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Yuuji siempre fue un niño con mucha imaginación, eso recordaba Megumi cuando veía hacia la playa en su viaje en tren. Gustaba de pensar que su época en aquella ciudad era agradable y placentera solo por haber pasado la mayor parte de su infancia con aquel amigo, no tenía recuerdos agradables cuando estaba en casa y salir de vez en cuando con su amigo de primaria se le antojaba un consuelo pleno.
Su escuela primaria estaba a solo unas cuantas cuadras de la playa. Recuerda que Yuuji le resultó raro la primera vez que lo conoció porque le preguntó, si el también podía escuchar el ruido que venía de la playa, decía que era como una canción. Megumi no entendió nada de lo que le preguntó, pero no tuvo tiempo de replicar o preguntar de regresó cuando Yuuji ya se había presentado y tomado de la mano en un apretón cordial pero energético. Poco después pensó que podría preguntar a que se refería con esa pregunta tan rara, pero los días avanzaron y no encontraba la oportunidad en su memoria para poder abordar esta inquietud, poco después se unió a ellos Nobara, una chica que acababa de mudarse a la ciudad, era escandalosa, y no tan paciente como Yuuji, pero tambien resultaba amable y sincera. Megumi recordaba que Yuuji se llevaba bien con Nobara y ambos parecían ser buenos amigos, alegres y entusiastas, hasta cierto punto, Megumi llegó a envidiar aquella efusividad, pero jamás lo confesaría.
Con el tiempo también Yuuji manifestó poco a poco su pasatiempo de pasear en la playa luego de clases para ir a casa, decía que el agua se veía muy bonita bajo el sol poniente como el jugo de la sandía y el limón al mismo tiempo. Megumi tuvo que hacer un esfuerzo para imaginarse eso sin incluir la habitual sal del mar. No le agradaba el mar, el sol, y la sal, le picaba los ojos, muy pocas veces disfrutaba ir a la playa con su familia, sobre todo por las olas que lo golpeaban aun estando en la orilla, el mar lo rechazaba y él no iba a luchar por su aceptación de ninguna manera, pero a Yuuji le encantaba, y en ciertas ocasiones lo invitaba a pasear con él, aunque sin mucho éxito.
Yuuji no participaba de ningún club en la escuela, porque decía que quería pasar tiempo en la playa antes de regresar a casa. Vivía con sus padres y su abuelo. Megumi no entendía como Yuuji podía ser familia de un viejo cascarrabias, una vez lo vio ir a buscarlo en la escuela temprano, tenía una expresión algo amarga.
Megumi no se preocupó por preguntarle a Yuuji por que le gustaba tanto la playa, suponía que Yuuji sabía que él no le gustaba en absoluto, pero todo esto cambio cuando un día lo invitó a ir con su familia a pasar un día en ella. Megumi no le gustaba pasar el fin de semana en casa, pero Yuuji se había ofrecido y de alguna forma aquello lo conmovió secreta y desconocidamente. No le gustaba el lugar, pero quizá estando con Yuuji sería diferente.
Sus padres le permitieron ir después de que su madre habló con la madre de Yuuji, le preparó el traje de baño y el protector solar y prometieron traerlo el día siguiente ya que quería tener una noche de películas con Yuuji, fue todo muy rápido y pronto Megumi estaba en el coche junto a Yuuji y su familia.
El llegar a la playa fue como se lo esperaba, arena, calor, y agua salada, la madre de Yuuji le aplicó el bloqueador solar a ambos con mucha delicadeza, la piel de Megumi era muy blanca y suave, como una bolita de arroz, los acompañó a nadar mientras los adultos preparaban su sitio y los refrigerios. Megumi no le gustaba el oleaje del mar, y se quedó en la orilla un poco apartado, aunque el amigo le insistía en entrar con él, allí, admitió que no le gustaba la playa y no sabía por ende nadar, esto no fue impedimento para que Yuuji se ofreciera a ayudarle a aprender, aunque no era tan buen profesor naturalmente.
—¿Quién te enseñó a nadar a ti? –Le preguntó Megumi a su vez que lo veía jugar en el agua como si fuera un pez. Yuuji parecía nunca cansarse derrochando una envidiable energía.
En ese momento el niño se detuvo y tardó en responder.
—Un amigo.
—¿Qué amigo? ¿Es de la escuela?
