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Ausencia
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Había oído que una katana cuya hoja se tornara negra no presagiaba nada bueno, que quien la empuñara nunca sería capaz de lograr lo que se propusiera, pero Tanjirō no podía permitirse el lujo de fracasar.
No cuando toda su familia ha sido exterminada, yaciendo en un lago de sangre con las ropas y la carne desgarradas; no cuando Nezuko, su querida hermana pequeña, la última persona que le quedaba, ha sido convertida en demonio, condenándola a un destino peor que la muerte; no cuando todavía camina con el peso de la caja de bambú sobre los hombros, que hace crujir sus huesos rotos y mal soldados, pero que equiparable con el dolor que lleva arrastrando desde hace dos años, apenas le frena.
No es un problema tener que enfrentarse a las largas horas de caminata, ni a los peligros que aceptó afrontar cuando se convirtió en Cazador de Demonios; no son los gritos y las quejas de Zenitsu, ni los constantes desafíos de Inosuke; no es el calor húmedo y sofocante de los arrozales, ni mucho menos la implacable escarcha de las montañas: el cansancio y la confusión hacen que el paso de los días sea soportable en iguales proporciones, si no fuera porque cada vez se encuentra con la posibilidad de morir de una forma nueva y aberrante.
Pero la noche, la noche es otra historia.
Tanjirō no sabe lo que significa una noche de sueño desde hace al menos dos años —¿o acaso es desde que papá murió que no había dormido?— ha olvidado lo que es cerrar los ojos por la noche con la confianza ciega de que al día siguiente todo seguirá en su lugar, sintiéndose seguro en su propia cama y sabiendo que las personas que amaba estaban allí para descansar también, a su lado.
Ahora no pasa una noche sin que se despierte jadeando, con un grito estrangulado muriendo en su garganta y las lágrimas mezclándose con el sudor de la frente.
El viento que sopla entre los árboles o que entra por la ventana, esas raras veces que encuentran refresco en las casas de algún generoso habitante de la zona, le hiela la piel, pero la peor sensación de todas, más que el corazón que parece querer salirse del pecho ante la enésima masacre, más que la náusea que le contorsiona las entrañas: es la ausencia.
Porque cuando se despierta, sudoroso y tembloroso, no hay una sedosa caricia de su madre que lo tranquilice, ni el peso laxo de sus hermanos tumbados sobre él, ni la respiración constante de Nezuko. Sólo queda su corazón latiendo con desesperación y los recuerdos que le gustaría olvidar.
Esta noche no es una excepción, y de hecho se encuentra mirando al techo durante un tiempo indefinido, en un vano intento de calmarse lo suficiente como para descansar, pero se desprende de la idea de volver a conciliar el sueño casi de inmediato.
La noche es extraña: parece que el tiempo se expande sin fin, mientras el aliento de todo se descomprime y retorna pesado, una presencia imposible de ignorar. ¿Quizás por eso los demonios sólo salen de noche? ¿Es su magia la que los atrae? ¿O, por el contrario, ha sido la magia de los demonios la que a lo largo de los siglos, acumulándose, ha impregnado las horas nocturnas hasta modificar su percepción?
Se frota los ojos cansados, antes de que un suspiro se deslice entre sus labios apenas entreabiertos.
Intenta no concentrarse en los olores que le llegan de la casa: el acre del perro mojado que hace guardia, el picante de los pasteles que se dejan subir para poder hornearlos antes del desayuno, el dulce de los niños que duermen a dos puertas de distancia y el olor vagamente agrio de la vejez, que sigue a la dueña de la casa como una sombra allá donde va.
Pero si esos son desconocidos, no le cuesta reconocer el olor de Nezuko, empañado por el regusto dulzón que caracteriza a todos los demonios, ni el salado de Zenitsu, como si las lágrimas que siguen surcando su rostro durante el día se hubieran quedado bajo su piel, o el almizclado de Inosuke, que sobresale por encima de todos los demás semejante a su competitiva y en ocasiones insana naturaleza.
La primera inhalación pasa inadvertida, las que le suceden saborea cada una hasta el final. Las siente fluir hacia sus pulmones y luego hacia su corazón.
No es como la caricia de su madre, la risa de sus hermanos o las dulces palabras de Nezuko, pero esta habitación también huele a familia, y eso es suficiente por esta noche.
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Creo que Tanjiro es el mejor protagonista que he topado en mucho tiempo. Quise plasmar lo que su esencia me evoca, espero no haberme salido mucho del personaje.
Disculpen cualquier fallo ¡y gracias por leer y comentar!
BayBay~
