Ese Domingo, la alarma sonó tan puntual como siempre al marcar las once con treinta de la mañana.
Miré por la ventana…
El cielo nublado me regalaba los buenos días, y una llovizna ligera me convidaba a continuar pegada a la cama, para con esto, proteger mi cuerpo caliente de un cambio brusco de temperatura. Más mi determinación era férrea. Así que, tomé el celular proponiéndome investigar el pronóstico climático.
"Nublado con posible nevada. Temperatura actual: 2°C.
Max. 5°C./Min. -10°c."
Suspiré…
Por un segundo recordé como era mi vida tan solo un par de meses atrás.
El eco de mi risa nostálgica resonó en la habitación…
Flash Back
Todo comenzó por mis padres y sus paradigmas.
En una de las visitas semanales que —religiosamente— realizaba para convivir con ellos y pasar tiempo en familia, decidieron hacerme una "intervención", ya que, a su forma de ver la vida, estaba rozando el límite de: "Lo socialmente aceptable" para formar una familia. Por lo tanto, llegaron a la conclusión, de que, ayudar a su pequeña hija en la resolución este "problema", era su misión. Siendo de esta manera, que el tema de la "falta de espiritualidad" que cargaba mi alma, salió a colación.
Para ser honesta, en ese momento, no lograba comprenderlos del todo. Pero me aseguraban, que el acercarme a un grupo parroquial —posterior al servicio Dominical—, cambiaría mi vida.
Y vaya que lo hizo…
En primer lugar, modificar por entero mis hábitos de sueño y vigilia para despertar —relativamente— temprano el día de mi descanso, fue tremenda empresa. Recuerdo haber pospuesto la alarma con insistencia cada cinco minutos. Los rayos de sol —que se filtraban por mis persianas mal cerradas, lastimando mis ojos— solo acrecentaban la inconformidad ante senda injusticia. Más "una promesa es el empeño fiel de tu palabra" — o eso fue lo que mis queridos padres me inculcaron desde pequeña—, y así, al final, siguiendo esta ideología, por fin mi cuerpo reaccionó faltando quince minutos antes de las doce.
Quince minutos…
Debía prácticamente correr o no llegaba. Así que opté por ponerme lo primero que tomé de mi armario. Digo… a fin de cuentas, nadie se viste "fancy" para ir misa, o, ¿me equivoco?
Observé por la ventana.
El estado en donde radico se caracteriza por su clima frío, húmedo y lluvioso. Los días cálidos como aquel, poco se presentaban, por lo que tomé unos jeans deslavados, un top con estampado de rosas, una chaqueta, mis converse azul pastel, y literalmente, troté las cinco cuadras que separaban mi departamento de la parroquia.
Una vez ahí, traté de recomponerme, y, cuando ya no respiraba erráticamente, me escabullí buscando un lugar vacío.
Bien…
No sé cómo explicar que me sentí como un bicho raro, pues —a mis ojos—, casi todos me juzgaban con cara de: "Qué falta de respeto y desfachatez la tuya, al profanar el silencio de un templo y sus feligreses en la antesala de su alimento espiritual".
Gracias al cielo, encontré donde sentarme y las miradas cesaron.
Segundos más tarde, todos se levantaron — por ende, imité la acción—, más de pronto… el silencio se tornó sepulcral. Casi podía escuchar todas las respiraciones expectantes a mi alrededor. No había cabida en el ambiente más que para el resonar sólido de los pasos, de —quien supongo— era el párroco en turno para el servicio de medio día.
Pero entonces, y como por obra mágica del espíritu santo, apareció…
Lo vi a través de un pequeño hueco que se formó entre las tantas personas que nos encontrábamos reunidas.
Mi pequeña estatura no ayudó en lo absoluto, pero —evidentemente— Dios con su divina gracia, obró el milagro para que una señora gordinflona se moviera un par de centímetros.