—No…-Respondió y bajó un poco los ojos como tímido, y era algo raro aquella timidez.
—¿Es alguien de la escuela? –Interrogó Megumi.
—No. Es un amigo de la playa. –Le respondió, y sus movimientos se tornaron lentos y pausados en el agua, Megumi pensó que lo había incomodado.
Sus ojos lo buscaron en silencio, Yuuji no lo miraba, estaba jugando con el agua aún. Pronto se sumergió inesperadamente y Megumi pensó que lo había hecho a propósito, no tuvo mucho tiempo de pensarlo y pronto fueron llamados para merendar, luego de ello Yuuji le invitó a recoger conchas si no tenía ganas de bañarse, su madre les proporcionó unos de sus sombreros de alas anchas para proteger al niño del sol. Megumi le agradaba la mamá de Yuuji, era dulce y cariñosa como él.
Encontraron muchas conchas ese día, tanto que no entraban en sus manos, ahora Megumi las recuerda por que las había colocado cerca de su estante de libros en su apartamento, tenía una de color rosado muy suave, que se degradaba desde el lado más angosto hasta el más ancho. Yuuji se la había regalado por que parecía que la quería, encontró otras más, pero en casa de sus padres algunas se habían perdido o su padre las había desechado, ahora adulto solo contaba con esa única concha de recuerdo. La acarició con suavidad, y de igual modo las memorias vinieron a él como las olas que lamian sus pies.
Poco tiempo después de aquella fecha, Yuuji parecía unirse más a Megumi e internamente al chico le gustaba, Nobara pasaba tiempo con su prima Maki y su hermana Mai, porque eran chicas y entre ellas parecían entenderse, eso dejaba a Yuuji y a Megumi algo solos, aunque estando con Yuuji debía de reconocer, ahora adulto que no estaba tan solo y no se sentía solo. En el último curso Yuuji se unió al club de atletismo. Intentó llevarlo con él, pero sin éxito, en definitiva, no era el ambiente de Megumi, reconoció.
No tenía muchos recuerdos de Yuuji después de la graduación puesto que se había cambiado de colegio en secundaria. El chico parecía contento por ello, aunque debía de caminar un poco más para llegar a su colegio, debía pasar a pie por la playa para llegar a casa. Megumi lo encontró en varias ocasiones en el tren y hablaban como en los viejos tiempos. Solo entonces, con la ausencia de Yuuji, Megumi se dio cuenta que la vida era un poco menos bella, le gustaba su amigo y era alguien importante para él, pero esto era inconfesable, y dentro de las características más destacables de Megumi era un rostro y reacciones impávidas.
Encontrarse con Megumi en el tren le alegraba mucho más de lo que le gustara admitir abiertamente y a Yuuji parecía ser lo mismo, solo que el sí tenía el valor de manifestarlo. Luego se bajaba en su estación y debía de caminar en la acera de la playa hacia su casa.
Todo se trastocó cuando no advirtió a Yuuji en una semana y se preocupó, tanto así que fue a su casa y se enteró que sus padres habían muerto en un accidente de tránsito hace ya dos semanas, Yuuji no se encontraba en su casa, su abuelo lo había atendido y le dijo que se encontraba en la playa. Había pasado mucho tiempo allí últimamente, al parecer era su forma de pasar el luto. Yuuji nunca fue una persona triste, suponía que no quería que nadie viera su abatimiento. Fue a la playa y lo encontró en el muelle, pronto sería la puesta de sol y todos se marcharían, pero Megumi fue con él, y al verlo algo dentro de él se estranguló abruptamente y su corazón pesó dentro de su pecho.
—Lo siento mucho, Yuuji-Le manifestó una vez se sentó a su lado, pensaba en darle un abrazo, la cercanía de un ser apreciado como Yuuji en un estado tan vulnerable le hacía desear consolarlo, pero no tenía el valor para hacerlo, no sabía por qué no podía hacerlo y el no saberlo le generó cierto malestar. Mas sentía que esto iba –de alguna forma que ni el mismo podía comprender- más allá de él.
Intentó hablar, pero Yuuji apenas y respondía demasiado absorto con la mirada hacia el agua como si esperara algo allí. Megumi no sabía lo que pasaba por la mente de su amigo, pero se quedó allí de todos modos como en espera de que su simple compañía fuera apreciada. En algún momento sus hombros se tocaron y Yuuji parecía haber salido de su letargo, miró a Megumi que le devolvía la mirada de forma interrogante y expectante. El otro había captado su presencia, y le regaló una sonrisa triste y modesta.
