Disclaimer: Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajime Isayama.
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Ojo: es un EreRi, o sea, Eren es el seme.
EL NOMBRE IDEAL.
Único.
—¿Ya sabes cómo le llamaremos?
Levi, desparramado sobre el sofá, bajó el libro titulado «100 nombres para bebés» que había estado leyendo y se lo colocó sobre el vientre redondo e hinchado. Se miró la barriga, dio una suave palmadita sobre aquel lugar donde nuestro hijo descansaba y parpadeó casi de manera solemne.
—Ya —respondió lleno de seguridad, volteando para mirarme—. He escogido el nombre perfecto, tiene un significado fuerte y digno de orgullo, estoy seguro que nuestro mocoso será respetado por eso.
Eso llamó mi atención. Dejé de barrer el polvo imaginario del suelo y me apoyé en la escoba, dirigiendo los ojos hacia mi novio. Conociendo a Levi, probablemente el niño terminaría con algún nombre medio extraño o medio feo. Pero tampoco podía decírselo, lo había intentado hacer de manera sutil, pero esa vez, siendo que Levi era una volátil bomba de hormonas, con lágrimas de rabia, me acusó de ser un mocoso irresponsable. Que era mi culpa el haberlo embarazado por no cuidarnos (aunque yo recordaba que alguien me pedía que terminara dentro, que no pasaría nada) y que, ya que yo lo había dejado panzón por nueve meses y sufriendo todos los achaques del embarazo, por lo menos a él le tocaría escoger el nombre de nuestro bebé.
No pude negarme esa vez y quizá debí haber resistido un poco más. Pero me dejé llevar por su carita llena de lágrimas y ese chantaje emocional que dejó escapar entre llanto y miradas lastimeras.
—Está bien —le animé sin sonar tan convencido—. Dime cuál elegiste.
Levi se comió una papa frita de la bolsa que tenía a su lado y, con una parsimonia para no creerse, le escuché soltar el nombre:
—Herculano.
—Levi, mi amor —dije despacio intentando no decir nada que pudiera herir sus sentimientos—, no es que no sea un nombre genial y eso —musité dibujando una sonrisa nerviosa y, dejando recargada la escoba en la pared más cercana, me acuclillé frente a él, colocando mis manos sobre sus rodillas—, pero no podemos nombrar a nuestro hijo así.
Mi novio arrugó el entrecejo.
—¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo? Si es un nombre increíble —refutó frunciendo la nariz de forma chistosa.
—Es que, tú sabes, llamarle de esa forma podría traerle problemas en el futuro. Las personas suelen hacer chistes desagradables cuando alguien tiene un nombre... inusual. Y no quieres que nuestro hijo sea víctima de bullying, ¿verdad —dije intentando sonar lo más convincente que podía. Ya podía escuchar todos los horribles apodos que le esperaban a mi hijo con un nombre como ese.
Pareció que mis palabras realmente sirvieron, le observé hacer una mueca mientras volvía a abrir el libro en una página anteriormente marcada con un separador. En mi interior lancé un agradecimiento al cielo y toqué su barriga, sintiendo un espontáneo movimiento de nuestro bebé como si estuviera dándome las gracias por salvarlo de un futuro lleno de apodos terribles.
«De nada, amiguito» pensé aliviado, dejando un beso en ese vientre hinchado.
—¿Qué te parece Casiano? —atacó de nuevo haciéndome saltar un ojo.
—No creo que sea el indicado —balbuceé arrugado la nariz. De verdad no podía imaginarme a mi hijo con un nombre así.
Levi chasqueó la lengua enfurruñado pero no dijo más. Lo vi sacar otra papita del empaque y masticarla con furia, mientras seguía en la ardua y exhaustiva tarea de encontrar el nombre perfecto para nuestro bebé.
