No todo está perdido
Aphrodita (Hessefan)
Disclaimer: SS es de Kurumada.
TWO SHOT
Jabu bajó los tres escalones de ese bar de mala muerte, colgando sobre el hombro el pequeño bolso donde llevaba todas sus pertenencias, o por lo menos lo que le importaba.
Con sus casi treinta años a cuesta, veintiocho para ser exactos, y un cuerpo que aún mantenía en actividad, caminaba sobre el asfalto en plena madrugada. Una fisionomía como la suya despertaba en más de uno la admiración y la envidia, quizás por eso los "problemas" seguían al pobre Unicornio, problemas que él siempre supo afrontar pues no se dejaba llevar por nadie.
Cualquiera que hubiera visto con sus ojos o hubiera vivido a su lado durante su transición de adolescente a adulto, pensaría con lógica que su vida había transcurrido sin más y que, a pesar de tener casi treinta años, aún no sentaba cabeza; pero era la nula necesidad de conseguir dinero. A pesar de estar fuera de actividad, sus honorarios como Santo y su apellido Kido le proveyeron todo lo necesario para vivir y ser un vago con dinero. Dinero que gastaba en bebidas, sexo y juegos.
Errante como siempre, había llegado a Yamanashi; con suerte a la mañana siguiente, apenas saliera el sol, lograría llegar —con previo descanso en algún hotel— a Kanagawa, lugar donde, las últimas novedades le habían dejado al tanto, vivía su amigo Seiya.
¿Amigo? Nunca se habían llevado del todo bien y en el último tiempo que pasaron juntos había pasado mucho entre ellos. No le sentaba mal una visita, además, estaba cansado de dar vueltas y vueltas por Japón, era hora de establecerse en un lugar fijo y, por todos los dioses del Olimpo, no quería que ese lugar fuera Grecia, donde todos los que había conocido en vida habían decidido residir, precisamente en el Santuario. Eso era algo que siempre intrigó a Jabu: Él y Seiya eran los únicos dos que no continuaron en la Orden. El Unicornio había tenido sus motivos, pero ¿el Pegasus?
Llegó a un hotel medianamente habitable y pagó por una noche. La chica de la recepción primero lo vio extrañada de no encontrarlo con compañía, luego esa expresión cambió a una de oportunidad, en pocas palabras la muchacha de pelo largo, enrulado y negro, le sonrió al rubio con claras intenciones de pesar una agradable noche con él. Jabu, con discreción, le evitó la mirada dejando en claro que no tenía ningún tipo de interés. El interés hacia las mujeres lo había perdido hacía muchísimo tiempo.
La muchacha, decepcionada, le arrojó las llaves de la habitación setenta y cuatro que el Unicornio atrapó en el aire. Sin más se retiró a dicho cuarto para descansar un par de horas y así a la mañana siguiente dirigirse a Kanagawa.
(…)
Jabu despertó cuando todavía era de noche. Se levantó y, percibiendo que dentro de poco amanecería, se preparó un buen baño de agua tibia. Debajo de la ducha comenzó a recordar la pesadilla que había tenido. Siempre lo acosaban pesadillas, casi todas con la misma temática. La guerra, una tan ajena como tan cercana. Vio imágenes en su sueño que, supo, habían ocurrido; escenas vividas en carne propia con apenas trece años. Se vio a él, junto a su diosa que agonizaba, el mundo en peligro y la responsabilidad sobre los hombros de cambiar ese destino. De repente Seiya aparecía: "No todo está perdido". "Yo vengo a ofrecer mi corazón*". Era un diálogo que siempre mantenía en sus sueños con el Pegasus. Seiya le decía eso y el Unicornio le respondía lo último.
Terminó de bañarse y se vistió con un jean gastado y una camiseta negra bien pegada al cuerpo para salir rápido, apenas había amanecido. Compró un boleto de bus y con suerte en tres horas llegaría a destino. Alrededor de las 8:20 a.m. ya se encontraba en Kanagawa.
El rubio caminó por las cortas calles céntricas de una ciudad portuaria con un pequeño papel amarillento en la mano, papel en donde se encontraba la dirección que lo llevaría frente a Seiya. Jabu creyó que sería mucho más fácil radicarse en un lugar si tenía a alguien con quien compartir momentos, a pesar de que siempre estuvo solo, ¿por qué negarlo? Tenía miedo de fracasar en su intento.
Cuándo llegó a dicha casa, observó asombrado el papel para corroborar bien la dirección. No podía ser, sin embargo sí era. El lugar donde supuestamente vivía el Pegasus era inmenso, con un frente hermoso rodeado de flores. ¿Desde cuándo a Seiya le interesaba la jardinería? Eso había que mantenerlo.
El Unicornio caminó por el pequeño sendero, comprobando que más de cerca la casa era imponente. ¿Por qué tantos cuartos? Cuando tocó timbre encontró la respuesta a tantas preguntas.
—¿Miho?
—¿Jabu?
—¡¿Miho?! ¡No lo puedo creer! —exclamó sonriendo abiertamente.
—¡Jabu, dichosos los ojos que te ven! —La muchacha de cabello ondulado y azulado lo abrazó furtivamente. A pesar de no haber sido entrañables amigos la emoción de volver a ver a una persona querida de la que no se tenían noticias fue una sensación de inexplicable de felicidad.
—Miho, no has cambiado nada —dijo Jabu aún con su sonrisa cuando pudo separarse de ella. A pesar de no ser común este tipo de comportamiento en los japoneses la situación sorpresiva requirió de un abrazo.
—¡Ni tú! —respondió la muchacha y al voltear exclamó—: ¡Seiya! ¡Ven! ¡¿A que no sabes quién está de visita en nuestra casa?! —Luego tomó de un brazo al Unicornio obligándolo a entrar.
—¿Por qué tantos gritos, mujer? —reguntó el Pegasus apareciendo en la sala, muy concentrado con la manga de su camisa blanca.
