Dissclaimer: Star Wars pertenece a Disney/Lucasfilm
Fic basado en un prompt de twitter
Rey no era una persona bajita y nunca se había considerado una, en todo caso su percepción de ella misma era justamente la contraria. Toda su vida la había pasado rodeada de personas que no lograban alcanzar su altura y solo algunas pocas que la compartían, así que en su pequeña escala del mundo estaba segura de ser bastante alta; siempre teniendo que agachar un poco la cabeza para hablar, o recogiendo las piernas porque entorpecía el paso de la gente, insistiendo en que no le importaba llevar el paraguas cuando lo compartía con Rose, porque de no ser así tendría la tela impermeable pegada a la cabeza.
Tenía sus ventajas, claro, nunca tendría que pedirle ayuda a nadie para coger las cosas del estante más alto y su altura le permitía no ser fácilmente intimidada por todos esos hombres que iban de listos a intentar decirle cómo hacer su trabajo, haciendo toda clase de peripecias corporales para aparentar ser más grandes que ella con nulos resultados. Además, ella llevaba una llave inglesa en la mano, les llevaba dos puntos de ventaja.
Siempre había sido así, desde ese estirón temprano cuando era pequeña, totalmente incompatible con su estilo de vida en el sistema de acogida, pero aun así posible, existiendo con la constante sensación de ser un estorbo, de estar ocupando demasiado espacio.
Hasta que conoció a Ben.
Cuando por fin se encontró cara a cara con el amigo de la infancia de Poe –aquel que tanto mencionaba, con el que recién había hecho las paces, pero del que no había rastro alguno–, Rey se quedó muda, con un nudo en el estómago y la horrible sensación de no ser nada .
Aquel hombre de cabello oscuro y ojos claros se alzaba imponente sobre ella y de repente todo era demasiado. Todas las consideraciones que había hecho sobre sí misma se desmoronaron con la facilidad de un castillo de naipes cuando Ben Solo le demostró lo que realmente significaba ser alto y ocupar espacio, lo que se sentía al tener que levantar la cabeza y ser intimidada.
Era tan pequeña…
Sentía que era una presa, un pobre ratón paralizado bajo la sombra de un ave rapaz. No era miedo exactamente, ¿por qué iba a tener miedo del amigo de su amigo? Aunque la confusión ante ese cúmulo de nueva información que su cuerpo estaba experimentando y la cara estoica del nuevo invitado acercaban bastante la idea de ese sentimiento.
Ese miedo que no era miedo se fue disolviendo poco a poco, teniendo que acostumbrarse a la fuerza por la creciente presencia de Ben en las quedadas organizadas por Dameron. Tres meses más tarde, Rey dejó de sentirse intimidada, invadida por la curiosidad, porque él era tan alto y ahora ella era tan pequeña .
Esa nueva posición la hacía parecer frágil, la hacía relajarse, con la seguridad de que Ben podía hacerse cargo del hombre siniestro al otro lado de la barra, de que si había que coger algo muy pesado del estante de arriba, Ben se encargaría para que nadie se hiciera daño. Era extraño ceder el control así, pero de cierta forma le gustaba.
Seis meses más tarde, Rey se movía con libertad a su alrededor, disfrutando al máximo su recién encontrada altura media, balanceando la sensación de cuidar al resto y de ser cuidada, tomándole el pelo a Finn por esos dos centímetros de más que le sacaba y escondiéndose tras la espalda de Ben cuando Rose amenazaba con tirarle el mando por atreverse a insinuar que había algo entre ella y el estirado de su jefe.
Un año después, en la diminuta terraza del piso de Finn y Poe, los sentimientos que había estado dejando correr se desbordaron y tomaron las riendas, impulsándola a aprovechar la altura extra que le daban las plataformas que llevaba y estirar el cuello para besar a Ben.
Por unos instantes el recuerdo de su primer encuentro invadió su mente, la misma parálisis, el mismo nudo en el estómago, el mismo no miedo, la misma sensación de no ser nada cuando notó cómo la figura sobre ella se tensaba.