Mirarlo ahí, con el ceño fruncido en concentración y sobándose la barriga de vez en cuando, provocó una creciente de emociones en mi interior. Todavía me resultaba increíble pensar que él y yo seríamos padres. Quiero decir, no llevábamos mucho tiempo como pareja —cumpliríamos tres años dentro de poco—, pero teníamos una relación cualquiera consideraría estable. No éramos perfectos, teníamos discusiones, peleas y altibajos como en todas las relaciones, pero nos queríamos y por eso mismo siempre sabíamos enfrentar todos nuestros problemas.
Cuando nos enteramos de este embarazo fue... increíblemente aterrador. Apenas tenía un par de semanas cuando el médico, tras el usual chequeo de rutina que Levi solía hacerse, le dio la noticia. Ese día había ido él solo y yo realmente había deseado estar ahí para acompañarlo, porque un bebé no era fácil de asimilar, traía consigo una responsabilidad enorme y muchísimas preocupaciones. Sin embargo, opacando la pequeña voz de mi lado racional, no pude evitar llenarme de ilusión en ese momento. La idea de tener un hijo con el hombre que amaba realmente me hacía feliz.
Pero me obligué a volver a la realidad porque sabía que la decisión no sólo dependía de mí. Era Levi quien tendría unos meses pesados; él sufriría un montón de cambios y probablemente lo pasaría muy mal en ocasiones. Mi apoyo nunca le faltaría, estaría ahí para él cuando me necesitara, no obstante Levi tendría la última palabra. En el pasado habíamos hablado ese tema en particular sólo una vez; Levi había sido muy claro entonces, tendríamos hijos sólo después de casarnos, cuando él se sintiera listo para dar ese paso.
Por eso mismo, quedé gratamente sorprendido cuando Levi aceptó tener al bebé. Le costó un poco adaptarse a la idea, pero poco a poco, conforme nuestro bebé crecía dentro de su barriga, él empezó a acostumbrarse hasta el punto de presumir su embarazo a todos sus conocidos.
Nuestro bebé no había sido planeado, pero ahora ninguno de los dos podía imaginar una vida sin él.
Cansado después de haber hecho la limpieza, me senté junto a él atrayéndolo hacia mi cuerpo cuando pasé un brazo sobre sus hombros. Mi novio se dejó consentir. Sacó un suspiro corto y acomodó su cabeza en mi pecho, sin quitar la vista del libro que sostenía con una mano mano.
—¿Laureano? —dijo de pronto. Agité la cabeza sin poder creer que Levi realmente estuviera pensando en ponerle un nombre así a nuestro hijo— No, no, espera —saltó emocionado e hizo un rayón con un resaltador amarillo sobre la hoja del libro—. Tengo uno mejor: Silvano.
Me mordí la lengua para evitar soltar un comentario desagradable y arrugué la nariz buscando las palabras indicadas para decirle "no" sin sonar tan brusco.
—Mira, ¿qué tal si dejamos fuera los nombres con terminación en "ano"? —insinué besándole sobre el cabello.
—No estás ayudando, Eren.
—Perdón, sólo estoy tratando de que tenga una vida tranquila durante su época de escuela.
Él bufó.
—Bueno, entonces seguiré buscando —farfulló sintiéndose regañado.
Tras unos minutos, cuando no encontró ningún nombre ideal, dejó el libro de lado y tomó su móvil, procediendo a hacer una búsqueda rápida en Google. Tecleó "nombres para bebés inusuales" y aquello provocó una repentina sensación de rechazo en mí.
Pero preferí mantenerme en silencio, sólo observando como el dedo de Levi se deslizaba por la pantalla, deteniéndose por momentos cuando algún nombre le llamaba la atención. Hundí mi nariz en su cabello oscuro aspirando su bonito aroma; Levi siempre olía fresco, como menta y naranjas. Era una fragancia única que había aprendido a amar.
—¿Te casas conmigo? —pregunté de pronto llevado por el momento.
Levi despegó la mirada de la pantalla y bajó el móvil, centrándose en ver la pared que había frente a nosotros.