El rubio se quedó sin palabras. Su amigo, aquel que en antaño fue un Santo, el chico de apariencia flaca que vestía con ropas mundanas se encontraba de pie, hecho un hombre, con un cuerpo tan endiabladamente bello, quizás aún más que cuando era tan solo un adolescente, vestido con un pantalón de traje negro, la mencionada camisa blanca y una corbata de tramado sencillo colgada en el brazo derecho.
—Seiya... —susurró Jabu sonriente, siempre sonriente.
—¿Jabu? —preguntó el Pegasus asombrado de escuchar esa molesta y conocida voz, o por lo menos aquella que en una época le molestaba. Seiya levantó la vista y allí se lo encontró, como siempre, no había cambiado con el tiempo.
—Seiya, parece que no te alegra verme —sentenció el Unicornio con falsa molestia, pero la sonrisa lo delató. Al lado de él, Miho seguía de pie emocionada con la visita.
—¡Jabu, no puedo creerlo! —El rostro perplejo de Seiya cambió a una de ensoñadora felicidad, dirigiéndose a la muchacha le pidió con cortesía— Amor, por favor prepárale algo, no sé...
—Gracias, Seiya —Jabu rió con sutileza—. No hace falta.
—¿Haz desayunado? ¿Cómo estás? —preguntó el Pegasus acercándose a él, como comprobando si en verdad era el molesto rubio que lo incordiaba cuando eran unos niños o solo su espejismo— ¿Qué es de tu vida? ¿Qué has hecho en este tiempo?
—Una pregunta a la vez —pidió el Unicornio divertido.
—Ya mismo preparo algo rico —sentenció la muchacha rumbo a la cocina.
—No hace falta, Miho —dijo el rubio apenado—. No tengo hambre.
—¿Desayunaste? —preguntó de nuevo el Pegasus rodeándole el cuello con un brazo.
—Eh, no... —respondió con sinceridad—, pero de verdad no tengo hambre. —Cuando terminó de hablar ya se encontraban en la cocina.
—Dime, Seiya… ¿qué ha sido de tu vida? Yo te creía, bueno... solo... —dijo el Unicornio un poco decepcionado, pues si su amigo estaba casado no tendría donde quedarse a dormir; no pretendía molestar su vida en matrimonio.
—Ya has visto. Nos casamos con Miho hace más de siete años. Ya serán ocho —respondió Seiya sentándose y pidiéndole con un gesto que se sentara también.
—¡Vaya! ¡Toda una vida! —vociferó el Unicornio asombrado.
—Qué raro que nadie te haya contado, pero bueno… supongo que tampoco sabrás lo otro...
—¿Qué otro? —preguntó con estupefacción y solo vio la sonrisa de Miho en todo su esplendor. Antes de que el Pegasus pudiera responder esa pregunta un grito se escuchó en la casa.
—¡Mamá! ¡No quiero que esa pendeja me use la computadora! ¡No sabe usarla!
—¡Toshi! ¡Cuida tu vocabulario porque no querrás que yo te enseñe a hablar como corresponde! —exclamó el Pegasus a viva voz mostrando una faceta desconocida para Jabu, de un padre con todas las letras.
—Sí, señor —sentenció resignado un muchachito que apareció bajo el marco de la puerta.
—Y ven aquí a saludar que tenemos visitas... —Volvió a exigir Seiya con el mismo tono imperioso y para restar dudas le aclaró a su amigo—: Él es mi hijo. Nuestro hijo.
—Hola, mucho gusto, mi nombre es Toshi —dijo el niño con educación dedicándole una pequeña reverencia.
—Hola, Toshi —correspondió el Unicornio cuando pudo salir de su asombro—. Yo soy Jabu, un amigo de tus padres.
—¿Usted también? —intentó averiguar el pequeño quien era el vivo retrato de Seiya, pero se censuró buscando la mirada de su padre para obtener el permiso para hablar al respecto.
—Sí, Toshi... —le afirmó Seiya—. Él también es un Santo de Athena.
—¡Vaya! —exclamó el niño radiante de felicidad— ¡¿Y usted también peleó?! ¡¿Es un Santo de Bronce?! ¡¿Que Santo es?!
—Toshi, recién acaba de llegar, no lo atosigues con preguntas —suplicó el Pegasus—. Dios, yo le dije a su madre, lo mejor era no contarle nada, pero ella se encargó de agrandar los hechos y ahora... ya lo vez, vive fanatizado.
—No te preocupes, Seiya —lo tranquilizó el rubio y dirigiéndose al niño le respondió— No, yo no peleé como tu padre, él llevo a cabo una guerra de gran magnitud.
—Jabu, no digas eso —exclamó el Pegasus sorprendido por sus palabras—. Tú también has estado en esas batallas.
—Sí, haciendo apoyo moral y logístico —dijo burlándose de sí mismo y luego continuó—: Soy un Santo de Bronce al igual que tu padre. El Unicornio, específicamente.
—Y más tarde, ¿usted podría darme una demostración de su cosmos?
—Toshi... —reprochó Seiya.
—No te preocupes —dijo el Unicornio y dirigiéndose al pequeño le aclaró—: Te daré una demostración si dejas de llamarme "usted". Me haces sentir viejo y no lo soy todavía —rió a lo último.
—Ya está listo el desayuno. —Se escuchó la dulce voz de Miho quien traía en una bandeja un poco de fruta, comida típica y una infusión caliente.
—Gracias —dijo el rubio apenado por la calurosa bienvenida— ¿Cuántos años tienes? —Le preguntó a Toshi quien, sentándose en una silla a su lado, lo observaba maravillado como si fuera alguna especie de héroe de sus cómics.
—Diez, señor... digo... —se corrigió el pequeño—, tengo diez años, Jabu.
—Todo un hombre —exclamó Jabu con su siempre presente sonrisa.
—No —contradijo Toshi muy gestual consiguiendo la risa de los adultos, era como verlo a Seiya a los diez años de vuelta—. Mi padre a los diez años se estaba preparando para ganar su armadura y ya a los trece tuvo sus primeras batallas, de hecho mi padrino fue enemigo de él. —El pequeño se encargaba de contar con emoción y efusividad algo vivido por los hombres presentes en esa cocina.
