EL BAZAR DE LA CARIDAD
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
Esta historia participa en el topic "¡Duelos entre Potterhead!" del foro Hogwarts a través de los años.
Respondo a los retos siguientes: una historia sobre una chica que sea feminista y una historia que transcurra en París.
París. Martes, 4 de mayo de 1897.
—¡Hesper, querida! ¡Bienvenida!
Nora Bonaccord colocó las manos en sus hombros y le besó las mejillas. Hesper, poco acostumbrada a establecer contacto físico con sus semejantes, se contuvo a duras penas para no retroceder un paso. Nora era la única persona que conocía en París. Su marido Sirius se la presentó una semana atrás, durante una cena en casa del Ministro de Magia francés. Pierre Bonaccord era el jefe del Departamento de Relaciones Internacionales y Nora, su esposa, una mujer que demostraba una gran entereza y seguridad en sí misma. Hesper quedó prendada de ella en cuanto la vio. Nora poseía una belleza arrebatadora y una simpatía innata. Tenía el pelo rubio y los ojos azules y poseía una expresión similar a la de los ángeles de los cuadros muggles. Hacía poco que había cumplido los cuarenta años y Hesper, recién salida de Hogwarts, inmediatamente decidió que sería un espejo en el cual verse reflejada. Ansiaba vestir como ella, hablar como ella, moverse como ella. Tan sólo llevaban unos pocos días entablando relaciones y ya la admiraba más que a cualquier otra mujer a la que hubiera conocido.
Nora la había invitado a visitar Le Bazar de la Charité, un mercadillo benéfico que tenía como objetivo recaudar fondos para atender a los niños huérfanos franceses. Organizado por las esposas de los miembros más destacados de las finanzas y la política del país galo, contaría con la presencia de grandes personalidades. Femeninas, en su mayoría. Cada una de las asistentes aportaba algo que más tarde sería subastado. A Hesper la apenaba no haber llevado nada. Estaba de luna de miel y no había contado con que podría ser necesario llevar a cabo una donación. Nora la calmó de inmediato, comprendiendo que se encontraba en una posición un tanto incómoda. Le aseguró que podría colaborar en otra ocasión, puesto que el bazar llevaba celebrándose interrumpidamente desde el año 1885.
El mercadillo se organizó en el interior de un edificio del barrio mágico parisino, una construcción de principios de siglo con las paredes de piedra y el interior forrado con madera noble. Era un lugar elegante y sofisticado, como todo en París. Hesper se sintió extasiada con tan sólo contemplar la puerta giratoria de la entrada. En Inglaterra todo era más frío, impersonal. Los azulejos oscuros y brillantes del Ministerio de Magia le parecían un atentado contra el buen gusto. A Hesper le encantaron los tapices que adornaban algunos de los muros, las vistosas telas de colores que pendían del techo. Se dejó atrapar por el bullicio de todo lo que acontecía a ras de suelo. Los cachivaches expuestos sin ton ni son, las brujas ofreciendo comida a los asistentes, las mujeres de toda clase y condición que compraban aquello que estuviera al alcance de sus bolsillos. Nora la guio entre la gente. Le presentó a damas de alta alcurnia y criadas de baja estofa. Sangrepuras y sangresucias. Eso la incomodó de sobremanera. Cuando quiso protestar, descubrió que Nora tenía unas ideas muy distintas a las suyas.
—¿Qué importa el origen mágico? Somos mujeres, Hesper. Debemos unirnos para luchar contra aquello que nos mantiene oprimidas, los que acallan nuestra voz y pretenden que seamos meros objetos decorativos.
—¿Quién hace tal cosa?
Nora rio con ternura, maravillada tal vez por su candidez.
—Los hombres, querida. ¿Quién si no?
No supo qué decir. Nora comprendió su turbación y, asiéndose a su brazo, la llevó a un aparte.
—¿Cuántos años tienes, Hesper?
—Dieciocho.
—¿Cuánto tiempo llevas casada?
Hesper evocó el día de su boda. Se consideró afortunada por ligar su vida con la de un hombre tan atractivo como Sirius Black. Ella, que no era la bruja más bella de su generación, estuvo muy orgullosa de formar parte de una familia mágica tan importante. La ceremonia fue larga y la fiesta posterior fastuosa. No le gustaba mucho pensar en la noche de bodas. Si tuviera que calificarla con una palabra, diría que fue decepcionante. Pero debía considerarse afortunada. Al menos ella no se había visto obligada a casarse con un brujo viudo y anciano como su hermana Ester.