—No.
La verdad su negativa no me afectó tanto como la primera vez. De hecho ya había perdido la cuenta de cuántas veces él había rechazado mi propuesta.
Lo intenté primero cuando Levi me dio la noticia del embarazo. Había sido espontáneo, pero se lo pedí porque realmente tenía deseos de casarme con él. Formar a su lado una familia y poder llamarlo «mi esposo» era algo con lo que había soñado desde hacía mucho tiempo. Pero no iba a presionarlo, conocía muy bien a Levi, sabía que a le tomaba tiempo asimilar ciertas cosas y si él no estaba listo para el matrimonio, entonces yo esperaría pacientemente hasta que se sintiera cómodo.
Me reí por lo bajo y besé sobre su coronilla. Levi suspiró otra vez, volviendo a su tarea. Nos quedamos en silencio, siendo envueltos por el suave sonido del viento que se colaba por la ventaba abierta aquel día de calurosa primavera.
Ahí, con su cuerpo contra el mío y nuestro bebé dando pequeñas patadas que se sentían contra mi mano, pensé en que no podía ser más feliz.
(...)
—¿Que piensas de Patricio?
Interrumpí mi tarea de colgar el móvil de elefantes sobre la cuna recién armada y me volteé para encarar a Levi. Él estaba sentado sobre el sofá reclinable que había colocado en la habitación de nuestro hijo, mientras sostenía una libreta donde apuntaba los nombres que le parecían atractivos.
Me limpié el inexistente sudor de la frente y levanté las cejas, dudando un poco de como responderle.
—¿Cómo el de Bob Esponja?
Levi hizo una mala cara y lo vi rayar la libreta con furia desmedida. Después arrancó la hoja, haciéndola una bola deforme y tirándola hacia el bote de basura que estaba cerca del cambiador de pañales.
La bola de papel golpeó contra el bote y rebotó hacia el suelo de forma cómica. Levi chasqueó la lengua completamente enfadado, tal vez porque sentía que todo le estaba saliendo mal, y exhaló de forma muy exagerada.
—¿Casimiro?
—Sólo si es visco.
—Eres horrible, Eren.
Me aguanté las ganas de reír.
—Tómate tu tiempo, amor —le dije acercándome hacia la bola de papel para tirarla dentro del bote—. No es necesario que escojas el nombre aún.
—Tengo casi ocho meses, Eren —me recordó en un siseo que me provocó escalofríos—. Dentro de poco esta pequeña máquina de cacas, lágrimas y mocos va a nacer y todavía no tiene nombre —refunfuñó sosteniéndose la barriga, como para darle más énfasis a sus palabras—. ¿Sabes qué significa eso? Que soy un mal padre. Un mal padre que no puede decidir el nombre de su hijo.
Ahogué una risa y negué con la cabeza. Levi no tendía a exagerar, sin embargo el embarazo lo volvía inestable. Las hormonas eran incontrolables; un momento podía estar todo tranquilo y al siguiente segundo era un desastre de lágrimas y enfados.
—No eres un mal padre, Levi —dije tomando la libertad de acariciar su vientre redondo e hinchado—. Lo estás haciendo realmente genial. Estoy seguro que serás un gran padre para nuestro bebé.
—Estás muy tranquilo con todo esto —murmuró pasándose una mano por los ojos—. Ni siquiera parece que fuera tu primer hijo. ¿No tienes miedo?
—Bueno, sí... Estoy aterrado en realidad —confesé, luego dejé mis ojos en los suyos y le sonreí suavemente para transmitirle tranquilidad —. Pero cada vez que pienso en que alguien chiquito, un pedacito de ti y de mí, está creciendo aquí —dije arrastrando mis dedos por su barriga—, el miedo se va y es suplantado por la emoción. Sé que tienes miedo, Levi; sé que hay muchas dudas en ti ahora mismo, yo mismo me he sentido así también, pero... lo enfrentaremos juntos, como lo hemos hecho hasta ahora.