—Gracias, Megumi. –Escuchó le dijo con una voz suave, pero vio la gratitud en sus ojos y el cariñoso abrazo que le dio, aunque sin entusiasmo y sin fuerza. Megumi reaccionó pocos segundos antes de que Yuuji se separara, dijo que necesitaba estar solo un momento antes de regresar a casa y se alejó del muelle, lo vio caminar por la orilla de la playa, alejándose.
Megumi le dio una mirada panorámica a la playa antes de decidir que el también debía irse, oscurecería muy pronto, antes de que pudiera llegar a casa, y aunque no le temía a la noche, no quería llegar al mismo tiempo que su padre, así que se apresuró a moverse, no sin sentirse preocupado por su amigo. Mañana iría a visitarlo, se determinó, quizá podría hablar con él sobre cualquier cosa.
Por su parte el muchacho caminó por la orilla de la playa hasta muy entrada la noche, su teléfono no sonaría esa vez, su abuelo ya sabía que se encontraba en la playa y además sabía que esta costumbre era muy propia de él, Yuuji era un muchacho fuerte, sabía cómo defenderse, pero, aun así, su abuelo se preocupaba por él, era seguro que tarde o temprano iría a buscarlo. La playa estaba poco habitada en esa hora, algunas personas trotaban y otras deambulaban de aquí allá sin prestar mucha atención a sus semejantes, este era el caso de Yuuji hasta cierto momento que percibió que algo se asomaba en las tranquilas olas oscuras de la playa, trotó entonces hasta el lugar donde lo detectó, se quitó los zapatos con la intención de entrar en el agua, pero este no se lo permitió tan solo dándole una señal y fue cuando se detuvo en seco con el agua salada lamiéndole los pies y arrastrando la arena debajo de estos.
Yuuji dejó sus zapatos en la arena antes de ayudarlo a acercarse un poco lejos del agua, no había mucha luz, pero en la tenuidad de aquel ambiente, Yuuji admiraba el color reluciente de sus extremidades, como el plateado, la cola era larga, con escamas que destellaban ciertos tonos azul y tambien al final de la gran aleta tenía un pequeño toque rojizo, no sabía por qué, pero Satoru tenía algo de rojo en su cola, y tambien algo de azul en las escamas superiores de su cintura. Se recostó en la orilla donde el agua lamía su cola y los pies del muchacho, su cabello y todo su cuerpo estaba empapado y se imaginaba que salado.
—Hola, Yuuji-Le saludó cálidamente y sintió la palma fría acariciarle el rostro. El rostro de Yuuji siempre estaba cálido, incluso cuando lloraba estaba más cálido aún. - ¿Cómo estas hoy? Disculpa por no aparecer en el muelle, estabas acompañado esta vez.
—Es un amigo. ¿Megumi, recuerdas? –Le indicó Yuuji, mirándolo, no había mucha luz, pero podía ver la forma de su rostro hermoso, la escasa luz contorneaba su cabello y algunas gotas de agua salada que se paseaban por sus mejillas. El cabello estaba húmedo y pegado a su rostro y brotaban hilos de agua infinita.
La criatura asintió con la cabeza, y con movimiento suave atrajo a Yuuji hacia su pecho frio, pero para sí resultó cálido y cómodo estar cerca del chico.
—Todo va a estar bien, Yuuji, mi preciado Yuuji-Le cantó con una voz aterciopelada y el aludido deseó dormir en sus brazos. Estaba muy triste y desolado, pero en el encontraba consuelo, se sentía seguro, Satoru era como la espuma del mar, sus manos lo acariciaban como si fuera el agua salada sobre sus pies.
También podía ser como olas alborotadas, pero la criatura sabía cuando calmar el mar de su interior, incluso desde muy joven parecía adaptarse a la energía de Yuuji muy fácilmente, sabía como alegrarlo y calmarlo, también sabía cuándo debía de hacerlo reír y cuando solo dejar ir sus emociones como ahora que solo lo escuchaba llorar, incluso llorando Satoru encontraba belleza en él.