—Casi un año.
—¿Llegaste a terminar tus estudios mágicos?
—Sí. El matrimonio tuvo lugar diez días después de mi graduación.
Nora asintió, adquiriendo cierta pose reflexiva. Hesper no entendía a qué venían tantas preguntas. Después de todo, ella no había hecho nada del otro mundo. Como toda chica de sangrepura, se casó bien para poder engendrar herederos dignos de su estirpe y de la limpieza de su sangre.
—¿Nunca ambicionaste nada más?
La nueva pregunta le ocasionó cierto desconcierto. Había algo astuto en los ojos de Nora mientras la examinaba.
—¿A qué te refieres?
—A tus sueños y anhelos personales, querida mía. ¿A qué otra cosa, pues?
—Nunca me planteé otra cosa. Me comprometí con Sirius a los quince años. Siempre supe que me casaría nada más salir de Hogwarts.
—¿No hay nada qué quieras hacer con tu vida?
Esa cuestión era más sencilla de responder. Hesper enderezó la espalda y se llevó las manos al vientre. Aún estaba vacío, pero, con un poco de suerte, pronto albergaría la existencia de un nuevo ser.
—Deseo ser madre.
Llegadas a ese punto de la conversación, Nora sonrió. Había algo triste en su expresión, algo que la confundió aún más.
—¿No entiendes dónde está el problema, querida Hesper?
Negó con la cabeza. Nora tomó sus manos y le habló mirándola a los ojos.
—Somos brujas. Estamos tan capacitadas como cualquier hombre para hacer magia. Con esfuerzo y una pizca de buena suerte, podríamos llegar a ser cualquier cosa que deseemos. Esposas y madres, sí, pero también profesoras, sanadoras, pocionistas o Ministras de Magia. Lo que queramos.
Hesper se rio, incapaz de dar crédito a esas palabras. Nunca conoció a nadie que le hablara en esos términos. Sin duda, Nora Bonaccord no pensaba con la debida cordura.
—Eso no es posible, Nora. Toda aquella bruja que ejerce una profesión fuera de casa, desatiende sus verdaderas obligaciones. No puedes ser buena madre ni tener en cuenta las necesidades de tu esposo.
—¿Qué hay de tus necesidades?
Hesper pensó fugazmente en ello. Sirius no era el hombre más solícito del mundo. Se limitaba a dar órdenes y a esperar que los demás le obedecieran. Era normal, teniendo en cuenta que era el primogénito, aquel que debía ocuparse de preservar el buen nombre de la familia Black. Sobre sus hombros recaía todo el peso de la responsabilidad y el saber estar y Hesper sabía cómo apoyarle, hacer que su carga fuese más llevadera. Sus necesidades, en cualquier caso, no eran tan importantes. Después de todo, su vida estaba resuelta. No tenía que pensar en nada más que en cuidar de Sirius.
—Soy dichosa, Nora. Tengo todo lo que una joven como yo podría desear. Una casa grande, un esposo agradable y libertad para comprar lo que me plazca.
Nora la miró con incredulidad. No creía ni una sola de sus palabras, pero no insistió más. La llevó de vuelta a la estancia principal y la animó a adquirir alguna pieza decorativa para su casa. Hesper se decidió por un bonito reloj que quedaría perfecto sobre la chimenea. Las presentaciones continuaron y su anfitriona terminó por dejarla en manos de otras mujeres. Eran amables, pero Hesper no podía dejar de pensar en sus apellidos muggles. ¿Cómo se atrevían a conversar con ella como si fuesen sus iguales?
Escuchó, entre escandalizada y divertida, cómo hablaban sobre diversos temas. La inutilidad de los brujos que componían el equivalente francés del Wizegamont, los nuevos diseños de moda que llegarían con la temporada otoñal, el calor sofocante que hacía en París a esas alturas del año y el escaso talento de sus esposos para las artes amatorias.
—¡Ay, queridas! Debo considerarme afortunada. —Hablaba una mujer rolliza y de aspecto burdo—. Mi Mathis me hace ver el cielo cada vez que se hunde entre mis piernas.