Mi novio no me respondió. Lo noté luchar contra las lágrimas y aquello me provocó una ternura extrema. Le besé tantas veces como quise, murmurándole contra los labios lo mucho que les amaba; a él y a nuestro bebé.
—¿Te gusta Leben? —cuestionó después para cortar el ambiente, limpiándose la nariz con un pañuelo desechable.
—No está tan mal. Podríamos ponerlo en la lista de «tal vez».
Levi asintió.
—Bueno.
(...)
Una semana después de que Levi cumpliera los ocho meses de gestación, Zeke arribó a casa.
Llegó con las manos llenas de regalos para su sobrino. Ropa, zapatitos y una cangurera fueron apenas una parte de todo lo que había traído consigo. Zeke estaba más que emocionado con la idea de convertirse en tío. Si bien la relación que mi hermano tenía con Levi no era la mejor (por alguna extraña razón no se soportaban), Zeke se estaba esforzando. Ponía todo de su parte para hacer el ambiente más llevadero cuando estaba cerca de Levi.
—¿Qué es todo esto? —exigió Levi, recién despierto, observando la increíble cantidad de bolsas y cajas que yacían alrededor de la puerta.
—Regalos para mi sobrino —respondió Zeke pintando una sonrisa orgullosa—. Mira, mira, le traje este mono de peluche.
—A mi hijo no le gustarán los gorilas.
—No es un gorila, es un monito —corrigió Zeke.
—Es la misma mierda horrible. No lo quiero cerca de mi mocoso.
—Pues te aguantas, porque una vez que mi sobrino nazca vendré todos los días a visitarlo para jugar con él y el monito de peluche.
A Levi le saltó una vena de enojo cuando Zeke volvió a acercarle el monito de peluche. Como si se sintiera acalorado, se echó aire con una mano y la otra la ocupó en sostenerse el vientre. Probablemente nuestro hijo acababa de despertar también y ahora estaba dando saltitos de felicidad en su interior. Levi jamás lo aceptaría, pero el bebé se ponía realmente emocionado cuando escuchaba a Zeke cerca.
—Fuera de mi casa, ¡ahora! —bramó exageradamente señalando hacia la puerta.
—Me voy, pero me llevo el pollo asado que compré.
Levi dudó un poco, se cruzó de brazos y elevó una ceja casi de forma desinteresada.
—¿Tiene puré de papa y ensalada? —insinuó echándole una mirada a la bolsa de papel reciclado que Zeke había puesto entre mis manos.
Era del restaurante favorito de Levi, preparaban el mejor pollo asado de la ciudad y mi novio no podía resistirse a comer una gran porción. Él decía que el bebé se lo pedía y por eso comía tanto, pero ciertamente eso sólo era una excusa, Levi era un glotón de nacimiento.
—Por supuesto.
—Entonces puedes quedarte.
Me reí, Levi se puso colorado.
—¿De qué te estás riendo? Ve y pon la mesa que me muero de hambre.
—A la orden, capitán —respondí dándole un beso que él no rechazó. Levi refunfuñó mientras Zeke se quitaba los zapatos.
(...)
—Y bien —inició mi hermano una vez que el almuerzo finalizó— ¿ya eligieron el nombre?
Era una pregunta inocente, sin malicia, pero Levi lo tomó de la peor manera. Enrojeció de rabia y aventó el hueso de pollo hacia su plato completamente vacío.
—¡Sácalo de mi casa ahora! —rugió levantándose de su lugar, mientras azotaba las manos sobre la pobre mesa que se agitó ante el ataque— Voy a bañarme —avisó dándome una mirada que desprendía veneno— y más te vale que cuando salga este madito simio ya no esté en mi casa.
Y con esa linda amenaza, Levi abandonó el comedor y subió las escaleras para encaminarse hacia el baño. Zeke parpadeó desconcertado durante unos segundos antes de voltear a verme.
