¡Hola!

Segunda contribución a la ShisuIta Week.

No me quedó como quería, sinceramente, quería escribir otra cosa y esto salió como si lo hubiera hecho con las patas, pero se hace lo que se puede uwu

Advertencias: AU, depressing things (sí, de nuevo :c). Ah, y está ligado con mi one shot "Parásito".

ANUNCIO: Para este día también hice un fanart con el prompt ANBU AU :D Pueden encontrarlo en mi Tumblr (ferxisakasuna) o en Twitter como DaisyInLazyEyes, me emocionó mucho que artistas bien talentosas le dieran like o lo retwittearan :D


[ DÍA 2 ]

~ El primer(o)/ Oscuridad / ANBU AU ~


Gato negro

If someone believed me,

They would be as in love with you as I am

[The XX, Angels ]


Sus días se repiten de la misma forma.

De lunes a viernes, sábados y domingos. Cada pequeño minuto, él se dedica a sonreír.

La gente que lo conoce, sus amigos, su familia, dicen que Shisui es como un faro tendido en altamar, ahuyentando una oscuridad extendida a miles de kilómetros. Contagiando a los demás con su alegría.

Podrían, obviamente, estar exagerando. ¿Quiénes son ellos para idealizar a una persona por unos cuantos chistes, sonrisas esporádicas o comentarios joviales? Si quieren jactarse de conocerlo, tendrían que seguirlo las veinticuatro horas del día: grabarse cada expresión, su rutina y las mañas que tiene cuando nadie lo ve.

Por suerte, yo les llevo ventaja.

Entre semana, su alarma suena a las cinco de la mañana, aunque él sabe muy bien que se levantará media hora más tarde. Se queda mirando al techo, a veces cubriéndose el rostro hasta que el tiempo le cae encima y finalmente abandona el lado izquierdo de la cama, acomodando las cobijas perfectamente. Procurando siempre mantener el otro lado intacto.

A través de las penumbras, Shisui arrastra los pies al baño para tomar una ducha caliente. Desde la ventana, puedo ver el vapor dispersándose como nubes de verano. Una vez que está aseado, se atavía con su uniforme blanco, asegurándose de que el escudo de la facultad de gastronomía resalte a la altura del pecho.

Luego, como es costumbre, Shisui toma consciencia de mí.

Se acerca hasta la ventana, me sonríe desde el otro lado; curvas trémulas y tiernas. Finalmente, me deja entrar.

«Buenos días, minino. ¿Quieres un poco de leche?».

Sabe que mi respuesta siempre es afirmativa. Entro a su departamento, permito que él me acaricie mientras me enrollo en sus brazos o piernas.

«¿Puedes sentir lo mucho que te quiero?»

Mis palabras están estancadas en el sonido de un animal. Él no puede entenderme; no le importa. Es imposible.

Antes de irse a la universidad, Shisui suele dejarme el alimento listo: Un plato con croquetas finas, otro con agua y uno más pequeño con leche, para el resto del día.

Yo lo sigo hasta la puerta antes de que se marche. Lo veo detenerse al tomar la perilla, queriéndose girar, echándole una mirada instintiva al sillón, viéndolo vacío y quedándose con ganas de decirle a la nada: «Volveré pronto».

Aunque siempre termina diciéndomelo a mí.

«Minino, si te quedas en casa, no hagas desastres mientras no estoy».

Pero él no sabe que le sigo, dentro de lo que soy capaz, a todas partes.

Llevo haciéndolo desde que tengo memoria.

Salgo por la ventana, me deslizo hasta la calle. Sigo sus pasos hasta la tienda donde Shisui compra sus dangos y luego, cuando llega a la estación del metro, yo tomo una desviación para su universidad.

Lo veo cuanto puedo. Si no está en clases, está en la cafetería o los jardines. Es un amante del arte culinario, pero cuando está con sus amigos, prefiere almorzar hot dogs con exceso de mostaza y kétchup. Ellos siempre se burlan de sus extraños gustos y comisuras sucias, y yo me trago el deseo de arañarlos.

Algunos de ellos lo invitan a fiestas; algunas de ellas, le piden su número.

Y aunque tiene suerte con las mujeres, tampoco es muy popular, pues siempre regresa a casa solo.