Pero volviendo al objeto de mi alucinación…
Su caminar era muy sutil. Casi una sombra detrás del líder a quien no pensaba o podía opacar.
La ansiedad —sin proponérmelo— comenzó a cubrir mi cerebro, lóbulo por lóbulo.
Roté la mirada para caer en la cuenta, de que, casi todas las féminas allí agrupadas, no podían despegar su vista del bellísimo frente que tenían —al igual que yo.
En defensa propia, diré que nadie puede culparme de esto. Si hubieran estado en mi situación, les puedo apostar que hubiesen reaccionado igual o peor que esta pecadora.
Continuando con mi descripción…
Era alto… —Tanto que, estoy segura, podría sacarme casi treinta centímetros.
A buen ojo, le calculo un metro con ochenta, o pudiera ser que un poco más.
"Con lo que me gusta el que me agarren de llavero..."
Su cabello rubio, me transportó al instante al colegio en la primaria. Cuando en su clase de historia, la madre "Gemma F."me enseñó la cultura Azteca y su total devoción para con su Dios "Tonatiuh", la deidad del sol.
Por reflejo, llevé una mano al pecho, pues los latidos de mi corazón parecían disfrutar de un alocado palpitar cardíaco, ya que, en efecto, este hombre, era tan radiante como el mismísimo "astro rey".
Y como si mirase directamente al sol real, "él" me tenía hipnotizada.
Mejor dicho "hechizada".
No perdí cuenta de ninguno de sus movimientos por mínimos que estos fueran. Todo su lenguaje corporal proyectaba tranquilidad, serenidad y calma.
Tan cautivada me hallaba, que, el carraspeo de una señora — a mi costado— fue lo único que logró abstraerme de mi ensoñación. Cuando reaccioné, sentí la vergüenza y culpa ardiendo sobre la piel de mi rostro, debido a que, todo ser humano a mi alrededor se encontraba de nuevo en su puesto, y yo… Yo era la única tonta que continuaba de pie.
Mirándolo…
Escrudiñando sin mayor pudor al seminarista, que, ahora, ocupaba una pequeña silla al fondo del púlpito. No obstante, a él no parecía afectarle en lo absoluto… Se notaba enfocado en su meditación.
Pero…¿realmente era así…?.
En ese momento habría pagado lo que fuera por meterme en sus pensamientos, y así, saber si mi tonta actitud, al menos llamó un segundo su atención.
Una vez en mi sitio, repasé mi cara con la mano varias veces tratando de comprender, aunque no lograba hacerlo.
¡Pero es que por amor a Dios o a todos los santos!. Que alguien me explique: ¿cuál fue el pecado tan terrible que cometió este precioso hombre descendiente de "Adán", para castigarlo con un método severo e inflexible?. Purgando y expiando sus pecados con una vida de abstinencia…
En este tenor, pasé de largo cada palabra dicha por el sacerdote, que —con empeño— daba el sermón Dominical. Mi voz repetía por inercia toda palabra que como buen feligrés correspondía. Mi cuerpo reaccionaba por igual. Arrodillándose cuando se necesitaba y golpeándose al "perdonarse".
Pero mi mente…
Esa estaba tan lejos…
La introspección me llevó sin dudar a la última pareja que tuve, quien debo confesar, fue un tanto tóxica.
Es innegable que el hombre era atractivo, pero a la vez tan egocéntrico, orgulloso y engreído, que en ocasiones tendía hacia el concepto de: "Macho alfa opresor". Así que, pude soportarlo si acaso un par de meses. O, mejor dicho: lo que duró la calentura. —Aunque tampoco es que vaya brincando de cama en cama con quien me parezca atractivo.
Lo que sí es una lástima, es que, al parecer, estoy destinada en la vida al fracaso sentimental. Y no es que sea fatalista, solo es la conjetura que obtengo al reflexionar sobre la idea, de poner siempre mis ojos en el hombre "inadecuado".
