Título: Polvo en las esquinas.
Personajes: Athanasio, Jeannette, Aethernitas/Karax (mención).
Pairings: -
Línea de tiempo: Post-final.
Advertencias: Disclaimer Who Made Me A Princess/Princesa Encantadora; los personajes no me pertenecen, créditos a Spoon y Plutus. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Situaciones exageradas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: K+
Categoría: Familiar, Dolor/Consuelo, Drama.
Nota de autora: no sé, mucho texto, y lo escribí sólo para sentirme mejor


Summary: Aún es difícil acostumbrarse a estar solo con sus pensamientos. Entonces, de pronto, ella está a su lado. (Y no le gusta. Lo odia. Su propia mano sobre su hija le recuerda a las manos de su madre aferrándose a él.)


—El sonido del mar no es lo mío...

Con palabras dichas para sí mismo, y su propia voz apenas opacada por los copiosos alaridos del agua al otro lado de su ventana, observa con desagrado el paisaje que le regala la fría noche. Lejos de sentirse extasiado por la imagen semejante a una obra de arte que pintan el reflejo de la luna sobre las olas, acompañando al aire suave y fresco y el horizonte lleno de estrellas, sin mencionar la ciudad que nunca parece dormir, habitando casi junto a las aguas y brillando en todo esplendor en espera de los barcos que llegan a todas horas. Es sin duda alguna el tipo de cosas, de escenas, de ciudades que encantan a los viajeros.

Pero Athanasio se siente lo suficientemente hastiado como para hacer una mueca de desagrado.

La ciudad que nunca duerme no lo deja dormir a él.

Aunque, bueno, no es como que pudiera dormir de todas maneras. No cuando ya se había acostumbrado, después de quince años, a tener a una voz intrusa en la cabeza, sólo para que luego ésta desapareciera de la noche a la mañana gracias un poco de la magia del amor filial, o lo que sea.

Todo es culpa de Claude. De Claude y de Lucas.

Suspira.

Sin la voz de Aethernitas queriendo molestarlo, llamándolo un inútil o dictando planes molestos en busca de venganza, las noches se sienten algo tenebrosas. Es decir, debería ser más tenebroso tener a alguien dentro de tu mente diciéndote siempre qué hacer, pero Athanasio ya se había acostumbrado tanto a que su tatarabuelo le gritara por horas que, siendo sinceros, se siente un tanto solitario sin esas charlas poco motivacionales.

Una risa se le escapa. Era hilarante. ¿De verdad ya había enloquecido, cuando apenas se quitó a ese maníaco de la cabeza?

(Tal vez es que no le guste la soledad.)

Observando con poco interés las luces de los puestos mercantes y las casas de descanso, junto a los puertos que reciben todo tipo de navíos y embarcaciones, sus ojos oscuros brillan casi como gemas. Sin embargo, la magia del mago de la torre es lo suficientemente fuerte como para evitar que algo de su linaje real se escape otra vez.

Cansado. Está cansado. Debería irse a dormir ya, y luego despertar tarde porque de todas maneras no tiene nada importante que hacer al día siguiente. Ya no es un emperador ni mucho menos, sólo alguien que se dedica a trabajar desde lo oculto o algo así. No tiene responsabilidades asfixiantes, además de que no puede destacar o alguien de la capital se enteraría de que aún se mantenía con vida y arruinaría todo el plan que tanto le costó seguir, y pensar en eso lo ponía incluso de peor humor. Ya ni siquiera podrá matarse trabajando para aminorar el tiempo en que se toma para pensar en su vida.

«Morir hubiera sido más sencillo» se convence, recostando su espalda contra el marco de la ventana del segundo piso. Con un pie hacia afuera, moviéndose y golpeando el aire, tentando el vacío que le dan los metros de altura hasta el piso del jardín.

Fue un lindo detalle de parte de su hermano el haberle regalado una mansión y todo eso, pero no ayudaba al plan de «no destacar», así que a Athanasio le gusta llamarlo idiota cada vez que recuerda los lujos entre los que lo dejó tirado.

Antes de poder inclinarse un poco más hacia adelante, sólo para medir la distancia y el tiempo que le tomaría alcanzar las piedras del suelo, otro sonido llega a sus oídos. Cree haber escuchado mal pero, aun así, deja de tentar a su suerte y baja del marco de la ventana, observando a su alrededor entre la penumbra de la habitación.

Entonces vuelve a escuchar ese sonido. Están tocando a su puerta.