Se carcajearon. Hesper se ruborizó un poco, sin entender a qué se refería. Por fortuna, nadie notó su turbación. Consideraba que esas mujeres eran capaces de plantearle cuestiones que no deseaba comentar con nadie. Ahora bien, sintió gran curiosidad. Sirius también se hundía entre sus piernas. Era necesario para engendrar a su heredero. Se colocaba sobre ella y embestía hasta que la llenaba de su esencia. Siempre gemía con los labios apretados mientras Hesper esperaba a que terminara. Eran actividades que se le antojaban aburridas. ¿Insinuaba esa mujer desvergonzada que se podía disfrutar del sexo?
—Pues yo tengo una cosa clara. —Espetó otra de las presentes con total naturalidad—. Nada como una mujer para satisfacer a otra mujer.
—¡Camille!
Todas se echaron a reír al mismo tiempo. A Hesper le ardía la cara.
—Es en serio. Buscaos una buena amante y veréis que a gusto os quedáis.
Tenía muchísimo calor. Hesper se alejó del grupo de deslenguadas y se dispuso a salir al exterior. Debió esperar su turno para atravesar la puerta giratoria porque, aunque fascinante, resultaba muy incómoda. En su opinión, podrían haber instalado unas cuantas chimeneas para que el flujo de visitantes fuera más dinámico, pero a los franceses no les gustaba demasiado utilizar la red flú. La consideraban sucia y tenían su parte de razón. Nadie podía evitar mancharse la ropa de hollín al atravesar la chimenea y, aunque existían hechizos limpiadores que ayudaban a solucionar esos inconvenientes, las túnicas nunca quedaban igual de bien que cuando estaban recién lavadas y planchadas por elfos eficientes.
Una vez en el exterior, buscó algún lugar en el que reposar un rato. Encontró un pequeño parque a unos cincuenta metros de distancia. Se sentó bajo la sombra de un árbol e incluso pudo beber agua en una pintoresca fuente pública. Le llamó la atención en el grupo de hombres que pasaron a toda velocidad junto a ella. Eran más de veinte y caminaban deprisa. A lo largo de esa mañana, apenas había visto brujos dentro del bazar. A lo mejor estaban ansiosos por colaborar con la obra de caridad. Sintiéndose un poco mejor, inclinó la cabeza hacia atrás y contempló el azul del cielo. En Inglaterra pocas veces podía verse de ese color. Londres era una ciudad gris, cubierta de nubes y niebla. París era fascinante. Dinámica, alegre, preciosa. Se hubiera quedado a vivir allí para siempre. De todos los lugares que Sirius y ella habían visitado durante su luna de miel, París era su favorito. Sus chocolaterías, las tiendas de moda, los espectáculos nocturnos, la elegancia de sus gentes. Los museos, las calles amplias y empedradas, las librerías. Era maravillosa.
Estaba tan absorta en la contemplación de las nubes que tardó unos minutos en ser consciente de que aquellos gritos no eran normales. Descubrió el fuego cuando miró hacia el edificio donde se encontraba el bazar.
Sirius y Hesper adelantaron un mes su regreso a Inglaterra. Su esposo consideraba que se había quedado demasiado afectada después de la tragedia de El Bazar de la Caridad y esperaba que en Grimmauld Place pudiera encontrar un poco de paz hogareña. Hesper sólo se dejó llevar. Estaba tan triste e impresionada que le daba igual vivir en un lugar o en otro. Después de los acontecimientos de París, sus cuitas personales le parecían insignificantes.
En el incendio murieron 126 personas, la mayoría de ellas mujeres pertenecientes a la alta sociedad francesa. Nora Bonaccord fue una de las víctimas. Su cadáver quedó tan calcinado que sólo pudieron reconocerla gracias al fastuoso anillo que portaba en su mano derecha. Hesper quiso asistir a su funeral. Su esposo se mostró impasible en todo momento y sus hijos apenas aparecieron antes de que un elfo doméstico acudiera en su búsqueda. Eran niños pequeños, de rostros agraciados, muy parecidos a su madre. Cada vez que Hesper pensaba en el cabello rubio y los ojos azules de su amiga, el corazón se le encogía.
