Inuyasha pertenece a Rumiko Takahashi.
Prompts: beso de despedida, sensualidad, lujuria y angst.
Advertencia: violencia psicológica, lenguaje soez y temas adultos.
«Todo el Arte de la Guerra se basa en el engaño. El supremo Arte de la Guerra es someter al enemigo sin luchar». —El arte de la guerra, Sun Tzu.
Oxímoron
La expresión de inercia al blandir su arma y la manera tan irreconocible a como se comportó Kohaku de repente, no coincidía con aquel niño tímido y cariñoso que siempre fue. Deseó olvidarlo todo; desde cómo mató al primer compañero, hasta aquel rostro lleno de desconcierto y miedo que le mostró al final.
Maldito fuera el momento en que los llamaron a realizar aquel trabajo.
Las heridas de la espalda; tanto la que le infligió su hermano Kohaku como la de los flechazos por parte de los sirvientes del terrateniente Nagasaki Hitomi, fueron una verídica aproximación a la muerte. Sango podría decir que no sabía cómo es que estaba aún con vida, pero era completamente consciente que era a causa de la férrea voluntad de vengar a sus compañeros y su familia lo que la sostenía más con un pie en este mundo que en el otro.
Hizo una mueca de desagrado y dolor al impulsarse hacia arriba para poder salir del hoyo donde la habían enterrado. El cuerpo le pesaba, cada músculo se le empezaba a entumecer; como si un veneno la recorriese paulatinamente, infectándola de a poco. Pero no podía darse por vencida, se mentalizó e infundió coraje, más aún cuando estaba tan cerca de salir de aquel túmulo.
A ella y a Kohaku fueron los últimos que sepultaron, Sango estaba inconsciente cuando hicieron los huecos y posteriormente los arrastraron hasta ahí, pero en cuanto la tierra empezó a caer encima de ella, logró volver en sí. Los pulmones faltos de oxígeno y la oscuridad que la rodeaba, por poco y se la tragaron; el pulso le latía errático en la garganta y le retumbaba en los oídos, al boquear en busca de aire aspiró una bocanada de tierra, sin embargo, el mundo se le vino encima cuando sin quererlo en realidad, su mente reprodujo las escenas de la matanza de su equipo.
Ese fue el resorte que le imbuyó a lidiar con la tierra que la mantenía sepultada, de modo que, congregando toda su ira y frustración sacó fuerzas y se empujó hacia delante, sacándose de ahí: cuando su mano dio con la superficie, notó el viento dar contra sí.
Al salir la parte superior de su cuerpo, inhaló todo el aire que pudo y lo metió en sus pulmones con un ansia que sustentó su organismo. Trepó por el montón que estaba formado a su alrededor y sacó un brazo, luego el otro.
Una sonrisa irónica reptó por su boca, alzando las esquinas de sus labios, muestra del suspensorio que, pertinaz y alterado por los últimos sucesos vividos, Sango estaba dispuesta a modelar.
―No voy a morir tan fácilmente ―anunció a nadie en particular, pero también para sí misma.
Salió completamente del hoyo y se arrastró poco a poco hacia delante del castillo que estaba frente a ella, hasta que de pronto la puerta corrediza que daba al jardín ―lugar donde se había dado orden de enterrarlos― se abrió, exhibiendo una silueta que al instante se hizo clara; era un hombre joven de gran cabellera azabache y ojos marrones, piel nacarada y facciones tanto finas como simétricas: de una belleza notoria e impresionante, pero con un aura que en ese momento se le antojaba etérea.
Los ojos de ambos se encontraron y, ella en su interior no advirtió nada que la llevase a pensar mal de él en aquel instante, aunque descartó la confianza ante el permanente detalle de que fue el señor del castillo quien utilizó a su hermano como si fuese una marioneta. ¿Quién era él y qué haría con ella?
Como días atrás estuvo lloviendo sin parar, en el área que rodeaba el castillo había un bosque que olía a humedad y putrefacción. A naturaleza muerta.
Sango despertó y se halló en una habitación desconocida, una sensación de desconcierto pasó brevemente por su sistema, luego ineludiblemente llegaron los recuerdos y con ellos el dolor y la pena, supurando incesantes recelos y buscando un culpable al cual castigar.