—Sé que Levi nunca ha tenido el mejor de los humores, pero está más... explosivo que antes —dijo y bebió un poco de jugo, tal vez para bajarse el espanto de ver a Levi actuando de esa forma.
—Sí, lo siento, es que es un tema delicado para él —expliqué a medias, ganándome un ademán relajado de su parte como si fuera algo natural que Levi siempre le gritara—. Todavía no encontramos el nombre ideal para nuestro bebé.
—Uff, me imagino lo difícil que debe ser —soltó burlón.
—Quería ponerle Herculano a nuestro hijo.
Zeke hizo una mueca que comprendí a la perfección.
—Menos mal que le hiciste cambiar de opinión —se rió mientras acomodaba sus lentes redondos cuando le resbalaron por la nariz—. Por que le hiciste cambiar de opinión, ¡¿verdad?!
—Por ningún motivo, razón o circunstancia mi hijo se llamaría Herculano —dije sonando demasiado obvio. Zeke concordó conmigo con un cabeceo suave.
—Bueno, aún tiene tiempo para pensárselo —me animó y dejó ver una de esas sonrisas tan parecidas a las de Dina, su madre—... Hasta entonces sobrevive, hermano.
(...)
Hallé a Levi en el baño casi veinte minutos después.
Todavía seguía en la tina porque amaba tener duchas largas. Se llenaba la bañera con agua tibia y ponía esas burbujas efervescentes y la esencia de melocotón que tanto le gustaban. Cuando entré él estaba pasándose la esponja lentamente sobre el vientre mientras tarareaba alguna melodía infantil que no reconocí a tiempo.
La imagen fue adorable. Sentí una cálida ráfaga de emociones centrándose en mi corazón y me recargué en silencio contra el marco de la puerta. Levi ni siquiera se percató de mi presencia, hasta que tosí de manera muy falsa para llamar la atención.
Él volteó a verme pero no detuvo su mano. Elevó una ceja en una pregunta silenciosa y después pintó una sonrisa coqueta en sus bonitos labios.
—¿Te unirás a mí? —cuestionó pícaro, recargando un brazo en el borde de la bañera.
Me costó negar su indecente propuesta. Por supuesto que tenía ganas de meterme en la bañera también. Quería mimarlo, besarlo y llenarlo de caricias suaves, pero estaba medio enojado con él por la forma en la que había tratado a Zeke momentos atrás.
—Fuiste muy grosero con mi hermano —recriminé acercándome a la tina. Levi borró la sonrisa de su rostro y rodó los ojos, viéndose fastidiado con el tema—. Sé que no te cae muy bien, pero él está esforzándose, Levi.
—Bueno, perdón —gruñó oyéndose falso—. Es el embarazo —intentó excusarse mientras se tallaba los brazos con la esponja—. Creo que nuestro mocosito no soporta al simio apestoso.
—Sabes que eso es una mentira. Nuestro bebé se emociona cuando Zeke está cerca.
Levi bufó de manera exagerada y, sin decirme nada más, extendió la esponja en mi dirección. Luego elevó una de sus piernas y la recargó en el borde de la tina. Entendí al instante lo que quería así que sujeté la esponja y, tras acuclillarme cerca de la bañera, eché un poco más de jabón neutro antes de comenzar a deslizarla por su pierna. Mi novio cerró los ojos, relajándose por completo, gimiendo bajito cuando mis dedos se encontraban con su suave piel.
Solía ayudarlo a bañarse muy seguido, sobre todo cuando su vientre comenzó a hacerse más grande. La hinchazón no le permitía agacharse, ni siquiera podía verse los pies por lo que yo terminaba dándole una mano para lavarse aquellas zonas que no alcanzaba. No era una queja, en realidad disfrutaba esos pequeños momentos a su lado, me hacía sentir increíblemente cercano a él.