Inspiré lentamente, llenando mis pulmones de todo el oxígeno que me fue posible…
Al parecer, en esta ocasión, el bello ser que golpeó mi hipotálamo con la fuerza de un tracto camión, estaba claro que no me pertenecería jamás…
El tiempo y sus minutos siguieron su curso. Sin notarlo me encontraba formada eterna fila para recibir el cuerpo del señor. Éramos tantos, que nos dividieron en dos hileras.
Fue entonces, que mi cerebro hizo sinapsis, y como por "insight" caí en la cuenta, de que lo más probable, era que el seminarista ayudara al padre. Ladeé un poco mi cuerpo para corroborarlo. Aun me encontraba algo lejos, pero ciega no soy, y no me equivoqué en lo absoluto. Observé con bochornosa claridad cómo desenvolvía su rol a la perfección.
Por un momento mi corazón se aceleró, puesto que, aunque caminaba del lado opuesto a él, sabía que cada paso me acercaba, y con esto, podría mirarlo de cerca. Más casi me paralizo, al notar, cómo las personas de pronto se iban intercalando indistintamente entre el sacerdote y "él".
Casi juro me dio taquicardia.
Soy una mujer penosa —aunque no lo crean—, y , no podía permitir que se percatara del rubor en mi rostro al observarlo como boba. Así que, como pude, fui retrasando mi llegada, cediendo el paso a cualquiera. Esperando que mis ruegos fueran escuchados y no cayera en sus manos.
Pero bien dicen por ahí que: "Dios no cumple caprichos, ni endereza jorobados".
Todo pasó tan rápido…
En un instante, lo único que pude ver, fueron esos increíbles ojos azules.
Afuera podía estar, frio o lluvioso, pero estaba segura, de que esos ojos tan claros y cálidos, arrastrarían consigo toda inclemencia, transformándola en bienaventuranzas.
Y su sonrisa…
No podía creer que me la dedicara a mi…
Justo en ese segundo —cuando imaginaba que más que un servidor del señor, parecía un ángel—, escuché su grave voz pronunciarse cerca de mi oído. La inflexión en su timbre, igualaba la de un ser tan íntimo y cercano… Como quien te cuenta un secreto que guarda cierta picardía:
"Tienes que abrir la boca para recibirlo…".
¡Por todos los cielos!.
Tal cual lo predije: Me había plantado fantaseando frente a él. Y ahora mi cara era lava pura, y solo quería desaparecer por la pena que me invadió de golpe. Pero, aunque, la realidad era que mi cuerpo necesitaba salir corriendo como "alma que lleva el diablo", no lo hice.
Soy un adulto, y como tal me comporté.
Sin más, recopilando la dignidad que me quedaba, y con el semblante totalmente serio, abrí la boca, recibí el cuerpo de su mano tibia, tragué con dificultad, y respondí: Amén.
Posterior a eso, di media vuelta y abandoné la iglesia, —aprovechando que todos se encontraban dispersos aún.
No falté a un servicio Dominical después de ese día.
Y sí. Tengo que admitir que solo me motivaba observarlo a él.
A él con sus lindos ojos…
A él con su cálida sonrisa…
A él con su tacto tibio al entregarme el cuerpo del señor…
Perdóname Dios por ser tan pecadora al saborear la fruta prohibida que pones ante mi, y que es tan tuyo…
Ese era mi constante remordimiento. Pero vaya que él no me ayudaba en lo absoluto.
En cuanto al tema de mis padres, al recibir la noticia de que asistí y cumplí mi palabra, se alegraron en demasía. Tanto así, que, a la siguiente semana de conocer al "seminarista", mi madre, me invitó a que la acompañase un "viernes de confesión".
Evidentemente no pude negarme.
Pero la confesión en su parroquia nunca ha sido la "usual" o "tradicional". Donde entras a un confesionario, e hincada le cuentas tus penas al sacerdote que te escucha tras una rendija.
No.
