Otro día de cosecha
Disclaimer: todo pertenece a Suzanne Collins.
Esta historia participa en el reto multifandom del foro Alas negras, palabras negras con la tabla de objetos. Me tocó arena y hacía tiempo que quería escribir de Haimich, así que aquí está esta historia llena de angs y drama.
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No recuerda lo que ha estado soñando, pero teniendo en cuenta que es el día de la cosecha, seguro que no era nada bueno. Lo despiertan unos golpes en la puerta de su casa que suenan como martillazos en su cabeza. Tiene una resaca de la hostia, pero no le importa mucho. Dentro de nada la resaca se convertirá de nuevo en borrachera.
Siempre tiene una botella de licor blanco a mano. Es lo único que se puede encontrar en su casa con facilidad. Coge la primera que encuentra y da un buen trago. Le quema la garganta. Es una sensación familiar, pero esa mañana le recuerda a sus primeros juegos como mentor. Sus dos tributos murieron quemados. Eran buenos chicos, pero no eran la gran cosa. Claro que en ese momento a él no le importó. En ese momento él todavía creía que podía hacer algo por ellos. Les diseñó una estrategia, les buscó patrocinadores y los preparó lo mejor que pudo. La primera noche un chico inexperto del distrito seis hizo una fogata que se descontroló y mató a cuatro tributos además de a él mismo. Sus chicos estaban allí, mal momento y mal lugar.
Bebe un segundo trago mientras baja las escaleras. Por una vez se había quedado dormido en la cama y no en el sofá o en la mesa de la cocina. Se dice a sí mismo que es porque la noche antes de la cosecha es especial y suelta una risa amarga. Recuerda bien los tiempos en que el día de cosecha tenía un verddadero significado para él: cuando aún podía salir elegido y después, esos primeros años en los que realmente se preocupaba por los cosechados.
En su segundo año le tocaron dos tributos de dieciocho años. Ella había empezado ya a trabajar en las minas y él era hijo de una pareja de comerciantes. Ella era lista y práctica. Él era guapo y carismático. Haimich se frotó las manos metafóricamente. Podía hacer algo con eso.
No pudo. A ella se la cargaron los malditos profesionales. A él, un nido de rastrevíspulas. Ninguno llegó vivo al cuarto día en la arena. Se dijo a sí mismo que había hecho todo lo que pudo por ellos, pero eso no consoló a ninguna de las familias. Tampoco lo consoló a él.
Bebe otro trago más mientras abre la puerta. Mierda, la botella está a punto de acabarse. Tendrá que coger otra. Tal y como espera, en la puerta hay un ridículo estilista del capitolio. Lo manda a paseo, aunque le asegura que irá a la cosecha. Después le cierra la puerta en las narices.
A veces se pregunta por qué sigue yendo. Ya no hay nada más que el Capitolio le pueda quitar. No hay nada con lo que puedan castigar su desobediencia más allá de la muerte. Quizá a pesar de todo no quiere morir, aunque no tiene ni idea de qué tiene de bueno seguir viviendo.
De todos modos, si los juegos le han enseñado algo es que al final nadie quiere morir. Se termina la botella y coge otra del suelo mientras se encamina de nuevo al dormitorio. Ya se le está pasando la resaca, pero aún no está borracho del todo. En ese punto el alcohol aún no le impide recordar.
Su tercer, cuarto y quinto año como mentor fueron agónicos. Los chicos eran del montón, nada demasiado bueno, pero tampoco nada demasiado malo. Ninguno llegó ni siquiera a los últimos doce. Empezó a preguntarse si era su culpa, si él estaba haciendo algo mal o si quizá todo era una venganza contra él por haber usado el campo de fuerza para ganar. Habían mattado a su madre, a su hermano y a su novia y ahora mataban también a sus tributos. Nunca ha llegado a saberlo. Sí que sabe otras cosas. Sabe que la tributo del doce del año 56 siempre había soñado con visitar el distrito diez y ver todos los animales que solo había podido contemplar en los libros de la escuela. Sabe que el chico del año siguiente se había declarado a la chica que le gustaba en las despedidas y que ella le había dicho que no sentía lo mismo. Sabe que el tributo de la edición 58 tenía un novio esperándole en casa y que la tributo de la 59 tenía una gata que estaba embarazada:
–Podrías quedarte con uno de los gatitos. Así podría estar cerca de su madre ya que tú y yo vamos a ser vecinos cuando vuelva de la arena.
Haimich le dijo que sí. La niña tenía doce años y ni un gramo de picardía, pero en esa época todavía les decía a sus tributos que debían tener esperanza. La niña murió en el baño de sangre y esa frase lo persiguió el resto de su vida en sus pesadillas. Por supuesto nunca se quedó con uno de los gatos.
Sigue bebiendo mientras se lava un poco y se viste. La mente ya se le está empezando a nublar. De todos modos ya no tiene mucho más que recordar. A partir del año 60 decidió que no quería saber nada más de sus tributos. No quería saber nada de sus vidas y casi que tampoco quería saber nada de sus habilidades. Total, iba a perderlos hiciese lo que hiciese, así que ¿para qué?
Para cuando sale de su casa se ha terminado la botella y ha empezado otra nueva. A lo mejor este año está tan borracho que ni siquiera oye sus nombres. Eso estaría bien. Los de la chica y el chico del año pasado todavía le resuenan en la mente de vez en cuando. Ella se llamaba Meg y era bastante espabilada. Él se llamaba Joff y era ágil y rápido. En sus primeros años los habría mirado con esperanza, dispuesto a sacar provecho de esas cualidades. El año anterior se limitó a decirles que no lo molestaran. Él quedó en el puesto quince. Ella quedó décima. Alguna vez se ha preguntado qué hubiera pasado con ellos si él hubiera puesto un poco más de su parte, pero al final siempre descarta la cuestión y se limita a echar mano de alguna botella, como ahora. De todos modos este año piensa hacer exactamente lo mismo. Es la edición número 74. Lleva ya 24 años como mentor y a estas alturas ya sabe que nada va a cambiar.
