Autora: Ren
Palabras: 755
Advertencias: OoC por todos lados, posibles faltas de ortografía y gramática.

Este es un escrito bastante personal para mí, pues me he retratado (o al menos una parte de los últimos 10 años de mi vida) en Takao. Necesitaba de algún personaje para sacar este escrito que es parte de uno de los retos del 30MinutesRock organizado en el grupo Club de Lectura de Fanfiction, y considerando que Kazunari es de mis favoritos... lo usé para mostrar una parte de lo que he vivido con la depresión. Así que agradecería mucho que no hagan algún comentario ofensivo al respecto de la trama, porque sería atacar directamente a mi persona y mis vivencias.


Kuroko no Basket y todos sus personajes son propiedad de Tadatoshi Fujimaki


Llega un momento en el que la vida te orilla a sentirte peor que la mierda. Sabes que no es tu culpa, a pesar de que tu cerebro te engaña diciéndote que sí lo es.

Es solo una ilusión, una dolorosa. Una carga que traes sobre los hombros desde hace años que está ahí por más que la ignores —como una maldición que debes ignorar por más que no quieras hacerlo—.

El dolor es silencioso, y por un tiempo se vuelve tu amigo. No es que hayas deseado que así lo sea, pero es así. Te vuelves dependiente de ese dolor y tristeza que habitan en tu pecho durante años porque solo así sientes que serás capaz de continuar.

La falsa idea de que todo será como antes, como cuando solo eran un par de meses en los que te dejas hundir en la miseria y te podías permitir el ahogarte unos días en esa terrible oscuridad que la falta de sustancias químicas en tu cerebro han formado con el paso de los años.

Antes de que te des cuenta, han pasado 6 años en los que la depresión te ha consumido. Has perdido cuatro años de tu vida en poder hacer el examen de ingreso a una carrera que, si bien no te satisface del todo, alejará todas las expectativas que los demás tienen en ti —que siempre han tenido en ti desde que estabas en tu infancia temprana y que nunca se habían sentido como grilletes en tus manos hasta que no llegas a la adolescencia—.

Las ideas intrusivas que durante varios años has ignorado por completo se vuelven cada vez más constantes. La presión en la universidad y que tengas compañeros que solo les interesa una calificación y no tu bienestar —uno que ha estado dañado desde que tu propia familias te ha negado palabras de apoyo desde hace muchos años para mejor imponerte sus metas no cumplidas— se vuelve cada vez peor. Pasar por los puentes es un calvario, porque sabes que el pensamiento del «y si me tiro al vacío...» estará ahí. Como siempre ha estado desde que tienes 16.

Hasta que un día explotas por completo. Es un pequeño momento en el que todo se te viene abajo, y la necesidad de tirarse a las vías del subterráneo te parece tan atractiva. Sin embargo, no lo haces por alguna razón que a la fecha no comprendes en lo absoluto —no es como que quieras entenderla en realidad—.

La ayuda tarda en llegar. Demasiado, y el cajón de medicamentos varias veces te grita para que te prepares un cóctel con la cantidad absurda de químicos que hay a tu disposición y sin que nadie más lo vigile. Pero no lo haces, sabiendo que vas a herir los sentimientos de tu madre y tu hermana menor; muy a pesar de que vivir se te ha vuelto pesado desde hace años (y nadie parece notar que tu propia existencia te molesta incluso para respirar).

La culpa te carcome. Lentamente. Sabes que la vida de nadie ha sido fácil, pero sentirte tan miserable cuando alguien más allá afuera probablemente esté peor te ha orillado a ese punto en el que solo quieres acabar con todo sin pensar en las consecuencias.

Pero no lo haces. Tu miedo a la soledad es incluso más fuerte que el dolor en tu pecho que te impide respirar la mayoría del tiempo.

Es un sentimiento horrible cuando la supuesta ayuda profesional a la que llegas solo te hace pensar en que nadie te comprende. Una terapia que no es la que necesitas, repetida en dos ocasiones te hace perder la fe.

Solo te queda aferrarte a los medicamentos que el psiquiatra te manda, con la esperanza de que ayude un poco y no tengas problemas de salud después. Y por momentos funciona, por momentos no lo hace.

Se supone que debes acudir al psicólogo que el hospital te proporciona. Pero los profesionales que trabajan en alguna dependencia de gobierno te han hecho perder la fe en que la terapia ayude, aunque seas consciente de que es lo mejor para ti.

Así pasas otros dos años en los que has abandonado tus estudios. La carrera que estudias no te satisface, y aunque tu familia intenta convencerte en retomar los mismos, sabes que eso solo te hará peor cuando estás en un estado tan vulnerable.

Sabes que la vida va a mejorar cuando el psiquiatra te da el alta. Y te sientes bien desde hace varios meses.