Si volviera
Aphrodita (Hessefan)
Disclaimer: Saint Seiya es de Kurumada.
Advertencia: Consentimiento dudoso.
Notas nuevas: Me faltan muchos fics de Saint Seiya por traer. Espero que me tengan paciencia. Iré subiendo de dos a cinco por día, para no agobiar a los fanfickers nuevos. ¡Gracias por su comprensión!
TWO SHOT
Una noche por demás extraña, en donde la luna se encontraba cubierta por unas nubes densas que le impedían brillar, Shiryu recibió una inusual e inesperada visita. Estaba profundamente dormido, pero despertó a causa de un frío intenso provocado por la ventana abierta que él, personalmente, se había asegurado de cerrar antes de acostarse.
Por reflejo se cubrió con la manta gruesa hasta la cabeza, pero enseguida la hizo a un lado cuando notó una figura masculina en el marco del ventanal. Asombrado y alarmado por no haber reaccionado como correspondía a la invasión, atinó a investigar con recelo.
—¿Quién eres? —El Santo de Athena se incorporó en la cama, atento, a la espera de algún ataque sorpresivo por parte del otro, pero lejos de eso, el hombre de contextura mediana, se mantuvo sentado de forma desprolija con una pierna colgando y la otra ligeramente doblada— Te hice una pregunta. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —Volvió a inquirir impaciente aunque curioso por la pasiva posición del invasor.
—Lo siento, Dragón Shiryu —habló por fin el hombre, de manera lenta y pausada—, no fue mi intención alarmarte. —Una larga cabellera negra le cubría parte del rostro, aunque de todos modos, la poca luz en el cuarto solo le permitía a Shiryu ver el contorno de la figura.
—¿Qué quieres, que haces aquí? —Al notar que su interlocutor tenía conocimiento de su rango como Santo, el Dragón salió de la cama y se puso de pie dispuesto a un enfrentamiento; por fortuna su diosa se encontraba segura y a salvo en el Santuario.
—No soy un enemigo. Aunque en antaño lo fui. —El hombre se incorporó sentándose con comodidad en el marco de la ventana, dejando de esa manera las piernas colgando—. Solo vine a platicar contigo.
—¿C-Conmigo? —Algo extraño había en ese joven, en el tono de voz y en los movimientos, algo que le aconsejaba en su interior al prudente Dragón serenarse y escucharlo.
—Sí. Mi nombre es Alesky —dijo el ser, poniéndose de pie con lentitud y ocupando toda la extensión de la ventana—. Espero no incomodarte. No tengo intenciones de lastimarte. Solo vine en busca de compañía.
Una tristeza inundó el corazón del Santo, una angustia inconmensurable que fue apoderándose con lentitud de su espíritu. Fue el tono empleado por quien se hacía llamar Alesky o quizás la persona, pero algo contagió a Shiryu de un sentimiento oscuro de agonía y soledad, como si fuera maldecido.
—¡¿Qué…?! —Se alarmó el Dragón al notar que su invasor daba la vuelta para saltar e irse por donde había venido—¡¿Te irás?!
—Debo irme —dijo Alesky—, pero volveré. Si así lo deseas.
El Santo de Athena asintió despacio. ¿Los motivos? Ni él los conocía, no sabía por qué había reaccionado tan pasivo, tan sumiso, ni por qué había aceptado sin más la visita de un perfecto extraño, mucho menos entendía de dónde venía ese desconsuelo que se había apoderado de su alma. Solo sabía que lo volvería a ver.
Alesky sonrió al ver que lo había conseguido.
—¿Por qué no puedes quedarte? —Por todos los dioses del Olimpo, ¿Shiryu había preguntado eso? ¿En verdad quería quedarse en compañía de ese hombre o solo actuaba impulsado por un irrefrenable deseo oculto en lo más profundo de su ser?
Alesky en respuesta miró hacia la puerta del Dragón y sin responder se dejó caer por el hueco de la ventana. El Santo de Athena corrió hasta dicho lugar y al observar el césped, esperando encontrarse con un cadáver, se sorprendió al ni siquiera poder ver por ningún lado a su visitante nocturno. Alesky, con extrema rapidez prácticamente se había esfumado. Todo ocurrió en escasos segundos, la puerta se abrió y Shiryu comprendió en parte el porqué de una huida tan fugaz, en parte pues ¿de qué escapaba el visitante?
—Shiryu —dijo Seiya entrando al cuarto de su amigo y prendiendo la luz al paso para encontrarlo de espaldas y mirando por la ventana—. Sé que estás cansado, pero vamos a ver una película de terror, ¿bajas?
—¿Eh? —solo pudo pronunciar el Dragón confundido.
—Ikki, aunque no lo creas, por pedido de Shun, hizo pochoclos para todos. —El Pegasus notó el inusual comportamiento del otro— ¿Qué pasa, Shiryu? ¿Hablabas con alguien? Me pareció escuchar voces...
—Una pregunta a la vez, Seiya —dijo el pelilargo risueño, su amigo prácticamente no había respirado entre palabra y palabra—. No me pasa nada. Y sí, estaba hablando por el móvil —mintió a lo último. ¿Por qué lo hacía? En su interior sintió que era lo más conveniente.
—¿Vienes?
Se conformó a medias con la respuesta del mayor, el rostro confuso y la actitud por demás extraña daban qué pensar. Estaba de pie frente a la ventana abierta de par en par en pleno invierno. No daba la sensación de que todo estuviera bien.
—¿Qué verán? —Se resignó Shiryu cerrando con pestillo dicha ventana.
—La reina de los condenados —respondió el Pegasus con efusividad.
—Pero, Seiya... esa película no es de terror. —El Dragón lanzó una risa incrédula al mismo tiempo que se dirigía a la cama.
—A Shun y a mí nos dan miedo las películas de vampiros —aseguró Seiya con cara de pavor, abriendo los ojos cuanto pudo y asintiendo con la cabeza reiteradas veces.
—¿Cuantas veces te he dicho que los vampiros no existen? —preguntó el pelilargo en son de reproche mientras se acostaba en la cama.