Satoru le cantó hasta que Yuuji dejó de estremecerse en su pecho y parecía haberse serenado. Con cierta pereza movió la larga cola debajo de la capa de agua salpicando inocentemente. el muchacho estaba inmóvil recostado sobre su pecho y desde allí la figura de Yuuji era pequeña y adorable, Satoru era una criatura larga y grande, podía darle la vuelta entera a Yuuji y quedaría espacio para una media vuelta más.
Le acarició el cabello rosado y suave con sus manos húmedas y el chico temió que se quedarse dormido allí, definitivamente no era saludable dormirse en la orilla del mar. Aunque ya sabía desde joven que Yuuji era un niño resistente no podía arriesgarse ni limitarse solo a la enfermedad.
—¿Te sientes mejor? –Le preguntó la criatura viendo que se apartaba un poco de su cercanía y se incorporaba en su lugar. Yuuji asintió y se limpió los ojos, pero sus manos tenían sal de mar y esto solo hizo que picara aún más, limpiándose con más ahínco.
Satoru sonrió al verlo, sus ojos captaban todos sus movimientos, hasta la forma en que el humano respiraba. Como al parecer las manos no eran suficiente para aliviar la comezón de sus ojos, Yuuji se limpió con el suéter seco. Luego asintió cuando estuvo mejor. Miró a la criatura con gratitud y esta le sonrió con sus dientes afilados.
—¿No te gustaría nadar un rato conmigo? –Le preguntó mientras se acercaba un poco a Yuuji. Tomó una de sus manos y lo miró tan encantadoramente que por un momento Yuuji le fue imposible resistirse a su frio tacto.
—Pero es de noche, no podría ver nada…
—Puedo ser la luz para ti. No te preocupes por nimiedades. –Le repuso el alegremente de que este fuera el único problema. Yuuji lo pensó, nadar siempre lo había ayudado a relajarse, pero ahora no creía tener fuerza.
—Tal vez mañana. No estoy de ánimos.
Satoru hizo una especie de pucheros, con algo pesado dentro de su corazón, aun, después de todos los años conociendo a Yuuji, no se acostumbraba a sus rechazos. Ambos se quedaron muy quietos, juntos, Satoru pensaba que así lo necesitaba el joven, podrían jugar en otro momento, cuando este recuperara aquel espíritu que aun pensaba estaba allí.
Yuuji era fuerte, sabía que se recuperaría, tenía la esperanza de jugar con el debajo del agua salada una vez esto terminara. Su pequeño tesoro, anhelaba su sonreír sincero y por supuesto su adoración y maravilla hacia él.
Temía que Yuuji se hiciera demasiado mayor y como pasaba con todos los hombres se alejaran del mar y por tanto de él, pero sentía que él sería diferente, quizá esta vez sí funcionaría, solo debía convencerlo con dulces ruegos. Desde que lo ayudó hace algunos años, donde Yuuji era solo un renacuajo adorable, desde que lo socorrió a salir del lado más rocoso de playa por culpa de una marea alta, supo que era el humano más bonito que podía encontrarse, era tan inocente e incauto…no sería nada difícil llevarlo al fondo de su guarida, pero eso no era divertido y sin duda Yuuji lo odiaría y por tanto lo apartaría de su afecto.
Aunque Yuuji era pequeño, con mucho esfuerzo- por que la cola de Satoru siempre había llegado a ser larga y pesada- lo ayudó a rodar hacia el mar, no había podido borrarse la dulce mirada de avellana de la memoria, sí, los primeros encuentros fueron tímidos y bastante breves, pero Yuuji encontraba maravilla en esta criatura y le fue imposible no interesarse en él y Satoru le fue inútil luchar contra la necesidad de afecto, le traía regalos del mar, conchas, algunas piedras lindas, partes de corales y hasta peces de tiernos colores, cangrejos y camarones con largos bigotes a los que Yuuji les terminó encantando por que le hacían cosquillas en las mejillas.
Todo esto Yuuji lo recibió con alegría y curiosidad, a su vez, el niño guardaba su porción de dangos y secretamente se los obsequiaba cuando sus padres no estaban atentos a él. Descubrió que a Satoru le gustaban los dulces y cuando tenía la oportunidad le proporcionaba los que tuviera en ese momento. Pronto, Satoru lo invitó a meterse al agua con él –acto que jamás se consolidaba porque Yuuji no sabía nadar y era muy pequeño- pero la criatura le aseguraba que podía enseñarle a nadar y así lo hizo, primero con mucha dificultad, porque sus anatomías eran muy distintas, Satoru tenía una cola larga y musculosa como una serpiente, pero finalizaba en su amplia aleta de lindos pliegues de tonos rojos, y luego estaba su indiscutible habilidad inherente para respirar bajo el agua con sus agallas en el cuello.