Levi suspiró por lo bajo, echando la cabeza hacia atrás y volviendo a poner una mano sobre su vientre. Seguí en mi tarea, enjabonándole la pierna, bajando lentamente hasta llegar a sus pies. El se estremeció un poquito y dejó escapar una risita cuando, con toda la intención, rasqué la planta de su pie causándole cosquillas.
—Heeey, no hagas eso —se quejó con la nariz fruncida, pero se veía totalmente divertido.
—Perdón se me resbaló la mano —mentí dejándole un beso en la pierna. Se me llenó la boca de jabón y eso provocó otra risa de su parte.
—Eres un desastre, Eren —resopló limpiando mi rostro—. Espero que nuestro mocoso no herede eso de ti.
—Mmm, estoy seguro que nuestro bebé será tan guapo e inteligente como tú.
—Adularme no te servirá de nada —refunfuñó metiendo las manos en el agua jabonosa—. Realmente necesitamos escoger el nombre para el bebé, Eren. Llamarle mocoso, bebé o parásito a estas alturas es horrible.
—No te estreses con eso, bonito —suspiré pasando la esponja en su espalda. La exprimí contra su piel, el agua mojó la zona y él respiró con tranquilidad—. Podría hacerte mal, también a nuestro niño. Llévatelo con calma, sé que pronto encontrarás el nombre perfecto para él.
Levi no me respondió. Se puso realmente apasible sintiendo la esponja vagando por su cuerpo y el agua golpeándole contra su sensible piel. Cerró los ojos mientras yo continuaba con mi tarea de mimarlo en la bañera. Lavé cada parte de su cuerpo; en especial a Levi le gustaba cuando apretaba la esponja y dejaba caer el agua en su cuello. Era un arte ver como las gotas resbalaban por su piel, dibujando un erótico camino hacia sus pectorales ligeramente hinchados.
—Deberías casarte conmigo, ¿sabes? —traté de convencerle con una sonrisa vibrante— Mi madre dice que seré un esposo increíble.
Mi novio bufó, pero fue un absurdo intento para no carcajearse.
—Tu madre te ama tanto que te miente para no herir tus sentimientos —soltó en tono de burla, haciéndome ponerle una cara de indignación que le hizo reír—. No voy a casarme contigo, Eren. No todavía.
Suspiré y bajé los hombros en señal de rendición.
—Bien, pero eso no significa que dejaré de intentarlo. Tarde o temprano te convenceré, ya lo verás. ¿No te gusta como suena Levi Jaeger? Increíble, ¿no? —dije medio en broma, medio en serio, y le di un beso en la nariz—. Ya es hora de salir, mi amor. Empezarás a arrugarte como pasa si sigues ahí dentro —avisé levantándome. Levi hizo una mueca de disconformidad—. Iré a buscar una toalla, ya vengo.
—Bien.
(...)
Era la semana treinta y nueve de embarazo cuando Levi empezó a tener síntomas.
Él estaba sentado en el sofá, comiendo unas uvas tranquilamente mientras veía el programa de comedia absurda que pasaban los domingos. Levi decía que detestaba ese programa, sin embargo yo sabía que no era así. A mi novio le gustaba verlo porque su sentido del humor era muy soso. No lo demostraba en público, pero Levi solía reírse hasta de los chistes malísimos que salían en el periódico.
Yo estaba terminando la cena cuando lo escuché dar un quejido por lo bajo. En esas últimas semanas, había estado más paranoico que de costumbre. La fecha del parto estaba cerca así que cuando Levi sentía un poco de dolor o soltaba algún chillido, yo entraba en un especie de trance producido por el pánico y quería llevarlo al hospital sin importar nada más.
—¡¿Estás bien?! —exclamé saliendo de la cocina, con el delantal puesto, el sartén en la mano derecha y la izquierda ocupada con una espátula —. ¿Es el bebé? ¿Quieres que te lleve al hospital?
