Henry Mills no entendía por qué su madre tenía tantos libros sobre algo llamado "política". Y leyes, y justicia.

Solo uno lucía una portada con dibujos infantiles y alegres, más acorde con su gusto: Blancanieves y los siete enanitos, o una de las tantas versiones.

Una vez, el niño de cuatro años, curioso, había cuestionado a su madre, por qué solo tenía ese.

Ella había sonreído con la boca y ojos, como si se riera sobre una broma interna, y calló a Henry diciéndole que le compraría todos los libros infantiles que quisiera.

—¡Wow! ¿Todos los que quiera, mami?

—Si prometes cuidarlos y leerlos sin mí —Hizo una mueca que Henry no vio—, sí.

—¡Sí!

A Henry le parecían más interesantes los libros como los que la señorita Blanchard leía en clase. Allí habían hadas, duendes, enanos: ¡todos se parecían a alguien de Storybook! Aunque nadie se daba cuenta.

Mientras tanto, su madre... Desconocía los gustos exactos de ella, pero sí sabía que estos cuentos específicos la tocaban de maneras que no lo hacía con él. Se atrevía a pensar que de manera profunda, por cómo no sabía si reír y llorar con Blancanieves, una historia alegre y esperanzadora, apta para niños.

El día de hoy, Henry aprovechó que su mamá había salido y que su niñera Ashley, agotada por su embarazo, se había quedado dormida en una silla y, sonriendo ante la idea de hacer algo que su mamá le tenía prohibido, se las ingenió para agarrar un viejo libro de su estantería, titulado "política para principiantes", y lo apoyó en el piso.

Al leer la primera página soltó un jadeo de asombro.

—¡Dice mi nombre!

Y efectivamente, en las letras claras y bruscas de su madre, "Henry", entre otras pocas palabras, parecía pertenecer en la página luego de tantos años de secarse en ellas.

El niño de cuatro años llamado Henry quiso comparar su letra con la de su madre. Pero no le bastaba con recordarla, así que se trepó a la silla de escritorio y agarró su mejor lapicera. Volvió a posicionarse junto al libro abierto y releyó las palabras.

"Para mi hija, Regina.

No puedes seguir mis pasos, pero sí este libro que eligió Henry.

Cora."

Henry frunció el ceño. ¡Regina era mami!

Escribió la palabra sobre "mi hija" y asintió en aprobación para proceder a escribir encima su nombre. Aunque se percató de que no había practicado su letra para que saliera prolija.

Había un montón de espacio en la hoja, así que Henry colocó muchas haches, es, enes, eres e íes griegas que con cuidado escribía en imprenta minúscula apenas aprendida.

Cuando Regina Mills se enteró de la obra de su hijo sobre las páginas de uno de los libros que había sido afectado por la maldición para que fuera creíble que ella había crecido toda su vida en Storybook y que nadie se le ocurriera indagar en su pasado, Regina solo dejó de comprarle a Henry el resto de la colección de cuentos de hadas, como castigo, y le agradeció en silencio.

La dedicatoria era muy falsa y le hacía pensar en su madre. Destruirla había sido un doble alivio.