Pero todo desapareció cuando los labios de Ben se movieron contra los suyos, despacio, y sus manos le cubrieron la espalda. Quería llorar de alivio, pero en lugar de eso ahogó un jadeo contra su boca, perdiéndose en el hormigueo que le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies, porque todo había desaparecido, el ruido de los coches que circulaban por la calle y las voces del interior, las luces tintineantes de la barandilla de la terraza y el suelo bajo sus pies; solo existía ese momento, los dos, el temblor de sus manos al sostener su rostro y el calor y Ben y su boca.
Dos años después allí estaba, en la cocina de su apartamento, en medio de la habitación mientras veía cómo Ben cogía por ella la lata de melocotón en almíbar. No es que los armarios fuesen especialmente altos, pero la última vez que rellenaron ese en concreto debían haber empujado ligeramente algunos botes, lo suficiente para que Rey fuese capaz de ver su preciado antojo, pero solo llegar a tocarlo con la punta de los dedos.
Ben había entrado justo en su tercer intento, cuando tras volver a fracasar se había dado por vencida y estaba empezando a subir una pierna a la encimera. En dos zancadas se puso a su lado y la detuvo antes de que pudiese hacerse daño, la apartó con cuidado y, así sin más, la lata fue engullida por su mano.
Estúpido Ben y sus estúpidos brazos largos que llegaban al estante de las latas sin problema. Más que nada, maldito Ben y sus malditos brazos largos porque estaba segura de que él había empujado las cosas del armarito. Total, él llegaba perfectamente, sin tener que ponerse de puntillas, sin tener que estirarse, sin que sus músculos protestasen por un esfuerzo que, en este caso, había sido en vano (y la frustración hacía que doliese más).
—Toma.
—¿Te estás riendo de mí?
Rey no cogió la lata, se le quedó mirando con los brazos cruzados y una falsa mueca de enfado. Fue difícil mantenerla al ver caer su sonrisa, su cara ahora cubierta por una total confusión, el ceño fruncido y preocupación en los ojos. El gigante de su novio era tan adorable.
—¿Cómo?
—Que si te estás riendo de mí —le señaló con la barbilla, como si eso fuese suficiente explicación. No lo era, porque Ben siguió mirándola de la misma forma—. Tiene que ser divertido, verme haciendo el ridículo intentando coger algo del estante más alto, restregándome tus dos metros en la cara.
Ben dejó la lata en la encimera y se apoyó en ella, con las cejas arqueadas en sorpresa por el inesperado giro de acontecimientos; él solo había ido a hacerse una manzanilla y se había encontrado con Rey intentando hacer parkour en la cocina. Nada más había querido ayudarla y ahora estaba enfadada. No entendía nada.
—Lo primero, no mido dos metros —ignoró sus ojos en blanco— y, Rey, no eres precisamente bajita, siempre te estás quejando de que tus compañeros se reían de ti en primaria porque eras la más alta de la clase y de que no eres capaz de encontrar pantalones que no te estén pesqueros.
—Ya, bueno, pero eso está en el pasado y todos sabemos que las tiendas de ropa juegan con las mujeres para que nos sintamos inseguras con nuestro cuerpo. El problema está, Ben, en que yo era alta, pero apareciste tú y dejé de serlo, de repente ¡Pum! Altura media.
Para ese entonces el temblor de sus comisuras ya había echado a perder la fachada molesta y notó cómo Ben se relajaba notablemente al oír la burla en su discurso. Aparentemente su pequeño teatro infantil le estaba entreteniendo porque decidió seguirle el juego.
—Puedes quedar con Rose más a menudo y volver a sentirte alta.
—¿Y qué? ¿Crees que unos momentos van a ser suficientes para auto-engañarme? Has hecho que olvide lo que es ser alta, porque no importa lo que pase fuera, volveré a casa y estarás aquí, mirándome desde ahí arriba, y ya no sé lo que es estar arriba, Ben, ahora siempre estoy abajo.
—O sea que el problema está en que hay un "arriba", aquí —levantó una de sus manos para ponerla a la altura de su cabeza—, y como no estás en él ya no sabes lo que es "ser alta".
—Sep.
—Porque tú ya no eres alta.
—Ajá.
—Ahora eres un tapón.
—Exacto.
—Entiendo.
Se quedaron mirando el uno al otro, sin romper el contacto visual, como dos enemigos en el campo de batalla que no esperaban rendirse, como dos niños intentando probar quién tenía razón en este debate absurdo. Ben asentía ligera e incesablemente con la cabeza, como si estuviese pensando algo o dándole la razón como a una niña pequeña, no lo tenía claro, apretando los labios para contener la risa.