—Eso crees tú, pero Shun y yo...
—Ya. Lo sé —interrumpió Shiryu la segura y extensa perorata de su amigo sobre la existencia de esos seres—. Y en tal caso son Santos de Athena, no deberían temerles a esas cosas.
—Pero que seamos Santos no quita que seamos humanos —argumentó consiguiendo una sonrisa por parte del otro.
El Dragón sonrió enternecido al ver que el Santo más aguerrido de Athena tenía sus miedos y fobias. ¿Quién iba a imaginarlo? ¿Que el Santo del Pegasus, quien había luchado innumerables veces contra enemigos que harían temblar a cualquiera, le temiera a los vampiros, fantasmas y cucarachas?
Pero por supuesto que el pequeño de los Kido tenía serios argumentos, pues por mas Santo que fuera, ¿cómo haría para atravesar con el Pegasus ryu sei ken a un fantasma? ¿Y a los vampiros, que son inmortales? Ni hablar de las cucarachas; esos bichos terroríficos salidos de una película de Hitchcock, como solía calificarlos él; y pensar que esa estúpida fobia comenzó cuando de pequeño había visto una película en blanco y negro sobre una cucaracha gigante que comía personas y desde entonces se quedó traumatizado, aunque Ikki tuvo auténtica importancia en dejarle un trauma a Seiya, pues lo ha atormentado desde pequeño con ese tema y aun a los diecisiete años seguía persiguiéndolo por la mansión con uno de esos bichos atrapados entre los dedos, riéndose a mas no poder al ver a un Santo de Athena orinarse en los pantalones por una insignificante e inofensiva criatura de la naturaleza, ¡pero ni matarlas podía el Pegasus del terror que les tenia!
—¿Vienes o no? —volvió a inquirir el Pegasus con ojos de ternero degollado.
—Estoy cansado. De veras —respondió el pelilargo tapándose con sus frazadas—. Además a esa película ya la vi. Es muy mala.
—Oh, está bien. —Seiya decidió que lo mejor era dejarlo solo—. Como quieras. Si te arrepientes, estamos abajo. —Caminó hasta la puerta, apago la luz de a su amigo y atinó a irse, pero antes de cerrarla del todo, volvió a abrirla asomando solo la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Si me da mucho miedo... ¿puedo…? —Le daba mucha vergüenza hacer un pedido semejante.
—Sí, Seiya —concedió Shiryu asintiendo despacio y con una cálida sonrisa—, si Ikki no se ofende, puedes venir a dormir conmigo.
—No tendría por qué ofenderse. Es él, el que no quiere —espetó el Pegasus algo molesto con la siempre negativa del Phoenix.
Lo cierto es que le hartaba compartir la cama con él luego de ver una película de terror. ¡Imagínense lo que sería dormir con un, de por sí, revoltoso Seiya! Era algo insoportable, entre que se movía mucho, lloraba entre sueños por las pesadillas, robaba las frazadas y cuando por fin se quedaba dormido, roncaba ¿tener que soportarlo encima con miedo? No, Ikki prefería compartir la cama con Radamanthys, Aiakos y Minos, los tres juntos, antes que con el Pegasus.
Esa noche, el Dragón se quedó dormido con esa sensación de vacío. Seiya no apareció, por lo visto la película no le había dado tanto miedo. Pasó esa noche atípica y pasaron muchas más, en donde siguió recibiendo la visita de Alesky quien, si bien no se dejaba ver, mantenía largas conversaciones con el otro.
Por algún motivo que desconoció, Shiryu en ningún momento se sintió amenazado por el invasor, sino todo lo contrario; nunca nadie la había inspirado tanta confianza y seguridad en tan poco tiempo.
En esos diálogos que los nuevos amigos mantenían, Alesky le contó sobre su pasado, le contó que era polaco, que provenía de una región llamada Kashube y que no tenía familia, de hecho ni siquiera amigos, estaba solo en mundo. El Dragón sintió empatía, ya que ambos estaban en las mismas condiciones, pues si bien contaba con sus amigos, el Santo de Athena ni siquiera tenía un hermano.
Fue Shun el primero en notar algo extraño en Shiryu, es que ya era muy notaria la tristeza. Andrómeda podía ver a través de las pupilas del Dragón una infinita angustia y melancolía, si bien nunca había sido hombre de muchas palabras, el pelilargo había adoptado una actitud silenciosa y contemplativa; se la pasaba largas horas, durante el día, observando el amplio ventanal de la sala principal de la mansión.
Pero las cosas cambiaron una noche, aquel ser que se le hacía extrañamente familiar a Shiryu, se dejó ver por pedido del mismo dando a conocer su verdadera identidad. En la amplia y silenciosa mansión todos dormían entrada la noche.
—¡Tú! —exclamó el Santo de Athena estupefacto luego de encender el velador y observar con detenimiento cada facción del otro.
—Tanto tiempo, Shiryu —dijo Alesky sonriendo con calidez al ver la reacción de su compañero; ambos estaban sentados en la cama de Shiryu y este estiró la mano para acariciarle la pálida piel de aspecto demacrado.
—Dragón Negro —balbuceó el Dragón ido por completo; su nuevo amigo cerró los ojos motivado por el tenue contacto— ¿No habías...? —Dudó un instante.
—Sí —confirmó adivinando la pregunta—, he muerto, pero regresé... para verte, Shiryu —continuó con melódica voz, abriendo los ojos para clavar las pupilas acongojadas en su nuevo amigo.
—Qué... sorpresa. —Fue lo único que pudo acotar el Santo de Athena tragando saliva a causa de la impresión. No se cuestionaba los motivos de la resurrección del otro y ni tampoco le preocupaba, lo único que importaba era saber que estaba allí, tenerlo con él, a su lado.
—Oh, Shiryu —susurró Alesky tomando la mano de Shiryu entre las suyas con profunda ternura y angustia en la voz. Cerró los ojos de nuevo y ladeó la cabeza como si se tratara de un perro que espera ansioso las caricias anheladas de su dueño—. No sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí.