Aquí —por la cantidad de feligreses que acudían—, se mandó a construir un pequeño salón dentro del atrio, y así mismo, dentro de éste uno más pequeño, en donde se realizaba la confesión.
Esa tarde de Viernes en particular, éramos demasiados. Y tras separarme de mi mamá al salir a comprar un café, a mi llegada perdí mi lugar, y tuve que esperar mi turno muchas personas atrás de ella. Pero con paciencia tomé un sitio y me senté a esperar.
Con resignación, dejé correr los minutos mientras leía una hermosa novela —que saque de mi bolso—llamada la "Piel del cielo". Un precioso pseduo cliché, sobre un astrónomo que enfrenta los desafíos más grandes de su vida: Las estrellas y el amor.
Más el tiempo pasaba y la movilización era lenta. Faltaban como treinta personas, y si bien me hallaba en salón previo al confesionario, estaba segura de que no terminaría pronto. Por lo que, al notar como el señor Martin —un laico comprometido— caminaba cerca de mi, me levanté para preguntarle la razón de la tardanza.
Recuerdo perfectamente sus palabras:
"El padre Stevens tuvo un problema y comenzó tarde, pero en un momento Albert vendrá para ayudarle".
Evidentemente, pensé que se trataba de algún otro sacerdote de los que conforman el cuerpo eclesiástico de la parroquia, así, que le di las gracias al señor Martin por la información, y continué en la espera.
Cuando por fin fue mi turno, subí con prisa los escalones previos al confesionario. Para ser honesta, no tenía ganas de contarle mis intimidades a un perfecto desconocido, así que, con la ideología de: "mientras más rápido comience, más rápido termina", entré y dije "buenas tardes" con evidente premura.
Una pequeña risa, tras un: "Toma asiento, por favor "me hizo levantar la mirada perpleja.
Quedé paralizada en un segundo, sintiendo como poco a poco mi cara se calentaba. Por inercia retrocedí un par de pasos, y tomando todo el valor que no tenía pero que sí fingiría, pude contestarle un escueto: "No gracias". Posterior a eso, salí de ahí a toda prisa.
Sé que fui una tonta, pero si no estaba muy de acuerdo en contarle algo a otro sacerdote, menos a él. ¿Qué iba decirle?: "Perdóneme padre por he pecado. Por cierto, con usted en mi pensamiento". Obviamente no. Suficiente prueba era mi rostro que seguro observó cual tomate.
Cuando me sentí segura y lejos, busqué a mi madre por todos lados sin éxito alguno. Veinte minutos más tarde, el señor Martin, se acercó a mi y me dijo que se encontraba en una reunión con el grupo de oración.
¡Genial!. Ahora tendré que esperarla al menos un par de horas más…
Cansada, ansiosa y resignada, busqué la banca más retirada y sola en el patio trasero. Si habría de esperarla tanto, al menos sería en un lugar tranquilo, y en compañía de las jardineras con sus flores multicolores.
De paso, retomé mi lectura.
Me encontraba sumergida en mi mundo rosa, entre los conflictos emocionales de mi protagonista, escuchando una play list romántica deliciosa, con los audífonos aislándome de todo el exterior, cuando de pronto, un pequeño toque sobre mi hombro, me asustó y me hizo brincar en mi lugar.
Me saqué los aparatos solo para observar como sus bellos ojos me miraban fijamente mientras sonreía sin remordimientos.
¿En qué momento se sentó a mi lado que no me percaté de ello?. Eso no lo sabré nunca.
Estaba muda. De todas las personas que había en la parroquia jamás lo imaginé a él…sentándose conmigo…
Tragué con dificultad, y con una voz apenas audible dije: "Buenas tardes". Él me sonrío con sinceridad, pues aunque no me conociera, mi cuerpo siempre me delata y me sonrojo por todo. Y él no me ayudaba a superarlo.
Su voz era una caricia para mi alma perturbada por su causa.