De repente algo cambió en sus ojos, una pizca de malicia brillaba ahora en ellos; la mirada que le estaba echando dejaba más que claro que acababa de tener una idea y Rey estaba segura de que no podía ser nada bueno. Le vio descruzar los brazos y enderezarse, separándose de la encimera con tranquilidad, con esa sonrisa arrogante tan suya, y supo que había cometido un error al no callarse y coger la lata que yacía olvidada sobre el granito grisáceo.
—Date la vuelta.
No era una orden (por supuesto que no era una orden), pero se sintió como una, parecía que su voz ni siquiera había salido de su boca, como si hubiese hablado directamente en su mente y su cuerpo protestaba inseguro por no estar acatando, pero había una tensión entre ellos que hacía que Rey no quisiese ceder tan fácilmente. Sin apartar los ojos de sus orbes castañas, se puso claramente a la defensiva.
—¿Qué vas a hacer?
—Tú solo date la vuelta.
El nerviosismo empezó a correr por sus venas, sin embargo la curiosidad y ese magnetismo que parecía recubrir la aterciopelada voz de Ben eran más fuertes que su cabezonería, o que su auto-preservación, así que obedeció, dándole la espalda, quedando frente a la puerta entreabierta de la cocina, pero sin rebajar un ápice la tensión de su postura.
Supo que Ben ya estaba junto a ella al notar cómo el calor que siempre parecía irradiar empezaba a envolverla, como una manta de un fuerte olor mentolado y amaderado. Cuando puso las manos en su cintura se sobresaltó notablemente; tenía los nervios a flor de piel, insegura de lo que iba a pasar, y no pudo evitar contener el aliento con anticipación.
Pasaron unos segundos sin que ocurriese nada, Ben tan solo había apoyado la frente en su coronilla y dibujaba círculos en su espalda baja con los pulgares. Era tan agradable estar así, siempre lo era estar envuelta por su presencia, por su cariño, como si intentase reconfortarla. Cerró los ojos, sonriendo sin darse cuenta, confiada, y justo cuando empezaba a relajarse, recostándose en él, esperando que sus manos se moviesen tal y como solían hacerlo cuando acababan en esa situación, Ben la sujetó con fuerza y la levantó del suelo.
—¡Ben!
Rey chillo impactada y asustada al encontrarse suspendida en el aire, con la sensación de sus piernas a merced de la gravedad y el firme agarre de Ben luchando contra esta, intentando asimilar el efímero vértigo que se le había subido a la garganta, como si en lugar de ir hacia arriba hubiese ido en caída libre.
—Ya estás arriba otra vez, cariño, ¿contenta?
Había demasiadas cosas gritando por su atención y no sabía en qué fijarse primero, el fresco aliento en su nuca, el hecho de que Ben estaba sujetando todo su peso a pulso sin esfuerzo, o el tremendo cambio de perspectiva en tan solo unos segundos, y era aún más complicado decidir con el corazón clavado en los oídos por la impresión; por suerte Ben decidió por ella y empezó a andar por la cocina con ella en brazos.
Todo se veía rarísimo desde ahí arriba, sobre papel no parecía que Ben la sacase tanto, pero tal y como había imaginado la realidad era mucho mayor y el cambio era sorprendente. Rey no podía empezar a calcular la cantidad de veces que había estado en esa cocina, podría recorrerla con los ojos cerrados, y aun así le parecía estar viendo una habitación completamente desconocida, nada estaba en su sitio a pesar de estar exactamente en su sitio, todo estaba demasiado lejos o demasiado cerca, como los cajones de la encimera o los dichosos armarios que habían empezado todo aquello.
Cuando Ben completó su giro empezó a andar para ir al resto del apartamento, decidido a hacerle una visita guiada; Rey se dio cuenta que haber renunciado a gran parte de su visión y a la movilidad de su brazos le estaba costando a Ben su dignidad al caminar, se movía con la lentitud y la gracilidad de un pingüino; eso junto a su propia falta de movilidad, le daba la sensación a Rey de estar viéndolo todo como si fuese el personaje de un videojuego.
La situación era ridícula e hilarante. Y le encantaba.