—¿Tu padrino? —inquirió el Unicornio curioso.
—Sí, Ikki es su padrino. —Le aclaró el padre de famili—. Bueno Toshi, basta de charla. Ve a darte un baño que tienes escuela.
—Sí, papá —dijo el niño obediente y subió las escaleras.
—¿Y tú, Seiya? —inquirió Miho curiosa— ¿No tienes que ir a trabajar?
—Sí, pero hoy no iré —dijo el Pegasus sumamente resuelto. Jabu rió con ganas al ver en ese gesto y en esa respuesta al mismo Seiya de siempre, al Seiya despreocupado y vago que él conoció de pequeño.
—Si es por mí, Seiya… ve a trabajar —aclaró el Unicornio y su amigo realizó un gesto de despreocupación.
—Iremos en mi auto a recorrer el pueblo —propuso Seiya—. Primero debo llevar a los niños al colegio, pero después tengo todo el día libre.
—¿Niños? —Jabu balbuceó con torpeza más que sorprendido.
—¡Oh! Sí —exclamó el Pegasus—. Todavía no conoces a Miki. Es un demonio disfrazado de ángel. Tiene seis años y es peor que yo a esa edad. Con eso te digo todo.
—Miki... una niña —susurró el Unicornio saliendo de su asombro.
—Sí. Y si Toshi tiene un gran parecido a su padre, salvo porque sacó mi cabello —habló Miho, quien ese había sentado al lado de su marido— espera a verla a ella. Es Seiya versión mujer, pero con pelo largo.
—Debe ser hermosa —aseguró el rubio y Seiya bajó la vista.
—Ah... y no nos olvidemos del pequeño —dijo el Pegasus sonriente mirando a su mujer, ella se acercó y le dio un tierno beso en los labios.
—¿Tienen otro? —preguntó Jabu escondiendo la mirada para no ver esa escena romántica.
—Está en camino —recalcó el Pegasus y su esposa asintió—. Está embarazada de tres meses, con este delantal no se le nota, pero está en camino.
—Felicitaciones. —El Unicornio forzó una sonrisa.
—Bien. Hagamos una cosa —propuso la muchacha—. Si ustedes quieren aprovechar la mañana, salgan ahora que yo llevaré a los niños al colegio a pie. —Se levantó de la silla y caminó hasta la escalera—. Iré a despertar a la princesa de la casa. Y Jabu... —suplicó Miho.
—¿Qué?
—Por favor come, no has probado bocado y voy a pensar que no te gustó el desayuno que te preparé.
—Oh, Miho. No pienses eso. —Jabu comenzó a comer con timidez. Cuando pudo dejar de lado un poco el delicioso desayuno levantó la vista para hablar con el Pegasus quien solo se limitaba a mirarlo mientras comía con una sonrisa en los labios—. Seiya, ¿seguro quieres dejar que Miho lleve a los niños?
—No te preocupes, Jabu. Son solo cinco cuadras y a Miho le hace bien caminar un poco, el médico se lo aconsejó, pero solo un poco. Yo los llevo porque me queda de pasada cuando voy a trabajar.
—¿De que trabajas?
—Pues, estoy en una empresa que se encarga de la realización de páginas web. Se llama Geiminis.
—Oh, esa empresa me suena conocida... —intentó recordar.
—Y lo es —aseguró el Pegasus—. ¿Vamos? —propuso cuando su amigo terminó de comer el último bocado.
Jabu asintió y se puso de pie para caminar junto a su amigo a la cochera de la casa, un impresionante Alfa Romeo negro se encontraba en dicho lugar, Seiya rió con sutileza al ver la cara de asombro en el Unicornio.
—La empresa me permite darle estos lujos a mi familia, pero igual… con el apellido que tenemos no necesitamos de nada —reconoció el Pegasus desactivando la alarma del coche.
—Por eso… no entiendo por qué la necesidad de trabajar, Seiya. A ti nunca te ha gustado —dijo el rubio ya en el auto.
—Sí, es cierto —reconoció rompiendo a reír—, pero tengo una familia, ahora es distinto.
—He estado sacando cuentas. Miho y tú han tenido a Toshi...
—Sí —interrumpió Seiya y su amigo pudo notar como ese tema no quería ser tocado por el Pegasus—. Ya he hablado demasiado de mí. Muchas sorpresas, ¿no?
—Ni que lo digas —exclamó Jabu.
—Cuéntame. ¿Qué has estado haciendo estos diez años?
—Once años para ser exactos —corrigió el Unicornio—. Pues, nada del otro mundo. Lo mismo de siempre.
—¿Y no te has casado ni has tenido hijos? —preguntó el Pegasus realizando una maniobra con el coche para ingresar a la autopista.
—¿Por qué me preguntas eso Seiya? Si tú ya lo sabes... —murmuró con seriedad. El Pegasus no respondió y en cambio intento desviar el tema.
—¿Tampoco has estudiado alguna carrera?
—No, nada me interesa. Aunque sé que es una locura, pero me gustaría ingresar a la carrera de Letras.
—Puedes darte esos lujos. El apellido lo paga todo, ¿no?
—No. Hay cosas que no se pueden comprar —dijo el rubio mirando fijamente a un Seiya que estaba de perfil concentrado en la carretera. De nuevo el Pegasus intentó cambiar de tema, la conversación lo estaba poniendo más que nervioso:
—Iremos al puerto y luego almorzaremos algo ahí mismo.
—¿Por qué desvías la conversación? —fue directo. El Pegasus hizo el auto a un costado y frenó de golpe.
—Jabu... recién has llegado, no va ni un día y ya me pones en este aprieto.
—Lo siento, Seiya. No quise molestar tu vida en matrimonio. —Jabu abrió la puerta del coche.
—¿Qué haces? —cuestionó alarmado por la reacción de su amigo.
—Me voy. No te preocupes, caminaré. —El Unicornio tuvo que elevar la voz para ser oído entre tanto bullicio de coches.
