Me aparecí en el departamento de mi novio, sabiendo que mi llegada no iba a ser bien recibida. Pasa que al jodido mimado del Ministerio, le cuesta entender que el resto de los mortales debemos trabajar todo el día.
—Llegas tarde, de nuevo —estaba sentado con los codos apoyados en sus rodillas y su mirada era acusadora. Pude llegar a ver a lo lejos como tensaba su mandíbula. Me saqué la túnica con cuidado y la colgué en el perchero, dándole la espalda. Respiré hondo y pensé en cómo salirme de esta. Era la tercera vez que fallaba mi palabra de volver antes de que anochezca. Giré sobre mis talones y finalmente atrapé su mirada con la mía.
Con elegancia camine hacia él, cortando la distancia entre nosotros. Desconfiado, se sentó contra el respaldo de la silla. Aproveché y me senté a horcajas sobre su regazo. Se mostraba reacio, ni me tocó. Sentí los músculos de sus piernas tensarse y creí que con eso ya me podía derretir. Pero me concentré en tomarme mi tiempo y montar el show que se merecía. Quería recompensarlo de alguna manera. Me acomodé sobre sus piernas y procedí a desabrocharme la camisa, recién ahí noté su mirada llena de ira. Su pecho subía y bajaba con rapidez gracias a su profunda respiración. Joder, el muy cabrón se veía tan apetecible. Sus ojos siguieron mis manos, casi a la altura de mi ombligo, con mi pecho al descubierto. De repente, perdió la cordura y termino de desabrocharme la camisa, rompiendo el resto de los botones. Nunca fue tan fácil liberarme de un tedioso reproche. Automáticamente depositó sus grandes manos en mi trasero y me acercó a él con mucha fuerza para que sienta su erección. Chasqueé mi lengua en desaprobación de manera juguetona. Mierda, como estaba disfrutando esto. Restregó su entrepierna con furia sin quitarme la mirada fulminante.
Aproveché para meter mis manos dentro de su camiseta y suavemente pellizqué ambos de sus pezones. No quería dejar de seducirlo de manera tortuosa. Soltó un gemido muy parecido a un suspiro de relajación, apoyando su frente en mis pectorales. Sonreí satisfecho conmigo mismo. Comenzó a apoyar el resto de su cara en mi pecho, primero sentí su nariz y luego sus labios. Cuando me pude dar cuenta, estaba trazando con su lengua un camino por mi cuello hasta llegar a mi oreja. Fue suficiente para bajar la guardia. De un instante al otro, me alzó tomándome por debajo de las piernas. Antes de que me diera cuenta, estaba acostado encimo mío, inmovilizando mis muñecas contra el piso por encima de mi cabeza, cuando me dijo:
—No te equivoques, soy yo el que te castigará a ti.
Un escalofrío de miedo mezclado de expectación recorrió mi espina dorsal. Su boca prácticamente obligo a abrir la mía en el primer encuentro, con un beso que dejaba en claro que no iba a haber mucho preámbulo para lo inevitable. Se arrodilló a horcajadas de mis piernas y se sacó la camiseta de un tirón, instintivamente acaricié sus abdominales de manera seductora, cuando él saco la varita de sus jeans, y conjuró un hechizo no verbal apuntando a la palma de su mano derecha. Supuse que iba a lubricar sus dedos, pero para mi sorpresa, apareció una soga en su mano, borrando todo rastro de ingenuidad en mi mente. Dejó la varita con cuidado en el suelo a nuestra izquierda, con una sonrisa pícara en el rostro. Retiró mis manos de su torso. Con una mano agarró amabas de mis muñecas sin dificultad, y en la otra tenía la soga. Parecía un Dios Griego. Con un rápido movimiento ató mis muñecas. El nudo era perfecto: firme, pero no cortaba la circulación de mi sangre. Lo podría haber hecho con magia, pero en la cama, digamos que Potter es un artesano. Cada vez que puede, hace las cosas por su cuenta. Apoyé mis manos inmovilizadas sobre mi cabeza y me preparé para lo peor. ¿O lo mejor? Cuando terminó de sacarme los zapatos, sin quitarme la mirada de encima, desabrochó mi cinturón mientras murmuraba que me iba a hacer trizas. De un sólo tirón bajo mis pantalones junto con mi ropa interior, dejando ver mi necesitada erección. Sus ojos miraron lascivamente mi verga, babeando por ella mientras desabrochaba su propio cinturón. No había que ser un experto en oclumancia para darse cuenta luchaba contra sus ganas de meterla en su boca. Terminó de sacarse los pantalones junto con las medias, cuando tomó mis piernas por detrás y las flexionó hacia arriba. Con una mano retuvo ambas de mis rodillas contra mi pecho, y con la otra tomó de nuevo la varita. Colocó con cuidado la punta de la misma en mi entrada, y murmuró el hechizo de lubricación. Sentí como mi agujero se mojaba, mientras el pervertido de mierda introducía la varita lentamente, llevándome a la locura. Comencé a gemir de manera inconsciente, y él me dedico una sonrisa presuntuosa. Soltó mis rodillas y traté de mantenerlas lo más flexionadas posibles. Sin dejar de hacer lentos movimientos con su varita dentro mío, preparándome de manera deliciosa, introdujo dos dedos en mi boca entreabierta.
