¡Hola! ¡Bienvenido a mi primer SanLu!

Aclaración: La chispa entre la pareja principal fluirá con calma. También aprovecho para decir que habrán personajes un tanto tóxicos y que posiblemente se vea de todo un poco en la historia... No creo que tenga nada más que aclarar por el momento.

Entonces, dejo por aquí lo que sería el capítulo introductorio de éste fic. ¡Disfruta de la lectura!


Instintos de Un Corazón

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Capítulo introductorio

El día estaba hermoso, tan intenso y brillante como los nervios que la afloraban en ese momento. Pudding no era una chica que se acobardara por cualquier cosa, mucho menos de las que se ponía nerviosa con rapidez. Pero a pesar de lo que le exigía la vocesita en su cabeza, por más que se exigía en mantener la cordura, sus nervios la traicionaban de sobremanera graciosamente. Se supone que era lo normal, ¿no? Que una mujer estuviera al borde del desmayo luego de no ver a su familia por tantos años... A sus hermanos. Debían estar tan cambiados, guapos y maduros. Los extrañaba tanto y finalmente los vería ese día. Bueno, solo vería a alguno de ellos, la familia Charlotte era demasiado gigantesca, y no por el simple hecho de que la mayoría fueran de estatura grande y fornida. Sus hermanos eran tan grandes como el número de integrantes.

Realmente, ¿en qué pensó su madre cuando decidió tener cincuenta hijos? Bueno, tampoco es que ella se arrepintiera de tener cuarenta y nueve hermanos, claro que no; el punto estaba en que no le cabía en la cabeza que su madre pudiera dar a luz tantas veces. Por eso su familia era bastante reconocida, al igual que su madre. La familia de Big Mom, Familia Charlotte.

Se reprendió al dejarse llevar por sus pensamientos. Hacía mucho que tampoco veía a su madre. Desde que era pequeña le causó muchas inseguridades a la castaña, por tener una belleza peculiar y unos ojos demasiado grandes para una chica que pertenecía a una familia tan "recatada" como la de ella. Consistieron muchas razones por las que Pudding decidió abandonar su hogar al cumplir los dieciocho. Recordar el egoísmo de su madre, no solo con ella, sino con el resto de sus hermanos, le dolía mucho. Linlin, como se llamaba su madre, nunca le dejó conocer a su padre. Hasta el sol de hoy desconoce absolutamente todo de él... si está vivo o muerto.

Empero, desde hace un año, casi dos, conoció a la persona que llegaría a cambiar su tristeza por alegría. La persona que llegó a admirar cada una de sus inseguridades como si fueran una adquisición, algo hermoso nunca jamás visto. La persona que amaría cada parte de ella como algo único y especial; esa persona que la acunaría en sus brazos y le haría olvidar al resto. Esa persona que volvió de su oscuridad una noche estrellada. Esa persona era el hombre más increíble del mundo y no lo cambiaría por nada. Su compañero de vida, su futuro esposo.

Y de solo pensar en eso último, un manojo de nervios y felicidad la invadía.

Sanji era el hombre de su vida. Y ahora con la visita de sus hermanos sería el momento perfecto para avisarles que Sanji le había pedido matrimonio.

Se observó en el único espejo que decoraba su habitación. Procuraba verse bonita y presentable para la ocasión. Dio media vuelta para asesorarse de que el vestido no tuviera algo. Y es que, ese vestido era especial. Lo llevó puesto el mismo día que conoció a Sanji. Era un vestido sencillo, en corte de princesa y de su color favorito, púrpura. Tenía mangas cortas y marcaba parte de su figura. No le gustaba los trajes muy cortos, así que optaba porque la ropa que usaba con frecuencia –que en su mayoría eran vestidos- le quedaran un poco más abajo de la rodilla. Y bueno, ese traje no sería la excepción. Unas zapatillas acompañaban su atuendo y, como no era fanática de las prendas, optó por colocarse una cadena simple en color plata.

Se ojeó una última vez justo cuando dieron tres toquesitos a la puerta.

—Pudding-chan...

—Sanji, puedes pasar —se apresuró a decir. ¡Santo cielos! Los nervios eran tan grandes, que no había salido de la habitación en lo que iba del día—. ¿Han llegado mis hermanos?

—Aún no —dijo él una vez estuvo la puerta abierta—. Nami-san me llamó para pedirme que añadiera un plato más en la mesa, al parecer nos presentará un amigo. ¿No tienes problemas con eso?