El cuerpo le dolía por completo, en cambio notó que las heridas habían sido tratadas o no estuviera ahí viva. Sus ojos empezaron a otear en derredor y casi se sobresaltó al notar el hombre que había visto desde el jardín antes de desmayarse, estaba ahí, a un lado de ella, sentado con las rodillas juntas y las manos en el regazo.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó el sujeto, con una mirada de preocupación y aura de hospitalidad.
—Adolorida —la voz le salió entre frágil y a la defensiva.
Lo había dicho con doble sentido, y a propósito.
—Comprendo. Quiero ofrecerte mis disculpas —hizo una reverencia a la usanza, mostrando su respeto— y condolencias por lo que les sucedió a ti y al resto de tus compañeros. Sé que con esto ni hago justicia ni te los devuelvo, pero te prometo que averiguaré qué fue lo que pasó para que esta terrible tragedia se fraguara en la casa de mi familia y de paso, usaran a mi padre como verdugo.
Sango no dijo nada, pero apretó los labios para no llorar de rabia y aflicción.
Si tan solo hubiese cortado primero el hilo de la telaraña incrustada en el cuello de Kohaku en vez de ir por el señor de castillo, quizá… Quizá nada. Sango sabía que el «si hubiese» no existía, que de nada servía torturarse de aquel modo cuando el asesinato de su familia y sus compañeros aún estaba fresco y sin razones y argumentos aparentes que hasta el momento le precedieran a la más remota explicación.
—Entiendo. No tienes que decir nada. He hecho lo mejor que he podido con tus heridas, pero debes guardar reposo para que logres sanar. Puedes quedarte todo el tiempo que necesites y desees en el castillo, cualquier cosa que requieras no dudes en pedirla y te la haré llegar. Que descanses.
Se retiró de la estancia, frugal y silencioso. La puerta corrediza hizo un sonido suave al cerrarse y enseguida, Sango se quedó sin fuerzas para seguir con aquella máscara de calma e inevitablemente se derrumbó.
Lloró hasta quedarse dormida.
No obstante, tuvo pesadillas donde se repetía la masacre de los exterminadores, fue una noche horrible.
Era de madrugada.
Naraku sonrió de medio lado, su plan de utilizar a los exterminadores estaba saliendo a pedir de boca y hasta mejor, pensó el muy ladino.
Acababa de volver al castillo de los Hitomi después de haber masacrado al resto de las personas que vivían en la aldea oculta de los exterminadores de monstruos.
Ahora con la hija del jefe como única sobreviviente pondría el siguiente paso en marcha: inculpar a Inuyasha, con lo cual mataría dos pájaros de un solo tiro y ennegrecería a los fragmentos que estaban en sus manos, lo cual le daría más poder maligno.
Se quitó el traje de mandril y dejó al descubierto el nuevo rostro que había tomado: el de Kagewaki Hitomi, el cual era un hombre no solo con el poder político, sino con tierras y dinero que le servirían para el uso de los asuntos que necesitaba componer y, sobre todo, con una belleza a su altura, al fin y al cabo, no iba a utilizar cualquier pelele para aquella situación.
Se terminó de desnudar y entró a la regadera de bambú para quitarse la suciedad, se lavó el cuerpo con mimo y el cabello con pericia, algunos minutos después que terminó de asearse pasó a la bañera con forma redonda que ya le tenían preparada, el vapor que exhalaba el agua caliente pronto llenó su alrededor, los músculos que estaban tensos poco a poco se iban aflojando, logrando así sacar parte del cansancio acumulado.
Las sales aromáticas pronto se iban impregnando en su piel, pero para quienes tenían un olfato mucho más profundo podrían fácilmente descubrir el efluvio que emanaba su cuerpo. Salió del ofuro limpio y con la mente activa, necesitaba verificar que la exterminadora estuviese en mejores condiciones para enfrentar a Inuyasha o soportar llevar un fragmento.