—No, no —farfulló Levi sobándose la barriga y haciendo los trabajos de respiración que le habían enseñado en el hospital—. Fue un cólico nada más, estoy bien.
—¿Seguro? ¿No necesitas que te revisen?
—Eren, he tenido cólicos antes. Son normales —me explicó lentamente, aunque yo estaba seguro que quería gritarme por ser tan paranoico—. Además, este bebé no nacerá aún, no hasta que encuentre el nombre perfecto para él, ¿verdad, mocosito? —habló suavemente dirigiéndose a su vientre. Eso pareció funcionar, porque Levi dejó de quejarse y volvió a acomodarse en el sofá para seguir viendo el programa—. ¿Falta mucho para la cena? Estamos muriendo de hambre.
—Ya casi —dije y volví a la cocina.
(...)
—Eren, Eren.
Ante el insistente llamado de Levi, abrí los ojos. Me pasé una mano por la cara y murmuré un montón de cosas incomprensibles. Seguía medio dormido, así que realmente no entendí porque Levi estaba sentado sobre la cama, con una mano en la barriga y una mueca de dolor deformando sus facciones.
Reaccioné justo ahí. Me enderecé a su lado, mirándolo preocupado. Levi estaba sudando, respiraba con dificultad y soltaba quejidos por lo bajo.
—¿Qué pasa, amor?
—Creo que ya es hora —jadeó respirando exageradamente—. Este mocoso traicionero ya quiere nacer.
—Oh, por Dios —chillé dramático y salté de la cama—. Ok, ok, no te preocupes, todo estará bien. Quédate tranquilo, buscaré las cosas y te llevaré al hospital, ¿está bien?
—Sí, sí, maldita sea. Apresúrate —rugió casi colorado.
Con esa orden, me puse manos a la obra. Saqué la pañalera que habíamos arreglado previamente y guardé un par de cosas extras, intentando recordar todo lo que había leído en los libros que Hange me obsequió cuando anunciamos el embarazo. Creía estar los suficientemente preparado para afrontar el parto, ahora me daba cuenta que en realidad estaba asustadísimo y emocionado en partes iguales.
Asustado porque había leído todas las cosas malas que podían suceder durante el parto. Y emocionado porque... Mi hijo pronto estaría entre mis brazos.
—¿Te gustaría que se llamara Ezra? —me preguntó entonces, rompiendo el hilo de mis pensamientos. Sacudí la cabeza y lo miré como si le hubieran salido tres ojos.
—No creo que sea el momento para pensar en eso, Levi.
—Este es el momento perfecto, Eren —siseó exhalando cuando tuvo otra contracción—. ¿Qué pensaran los doctores y enfermeras cuando pregunten su nombre y nosotros le digamos que aún no lo sabemos? ¡Creerán que somos malos padres con un hijo no deseado!
—Estás exagerando, bonito.
—No me llames exagerado, tú, maldito titán hijo de... ¡maldita sea!
—Mejor dejemos este tema para después y vayamos al hospital ahora mismo —avisé echándome la pañalera en el hombro y después me acerqué a él para ayudarlo a levantarse.
Lo llevé con cuidado por los pasillos, sujetándolo por la cintura y cuidando atentamente de sus pasos.
—¿Torcuato? —atacó de nuevo mientras bajábamos las escaleras.
—Levi, no —arrugué la nariz y cabeceé en negativa.
Él chasqueó la lengua.
(...)
—¿Estás seguro que este es el nuestro? —cuestionó Levi luego de que la enfermera le pusiera a nuestro bebé entre sus bebés.
—Sí, este es el nuestro —dije con una sonrisa, luego de que revisé la pulsera que traía mi hijo alrededor de su muñeca—. ¿Por qué? ¿Te preocupa algo?
Levi negó mientras, despacito, acariciaba el cabello oscuro de nuestro bebé.
—Es que está... feito.
—¡Levi! —lo regañé entre ofendido y medio divertido—. Está recién nacido, amor, por eso aún está un poco hinchado y arrugadito.