Habían permanecido en París durante una semana, tiempo más que suficiente para leer todas las novedades relacionadas con tan desgraciado acontecimiento. La identificación estaba siendo muy lenta. Los centenares de heridos se recuperaban en el hospital (lo más graves) o en sus casas (los más acaudalados). Comenzaron a correr rumores de que se había tratado de un acto premeditado cuando una noticia saltó a la palestra: alguien conjuró un hechizo para evitar la desaparición de los presentes en el bazar. Por supuesto, desde el Ministerio de Magia negaron los hechos. Cuando Hesper le habló a su esposo de los hombres que había visto aquel día, él desechó la idea, la acusó de estar desequilibrada y le ordenó que guardara silencio.
Su conciencia la instó a no obedecer. Por Nora y por las otras mujeres que, sin duda alguna, fueron asesinadas. Sin embargo, el sentido común la convenció de que lo mejor era no insistir. Sirius jamás la escucharía. No necesitaba oponerse a él. Debían vivir juntos y Hesper deseaba que su vida transcurriera en calma. Se conformó con la versión oficial, aunque nadie pudo evitar que comenzara a pensar. En Nora, en las víctimas del incendio y en todo lo que había escuchado durante aquel día. Por primera vez en su vida se planteó qué quería. No qué esperaban los demás de ella, si no lo que ella ansiaba de verdad. Lo que le gustaba y la hacía feliz. Una mañana de domingo se descubrió a sí misma sentada frente al piano de Grimmauld Place, retomando una tarea que abandonó años atrás. De pequeña recibió clases particulares de música y en Hogwarts tocó durante algunos cursos, aunque lo dejó cuando se anunció su compromiso con Sirius.
Ni siquiera supo qué la había impulsado a hacer aquello, pero disfrutó como no había disfrutado en mucho tiempo. Practicaba durante horas. Sirius a veces se sentaba junto a ella y la escuchaba, fascinando por su más que evidente talento. En varias ocasiones invitó a sus amistades para que se deleitaran con su arte. Sin duda alguna, no se imaginó que Credence White fuera a proponerle que fuera la concertista principal de su teatro.
—Ni hablar. No consentiré que mi esposa se exhiba como una vulgar titiritera.
Hesper no podía creerse que actuara así. La Hesper de antes del incendio se hubiera quedado callada. La que había escuchado las palabras de su amiga Nora se rebeló. Por primera vez en toda su vida, luchó por sí misma, por aquello que la llenaba de dicha y la hacía sentirse como la verdadera Hesper Black.
—No soy una titiritera. Soy una pianista. Ya has oído al señor White, posiblemente la mejor de toda Europa.
—Eres una mujer decente. Tu lugar está en esta casa.
—Soy una mujer adulta, Sirius. Mi lugar está donde yo decida que esté.
Pareció tan desconcertado que ni siquiera se enfadó por su insolencia.
—¿Cómo dices?
—Cuando me casé contigo no renuncié a mi identidad. Puedo tomar mis propias decisiones y he decidido convertirme en concertista. Tú no podrás hacer nada por evitarlo.
—¡Juraste obedecerme!
—Y tú juraste respetarme.
Sirius apretó los dientes. Por un segundo pensó que le pegaría. De haberlo hecho, hubiera sido su último acto como esposo de Hesper Black. Pero no. Sólo bufó como un toro y empalideció.
—¿Es tu última palabra?
—Sí, Sirius. Lo es.
No se dijeron nada más esa noche. Sirius abandonó Grimmauld Place dando un sonoro portazo. Incluso el más arrogante de los sangrepura era capaz de comportarse como un vulgar barriobajero.
Tal y como predijo Credence White, Hesper pronto se convirtió en la concertista más famosa del continente. No sólo actuó en su teatro de Londres, sino que se movió por toda Europa. Viena, Berlín, Roma y, al final, su querido París.
Sirius no la acompañó durante aquel periplo. Tenía asuntos muy importantes que atender en Londres y aún despreciaba su profesión. Sí se las apañaba para visitarla cada tres o cuatro días, ansioso por yacer con ella para engendrar un heredero. El sexo no había mejorado en absoluto, pero moverse por aquellos ambientes artísticos la llevó a descubrir un nuevo universo de placeres de mano de Oliver Carter, un tramoyista escocés.