—Por supuesto que no, estaría encantada de conocerlo.

—De acuerdo. Entonces seguiré con los preparativos, la mesa está casi lista.

Ella asintió en respuesta. Sanji pareció desaparecer por la puerta y ella soltó un suspiro, sus hermanos ya debían estar llegando.

—Por cierto, Pudding-chan... —la castaña pegó un salto. Creyó que Sanji se había marchado.

Él la miró con cariño y dulzura.

—¿Sí?

Le encantaba que la mirara así, la hacía sentir única.

—Te ves hermosa con ese vestido, verte con el me trae lindos recuerdos...

—Sa-Sanji...

Finalmente se marchó, no si antes regalarle una de esas sonrisas típicas que siempre le daba. Y solo eso bastó para que la castaña dejara a un lado los pequeños nervios e inseguridades. Realmente le gustaba lo que veía tras el espejo.

( • • • )

El Baratie era un restaurante muy famoso, el más famoso de Impel Down, la ciudad más cara del East Blue. Y claro, siempre fue un lugar muy conocido, pero luego de la muerte de Kuroashi Zeff, dueño y mejor cocinero del restaurante, el mismo pasó a ser dirigido por su hijo adoptivo, Kuroashi Sanji. Era el pilar del restaurante y con el paso del tiempo superó los platillos de su padre; creando recetas mucho mejores y de esa forma, con el tiempo, el auge que recibió el lugar era más que merecido. Ningún cheff superaba al grandioso Kuroashi Sanji.

Y ese día en particular, la Familia Charlotte estaba frente a las puertas del llamativo restaurante, para comprobar por ellos mismos las hazañas que se rumoreaban de dicho lugar.

De una guagua lujosa –seguramente de último modelo– pintada de un negro que brillaba más que el mismo sol, incluso, más que una perla; se bajaron cuatro sujetos. De la lejanía se podían apreciar como cuatro sombras grandes e imponentes. Los cuatro sujetos se acercaron hasta ojear de cerca las grandes letras que adornaban las afuera del restaurante; decía BARATIE en letras negras.

El más alto de las cuatro figuras se detuvo.

Era un tipo grande, a simple vista podías notar su gran cuerpo musculoso, sin duda la imagen perfecta para alimentar la vista de cualquier mujer. Llevaba una chaqueta de cuero y sin mangas, dejando entrever los tatuajes que decoraban la piel de sus brazos. También ocupaba una bufanda peluda alrededor de su cuello, que era de un rosa opaco. Sus manos estaban cubiertas por guantes negros -también de cuero- y su pecho estaba al descubierto. Los pantalones que tenía iban a juego con su chaqueta; y para finalizar, unas botas negras y ajustadas completaban su peculiar y llamativo atuendo. La imagen de ese hombre gritaba misterio por todos lados.

—Entonces dentro de este lugar se encuentra mi pequeña hermana. —habló dicho hombre.

—Así es, hermano Katakuri —se dirigió a él la única mujer del grupo—. ¿Entramos?

—Sí. —respondió.

Los tres esperaron pacientemente a que su hermano Katakuri dejara de observar tanto la entrada del lugar. Una vez listos, los cuatros se deslizaron por entre las puertas del Baratie, ansiosos por ver a su querida hermana y darle el mensaje que le tenían.

( • • • )

Nami observó seria a las cuatro personas que se dirigían a la entrada del Baratie. Una vez las cuatro personas desaparecieron por las puertas, lanzó un suspiro desesperado.

Hacer que el cabeza hueca a su lado se comportara iba a ser todo un desafío. Se merecía una buena cantidad de dinero si lograba entrar en razón al pequeño azabache, que por cosas de la vida, era su querido amigo.

—Escucha cuidadosamente, Luffy...

Lo sabía, la pelirroja lo sabía. El resoplido que había soltado Luffy cuando ella mencionó las primeras dos simples palabras, se lo había dicho todo: él no se iba a comportar.

—Tengo hambreee, Nami, ¿cuándo nos vamos a bajar? —soltó desesperado el chico, que a simple vista parecía no tener más de catorce años, lástima que no aparentaba lo que realmente tenía...

Nami viró los ojos con molestia. Usopp y Zoro se estaban tardando demasiado, a ese paso tendría que entrar al Baratie sola con Luffy.

—¿Dijiste que ese amigo tuyo cocina muy bueno? Porque muero por probar su comida.