Camina hacia allí y se detiene enfrente, sin atreverse a abrirla. Sabe quién está allí; la única persona que tendría el derecho de ir a molestarlo a esas horas de la noche.

Sin embargo, no cree poder abrirle. No ahora. No mientras se siente tan ahogado consigo mismo que incluso el pensamiento de ahogarse de verdad en el mar más allá de estas paredes suena a un buen descanso.

Cuando ya no escucha nada, se siente un poco aliviado. Aun así, todavía puede ver la sombra de Jeannette por debajo de la puerta.

«Vete ya, niña. Vete de aquí».

Pasan los segundos.

«Vete. Vete. Vete».

Finalmente, ella se aleja.

Es entonces que Athanasio, sin tomarse un segundo más para pensar, abre de golpe la puerta y se asoma por el corredor. Ni siquiera repara en que no está controlando su expresión, demostrando un temor atroz que no sabe de dónde viene.

(Tal vez es que odie sentirse abandonado.)

—Jeannette.

La joven se detiene abruptamente antes de desaparecer por otro corredor y, con una expresión de espanto y culpabilidad, se gira a verlo.

Athanasio sale de su cuarto para ir junto a ella. Allí afuera hace frío, puede sentirlo, pero la muchacha no trae más que su ropa para dormir y una expresión nerviosa en toda la cara. Él se pregunta si es que estará bien que continúe de esa forma, o que esté temblando ligeramente, y luego se siente culpable de no haberle abierto la puerta desde hace rato y en vez de ello dejarla congelarse allí afuera.

«Qué buen padre eres, Athanasio. Te felicito» se reprende a sí mismo, y casi se ríe de lo imbécil que se siente.

Y se pregunta si ella ahora está enojada con él por no abrirle, sabiendo bien que nada le costaría hacerlo.

Pero la niña no se ve molesta.

—¿Qué sucede, Jeannette? ¿Por qué vienes a esta hora? —Aventura, con toda la delicadeza que puede. Ella abre la boca un par de veces, sólo para cerrarla otra vez, y luego mira nerviosa sus manos—. ¿Ocurrió algo?

—Yo sólo... Um... —ansiosa como ella es, observa a los alrededores, como si sintiera que en cualquier momento alguien aparecería para detenerla o llevársela lejos.

Jeannette realmente no sabe que el hombre frente a ella no dejaría que hicieran eso otra vez. Pero tampoco es como si él pudiera decírselo. Así que ambos se quedarían por siempre en este punto muerto donde reina la incomodidad.

Aun así, la joven frente a Athanasio es valiente como un cachorro de león peleando contra una serpiente venenosa. Y esa imagen es bastante divertida (y sinceramente aterradora).

—No puedo... dormir...

—¿Es así?

Athanasio no se siente sorprendido. Ya había visto este comportamiento en ella, cuando apenas se mudaron al castillo imperial y Jeannette fue trasladada al palacio de la emperatriz. A la joven le había costado irse a dormir en los primeros días, y varias noches la había encontrado escabulléndose a la biblioteca u otros lugares donde no hubiera nadie. Incluso había ido junto a él en uno de los peores momentos posibles.

Sólo habían pasado un par de días desde que se habían mudado a este lugar, así que Athanasio la entiende.

—¿Quieres que te lea un cuento? —Sugiere, divertido. El rostro de la chica pronto se tiñe de rojo y niega repetidas veces con la cabeza—. ¿No? Entonces... ¿Te gustaría dar un paseo? ¿O ir a comer algo? Hay dulces guardados en la cocina, podemos compartirlos.

—Comer dulces a esta hora sería malo —aclara, volviendo a negar—. Si me los como, los vestidos ya no me quedarían. —Suspira pesadamente, lamentándose.

—Te compro otros y ya. —Se encoge de hombros. Ella hace una cara de espanto otra vez.

—No, no, no. No tengo hambre ni nada, yo sólo... Sólo me preguntaba si me dejarías... Si me permitirías dormir contigo esta noche, papá.

—¿Eh?

Silencio.

Athanasio tarda más de lo necesario en procesar ese pedido. Y en lo que él piensa, el rostro de Jeannette se mantiene brillante pero nervioso. Pero mientras más tiempo pasa las expresiones de la niña más se deforman, hasta mostrar un rostro completamente lleno de pena, y rojo como un farol.

Finalmente, ella ni siquiera tiene los ojos enfocados. Son como dos espirales. Su padre, en cambio, permanece con la misma sonrisa rígida.

