Snape tomó tinta con el punzón y escribió en su Diario Secreto, haciendo ágiles vuelos con la pluma verde:
…. sumergido en el agua tibia de la tina de bronce, contengo la respiración, cruzando las manos sobre el tórax.
A través del líquido, el cuarto de aseo se desdibuja en ondas y resplandores vaporosos de Lumos.
Vengo de Malfoy Manor y desearía permanecer por siempre en el silencio del agua.
Aquí no llegan los alaridos, ni las risas demenciales.
Acabo de ver al Señor en la Gran Sala de los Malfoy, quitar la vida por nada a dos egresados del colegio, crimen festejado por las carcajadas de Bellatrix y las burlas de los demás.
Yo he debido fingir que me daba lo mismo, aplaudir, pero al volver al castillo, como suelo hacer me he dado un largo baño. Siento que un miasma se me adhiere cada que voy a la fábrica de torturas de los Malfoy.
Pero no hay suficientes mares en el mundo para lavar la ruina de las plagas que he desatado y presenciado. No hay silencio que apague los gritos que he escuchado.
Salgo del agua, súbitamente, sentándome en la tina, respirando a bocanadas ávidas. He aguantado mucho la respiración sin darme cuenta.
Me cubro la cara. ¡No quiero pensar!
Me hago el cabello hacia atrás, recargándome en la tina, posando los brazos en las orillas.
Húmeda en mi piel desnuda, la Marca relumbra a la media luz, la Calavera y la Serpiente que no puedo borrar.
Pienso que tengo merecido ese grillete.
Salgo de la tina, me seco; con avidez de estar limpio de nuevo, sin culpas, me pongo loción, la ropa usada la envío a quemar por los elfos y me visto con una muda nueva.
Salgo a caminar por el colegio, donde todos se han retirado a dormir. Andar me ayuda a borrar impresiones, para intentar dormir por lo menos tres horas.
Y en una galería del tercer piso, los escucho susurrar.
Son los tres.
Dumbledore ya me ha dicho que los deje conspirar; por eso para verificar su seguridad me oculto en una capa, que es un camuflaje que copia la imagen de los objetos, para que simulen ser vistos al través de la nada. Semeja ser luz o vacío; en realidad es una Sombra.
Invisible para ellos, cruzando los brazos, me coloco bajo un arco ojival a pocos metros de Granger, Weasley y Potter, en ese orden sentados en el borde de un respaldo de banca de roca, con los pies donde sienta el ocupante, y vitrales nocturnos a la espalda siguiendo el pasillo.
Están terminando de hablar. Potter se despide, dejando solos a Granger y Weasley deliberadamente.
Granger toma una mano de Weasley y le habla en otro tono, confidente, pero el pelirrojo, repentinamente incómodo, sonríe forzadamente, deja correr la vista por el pasillo y se zafa dando una palmada en el hombro de la chica, se levanta y luego de un beso en la frente de ella, se aleja, dejándola con la palabra en la boca.
Desapruebo aquello. Ya he visto esa causa de pesar para Granger. La completa incapacidad de Ronald Weasley para valorar el sentir de ella; la vulgaridad del pelirrojo.
Granger permanece en la banca; debe necesitar unos segundos para irse, y yo la contemplo.
Su falda forma una U entre sus piernas un poco separadas, donde posa las manos, entrelazando los dedos, viendo al suelo.
Suspira de desencanto; reflexiona.
Solo hago legeremancia con enemigos o sospechosos de serlo. Con el colegio, con los tres, sobre todo con Granger, nunca lo hago, no los invado. Así, me limito a lo que veo.
Granger alza la cara, suspira de nuevo y deja caer un poco la nuca hacia atrás, mirando al techo, sus nervaduras borrosas.
Sí, esto le sucede con Weasley. Lo he atestiguado cuando los cuido.
Pero... también observo a Granger cuando está sola.
Esa grave infracción no la sabe ni siquiera Albus.
Se trata de... un leve titubeo en mí. Un traspié que me delata de cuerpo entero.
Apartar la mirada de Granger, pero en ese mismo segundo, sucumbir y contemplarla de nuevo.
Eso hago ahora. Contemplarla, como tantas otras veces, con la mirada verdadera de lo que siento por ella.
Su mirada cristalina dirigida al techo, iluminada por un rayo de luz de Luna... Su mirada, tan increíblemente profunda... Tan plena de sentimientos, de matices... La seriedad de su expresión, de inteligencia vivaz... El tono rosa de su piel, la cascada áurea de sus bucles. Su cuello grácil, sus elegantes manos entrelazadas, el trazo delicioso de sus piernas.
Ah... no ha habido, ni habrá, ninguna bruja más hermosa y especial que Hermione Granger. Ninguna con esa magia natural que mana de sus movimientos, de sus palabras. Ella es única, es un ensueño para amar con los ojos abiertos... Y yo la amo, y ella no lo sabe.