—¿Por qué? —preguntó el Dragón sin poder armar una oración coherente. Llevó la otra mano y le acarició el lacio y negro cabello— ¿Por qué estás aquí?
—Tú me has enseñado el sentido de la palabra "amistad", sin embargo no lo he podido sentir nunca en carne propia. —Sin soltar la mano del Santo, el Dragón Negro exhaló un gemido apenas audible y abrió esos extraños ojos.
La primera vez en su vida que Shiryu veía unos ojos tan negros, tan profundos. Las pupilas destilaban soledad, miedo y rencor... El Dragón retiró la mano alarmado, entre asustado y atento a los movimientos del otro. El Dragón negro bajó la vista, escondiéndose de una mirada inquisidora e interrogativa que le dolía en el alma, si era que la tenía, claro.
Dolido por causar esa reacción, Shiryu acercó más el cuerpo hasta estar lo suficientemente cerca de Alesky, este levantó la mirada al mismo tiempo que Shiryu lo estrechó entre sus brazos.
El Dragón Negro sonrió complacido y satisfecho por la reacción de su nuevo amigo, llevó sus largos dedos cubiertos por unas uñas puntiagudas a la espalda del otro Dragón y acarició con lentitud la larga cabellera que colgaba. Shiryu cerró los ojos y aspiró el aroma del invasor; un aroma extraño a tierra y muerte inundó sus sentidos, pero antes de poder reaccionar, Alesky lo aferró por la cintura y Shiryu no pudo contra eso, incorporó la cabeza para mirar una vez más al hombre, pero algo le llevó a cometer una locura, impulsado por una fuerza desconocida, el Dragón unió la boca con los labios del otro y cuando hicieron contacto, un suave beso dio comienzo; un roce casi inocente, apenas perceptible.
Ese beso se fue tornando cada vez más apasionado; lo que había comenzado como una caricia de bocas, ahora era una lucha de lenguas, afanosas por redescubrirse mutuamente, ansiosas por saborear lo prohibido y desconocido.
Ya no hubo vuelta atrás para Shiryu, ya era demasiado tarde para volver, y se dejó vencer por el Dragón Negro.
La espalda reposaba tranquilamente en su propia cama, sobre él, un antiguo enemigo que supuestamente había muerto en combate y por sus propias manos, se encontraba con el torso desnudo dispuesto a hacer lo mismo con su indefensa persona.
Shiryu solo pudo suspirar largamente a medida que su invasor le retiraba cada prenda, cooperó sumiso levantando los brazos cuando intentó quitarle la camiseta. Le abrió las piernas y le hizo elevar la cintura para poder hacer lo mismo con el pantalón.
Alesky sonrió al ver la excitación en el miembro de su joven amigo, sin prisas se deshizo de su propio pantalón dejándolo a un costado de la cama, para luego dedicarse de lleno al perfecto y armonioso cuerpo del Dragón. Recorrió con finos dedos el pecho, el vientre y cuando llegó al miembro lo tomó entre las manos sacudiéndolo con suavidad, arrancándole los primeros gemidos.
Shiryu se aferró de las sábanas ahogando un gemido masculino que amenazaba con alertar a todos en la mansión; cerró con fuerza los ojos y por reflejo levantó las caderas. La infinita sensación de placer que le dio sentir los cálidos labios de su amante no lo había experimentado nunca. El Dragón Negro engulló el enhiesto pene, tragando con maestría todo el extenso tronco, jugando con la lengua lo llevó hasta el límite de la locura y por consecuente al orgasmo.
Detuvo a tiempo las tortuosas caricias y tomó la mano de Shiryu para guiarla hasta su propio miembro, incitando al otro a que lo masturbara, y así hizo el Dragón, pero a diferencia de su amante, él fue brusco e impaciente, gesto que para nada le molestó a Alesky, todo lo contrario.
Se arqueó y se deleitó con la apasionada caricia; se dejó llevar por un instante consiguiendo la pronta y necesaria cordura, debía dejar su néctar dentro de Shiryu, debía poseerlo, no podía darse el lujo de acabar de esa forma.
Tuvo que recurrir a su fuerza de voluntad cuando Shiryu le devoró con ansias el pene. La violencia del Dragón puso enseguida a tono al visitante nocturno. Sin tiempo que perder, lo tomó de las muñecas y lo obligó a recostarse de nuevo en la cama. Shiryu parecía estar completamente ido, poseído por la lujuria y la libido.
Sin soltar las muñecas de Shiryu, el Dragón Negro le abrió las piernas con las suyas y se acomodó entre ellas, el Santo de Athena luchaba afanosamente por erguirse y besarle el cuello, la boca, el rostro; se moría por besarlo, morderlo, sentirlo. ¡Ni siquiera él mismo podía reconocerse en ese momento! Había perdido el buen juicio a causa del gozo que experimentaba por culpa del otro.
Alesky liberó una muñeca de su víctima y con esa mano libre la guió hasta el orificio cerrado de Shiryu descubriendo su virginidad. El Dragón Negro, sin dejar de mirar con sus pupilas inyectadas de sangre, bajó hasta la intimidad del otro y hundió la lengua en el agujero dilatándolo lo suficiente. El Santo de Athena lo tomó con fuerza de la cabellera retorciéndose de placer y gimió con estrépito haciendo peligrar el encuentro cuando un dedo irrumpió la entrada cerrada. Luego fueron dos los dedos que bailoteaban en su interior, deleitándolo como nunca nada lo había hecho antes, impaciente lo rogó.
—Ya, Alesky... por favor. ¡Tómame!
No necesitó oír más para incorporarse y ocupar el lugar; dejó que su pesado cuerpo inmovilizara a su amante y guiando el miembro lo situó en la virginidad del otro. Shiryu desvió la mirada y se aferró a las caderas bien formadas del ente y cuando este comenzó a empujar, desgarrándolo por dentro, se mordió un labio para evitar gritar del dolor. Un hilillo de sangre corrió por las comisuras y algo en Alesky cambió. Lamió la sangre de sabor metálico con un morbo demasiado excesivo, y sonriendo con cinismo comenzó a moverse más y más, hasta tocar fondo.