Verme ahí, como si de verdad hubiese pasado todo el día esperando por él, le ocasiona una sonrisa pequeña. Sin embargo, lleva su atención al sillón casi de inmediato. «Estoy de vuelta», dice, y yo nunca puedo contestarle.

«Bienvenido, Shisui».

(¿Le basta eso?)

A las ocho de la noche, tras finalizar sus pendientes de la universidad, se sienta en el extremo del sillón y le llama a su madre. Yo, que normalmente estoy en la cama acolchada que él compró para mí, salto a sus piernas. Me recuesto en él. Su olor me hace ronronear.

La mujer nunca se cansa de preguntarle cómo está, cómo va la escuela, cómo la pasa con sus amigos en las fiestas de la universidad:

«¿Has visto a Obito? ¿Sigue siendo un delincuente?»

«¿Vendrás para navidad?»

«Y si vienes, ¿traerás a alguien contigo?»

«Te escucho feliz, hijo. Eso me pone contenta a mí también».

Pero él no lo está del todo. Y nadie quiere saberlo; Shisui se esconde muy bien incluso de sí mismo. Cualquiera que lo viera se enamoraría fácilmente; fieles ignorantes de la realidad. Él no es un halo de luz, no es luminoso. Oculta sus lágrimas tras capas de sonrisas. Y aunque intente ser sincero, por alguna razón, sus palabras siempre contrastan con sus gestos.

«No, mamá.» Suelta su respuesta bajo una sonrisa engañosa. «Me va bien, pero no estoy feliz».

Shisui tiene una beca en una universidad prestigiosa, pero todos los días se levanta media hora más tarde, extraviado en las telarañas de sus sueños y el susurro de un nombre que jamás llega a pronunciar.

Jamás pesca resfriados en los días lluviosos, sin embargo, su botiquín está repleto de medicinas.

Sale con sus amigos, tiene citas con hombres y mujeres que a veces lleva a casa, pero nunca perderá la costumbre de cenar a solas todas las noches.

(Dangos. Dangos. Dangos, ¿por qué le gustan tanto los dangos?).

Perpetuamente, él dormirá en el lado izquierdo de la cama matrimonial, ocupando el mismo espacio, sin atreverse a ir más allá del que no le corresponde.

Y si a medianoche quiere llamar a alguien en sueños, el nombre se quedará atorado, como un tabú o un detonador.

Llora un poco.

«¿Quién te ha hecho tanto daño?» Pienso todas las veces que trato, vanamente, de tallar mi cabeza en su pecho para llevarme su tristeza. «¿Quién te ha abandonado?»

«Si yo fuera como tú, o si tú fueras un gato, nunca me iría de tu lado».

—Hey, minino. Anoche te compré unas nuevas galletas—Shisui me dice un sábado por la mañana, desde la cocina. Está preparando el desayuno; él sabe que me gusta recostarme en la mesita a un lado del sillón porque, desde acá, puedo ver todos sus movimientos—. Hoy estaré fuera, así que te dejaré bastantes para todo el día.

Levanto la cabeza. Lo veo caminar hacia mí con el plato en mano. Me acaricia por detrás de las orejas.

Debí suponerlo. Hoy se ha levantado a las cinco y media a pesar de ser fin de semana. Está recién bañado, sus rizos aun caen pesados y húmedos sobre sus cejas. Y sus ojos han comenzado a llorar.

Contiene el cúmulo de lágrimas y yo me vuelvo a preguntar: «¿Quién te hizo tanto daño?»

Ignoro el tazón con galletas. Él nota que tengo todas las intenciones de seguirlo. Enarca una ceja, me pregunta lo que sucede. La forma en la que mi cuerpo y mi cola rodean su pierna parece darle una respuesta.

El cielo matinal trae consigo una brisa fresca. Las flores de la tienda en la que nos detenemos están salpicadas por el rocío. Shisui elige las más bonitas.

Al llegar a la estación, me carga para guardarme en su mochila. Me sonríe y yo maúllo un poco antes de entrar.

Los segundos se vuelven minutos y horas. Cuando llegamos al destino, el sol está casi en su punto más alto, aunque sigue siendo un día nublado. Yo camino a su lado, sobre una barda de piedra. Observo la mirada taciturna del hombre que todos creen que está bien a pesar de que él diga lo contrario.