Al pasar por la puerta no pudo evitar encogerse sobre sí misma, asustada al ver el marco tan cerca de su cabeza; Ben intentó sofocar su risa al notarlo, pero estando tan cerca era imposible pasar por alto la vibración de su pecho y mucho menos el sonido. Giró la cabeza todo lo que pudo, pegando la mejilla a su nariz, para ver pasar el marco aún con el miedo volando sobre su coronilla.
—Ben, sabes que ese marco casi nos roza la cabeza, ¿verdad?
—Sí, me he dado cuenta.
—¿Cómo puedes vivir con esta angustia?
—Te acostumbras con el tiempo.
Volvió la cabeza al frente cuando llegaron a la puerta de entrada, allí sobre la mesa estaba su teléfono y supo que este acontecimiento debía quedar documentado.
—Espera, deja que coja el móvil —estiró los brazos todo lo que pudo y al igual que en la cocina, el intento fue en vano, la mesa estaba muy baja, no alcanzaba—. Mmm Ben , una ayudita.
Oh como lo estaba disfrutando, no podía verle la cara, pero sabía que estaba divirtiéndose a su costa. En verdad, ella solita se lo había buscado. Ben dobló las rodillas como solía hacerlo por sus problemas de espalda y volvió a incorporarse una vez tuvo el teléfono entre manos.
¿Este hombre acababa de hacer una sentadilla con ella en brazos? Mejor no pensar en eso ahora, menos cuando tenía tantas otras cosas en las que pensar en ese mismo momento.
Rey empezó a grabar vídeos cortos de sus pies colgando y en las habitaciones donde había espejos; dudaba de la calidad de las grabaciones, porque honestamente no le estaba prestando atención a la pantalla, concentrada como estaba en disfrutarlo con sus propios ojos. Había tanta información nueva, nunca había llegado a imaginar cuánto cambiaba un mismo lugar solo por estar un poco más arriba, sus tacones no lograban ese efecto, claro que nunca llevaba tacones con más de diez centímetros.
Descubrió que la razón por la que Ben insistía en preguntarle a ella si tenía bien el pelo en vez de usar el espejo de pared del pasillo era porque solo reflejaba hasta su cuello; también que no es que se levantase de mal humor por las mañanas, o que le molestase compartir el baño con ella, como tanto tiempo había creído, sino que las bombillas sobre el lavamanos estaban justo a la altura de sus ojos. ¿Cómo no iba a empezar mal el día si salía del baño y todo estaba negro?
—Hay que ir a comprar otras bombillas, me encanta cómo te quedan las gafas de lectura, pero no quiero que te quedes ciego de por vida.
—No voy a negarme a ello. Avísame cuando vuelvas a ver, ¿vale?
Si le besaba la nuca una sola vez más, Rey se iba a ver en la obligación de pedirle que olvidase este juego y la tirase contra el colchón, y más después de haber visto su cama cómo lo hacía él, porque ahora podía empezar a entender por qué Ben la miraba tantas veces desde los pies de la cama mientras estaba tumbada; no era capaz de imaginarse a sí misma, ni qué aspecto tenía en esos momentos, pero sin duda lograba imaginar lo que debería ser ver a alguien tan destrozado como ella se sentía todas esas veces desde ahí arriba.
El torrente de emociones volvió a disparar esa sensación de vértigo que había tenido al principio, haciéndola temblar por la sobredosis de intensidad, de sorpresa, de datos que registrar; todo su cuerpo estaba trabajando a mil por hora y era desbordante, pero Ben estaba ahí, manteniéndola segura, con los pies metafóricamente en la tierra, animándola como siempre hacía en cada aspecto de su vida, haciéndola estar más consciente que nunca de cómo se sentían sus manos sobre ella.
Podía parecer una tontería, pero la hacía feliz, inmensamente feliz el hecho de estar con las piernas suspendidas y balanceándose sobre el suelo; la situación era totalmente irreal y la estaba haciendo reír sin descanso. Se sentía ligera, como si volase, invencible mientras Ben andaba con ella a cuestas como si fuese un koala, enseñándole en detalle cómo veía él cada esquina, desafiando la gravedad solo porque le había dicho que él le había hecho olvidar lo que era ser alta.
Había montado este circo solo por complacer una idea tonta.