La cabellera del Dragón Negro cayó hacia atrás cuando lo hizo su cabeza, entornó sus ojos y se dejó llevar por la pasión, penetrándolo con violencia.
El Santo de Athena reprimió los gritos y los gemidos, aquello era tan doloroso como delicioso, el miembro fuertemente aprisionado por el abdomen del otro se friccionaba con cada subida y bajada.
Alesky tomó los brazos de su víctima y lo ayudó a incorporarse, cambiando de posición y saliendo un instante de aquella calurosa cavidad que le apretaba el pene al punto de la demencia. Lo sentó de manera que dicho miembro se incrustara solo en el orificio. Aquello para Shiryu fue la gloria; como un desquiciado, como si estuviera acostumbrado comenzó a moverse frenéticamente, deseando que ese pene se clavara más y más adentro, hasta matarlo si era necesario.
Algo en él explotó, y cuando quiso darse cuenta de que era su propio semen que había salido sin más ensuciando el vientre de su victimario, el Dragón Negro lo hizo en su intimidad. Luego, Shiryu se desmayó.
Permitió que la espalda del Dragón cayera con sutileza sobre el colchón para que reposara apaciblemente. Aun con el chico adormecido, Alesky no retiró el miembro de su interior y se quedó contemplándolo, sintiendo como el pene aun mandaba descargas y espasmos.
Una sonrisa en el Dragón Negro se instaló, una sonrisa de medio lado, algo macabra que el otro no pudo ver a causa de su adormecimiento. Lo había conseguido, por fin lo había logrado, Shiryu ya era suyo, lo había poseído en todo el sentido de la palabra.
No pasó mucho tiempo hasta que Hyoga terminó por alarmarse, siendo el primero en reparar en los cambios. Shiryu no solo había adoptado una actitud extremadamente silenciosa, sino que también su aspecto era algo demacrado, y sus actitudes eran por demás extrañas. El Cisne se preocupó y por eso lo habló oportunamente con Shun. En la sala estaban sentados junto a la chimenea encendida.
—Temo que esté enfermo —confesó el Cisne.
—Tienes razón —concedió Andrómeda analizando las palabras de su amigo—, pero el tema no es que solo tiene un aspecto enfermo...
—¿Lo has visto? —interrumpió incorporándose en el asiento para quedar frente a él— Está demacrado, muy pálido. Y ha bajado de peso.
—Quizás solo sea anemia, aun así... —pronunció Shun entristecido y bajó la vista al suelo, las llamas danzantes de la chimenea en la oscuridad le daba un aspecto aún más desconsolado y opaco—. Más allá de eso... está actuando raro y eso es lo que más me preocupa.
—Casi no habla. Y se la pasa encerrado en su cuarto —reconoció Hyoga en un estado similar e desconsuelo.
—Ojalá sea solo una enfermedad, pero me temo que esté pasando por alguna depresión. Se le nota la tristeza.
Los amigos se quedaron unos segundos sumidos en un silencio reflexivo; la situación era delicada ya que Shiryu siempre había sido el más centrado y cuerdo de todos, sin embargo era notoria la angustia en él. ¿Qué podían hacer si el Dragón ni siquiera les hablaba? En ese último tiempo ni siquiera pronunciaba una sola palabra. Por lo pronto decidieron que era muy tarde, lo mejor era acostarse a dormir, mañana sería un nuevo día y ya encontrarían una solución.
Fue entrada a la medianoche, cuando Seiya salió de su cuarto para ir al baño, que escuchó voces extrañas en el cuarto de Shiryu. El Pegasus paró en seco muerto de curiosidad. ¿De nuevo estaría hablando por el móvil? Sin pensarlo, apoyó la oreja en la puerta intentando escuchar qué hablaba, pero se quedó estupefacto al no comprender absolutamente nada de lo que decía. ¿Desde cuándo el pelilargo había aprendido un nuevo y desconocido idioma? Impulsado y curioso, Seiya irrumpió en la pieza. ¿Con quién hablaba a esas altas horas de la noche? Pero lejos de encontrarse con alguien en el cuarto, solo estaba Shiryu sentado en la cama mirando a través de la ventana abierta de par en par y en pleno invierno.
El Pegasus parpadeó un par de veces y luego se acercó a la ventana para cerrarla, el frío en el cuarto parecía producto de la ráfaga congelante de Hyoga. Volteó encontrándose a su amigo totalmente ido, con la mirada perdida.
—¿Con quién hablabas? —Casi en un susurro investigó con preocupación. El Dragón guió las pupilas con lentitud hasta posarla en su amigo y respondió con tono sumamente tranquilo y opaco, sin vida y sin sentimientos.
—Con nadie.
Seiya se acercó a él para mirarlo más de cerca, le tocó la frente y con esa misma mano le obligó a recostarse en la cama. Lo tapó con suavidad al mismo tiempo que le ordenaba con dulzura.
—Descansa. Ya es muy tarde y debes descansar.
El pelilargo cerró los ojos y se dejó llevar por Morfeo casi al instante de escuchar esas palabras; con suma preocupación el Pegasus dejó el cuarto y antes de pasar por la puerta y apagar la luz le echó una última mirada a la ventana. Negó con la cabeza y se fue a su cuarto para intentar dormir, lejos de conseguirlo en realidad. ¿Qué le ocurría a Shiryu?
—Les digo… esto es algo serio. —Por la mañana Seiya intentaba hacerse entender con Hyoga y Shun mientras estaban en la cocina—. Estaba hablando solo...
—¿Dices que estaba hablando en un idioma extraño? —Comenzó a enumerar el Cisne apoyando la espalda contra la mesada— Qué ingresaste a su cuarto rápidamente y que no había nadie, pero la ventana estaba abierta de par en par…
—¡Sí! —afirmó el Pegasus— Con el frío que hizo ayer a la noche, él tenía la ventana abierta y la estaba contemplando como si nada.
—Entonces quizás está recibiendo la visita de alguien —analizó Andrómeda.
—A ese punto quería llegar —dijo el Cisne con medida efusividad.