¿Quién le ha hecho tanto daño?

Finalmente, se detiene. Se inclina y deposita las flores en el jarrón que ha traído consigo. Muevo la cola, expectante. ¿Alguien vendrá? No hay nadie. Solo estamos nosotros.

¿Por qué se sienta a esperar?

¿Por qué, a pesar de que soy la criatura que más lo conoce, no puedo entender por qué está llorando?

—Este pequeño quiso venir conmigo—proclama, de pronto, como un dato curioso, como si estuviese hablando con su amigo Obito. Me acaricia el lomo, pero está mirando hacia el cielo, pues las lágrimas están escurriendo por sus ojos—. Desde que apareció en mi ventana, ha sido mi mejor compañía.

Le está hablando a una lápida. Yo no soy capaz de leer, pero mis ojos se fijan ahí.

—Pronto me voy a graduar. Mi madre está orgullosa; ella pensó que ni siquiera me molestaría por entrar a la universidad—prosigue—. Decidí aceptar su apoyo porque ya no podía trabajar de medio tiempo, pero creo que todo ha rendido frutos. Estoy a un paso de donde quería estar; donde tú querías que estuviera. Espero que también estés orgulloso.

Sus sollozos interrumpen un lapso de silencio.

—Oh, y a nuestros amigos les va de maravilla. Deidara se casó con Sasori el año pasado. Era obvio, ¿no? En la fiesta estuvieron insistiendo en que invitara a su padrino salir, y estuvimos juntos por un tiempo. Era un chico bonito, pelo y ojos negrísimos. Aunque supongo que el sexo y el cariño forzado no fueron suficientes para borrar tu…

» Tu huella.

Una pausa. Mis pupilas se expanden.

—Lo siento—masculla, voz entrecortada—. Esta es la primera vez que vengo a visitarte, Itachi.

También es la primera vez que pronuncia ese nombre.

Siento una sacudida. Me precipito hacia él, tratando de llamar su atención: «¡Repítelo!», eso es lo que quiero decir, pero solo hago un maullido lastimero que él ignora, pues se limita a seguir acariciando mi pelo oscuro.

Itachi. Es verdad.

Así me llamo, pero él me decía comadreja.

Y era feliz cuando estaba conmigo. Porque yo era feliz también.

Yo solía dormir en el lado derecho de la cama y cada mañana íbamos a comprar dangos, pero al enfermar, mi vida se volvió una mierda y pasé el resto de mis días en ese sillón, como un parásito. Amargándome por ser un inútil, viendo desde ese sillón a Shisui desviviéndose por cuidarme.

Renunciando a todos sus sueños.

«¿Por qué dejas fuera al pobre animal? Si lo alimentas, si cuidas de él, entonces es tu gato. También deberías darle un nombre.»

Recuerdo que, un día de estos, su madre le preguntó a Shisui por mí; por el gato que se ha negado a adoptar.

«No importan los cuidados o si le doy un nombre. Si él quiere salir por la ventana en la noche, finalmente lo va a hacer. Sea un gatito o una persona, nadie nos pertenece.»

Shisui. Yo te hice tanto daño. Yo fui el que te dejó. Yo quería liberarte para que buscaras otra manera de ser feliz.

¿Entonces por qué sigues hundido en esa oscuridad?

—No puedo deshacerme de ti, Ita. Lo siento.

Busco una respuesta, mis patas arañan tu pantalón hasta que finalmente me miras.

Si ves a través de mis ojos felinos, ¿podrías reconocerme?

—Lo siento—repites, como si supieras que soy yo—. Fallé en no escucharte. Fallé en fingir que todo estaba bien. ¿Por qué no puedo deshacerme de este maldito hábito?

Siento un nudo en mi garganta. Tu nombre se me escapa en maullidos. ¡Escúchame, por favor! No llores más, amor. Estoy aquí; sé que mis acciones nunca me permitirán regresar a ti, que no puedo esperarte en el lugar a donde tú irás. Pero Shisui, dicen que los gatos son guardianes espirituales.

¿Podrías dejar que al menos esta vez sea yo el que cuide de ti?


¡Muchas gracias por leer! uwu