Y lo mejor era que no solo se sentía bien por recordar esa sensación que la había acompañado tanto tiempo durante su vida (lo bueno y lo malo), sino que estaba aprendiendo lo que sentía Ben, desmontando todo lo que había asumido sobre él cuando empezaron a vivir juntos.
En veinte minutos, Ben había logrado triplicar el amor que Rey sentía por él. Era un hombre de acción, sabía que no controlaba muy bien las palabras, lo había aprendido por las malas y a base de errores y disculpas; "mira lo que estás haciendo, viniendo de nada, sin ser nada" no era "no eres los suficientemente buena para poder lograr lo que te estás proponiendo, despierta" sino "eres una jodida luchadora, impresionante, talentosa y si no dominas el mundo es porque no te queda hueco en la agenda"; eso les había costado una semana sin hablarse y que Ben rompiese accidentalmente una de sus macetas mientras andaba de un lado para otro del salón, frustrado porque no era capaz de disculparse sin empeorar la situación, ni de explicarle lo que realmente quería decir.
Fue la primera vez que Ben le dijo que la quería, y la primera noche que pasó en el apartamento.
Este apartamento, del que logró que le concediesen la hipoteca cuando empezó a trabajar de forma continua en el taller de Erso, al que no había sido capaz de renunciar porque era la primera cosa en su vida que era realmente suya, al que Ben accedió a mudarse a pesar de que su apartamento era más grande y , ahora veía claramente, este demasiado incómodo para él.
Después de la visita guiada por las alturas del apartamento, y unos tropezones con las zapatillas que había dejado por medio (ir descalza era una gozada y nadie podría convencerla de lo contrario), Ben volvió a ponerla en el suelo de la cocina, en el mismo sitio donde la había levantado.
Se giró para enfrentarle, levantando la cabeza para mirarle a los ojos y poder ver la cálida sonrisa que le iluminaba el rostro; no le hacía falta un espejo para saber que ella tenía una exactamente igual, le dolían las mejillas de tanto sonreír. Aún temblaba, su corazón latía desbocado intentando asimilar la sobredosis de felicidad y amor que corrían dentro de ella.
—¿Qué tal eso de ser alta otra vez?
—No es tan bueno como lo recordaba, tiene sus puntos, claro, pero creo que prefiero quedarme como estoy, esos veinte centímetros de más te los dejo todos para ti.
Estaba en una nube, muy lejos de la realidad para procesar los zumbidos de su teléfono olvidado junto a la lata de melocotón en almíbar, seguramente Poe o Rose respondiendo a los videos de su loco paseo en casa. Estaba tan fuera de sus sentidos que no logró darse cuenta de que los ojos se le habían empañado hasta que vio cómo Ben fruncía el ceño, la preocupación gritando en sus facciones.
—Rey, ¿qué pasa? ¿Te he hecho daño?
Le cogió el rostro con las manos, acostumbrado como estaba a que siempre desviase la mirada cuando lloraba, pero esta vez no pensaba dejar de mirarle, embelesada por todo lo acababa de ocurrir. Negó con la cabeza, sonriendo de forma estrangulada, separó los talones del suelo y le echó los brazos al cuello, sosteniéndose en él mientras se encontraba con su boca.
Le besó con desesperación, hundiéndose en sus labios como si quisiese tirarle todos esos sentimientos que amenazaban con hacerla estallar; se vio correspondida con la misma fuerza, una de sus manos pasó a sujetarle la cabeza y la otra bajó hasta su espalda, apretándola contra él como si quisiese fundirlos. La besaba con esa intensidad de la que solo Ben sería capaz de forma instintiva, ahogándola en su ser, en su cuerpo, en su presencia, hasta que no le quedó más aire para retenerla.
Pasaron unos segundos en silencio, solo se oían sus respiraciones mezclándose en el escaso espacio que los separaba. Rey permaneció con los ojos cerrados, concentrándose en poner orden en su cabeza, intentando tomar las riendas de sus emociones, intentado recuperar las palabras.
—Siento haberte arrastrado a vivir aquí —al abrir los ojos se encontró con un Ben aún más confuso—. No me había dado cuenta de lo incómodo que es para ti hasta ahora y sé que accediste a mudarte porque no estaba dispuesta a dejarlo. No tendría que haberme aferrado tanto a este sitio, debería haber pensado también en ti.