—Pero les digo que no —negó el Pegasus—, que entré rápido y nadie puede esfumarse así porque sí. —Aquello era más que lógico, si Seiya aseguraba haber entrado enseguida entonces ¿qué pasaba?
—Se está volviendo loco. —Se aventuró a opinar Shun lo que nadie quería reconocer, pero era hora de ver la cruda realidad.
—Debemos hacer algo por él —se angustió el Pegasus.
—Tiene que ver a un especialista. Cuanto antes —combinó el Cisne muy pensativo.
—¿Quién hablará con él? —preguntó el Pegasus cometiendo un grave error, pues las miradas de sus amigos recayeron en él delegándole tan difícil tarea.
Sin más opciones Seiya fue el encargado de hablar con un extraño e ido Dragón; lo encontró, como era de esperarse, sentado en la cama, observando el amplio ventanal de la habitación. El Pegasus no necesitó golpear, pues la puerta ya estaba abierta, entró al cuarto y se sentó en la cama junto a su amigo quien en ningún momento pareció notar la visita.
—Shiryu, ¿podemos hablar? —La voz de Seiya fue un desgarro. El pelilargo volteó despacio la mirada de infinita tristeza y la depositó en su amigo, este continuó al ver que le prestaba más atención—: Estuvimos hablando con los chicos... y llegamos a la conclusión... —El Pegasus intentó ser sutil y cuidadoso.
—¿Por qué?
—Que lo mejor sería que vieras a un especialista. A un médico.
—¿Por qué?
—No estás bien —respondió sonriéndole con melancolía y bajando la vista.
—¿Por qué?...
—Pues. No lo sé... Estás actuando muy raro últimamente —se impacientó Seiya. Un silencio se produjo, un silencio incómodo y aterrador, el Pegasus se quedó a la espera de alguna respuesta, de alguna palabra por parte de Shiryu, pero nunca llegó— ¿Irás?
—Sí —contestó el Dragón solo por complacer al otro.
—¿Lo prometes? —inquirió el Pegasus al notar que había afirmado solo por complacerlo.
—Sí —reafirmó el pelilargo.
Vencido, sin saber qué más hacer, Seiya se puso de pie y se alejó del cuarto. Shiryu era casi un adulto y por lo tanto era su decisión, pero en tal caso de que no fuera a ver a un especialista y su estado empeorara, lo obligaría si era necesario a la fuerza. Solo había que darle un poco de tiempo hasta que contemplara bien la idea de ir a ver un médico, pero lo cierto que al Dragón el tiempo se le estaba agotando.
Esa noche Ikki no podía dormir. Bajó a la cocina con la intención de beber un vaso de leche caliente y así conciliar el ansiado sueño. Con dicho vaso entre las manos caminó hasta la sala oscura y se quedó contemplando la estrellada e iluminada noche. Una sombra difusa le llamó la atención. Como si los dioses hubieran decidido mostrarle aquello al mismísimo Phoenix.
Cuando enfocó bien la vista se sorprendió al ver a Shiryu caminando descalzo por el húmedo y frío césped, vestido solo con un fino piyama. Sin saber qué actitud tomar, Ikki negó con la cabeza y decidió ir a dormir. Él no estaba al tanto de las extrañas actitudes de su amigo; el trabajo y las actividades lo distanciaban de la vida diaria en la mansión, y tomó esa conducta como algo personal del Dragón que a él no le incumbía. Nunca le gustó meterse en la vida de los demás, salvo claro está, exceptuando la de su hermano menor, pero ese era otro tema. Quizás el pelilargo iba al encuentro de algún amante. El Phoenix rió ante a esa idea y arqueó las cejas con picardía y subió las escaleras en dirección a su cuarto.
Sin embargo el Phoenix no estuvo tan errado, ya que el pelilargo se dirigía con prisa al establo de la mansión en donde Alesky lo esperaba; el Dragón Negro había encontrado ese lugar como el indicado; bastante arriesgado había sido la interrupción de Seiya, no podía permitir que lo vieran. Además esa noche sería la última, pues pronto Shiryu seria completamente suyo si el destino dejaba de interponerse en su camino retrasando más lo inevitable.
Esa extraña y lúgubre noche el Dragón se entregó una vez más como tantas otras. Alesky lo tomó gimiendo sin restricciones, los caballos en el establo relinchaban furiosamente, asustados, vaticinando la desgracia.
Fue tanto el barullo de los caballos que más de uno se despertó en la mansión, Ikki quien por fin comenzaba a quedarse dormido, se despabiló cuando comenzó a sentir en el pecho una angustia aterradora. Hyoga se cobijó entre las mantas intentando ignorar aquellos relinchidos desesperantes. Una densa oscuridad reinaba en el cuarto de Seiya aterrándolo. Un rayo sobresaltó a todos, consiguiendo que Shun lanzara un grito, pues odiaba las tormentas.
La lluvia de esa mañana azotaba los ventanales de la mansión impidiendo ver más allá que el hilo de agua correr por los vidrios; el día era más frío y gris que lo habitual, y un escalofrío recorría la columna vertebral de aquel que osara mirar el ennegrecido cielo.
Ikki miraba por la ventana las gotas de agua resbalar y chocar entre sí, miraba la misma ventana por la que había visto a Shiryu fugarse en la noche; la contemplaba como si así pudiera comprender la extraña actitud de su amigo. Su hermano interrumpió sus pensamientos, volviéndolo a la realidad.
—Hermano... —pronunció Shun con tono preocupado.
—¿Qué pasa, hermanito? —inquirió el Phoenix algo ido.
—Es Shiryu —sentenció Andrómeda con la voz desgarrada.
—¿Qué le pasa a Shiryu? —preguntó Hyoga alarmado y abriendo la puerta de la cocina, detrás de él lo seguía Seiya pisándole los talones.
—No lo sé. Creo que está enfermo —respondió Shun con los ojos humedecidos.
Los cuatro subieron con prisa las escaleras rumbo al encuentro del Dragón, este yacía en su cama con la frente transpirada y balbuceando palabras inentendibles, con los ojos fuertemente cerrados y con una expresión de dolor y angustia en su demacrado y pálido rostro.