Oliver y Sirius no podían ser más distintos. El primero tenía el pelo rojo, los ojos castaños y la piel lechosa y repleta de pecas. Era robusto y carecía por completo de modales. A Hesper le encantaba su bestialidad, cuando le arrancaba la ropa con las manos y hundía la cabeza entre sus piernas. Al fin, después de tanto tiempo, había comprendido lo que esa mujer del bazar quiso decir. Oliver acariciaba, lamía y succionaba sin vergüenza alguna. Se mostraba ante ella desnudo y soez. Le susurraba guarradas al oído y la penetraba sin compasión, provocándole sensaciones que Sirius jamás podría ni imaginarse. Era apasionado y tenía una risa que podría volver loca a cualquier mujer sensata.
Hesper lo extrañó más a él que a su esposo durante la gira europea. Pensaba en sus manos ásperas mientras paseaba por el barrio mágico. Fantaseaba con el encuentro que pronto tendría lugar. Un último concierto en París y regresaría a sus brazos. Cuidándose para no quedar embarazada, aunque convencida de que no le importaría en lo más mínimo fracasar en sus intentos. Sirius, con su orgullo Black a plena potencia, jamás podría imaginarse que su abnegada esposa estaba preparada para marcarle un gol de semejante magnitud.
Se estremeció cuando pasó frente al edificio que albergara el bazar. Habían pasado dos años desde el incendio y había sido rehabilitado. Acogía un club para caballeros. Le pareció una absoluta falta de respeto. No sólo no se había hecho justicia por todas esas mujeres cruelmente asesinadas, quemadas vivas sin piedad, si no que se burlaban de su memoria creando un antro de perversión masculina. Por un momento quiso prender fuego al edificio con su propia varita. Pasó de largo. Pronto llegó hasta el mismo parque del pasado y se sentó a la sombra del mismo árbol. A menudo pensaba en lo que podría haber sido de ella si no hubiera abandonado el edificio, avergonzada por los comentarios de unas mujeres que, en aquel entonces, eran mucho más libres que ella.
—¿Es usted Hesper Black?
La voz femenina le resultó vagamente familiar. A su lado había una mujer de pelo negro y ojos azules. Ocultaba la mitad de su rostro con una fina gasa de seda azul celeste. Asintió y le ofreció la posibilidad de sentarse a su lado. La mujer lo hizo.
—Estuve en su concierto de Roma. Quedé fascinada por su talento.
—Muchas gracias. Mañana por la noche tocaré aquí, en París.
—Lo sé. Ya tengo mi lugar en el palco de honor.
Hesper sonrió, alagada. Le gustaba tratar con sus admiradores. Por normal general, eran personas amables y solícitas. No le importó responder a la pregunta que le formuló a continuación.
—¿Su sueño siempre fue ser pianista?
—Creo que sí, aunque durante un tiempo lo olvidé.
—Me alegro de que consiguiera recordarlo. Creo que todos los amantes de la música lo hacemos.
Hesper suspiró y recordó a su amiga Nora.
—Alguien me dijo una vez que todas las mujeres podemos ser quién queramos ser. Me dijo que era importante luchar por nuestros sueños, que podíamos cumplir con todas nuestras ambiciones. Que somos, en definitiva, igual de válidas que los hombres.
Le pareció que la mujer sonreía debajo de su gasa.
—Una dama muy sabia, sin duda. —Se puso en pie e inclinó la cabeza con educación—. Si me disculpa, debo proseguir con mis obligaciones. Ha sido un placer conocerla, señora Black.
—El placer ha sido mío.
La desconocida comenzó a alejarse. Casi había desaparecido de su campo visual cuando Hesper cayó en la cuenta de que no era la primera vez que la veía. Esa voz le traía recuerdos del pasado y los ojos eran inconfundibles. Quiso correr tras ella, pero permaneció en el parque, sonriendo y asumiendo que a las mujeres no les quedaba más remedio que permanecer unidas.
Cuando esa noche se fue a dormir, sintió que la tragedia de El Bazar de la Caridad era un poco menos injusta.
Hola, holita.
Algunos comentarios sobre esta historia.
Hesper y Sirius Black son personajes canon. Pierre Bonaccord también. A Nora me la he invitado yo.
Los acontecimientos que se relatan en este fic están basados en hechos reales. El Bazar de la Caridad existió en realidad y se quemó, justo en la fecha que indico al principio. Murieron más de cien personas, casi todas mujeres. Existe en Netflix una serie al respecto que es bastante recomendable.