—Fui yo el que quiso venir aquí.
—No, pero sé que-
—Nada de "peros", Rey, mírame —el agarre de su cabeza se hizo más firme. Al levantar la mirada se encontró de frente con sus ojos, llenos de una seriedad heladora— y escucha. Cuando me dijiste que querías vivir conmigo ya daba por hecho que te referías a que viviríamos aquí, incluso antes de que lo propusieras como opción la segunda vez que hablamos del tema.
Su mirada se suavizo y Rey se relajó en sus brazos. Siempre le maravilló el efecto que tenía sobre ella; proyectaba sus emociones con tanto aplomo que era imposible no dejarse llevar por ellas.
—Estaba reticente, pero no porque no quisiese vivir aquí o contigo, Rey, iría a cualquier parte si tú estás allí. Es solo que, tardaste ocho meses en dejarme entrar a tu apartamento y otros tres en pedirme que me quedase, y no fue en el mejor de los momentos. Me estabas proponiendo compartir tu espacio, me daba miedo que cambiases de opinión, quería asegurarme de que lo tenías claro y de que yo estaba listo para aceptarlo si no era así.
Volvió a sujetarle la cara con ambas manos, acariciándole los pómulos con los pulgares, extendiendo las lágrimas que habían empezado a caer sin que pudiese contenerlas por más tiempo, tan concentrada como estaba en él.
—Me encanta vivir aquí, este sitio eres tú, es una parte de ti, y que hayas querido incluirme en cada aspecto de tu vida, sabiendo por todo lo que has pasado… que hayas estado dispuesta a adaptarte a mis horarios, a mis manías absurdas solo porque me quieres a tu lado… Rey, un par de golpes en las rodillas o unas bombillas potentes no son suficiente para borrar lo especial que eso me hace sentir.
Ben era un hombre de acción porque no controlaba las palabras, para mal y para bien, como ahora; con una cadencia suave y haciendo desaparecer cualquier control de la razón sobre su lengua era capaz de tocar cada fibra de ella, estirarlas hasta que no eran capaces de volver a su ser.
¿Cómo podía decirle lo mucho que significaba todo aquello para ella, cada palabra que acababa de confesarle? Que este apartamento no había parecido un hogar hasta aquella mañana que se despertó con él al otro lado de la cama, que nada en toda su vida le había parecido tan correcto como darle un espacio en su corazón. Cada momento a su lado la hacía sentir viva, encontrarle en la cocina con dos tazas de té sobre la mesa y una sonrisa o la locura de esa misma tarde.
Eran demasiadas emociones y palabras luchando por ordenarse y salir de ella, sin control, sin cuidado, desesperadas por alcanzar al foco de su creación, la razón por la que existían y se retorcían en su interior. Con ese hermoso nudo en el estómago y la sensación de flotar en sus manos aún fresca en la memoria, volvió a dejar que sus emociones se aprovechasen de la situación, de su vulnerabilidad ante él, de la ligera inclinación de Ben sobre ella, haciéndole perder un poco de altura, para estirar el cuello y volver a besarlo.
Esta vez no hubo segundos de espera que la asustasen, cuando sus labios rozaron los de él fueron recibidos de inmediato por su sonrisa y por un movimiento cuidadoso, delicado, reconociendo su fragilidad y tratando de reconstruirla caricia a caricia, hasta que el sabor de la menta de su pasta de dientes se abrió paso en su boca y logró sonreírle de vuelta.
Rompió el beso con pereza, la atrajo hacia él, abrazándola, rodeando con calma y seguridad su cuerpo deshecho, latiendo al compás del pulso bajo sus dedos. Ben apoyó la barbilla sobre su cabeza, ambos encajando a la perfección y Rey se estremeció ante la idea, el impulso eléctrico deslizando sutilmente las palabras por su garganta.
—Te quiero.
Giró un poco la cabeza, lo suficiente para hundir la nariz en su cuello. Aspiró despacio y profundamente, arrugando la camiseta de Ben con los puños, agarrándose a la sensación que los rodeaba, vibrando en cada célula (amor, hogar, pertenencia…), no queriendo soltarla jamás.
—Lo sé.
¿Me he tomado libertades con las alturas? Alguna.
¿Me importa? No.