—Jabu, espera. Lo siento. Entiéndeme. Después de todo lo que pasó tú apareces en mi vida y...
—Por eso, Seiya —pronunció el Unicornio agachándose para meter la cabeza por la ventanilla y así evitar gritar—. Lo mejor será que me vaya.
—No quiero... No quiero que te vayas —suplicó Seiya con auténtica sinceridad—. Quédate. Por favor no te vayas.
Jabu no pudo decirle que no a semejante pedido hecho de aquella forma. Tardó unos segundos en decidirse, pero al final suspiró y volvió al auto. Se sentó cerrando la puerta, el Pegasus emprendió la marcha del coche y mantuvieron el silencio la mayor parte del viaje.
Llegaron a un lugar turístico del puerto y recién ahí mantuvieron una conversación. Luego, durante el almuerzo en un modesto restaurante, terminaron dialogando sobre la vida de los demás.
—Y tú sabes... Ikki y Shun siempre estuvieron juntos —comentaba Seiya en la sobre mesa.
—Por eso el Phoenix siguió a su hermano hasta el Santuario... —confirmó Jabu reconociendo que el Phoenix jamás hubiera ido a ocupar su cargo como Santo Dorado de Leo de no tener un motivo real.
—Exactamente. Y bueno, la razón por la que Hyoga también aceptó ir es evidente... —agregó el Pegasus.
Si bien Saori les había dado autorización a sus Santos de abandonar sus puestos para seguir una vida normal, ya que el mundo estaba en aparente paz, algunos optaron por seguir con sus cargos.
—¿Por quién se quedó el Cisne? —preguntó el Unicornio desconcertado, pero al mismo tiempo sospechando la respuesta.
—Por Shun. Eso es algo que todos saben —contestó con tono de obviedad. Un silencio sobrevino en esa mesa, el rubio levantó la mirada y la depositó en su amigo, con una sonrisa le susurró.
—Te queda bien la camisa y el pantalón de traje. Jamás me imaginé verte vestido así.
—Gracias —correspondió casi susurrando, como preocupado o culposo por agradecer ese cumplido. Una sonrisa delató lo mucho que le había agradado eso.
—Pero más me gustaría verte sin eso puesto —susurró Jabu al paso con falsa intención de no ser escuchado por su amigo.
—¿V-Vamos? —preguntó Seiya nervioso; había escuchado a la perfección esas lujuriosas palabras y la intención de verlo desnudo.
—Bueno. Vamos. —El Unicornio supo que el mensaje había llegado con éxito, aun más cuando el Pegasus lo resaltó.
—Sigues siendo el mismo de siempre... —Sí, no dejaba de ser el mismo Jabu que había conocido en su niñez y adolescencia, el mismo Jabu casanova y libidinoso, siempre de caza.
De vuelta en el coche, llegaron cerca de la noche a la casa, Miho los recibió preocupada por la tardanza, pero ellos le recordaron que eran Santos de Athena y que por ende nada malo podía ocurrirles, y ella les recordó que no dejaban de ser humanos y que no eran todopoderosos como creían.
—¡Papá! —exclamó una sonrisa andante. La niña corrió a los brazos de su padre.
—¡Mi princesa! —exclamó Seiya con la misma alegría y alzando a su hija.
—Ella debe ser Miki... —Supuso Jabu acertadamente.
—¿Y este quién es, papi?
—¡Miki! —exclamó su padre— No hables así, se debe preguntar el nombre a la persona.
—¿Cómo se llama, señor?
—Jabu. Y tú eres Miki —reconoció el Unicornio—. Yo soy un amigo de tus padres.
—Papi, Jabu parece un vago de las películas.
—Es terrible —dijo el Pegasus apenado, bajando a la niña de sus brazos—. Discúlpala.
Sin embargo el rubio se había echado a reír con el veraz y oportuno comentario de la niña, pues llevaba sus pantalones de Jean gastado y una camiseta negra ajustada al cuerpo y desentonaba notablemente con Seiya quien llevaba el pantalón de traje y camisa.
—Miki, cuántas veces te he dicho que no quiero que uses la computadora de tu hermano —reprochó la madre con dulzura, había esperado a la llegada de su marido para tocar ese tema. Debían educarla entre los dos, porque para uno solo era imposible.
—No lo volveré a hacer —aseguró la pequeña sin sentir demasiados remordimientos.
—Sí, eso has dicho la semana pasada —reprochó con severidad el padre, pero a decir verdad a Seiya le costaba horrores ser duro con su hija o imponerle límites; sin duda era su consentida, Miho siempre se lo decía.
—Seiya —Miho llamó la atención de su marido—, hoy la maestra de Miki me ha citado de nuevo.
—¿Otra vez? —preguntó el Pegasus desabrochándose la camisa; Jabu, quien se había sentado en el sillón, se limitó a observarlos.
—Sí, y es tu culpa —recriminó con un dedo—. Le ha pegado a su compañero.
—Miho, déjala, tiene que aprender a defenderse. Ese niño se la pasaba molestándola, yo solo le aconsejé defenderse.
—Pero Seiya, no es Toshi —remarcó Miho —Miki es una niña, déjala que se comporte como tal.
—Justamente. Después de todo es una niña y debe aprender a hacerse respetar en esta sociedad. ¿Y ahora qué hizo? —preguntó el padre de familia con el torso, aún bien formado, al descubierto. Suponía que le había agarrado de los pelos como las últimas veces.
—Le dio con una silla por la cabeza —dijo la mujer enojada con su marido por darle esas ocurrencias a la niña.
—¡Oh, por todos los dioses! —exclamó Seiya y luego se echó a reír: "¡Muy bien hecho!"
—Seiya, no es gracioso —reprochó Miho con severidad mientras le alcanzaba una camiseta.
—Por lo menos seguro que a partir de ahora dejará de molestarla. —El Pegasus se encaminó a su cuarto para quitarse el pantalón. Cuando Miho quedó a solas con Jabu se dirigió a él.
