Descargo de responsabilidad: Los personajes de «InuYasha» le pertenecen a Rumiko Takahashi.
Decatoria especial: al ángel que me cuida desde el cielo.
La suave luz de las estrellas que iluminan el cielo
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Batalla
Una pelea más se estaba disputando. La lucha por el bien y el mal estaba en su máximo apogeo, como de costumbre sucedía en esa época de guerras civiles, sin embargo, había algo que era diferente…
Esa fatídica tarde no solo se peleaban por derrotar a Naraku, lo hacían por salvar a una sacerdotisa mal herida que yacía en el fondo de un acantilado; esta, que con cada minuto que pasaba, dejaba escapar el poco aliento de vida que le quedaba.
Su destino ya estaba escrito y ella lo sabía. Siempre lo había sabido.
Desde aquel cruel y repentino momento en el que su vida se había detenido cuando apenas había empezado a descubrir su propia existencia, el amor… se había detenido como el corte limpio de la hoja de acero en el bambú, sin dejar rastro, sin permitirle pedir clemencia.
Al pie del acantilado se encontraba Kagome, quien observaba fijamente el cuerpo de Kikyō y buscaba con todas sus fuerzas la manera de ayudarla; tenía una tarea muy clara: debía disparar una flecha hacia su pecho para poder liberarla del veneno que consumía su cuerpo y esperaba fielmente el preciso momento para llevarlo a cabo, sin embargo, ninguna de las dos contó con que Naraku usaría otra de sus trampas para poder salvarse.
La Shikon no Tama debía ser purificada, pero esta se encontraba incrustada entre las grietas de su estructura de barro, escondida en el pecho de aquella sacerdotisa que apenas sostenía un poco de aliento de vida. Kagome pudo percibirlo y, como si sus almas hubieran vuelto a ser la mismas, se sincronizaron, sus miradas se conectaron y no hubo que decir más.
El momento había llegado.
«Debo hacerlo ahora, ¿quieres que dispare?»
Parecía increíble el grado de conexión que habían alcanzado, hablándose a través de la mente, conectadas como una misma, intentando, de parte de Kagome y de la manera más sincera posible, salvar lo que aún quedaba de la muchacha.
La lucha por el poder y la sobrevivencia se estaba llevando a cabo por otro lado. Las shinidamachū llevaban almas, así como a la joven sacerdotisa que lanzaba su flecha con todas sus fuerzas, unidas a su espiritual.
No… Kagome Higurashi no se permitiría aceptar que las sucias garras de Naraku tocaran de nuevo el cuerpo de Kikyō. Ni una maldita vez más…
Ya había sido suficiente de ese maldito, del dolor que les había causado, de la muerte, de la manipulación, de arruinar los sentimientos, de acabar con todo.
«¡Ya ha sido suficiente de ti, Naraku!»
Para Kikyō, la última batalla —lo sabía bien ella— más importante estaba pasando frente a sus ojos, fue por eso que, en un último esfuerzo, concentró todo su poder espiritual y purificó la joya.
Su destino ya estaba trazado y era algo que ella aceptaba, pero se negaba a marcharse sin haber ayudado a derrotar a ese ser que tanto daño le había causado.
—Maldita seas, Kikyō… —fueron las palabras que el maldito aún se atrevió a decirle. Ella, desde su ángulo, solo se limitó a verlo con aquella mirada fría que la caracterizaba y en la cual le reflejaba todo el desprecio que sintió por él.
La Shikon no Tama había regresado al cuerpo de ese despreciable ser y el mal parecía estar por ganar, pues el shōki se expandía por la joya y la felicidad por hacerse vencedor alimentaba aún más la oscuridad de esta.
—Kikyō, has perdido —fue lo único que se escapó de sus labios.
«Sí he perdido o no… lo descubriremos cuando tú mueras», pensó en respuesta.
La estaba ganada, para Naraku todo había llegado a su fin, su plan de acabar con la vida de la sacerdotisa era un éxito y ya nada más debía estar haciendo ahí.
»—Todo ha terminado para ella. —Declaró finalmente para luego marcharse sin dejar rastro.
Agradecimiento y amor infinito a mi beta DAIKRA, quien siempre apoya cada momento de inspiración que sale de mi alma, sos maravillosa.
