó en el rostro de Senkuu.
-Bueno, tampoco iba a dejar que te alejaras de mí, leona.