—Jabu, ya he preparado el lugar donde dormirás, quizás no sea el mejor lugar ya que esta apartado de la casa y el baño te quedará incómodo, pero estarás lejos del griterío de los niños.
—¡Oh! Miho, no se preocupen por mí, me iré a un hotel.
—No —sentenció Seiya apareciendo con un jean y una camiseta azul siendo casi el mismo Seiya de siempre o el que Jabu recordaba de su juventud más temprana—. No pretenderás dormir en un hotel.
El Pegasus era terco, así que el Unicornio no le quedó más opciones que aceptar, luchar contra la necedad de él era peor que luchar contra Hades. Se quedó sentado en el sillón charlando animadamente con su amigo a la espera de la cena. La niña de la casa bajó por las escaleras y se quedó sentada sobre la falda de su padre como todo niño curioso atento a las conversaciones de los adultos.
—Shiryu es mi padrino —comentó la niña interrumpiendo la conversación, justo el Dragón había salido en el tema ya que Seiya comentaba que el pelilargo en cuestión se había ido a vivir a los Cinco Picos.
—Ah, ¿sí? Yo a tu padrino lo conozco —dijo Jabu buscándole conversación.
—Yo no te pregunté. —Sí, Miki era terrible.
—¡Miki! ¡No te comportes de esa forma! —reprochó el padre.
—Déjala, Seiya. Después de todo tiene razón. —El Unicornio no pudo evitar reír, esa niña sí que conseguía su risa fácil.
—Ve con tu madre. Eres terrible —dijo el Pegasus bajando a la niña de su falda.
—¡Mamá! ¡Papá me dijo que te ayudara con la cocina!
—¡Ey! ¡Yo no dije eso! —exclamó entre resignado y divertido, de nuevo rompieron a reír.
—Ya va a estar la comida —gritó Miki con alegría volviendo de la cocina corriendo.
—Vamos a comer, después de la cena, cuando los niños duerman, podremos charlar mejor. Ve a la mesa Jabu, yo iré en busca de Toshi —dijo Seiya a punto de subir las escaleras—. Ese niño se la pasa encerrado en su cuarto con la computadora. —Fue clara la postura del Pegasus respecto a ese tema, no le gustaba para nada.
Luego de la deliciosa cena los tres adultos se quedaron charlando hasta tarde en el jardín de la casa, era una noche agradable. Sin embargo, tanto Seiya como Jabu notaron que las conversaciones que solían mantener cuando estaban solos, por supuesto, no eran las mismas.
Cada uno se fue a dormir y el Unicornio se encaminó a lo que sería un jardín de invierno o cuarto de herramientas, pues había elementos de todo tipo, desde rastrillos a una bicicleta vieja, pero también había una acogedora cama tendida en donde el rubio se quedó profundamente dormido.
(…)
A la mañana siguiente cuando Jabu despertó se vistió y caminó a la cocina encontrándose a Seiya preparándose un desayuno en pijama. La imagen de un Pegasus cubierto por esa tela de algodón, tela que estaba en contacto directo con la piel estremeció al Unicornio.
—Buenos días —saludó el Pegasus con cordialidad y con una sonrisa que se volvió más bella gracias a la luz del sol que se filtraba por la ventana.
—Buen día —correspondió.
—¿Cómo descansaste?
—De maravilla —respondió Jabu—. ¿Tú no tienes trabajo hoy?
—No. Hoy es mi día libre.
—Ah. Lo has hecho bien, pediste el día de ayer y hoy no vas. Bien, el mismo Seiya de siempre. —Ambos rieron con sutileza por el veraz comentario de Jabu quien luego intentó pedirle un favor, pero su amigo se le adelantó a sus deseos.
—Ve a bañarte si quieres que yo preparo el desayuno —ofreció y el Unicornio subió los escalones de la casa por primera vez hasta que enseguida Seiya lo siguió por detrás disculpándose— ¡Qué idiota! Lo siento Jabu, te diré dónde queda el baño y las cosas. —Claro, no le había dicho la ubicación del baño y de las habitaciones en la planta alta de la casa.
—¿Y Miho, dónde está? —preguntó el Unicornio, sabía que los niños estaban en la escuela, pero de la madre no se hizo la más remota idea.
—Hoy tuvo una reunión con la maestra de Miki. Ya sabes… por lo del compañero y la silla.
El rubio rompió a reír recordando la anécdota del día anterior. Ya habían llegado a un baño bastante amplio; en pocas palabras y sintiéndose incómodo el Pegasus le explicó cuál era el agua fría y cuál la caliente, le dio el jabón y demás implementos, cuando volteó para irse se encontró con un Jabu semidesnudo en la puerta del baño, quien solo atinó a hacer un comentario bastante oportuno.
—¿Por qué me miras así? Me voy a bañar —recalcó el Unicornio con tono obvio.
—No... yo... no... —balbuceó el Pegasus más que nervioso y escondió la mirada.
—¿Qué pasa? ¿Te trae gratos recuerdos?
Seiya pasó a su lado como un huracán, prácticamente enfurecido lo empujó para poder pasar la puerta, aquello lo había ofendido. Ya solo y sin reparar en la puerta abierta el rubio se quitó la ropa interior y con una tenue erección se metió bajo la ducha.
Jabu había olvidado la ropa, así que a los gritos llamó a su amigo quien dudó en subir. Al llegar a la puerta del baño Seiya se puso de todos los colores habidos y por haber, ese rubio de infarto estaba por completo desnudo, como era lógico, y se encontraba enjabonado con el agregado extra de una ligera erección.
—Ey. somos hombres... —dijo el Unicornio reprochando la mirada de su amigo—Además... —intentó agregar algo pertinente, pero el Pegasus lo frenó de una.
—¿Qué necesitas, Jabu? —En el espacioso baño la voz sonó más grave de lo que pretendía ser. Había notado las intenciones de Jabu y estas eran tan claras como el agua que recorría ese bronceado cuerpo aún juvenil.
—Me olvidé la ropa. Está en el cuarto de herramientas.