—¡L-l-lo siento! ¡P-p-pedí algo extraño! —Se disculpa haciendo reverencias y moviendo las manos hacia cualquier dirección. Sus ojitos verdes pronto bajan al piso mientras su nerviosismo aumenta—. No era mi intención incomodarte y... ¡Perdón! ¡No pensé en lo que iba a decir! ¡Discúlpame, yo...!

—Estás gritando, hija —le recuerda, consiguiendo que la niña pronto deje de balbucear y se cubra la boca con ambas manos, disculpándose con la mirada. Él exhala, dejando de sonreír—. Bueno, respecto a eso...

La respuesta clara debería ser un rotundo «no». Athanasio nunca dejaba que alguien más durmiera en la misma cama que él (además, ¿cuándo fue la última vez? ¿Quién siquiera tuvo permitido tal cosa? Además de sus amantes, claro— pero incluso con ellos no podía bajar la guardia), y no pensaba dejar que sucediera. Tal vez por paranoia o por costumbre, pero ya estaba dictada esta sentencia y se supone que nada podría hacerlo cambiar de opinión.

Sin embargo, ya es tarde en cuanto se da cuenta de que se encuentra arropando a Jeannette con las mantas de su cama.

«¿Qué demonios estoy haciendo?». Ni siquiera él se reconoce, viéndose a sí mismo acomodando las almohadas de una niña con el rostro de una de las mujeres más desagradables que recuerde, pero queriendo que esta señorita angelical se encuentre bien a cualquier costo. Incluso si el costo tenía que ver con compartir su sitio de descanso— y eso tal vez ya era demasiado. Literalmente habían pasado décadas desde que había arropado a un niño o siquiera se había acercado a uno sin intenciones de cortarle el cuello. Tan sólo Claude, cuando tenía seis años, había tenido la oportunidad de ver este lado suyo que lo asemeja a un ser humano decente, o a un padre común.

En serio, en serio— no se reconoce a sí mismo.

Sin embargo, Jeannette está allí, y le sonríe alegremente mientras lo insta a recostarse a su lado. Y él ni siquiera tiene tiempo para negarse.

Las orbitas verdes de Jeannette brillan con tanto cariño, cariño dedicado a él. Athanasio nunca llegará a entender este sentimiento que ella le profesa a él, a él y a todo el mundo, todo el tiempo, aún sin pedir nada a cambio, como si lo único que necesitara es que él y los demás la vieran de esta manera tan vulnerable y patética.

—¿Papá tampoco podía dormir? —Jeannette pregunta, cortando con el sonido del mar, sonido que continúa colándose por la ventana casi cerrada.

Athanasio frunce el ceño, pero vuelve a sonreír.

—Podría decirse.

—¿En qué estabas pensando?

—Cosas de adultos.

—¿Extrañas al tío Claude?

—Siento que tus preguntas se están volviendo divertidas, Jeannette —menciona, con sorna. Jeannette sube las mantas hasta su nariz, sintiéndose descubierta. Athanasio sonríe y le da unas palmaditas en el hombro—. ¿Qué tal si dormimos ya?

—Lo siento si te molesté... Sólo quería saberlo.

«No te pongas así». El hombre hace una mueca de culpa al ver la expresión de tristeza de la niña. «Qué lío eres, Jeannette».

—¿Tú extrañas a la princesa? —desvía el tema con facilidad.

—Mucho —tan sincera que lo abruma. Jeannette le mira fijamente mientras habla—. Ella me ha enviado cartas desde que vinimos, pero aun así, me siento triste porque no puedo verla como antes.

—¿Es así? Aunque ella dijo que te visitaría, ¿recuerdas?

—Sí, pero sé que está ocupada, más aún ahora que se convertirá en emperatriz. Así que la visita... tal vez se posponga mucho.

Athanasio ahora ya no tiene idea de qué decirle para intentar animarla. Aunque se pregunta por qué habría necesidad de animarla. Bien había escuchado eso de que si los niños lloraban se quedaban dormidos más rápido, por lo que tal vez eso sería de mucha ayuda.

«¿Y si uso magia?».

Un hechizo para dormir no le haría ningún daño.

(No es su intención. Nunca podría, de todas formas.)

—Papá, ¿preferirías que me fuera?

—No.