Mi novio se quedó en silencio, observando un largo rato al bebé chiquito que dormía tranquilamente entre sus brazos. Tenía la nariz y el cabello de Levi, y su piel, si bien aún estaba un poco roja, podía distinguirse una tonalidad morena idéntica a la mía. Era simplemente precioso, una mezcla perfecta de nosotros dos.
Atraído ante la preciosa escena, me senté a su lado en la camilla y pasé mi brazo tras su cabeza, para atraerlo hacia mí. Levi no opuso resistencia, se acomodó contra mi pecho y me miró directamente.
—Lo amo mucho —dijo casi al borde de las lágrimas y besó ligeramente la frente del bebé. Su mirada estaba teñida de amor, cariño, ternura; de tantos sentimientos bonitos que eran difíciles de explicar—. Apenas lo veo, pero siento que lo he amado toda la vida.
—Yo también lo amo, los amo —murmuré besándole el cabello y acariciando la cabeza de mi hijo con mi dedo pulgar. Era tan chiquito que me daba miedo lastimarlo—. Gracias, gracias por darme un regalo tan hermoso como este.
Solos en ese cuarto de hospital, lo besé. Lo besé despacio, transmitiéndole todo mi amor; lo llené de palabras bonitas y caricias suaves. Le dije lo mucho que lo amaba y lo acuné entre mis brazos, prometiéndole que siempre estaría ahí para él.
—Eren, sí quiero —dijo de pronto mientras mecía suavemente a nuestro bebé.
—¿Qué cosa, mi amor?
Levi suspiró.
—Sí quiero casarme... contigo.
Sus palabras crearon una oleada de calidez en mi interior. Sentí mi corazón latiendo como loco y la felicidad me envolvió de forma repentina. Quise gritar de emoción, pero me contuve cuando recordé que el bebé dormía así que solamente volví a besarlo, una, dos, tres veces más, hasta que me sentí sin aliento.
—Sé que te hice esperar mucho —continuó en un suave susurró—, pero yo quería estar seguro de que no lo hacías sólo por... ya sabes, sentirte obligado.
—Nunca me sentí obligado, Levi. En realidad, ya quería proponerte matrimonio, pensaba hacerlo unos meses atrás, pero me diste la noticia del embarazo y bueno... me rechazaste muchas veces —confesé con una risa verdadera.
—¿En serio...?
—Sí, incluso compré el anillo y todo —aclaré sacando una cajita del bolsillo de mi pantalón y la abrí en su dirección. Dentro había un anillo, era sencillo, en color plata, pero tenía un pequeño diamante verde que brillaba intensamente—. Tengo la nota de compra, por si no me crees.
—Claro que te creo, idiota —balbuceó aguantando las ganas de llorar. Le sonreí enternecido y robé otro beso de sus labios.
Y ahí, con nuestro hijo de testigo, deslicé la argolla sobre su dedo anular. Levi temblaba, algunas lágrimas de emoción mojaron sus mejillas cuando se miró la mano y terminó por darme otro beso tierno que se alargó tanto como quisimos.
—Ahren —murmuró sobre mis labios y después centró su mirada en nuestro bebé que aún dormía ajeno a todo—. Quiero que ese sea su nombre. Ahren.
—Sí, me gusta —concordé viendo a nuestro Ahren moverse. Se pasó las manitas por el rostro y bostezó de forma cómica—. Ahren... es perfecto, como él.
FIN.
N/A: Holaaaa. Muchas gracias por haber leído y llegado hasta el final de esta historia. Sé que no es la gran cosa, pero me gustó mucho la idea y quise compartirla con ustedes, ¿qué les pareció? ¿les divirtió aunque sea un poquito? Espero que sí. Ya saben que leer sus opiniones me hace inmensamente feliz.
Muchísimas gracias por el apoyo . Les quiero mucho, muchísimo.