Me extravío en un amado desatino, escribo en mi libro con la verde pluma. Necesito confesarte que te amo y necesito hacerte mía, escribo oyendo el rasgar del punzón en el pergamino. ¿Cómo puedo vivir sin que sepas que te adoro? Voy dejando deseos en tinta, desangrando mis venas. ¿Cómo puedo pronunciar tu nombre cada día, Hermione Granger, sin decirte también "amada mía"?
Nadie, Hermione Granger. Nadie sabe que eres mi Espejo de Deseo.
Recorro tu cuerpo con los ojos, de arriba abajo. ¡Qué no daría por tocarte!
Y entonces, sin moverte, con melancolía, desde la banca desvías la mirada...
... desvías la mirada hacia mí.
En la noche de mi espíritu convulso se encienden perlas de luces, revelando el corredor donde estás, Hermione... Tu cara vuelta al techo, pero tu mirada doliente, interrogante, fija en mí. ¿En mí? Pero no puedes verme; es que presientes que alguien te observa, ¿desde cuándo?
Mis magias de defensa se revelan como vana ilusión. Tú las anulas; tú, tus ojos húmedos que escrutan un hechizo y que ignorándolo, para mi pasmo me invitan con palabras silenciosas a salir de esa sombra en la ojiva; pero no es a mí, desconoces quien soy; por eso tus ojos castaños preguntan si en esa sombra habita un ensueño; si quien te admira desde ella saldrá de los relojes. ¿Acaso presientes que ese alguien observa tus labios? ¿Percibes su secreto deseo de tus besos? ¿Sabes que en esas tinieblas con máscara de luz, hay un oscuro mago que anhela tu corazón?
En esa sombra de hechicería no hay un Príncipe de Luz, sino de Tinieblas; el que menos esperarías, yo, el mortífago, Severus Snape, el de la Marca y el de las pociones tóxicas; el que acecha en los corredores de un castillo ancestral; el prisionero de fantasmas, el de oscura alma... Cautivo de esa muchacha de rizos de sol. Esa chica que sin encontrar a nadie en el arco, mira directamente mi corazón.
Es tan certera su mirada, que yo casi creería que me está viendo a los ojos.
El mundo gira sobre mi cabeza cuando tu mirada es una frase a la sombra: No es la primera vez que me miras. Ahora... sólo muéstrate.
¡Hermione! ¿Cómo puedes ver lo que nadie más puede? Tu postura casual disimula tu mirada de melancolía, pero en ella está todo, es un soslayo que escapa al día a día e ilumina las tinieblas.
¿Por qué no huyes? ¿Por qué no me exorcizas? Tú deberías levantarte y correr, deberías huir apuntando con la varita hacia quien te observa en ese conjuro que no enseñan en Hogwarts... pero en vez de eso, invocas. Percibes una hechicería, e invocas al hechicero.
¿Por qué? ¿Es porque desconoces quién soy, pero sabes lo que ocurre?
Entonces intuyes que te amo, tal vez sientes mi fascinación por ti atravesando la oscuridad; quizá percibes mis deseos por ti en la encrucijada de tinieblas, adivinas con acierto fatal que los laberintos de ese mago tienen por salida tus ojos castaños, tus labios de pétalos, tu voz profunda, y que voy decretando cada conjuro y rojo hechizo deletreando las sílabas de tu nombre.
¿Desde cuándo?, quisiera preguntarte con repentino y oscuro afán. ¿Desde cuándo lo sabes?
Pero aunque lo sepas desde siempre, no te acercas... Me invocas con la pregunta de tus ojos melancólicos. Sé que me has visto, ahora yo te veo. Sabes que ese, emboscado, no va a ti pues lo atan negras runas, pero que está enamorado de ti.
Dime, Hermione Granger que me conjuras con una mirada, ¿qué es el amor?
Dime que es un desvarío, que es un desatino. Que es estar en el momento indebido, en el lugar equivocado. Que es desear a quien no debes desear. Dime que el amor es caer una y otra vez sabiendo que lo lamentarás. Dime que el amor es comprar un momento de oro con mil monedas de plata. Dime que el amor es tenerlo todo y perderlo todo. Que el amor es un vals de la nada a la nada. Que es recuerdo y más tarde, olvido. Tal vez podrías decirme que el amor es esa locura que te hace creer cuerdo. Tal vez podríamos coincidir en que el amor es ese deseo de llenar con eternidad, un breve instante.
El amor, esa pregunta al vacío, que nadie responde.
Mis preguntas tienen forma de abalorios: Las veces que te he encontrado en un corredor y sin detenerte, me miras airada. Cuando te preguntas si estoy a favor del Enemigo y me diriges reproches con tus ojos de fuego. Tus silencios deliberados al acercarte a mí, en desafío. Tus lances de valentía e inteligencia donde salvas lo insalvable. Tu llamar mi atención al dejarme claro que no te importo, una y otra vez. Cada día que no me miras, pero cada día cuando yo contemplo tus labios mientras lees y me matas de anhelo. Mi necesidad de conocer la música de tus jadeos. Mis anhelos de aflojar tu corbata, desabotonar tu blusa, tu falda, morir mientras te repito que te amo, cada vez más profundamente, hasta tu corazón.