El Cisne le tocó la frente, pero no sintió la temperatura corporal elevada.
—Debe ser gripe —pronunció Shun a un costado del Cisne.
—No me extraña —dijo el Phoenix—, ayer a la noche, antes de que la tormenta se desatara, lo vi alejarse de la mansión, completamente descalzo y solo vestido en pijama.
—Shiryu, ¿por qué? —investigó el Pegasus al aire, conteniendo las lágrimas, sintiéndose un poco culpable. Si tal vez lo hubiera obligado a ir al médico, la situación no hubiera llegado a ese punto.
Mientras el Cisne se quedaba en compañía del pelilargo, los otros tres bajaron a la sala con el fin de llamar a un doctor de la fundación Grad. En el camino, entre Shun y el Pegasus le explicaron a Ikki las extrañas actitudes que había adoptado Shiryu en ese último tiempo.
Cuando el médico por fin llegó, revisó al Dragón con parsimonia, todos esperaron impacientes algún diagnóstico: Sin emitir palabra el doctor negó con la cabeza logrando que todos sintieran el alma desprenderse del cuerpo, pero luego habló desconcertándolos.
—No tiene fiebre, aunque sí tiene los síntomas —dijo el hombre mayor de facciones marcadas y cabello canoso—. Le tomaré un examen de sangre, pero por lo pronto déjenlo reposar, aparentemente no corre peligro de muerte ya que sus signos vitales están en perfectas condiciones.
¿Cómo podía ser? ¿Si Shiryu parecía más muerto que vivo? Inconformes con ese diagnóstico los jóvenes optaron por dejar pasar esa noche nada más, pero algo debían hacer pronto por su amigo. Aún quedaba conocer los resultados del examen de sangre y mientras el doctor tomaba esa muestra del brazo de Shiryu con una corta jeringa, el Cisne se adelantó al deseo de todos.
—Yo me quedaré con él. Esta noche —dijo sin saber que así entorpecía los planes de Alesky.
El resto asintió, Ikki acompañó al señor hasta la entrada de la mansión y agradeciéndole lo despidió, el doctor antes de irse volvió a manifestar su desconcierto ya que el paciente se encontraba en perfectas condiciones, aunque su aspecto demostrara lo contrario.
Entre todos reflexionaron sobre la situación, llegando a la conclusión de que no alertarían a Saori de la precaria situación de Shiryu hasta verlo realmente necesario.
Lejos de poder dormir, Ikki, Seiya y Shun lo intentaron. Hyoga permaneció junto a Shiryu escuchando como este deliraba pronunciando palabras extrañas y confusas que no llegaba a interpretar por el tono bajo de voz. El Dragón pareció sufrir de pesadillas toda la noche, se revolcaba de dolor en la cama y de vez en cuando exclamaba, pero por más intentos del Cisne, este no podía descifrar lo que decía. Estaba delirando sin tener fiebre.
(…)
Al otro día Ikki sorpresivamente preparó café para todos; ese día no fue a trabajar y si Shiryu continuaba así, seguiría pidiendo los días. Cuando Hyoga bajó a la cocina dispuesto a desayunar algo, sus amigos lo interceptaron.
—¿Cómo está? —inquirió Shun con los ojos vidriosos.
—¿Ya despertó? —Se sumó Seiya en igual estado.
—Tranquilos. No, aún no despertó —respondió el Cisne y aceptó con algo de desconfianza y asombro la taza que le estaba ofreciendo el Phoenix, pero al final en un susurro confuso le agradeció el gesto.
No pasó ni media hora que bajo la lluvia torrencial un coche estacionó frente a la mansión, el doctor traía consigo los análisis de Shiryu. Desesperados, los cuatro fueron a su encuentro y subieron con él las escaleras camino al cuarto del Dragón.
El pelilargo permaneció en igual estado, quizás había empeorado un poco ya que su delirio era constante, ni siquiera frenaba unos minutos para poder dormir.
—Los exámenes de sangre dieron todo bien —dijo el doctor para desgracia de todos, algo extraño ya que tendrían que estar contentos, pero lejos de eso les atormentaba no saber con certeza qué le pasaba a Shiryu.
El médico hizo la revisión de rutina encontrando todos los signos vitales del Dragón igual que al día anterior: en perfectas condiciones, trastornado negó con la cabeza, suspiró, se incorporó y arqueó las cejas muy confundido.
—No sé qué decirles. Haré otros estudios... de sangre, pero más específicos para ver qué tiene. Si tengo alguna noticia nueva los llamaré, si no los llamo es porque no hallé nada. Quizás sea algún virus extraño y desconocido o… no lo sé... —pronunció el doctor mirando particularmente al Phoenix, tal vez porque parecía ser el más entero— Quizás sea algo que la medicina no pueda curar.
Luego de decir aquello, Hyoga fue el que lo acompañó hasta la puerta de salida, Ikki se quedó estático en el lugar; las palabras del doctor revoloteaban en su mente: "Quizás sea algo que la medicina no pueda curar". Una palabra, una frase lo trajo de vuelta a la realidad, algo que comprendió y reconoció, pero esas palabras no vinieron ni del Pegasus, ni de su hermano menor, mucho menos del recién llegado Cisne, sino sorpresivamente de Shiryu.
El Phoenix se acercó con lentitud a la cama del Dragón y acerco la oreja a la boca.
—¿Qué pasa, hermano? —investigó asombrado por la reacción de su hermano mayor, pero este lo interrumpió silenciándolo con una mano levantada.
Todos comprendieron las intenciones y guardaron silencio, recién ahí las palabras llegaron nítidas al oído del Phoenix: "Valeska tanek. Marek mandek" Y reconoció aquello, algo confuso pronunció al aire.
—Polaco.
—¿Qué? —Se desconcertó el Cisne a su lado.
—Es polaco —reafirmó Ikki incorporándose con el rostro dubitativo y muy pensativo.
—Hermano, ¿dices que Shiryu está hablando en polaco? ¿Que lo que balbucea es...? —preguntó Shun prestando más atención a las palabras inentendibles del pelilargo, aun así, para él esas palabras no significaban absolutamente nada.