—Ahora te lo traigo —murmuró entre dientes. Jabu terminó de bañarse, salió de la ducha para secarse y ató una toalla a la cintura justo cuando su amigo volvía con el bolso en la mano—. Aquí está —dijo con desgano e intentó irse pero su amigo lo detuvo de un brazo. A Seiya todo le tembló en ese momento, desde el pelo hasta las uñas, todo su ser incluida el alma, si era que esta podía temblar; en se momento comprobó que sí.
—Seiya yo... —pronunció Jabu y al ver la reacción nerviosa de su amigo lo soltó— Yo… Lo siento mucho. Es que, entiéndeme... en un principio no me fue fácil decidir ir a buscarte. No me fue fácil venir aquí y...
—Lo sé, Jabu… Discúlpame —interrumpió el Pegasus e intentó explicarse—. Entiéndeme tú a mí. Me cuesta horrores, quizás más que a ti. Ponte en mi lugar. —suspiró y muy angustiado intentó continuar.
—Seiya…
—Cuando esté preparado hablaremos al respecto. Ahora no puedo, no me pidas eso...
—Lo siento. Tú... ¿te has olvidado...? —El Unicornio quería preguntarle algo más, pero de nuevo fue interrumpido, esta vez fue el ruido de la puerta de entrada y la voz de Miho anunciando su llegada.
—Luego hablamos, ¿sí? Más adelante —finalizó para luego ir al encuentro de su esposa y saber las novedades sobre su pequeña hija y el colegio.
Con el corazón dolido por no saber qué demonios pensaba Seiya al respecto, decidió terminar de vestirse y seguir aparentando frente a una encantadora familia como lo era la del Pegasus. Sin dudas Jabu lo hubiera dado todo, desde su orientación sexual, hasta los años perdidos por un inocuo y vano amor, a cambio de una familia como esa.
(…)
Los días pasaron con la creciente tensión en el ambiente, pero no de discordia o de disgusto, sino de nerviosismo. Ni tampoco en todos los miembros de la familia, solo entre los dos hombres, amigos de antaño.
Fue en un día libre de Seiya en el trabajo que Jabu lo ayudó con algunas reparaciones de la casa y en el jardín, donde se dio oportunidad de un diálogo esperado por el Unicornio, o por lo menos su amigo respondió aquella pregunta hecha en el baño semanas atrás.
De por sí el Pegasus tenía la imperiosa necesidad de responderle, pues aquello verdaderamente no lo dejaba dormir. Dando vueltas en la cama, dándole vueltas al asunto, pensando en un hombre con su mujer dormida al lado y embarazada de poco menos de cuatro meses.
(…)
Seiya corrió de lugar todas las cosas que molestaban el paso, el cuarto de herramientas poco a poco se fue convirtiendo en un campo de batallas, o bien en víctima de una catástrofe natural con nombre y apellido: Seiya Kido. Así "ordenaba" él.
—Ayúdame a levantar este mueble —pidió el Pegasus, pero su amigo se lo recriminó.
—Tú puedes solo. —Por supuesto que iba a ayudarlo, sin embargo sabía que ese peso no era problema para un Santo.
—Lo sé, pero es más fácil de a dos —reconoció—. Jabu... —Su tono había variado notablemente.
—¿Qué?
—Yo no me olvido —pronunció Seiya débilmente, como si las paredes oyeran sus pensamientos pecaminosos.
—¿Eh? —Se desconcertó el Unicornio poniendo en el lugar indicado el mueble; enseguida comprendió que era la respuesta que había estado esperando por tanto tiempo, diez años exactamente, casi once.
—Lo que dijiste en el baño, pues…. yo no me olvido. ¿Cómo olvidarlo? —Una tenue sonrisa tímida se instaló en el rostro del Pegasus.
—Seiya —susurró Jabu agachado y muy cerca de su rostro, tan cerca que podía sentir el varonil perfume y la entrecortada respiración caliente.
—Luego de terminar aquí, ¿me acompañas al frente? —pidió el Pegasus corriendo la cara para alejarse un poco de su amigo.
—Sí, por supuesto —dijo el Unicornio decepcionado y en parte resignado—. ¿Qué tienes que hacer?
—Es que hay una señora mayor, la Señora Mitsuhari, que vive sola y bueno... a veces necesita ayuda con cosas de la casa, ya sabes... Cambiar un foco de luz, o arreglar cañerías, mover muebles. En realidad no es mucho, pero ella ya no está en edad.
Así siempre había sido Seiya y Jabu sonrió al recordarlo. Terminaron en el cuarto de herramientas y fueron a la casa de la anciana, una mujer muy dulce que se encargó de llenar sus estómagos con pasteles y demás delicias, era imposible decirle que no. Con decir que era más terca que el Pegasus, quien volvió a su casa con su amigo y porciones de torta para su familia, cortesía de la Señora Mitsuhari.
(…)
Con el correr de los días Jabu comenzó a buscar trabajo, ya le daba vergüenza estar en esa casa sin hacer nada. Más allá de disponer dinero y de compartirlo con sus amigos para la comida y demás gastos, no era cuestión de ser un vago. Aunque siempre lo había sido, era el colmo verlo a Seiya trabajando y prácticamente se le hacía contagioso.
Consiguió trabajo pesado en el puerto, con los buques y cargamento de pescado y demás. Terminaba de trabajar con un olor que ni el mismo toleraba, así que lo primero que hacía era bañarse apenas llegaba y lavar la ropa él mismo después; a pesar de que Miho a veces le "robaba" las prendas para lavarla, Jabu le suplicaba que no se molestara, pero según la muchacha (y siempre ganaba, no en vano se había casado con Seiya) ella no lavaba, lavaba el lavarropas.
Dentro de poco, el colegio donde Toshi asistía, tendría un campeonato deportivo. El niño participaría jugando al fútbol y según su padre era muy bueno jugando y en todos los deportes en general; para que Jabu lo comprobara, lo invitó con ellos a asistir a dicho evento.