Probablemente no viviría lo suficiente como para seguir utilizándola, sin embargo, era consciente de que se aferraba a la vida con uñas y dientes en pos de la venganza. Lo que a él le convenía demasiado, aunque bien sabía que esa mujer no albergaba confianza alguna ahora que se hallaba traicionada y sola.
Naraku salió de la bañera de madera, goteando por todo el cuerpo, finalmente se encontró envuelto entre telas humanas y una máscara de amabilidad sutil que solía portar Kagewaki de verdad.
Al estar dentro de la habitación, le hizo una revisión a la joven, las heridas no habían cerrado completamente, pero estaba en mucho mejor estado que al principio.
―¿En calidad de qué me brindas esta ayuda? ―inquirió la exterminadora.
Él le dio una mirada seria y arrebatadora por igual, tenía que jugar bien si quería ganar.
―No pretendo sacar nada de esto, si lo que estás pensando es que te utilizaré para futuros trabajos. Me siento responsable de lo que sucedió, así que al menos déjame hacer esto por ti.
―Nos dijeron que estabas enfermo, que era una de las razones que tenía tu padre para resguardar el castillo.
―Así es, estoy enfermo.
Ella no le preguntó qué enfermedad sufría, lo miró con recelo mientras ponía las vendas en su sitio, de forma impersonal. Tenía un pecho generoso y un cuerpo, aunque en ese momento herido, no dejaba de ser atractivo y delicioso. Sintió el aguijonazo de la lascivia recorriendo su ser.
―Me llamo Sango.
Casi sonrió, las mujeres eran impredecibles, volubles como ellas solas.
―Soy Kagewaki.
Ya conocía su nombre, solo que no se permitió dejárselo saber, y no hubo más palabras. Sango no conseguía dormir, sabía que la fragilidad humana en estos casos quitaba el hambre, el sueño y hasta quién sabía qué más.
Le recolocó la ropa y le acomodó el cabello con un matiz afectuoso que casi la hizo llorar.
Ya en su habitación, Naraku sonrió, porque si Sango sobrevivía aún después de Inuyasha, podría tenerla de una forma más placentera, entonces la rompería más de lo que ya estaba, de solo pensarlo se excitaba.
Se masturbó pensando en ella, en su apetitoso cuerpo y en lo que la haría hacer, joderla de todas las formas posibles, porque le arruinaría la vida de hasta que supurara lesiones y desgracia en su punto máximo.
Horas más tarde, al hacerla partícipe de la conversación donde su sirviente, «Naraku», le daba la información sobre matanza de todas las personas de su aldea, Sango hizo justamente lo que él esperaba y puso en marcha la siguiente escena:
―Prométeme que volverás, Sango, sé que no tengo derecho a pedirte nada sobre tu vida, mucho menos a dejar de lado la justicia que se merecen tu familia y las personas de tu aldea, pero no pierdas, por favor.
―Te prometo una cosa, Kagewaki: no me doblegaré ante la muerte sin darle caza a quien nos hizo esto a mí y a mis compañeros, lo juro por la memoria de mi padre y todos ellos, que veré el día en que éste muera.
Naraku sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero igualmente continuó, le dio un beso en la frente como muestra de un cariño inexistente.
―Cuídala, Naraku. ―Ordenó a la silueta de mandril que yacía en la estancia.
Sango tomó su Hiraikotsu y aún con los vestigios de los dolores musculares esparcidos por todo el cuerpo, se lanzó a un destino lleno de posibilidades.
«Si hablamos del mañana, nunca hay nada seguro». —Canción de Hielo y Fuego: Choque de Reyes, George R. R. Martin.
NOTA
Como siempre, me habría gustado tener más tiempo para ampliar esta historia y sacarle todo el jugo, aunque cumplí con los prompts que el reto exigía, siento que todo fue más angst que otra cosa. Este fic fue escrito y publicado el 1 de agosto del año pasado en una cuenta que dejé por completo, y me alegro mucho de haber participado; ante esto, no quería que se quedara guardado en mi laptop cuando la historia me puede tanto.
Todo es oscuro y nada romántico porque se trata de Naraku, así que bien no podía plasmar nada contrario.
Mil gracias por leer.