—Sí. Parece, creo que está hablando en polaco o algo similar. O intentando hablar en polaco.
—¿Y tú como lo sabes? —se sorprendió Seiya. Alguien tenía que hacer esa pregunta.
—Maldición, poni —se ofendió el Phoenix—, porque conozco el polaco. Por eso lo digo.
—¿Desde cuándo? ¿Por qué nunca lo dijiste? —reprochó el Cisne cruzado de brazos y observándolo detenidamente con una mirada inquisidora, como si contar ese detalle en el pesado fuera algo realmente relevante en el presente.
—¿Qué está diciendo, hermano?
—No lo sé —dijo Ikki—, apenas reconozco el polaco porque bueno... —Odiaba traer a su mente aquellos recuerdos que le dolían en el alma.
—¿Qué? —instaron a coro.
—¿Se acuerdan cuando fuimos enemigos? —Todos asintieron con lentitud y bajaron la vista al suelo— ¿Se acuerdan de los Santo Negros?
—Sí. —Volvieron a asentir.
—Había uno de ellos... no recuerdo su nombre, en realidad nunca me importó saber cómo se llamaban... —reconoció a lo último con cinismo—, pero era polaco y solía soltar algunas palabras. Me acostumbré a su léxico y algunas frases se quedaron en mi mente.
—¿Y qué dice, Shiryu? ¿Por qué está hablando polaco? —se impacientó el Pegasus, aquello era algo tragicómico. ¿Qué tenía que ver el polaco en todo aquello?
—No sé interpretarlo. Solo sé que es polaco, pero no sé qué dice —aclaró entre dientes, odiándose en ese momento por no haberse interesado nunca en ese idioma teniendo la posibilidad de aprenderlo.
—Ahora entiendo menos —se sinceró el Cisne rompiendo la postura para caminar con nervios por el cuarto.
—¿Qué haremos? —cuestionó Shun al borde de una crisis.
—"Quizás sea algo que la medicina no pueda curar" —Volvió a citar Ikki, esa vez, en voz alta.
—A mí solo se me ocurre algo —dijo el Cisne caminando hasta la ventana—. Hay una sola persona que nos puede ayudar.
—Sí —reconoció el Phoenix. Tanto Seiya como Shun se mantuvieron ajenos, esperando las palabras de los mayores, casi al unísono Hyoga y el Phoenix pronunciaron un nombre al aire.
—Dohko.
Ese nombre era como la solución o la salida a ese laberinto. De seguro el Santo de Libra revivido y rejuvenecido podría descifrar qué demonios le pasaba a su pupilo, y como era de esperarse, Dohko no se hizo rogar y a los pocos días luego de recibir en los Cinco Picos el alarmante telegrama no lo dudó y se dirigió sin perder más el tiempo a Japón.
Sabía que los jóvenes no le harían hacer semejante viaje por simple gusto, de seguro algo grave le ocurría a Shiryu para enviar un telegrama requiriendo urgente su presencia en la mansión; se fue esa misma mañana sin decirle nada a Shunrei para no angustiarla, aunque la joven no era tonta y algo intuyó, sobre todo esa noche cuando una estrella fugaz se dirigió en dirección a la constelación del Dragón. La muchacha, que era como una hermana menor para el pelilargo, cayó de rodillas y comenzó a llorar, entrelazó sus dedos y rezó con todo el poder de su corazón sin saber con seguridad lo que estaba atravesando Shiryu en ese preciso momento.
Dohko llegó a la mansión, en donde la lluvia seguía azotando con la misma intensidad, con un semblante serio. Entró saludando a los Santos de Bronce. Todos respiraron algo aliviados con la presencia de Libra, quien dejó su pequeño bolso a un costado mientras que en el camino, rumbo al cuarto de Shiryu, los jóvenes intentaban explicarle un poco lo que estaba pasando, o por lo menos lo que ellos veían.
—Ha estado actuando muy raro este último tiempo. —El Pegasus casi no respiraba entre palabra y palabra, a pesar de ignorarlo con la mirada, el Santo Dorado prestaba real atención a todo. Se encorvó frente al Dragón palpándole la frente con una mano temblorosa, mano que temblaba a causa de la angustia y de la preocupación—. Ha estado sumamente triste y muy callado —continuó el Pegasus.
—Veo…
—Observaba los ventanales de la mansión todo el día y por la noche se la pasaba hablando solo, en una lengua extraña —concluyó.
—¿Desde hace cuánto que esta así? —preguntó Dohko incorporándose, las pupilas bailaban nerviosas y acongojadas.
—¿Desde hace cuánto que esta en este estado de fiebre? ¿O desde hace cuánto que empezó con todo? —cuestionó Shun con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
—Ambas —respondió Libra depositando un cálido beso en la frente sudada de su niño.
—Pues... —se adelantó Hyoga sacando cuentas— con esta fiebre hace como casi una semana, pero empezó a cambiar hace ya un mes.
—Dohko —pronunció Ikki consiguiendo que le prestara atención— ¿Sabes idiomas?
—No he vivido tantos años en vano, muchacho. —Se jactó con una sonrisa de tinte melancólica.
—Entonces ¿conoces el polaco antiguo? —preguntó el Phoenix acercándose a la cama de su amigo y echándole una mirada fugaz para luego dirigir los ojos al anciano maestro.
—Pues sí. Puedo alardear y asegurar que conozco todos los idiomas habidos y por haber en esta tierra. —A pesar de tener un aspecto joven y sumamente bello, en Dohko se podía ver la sabiduría hecha persona. La vejez no pasaba desapercibida en el aparente muchacho que era Libra.
—¡Lo sabíamos! —Se alegró el Cisne al ver que no había sido mala idea llamarlo. Quizás no serviría de nada, pero era un comienzo. Todos sentían que interpretando las palabras que balbuceaba el Dragón llegarían a una conclusión dentro de todo acertada.
—Shiryu, en su delirio habla en lenguas extrañas —comentó el Phoenix con un semblante serio y firme.