—Chúpame.
No podía creer que el muy desgraciado me iba a hacer chuparle los dedos en esa situación. Tuve un sentimiento contradictorio de no querer concederle más poder del que ya tenía. Pero al mismo tiempo quería explorar ese límite, a ver cuánto podía excitarse, cuánto me quería dominar.
Comencé a meter y sacar sus dedos en mi boca, dándole toda la dedicación que pude. Presioné mis labios con fuerza, imitando una mamada. Él me miraba como si estuviese apreciando un espectáculo erótico, mientras negaba con la cabeza, no pudiendo soportar lo que veía. Tenía los labios fruncidos, pero respiraba tan hondo, que los orificios de la nariz se ensanchaban y se encogían. Retiré mi boca y no pude evitar decirle:
—Me tienes atado, pero el que te enloquece soy yo.
Soltó una risita sarcástica y me ayudo a flexionar aún más mi pierna derecha con su mano libre. Tenía la rodilla izquierda apoyada en el suelo, y la planta del pie derecho también, dándome una espectacular vista: gotas pre seminales chorreaban desde la punta de su verga, recorriendo su gruesa erección por el camino de sus venas.
—Cuando tienes razón, tienes razón —introdujo la varita bien al fondo, tocando mi próstata sin piedad, castigándome. Solté un grito muy característico de quien siente placer y dolor al mismo tiempo. –Te deseo con locura. –me dijo mientras continuaba follándome con su varita con un ritmo más acelerado que el anterior. Alternaba su mirada entre mi culo y mi rostro. Se sentía bien, pero necesitaba su exquisita verga. La tenía goteando ahí nomás. Era una tortura no tenerla adentro. Algo me decía que la iba a obtener por las malas.
—Fóllame.
Me miró fijamente, pero ignoró mi pedido.
—Vamos Harry… no aguanto más. Perdóname. Fóllame ya.
— ¿Por qué?
—Por llegar tarde de nuevo. Ahora vamos, fóllame.
—No te escucho.
—PERDÓN. FÓLLAME, MIERDA.
Retiró la varita y la arrojó lejos. Alineó su cuerpo con el mío y con sus manos retuvo mis rodillas a los costados de mi torso, apoyando todo su peso. Mis piernas nunca estuvieron tan flexionadas. Sentí su punta tantear mi entrada. Me miró como nunca antes, parecía un animal a punto de cazar a su presa.
—Ruégame. –sus ojos estaban clavados en mis labios, expectante a lo que tenían para decir.
—Por favor Harry. Te necesito adentro mío. Porfav…
Al decir las palabras mágicas, con un solo y ágil movimiento, colocó mis pantorrillas en sus anchos hombros y bajó hacia mí con una rapidez inhumana. Sentí sus duros pectorales rozar mi pecho. Comenzó besar y morder mis labios con rudeza, mientras agarró su propia verga y de un saque la metió entera. Solté un grito y encorvé mi espalda. Aprovechó morder mi cuello. El calor de su cuerpo era increíble, a comparación de la varita, podía jurar que sentía latir la sangre de su verga. Incorporó su torso sin salir de adentro mío para quedar arrodillado, con mis pantorrillas aún en sus hombros. Tomó mis muslos firmemente y sacó su verga por completo. Por una milésima de segundo, sentí mi entrada fría. Apenas lo miré buscando una respuesta, volvió a introducirse por completo de manera brusca. Grite su nombre perdiendo la cordura. Antes de que me diera cuenta, estaba entrando y saliendo con mucha violencia. Sinceramente yo veía estrellas. Mi entrada estaba muy bien dispuesta y recibía esas estocadas con mucha naturalidad. Comenzó a llevar un ritmo espectacular. Su musculoso cuerpo estaba empapado de sudor y gruñía cosas inentendibles, completamente fuera de sí. Agradecí por dentro tener a ese pedazo de hombre tan pasional y devoto a mí. Luego de un tiempo encontró mi próstata, y mi reacción fue muy evidente. Entonces tomó mi verga con su gruesa mano llena callos, y comenzó a masturbarme mientras me follaba, con una habilidad increíble.
—Mierda, Draco. No sabes lo ardiente que te ves así, atado. Dispuesto para mí y nadie más.
Y como si sus palabras fuesen las más estimulantes que había oído jamás, logré correrme finalmente. Sentí mi entrada apretándose en su verga. Me penetró por última vez de manera bruta y errática. Exhaló con mucha profundidad, como si no hubiese respirado en toda la secuencia. Sin salirse de adentro mío aún, lamió desde mi ombligo hasta mi cuello, recolectando con la lengua un poco del semen que había chorreado en mi torso. Me dio un último beso y desató mis muñecas. Salió de mí lentamente, ambos con la respiración agitada. Se acostó a mi lado. Apoyó su cabeza en sus manos flexionando los brazos, sonriendo como un engreído. Quise insinuar que con tal de tener una sesión de sexo así, nunca más iba a llegar temprano. Pero la imagen era tan dulce que me guarde la broma para otro momento.