El día del partido llegó y Toshi se encontraba emocionado no sólo porque su padre lo vería jugar, sino también otro Santo. ¡Tenía que lucirse como nunca! Y lo hizo. El Unicornio comprobó con los ojos que ese niño era sin dudas el hijo de Seiya. Tenaz, aguerrido y luchador. También pudo notar sentado en las gradas junto a la familia, el rostro del Pegasus impregnado de orgullo por su pequeño hijo. Jabu supo y aceptó su lugar desde ese momento, por eso al finalizar el partido, cuando los padres se juntaron a charlar sobre lo bien o mal que había jugado el equipo y los niños correteaban de aquí para allá, el Unicornio encontró con quién charlar de una manera distinta.
En pocas palabras estaba coqueteando con un hombre de mediana edad del cual no sabía nada, si era algún padre o algún familiar, la cuestión es que Jabu pudo ver en ese hombre los mismos gustos y preferencias sexuales. Hasta el Pegasus lo notó, quien con sutileza salió del círculo de padres en donde dialogaba animadamente pues su hijo se había llevado todos los laureles, para acercarse a donde el Unicornio coqueteaba con descaro.
—Jabu, lo siento. ¿Puedes venir un segundo? —pidió Seiya ofreciéndole la disculpa al otro hombre.
—¿Qué pasa, Seiya?
—¿Qué crees que haces? —increpó el Pegasus molesto con su amigo.
—Estaba viendo si tenía posibilidades con ese hombre —respondió con naturalidad.
—Eso ya lo vi —exclamó indignado el padre de familia.
—¿Qué sucede? —Con una sonrisa Jabu agregó— ¿Te pone celoso?
—Eres un idiota. ¿Cómo vienes a un lugar así a coquetear descaradamente con un hombre?
—Perdón si mi homosexualidad te incomoda o te molesta. —Los ánimos se estaban poniendo tensos—. Antes, cuando éramos adolescentes, eso no te molestaba… todo lo contrario —finalizó con una mueca morbosa.
—Vuelves a hacer un comentario semejante y te juro que… te golpeo. —Las pupilas del Pegasus bailaron nerviosas.
—Seiya, déjame hacer mi vida. Claro, tú puedes ¿no?
—No es lo mismo —contradijo Seiya llevando las manos a la cintura en señal de enojo y tozudez, buscó tranquilizarse para no golpearlo frente a todos.
—¡Vamos,Seiya! —exclamó el Unicornio incrédulo por semejante hipocresía— Tú me dices eso cuando no has perdido tiempo. Dejaste a Miho embarazada hace diez años y ahora está de casi cinco meses. —Estaba indignado. El Pegasus también, por eso levantó un puño amenazador, pero cuando iba a llegar a destino cambió las intenciones para tomarlo por el cuello de la camisa negra.
—Escúchame bien, Jabu. —La bronca se podía leer en cada facción de su rostro y en el tono de voz—. Tú no tienes idea por lo que pasé desde que te fuiste, no sabes cómo fueron las cosas, así que no me castigues ni me cuestiones sin saber. —Luego lo soltó empujándolo un poco.
—Quizás, si me explicaras un poco que pasó aquí, entendería mejor —dijo Jabu con el dolor en los ojos—; pero no hace falta, es bastante obvio, son tres los motivos que me llevan a cuestionarte. Entiéndeme tú a mí ahora y ponte en mi lugar —demandó. Al escuchar eso Seiya se tranquilizó un poco; comprendía a su amigo, por eso su rostro y su voz se dulcificaron.
—Lo sé. Lo siento —se excusó el Pegasus— es que... entiende, están mis hijos y otros niños por aquí dando vueltas, no me gustaría que te vieran coqueteando con un hombre. Está bien... —se apuró a decir al ver que su amigo intentó objetar algo en su defensa.
—Seiya…
—Sé que no pensabas hacer nada incorrecto en este lugar, pero espero sepas comprenderme como padre.
—Sí, pero —contradijo con veracidad— no es por tus hijos, Seiya. Lo sé, te conozco. Es por Miho, no quieres que ella note mis inclinaciones.
Sin decir más, Jabu se alejó de lugar en busca de un poco de cerveza dejando a su amigo en compañía de sus atormentados y pecaminosos recuerdos y pensamientos.
Seiya sabía que debía haber hablado con su amigo desde entrada, pero tenía tanto miedo de aceptar lo que ya estaba pasando. Tanto miedo de asumir una bisexualidad olvidada hacía más de diez años. Decidió que lo mejor era decirle cómo se habían dado las situaciones; ya encontraría el día y el lugar para hacerlo.
(…)
Una mañana en la que Seiya llevó con el coche a su mujer al orfanato donde aún seguía adelante con ella como encargada, se encontró en su regreso con Jabu sentado en la cocina, leyendo tranquilamente el periódico.
—¿Hoy no trabajas? —inquirió el Pegasus asombrado de verlo ahí, siempre se despertaba a las cinco de la mañana, y cinco y media partía rumbo al puerto.
—Lo mismo te pregunto —respondió el Unicornio divertido, luego contó—: Es que discutí con el jefe y, bueno, antes de golpearlo preferí irme.
—¿Qué pasó? —Volvió a preguntar colocando una tetera en la hornalla.
—No me reconoció horas de trabajo, no me las quiso pagar. Así que renuncié.
—¡Uh! ¡Qué mal! —exclamó Seiya y luego dio sus motivos— Pedí vacaciones en el trabajo. Vacaciones del año pasado que no me había tomado.
Un silencio incómodo sobrevino, el clima de nuevo y como sucedía entre ellos se volvió tenso. Seiya vio que era su oportunidad, sin saber bien cómo sacar semejante tema comenzó a balbucear nervioso.
—Jabu yo... o sea, fue un accidente. Eso no quiere decir que no lo quiera, ya has visto que...
—¿Qué quieres decirme, Seiya? —preguntó divertido por no entender— ¿De quién estás hablando?