No, a mí no va a matarme el Abominable, ni sus negras magias. A mí me matará no tener a Hermione Granger.
Me matará no danzar con Hermione Granger bajo las estrellas. Me aniquilará que Hermione Granger no me sonría. Me matará que Hermione Granger no recargue su sien en mi hombro. Me asesinará que Hermione Granger no me dé su mano para besarla, que sus labios no enloquezcan con mis caricias, me eliminará la ausencia de torres de magia, el vacío de conjuros en el firmamento, este ardor en mi antebrazo causado por la Marca de magia negra, que me muerde con la rabia de no poder decir a Hermione Granger que estoy perdido por ella, herido por el veneno del silencio, de la ausencia y de los nunca jamás.
De saber que estoy en la sombra, correrías. No importa. No sería la primera vez que alguien huya de mí. Lo que quiero es evitármelo.
Y al dar dos pasos alejándome, tú, Hermione, dices:
-Deseo que seas quien deseo.
Giro hacia ti, atónito.
Me parece que te pregunto, con esperanza, con temor: ¿Quién desearías que fuera yo?
Observas el vacío, sabiéndolo ocupado.
-¿Eres tú? –insistes, suavemente, en pequeño eco–¿Sabes de quien hablo? Ven.
Te pones de pie, como mi destino, como cada una de mis manecillas.
-Ven. Arriésgate.
No sabes quién soy, pero seguramente por el silencio comprendes que el emboscado está dudando. Y arriesgas cuando añades:
-¿Has soñado conmigo? Yo he soñado contigo. En mis sueños me dices palabras que no entiendo, pero me revelas un secreto.
Quedo pasmado al oír:
-¿Cuál es tu secreto... Severus?
Estupefacto, doy un paso atrás.
Por eso siento que me ves. Porque tocas mi espíritu.
Hermione. Siempre lo has sabido.
Encaras el vacío, alejándote de la banca, poco, para que quien se oculta dé el otro paso. Y añades con tono característico tuyo, con tu firmeza tranquila, pero determinante, mientras yo no puedo creer lo que escucho, como no puedo creer que mi corazón martille y que la máscara de hierro y el tatuaje, que las Marcas tétricas se esfumen, que las sienta desplomarse y volverse nada conforme oigo tu voz:
-Si eres Severus Snape, ven –susurras–. Ven, y abrázame, y vayamos juntos a un sitio al que no renunciaremos. Al amor del que no desearemos regresar.
La transparencia de la ojiva se solidifica en tentáculos de colores volátiles, y se vuelve oscuridad en torno mío, convirtiéndose en mi atuendo cuando voy presuroso hacia ti.
¿Es nuestro destino que los caminos crucen la nada y encontrarnos? Porque yo voy y tú no huyes, y te abrazo casi incrédulo, tú a mí casi exigente, y tu cuerpo me hace sentir que la vida está en su sitio, aunque, sacudido, aparto rizos de tu frente, acariciando tu rostro con admiración, contemplando en tus ojos castaños el alivio del final de una larga espera.
Merlín, Merlín, no lo puedo creer. No puedo creer que seas tú, precisamente tú quien me amara.
Mi pregunta es la revelación de mi secreto.
-¿Lo sabías, que era yo? -contemplando tus facciones con deleite, sorpresa, rindiéndote mi corazón.
Apoyas tu frente en la mía, me aprietas los cabellos.
-No sabía que tú me mirabas protegido por esa hechicería -explicas-. Pero deseaba que lo que adivinaba en tus ojos hacia mí, desde hace tiempo, fuera amor. Te llamé desde mis deseos.
Observo tus labios, acercándome a ellos. Necesito... Yo necesito... Te necesito...
-¿Desde cuando lo sé yo? -me pasas los brazos por la nuca- ¡Yo te amo desde que te vi por primera vez...!
A la luz del Lumos, yo escribía: Mis besos son para alguien que esté en mi alma. Entonces, Hermione Granger, para ti mis besos serían amorosos, serían entregados, mis besos serían dedicados, de conocerse y de saberse mutuamente, de probar y dejarse probar, de entregar y tomar. Mis besos para ti serían devoradores, ardorosos, de dar mi alma y robar la tuya, sin mentir, sin jugar con tu boca, de dar placer y vida. Porque si yo te besara, en una caricia te entregaría mi vida entera.
Y cuando cerca del vitral bajo a tus labios y con los míos pruebo tu sabor, tu terciopelo, tu humedad, cuando nuestras bocas se funden en un beso deseoso, ardiente, total, conociéndose, entregándose, cada una de mis palabras se hacen realidad, pues yo te beso como desde hace mucho lo deseo...
Las sombras no detienen al amor verdadero, porque el sentimiento es luz.
Porque mi deseo y última verdad al final de todas las cosas, eres tú, Hermione, tú, aquella a quien yo amo apasionadamente, y por el conjuro de tus labios, la Luna y el firmamento se transmutan, florecen, en amoroso tesoro de Plata Alquimia.