"Perdona que te interrumpa. Sé que no me conoces, y quizá por eso saliste corriendo del confesionario, pero, quería acercarme para decirte, que, cuando lo desees, siempre tendré tiempo de escucharte. Mucho gusto, me llamo Albert".
Tenía los labios más bellos que hubiera visto jamás… y un cuello tan largo con una deliciosa manzana que estaba más que gustosa de morder, para comerla entera trozo por trozo disfrutando su dulce sabor. Sin embargo, cuando mis ojos bajaron un poco más, se toparon con el blanco levanta cuello, ese tan distintivo de los sacerdotes o seminaristas que portan cuando visten de negro.
Aquella maldita bandita, me recordaba lo injusta que es la vida y lo mal que me encuentro por culpa de este bombón, el cual, sin duda alguna, tendrá llena sus asambleas cuando se ordene, así las dé los Domingos a las siete de la mañana.
Cuando mi cerebro fue capaz de responderle le dije mi nombre.
Estrechamos las manos y fue en ese instante cuando la magia comenzó a surgir entre nosotros. O al menos así lo vi desde mi perspectiva.
En esa tarde lo descubrí sincero, espontáneo, platicador, empático y tan humano que no sentí que hablara con un sacerdote en potencia. El tiempo voló cuando tuve que despedirme, pues a lo lejos observe a mi madre buscando algo: a mi.
Desde ese día desarrollamos una dinámica.
Yo jamás faltaba a la misa Dominical. Puntualmente me sentaba en primera fila a las doce del día. Viviendo para verlo sonreírme, mientras que él, todos los viernes de confesión, me daba alcance en aquella banca del traspatio, testigo de todas nuestras simplezas, de nuestras risas, o de algún tema que derivaba en una filosofía de vida.
Así las semanas comenzaron a pasar. Y por él, conocí un poco de la vida eclesiástica en el seminario mayor, donde los seminaristas estudiaban siete años antes de ordenare. Él se abrió tan natural ante mi, que fue inevitable que se diera la reciprocidad por mi parte. Compartiendo mis más grandes anhelos, así como los miedos.
Sin más, algunos meses después, un viernes por la tarde, al esperarlo, tomé una rosa de la jardinera, y me descubrí aterradoramente enamorada de mi seminarista; pues me perdí sin recato en el pozo azul de sus ojos, mientras se concentraba en colocar la flor por detrás de mi oreja.
¿pero quién en su sano juicio no se perdería?. Además, sus sonrisas, sus palabras, su voz tranquila y amorosa. Todas esas señales me gritaban que él se encontraba igual que yo.
Por lo mismo en una ocasión hicimos lo prohíbo…
Tomó mis labios en un beso casi virginal…Tan lento y puro como la semilla de este amor creciente en mi pecho.
Yo correspondí, dejándome llevar por el ritmo que marcaba. No había palabras, solo sonidos, pero sabía que lo estaba disfrutando. En algún punto, mi desesperación me llevó a morder y jalar su labio inferior. En ese momento no pensaba en nadie. No existían dogmas. Sólo éramos dos seres amándose. Albert era todo mío, y como tal lo reclamaba. Enredé mis manos por detrás de su cuello, entre sus cabellos, utilizándolas con el ancla que lo aferraba a mi cuerpo. Lo llené de mis besos, tatuando su sabor en mis labios. Con el mayor tacto que pude, entreabrí los labios para darle acceso a mi boca. Tímidamente sentí el contacto de su lengua tibia, tanto que, en mi cabeza comenzaba a sospechar que este hombre, continuaba siendo tan virgen como cuando llegó al mundo.
Entre besos lo despojé de su ropa. Mis pupilas se recrearon al observar como botón a botón me regalaba la visión de su torso, de sus brazos largos, de su abdomen tan mordisqueable... Él, con su silencio, y al permitir que fuera quien lo guiara, me confirmó mis sospechas, haciendo que la excitación que sentía subiera aún más.