—De Toshi... —respondió Seiya— Miho quedó embarazada de él. ¿Qué podía hacer? Jabu… crecimos sin padres —afirmó para luego intentar argumentar lo que él sentía que era una obviedad.
—Seiya…
—No podía desaparecerme, tenía que ser su padre. Y lo amo, amo a cada uno de mis hijos. Lo son todo para mí. —La voz fue un murmullo. Jabu comprendió que su amigo intentaba explicar qué había ocurrido allí.
—Pero te casaste —dijo el Unicornio con un tono de reproche—, tuviste otro hijo y encima ahora...
—Sí —reconoció el Pegasus y apoyando la espalda contra la mesada siguió hablando—, tú te habías ido y ella esperaba un hijo mío.
—Te dije que volvería. —Podía leerse en las pupilas del rubio el dolor y la recriminación—. Debía ir a Oran, Algeria… por mi maestro.
—Tenía que seguir mi vida. Toshi tenía casi cuatro años cuando me casé con Miho y de ti ni noticias. —La voz comenzaba a quebrarse—. Tú no sabes, no te das una idea de lo que yo sufrí cuando te fuiste de la mansión. Tuve que salir adelante...
—No me esperaste.
—No me viniste a buscar —reprochó Seiya con un nudo en la garganta.
—Seiya... por si no lo has notado te he venido a buscar —recriminó. El Pegasus silenció con eso, porque en parte era cierto.
—Diez años después.
—Pero aquí estoy —reafirmó Jabu.
—Jabu, tú… —el Pegasus necesitaba preguntarlo, saber si había habido alguien en la vida de su amigo— ¿nunca has estado con una mujer?
—Lo sabes, Seiya. No soy bisexual, soy gay.
—¿Y con un hombre? —El Pegasus se sintió incómodo y nervioso con su propia pregunta.
—¿A qué te refieres? —preguntó el Unicornio con curiosidad, pero enseguida comprendió— Sabes que sí. He tenido sexo con varios hombres en estos diez años, inclusive con dos a la vez en varias ocasiones y en una sola oportunidad con tres.
El rostro del Pegasus varió notablemente a uno de furia. ¿Cómo podía decirle esas aberraciones con tanta naturalidad? Seiya intentó irse, pero Jabu lo tomó por los hombros.
—Pero si lo que quieres saber es otra cosa, te respondo —afirmó—. No, Seiya, no me enamoré nunca más de alguien. —Los rostros estaban tan cerca que se podía respirar el aliento cálido del otro.
—Jabu…
—No soy como tú. Para mí no es fácil suplantar a una persona en mi corazón con otra.
—N-No digas eso, Jabu —reprochó el Pegasus con dificultad, la cercanía iba a acabar con la poca cordura que le quedaba—. Yo tampoco puedo. Lo intenté y no pude.
—Seiya... —El Unicornio reaccionó al escuchar esas palabras— ¿Me estás queriendo decir que...? —Le costaba preguntarlo.
—¿Qué?
—¿Tú nunca has amado a Miho?
—Es la madre de mis hijos, la quiero con locura. Nos conocemos desde niños —argumentó el Pegasus buscando con desesperación algo que lo sacara del aprieto.
—Seiya, responde mi pregunta. —Sentía que eso era cruel, estar al lado de una persona por diez años y no poder amarla.
—Lo intenté, pero no pude —respondió Seiya al final.
—Seiya, yo... no te he olvidado. —Jabu tomó a su amigo con más firmeza de los hombros e intentó acercarlo a su cuerpo para sentir su calor, pero Seiya se resistió.
—Jabu no. Por favor te lo pido —suplicó el Pegasus impotente, no podía reaccionar como era debido.
—Necesito hacerlo, necesito decirlo...
—Jabu... estoy casado, tengo dos hijos, uno en camino... —Seiya intentó persuadirlo.
—Te amo —dijo el Unicornio atrapándolo entre sus brazos. Seiya lo único que pudo hacer fue aferrarse aún más a él y hundir la cara en el pecho de Jabu para esconder la mirada.
—Yo… no puedo. Eso no quiere decir que no te ame. Te he amado por diez años y más.
—Y yo, no te das una idea —le dijo Jabu débilmente al oído, recordando todas esas noches en vela que había pasado imaginando el reencuentro y pensando en él.
—Pero no puedo... —Una lágrima se escurrió por la mejilla del Pegasus, quien de manera idiota se sintió poco hombre en ese momento, como si las personas adultas no sufrieran por amor o no pudieran llorar.
¿Hacía cuanto que no lloraba? Desde el nacimiento de Miki y antes por el nacimiento de Toshi. Intentó recordar y tuvo que reconocer que las últimas lágrimas amargas las había soltado por el mismo hombre que ahora lo estaba consiguiendo de nuevo. Porque las lágrimas por el nacimiento de sus hijos, no eran las mismas, aquellas eran más dulces, de felicidad. En cambio estas eran amargas, de infinita tristeza y soledad.
Jabu, en consuelo, levantó una mano y le acarició la mejilla para secársela. Aquel tenue contacto era peligroso pues los rostros estaban muy cerca y los sentimientos muy patentes. Un ruido en la cochera los separó, era Miho con sus seis meses de embarazo quien había vuelto en taxi del orfanato. Entonces, en ese punto, Seiya reaccionó: Tenía una familia. Ese acercamiento no tuvo que haber ocurrido nunca, porque cualquiera de sus hijos podría haberlo visto y ¿qué les diría? ¿Cómo justificaría que el padre engañaba a la madre y con otro hombre? No, era aberrante para Seiya.
Una sonriente Miho apareció en la cocina y saludó a los hombres de la casa sin comprender el porqué de las caras tan largas. Sin darle tiempo a indagar al respecto, Seiya le pregunto cómo le había ido en el orfanato y así una charla dio comienzo, Jabu aprovechó y se escapó. Necesitaba caminar un rato. Se fue y volvió muy tarde, luego de la cena. Se ligó un reproche de Miho por preocuparlos y el enojo del Pegasus quien había temido que ese hombre desapareciera otra vez de su vida.