—Sí, Luffy, es un cheff de primera. Por eso debes comportarte una vez pasemos aquellas puertas —señaló el Baratie mientras le hablaba—, Sanji posiblemente está conociendo justo ahora a la familia de su novia. ¡Así que te pido que te comportes! ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo, Nami, me comportaré.

«¿Y por qué diablos haces puchero, idiota?»

De no ser porque el hermano de Luffy, un chico completamente opuesto al idiota del azabache, conocido como Sabo (que por cierto, era organizado, reservado, serio, amigable y que se sabía comportar en todo momento), no hubiera tenido un contratiempo, Luffy no estaría allí. Pero bueno, ya qué más daba...

—¡Nami! ¡¿Luffy?!

Dos voces masculinas llamaron la atención de los aludidos. Eran Usopp y Zoro.

Nami se bajó apresuradamente de su carro, que era una pequeña "Tres potes", básicamente uno de los carros más viejos y deteriorados que se veían por el área. Sus amigos nunca dejaban de preguntarse cómo es que vestía a veces tan elegante y caro teniendo ese carro, pero no era de su incumbencia; además, ella siempre decía no tener dinero.

—¡¿Dónde diablos estaban?! —vociferó una Nami bastante enojada.

—Zoro no encontraba el camino hacia el Baratie, lo cual es ilógico, porque ha venido tantas veces... Así que tuve que buscarlo, encontrarlo y traerlo. —se excusó apresuradamente Usopp, mientras su larga nariz temblaba con descontrol. Algo típico del moreno cuando se ponía nervioso...

—¡Yo no me perdí! Hay algo raro con esta ciudad...

Las excusas de Zoro quedaron en la deriva gracias al puño de Nami, que impactó en la cabeza de ambos chicos.

—No quiero excusas tontas, Usopp, Zoro, ahora no estoy para sus juegos. Sanji debe estar arrancandose los pelos de las cejas porque aún no hemos entrado y... ¡la familia Charlotte ya entró! —dijo molesta. Algunas personas que pasaban cerca los miraban raros, ella ignoró ese hecho por completo—. ¡Y como si fuera poco... —su cara de total enojó se convirtió en una sonrisa notablemente falsa—, ...debo hacerme a cargo de Luffy!

—Ya veo —dijo Zoro—. Bueno, estamos perdiendo el tiempo, deberíamos entrar ya.

Nami lo miró seria. —Claro que estamos perdiendo el tiempo, idiota. Solo quiero que se aseguren de que Luffy no haga ninguna tontería.

Luffy los miraba desde el asiento del copiloto, con la cara pegada al cristal y una mueca de enojo. Nami aún no lo dejaba bajarse.

Después de que los tres intercambiaran unas rápidas palabras, Nami se apresuró a abrirle la puerta a Luffy.

—¡Zoro, Usopp! ¡Es bueno verlos, muchachos! —dijo alegre Luffy.

Los cuatros se dirigieron a las puertas del Baratie, no sin que antes Nami, Usopp y Zoro, le dejaran en claro a Luffy que se debía comportar una vez cruzaran las puertas.

Y fue luego de que cruzaran las puertas del Baratie que, Nami anheló con todas sus fueras que la tierra se la tragara y la escupiera lejos, muy lejos del Baratie, lejos de Impel Down. Lejos de los idiotas que tenía por amigos, específicamente de Luffy. Que no había tardado en gritar "¡¡Carne!!" a todo pulmón, cuando un mesero pasó por delante de él con un plato repleto de diferentes carnes.

Llamó la atención de todo el restaurante. Cada cliente, cada mesero, incluso la Familia Charlotte, se detuvieron a ver quién era el escandaloso que había entrado al restaurante.

Y mientras todos le dedicaban miradas molestas a los recién llegados, específicamente al escandaloso Luffy, solo una persona se había detenido a analizarlo más de la cuenta; y es que no todos los días entraba un cliente tan escandaloso a su restaurante.

Sanji no podía dejar pasar eso por alto.


—Los personajes utilizados no son de mi propiedad, le pertenecen a Oda.

Okay, espero que haya sido un buen comienzo, ya que me costó bastante escribir el capítulo. Actualmente me mantengo trabajando en el capítulo siguiente y otros fics que estoy escribiendo. Espero poder subir prontamente lo que sería el capítulo uno como tal.

Y bueno, si te gustó el comienzo, me resta decir que nos veremos en el siguiente capítulo.

¡Gracias por leer!