Llevé sus manos a los botones de mi blusa. Con notable timidez —pero con el deseo reflejado en la oscuridad de su mirada—, fue abriendo mi escote hasta que la prenda cayó por gravedad al suelo. Al observarlo tropezar un poco con el broche de mi brasiere, lo ayudé en la tarea, dejando al momento mis senos expuestos ante él, al tiempo en que lo desprendía del cinturón y los pantalones.
Una cosa llevó a la otra, y al calor de las caricias, en pocos minutos éramos "Adán y Eva". Tan desnudos físicamente, como espiritualmente. A punto de consagrar la comunión de dos cuerpos que no solo se desean, sino que se aman.
¡Dios!, Su cuerpo era perfecto y esos momentos mi cuerpo ardía con cada tacto de sus manos. Tomó mis senos y bebió de ellos fervientemente, haciéndome arquear la espalda por el placer recibido. Emitiendo afrodisiacos gemidos masculinos que no hacían más que enardecerme, desesperarme por sentirlo mio...
En un segundo rotamos sobre la cama. Y así, con su cuerpo bajo el mío, me topé con la visión más hermosa de sus ojos expectantes ante lo inminente. En definitiva, estaba sintiendo cada uno de mis besos, los cuales, bajaron poco a poco sobre sus labios, sus hombros y su pecho. Mordiendo, lamiendo y succionando todo cuanto pude, pero, jamás podré olvidar su cara de éxtasis y su boca entre abierta al adentrarme muy despacio, de forma casi tortuosa sobre su virilidad. Tomando lo más sagrado de él…
Así hicimos el amor…
Fin del flash back
Ahora que te miro, como siempre en primera fila y sin importar el inclemente frío, sé que sería tuya una y mil veces Albert. Tienes que saber, que no dudaría un segundo en enseñarte todo lo que en realidad es pecado que no sepas, porque me has pertenecido solo en mis sueños. Porque tuve una hermosa fantasía sexual. Una entrega tan apasionada que ocurrió en mi mente, en ese rincón de intimidad, donde me regalo el placer de que tu devoción se deba a mi, y no a un ser espiritual…
Cada día, con dolor, estoy segura de que te amo profundamente, pero le pido a tu Dios que me alcance la vida, para en el futuro aprender a vivir sin ti. Con este dolor en mi pecho al ser consciente, de que jamás probaré tus labios, ni profanaré tu cuerpo, que esta tan consagrado a quien no te dará toda la felicidad que nos hace humanos…
Quisiera dejar las marcas de mis besos sobre tu piel virgen… Como un recordatorio de que no pasé como un ser gris en tu vida, aunque sé que es imposible. Pues no me perteneces… Nunca ha sido así. Yo en mi enamoramiento quise ver lo que jamás has sentido.
Sé que has terminado tus siete años de estudio, y entiendo, por lo que platicamos, que posterior al tiempo que pasarás en el mundo, "viviendo fuera del seminario" para reafirmar tu fe, has de ordenarte.
Por ti conozco casos en los que abandonan todo, pero también creo que tu amor solo pertenece a tu creador. Es por eso, que decido no torturar más mi corazón, y acepto esta derrota ante un ser de tal magnitud.
No puedo competir con él…
Tendré que llenar mi maleta con sueños rotos, llenos de atardeceres memorables a tu lado…
Lo más que mi cobardía me ha permitido es huir. Mañana parto lejos. Perdona por no despedirme, pero, no puedo seguir viviendo aquí, siendo testigo de tu felicidad, mientras yo muero lentamente.
Tal vez en otra vida pueda darte todo lo que siento ahora…
Tal vez en otra vida me toque en tu cuerpo contemplar la aurora
Tal vez en otra vida seamos tú y yo, y cante nuestra piel con una misma voz
Tal vez en otra vida beba de tu boca todas esas ansias
Tal vez en otra vida este amor distante acorte las distancias
Tal vez en otra vida se nos dé la luz
Tal vez en otra vida seas primero tú
En ésta vida no…
Te amaré siempre…
Candice White.