Cierra la boca rápidamente, y abre los ojos con sorpresa. Su mano, que aún permanecía en el hombro de la niña, se aprieta suavemente, sintiendo la calidez a través de las telas. Jeannette es cálida, mucho más cálida que él y le mira con curiosidad, sin entender por qué de pronto se ve tan perdido, como si se hubiera caído en el mar y sólo supiera flotar. La mente de Athanasio es un lío y enredos en demasía, mientras se pregunta a sí mismo por qué demonios su boca lo traiciona cada vez que su hija dice cosas molestas tan de la nada.

No se ha preparado para algo como esto. Con sinceridad, nunca estuvo preparado para esto.

Pero no desea cambiarlo. No del todo.

(Le da miedo la soledad. Lo odia.)

—Tú... puedes quedarte con papá, Jeannette. —No tiene idea de qué está diciendo, pero su hija todavía está allí y no deja de verlo con atención.

Athanasio no es capaz de descifrar el sentimiento que ella le dedica esta vez. Está más ocupado y abrumado por el sonido del agua, de las olas, golpeándose entre sí, el viento rasgando el cristal de su ventana y la completa oscuridad de la noche, engullendo las piedras del suelo y su piel. Algo le está gritando en los oídos y haciendo ecos desastrosos, pero no es el demonio que antes tenía en su interior, es más parecido a un zumbido. Son recuerdos, recuerdos que ha enterrado y que escarban presurosos para salir de sus tumbas e ir tras él.

Hay algo de familiaridad desagradable en toda esta escena. No le gusta. Lo odia.

Y su propia mano sobre su hija le recuerda a las manos de su madre aferrándose a él, zarandeando su pequeño cuerpo y gritándole, rogándole que haga algo— que suba a lo más alto para que ella también esté en lo más alto.

(«—Amas a mamá, ¿verdad, Athanasio? Tú amas a mamá, ¿cierto?»).

—Jeannette, tú... ¿quieres a papá?

(¿Qué era lo que le contestó a mamá? ¿Qué era? ¿Qué era? ¿Qué era?).

(«—Tú, estúpido bastardo. Deshazte del alma de esa niña»).

(Aethernitas... Aethernitas siempre repetía esas palabras, ¿no es así? ¿Por qué nunca le obedeció?).

—Jeannette...

—Papá, te quiero.

Parpadeando repetidas veces, Athanasio siente que ha regresado a su realidad. O que ha despertado de una pesadilla.

Los zumbidos se vuelven lejanos.

Y la niña a su lado le sonríe con tanto amor.

—Te quiero mucho, papá. ¿Tú también me quieres?

Un doloroso nudo se le forma en la garganta, duele como el infierno y sabe que, si intenta soltar aunque sea un sonido, sus cuerdas vocales se romperán. La histérica y odiosa voz de sus pensamientos— de sus recuerdos hundidos bajo curuvicas cristalinas y mortíferas («mamá estará orgullosa de tí, mamá quiere que seas el mejor») baja de intensidad hasta que ya no escucha nada más que su propio corazón. Ya no hay olas ni viento ni las piedras sin vida llamándole desde la ventana. En cambio, puede observar con absurda claridad la sonrisa alegre de Jeannette y percibir las manos de la niña aferrarse a su ropa, a la misma altura donde está esa cicatriz maldita que le recuerda todos sus errores y la maldición en su sangre.

No tiene ganas de sonreír.

—Papá...

—Claro que te quiero, Jeannette. Sólo...

«¿Cómo se supone que son los padres que quieren a sus hijos?».

Athanasio no recuerda tener el valor de preguntarle a su madre si lo quería. Sólo recuerda la envidia que sentía hacia Claude porque él sí tenía a una mamá que lo amaba más que a nada. Aún con ese cuerpo débil y en sus últimos momentos, no hubo otra cosa más que amor para su hijo.

—Perdón, no sé... cómo se siente querer a alguien, en realidad.

Y admitirlo es tan patético, pero Jeannette niega con la cabeza, sin dejar de sonreír.

Athanasio sabe que ella es la única a quien podría decirle tantas cosas absurdas y sus palabras nunca serán tomadas en broma. Lo cual, en cierto modo, es inquietante pero también divertido.

—Está bien, papá.

Decidiendo no pensar mucho en ello, él extiende los brazos y la niña no tarda ni un segundo en acercarse y cortar toda distancia al abrazarlo. El hombre también la abraza, ocultando su rostro el cabello de chocolate y sintiendo su suavidad, preguntándose si estaría bien sólo dormir así de una vez y ya no despertar.

Jeannette se ríe y le dice buenas noches.

(Los dos odian la soledad y no saben lo que es ser una familia de verdad.

Pero están bien sólo con decir «te quiero» una sola vez.)


¿fin?