Aunque las clases eran accidentadas, Yuuji logró aprender lo básico y un día preguntó.
—¿Cómo puedes ver debajo del agua? –Se limpiaba los ojos que le picaban.
—Eso es porque tengo esto…-Satoru se acercó a él y parpadeó lentamente, más lento de lo habitual, tenia pestañas espesas blancas como su cabello, pero lo interesante era lo que se movía debajo del párpado, una membrana que cubría sus globos oculares. Yuuji se acercó demasiado a su rostro, era la primera vez que estaban tan cerca y podía admirar la piel del chico humano, solo bastó un pequeño empujón hacia adelante para pegar las mejillas. – Aww… Yuuji, eres muy cálido.
Yuuji lo recibió con un suave estremecimiento y sintió un burbujeo en su estómago.
—Ah. Satoru, tu eres muy frio. Estas muy frio…
—Es porque estoy siempre mojado. –Satoru rio mientras se empapaba de esa calidez… -Siempre estoy en el agua.
—También eres salado.
—Aw…Yuuji, ¿Por qué no me dices cosas más bonitas? –Satoru hizo un puchero como herido. – Yo siempre te digo que eres muy tierno.
Yuuji lo pensó, mientras Satoru se balanceaba un poco en el abrazo del joven.
—Humm…Pues eres muy grande, y también tienes un lindo color de ojos y escamas. Me gustan tus escamas, son plateadas como el material de los tenedores.
—¿Qué son tenedores?
—Son como un tridente, pero más pequeños.
—¿Son geniales?
—Creo que sí.
—Entonces ¡me encantan los tenedores!
Ambos rieron porque aquello parecía contentarlos y desde que Satoru descubrió lo permanentemente cálido que era Yuuji, frecuentó abrazarse a él en sus encuentros, no existía esta calidez en el agua, todo era frio y oscuro, Yuuji era luminoso y cálido, podría volverse adicto a esa sensación, ahora comprendía el por qué, del enamoramiento de su especie con estos marineros y hombres humanos, pero Yuuji era diferente ¿verdad? Nunca lo abandonaría…no era como los otros humanos. Eso pensaba mientras acariciaba su cabello suave y sintió su cuerpo apoyado en el suyo, tibio, blanco y vivo. Satoru se aferró a ese calor, como lo hace los peces en la carnada de los pescadores, quizá dolía. Ese tipo de necesidad de amor, lo hería.
El mar era demasiado grande para nadar solo. Demasiado frio y demasiado oscuro, pero con Yuuji quizá sería diferente. Eso pensaba Satoru cuando observaba a su tesoro levantarse y colocarse los zapatos, lo vio hacer todo aquello con un peso en su corazón mientras la herida de su amor comenzaba a sangrar detrás de sus ojos brillantes y su sonrisa tenue. Yuuji estaba listo para irse, no quería que su abuelo saliera a buscarle y por tanto pasar alguna vergüenza.
—¿Cuándo volverás? Nadaremos mañana ¿verdad? –Satoru preguntó cuándo sus ojos se cruzaron.
—Volveré mañana. –Respondió el muchacho. Percibió su estado y agregó- Estaré bien, volveré. Gracias, Satoru.
La criatura se movió un poco lejos del agua alargando sus manos, para tocarlo, esto alertó al muchacho que enseguida fue a su encuentro. Se mojaría los zapatos y quizá…todo, pero siempre le ponía nervioso que Satoru se alejaba demasiado de la orilla y esto la criatura lo sabía, al tenerlo cerca se aferró a Yuuji, pidiéndole que volviera a él, para el día acordado. El muchacho así se lo prometió. Sintió un beso en la comisura de sus labios y el frio le estremeció su cuerpo y alivianó su pecho. Se miraron largamente, aunque estaba ahora oscuro, Satoru podía ver su rostro perfectamente, sus ojos avellanos, dulces, intentando buscarlo. En su brazo se sintió seguro y a salvo y deseó intensamente permanecer así muy pronto para siempre bajo el agua.