—¿Cómo lo saben? ¿Están seguros? —investigó Dohko observando como su pupilo movía la cabeza de un lado al otro con la frente empapada de sudor.
Ikki solo asintió y Libra se sentó junto a su discípulo en la cama acercando la oreja, pero tuvieron que pasar varias horas hasta que pudo descifrar ese balbuceo, sin embargo todo parecía carecer de lógica. Y mientras Seiya le alcanzaba al invitado una taza de té, este se quedó atento pues por primera vez luego de cuatro largas horas, el pelilargo agonizante pronunció las palabras con algo de nitidez.
—Tesia olessia, felcia —susurró Shiryu con voz clara, tan clara que todos escucharon aunque no supieron interpretarlo, luego sorpresivamente exclamó sobresaltándolos— ¡Alesky! ¡Valeska tanek! —Luego la voz bajó tanto que Dohko tuvo que esforzarse para escuchar sin conseguir interpretar correctamente.
—Hagan silencio —pidió con cordialidad.
—Spike lyde. —Recién consiguió reconocer las siguientes palabras—: Bialy, marek. —Pero nuevamente el Dragón volvió a desconcertar a Libra.
—Es difícil entenderlo.
—Prince lynton yanni. —El pelilargo volvió la voz un tanto más clara—: Rasine. —Volviendo todo confuso.
—Creo que lo tengo… —murmuró el anciano maestro, pero se calló para oír lo último que tenía por decir el chico.
—Roselani. —Intentó no perderse de nada pero luego de escuchar—: Tola mandek. —Lo siguiente termino por desconcertarlo aún más que al principio.
—Esto es un desafío… —confesó con cierta gracia.
—Ashling studs.
Los Santos de Bronce se quedaron estupefactos, nunca Shiryu había hablado tan claro, a pesar de no saber qué decía había sido como si el Dragón intentase comunicarse con ellos, pues incluso había abierto los ojos por un instante. No pasó mucho tiempo para darse cuenta de que esas palabras, el pelilargo las repetía frenéticamente, intercambiándolas, pero siempre eran las mismas.
—¿Maestro? —pronunció Shun con algo de duda; observó la extraña actitud que había tomado Dohko, este contemplaba el cuerpo de su discípulo con una mirada de terror.
—¿Qué dijo? —Se aventuró a preguntar Hyoga con desasosiego.
—Tesia olessia, felcia. Alesky. Valeska tanek. Bialy, marek. Rasine. Tola mandek —repitió Libra turbado por completo para luego soltar al aire, analizando él mismo aquellas palabras—: "Amada por Dios, ayudante y defensora de la humanidad, dichosa y afortunada"
—¿Eso qué quiere decir? —interrumpió Seiya impaciente.
—Espera... —frenó sacando conclusiones— No lo sé con exactitud, pero después dice algo de "Alesky". —Recordaba las palabras del Dragón y tenía en la mente la frase algo armada.
—¿Y eso? —preguntó alguien.
—"El protector de los hombres, gobernante glorioso, inmortal". —Tomó un poco de aire y prosiguió—: Pero después surge con algo incoherente: "Niño de cabellos blancos. Persona de guerra. Rosa sin precio. Soldado".
—¿Y todo eso? ¿Qué significa? —Ikki se encontraba aún más abatido, sobre todo al ver el porte horrorizado de quien debería estar más tranquilo— ¿Dohko?
—Hay muchas frases, palabras que no reconozco... —memorizándolas las citó con presteza—: "Spike lyde. Prince lynton yanni. Roselani. Ashling studs".
—¿No es polaco antiguo? —se desconcertó el Phoenix.
—No. No es ningún idioma que yo conozca y me da la sensación de que es algo clave.
—¡Por todos los dioses! ¡¿Qué haremos ahora?! —Andrómeda se desplomó en la silla del escritorio rompiendo a llorar, soltando en parte ese desconsuelo que se le había anidado en el pecho.
—Iré al Santuario —afirmó Libra consiguiendo serenarse.
—¿Ahora? —Se alarmó Seiya— Recién hace cinco horas llegó de un viaje largo.
—No hay tiempo que perder, pequeño —dijo saliendo por la puerta de la habitación en busca del bolso que había dejado junto a la puerta, los Santos de Bronce lo siguieron detrás.
—¿Qué hará en el Santuario? —preguntó el Pegasus intranquilo.
—¿Qué le sucede a Shiryu? —investigó Shun preocupado.
—¿Cuándo volveremos a tener noticias de usted? —Hyoga lo siguió muy de cerca cediéndole el bolso con amabilidad.
—¿Le dirá a Saori algo de todo esto? —Ikki se paró frente a la puerta abriéndola de par en par, una ráfaga de viento ingresó por ella helando hasta los mismos huesos.
—Iré al Santuario porque allí encontrare ayuda. —Dohko comenzó a responder las preguntas de todos—No sé realmente que le sucede a Shiryu y aunque sospecho no quisiera sacar conjeturas apresuradas y cometer un error, así que por lo tanto tampoco alarmaré a Saori. —Se colocó su tapado negro, le abrochó hasta arriba con la intención de afrontar el frío cruel de la calle y decidido atravesó el marco de la puerta.
—Bien… —murmuró Shun.
—Por el momento es mejor que ella permanezca segura en el Santuario, si se entera querrá venir hacia aquí para estar junto a Shiryu.
—¿Puede ser algún tipo de enemigo? —Se animó a preguntar Seiya consiguiendo una sonrisa por parte de Libra.
—No lo sé. Y justamente por eso no le diré nada a Saori. En tal caso de que así sea, ella estará más segura en el Santuario. —Dio la media vuelta y saludó agregando—: Pronto tendrán noticias mías. Lo prometo.
Cuando el Santo Dorado de Libra partió, los Santos de Bronce subieron las escaleras con el fin de hacerle compañía a su amigo. A pesar de que Dohko había conseguido dejarlos un poco más tranquilos con su presencia, las conjeturas fueron alarmadoras. Con el corazón repleto de emociones confusas los amigos se limitaron a hacer lo único que podían hacer en ese momento: Estar junto al Dragón y esperar con paciencia las noticias de Libra.
